La sociedad del cansancio, esclavos de nuestro propio ritmo

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Desde hace ya algunos años que el vertiginoso ritmo de la sociedad capitalista contemporánea, caracterizada por la aceleración constante y la incesante búsqueda de productividad se volvió un tema fundamental a la hora de preguntarnos que y porque estamos haciendo esto o aquello con nuestras vidas. En el libro del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de 2010 titulado “La Sociedad Del Cansancio”, el autor hace un análisis lucido y esclarecedor sobre el porque la persecución del éxito y la autorrealización terminarían por convertirse en los ejes fundamentales de la sociedad actual. Han cuestiona la raíz de la interpretación de la realidad misma, en una breve pero contundente disección del día a día de una persona promedio del siglo XXI.

Señala como el cotidiano de la mayor parte de la población se ve trastocado por mil y un problemáticas con las que lidiar, pero el sugiere que la verdadera gravedad del asunto no yace en si mismo, sino en nuestra singular e indistinta manera de sobrellevar a los mismos. Han señala como cada época de la humanidad tiene sus enfermedades patológicas emblemáticas para con las que, gracias al descubrimiento de nuevos antibióticos o al avance de la tecnología inmunológica, en la actualidad una pandemia gripal o un virus mortal ya no nos tiene tan agobiados como antes. Sin embargo, plantea que las enfermedades neuronales tales como la depresión, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional, son un problema más grave que conllevar. Afirma que estos mismos son el subproducto de un “exceso de positividad”, generado por la sobreexposición a los medios de difusión masiva y las redes sociales, haciendo frente a la creencia subjetiva y normalizada de que la depresión es un derivado de la negatividad del individuo.

Agrega que ese patrón de conducta no es sino una lógica de optimización del rendimiento en cuanto al índice máximo de producción estándar. Es decir, a diferencia de la firme creencia del siglo XX de que las ideas y las “reglas” de conducta se imponen por la fuerza matando y destruyendo, hoy se busca promover la autorrealización y la búsqueda del éxito como la esencia misma de nuestra mera existencia. Convirtiéndonos en máquinas de persecución constante, convencidos de estar llegando a alguna parte, cuando en realidad seguimos girando en una rueda de hámster convenientemente productiva.

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De manera que, sostener la globalización y los niveles de producción y explotación de las fuerzas laborales que sostienen el mundo que conocemos, está profundamente ligado a motivarnos y ofrecernos los bienes y servicios que nos “satisfagan” toda manera posible de exprimirle dopamina a nuestro cerebro.

Esto nos lleva a concluir que no tenemos realmente en que o en quien confiar. Sumado a que la cultura del cansancio nos individualiza hasta convertirnos en criaturas frías y solitarias convencidas de tener la razón absoluta de nuestros propios principios, provocando que no le depositemos ni la más mínima de las confianzas al prójimo. Alejándonos aún mas de encontrar el mas mínimo de los consuelos, teniendo que recurrir a los profesionales mas populares de la triste sociedad actual, los psicólogos. Que terminan por cumplir el rol que debieran de suplir nuestras amistades, pareja u otros familiares cercanos, tergiversando la raíz de nuestra tan atacada humanidad misma.

Han propone una idea llamativa, en contraposición a la sobreexplotación sin asidero existencial, se basa en la filosofía del “no hacer”. Tomando como ejemplo el cuento “Bartleby, el escribiente” del escritor estadounidense Herman Melville, el cual hace referencia a un abogado el cual tiene su oficina en Wall Street. Bartleby era un empleado ejemplar, el cual pasaba gran parte de su cotidiano cumpliendo con los deberes requeridos por su superior. Esto hasta que en una de las tareas que su jefe le exigía, el le responde con un mítico “preferiría no hacerlo”, pero manteniendo el mismo ritmo de trabajo en las demás tareas cotidianas de la oficina. El escenario se repetiría una y otra vez, hasta que Bartleby haya tanta satisfacción en su postura, que decide quedarse a vivir en la oficina, obligando a sus dueños a abandonar el lugar por la incapacidad de lidiar con el “vagabundo insolente” que ahora residiría allí. Lo curioso esta en la plenitud y la paz que “el escribiente” encontraría en reposar sus tiempos en las tareas que el mismo se impusiese, negándose a mantener el ritmo demandado, representando de mínima, una sana pero innegable incomodidad en los que a el le tomaban como ejemplo.

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Quizás sea ya obvio, pero ahondar mas en la postura de Han frente al mundo, esta en una magnífica e impecable coraza de ideas “antisistema”, dirigiéndonos a cuestionar el precio a pagar para con lo que a seguir su idea representa. Pero no olvidemos lo imprescindible de la humanización destinada a calar en nuestra conducta y estilo de vida, sin la que tampoco llegaremos muy lejos como especie, o al menos no sin desatar rebeliones, hambrunas y desastres climáticos y humanitarios sin precedentes.

No creo ser poseedor de una verdad absoluta como considero también que, quien crea tenerla, no termina haciendo más que aportar algo más ruido al caos ya preponderante. Pero si creo firmemente que, si no es nuestra prioridad orientar la ciencia y la educación a reedificar los paradigmas de convivencia como especie, no terminaremos cayendo en otro lugar que no sea la interminable fosa de la insatisfacción perpetua, condimentada por una ya contemporánea sociedad basada con firmeza en un capitalismo que espera crecer mas de lo que los recursos disponibles le permiten.

Byung-Chul Han no hace más que aportarnos una idea, con la cual podemos revolucionar por completo hasta la última oficina explotadora sobre la faz de la tierra, o podemos seguir cómodos de la seguridad que nos brinda un sueldo asegurado por nuestra obediencia ciega a quien sabe qué. La enfermedad mas grande del siglo no es el COVID ni el Ébola, no lo será ninguna mas que nuestra propia cárcel mental, que nos lleva a caer en la frustrada depresión producida por la persecución perpetua del “éxito”. Es, por tanto, hora de que se libre la más feroz de las revoluciones, la mas apasionada y la mas importante del sigo y de la historia, la revolución interior.

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