Daniel Artana

Economista jefe de FIEL. Profesor en la UNLP y en la UTDT. Ph. D. in Economics UCLA

Los desafíos económicos del próximo gobierno

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Para poder analizar los desafíos que enfrentará el próximo gobierno, hay que imaginar primero cuáles serán las condiciones iniciales. El escenario más probable es uno parecido al actual: alta inflación, distorsiones de precios relativos (las más notorias, atraso del tipo de cambio oficial y de las tarifas), múltiples controles, elevada pobreza. A esa lista de problemas, probablemente, se sume una recesión moderada.

Gradualismo o shock
Una primera decisión es si las distorsiones macro se deben resolver de golpe o en forma gradual. Más allá de las ventajas y desventajas de cada uno, en el campo fiscal, el gradualismo requiere financiamiento si se quiere bajar la inflación de golpe. A diferencia de 2016, cuando estaba la opción de normalizar la deuda en default y acceder al crédito internacional, hoy esa opción no está disponible. En un contexto donde hay dudas importantes acerca de la capacidad del gobierno de poder lograr el rollover del capital que vence, parece casi imposible lograr financiar intereses o déficit primario con crédito externo.

Los abultados vencimientos de deuda local tampoco parecen dejar mucho espacio para lograr sumas importantes en ese mercado. Además, si se normaliza el acceso al mercado de cambios, habrá que lidiar también con la normalización del overhang monetario. Con las entidades financieras cargadas de Leliqs y títulos públicos no parece haber mucho espacio para lograr financiamiento adicional de los depositantes.
En resumen, si se opta por el gradualismo fiscal, la baja de la inflación será también gradual porque será necesario utilizar el impuesto inflacionario para cerrar las cuentas.

La experiencia internacional de los últimos 40 años permite ver que ha habido alrededor de 180 casos de mejoras en el balance fiscal primario de 4% del PIB o más y donde el 75% o más de la mejora fiscal fue lograda mediante una reducción del gasto público. Hay evidencia de países desarrollados y en desarrollo. En algunos casos, la reducción del peso del Estado en la economía se logró por un aumento del PIB, pero en muchos otros, por una reducción del gasto medido a precios constantes, combinado con un aumento en la actividad económica.

Timming de las reformas

Otro punto relevante a decidir es si las reformas estructurales deben postergarse hasta que la macro se haya estabilizado. La ventaja de postergar parece estar asociada a dos elementos: se evita una superposición de conflictos en el corto plazo, al tiempo que se reconoce que es mejor debatir las reformas y lograr más adhesiones.
En el diseño de un programa de estabilización es crucial que la política monetaria y fiscal sean consistentes con la meta de inflación que se desee alcanzar y, además, se requiere un ancla nominal, que en la Argentina ha sido habitualmente el tipo de cambio.

Si se demoran las correcciones cambiarias y de tarifas, el programa estará expuesto a shocks y problemas de credibilidad. Un ancla cambiaria es poco creíble si hay atraso cambiario y pocas reservas en el BCRA. Y los aumentos de tarifas frecuentes generan ruido en los índices de precios. No es casual que en algunos de los programas de estabilización se resuelvan primero las distorsiones de precios relativos antes de lanzar formalmente el programa.

No parece ese el mejor contexto para discutir reformas estructurales porque tales correcciones de precios
relativos aumentarán la inflación en el corto plazo. Sin embargo, la Argentina presenta algunas características que sugieren que es muy importante lograr avanzar en algunas de esas reformas durante los primeros meses de gestión del nuevo gobierno. Generar credibilidad a partir del mero anuncio
de un programa de estabilización no es fácil para un país que ha abusado de los defaults y del impuesto inflacionario y que, además, se enamora frecuentemente de políticas anti crecimiento a través de la adicción a una economía cerrada con un importante sesgo antiexportador, de una regulación laboral
anti empleo, de controles y cuotas sobre innumerables transacciones, del abuso de impuestos muy distorsivos y poco visibles y, más recientemente, de un desprecio por la gestión profesional de las políticas públicas. Además, algunas de las reformas estructurales son necesarias para ayudar a garantizar la solvencia del Estado a mediano plazo (previsional, reforma del empleo público, empresas públicas).

