Daniel Artana

Economista jefe de FIEL. Profesor en la UNLP y en la UTDT. Ph. D. in Economics UCLA

Reflexiones sobre la presión tributaria argentina

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El elevado desequilibrio fiscal y la resistencia de buena parte del espectro político para reducir el gasto público pone nuevamente el foco en la presión tributaria. Más allá de que las comparaciones entre países tienen una validez relativa, parece oportuno aclarar algunos problemas de estimación que pueden confundir a un lector desprevenido.

La Argentina es un país federal y los tres niveles de gobierno tienen recursos propios. La Nación comparte con los niveles subnacionales los ingresos de algunos tributos y lo propio hacen las provincias con sus municipios.La base GFS del FMI en su versión más desagregada sólo contiene para la Argentina los ingresos del gobierno nacional. Así excluye lo recaudado por éste que se comparte con las provincias y los propios de los gobiernos subnacionales. De esta forma, se excluye una parte importante de los ingresos totales del gobierno general.

Para la región, la base del BID-CIAT contiene información de la presión tributaria incluyendo a los gobiernos subnacionales y la ajustada incluyendo aportes a los sistemas privados de previsión, pero no se reporta la totalidad de ingresos no tributarios; sólo los de las regalías que son similares a otros impuestos que se cobran a las actividades extractivas. En cambio, la base del GFS del FMI tiene la ventaja de incluir un detalle de los recursos del gobierno general de varios países. El último año con información completa disponible es 2017.

A pesar de los esfuerzos por medir mejor los ingresos del Estado, existen algunos problemas que deben ser corregidos. Por ejemplo:

  • Hay 12 provincias que tienen sistemas jubilatorios de reparto para los empleados públicos de sus jurisdicciones. Los aportes y contribuciones a la seguridad social de estos sistemas no aparecen en las estadísticas del GFS o en la base BID-CIAT ni tampoco en las que publica el gobierno argentino sobre los ingresos del gobierno general. Sin embargo, es posible estimarlos con información presupuestaria; para el año 2017 alcanzaron a 1.9% del PIB.
  • Tampoco se incluye la recaudación que hace la AFIP y que se destina a las obras sociales (en su mayoría administradas por los sindicatos) y el aporte obligatorio para asegurar los riesgos del trabajo. En el año 2017, ingresaron a la AFIP el equivalente a 2% del PIB por estos conceptos.
  • De acuerdo con la Constitución Nacional, los municipios sólo pueden cobrar tasas por el uso de servicios, pero habitualmente obtienen la mayoría de sus recursos propios de un gravamen que replica el impuesto a los ingresos brutos provincial y de otro que es similar al impuesto inmobiliario que percibe la mayoría de las provincias. Además, la información de ingresos municipales se conoce con demoras y se reporta lo obtenido por estas tasas dentro de los ingresos no tributarios, cuando en verdad son impuestos. 

Por lo tanto, para mejorar la estimación de los ingresos públicos de la Argentina se utilizó la información del MECON para los ingresos del gobierno nacional y de los esquemas ahorro-inversión de las provincias con algunas correcciones de imputación. Por ejemplo, el impuesto a la patente automotor se asignó a la categoría impuestos a la propiedad. En la base del GFS, en la medida en que se trate de una licencia por circular, se los agrega en impuestos a bienes y servicios. En la Argentina, la mayoría de las provincias cobra tasas que exceden con creces a una autorización para circular, ya que se percibe alrededor de 4% del valor de mercado de los automotores; ello las convierte en un impuesto a la tenencia de ese bien durable.

En el caso de los municipios, la Dirección Nacional de Coordinación Fiscal con las Provincias del MECON publica esquemas ahorro-inversión pero que incluyen a varios de los gravámenes percibidos por este nivel de gobierno como recursos no tributarios. Para asignarlos correctamente se recurrió a las proporciones que estima el trabajo de Lopez Acotto y Macchioli, 2015.

Además, se incluyó por separado un ajuste a las contribuciones a la seguridad social que en la Argentina cobra la AFIP pero que se distribuyen a las obras sociales y a las aseguradoras de riesgo del trabajo. En la medida en que financian programas de seguro social obligatorio que en otros países pueden ser administrados por el Estado, es posible concluir que forman parte de los recursos del gobierno. Pero como no se puede realizar un ajuste similar en los otros países y es posible que existan algunos seguros similares (obligatorios pero administrados por el sector privado) se los reporta en una columna aparte.

