Daniel Artana

Economista jefe de FIEL. Profesor en la UNLP y en la UTDT. Ph. D. in Economics UCLA

Inconsistencias electorales

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En los primeros siete meses del año, el gobierno logró cerrar las cuentas primarias con un déficit equivalente a 0.7% del PIB, bastante menor al que se podía inferir del presupuesto. El ajuste en jubilaciones y salarios públicos sumado a ingresos extras por retenciones y el aporte solidario más que compensaron las mayores erogaciones en subsidios a la energía y el transporte.

Pero las urgencias electorales han impulsado un relajamiento que, ya puede verse, llevará a una mayor emisión monetaria. Si se supone que el déficit del año antes del pago de intereses termina en 3.5% del PIB, que se financia con emisión (es decir se coloca deuda por los intereses que vencen hasta fines de año) y que el BCRA esteriliza alrededor de medio billón de pesos, quedará un remanente de pesos por encima de lo que desean tener los demandantes de dinero que sería del orden de 15% a 20%. Ese desequilibrio requerirá una reducción en la oferta real de dinero por la vía de un aumento en los precios de esa magnitud. Si se lo suma a la inflación necesaria para financiar el desequilibrio del año 2022, es fácil concluir que la inflación el año próximo será parecida a la de este año (pronóstico de FIEL desde hace varios meses atrás).

Esa no ha sido la única inconsistencia de la campaña electoral. Por ejemplo, hay figuras políticas destacadas que sugieren que es vital reducir fuertemente los impuestos. La elevada carga tributaria que tiene la Argentina en comparación a su nivel de desarrollo y el abuso de impuestos ineficientes (entre otros, cheque, ingresos brutos, tasas municipales de Seguridad e Higiene) justificarían avanzar en tal sentido. Pero hay un pequeño problema: esos altos impuestos no alcanzan siquiera para financiar el gasto público actual. Entonces, para poder avanzar en reducciones de impuestos se requiere proponer reducciones de gasto ya que la “magia” de la llamada curva de Laffer no tiene aval empírico.

Tarde o temprano habrá que encarar una reducción profunda del gasto estatal. Las licuaciones del gasto previsional y de los salarios públicos que ha realizado este gobierno para financiar parcialmente subas en otros gastos no son sostenibles. Muchos observadores se asustan ante la complejidad de la tarea y su supuesto costo político, pero si no hay espacio para seguir subiendo impuestos, las opciones que se han utilizado desde 2005 hasta hoy también son costosas: inflación, que agrava los problemas sociales y afecta el funcionamiento de la economía, o endeudamiento externo, que primero atrasa el tipo de cambio real y luego termina en defaults. La opción de financiamiento local está muy acotada y tampoco está exenta de problemas.

Otra curiosidad de esta campaña es la sugerencia del oficialismo de que la única deuda pública relevante es la que se emite en dólares. En primer lugar, este nuevo discurso del oficialismo se contrapone a los ejercicios de sostenibilidad de la deuda que presentó el Ministerio de Economía al Congreso en oportunidad de discutirse la restructuración de la deuda en moneda extranjera con inversores privados que incluían, como es correcto, a toda la deuda estatal.

En segundo lugar, es curioso que la deuda en pesos sea vista como un «paga Dios» cuando uno de los principales tenedores es el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES.

Finalmente, los países desarrollados emiten la casi totalidad de su deuda en moneda local y ello no obsta para que la incluyan en los ejercicios que se hacen para evaluar su sostenibilidad. Es cierto que la deuda en moneda local puede licuarse por decisión del Banco Central del país, pero ello no está exento de problemas (para los memoriosos, recordar la salida del Plan Primavera que desembocó en la hiperinflación de 1989). La verdadera ventaja aparece cuando los ahorristas locales tienen en cartera gran parte de la deuda estatal y no salen corriendo a venderla ante el primer cimbronazo. Ese ha sido el caso de Japón, y algunos analistas lo utilizan para explicar porqué el cociente deuda a PIB es tan alto en ese país y a pesar de ello no parece enfrentar problemas de liquidez. Pero si la clave es que los ahorristas le “hagan el aguante” al gobierno, no cambia mucho que la deuda sea emitida en moneda local o extranjera.

