La solvencia misionera: veinte años de desendeudamiento sostenido
En tiempos en que la discusión sobre las cuentas públicas suele quedar atrapada en el cortoplacismo (el déficit de hoy, la caja de mañana, la asistencia nacional o la emisión monetaria), vale la pena mirar a contraluz aquellos casos provinciales que, sin mucho ruido, han sostenido una conducta fiscal ordenada y previsora. Hace un par de semanas hablamos del equilibrio en las cuentas públicas misioneras: superávit al segundo trimestre con baja expansión del gasto ante un escenario de ingresos débil. Ahora nos toca hablar de algo que, aun a riesgo de ser insistente (o repetitivo) no debe pasarse por alto: la deuda pública.
Hace varios años se viene destacando el proceso de desendeudamiento misionero, que tuvo momentos altamente complejos sobre finales del 90 y principios de los 2000 y que paulatinamente comenzó a mejorar su perfil para convertirse, en la actualidad, en una de las provincias más desendeudadas del país.
¿Qué vemos en la actualidad? Con un stock de $76.374 millones al segundo trimestre, el nivel de deuda pública provincial equivale a apenas el 4% de los ingresos totales.
En otras palabras, el peso de los compromisos financieros sobre el presupuesto es prácticamente insignificante. Solo a modo de ejercicio, Misiones podría cancelar toda su deuda con un solo mes de coparticipación y aún así le sobraría. Esa es la dimensión del bajo nivel actual de pasivos que tiene la provincia.
Este dato, lejos de ser un tecnicismo económico, tiene un fuerte contenido político y de administración. Sostener una política de desendeudamiento no es un fin en sí mismo, sino que es una herramienta de autonomía para que cada peso que ingresa a la caja provincial pueda destinarse al desarrollo, a la inversión social o a la infraestructura, y no a cubrir vencimientos.
Hagamos un breve recorrido histórico. En 2005 (al segundo trimestre, para comparar periodos iguales), la deuda pública misionera era de $2.680 millones a precios de ese entonces. Si lo convertimos a moneda de hoy (pesos constantes de junio 2025), equivaldría a unos $1.620.020 millones. Más fácil: 1,6 Billones de pesos.
Diez años después, hacia el año 2015, de nuevo, medido a precios actuales, el stock se había reducido a $559.399 millones: una disminución del 65%. Ahora vamos otros diez años más adelante: para 2025, la reducción de la deuda es del 95% contra 2005 y del 86% respecto a 2015. Vale decir, en este marco, que Misiones virtualmente eliminó sus pasivos a partir de una política deliberada de desendeudamiento que se aplicó por décadas: no se trata de pagar lo que se debe, sino de evitar nuevos pasivos que compliquen el perfil de deuda futuro.
Esa decisión estratégica tiene un valor doble. Por un lado, permitió descomprimir la presión sobre las cuentas corrientes, liberando recursos que antes se destinaban al pago de intereses. Por otro, construyó una reputación de solvencia y previsibilidad que se volvió un activo en sí mismo. Las provincias que demostraron disciplina fiscal son las que hoy pueden acceder con mayor facilidad y menor costo a los mercados de crédito, cuando lo necesitan. Incluso, Misiones hoy tiene un muy buen perfil crediticio que no usa, pero que podría hacerlo si las condiciones lo ameritan. En un contexto donde varias provincias están saliendo a colocar deuda en el mercado local (y algunas mirando también el internacional) si Misiones quisiera ir por ese camino encontraría condiciones muy favorables respecto a otros subnacionales. Hoy, la decisión es no hacerlo o hacerlo únicamente para obras de infraestructura que demandan una inversión importante, como la energía eléctrica.
El contraste con otras jurisdicciones del país es evidente. Mientras muchas provincias, incluso algunas con economías más diversificadas o con mayor tamaño relativo, cargan con niveles de deuda que limitan su margen de maniobra. Incluso en el NEA, la diferencia de Misiones respecto a Chaco es muy fuerte y eso traduce en capacidad de acción: cada seis meses, Chaco debe hacer malabares financieros para cumplir sus vencimientos, incluso a costa de recortar gastos sensibles a la ciudadanía, quitándole, aunque sea temporalmente, autonomía de gestión.
En el contexto macroeconómico argentino, donde la volatilidad de los ingresos provinciales, la inestabilidad macro persistente y las tensiones cambiarias suelen condicionar severamente a las finanzas subnacionales, sostener un perfil de deuda tan bajo no es solo una buena práctica, es casi una excepción virtuosa.
La característica del perfil de deuda misionero no solo se da por bajo stock y descensos significativos: también en su composición. Apenas el 16% del total de la deuda provincial está nominada en moneda extranjera con un plus: esa deuda nómina en dólares, se paga en pesos. Se trata de una proporción bajísima en comparación con la mayoría de las jurisdicciones del país (promedio nacional por encima del 60%). Esto significa que el riesgo cambiario, uno de los principales factores de vulnerabilidad en la Argentina, prácticamente no afecta al balance financiero provincial.
La importancia de este punto es enorme. En un país donde los ciclos de devaluación son recurrentes y donde la volatilidad del tipo de cambio puede alterar de un día para otro el valor de los compromisos en dólares (ver sino el caso de diciembre 2023, cuando muchas provincias vieron saltar abruptamente sus niveles de deuda tras la devaluación de ese mes), haber optado por endeudarse poco y en pesos fue una decisión estratégica de largo plazo. Es una política de blindaje, de previsión, que evita que la provincia quede expuesta a los vaivenes externos o a shocks financieros globales.
El desafío hacia adelante será mantener esta senda en un contexto nacional incierto. Pero la experiencia de las últimas dos décadas muestra que, cuando la responsabilidad fiscal se vuelve política de Estado, las crisis externas golpean menos y las oportunidades se aprovechan mejor. Misiones es, en ese sentido, una muestra de cómo la prudencia puede ser una forma de fortaleza o escudo ante las crisis.