El Gráfico 1 muestra las estimaciones -con los ajustes señalados- de ingresos del gobierno general de la Argentina, y en forma comparada con los países de la OECD (excluyendo Chile y México) y de un conjunto selecto de la región (Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay – Latam), en tanto que el Gráfico 2 reporta la composición de los tributos (impuestos y aportes a la seguridad social).

Gráfico 1

Gráfico 2

Algunos comentarios relevantes que surgen de evaluar esta información son los siguientes:

  • Los ingresos totales del gobierno argentino eran, en 2017, entre 10 y 15% inferiores a los que obtenían los países de la OECD, pero eran alrededor de 30% mayores a los del grupo Latam.
  • Si la comparación se centra en los concepto de ingresos más comprensivo para los países de Latam, el gobierno general de la Argentina obtenía, en 2017, recursos por el equivalente a 38% del PIB, comparado con 41.5% para los países de la OECD (sin Latam) y 29.6% del PIB para los de Latam. Comparado con la OECD, la Argentina percibía aproximadamente 2.5% del PIB menos de otros ingresos no tributarios, alrededor de 1.5% del PIB menos de impuestos y casi un punto del PIB más de aportes a la seguridad social. Respecto de Latam, la Argentina obtenía más ingresos en dos rubros: más de 6% del PIB de impuestos, casi 4% del PIB de aportes a la seguridad social, pero casi 2% del PIB menos en otros ingresos.  
  • Dentro de los impuestos, la Argentina recibía menos recursos que los países desarrollados de impuestos al ingreso de personas y sociedades (menos de la mitad) e incluso menos que sus pares de Latam (5.3% del PIB comparado con 6.8% del PIB). Sin embargo, esa diferencia se reducía o se revertía si se sumaban a los impuestos al ingreso, los aportes y contribuciones a la seguridad social. Al menos en el caso argentino, los aportes y contribuciones a la seguridad social tienen un componente distributivo importante, lo cual los convierte en una suerte de pseudo impuesto adicional a los ingresos[1]. A su vez, las personas aportaban 2.2% del PIB (similar a Latam), pero mucho menos que los 8.6% del PIB que aportaban los individuos en la OECD[2].
  • No había mayores diferencias en lo recaudado en la Argentina y los países desarrollados por gravámenes a la propiedad (1.4% comparado con 1.5% del PIB), aunque sí superaba al promedio de 1% percibido por el resto de los países de Latam[3]. Estos números no incluyen lo recaudado por retenciones a las exportaciones; en la medida en que se reflejen en un menor valor de la tierra, deberían incluirse como impuestos a la propiedad.
  • La Argentina recaudaba más que los países desarrollados y que los de Latam en impuestos a bienes y servicios. La diferencia se explicaba por los impuestos en cascada y a las transacciones financieras (que, también son un gravamen a las ventas en cascada, porque el grueso de la recaudación la aportan empresas) que generaron en 2017 casi 7% del PIB comparado con 0.5% en los países de la OECD y 2.3% del PIB en Latam.
  • Los impuestos a consumos específicos en la Argentina aportaban 1.7% del PIB, a mitad de camino entre los 2.4% del PIB de la OECD y los 1.2% recaudados en Latam.
  • Finalmente, la alta protección arancelaria y el uso de impuestos a la exportación hacían una clara diferencia en el caso argentino: se recaudaban 1.3% del PIB, comparado con 0.4% del PIB en Latam y sólo 0.1% del PIB en los países desarrollados.

En resumen, la Argentina obtenía muchos más recursos que otros países de impuestos en cascada y de gravámenes al comercio exterior, también la tributación sobre el trabajo en la forma de aportes a la seguridad social era relativamente alta y ello contrastaba con menores ingresos por impuesto a la renta. También había una diferencia importante, en menos, de ingresos no tributarios, aunque la base de datos no permite conocer si ello obedecía a menores ingresos por intereses de activos del gobierno o por menores ingresos no tributarios (regalías o tasas por el uso de servicios). La recaudación por impuestos a la propiedad estaba en línea con la obtenida en los países desarrollados y la tributación a consumos específicos a medio camino entre los desarrollados y el resto de Latam.