Otra curiosidad es la confusión entre solvencia fiscal y crecimiento de exportaciones. Es obvio que un deudor que tiene pasivos en moneda extranjera debe conseguir las divisas de algún lado si tiene que reducir el tamaño de ese pasivo. En cambio, si puede mantener la cantidad de deuda constante sólo requiere poder emitir deuda en dólares por la misma cantidad que vence y eso puede concretarse sin un aumento en las ventas al exterior. Cuando en el año 2020 el gobierno reestructuró su deuda con los privados, supuestamente lo hizo para volverla sostenible. Si hubiese sido así, podría hoy emitir deuda en el mercado internacional y conseguiría, de este modo, los dólares que necesita para pagar los dólares que vencen. Que no pueda hacerlo es evidencia de las malas decisiones de política económica o del susto que genera la coalición de gobierno en los ahorristas; no puede atribuirse a la pandemia, ya que países en desarrollo con mayor peso de la deuda respecto del tamaño de su economía han podido financiarse a tasas muy bajas.

Pero aún si el deudor debe reducir el peso de la deuda, la limitante más importante para hacerlo no es el crecimiento de las exportaciones, sino que tenga los pesos para poder comprar los dólares en el mercado y usarlos para reducir su pasivo. Si los acreedores de títulos emitidos en moneda local quieren reducir su exposición con el gobierno y el Tesoro no tiene superávit en pesos, igual habría un problema. La maquinita daría una opción que no es muy distinta que usarla para comprar reservas que luego se usan para cancelar deuda en moneda extranjera.

Es posible que la cancelación de pasivos externos pueda resultar en un salto en el tipo de cambio real. Pero el riesgo de tener que afrontar una reducción abrupta en la demanda de títulos públicos parece mucho menos relevante si el déficit fiscal global es muy bajo o nulo.

En resumen, sería mucho más útil para el futuro económico de la Argentina que se discutan propuestas para limitar el oportunismo fiscal en los años de elecciones y, mirando el largo plazo, sugerencias que permitan reducir el tamaño del gasto y el déficit fiscal. Si ello se concretara, al menos la volatilidad macroeconómica se reduciría en forma importante.

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El largo camino hacia las elecciones legislativas

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En el camino a las elecciones de medio término el gobierno esboza una estrategia económica que pretende influir en el resultado electoral:
a) bajar la inflación postergando aumentos de tarifas y de tipo de cambio e interviniendo para reducir la brecha cambiaria, aun cuando ello le haga perder las pocas reservas que ganó el BCRA por la mejora en el precio de la soja,
b) forzar una mejora transitoria en los ingresos de jubilados y probablemente asalariados aun cuando el Estado y las empresas no tengan los recursos para hacerles frente,
c) apretar controles para lograr una baja en el precio de algunos alimentos, aunque sea efímera y contradictoria con el objetivo de aumentar exportaciones, y
d) aumentar todavía más el peso del Estado en la economía aún a pesar de la grotesca ineficiencia que ha caracterizado a la gestión pública

Dado que es una carrera corta es posible que la inflación ceda respecto del 4% mensual que promedió en el semestre diciembre 2020-mayo 2021 y que haya una mejora transitoria en el salario real. Pero lo curioso de este caso, y a diferencia de los observado en 2014 y 2015, es que el Gobierno heredará los costos de las inconsistencias de su pseudo programa económico ya que debe gobernar hasta finales del 2023.

El primer desafío post elecciones será llegar a un rápido acuerdo con el FMI ya que las decisiones de política económica han impedido que el gobierno nacional acceda a financiamiento en dólares a tasas de interés razonables como de hecho hace la gran mayoría de los países emergentes. Claramente no es una restricción para acceder a financiamiento que las economías sean bimonetarias (por ejemplo, Bolivia, Perú o Uruguay) o incluso no tengan moneda propia (por ejemplo, El Salvador o Panamá). La limitante pasa más por la visión particular de la economía que tienen varios miembros de la coalición gobernante que influye en las decisiones macro y microeconómicas que se adoptan y que espanta a los inversores privados.

