Camilo Furlan

La sociedad del cansancio, esclavos de nuestro propio ritmo

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Desde hace ya algunos años que el vertiginoso ritmo de la sociedad capitalista contemporánea, caracterizada por la aceleración constante y la incesante búsqueda de productividad se volvió un tema fundamental a la hora de preguntarnos que y porque estamos haciendo esto o aquello con nuestras vidas. En el libro del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de 2010 titulado “La Sociedad Del Cansancio”, el autor hace un análisis lucido y esclarecedor sobre el porque la persecución del éxito y la autorrealización terminarían por convertirse en los ejes fundamentales de la sociedad actual. Han cuestiona la raíz de la interpretación de la realidad misma, en una breve pero contundente disección del día a día de una persona promedio del siglo XXI.

Señala como el cotidiano de la mayor parte de la población se ve trastocado por mil y un problemáticas con las que lidiar, pero el sugiere que la verdadera gravedad del asunto no yace en si mismo, sino en nuestra singular e indistinta manera de sobrellevar a los mismos. Han señala como cada época de la humanidad tiene sus enfermedades patológicas emblemáticas para con las que, gracias al descubrimiento de nuevos antibióticos o al avance de la tecnología inmunológica, en la actualidad una pandemia gripal o un virus mortal ya no nos tiene tan agobiados como antes. Sin embargo, plantea que las enfermedades neuronales tales como la depresión, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional, son un problema más grave que conllevar. Afirma que estos mismos son el subproducto de un “exceso de positividad”, generado por la sobreexposición a los medios de difusión masiva y las redes sociales, haciendo frente a la creencia subjetiva y normalizada de que la depresión es un derivado de la negatividad del individuo.

Agrega que ese patrón de conducta no es sino una lógica de optimización del rendimiento en cuanto al índice máximo de producción estándar. Es decir, a diferencia de la firme creencia del siglo XX de que las ideas y las “reglas” de conducta se imponen por la fuerza matando y destruyendo, hoy se busca promover la autorrealización y la búsqueda del éxito como la esencia misma de nuestra mera existencia. Convirtiéndonos en máquinas de persecución constante, convencidos de estar llegando a alguna parte, cuando en realidad seguimos girando en una rueda de hámster convenientemente productiva.

De manera que, sostener la globalización y los niveles de producción y explotación de las fuerzas laborales que sostienen el mundo que conocemos, está profundamente ligado a motivarnos y ofrecernos los bienes y servicios que nos “satisfagan” toda manera posible de exprimirle dopamina a nuestro cerebro.

Esto nos lleva a concluir que no tenemos realmente en que o en quien confiar. Sumado a que la cultura del cansancio nos individualiza hasta convertirnos en criaturas frías y solitarias convencidas de tener la razón absoluta de nuestros propios principios, provocando que no le depositemos ni la más mínima de las confianzas al prójimo. Alejándonos aún mas de encontrar el mas mínimo de los consuelos, teniendo que recurrir a los profesionales mas populares de la triste sociedad actual, los psicólogos. Que terminan por cumplir el rol que debieran de suplir nuestras amistades, pareja u otros familiares cercanos, tergiversando la raíz de nuestra tan atacada humanidad misma.

Han propone una idea llamativa, en contraposición a la sobreexplotación sin asidero existencial, se basa en la filosofía del “no hacer”. Tomando como ejemplo el cuento “Bartleby, el escribiente” del escritor estadounidense Herman Melville, el cual hace referencia a un abogado el cual tiene su oficina en Wall Street. Bartleby era un empleado ejemplar, el cual pasaba gran parte de su cotidiano cumpliendo con los deberes requeridos por su superior. Esto hasta que en una de las tareas que su jefe le exigía, el le responde con un mítico “preferiría no hacerlo”, pero manteniendo el mismo ritmo de trabajo en las demás tareas cotidianas de la oficina. El escenario se repetiría una y otra vez, hasta que Bartleby haya tanta satisfacción en su postura, que decide quedarse a vivir en la oficina, obligando a sus dueños a abandonar el lugar por la incapacidad de lidiar con el “vagabundo insolente” que ahora residiría allí. Lo curioso esta en la plenitud y la paz que “el escribiente” encontraría en reposar sus tiempos en las tareas que el mismo se impusiese, negándose a mantener el ritmo demandado, representando de mínima, una sana pero innegable incomodidad en los que a el le tomaban como ejemplo.