Más aún, los gobiernos parecen expuestos a perder apoyo popular a los pocos meses de iniciada la gestión. Pero si ese es el caso, postergar las reformas sólo aumentará la chance de que puedan ser bloqueadas por los grupos de presión que hoy se benefician de su ausencia.

En resumen, no parece haber mejor opción que encarar con decisión un programa macroeconómico contundente y de impulsar al mismo tiempo reformas estructurales que mejoren las perspectivas de crecimiento de mediano y largo plazo.

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Leven anclas

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En la anunciada guerra contra la inflación, el punto de partida es muy malo. El 4.7% de inflación de febrero sería seguido por un registro todavía más alto en marzo. Si bien esta aceleración de la inflación responde a errores del pasado, en particular a la fuerte expansión fiscal y monetaria del segundo semestre de 2021, no deja de complicar hacia el futuro porque afecta la inercia y las expectativas.
El acuerdo firmado con el FMI modifica las anclas que el gobierno utilizó (fallidamente) durante el período electoral.
Entre diciembre de 2020 y junio de 2021, el tipo de cambio oficial se depreció algo más del 15%, mientras que entre junio y diciembre de 2021 la devaluación fue inferior al 7%. Pero el “ancla” cambiaria no podrá ser utilizada más por el gobierno que se comprometió a evitar que el tipo de cambio
real se aprecie desde los niveles observados a finales del año pasado.
La segunda ancla utilizada en 2021 fueron las tarifas de energía que aumentaron sólo 9% durante el año. El acuerdo también remueve ese ancla: sólo los usuarios de menores recursos tendrán un aumento del orden del 20%; la mayoría de los consumidores, uno del 42% y los de altos ingresos, uno cuatro veces superior. Y no se sabe si las urgencias fiscales no forzarán el gobierno nacional a ir incluso por encima de esas variaciones.

Los controles de precios más intrusivos desde el cambio de autoridades en la Secretaría de Comercio parecería que seguirán, aunque su eficacia se resiente a medida que pasa el tiempo.
El acuerdo con el FMI pone el foco en la reducción del déficit fiscal que, junto con una mayor colocación de deuda en el mercado local de capitales, permitiría reducir en mayor proporción la emisión del BCRA para el Tesoro Nacional. Además, la tasa de interés debería ser positiva en términos reales. Si bien con reducciones menos agresivas es un deja vu del acuerdo stand by de 2018. Una política fiscal y monetaria más austeras son cruciales para reducir la inflación, pero se parte de niveles muy altos, con baja credibilidad en el gobierno y expectativas de que no se cumplirá lo pactado.
Además, la invasión de Rusia a Ucrania ha modificado el escenario internacional. En el debate público, el foco se ha puesto en el mayor costo de la energía importada.
Sin embargo, si se observan los precios actuales se puede ver que han aumentado tanto el precio del petróleo y del gas natural como los precios de las commodities agrícolas. Hay mucha incertidumbre sobre
el impacto en la disponibilidad de otros insumos, en particular de fertilizantes que pueden generar efectos negativos adicionales a nuestra producción agrícola. Tampoco se sabe con precisión si hay ventas de granos y oleaginosas realizadas con contratos a precios viejos (aunque deberían ser pocas). Si sabemos que la especulación del gobierno de esperar a que se reduzcan los precios de la energía y no
cerrar antes del conflicto contratos de abastecimiento de LNG parece que va a salir cara.
En cualquier caso, si se computan los valores de los últimos días, se puede estimar que la ganancia por aumento en las exportaciones será al menos igual que la pérdida por el mayor costo de las importaciones de LNG. En cambio, el impacto en los ingresos fiscales por mayores retenciones será mucho menor que el efecto sobre los subsidios a la energía. En otras palabras, el problema de corto plazo de la guerra para la economía argentina tiene más que ver con el impacto sobre el desequilibrio fiscal en pesos que por su efecto sobre el saldo del balance comercial en dólares.
En cualquier caso, un shock estanflacionario como el generado por la guerra pone, en el corto plazo, algo
de presión adicional a la inflación doméstica.