¿Estará dispuesta el ala política del Gobierno a ceder ante el FMI? La decisión de hacer un pago parcial al Club de París sugiere que ese es el escenario más probable. Pero no es seguro. El acuerdo con el FMI reducirá un poco el altísimo nivel de riesgo, pero no parece que sea suficiente para lograr financiamiento adicional para el sector público o los privados ¿Si no hay una zanahoria de corto plazo, para qué arreglar? Los más moderados del Gobierno tendrán que explicar convincentemente que un default con el FMI puede desalentar aún más las inversiones privadas y, sobre todo, intranquilizar a los depositantes lo que pondría una presión adicional a la ya exorbitante brecha cambiaria.

¿Y cederá el FMI? Con un déficit primario alto y la necesidad de acumular reservas la Argentina deberá depender del impuesto inflacionario por bastante tiempo. A eso se suma la inflación diferida de este año al siguiente en el contexto del plan electoral de acá a noviembre y la acumulación de una demanda reprimida de divisas (dividendos, turismo, deuda privada) que ni siquiera se pudo regularizar en un contexto de precios altos de la soja. Inflación alta y controles de cambios no parecen ser fáciles de digerir para el organismo multilateral.

Luego del acuerdo con el FMI el Gobierno tendrá el desafío de cumplirlo. Ya se han subido impuestos a destajo (bienes personales, retenciones, impuesto País, aporte solidario extraordinario e ingresos brutos) y se han pisado jubilaciones a los que aportaron y sueldos públicos, para gastar más en subsidios a la energía y el transporte, algo de inversión pública y atención de la pandemia. ¿Podrá el oficialismo diseñar una política fiscal sostenible?

Finalmente, el resultado electoral de noviembre puede afectar la economía en los años siguientes. Si el Gobierno gana la mayoría en la Cámara de Diputados algunos de sus referentes ya insinúan que podrían ir por reformas que seguramente serán percibidas como un deterioro terminal en la calidad de las instituciones; si en cambio gana la oposición: ¿Se mantendrá unida la coalición oficial con visiones tan diferentes si perciben que perderán el poder en 2023? ¿Cuál será el apoyo político a la necesaria mejora en la política fiscal y monetaria?

En conclusión, hay un largo camino que recorrer hasta las elecciones de 2023. Hagamos votos para que se mantenga alto el precio de la soja y que siga actuando como un bálsamo para las heridas que genera una política económica subordinada a las necesidades de corto plazo de la política.

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“Mini” riesgos de Celestino y Paul

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La fragilidad de la economía argentina no soportaría un escenario adverso. Una baja en el precio de las commodities o el desenfreno en la política fiscal y monetaria podría alentar una huida de los activos en pesos.

En Estados Unidos, los macroeconomistas más destacados discuten acerca de la magnitud de los paquetes de estímulo fiscal y monetario y los riesgos de que esto pueda desencadenar una aceleración de la tasa de inflación. Es evidente que es un debate muy relevante, más aún cuando se observa que el aumento de precios en ese país superó el 2% durante los cuatros primeros meses del año (6% anualizado).

En este debate, por un lado, se ubican las “palomas”, que sostienen que los datos del primer cuatrimestre se vieron afectados por hechos puntuales y que la mediana de los aumentos de precios no muestra una tendencia creciente. Señalan, además, que existe espacio en el mercado laboral: hay todavía 7 millones menos de empleados que antes de la pandemia, y casi 5 millones menos de personas que buscan empleo. Además, la trasmisión de dinero a precios no es tan clara como en el pasado, en parte porque se refleja en el precio de los activos y en parte por la mayor competencia de productos importados y por el bajo grado de sindicalización.

Más importante aún, sostienen que, si eventualmente se confirma que la tasa de inflación se aceleró, los bancos centrales tienen la reputación suficiente para reducirla sin generar una recesión. Son creíbles luego de varias décadas de baja inflación en el mundo desarrollado.