Quizás sea ya obvio, pero ahondar mas en la postura de Han frente al mundo, esta en una magnífica e impecable coraza de ideas “antisistema”, dirigiéndonos a cuestionar el precio a pagar para con lo que a seguir su idea representa. Pero no olvidemos lo imprescindible de la humanización destinada a calar en nuestra conducta y estilo de vida, sin la que tampoco llegaremos muy lejos como especie, o al menos no sin desatar rebeliones, hambrunas y desastres climáticos y humanitarios sin precedentes.

No creo ser poseedor de una verdad absoluta como considero también que, quien crea tenerla, no termina haciendo más que aportar algo más ruido al caos ya preponderante. Pero si creo firmemente que, si no es nuestra prioridad orientar la ciencia y la educación a reedificar los paradigmas de convivencia como especie, no terminaremos cayendo en otro lugar que no sea la interminable fosa de la insatisfacción perpetua, condimentada por una ya contemporánea sociedad basada con firmeza en un capitalismo que espera crecer mas de lo que los recursos disponibles le permiten.

Byung-Chul Han no hace más que aportarnos una idea, con la cual podemos revolucionar por completo hasta la última oficina explotadora sobre la faz de la tierra, o podemos seguir cómodos de la seguridad que nos brinda un sueldo asegurado por nuestra obediencia ciega a quien sabe qué. La enfermedad mas grande del siglo no es el COVID ni el Ébola, no lo será ninguna mas que nuestra propia cárcel mental, que nos lleva a caer en la frustrada depresión producida por la persecución perpetua del “éxito”. Es, por tanto, hora de que se libre la más feroz de las revoluciones, la mas apasionada y la mas importante del sigo y de la historia, la revolución interior.

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A los activistas “Eco-ansiosos” y la generación suicida

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El oro negro nos dio el poder de levantar ciudades en los desiertos, de alimentar a billones de personas sin demasiada mano de obra humana, de producir nuestros tan amados smartphones en serie y, porque no, de viajar al lugar mas recóndito del planeta con una cantidad históricamente baja de recursos necesarios para ello. Levantó la sociedad que hoy conocemos como una normalidad. Realmente es una lástima que algo tan maravilloso, no solo termine por destruirnos a nosotros mismos, sino que se acabe incluso antes de que consigamos desarrollar un sustituto fiable. Los combustibles fósiles, fueron una fuente barata y abundante de energía durante al menos los últimos 100 años, permitiendo que una sociedad de consumo como la que conocemos hoy sea posible.

Disponer de una especia que solo se produce del otro lado del planeta, en una góndola de la despensa de la esquina, es una anomalía, una codiciosa y lamentablemente normalizada anomalía frente a la naturaleza. Tener entre manos una tecnología tan avanzada como la de un teléfono celular, con acceso a internet y aplicaciones específicas, juegos online, redes sociales, entre otras, nos convierten en una generación con privilegios tales que le provocarían envidia a la imaginación del más audaz de los pensadores de la antigüedad, o al más creativo rey del imperio mas poderoso. Somos la generación del transistor, que desencadenó la computación y con ella la nanotecnología y la inteligencia artificial. La generación que goza de frutos de estación, aún cuando no sea su estación, la generación que puede escuchar a Beethoven y a Freddy Mercury en una sola playlist de Spotify, o crear una canción en la que ambos colaboren, usando herramientas de I.A gratuitas.

Pero el petróleo no es infinito, por mas que nuestros muchos sueños de futuros ideales parezcan si serlo. Mucho se habla en materia de las consecuencias distópicas que acarrea la contaminación del medio ambiente por parte de los combustibles fósiles, pronosticando temperaturas medias de 50 grados Celsius antes de terminar el siglo XXI, creando organizaciones destinadas a “luchar” contra los factores más destructivos de los hidrocarburos, como Greenpeace, una ONG ambientalista internacional fundada hace ya 54 años. Mas recientemente, se daría a conocer un grupo de “activismo climático” de Reino Unido, que porta el nombre de Just Stop Oil (Simplemente detengan el petróleo).