Dos comentarios finales. La presión tributaria o los ingresos del Estado son un promedio entre lo aportado por familias y empresas que tienen distinta formalidad. En un trabajo de FIEL del año 2006 estimamos que los sectores formales tenían una presión tributaria 30% más alta que el promedio. Si se mantiene esa proporción, las actividades formales enfrentan hoy una presión tributaria similar a los países desarrollados de mayor recaudación, pero con la desventaja de recibir contraprestaciones del Estado muy inferiores.

Y la presión tributaria ha aumentado desde 2017 a la fecha por la introducción de nuevos impuestos, el aumento en las tasas de algunos vigentes y la reversión en la reducción de ingresos brutos acordada en 2017 entre la Nación y las provincias.

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Frazada corta

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A pesar de una incipiente recuperación económica luego del colapso de actividad observado en el segundo trimestre del año, la economía argentina transita días complicados. Hay varios factores a señalar.

Por un lado, el mejor desempeño en mortalidad cada millón de habitantes que mostraba la Argentina en relación con los países más afectados empieza a diluirse. A finales de julio, por ejemplo, con 73 muertos por millón, la Argentina tenía alrededor del 20% de la mortalidad de Estados Unidos, de 8 países europeos con diferente éxito sanitario y de 6 países Latinoamericanos[1]. A finales de septiembre, y sin considerar la reciente corrección realizada por la Provincia de Buenos Aires, la mortalidad había trepado a 365 que era alrededor del 60% de la observada en Estados Unidos y de los países latinoamericanos incluidos en la comparación, y ya alcanzaba al 85% del promedio de los 8 países europeos mencionados.

En segundo lugar, la caída interanual en el PIB y en el empleo observada en el segundo trimestre del año es de las más altas de los países incluidos en el Gráfico 1. La prohibición de despidos y la duplicación en la indemnización no podían atenuar el impacto de la recesión en el segmento de la población donde se sabía que el riesgo era mayor: informales y cuentapropistas.  Este problema es general en otros países de Latinoamérica con la información disponible para ambas variables, como puede verse en ese gráfico. Los datos de Brasil sugieren que sólo una menor caída del PIB fue efectiva para moderar la caída del empleo.

Gráfico 1

En una situación económica con desafíos inéditos no había espacio para que conflictos políticos deterioraran aún más la confianzaClick to Tweet

La estrategia oficial respecto de la pandemia genera dudas que se suman a las tensiones políticas dentro de la coalición de gobierno. En una situación económica con desafíos inéditos no había espacio para que conflictos políticos deterioraran aún más la confianza. Algunos ejemplos de decisiones políticas que agravan las desconfianza  son los cambios sin fundamento técnico en las reglas de juego sectoriales, las declaraciones contradictorias de miembros del gobierno sobre diversos temas, los vaivenes en las regulaciones cambiarias y el llamado impuesto a las grandes fortunas (que en verdad es un desprolijo gravamen a tasas elevadísimas sobre activos productivos y bonos que, en el caso de los radicados en el país, sufrieron pérdidas de valor inusuales por la pandemia y la frágil macroeconomía).

En ese contexto no debe llamar la atención que la renegociación favorable de la deuda en moneda extranjera calmara las aguas sólo un par de semanas y que el proyecto de presupuesto no haya servido como una señal de ordenamiento fiscal y monetario.

Respecto del presupuesto, hay varios interrogantes. Por un lado, la reducción proyectada del déficit primario a la mitad del que habría este año es algo menor a la que arroja un cálculo de política fiscal neutra (ajustada por el ciclo). La intención de aumentar la inversión pública en porcentaje del PIB explica en parte esto.

Pero, además, se supone que se podrá financiar la mitad del déficit primario proyectado con endeudamiento adicional por encima de los vencimientos de capital e intereses que habrá el año próximo. No parece que haya espacio en el mercado local para eso.