En resumen, las bajas expectativas de cumplimiento del acuerdo en materia fiscal y monetaria, la elevada inflación en el punto de partida, el fracaso de las anclas nominales “electorales”, la necesidad de
recomponer algunos precios relativos, sugieren que una vez más las pautas de inflación oficiales serán
superadas por la realidad.

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Inconsistencias electorales

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En los primeros siete meses del año, el gobierno logró cerrar las cuentas primarias con un déficit equivalente a 0.7% del PIB, bastante menor al que se podía inferir del presupuesto. El ajuste en jubilaciones y salarios públicos sumado a ingresos extras por retenciones y el aporte solidario más que compensaron las mayores erogaciones en subsidios a la energía y el transporte.

Pero las urgencias electorales han impulsado un relajamiento que, ya puede verse, llevará a una mayor emisión monetaria. Si se supone que el déficit del año antes del pago de intereses termina en 3.5% del PIB, que se financia con emisión (es decir se coloca deuda por los intereses que vencen hasta fines de año) y que el BCRA esteriliza alrededor de medio billón de pesos, quedará un remanente de pesos por encima de lo que desean tener los demandantes de dinero que sería del orden de 15% a 20%. Ese desequilibrio requerirá una reducción en la oferta real de dinero por la vía de un aumento en los precios de esa magnitud. Si se lo suma a la inflación necesaria para financiar el desequilibrio del año 2022, es fácil concluir que la inflación el año próximo será parecida a la de este año (pronóstico de FIEL desde hace varios meses atrás).

Esa no ha sido la única inconsistencia de la campaña electoral. Por ejemplo, hay figuras políticas destacadas que sugieren que es vital reducir fuertemente los impuestos. La elevada carga tributaria que tiene la Argentina en comparación a su nivel de desarrollo y el abuso de impuestos ineficientes (entre otros, cheque, ingresos brutos, tasas municipales de Seguridad e Higiene) justificarían avanzar en tal sentido. Pero hay un pequeño problema: esos altos impuestos no alcanzan siquiera para financiar el gasto público actual. Entonces, para poder avanzar en reducciones de impuestos se requiere proponer reducciones de gasto ya que la “magia” de la llamada curva de Laffer no tiene aval empírico.

Tarde o temprano habrá que encarar una reducción profunda del gasto estatal. Las licuaciones del gasto previsional y de los salarios públicos que ha realizado este gobierno para financiar parcialmente subas en otros gastos no son sostenibles. Muchos observadores se asustan ante la complejidad de la tarea y su supuesto costo político, pero si no hay espacio para seguir subiendo impuestos, las opciones que se han utilizado desde 2005 hasta hoy también son costosas: inflación, que agrava los problemas sociales y afecta el funcionamiento de la economía, o endeudamiento externo, que primero atrasa el tipo de cambio real y luego termina en defaults. La opción de financiamiento local está muy acotada y tampoco está exenta de problemas.

Otra curiosidad de esta campaña es la sugerencia del oficialismo de que la única deuda pública relevante es la que se emite en dólares. En primer lugar, este nuevo discurso del oficialismo se contrapone a los ejercicios de sostenibilidad de la deuda que presentó el Ministerio de Economía al Congreso en oportunidad de discutirse la restructuración de la deuda en moneda extranjera con inversores privados que incluían, como es correcto, a toda la deuda estatal.

En segundo lugar, es curioso que la deuda en pesos sea vista como un «paga Dios» cuando uno de los principales tenedores es el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES.

Finalmente, los países desarrollados emiten la casi totalidad de su deuda en moneda local y ello no obsta para que la incluyan en los ejercicios que se hacen para evaluar su sostenibilidad. Es cierto que la deuda en moneda local puede licuarse por decisión del Banco Central del país, pero ello no está exento de problemas (para los memoriosos, recordar la salida del Plan Primavera que desembocó en la hiperinflación de 1989). La verdadera ventaja aparece cuando los ahorristas locales tienen en cartera gran parte de la deuda estatal y no salen corriendo a venderla ante el primer cimbronazo. Ese ha sido el caso de Japón, y algunos analistas lo utilizan para explicar porqué el cociente deuda a PIB es tan alto en ese país y a pesar de ello no parece enfrentar problemas de liquidez. Pero si la clave es que los ahorristas le “hagan el aguante” al gobierno, no cambia mucho que la deuda sea emitida en moneda local o extranjera.