Pero poco se sabe de la verdadera profundidad del problema, donde “simplemente detener el petróleo” equivale a quitarle el pan de la boca tres cuartas partes de la población.

Entre los integrantes de la “generación Z” (Nacidos desde 1994 a 2010) se inventó un nuevo término que intenta englobar lo que experimenta un individuo que se ve agobiado por estas noticias que tienen que ver con el devenir del clima y los desastres naturales inminentes. La “Ansiedad Climática” es un fenómeno que daría nombre a un temor, que la ciencia ficción terminó por profundizar, creando la juventud actual. Provocando que hoy sea un acto revolucionario y admirable lanzarle una piedra a La Gioconda, o volcarle un tarro de pintura a Los Girasoles de Van Gogh.

Esto sumado a la enorme desinformación que ocasionan las redes sociales, llevándonos a un punto en el que estamos obligados a normalizar el desastre o colapsar sobre nosotros mismos, debido a el brutal choque psicológico que intenta lograr el morbo de los medios. La realidad se torna a menudo tan triste que es inaceptable, obligando a toda una generación a meter la cabeza en un hoyo en el suelo, cual ñandúes, asustados por la bastedad de aquello que no se comprende.

Cuando se levanta alguien a intentar difundir material científico, certero, real, es tan aburrido que pasa desapercibido. Provocando que quien mas debe de oír la realidad sobre el mundo, nuestra generación, este tan saturada que le sea intrascendente. Por ello, intentar concientizar al respecto a la flamante juventud Z, es en extremo complejo. Es intentar mostrarle más problemas a un espíritu brutalmente corroído por la saturación aturdidora y constante de nuestra magnífica normalidad Petrodependiente. También se espera que quien comunica, traiga “buenas nuevas”, para intentar adormecer un poco esa preocupación, ese aturdimiento.

No se cuantas buenas noticias me serán posibles comunicar, pero se que las hay, de hecho, mas de las que se imaginan. El cambio climático aún es reversible, el planeta no morirá por nuestra culpa, la energía es aprovechada de maneras esmeradamente ineficientes, es decir, que podemos mantener un estilo de vida similar al actual en materia de comodidades, que maneje un uso cociente de las energías y los materiales. Que se priorice concientizar hasta al primer nivel de la escuela primaria, con lo finito de los recursos, creando así generaciones venideras que sean conscientes del contexto y sean capaces de ser resilientes y plantear soluciones masivas, en lugar de apostar a mágicas curas de laboratorio.

Seguimos siendo la generación que es perfectamente capaz de revertir el proceso de calentamiento global mas brutal de la historia de la humanidad con un video viral en tiktok. Pero mientras esa simple decisión no ocurra, este mundo se irá volviendo mas y mas gris, hasta que la realidad sea tan devastadora que llegue a afectar a los ciudadanos de manera directa, faltándoles el internet o la luz eléctrica. La realidad es tan triste que esto es lamentablemente cierto, convirtiendo a las víctimas del desastre en cómplices de su propio destino final.
La sociedad de consumo es obvia e innegablemente insostenible, llevándonos a el incómodo y
muy “políticamente incorrecto” cuestionamiento del capitalismo. Ese que nos regalo esta tan
corrompida meritocracia hipócrita, defendida por sus beneficiarios o quienes aún ignoran gran
parte de la realidad. El capitalismo se sostiene sobre la idea de la expansión indefinida,
impulsada por el brazo fuerte del ya escaso petróleo convencional.
Pero, entonces, ¿Cuál es la alternativa? Meterme en esa incógnita es inconducente, porque
creo que ya no nos queda tiempo de debatir ideales de sociedad, sino que es hora de enfrentar
la realidad como humanidad, resolviendo problemas prácticos y reales. Creo que hay que ser
realista y ser realista es ser capaz de, con un muy rudimentario sentido común, proveer que la
expansión indefinida es insostenible en un planeta finito.
Como un comunicador de la materia, creo que es vital invitar a soñar con un mundo mejor
para todos, en el que sea responsabilidad de cada uno procurar tener una mínima idea de que
es lo que queremos en el futuro. Creo que es nuestra responsabilidad, de mínima, ser capaces
de pensar una sociedad con más alternativas. Es nuestro deber, enfrentar este miedo
impuesto a la distopia, debatiendo sobre una utopía donde la humanidad siga siendo viable y
donde las futuras generaciones nos recuerden con orgullo y no como cobardes y arrogantes.