En cambio, por otro lado, los “halcones” sostienen que los paquetes de estímulo fiscal son exagerados y que la deuda pública ya es la más alta de la historia, que las familias ahorraron buena parte de la ayuda y van a gastar ese ahorro extraordinario, lo cual se sumaría a la expansión fiscal y podría generar excesos de demanda y, finalmente, que la credibilidad de los Bancos Centrales es importante pero no es suficiente para eliminar el riesgo de una suba en la tasa de interés mayor a la esperada por los mercados, lo que podría generar una recesión.

El último punto es el más relevante para la Argentina. A comienzos de los 80, y luego de varios años de inflación de dos dígitos anuales, el entonces Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Paul Volcker, decidió subir fuertemente la tasa de interés. La inflación cedió y se ubicó desde entonces en niveles de un dígito bajo anual, pero las consecuencias para la región latinoamericana fueron devastadoras: la tasa real de interés de los bonos públicos americanos trepó hasta 8% anual, el dólar se fortaleció, los precios de las commodities cayeron y varios países entraron en default. No hay riesgo de repetir un problema de esa magnitud, precisamente porque la credibilidad de los bancos centrales ayuda, pero un ex presidente de una de las Fed sostiene que no puede descartarse que la tasa de corto plazo tenga que aumentar a 4 ó 4.5% si es que no se actúa con moderación para prevenir que la inflación aumente.

Un “mini” Volcker podría generar muchos problemas a la frágil economía argentina.

Otro evento histórico que deja algunas enseñanzas es el cúmulo de errores del período 1972-1974 que terminaron en el “Rodrigazo”. La Argentina se favoreció de una mejora de 47% en los términos del intercambio entre 1970 y 1973. El déficit externo de 1971 y 1972 se convirtió en un superávit en 1973 y el Banco Central pudo triplicar sus reservas entre fines de 1972 y fines de 1973. Lamentablemente, no se aprovechó la bonanza externa: el déficit fiscal del gobierno nacional y de las provincias, que había sido de sólo 1.6% del PIB en 1970, fue creciendo hasta el 6% del PIB en 1973 y 1974 para trepar a casi 12% del PIB en 1975. Entre septiembre de 1971 y febrero de 1975 se mantuvo congelado el tipo de cambio oficial. Junto con controles de precios, eso permitió desacelerar transitoriamente la tasa de inflación interanual: de 77% en marzo de 1973 a 12% en mayo de 1974. Pero la emisión era groseramente inconsistente con el resto de las variables macro: la base monetaria que aumentaba a un ritmo interanual ya elevado de 59% en marzo de 1973, se aceleró a 150% en septiembre de ese año y siguió en tres dígitos anuales hasta mediados de 1974. La brecha cambiaria entre el dólar oficial y el paralelo reflejaba esa inconsistencia macro: entre 110% y180% en ese mismo período.

Todos sabemos cómo terminó el experimento de pretender forzar la baja de la inflación controlando el tipo de cambio oficial y los precios al mismo tiempo que se encendía a full la maquinita de emitir pesos. Cuando se revirtió la bonanza en los términos del intercambio en 1974 y 1975, la Argentina terminó en su primera hiperinflación.

Hoy no hay riesgo de repetir un episodio tan grave. Pero la decisión oficial de desacelerar fuertemente la depreciación del peso y congelar artificialmente algunas tarifas y precios para ganar algunos votos puede desencadenar un salto de inflación después de las elecciones. La gravedad del problema depende de cuánta presión se ponga sobre lo fiscal y monetario, y también de los avances (o falta de) en normalizar la deuda externa bilateral y multilateral.

En ese marco, la declaración de algunos referentes del oficialismo de suspender los pagos al FMI y al Club de Paris y pedir una renegociación de la deuda, no ayuda. La pregunta es ¿Qué sugieren hacer si los países desarrollados no aceptan esa postura?. ¿Defaultear ambas deudas? El principal riesgo de tal decisión no pasa por perder acceso al crédito internacional, que ya el gobierno no tiene, sino porque convertirse en un paria puede generar dudas en los depositantes que hoy contribuyen a financiar al Tesoro a través del BCRA. Una caída más acelerada en la demanda de activos en pesos puede generar un problema enorme, máxime si hay algún retroceso en el precio de las commodities.