Y, finalmente, hay dudas respecto a si se podrá cumplir con el presupuesto en un año electoral. Por ejemplo, se prevé reducir el peso de los subsidios a la energía y transporte, pero eso requiere aumentos de tarifas algo por encima de la inflación proyectada y que los costos no aumenten. Sin embargo, la inflación seguramente será mayor que el 29% previsto en el presupuesto, pero no es claro si la mejora nominal en la recaudación que genera una mayor inflación se utilizará para reducir el déficit primario respecto del proyectado o si ampliarán las partidas de gasto.

El déficit primario proyectado para lo que resta de 2020 y para todo el 2021 (1.1 billones de pesos en el último cuatrimestre del año y 1.6 billones para el año próximo) representan alrededor del 120% de la Base Monetaria de agosto. Si no se consigue colocar deuda para financiar una parte de este desequilibrio y dadas las restricciones para continuar con la esterilización, la emisión resultante sería importante: equivale a un promedio de 5% mensual hasta finales de 2021. Si se puede colocar deuda por el 20% del déficit primario (o esterilizar), la emisión sigue siendo alta (algo más de 4% mensual de promedio).

Nótese que colocar deuda o esterilizar más (que en el contexto actual es financiar al Tesoro con los depósitos de las entidades financieras a través del BCRA) requiere mejorar la confianza y ello parece estar fuera del alcance del gobierno.

Una visión económica alejada de lo que quienes ahorran e invierten suponen que funciona, la falta de credibilidad en el programa fiscal y monetario, y una apuesta a que controles cambiarios cada vez más intrusivos podrán resolver el problema de credibilidad es una combinación letal para la normalización de la economía. En el pasado, las extravagancias en la visión económica de la coalición política a cargo del gobierno podían compensarse o bien con elevadas reservas netas en el BCRA o bien con superávits gemelos (ver Gráfico 2). Hoy se cumple sólo con una condición: alto excedente de dólares, pero hay muy pocas reservas y el déficit fiscal es alto y, para peor, se financia en gran parte con emisión.

Gráfico 2

En este contexto, el gobierno enfrenta el típico dilema de la frazada corta. La verdadera solución pasa por agrandar la frazada. Ello es posible o bien si mejora (mucho más) el precio internacional de la soja, o si la coalición gobernante deja de lado las extravagancias económicas y se encolumna detrás de un programa fiscal y monetario austero bajo el paraguas del FMI.

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Qué sigue luego de la deuda

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Al momento de escribirse esta nota había fuertes rumores acerca de que finalmente el gobierno habría alcanzado un acuerdo con los grupos de acreedores respecto de la deuda bajo legislación extranjera. El número final en el cual se acordó no es relevante para la evolución de la macro argentina; la diferencia entre las posturas que cada parte tenía a finales de julio era poco significativa (US$ 2.000 millones nominales en dos décadas y 3 centavos en valor presente). Lo relevante es que el acuerdo eliminaría una de las fuentes de incertidumbre que afectan hoy a la capacidad de recuperación de la economía.

Y sumamente importante es que en la medida en que la participación minorista haya llegado al 35% del monto a canjear y si los grupos de bonistas grandes, como sostienen, poseen entre 50% y 61% de cada grupo de bonos, es muy probable que la Argentina alcance los mínimos necesarios para activar las Cláusulas de Acción Colectiva sin recurrir a la “creatividad” de la estrategia Pacman. De ese modo, el canje sería por el total, sin litigios en el extranjero, lo cual evita los costos asociados a estos procesos y, además, despeja cualquier duda acerca de que el país salió del default.

La magnitud de los problemas económicos de la Argentina deja poco tiempo para el festejo. El paso siguiente es negociar con el FMI una postergación de pagos que, en 2022 y 2023, suman aproximadamente US$ 18000 millones en cada año. Si se opta por un acuerdo de facilidades extendidas, habrá que incluir reformas estructurales y consistencia macroeconómica.

Eso requiere una mejora paulatina en las cuentas fiscales y acumular reservas internacionales, dado el precario punto de partida inicial. Nada muy distinto a lo que planteó el Ministro Guzmán en sus presentaciones en el Congreso, posiblemente ajustadas a un punto inicial mucho peor: el déficit primario de este año sería entre 7 y 8% del PIB, más del doble del incluido en esas proyecciones.