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Colapso energético y cambio climático ¿Cuál es la solución?

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Mas allá de la saturación extrema de los medios de comunicación por parte del morbo y las muy populares plataformas y los diversos métodos de entretenimiento de la sociedad, existe una muy pequeña parte que tiende a destinarse a cuestiones ambientales, creando segmentos, agrupaciones, programas y cuentas de redes sociales, exclusivamente destinadas a “el cambio climático”, “las hambrunas”, o “el futuro en general”. Dándonos una perspectiva basada en meras especulaciones de periodistas o influencers con poco conocimiento de causa, llevándonos de esta manera, a creer en un porvenir abundante regido por las energías renovables y la tecnología sustentada por robots, hologramas e inteligencia artificial.

Más allá de la superficial y obvia ingenuidad de esta imagen proyectada hacia el futuro, nos vemos envueltos en un manto interminable de discusiones inconducentes, dominadas por las fakenews y los intereses empresariales que terminan por pervertir los medios y algoritmos que sustentan las “tan seguras y honestas” redes sociales, llenándonos la cabeza con las ideas que desee plantarnos la empresa cuya cantidad de acciones lidere en número dentro de otras empresas y servicios tan populares como Google o Meta.

Existe una lista sin fin de estas discusiones, pero las más conocidas están ya hoy, prácticamente en boca de todos. Quizás en la escuela primaria hayas oído hablar ya de las energías alternativas, donde se busca inculcar el ideal de autosuficiencia energética gobernado por los paneles solares, la energía eólica o incluso los autos eléctricos. El universo de las energías alternativas se ve hoy cooptado por discusiones cruzadas y ruido ininteligible, pero estoy casi seguro de que hay una idea clara, un ideal en el que el 99% de la población coincide absolutamente y se apunta hacia él como un futuro victorioso en materia de energía, cambio climático y crisis alimentaria. Si yo le preguntara a un ciudadano promedio por la calle; ¿Qué prefiere? ¿Un futuro dominado por las escasas y contaminantes energías no renovables (Petróleo, Uranio, Carbón)? ¿O un futuro sustentable, teñido de verdes edificios ecológicos, cuyos techos estén eficientemente recubiertos de amigables placas fotovoltaicas? ¿Qué creen que contestaría?

Pero, si le pregunto a Usted; ¿Ha oído hablar alguna vez del término “Petrodependiente”? ¿Y el “PeakOil”? Quizás no, pero si que sabe quejarse del gobierno a la hora de pagar la Nafta o el Gasoil, si que sabe quien tiene la culpa ¿No?

Sin duda alguna, un tránsito hacia un modelo de sociedad alternativo es necesario, a menos que resignemos ver caer la “sociedad de consumo” al menos tal y como la conocemos. Pero dicha transición debe ser tomada en serio, y tomarla en serio implica empezar a desarrollar alternativas energéticas reales. La energía solar no lo es; el silicio, fundamental para el desarrollo de celdas fotovoltaicas, es extremadamente difícil de producir, además de que la maquinaria necesaria para crearlos está sustentada por energía proveniente de fuentes no renovables. Sumado a ello está el trasporte, los barcos y camiones que se alimentan de gasoil, un subproducto del petróleo de extracción convencional, cuyo pico fue alcanzado hace ya casi 20 años.

Desde el 2005, estamos viviendo un decaimiento de los índices de producción del combustible que termina por hacer girar el mundo que conocemos, alimentando los camiones, tractores, aviones, barcos y cosechadoras. Aún al día de hoy, con la aparente tecnología de vanguardia que manejamos y conocemos gracias a la ciencia moderna, no somos capaces de producir ningún tipo de combustible que capaz de reemplazar al gasoil y aunque lo encontráramos, tendría que ser tan abundante como lo es el agua en los océanos, o al menos si planeamos producir suficiente silicio como para que todo el planeta sea energéticamente autosuficiente.