Otra curiosidad es la confusión entre solvencia fiscal y crecimiento de exportaciones. Es obvio que un deudor que tiene pasivos en moneda extranjera debe conseguir las divisas de algún lado si tiene que reducir el tamaño de ese pasivo. En cambio, si puede mantener la cantidad de deuda constante sólo requiere poder emitir deuda en dólares por la misma cantidad que vence y eso puede concretarse sin un aumento en las ventas al exterior. Cuando en el año 2020 el gobierno reestructuró su deuda con los privados, supuestamente lo hizo para volverla sostenible. Si hubiese sido así, podría hoy emitir deuda en el mercado internacional y conseguiría, de este modo, los dólares que necesita para pagar los dólares que vencen. Que no pueda hacerlo es evidencia de las malas decisiones de política económica o del susto que genera la coalición de gobierno en los ahorristas; no puede atribuirse a la pandemia, ya que países en desarrollo con mayor peso de la deuda respecto del tamaño de su economía han podido financiarse a tasas muy bajas.

Pero aún si el deudor debe reducir el peso de la deuda, la limitante más importante para hacerlo no es el crecimiento de las exportaciones, sino que tenga los pesos para poder comprar los dólares en el mercado y usarlos para reducir su pasivo. Si los acreedores de títulos emitidos en moneda local quieren reducir su exposición con el gobierno y el Tesoro no tiene superávit en pesos, igual habría un problema. La maquinita daría una opción que no es muy distinta que usarla para comprar reservas que luego se usan para cancelar deuda en moneda extranjera.

Es posible que la cancelación de pasivos externos pueda resultar en un salto en el tipo de cambio real. Pero el riesgo de tener que afrontar una reducción abrupta en la demanda de títulos públicos parece mucho menos relevante si el déficit fiscal global es muy bajo o nulo.

En resumen, sería mucho más útil para el futuro económico de la Argentina que se discutan propuestas para limitar el oportunismo fiscal en los años de elecciones y, mirando el largo plazo, sugerencias que permitan reducir el tamaño del gasto y el déficit fiscal. Si ello se concretara, al menos la volatilidad macroeconómica se reduciría en forma importante.

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El largo camino hacia las elecciones legislativas

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En el camino a las elecciones de medio término el gobierno esboza una estrategia económica que pretende influir en el resultado electoral:
a) bajar la inflación postergando aumentos de tarifas y de tipo de cambio e interviniendo para reducir la brecha cambiaria, aun cuando ello le haga perder las pocas reservas que ganó el BCRA por la mejora en el precio de la soja,
b) forzar una mejora transitoria en los ingresos de jubilados y probablemente asalariados aun cuando el Estado y las empresas no tengan los recursos para hacerles frente,
c) apretar controles para lograr una baja en el precio de algunos alimentos, aunque sea efímera y contradictoria con el objetivo de aumentar exportaciones, y
d) aumentar todavía más el peso del Estado en la economía aún a pesar de la grotesca ineficiencia que ha caracterizado a la gestión pública

Dado que es una carrera corta es posible que la inflación ceda respecto del 4% mensual que promedió en el semestre diciembre 2020-mayo 2021 y que haya una mejora transitoria en el salario real. Pero lo curioso de este caso, y a diferencia de los observado en 2014 y 2015, es que el Gobierno heredará los costos de las inconsistencias de su pseudo programa económico ya que debe gobernar hasta finales del 2023.