¿Cómo pensar la consolidación fiscal en una situación como esta? La forma técnica de resolver el tema es apuntar a un cambio en el déficit primario neutro, ajustado por el ciclo. Eso significa que cualquier mejora en los ingresos fiscales que genere la recuperación económica se destina a reducir el déficit primario, y lo mismo se hace por el lado del gasto primario. Si la economía mejora, deben reducirse los aportes de ATP e IFE a empresas y familias en forma proporcional. Eso todavía deja pendiente la mejora fiscal que era necesaria para pasar de un déficit primario pre-pandemia de 1% del PIB a un superávit primario de 1% del PIB.

De esta forma, la política fiscal sería neutra hasta que se recupere la economía. La corrección de alrededor de dos puntos del PIB restantes debería provenir de reducciones estructurales del gasto primario. Dado el peso del gasto previsional, muchas veces se pone el foco en este rubro; de hecho, hay una comisión en el Congreso que analiza posibles cambios a la fórmula de indexación de los haberes.

Sin embargo, la corrección del problema no saldrá de buscar magia por el lado de la fórmula de ajuste. Con fallos de la Corte Suprema de Justicia respecto a la indexación de los haberes, no hay cambios en la fórmula que permitan ahorros permanentes en los gastos. A lo sumo habrá “ahorros transitorios” que resultarán en litigios y mayores gastos futuros.

Además, el problema no está en el sistema contributivo, cuyos gastos son los pagos de haberes a quienes cumplieron con sus aportes en la vida activa, y sus ingresos, la recaudación de aportes personales y contribuciones patronales. Como se observa en el gráfico adjunto, el sistema contributivo, aún después de la Reparación Histórica, estaba cercano al equilibrio en 2019, y ello a pesar de que la recesión de ese año redujo los ingresos.

Es evidente de la lectura del gráfico que el problema previsional argentino se originó en los pagos de más de 3 millones de beneficios a personas que no cumplieron con sus aportes. Este subsidio universal, de casi 3% del PIB, filtraba hacia el 40% más rico de la población, lo que equivale a algo más de un punto del PIB.

Hacia adelante, este problema no está resuelto. Los regímenes especiales son una fuente de déficits futuros. Medido por la cantidad de casos, los regímenes especiales más relevantes son el monotributo y el de empleadas domésticas, quienes recibirán una jubilación mínima con aportes muy inferiores a los que hace un asalariado cuya remuneración le dé derecho a esa misma jubilación mínima. Reponer la asociación entre aportes y beneficios es central para la sostenibilidad de un sistema previsional.

Pero ¿cómo financiar el desequilibrio fiscal durante la pandemia? Dado el escaso aporte que haría el financiamiento con deuda, no parece haber otra opción a seguir cobrando impuesto inflacionario. Además, la acumulación de reservas también requiere emitir, dejando menos espacio para el fisco para una inflación dada. Sin embargo, esto puede ser viable si se “ancla” dentro de un programa con el FMI que dé un paraguas de credibilidad, y sería mucho más fácil si, además, el gobierno anunciara un programa económico que alentara la inversión privada. Para ello, no hacen falta subsidios ni desgravaciones fiscales sino mostrar estabilidad en las reglas de juego y eliminar regulaciones costosas e ineficientes.

Lamentablemente, el gobierno (a veces acompañado por la principal coalición de oposición) van por el camino contrario. Desde Vicentín, Edesur, impuestos extraordinarios a la riqueza (luego de multiplicar por varias veces el impuesto existente), propuestas de reducir las tarifas de servicios públicos, hasta regulaciones cambiarias exóticas, la prohibición de despedir, la duplicación en las indemnizaciones por despido y la ley que regula el Teletrabajo son sólo algunos ejemplos.

Luego de la recuperación, se necesitará un fuerte aumento en la inversión privada. Si no hay suerte con los precios internacionales, la utilización de regulaciones e impuestos anti- inversión tendrá que ser compensada con un tipo de cambio real mucho más depreciado. Y eso no luce muy alentador para los trabajadores.

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La pandemia y el default

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La pandemia está generando un shock recesivo a escala mundial. La respuesta de los países desarrollados es utilizar políticas monetarias y fiscales que permitan morigerar el daño.