Luchar contra la contaminación, contra los combustibles fósiles, es inconducente. Son ellos los que terminaron por darnos el tan singular, extractivista y consumista mundo tal cual lo conocemos. Eliminarlos de una vez de la faz de la tierra, quizás limpie los cielos del CO2 y otros contaminantes, pero mataría, solamente de hambre, a más de tres cuartas partes de la población. La caída que ven reflejada en las gráficas los científicos que se enfocan en el tema, es de mínima abrumadora, llevándonos a tener que recurrir a dos únicos caminos de salida: El del pánico absoluto, difundiendo todas estas problemáticas y asegurándose de que la población las comprenda en toda su magnitud, o la del “Aquí no paso nada”, vendiendo una aparente luz al final del túnel, que en realidad no es más que una linterna con baterías de litio.

Quizás una tercera opción tendría algo mas de sentido, una opción sensata, que sea lo suficientemente coherente como para convertir la realidad práctica de la población de un instante a otro. Quizás esa solución nunca llegue, pero si sabemos que debe de cumplir con determinadas características, como acudir a un sensato uso de los aún presentes combustibles fósiles. No para crear mas autos con baterías de litio, eso sería estúpido, sino para apostar a crear un cambio de paradigma en el que sean los individuos los que, de mínima, consideren el estilo de vida actual como algo finito. Y desde esa conciencia, apuesten a la construcción de una sociedad que no esté sustentada en conductas cual si los recursos fuesen ilimitados, al menos no en un planeta en el que los mismos se agotan día tras día de manera exponencial.

Esta vez, las soluciones no las tienen los científicos, ni hay un superhéroe que salve el mundo. Aún estamos a tiempo de poner sobre la mesa los problemas reales, y desarrollar maneras de enfrentar un colapso inevitable, para que dicho colapso no acabe por tomarnos por desapercibido a todos. Hasta que no tomemos conciencia seria de la matriz de los problemas prácticos, vamos a seguir siendo inundados por lo que nos venden por conciencia, “Recicla”, “usa bolsas de tela”, “compra el nuevo Tesla”. Y estaremos completamente adormecidos por el entretenimiento, los productos y las noticias sobre conflictos internacionales. Lo estaremos tanto que, el colapso energético, social y alimentario será la nueva normalidad y nadie la discutirá tal como es.

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Arboles líquidos y números incómodos

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Este año salió a luz un moderno dispositivo que sorprendería a todo al mundo por su curiosa e innovadora propuesta. A sabiendas de que las microalgas superan en términos de eficiencia de captura de carbono a los árboles (capturan contaminación mas rápido), un grupo de científicos de la ciudad de Belgrado, Serbia, desarrollaría “Liquid 3”. Esta pecera superdesarrollada, porta 600 Litros de agua junto a una masiva cantidad de microalgas en condiciones controladas, esto con el fin de suplir la trasformación fotosintética de los pocos árboles aun en pie de la basta ciudad serbia, ya que ocupa el sexto lugar en la tabla de ciudades mas contaminadas del mundo. Este equipo es capaz de reemplazar a un árbol adulto o a 200m2 de césped, significando una capacidad de absorción de entre 10 y 30 kilogramos de Co2 al año.

Sus creadores agregaron puertos USB y una banca, esto con el fin de promover la concientización sobre el uso de alternativas sostenibles para combatir el cambio climático y la contaminación entre los ciudadanos. Y su principal fin, es reemplazar a los árboles biológicos cuya coexistencia es inviable en la bastedad de la gran ciudad y sus muy pulcras veredas grises, claro.

Cuento con una inquietantemente extensa lista de razones por las cuales esta idea es, de mínima, ingenua. Pero también creo que es tiempo de promover iniciáticas sustentables de manera urgente entre quienes aún ignoran el inminente colapso energético y el exagerado ritmo de consumo hoy normalizado. La principal razón por la que este invento carece de realismo, tiene que ver con los costos de producción, no en términos monetarios, sino en lo que se conoce como “Huella de Carbono”. Es decir, para fabricar un Liquid 3, se necesitan no menos de 2.000Kg de Co2 emitidos por la maquinaria, sin contar medio de transporte. Si tenemos en cuenta el promedio de absorción de carbono de un árbol adulto en promedio, sabemos que retiene entre 10 y 30 Kilogramos (20 en promedio) de Co2 al año, implicando que un Liquid 3 necesita un siglo entero en funcionamiento, requiriendo un exhaustivo mantenimiento periódico, solo para recuperar el dióxido de carbono emitido en su creación.