El primer desafío post elecciones será llegar a un rápido acuerdo con el FMI ya que las decisiones de política económica han impedido que el gobierno nacional acceda a financiamiento en dólares a tasas de interés razonables como de hecho hace la gran mayoría de los países emergentes. Claramente no es una restricción para acceder a financiamiento que las economías sean bimonetarias (por ejemplo, Bolivia, Perú o Uruguay) o incluso no tengan moneda propia (por ejemplo, El Salvador o Panamá). La limitante pasa más por la visión particular de la economía que tienen varios miembros de la coalición gobernante que influye en las decisiones macro y microeconómicas que se adoptan y que espanta a los inversores privados.

¿Estará dispuesta el ala política del Gobierno a ceder ante el FMI? La decisión de hacer un pago parcial al Club de París sugiere que ese es el escenario más probable. Pero no es seguro. El acuerdo con el FMI reducirá un poco el altísimo nivel de riesgo, pero no parece que sea suficiente para lograr financiamiento adicional para el sector público o los privados ¿Si no hay una zanahoria de corto plazo, para qué arreglar? Los más moderados del Gobierno tendrán que explicar convincentemente que un default con el FMI puede desalentar aún más las inversiones privadas y, sobre todo, intranquilizar a los depositantes lo que pondría una presión adicional a la ya exorbitante brecha cambiaria.

¿Y cederá el FMI? Con un déficit primario alto y la necesidad de acumular reservas la Argentina deberá depender del impuesto inflacionario por bastante tiempo. A eso se suma la inflación diferida de este año al siguiente en el contexto del plan electoral de acá a noviembre y la acumulación de una demanda reprimida de divisas (dividendos, turismo, deuda privada) que ni siquiera se pudo regularizar en un contexto de precios altos de la soja. Inflación alta y controles de cambios no parecen ser fáciles de digerir para el organismo multilateral.

Luego del acuerdo con el FMI el Gobierno tendrá el desafío de cumplirlo. Ya se han subido impuestos a destajo (bienes personales, retenciones, impuesto País, aporte solidario extraordinario e ingresos brutos) y se han pisado jubilaciones a los que aportaron y sueldos públicos, para gastar más en subsidios a la energía y el transporte, algo de inversión pública y atención de la pandemia. ¿Podrá el oficialismo diseñar una política fiscal sostenible?

Finalmente, el resultado electoral de noviembre puede afectar la economía en los años siguientes. Si el Gobierno gana la mayoría en la Cámara de Diputados algunos de sus referentes ya insinúan que podrían ir por reformas que seguramente serán percibidas como un deterioro terminal en la calidad de las instituciones; si en cambio gana la oposición: ¿Se mantendrá unida la coalición oficial con visiones tan diferentes si perciben que perderán el poder en 2023? ¿Cuál será el apoyo político a la necesaria mejora en la política fiscal y monetaria?

En conclusión, hay un largo camino que recorrer hasta las elecciones de 2023. Hagamos votos para que se mantenga alto el precio de la soja y que siga actuando como un bálsamo para las heridas que genera una política económica subordinada a las necesidades de corto plazo de la política.

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“Mini” riesgos de Celestino y Paul

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La fragilidad de la economía argentina no soportaría un escenario adverso. Una baja en el precio de las commodities o el desenfreno en la política fiscal y monetaria podría alentar una huida de los activos en pesos.

En Estados Unidos, los macroeconomistas más destacados discuten acerca de la magnitud de los paquetes de estímulo fiscal y monetario y los riesgos de que esto pueda desencadenar una aceleración de la tasa de inflación. Es evidente que es un debate muy relevante, más aún cuando se observa que el aumento de precios en ese país superó el 2% durante los cuatros primeros meses del año (6% anualizado).

En este debate, por un lado, se ubican las “palomas”, que sostienen que los datos del primer cuatrimestre se vieron afectados por hechos puntuales y que la mediana de los aumentos de precios no muestra una tendencia creciente. Señalan, además, que existe espacio en el mercado laboral: hay todavía 7 millones menos de empleados que antes de la pandemia, y casi 5 millones menos de personas que buscan empleo. Además, la trasmisión de dinero a precios no es tan clara como en el pasado, en parte porque se refleja en el precio de los activos y en parte por la mayor competencia de productos importados y por el bajo grado de sindicalización.