En este caso, se trata de un shock que afecta en forma desproporcionada a algunos servicios trabajo intensivos que se encuentran en una virtual parálisis de actividad (como turismo, entretenimiento, etc.), y a este efecto más permanente se suman los derivados de las cuarentenas o restricciones que han dispuesto muchos países.

En ese contexto, las medidas más adecuadas para ayudar a paliar el impacto de la crisis deben cumplir algunos requisitos:

Ser transitorias. La pandemia es temporaria, aunque hoy la ciencia no sepa por cuánto tiempo afectará al mundo. Por ello, los instrumentos que se utilicen tienen que tener un impacto rápido y desparecer al finalizar la crisis sanitaria.

En la Argentina, en 2009 los aumentos de gasto estatal que se decidieron para resolver una crisis temporaria terminaron en un aumento permanente del gasto público que es la madre de nuestra debilidad fiscal de los últimos años. En cambio, los ingresos adicionales para jubilados, personas de bajos recursos y trabajadores independientes que el Gobierno Nacional adoptó en 2020 respetan este criterio. No así los anuncios de mayores inversiones en infraestructura o los créditos Procrear que no tienen impacto inmediato y pueden tener efectos más permanentes sobre el nivel de gasto primario.

Proveer liquidez y evitar quiebras por la pandemia. La velocidad de reacción post crisis depende de conservar intacta la capacidad empresarial. Empresas en concurso de acreedores no tienen la misma posibilidad de reaccionar que otras que pudieron mantenerse a flote. Por ello, la provisión de liquidez que anunciaron algunos gobiernos europeos no distingue por tamaño de empresa sino que se trata de mantener en actividad a todos, evitando disrupciones que puedan afectar la cadena de pagos.

Parecería que en la Argentina se avanzaría en esa dirección facilitando garantías para que las entidades financieras puedan financiar los pagos de salarios de las empresas privadas.

Aportar ingresos a los trabajadores afectados. En los países desarrollados, la protección contra el desempleo de los asalariados se provee por medio del seguro de desempleo que habitualmente cubre el 50% del sueldo en actividad por varios meses. Ese mecanismo de transferencia funciona en forma automática: se reduce el costo salarial para el empleador y el Estado se hace cargo de la mitad de la remuneración.

En los países de la región, incluida la Argentina, la protección contra el desempleo se instrumenta por medio de la indemnización por despido. En tiempos normales, este sistema puede tener algunas ventajas de incentivos respecto de un seguro de desempleo tradicional pero en un momento como el actual, adolece de varios problemas: agrava, en lugar de aliviar, el problema de liquidez de corto plazo que enfrenta la empresa, y no hay un aporte inmediato del Estado al trabajador despedido que fue cesado en sus funciones pero a quien, por diversos motivos, no se le pagó la indemnización. La prohibición de despedir no resuelve el problema porque tenderá a aumentar los casos de empresas en concurso de acreedores, dificultando la recuperación posterior de la economía. Para los sectores en problemas, el gobierno debería tratar de coordinar una negociación entre empresarios y sindicatos, similar a las suspensiones, en lugar de forzar a que todas las empresas continúen como si todo fuera normal en un momento de crisis.

Los cuentapropistas e informales plantean un desafío importante. En el caso argentino, el gobierno dispuso un apoyo puntual pero limitado a las personas de menores ingresos (informales y las dos categorías más bajas del monotributo). Nuevamente, el problema es más generalizado y no todos tienen ahorros para poder financiar un nivel mínimo de gastos mientras dure el periodo sin ingresos por su actividad normal.

Reducciones impositivas. Varios países han anunciado rebajas o diferimientos de impuestos y se preparan para que sean más extensas para las actividades que demorarán en volver a la normalidad. En la Argentina ha habido poco al respecto. Las restricciones particulares de la Argentina.

El descalabro fiscal que comenzó en 2009 ha dejado al gobierno sin acceso a la deuda y con un déficit primario pequeño antes de la irrupción de la pandemia. En ese contexto, la caída de ingresos públicos y cualquier programa por el lado del gasto terminarán siendo financiados por el BCRA.

En el corto plazo, y dada la crisis, no debería esperarse un salto importante en la tasa de inflación, pero si no se corrige a tiempo cuando la economía empiece a reaccionar, el riesgo de una aceleración inflacionaria es importante. Por ello, es muy importante evitar aumentos de gasto estatal que no se extingan con la crisis sanitaria.