Un ser humano promedio necesita no menos de 22 árboles adultos solamente para generar el oxígeno que requiere para respirar. Un automóvil promedio, produce más de tres toneladas de Co2 anuales, implicando la brutal cantidad de árboles necesarios de 150 en tamaño adulto por automóvil en promedio. La ONG ambiental The Nature Conservancy estima que cada habitante del planeta genera una media de casi cuatro toneladas anuales de Co2, mientras que en países como Estados Unidos esta cantidad se cuadruplica por persona y año. El triste resultado final a este punto de vista, es que, con el estilo de vida promedio actualmente, un solo ciudadano requiere no menos de 372 arboles en edad adulta para poder seguir respirando algo similar a oxígeno. Y si tenemos en cuenta el estilo de vida promedio en ciudades masivas y sobrepobladas como lo son las de E.E.U.U, la cifra asciende a 972 árboles por habitante.

Si bien, como señalé previamente, mi objetivo no es atentar contra la iniciativa en sí misma, creo de vital importancia poner sobre la mesa los problemas reales. Recientemente, la empresa argentina YPF desarrollaría “Y-Algae” (La versión argentina de Liquid 3), en colaboración con la empresa Y-TEC e Inbiotec-Conicet. Estas iniciativas buscan fomentar la concientización, o al menos eso es lo que sus desarrolladores prometen. El inconveniente surge en cuanto se confunde a la concientización con una eficiente propaganda sin sustento ni argumentos reales, que trata a los consumidores (de la misma empresa) como un ingenuo ganado carente de discernimiento racional básico, llámese sentido común.

Mas allá de las atrocidades cometidas detrás de lo que aparenta una ambientalmente amigable e innovadora creación de 600 litros, hay todo un mundo de propaganda que tiende a ocultar la realidad que, tarde o temprano, nos terminará por arrollar a todos. Así como las muy petrodependientes energías “renovables”, o los muy vanguardistas autos eléctricos de Tesla, se busca convencer a la mayor cantidad de personas de estar en camino hacia un futuro “más verde” o más ambientalmente amigable, despreocupándonos en absoluto de lo que en realidad debería ser un tema central en materia de investigación, difusión y sobre todo trabajo social, donde se normalice plantar arboles como una tarea indispensable para la supervivencia misma.

Hasta que este cambio de paradigma no sea aplicado en la raíz del pensamiento cotidiano de la población promedio, el destino que nos acecha es aterrador, si tan solo comparamos algunos que otros datos sueltos en la red. Aún estamos a tiempo, pero no será fácil derrocar las muy avasallantes corrientes impulsadas por multinacionales interesadas en seguir vendiéndote la nafta de hoy, quizás el litio de mañana, o los muy bien financiados caballos y carretas antes de siquiera terminar el siglo.

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Pastilla roja o pastilla azul, ¿enfrentaremos o ignoraremos el día de mañana?

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A menudo, tendemos a juguetear con los chatbots, tratándolos de oráculos o de gurúes. Pensando quizás, que “mal que mal” podrían brindarnos una aproximación de lo que nos depara como especie y confiamos en los disparatados futuros distópicos que allí se generan. El cambio climático, la disponibilidad de recursos, las problemáticas meramente sociales entre otras variables a considerar, se caracterizan por lo impredecible de sus factores. Aún así, nos parece calmar la idea de que podemos entender lo impredecible y controlar lo inevitable. Desde tiempos inmemoriales, este deseo humano se veía satisfecho por la aleatoriedad de los eventos, las coincidencias y la fe, que terminarían por desencadenar religiones enteras. Hoy, debido al repentino avance de la ciencia moderna, nos vemos mas atraídos por ideas relacionadas al materialismo, a los hechos fácticos, comprobables, newtonianos.

Año 2023, casi 2024, el apogeo de la nanotecnología y la inteligencia artificial terminan por representar un momento clave como especie, en el que todos nuestros conocimientos parecieran encontrarse y nuestras dudas sumarse. Es en esta coyuntura que nos desafía la dura decisión a tomar como especie para con respecto a en que creer, que es real y que no lo es. En el reino de las fakenews, donde los intereses empresariales terminan dirigiendo la decisión de una generación tratada como ganado, domesticada, esclavizada y corrompida, se apoya el peso de las expectativas de futuro ideal del siglo XX, donde primaba un estilo de vida consumista y desolador, saturado de dichas “promesas de un futuro ideal”, lleno de robots autómatas, autos voladores y máquinas de energía infinita.