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¿La deuda es impagable?

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El gobierno actual empezó su gestión con el diagnóstico de que la deuda pública con el sector privado necesitaba ser reestructurada; ahora se suma que la deuda con el FMI también sería impagable. Aunque parecería que a veces se habla de los vencimientos del stand by vigente (el Presidente) y otras se habla de las nuevas condiciones que tendría un acuerdo de facilidades extendidas (la Vicepresidente).

En materia de deuda es conocido que una cosa es la solvencia y otra la liquidez. El gobierno nunca pudo demostrar en forma contundente que había un problema de solvencia. De hecho, cuando se corrigen los errores que había en la presentación oficial de hace un año atrás (omisión de la inflación internacional y falta de consistencia en el cómputo de la tasa de interés relevante), la deuda era sostenible con un superávit primario bajo.

Había sí un problema de liquidez: los acreedores privados no querían renovar los vencimientos de capital en forma voluntaria. Y es bien sabido que un problema de liquidez puede terminar en una restructuración. Para cualquier deudor es vital que los acreedores confíen en su programa: si se no puede refinanciar gran parte del capital que vence, es game over.

En la versión oficial, ese problema de liquidez (y/o de solvencia) fue resuelto con el canje. Recién en 2025 empiezan los vencimientos de capital de bonos emitidos bajo ley Nueva York (algo menos de US$ 3000 millones que trepan hasta US$ 6.000 millones en 2031) a los cuales hay que agregar alrededor de US$ 1000 millones por año de vencimientos en moneda extranjera bajo ley local.

Antes que eso aparecen los pagos con el FMI de alrededor de US$ 18.000 millones tanto en 2022 como en 2023. Si se acuerda un EFF con 4 años y medio de gracia, el capital se diferiría a 2026 y ejercicios siguientes, con pago de casi US$ 7.000 millones al año.

En otras palabras, ignorando a los otros multilaterales, que en general aportan préstamos nuevos de un importe similar a lo que vence, habría pagos anuales en moneda extranjera de entre US$ 10.500 y US$ 13.700 millones entre 2025 y 2030.

¿Son impagables esos montos? En verdad, antes de esas fechas hay que pagar en moneda local al sector privado cifras mayores a esas en 2021 y 2022. Pasa que se vienen renovando en un mercado algo cautivo y parecería que la deuda en pesos (más allá de que cada vez es menos licuable) parece preocupar menos a las máximas autoridades del gobierno. Pero el desafío es el mismo: generar confianza para poder renovar el capital y ello se logra con un programa fiscal que muestre que convergemos en el mediano plazo a un equilibrio (es decir, un superávit primario similar a la carga de intereses).

Como muestra el cuadro adjunto la variación de deuda puede analizarse desde distintos ángulos: la primera columna muestra la deuda bruta del gobierno nacional; la segunda, sólo la que en cada momento se debía al sector privado y los organismos multilaterales y la tercera (que es la mejor definición) incluye los pasivos remunerados del BCRA y resta las reservas internacionales netas de la autoridad monetaria. Las dos últimas columnas muestran el resultado fiscal primario y global, acumulado cada cuatro años. Cuando el desequilibrio es importante, como se ve desde 2011 en adelante, la deuda aumenta mucho. Ello ha ocurrido también con el gobierno actual que ha aumentado los pasivos netos de reservas en alrededor de US$ 25.000 millones, claro está influido por el Covid 19.

En resumen, si no se generan las condiciones para acceder a los mercados locales e internacionales de deuda, todos los vencimientos tarde o temprano son “impagables”: los de moneda local, los de moneda extranjera con el sector privado y los que se deben al FMI. La mayoría de los países del mundo logran esa confianza. En el caso argentino con vencimientos moderados con relación al PIB, la clave pasa por lograr un sendero fiscal que asegure un superávit primario luego de que se supere la pandemia. ¿Tendrá el gobierno la voluntad de hacerlo?