Además, sería conveniente coordinar con provincias y éstas con sus municipios, la posibilidad de reducir los salarios de empleados estatales que trabajen desde sus domicilios (una suerte de réplica de las suspensiones acordadas entre empresas y sindicatos en el sector privado). Eso evita una presión descomunal sobre el BCRA o que, ante la negativa, algunas provincias emitan cuasimonedas que al final resultarán en una quita de ingresos desordenada para los empleados que cobren con ellas.

Respecto de la deuda externa, la negociación con los acreedores sigue su curso a pesar de la pandemia. A partir de un informe del FMI del 19 de marzo y de las presentaciones del Ministerio de Economía se puede inferir que la propuesta oficial incluirá quitas de cupones y de capital y postergación de pagos.

Es difícil que una propuesta así prospere. En el informe del FMI se puede inferir que los recursos que pueda acceder el gobierno por encima del resultado fiscal primario (señoreaje y nueva emisión de deuda) se destinarán a acumular reservas en el BCRA o a cancelar la deuda con los organismos multilaterales. Ello lleva naturalmente a una mayor quita a los acreedores privados.

El Ministerio de Economía parece sugerir que buscará postergar los pagos al FMI pero ello requiere convertir el stand by actual en un EFF. Es fácil hacer eso si el gobierno está dispuesto a hacer reformas estructurales, pero no parece que ese sea el caso.

Tanto el FMI como el Ministerio de Economía sostienen que el superávit primario de mediano plazo sería del orden de 1.3% del PIB. Ese esfuerzo fiscal post restructuración es muy inferior al que han realizado otros países que han restructurado exitosamente su deuda. No hay ninguna justificación técnica de porqué no se puede hacer más esfuerzo fiscal.

Finalmente, el ejercicio del Ministerio de Economía, que calcula el resultado fiscal primario consistente con mantener el peso de la deuda constante, tiene algunos errores que exageran el número.

Se utiliza un ratio de deuda exagerado, con una tasa de interés promedio ponderada que es mayor que la real y se computan los intereses en moneda extranjera como si fueran reales ignorando la inflación internacional. Si se corrigen estos errores se arriba a un resultado primario requerido que es menos de la mitad del expuesto por el Ministerio de Economía.

En el corto plazo, los costos de un default quedarían tapados por los de la pandemia. Pero el ritmo de recuperación se vería afectado negativamente en caso de no llegar a un acuerdo.

Por eso parece mejor convocar a los acreedores para que apoyen una postergación de los pagos de intereses y capital en la deuda en moneda extranjera por 12 ó 18 meses, ofreciendo a cambio pagar una fracción de los intereses devengados en ese período y acumulando el resto. El gobierno obtiene un alivio importante en la caja y los acreedores pueden reclamar judicialmente sus montos intactos, si así lo desean, en 2021.

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En la dulce espera

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Ante la falta de definiciones sobre quiénes integrarán el equipo económico del nuevo gobierno y sin certezas del contenido del programa económico, sólo se puede hacer un análisis muy general.

Política fiscal

Se habla de aumentos en las tasas de algunos impuestos (a las exportaciones y a los bienes personales) pero no queda claro si la recaudación extra se utilizará para reducir otros gravámenes, para mejorar el balance fiscal primario o para financiar un aumento en el gasto primario.

El presidente electo y algunos de sus asesores han destacado en varias oportunidades la importancia de equilibrar las cuentas públicas. Se supone que se refieren al balance global del fisco nacional incluyendo intereses. Y también se han manifestado acerca de la necesidad de que esa mejora fiscal sea obtenida gracias a la recuperación de la economía. Esto plantea algunos interrogantes.

La Argentina tiene una elevada presión tributaria comparada con países de similar desarrollo y además utiliza en exceso gravámenes muy distorsivos sobre la producción (ingresos brutos, transacciones financieras, sellos, retenciones, tasa de seguridad e higiene municipal).

A su vez, en los gravámenes al ingreso o a la riqueza debe considerarse que los mismos recaen sobre contribuyentes que han sufrido una caída importante en su riqueza neta; ahorristas argentinos poseen títulos públicos y acciones que han perdido entre el 40% y el 85% de su valor.