Es en este confuso presente en el que nos situamos hoy, en el que no sabemos que nos depara el día de mañana, al punto tal de que es digno de comedia señalar distopias “zombi”, bélicas y nucleares como futuros inmediatos perfectamente posibles, teniendo en cuenta la aleatoriedad aparente de los eventos masivos que en este mundo se van mostrando erguidos días tras día. Es en ese presente, en el que una generación de gamers deberá enfrentar los desafíos mas imponentes de los que haya tenido registro la humanidad. Donde las hambrunas ya son un hecho, las catástrofes climáticas también y esto apenas comienza.

Cabe destacar que la situación no esta pintada de puros matices pesimistas o maliciosos, sino que el mundo moderno nos doto de herramientas de las ni el más audaz de los científicos o el mas alocado de los oráculos en la antigüedad se hubiesen atrevido a imaginar. Es por esta entre otras cuestiones que la actualidad es en extremo compleja de afrontar. Por surreal que parezca, no todo está perdido, en el sentido de que aún hay tiempo, para revertir el proceso de destrucción del medioambiente, el cambio climático y la desinformación por medios de comunicación masivos.

En ultima instancia, la complejidad del mundo que conocemos esta fundada sobre las bases de un producto muy ignorado la mayoría de las veces, hablo del petróleo. Ese que se usa para trasportar las baterías de litio, tan preciadas en el primer mundo, sin el cual, “una transición energética no es posible”, o al menos eso es lo que venden. Es también el petróleo el que, en última instancia, sostiene a los grandes servidores de internet o inteligencia artificial. También gracias a él, es posible el 90 por ciento de la luz eléctrica de la que gozamos hoy, mas allá de que las energías “renovables” son también petrodependientes.

Quizás la cura para este inminente apocalipsis de escasez mundial, sea el retorno a simplicidad, pero no la simplicidad de la tracción a sangre, sino de la combustión de hidrogeno, de co2 o de biogás. Es decir, autos que funcionan con agua salada, aire contaminado y desechos orgánicos como combustible de alto rendimiento. Quizás estas tecnologías suenan a un ideal de sustentabilidad, un objetivo soñado que quizás nunca alcancemos, pero nada mas lejos de la verdad.

A modo de ejemplo: Los motores a hidrógeno (agua salada), son tan fáciles de replicar que la mayoría puede replicarlo con simples implementos domésticos, sin ir más lejos quien les comenta esto, logro hacer funcionar una motocicleta de 150cc con un frasco de café y unas pocas chapas de acero. La combustión de co2 (aire contaminado), se produce quemando basura, así es, incinerando desechos de la casa podemos hacer funcionar camionetas y autos, si el tema es de su interés recomiendo investigar acerca del experimento argentino (auto a basura) que cuenta con su propia web oficial y redes sociales bajo el mismo nombre. En tercer lugar, está la combustión de biogás (subproducto de desechos orgánicos en descomposición), se trata de gas metano, el cual también puede usarse para su combustión o incluso para alimentar cocinas a gas convencionales sin la necesidad de mayores adaptaciones. Cabe destacar que estos sistemas no son capaces de sustituir al petróleo, sino que representan una fuente de energía alternativa, para un modelo de sociedad alternativa. Una sociedad que considere las necesidades básicas en pos del bien común y no de el mero consumismo en sí, en la que entendamos que el modelo actual, con la disponibilidad de recursos y productos actual, es insostenible.

Después de esta breve pero intensa inmersión en el fantástico mundo de la técnica, quisiera dejar a su propia interpretación el siguiente dilema; ¿Es el destino que nos predice la I.A una utopía que jamás se cumplirá? ¿o es acaso nuestra ignorancia la que nos terminará por encaminar en el más decadente de los futuros posibles? Teniendo la posibilidad de decidir aún en nuestras manos, sigue en nosotros la responsabilidad de brindar un futuro digno de ser vivido por las futuras generaciones, en el que se recuerde a la nuestra con orgullo y no como una masa de idiotas que jamás pensaron más que en sí mismos.

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