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¿Es impagable la deuda?

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El gobierno actual empezó su gestión con el diagnóstico de que la deuda pública con el sector privado necesitaba ser reestructurada; ahora se suma que la deuda con el FMI también sería impagable. Aunque parecería que a veces se habla de los vencimientos del stand by vigente (el Presidente) y otras se habla de las nuevas condiciones que tendría un acuerdo de facilidades extendidas (la Vicepresidente).

En materia de deuda es conocido que una cosa es la solvencia y otra la liquidez. El gobierno nunca pudo demostrar en forma contundente que había un problema de solvencia. De hecho, cuando se corrigen los errores que había en la presentación oficial de hace un año atrás (omisión de la inflación internacional y falta de consistencia en el cómputo de la tasa de interés relevante), la deuda era sostenible con un superávit primario bajo.

Había sí un problema de liquidez: los acreedores privados no querían renovar los vencimientos de capital en forma voluntaria. Y es bien sabido que un problema de liquidez puede terminar en una restructuración. Para cualquier deudor es vital que los acreedores confíen en su programa: si se no puede refinanciar gran parte del capital que vence, es game over.

En la versión oficial, ese problema de liquidez (y/o de solvencia) fue resuelto con el canje. Recién en 2025 empiezan los vencimientos de capital de bonos emitidos bajo ley Nueva York (algo menos de US$ 3000 millones que trepan hasta US$ 6.000 millones en 2031) a los cuales hay que agregar alrededor de US$ 1000 millones por año de vencimientos en moneda extranjera bajo ley local.

Antes que eso aparecen los pagos con el FMI de alrededor de US$ 18.000 millones tanto en 2022 como en 2023. Si se acuerda un EFF con 4 años y medio de gracia, el capital se diferiría a 2026 y ejercicios siguientes, con pago de casi US$ 7.000 millones al año.

En otras palabras, ignorando a los otros multilaterales, que en general aportan préstamos nuevos de un importe similar a lo que vence, habría pagos anuales en moneda extranjera de entre US$ 10.500 y US$ 13.700 millones entre 2025 y 2030.

¿Son impagables esos montos? En verdad, antes de esas fechas hay que pagar en moneda local al sector privado cifras mayores a esas en 2021 y 2022. Pasa que se vienen renovando en un mercado algo cautivo y parecería que la deuda en pesos (más allá de que cada vez es menos licuable) parece preocupar menos a las máximas autoridades del gobierno. Pero el desafío es el mismo: generar confianza para poder renovar el capital y ello se logra con un programa fiscal que muestre que convergemos en el mediano plazo a un equilibrio (es decir, un superávit primario similar a la carga de intereses).

Como muestra el cuadro adjunto la variación de deuda puede analizarse desde distintos ángulos: la primera columna muestra la deuda bruta del gobierno nacional; la segunda, sólo la que en cada momento se debía al sector privado y los organismos multilaterales y la tercera (que es la mejor definición) incluye los pasivos remunerados del BCRA y resta las reservas internacionales netas de la autoridad monetaria. Las dos últimas columnas muestran el resultado fiscal primario y global, acumulado cada cuatro años. Cuando el desequilibrio es importante, como se ve desde 2011 en adelante, la deuda aumenta mucho. Ello ha ocurrido también con el gobierno actual que ha aumentado los pasivos netos de reservas en alrededor de US$ 25.000 millones, claro está influido por el Covid 19.

En resumen, si no se generan las condiciones para acceder a los mercados locales e internacionales de deuda, todos los vencimientos tarde o temprano son “impagables”: los de moneda local, los de moneda extranjera con el sector privado y los que se deben al FMI. La mayoría de los países del mundo logran esa confianza. En el caso argentino con vencimientos moderados con relación al PIB, la clave pasa por lograr un sendero fiscal que asegure un superávit primario luego de que se supere la pandemia. ¿Tendrá el gobierno la voluntad de hacerlo?

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