La reacción habitual de quienes sufren una merma en su riqueza o sufren impuestos adicionales es reducir su consumo para aumentar la tasa de ahorro. Esto opera en contrario a los intentos por reactivar el consumo vía distribuciones de renta entre residentes. Por otra parte, la Argentina necesita mejorar sus cuentas fiscales en forma permanente y creíble.

La experiencia de otros países sugiere que ello se logra más fácilmente por la vía de reducciones del gasto primario. Si se opta por aumentarlo, financiado en parte con mayores impuestos, se puede diluir en parte el efecto sobre la credibilidad del ajuste. Es posible que se pretenda evitar un ajuste adicional y se procure lograrlo a partir de la mejora de ingresos que genere la reactivación.

Aún cuando se diera tal recuperación, la credibilidad del programa fiscal requiere de un control férreo del gasto primario en términos reales. Un primer test del nuevo gobierno es poder frenar las demandas sobre el gasto primario de los actores que forman parte de su propia coalición.

Sin un sendero fiscal creíble, será más difícil renegociar la deuda en forma rápida.

Curiosamente se ha instalado la “necesidad” de recortar intereses porque un cupón promedio de 7% en dólares luce “elevado”.

En verdad dista mucho de las tasas de dos dígitos que se pagaban a finales de los 90 en la Argentina y, ajustados por la inflación internacional, se reducen a 5% real.

Además, el costo de la deuda soberana durante el período del boom de commodities (9 años entre 2003 y 2011) fue un promedio anual de 7.4% en Brasil, 6.3% en Perú ó 6.8% en Colombia y ninguno de estos tres países terminó en un default soberano o en deudas impagables.

Claro que en ese período de nueve años promediaron superávits primarios de 3% del PIB en Brasil, 2.3% del PIB en Perú y casi 1% del PIB en Colombia. El diagnóstico de intereses “elevados” en el caso argentino parece más una excusa para evitar tener superávit primario.

Nótese que el total de intereses con los bonos argentinos de mediano y largo plazo que tiene el sector privado y con los multilaterales es de aproximadamente US$ 11.000 millones al año (hoy un poco más de 2.5% del PIB). Política monetaria Parecería que se tratará de aplicar una política monetaria blanda con la esperanza de que el cepo evite que la emisión se traduzca en una pérdida de reservas del BCRA y que los pesos se canalicen más a cantidades, facilitando la recuperación.

Hay espacio para ablandar la política monetaria pero ello es posible en un contexto de recomposición de la confianza que permita recuperar la demanda por dinero en términos reales. A diferencia del cepo de 2011, hoy hay un tercio de las reservas netas que había en aquel entonces, y una demanda de dinero en caída, comparada con un aumento del M3 privado en moneda local de 18% del PIB a 22% del PIB entre 2003 y 2011 (que fue interrumpido transitoriamente sólo por la crisis financiera internacional). Esa recuperación de la confianza puede darse en un contexto de políticas económicas ad hoc si mejoran los precios internacionales o hay muchas reservas netas, pero ninguna de esas condiciones estará presente, al menos al comienzo de la gestión del nuevo gobierno.

Por lo tanto, sería más seguro apostar a un programa económico que convenza a los ahorristas de que, aún en un contexto de cepo, pueden hacer daño a la macro presionando sobre la brecha cambiaria. Una brecha alta, tarde o temprano, contamina los precios y reduce el balance comercial declarado al BCRA.

Políticas microeconómicas Las urgencias de la macro pueden llevar a errores serios en las políticas micro. Por ejemplo, la pesificación de los precios domésticos de productos transables para subsidiar a los consumidores locales termina con una crisis de oferta como demuestra lo ocurrido con la energía y la carne entre 2005 y 2015. Y en los momentos de urgencia aparecen sugerencias de reactivar políticas sectoriales o regionales de alto costo fiscal y escaso aporte al valor agregado nacional; el caso emblemático es la producción industrial en Tierra del Fuego.

En resumen, la calidad de las decisiones económicas es crucial no sólo en la consistencia indispensable de la política fiscal y monetaria sino en preservar los incentivos a la producción de transables y evitar subsidios desmedidos que sólo perjudican al erario y a los consumidores.

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