Más importante aún, sostienen que, si eventualmente se confirma que la tasa de inflación se aceleró, los bancos centrales tienen la reputación suficiente para reducirla sin generar una recesión. Son creíbles luego de varias décadas de baja inflación en el mundo desarrollado.

En cambio, por otro lado, los “halcones” sostienen que los paquetes de estímulo fiscal son exagerados y que la deuda pública ya es la más alta de la historia, que las familias ahorraron buena parte de la ayuda y van a gastar ese ahorro extraordinario, lo cual se sumaría a la expansión fiscal y podría generar excesos de demanda y, finalmente, que la credibilidad de los Bancos Centrales es importante pero no es suficiente para eliminar el riesgo de una suba en la tasa de interés mayor a la esperada por los mercados, lo que podría generar una recesión.

El último punto es el más relevante para la Argentina. A comienzos de los 80, y luego de varios años de inflación de dos dígitos anuales, el entonces Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Paul Volcker, decidió subir fuertemente la tasa de interés. La inflación cedió y se ubicó desde entonces en niveles de un dígito bajo anual, pero las consecuencias para la región latinoamericana fueron devastadoras: la tasa real de interés de los bonos públicos americanos trepó hasta 8% anual, el dólar se fortaleció, los precios de las commodities cayeron y varios países entraron en default. No hay riesgo de repetir un problema de esa magnitud, precisamente porque la credibilidad de los bancos centrales ayuda, pero un ex presidente de una de las Fed sostiene que no puede descartarse que la tasa de corto plazo tenga que aumentar a 4 ó 4.5% si es que no se actúa con moderación para prevenir que la inflación aumente.

Un “mini” Volcker podría generar muchos problemas a la frágil economía argentina.

Otro evento histórico que deja algunas enseñanzas es el cúmulo de errores del período 1972-1974 que terminaron en el “Rodrigazo”. La Argentina se favoreció de una mejora de 47% en los términos del intercambio entre 1970 y 1973. El déficit externo de 1971 y 1972 se convirtió en un superávit en 1973 y el Banco Central pudo triplicar sus reservas entre fines de 1972 y fines de 1973. Lamentablemente, no se aprovechó la bonanza externa: el déficit fiscal del gobierno nacional y de las provincias, que había sido de sólo 1.6% del PIB en 1970, fue creciendo hasta el 6% del PIB en 1973 y 1974 para trepar a casi 12% del PIB en 1975. Entre septiembre de 1971 y febrero de 1975 se mantuvo congelado el tipo de cambio oficial. Junto con controles de precios, eso permitió desacelerar transitoriamente la tasa de inflación interanual: de 77% en marzo de 1973 a 12% en mayo de 1974. Pero la emisión era groseramente inconsistente con el resto de las variables macro: la base monetaria que aumentaba a un ritmo interanual ya elevado de 59% en marzo de 1973, se aceleró a 150% en septiembre de ese año y siguió en tres dígitos anuales hasta mediados de 1974. La brecha cambiaria entre el dólar oficial y el paralelo reflejaba esa inconsistencia macro: entre 110% y180% en ese mismo período.

Todos sabemos cómo terminó el experimento de pretender forzar la baja de la inflación controlando el tipo de cambio oficial y los precios al mismo tiempo que se encendía a full la maquinita de emitir pesos. Cuando se revirtió la bonanza en los términos del intercambio en 1974 y 1975, la Argentina terminó en su primera hiperinflación.

Hoy no hay riesgo de repetir un episodio tan grave. Pero la decisión oficial de desacelerar fuertemente la depreciación del peso y congelar artificialmente algunas tarifas y precios para ganar algunos votos puede desencadenar un salto de inflación después de las elecciones. La gravedad del problema depende de cuánta presión se ponga sobre lo fiscal y monetario, y también de los avances (o falta de) en normalizar la deuda externa bilateral y multilateral.

En ese marco, la declaración de algunos referentes del oficialismo de suspender los pagos al FMI y al Club de Paris y pedir una renegociación de la deuda, no ayuda. La pregunta es ¿Qué sugieren hacer si los países desarrollados no aceptan esa postura?. ¿Defaultear ambas deudas? El principal riesgo de tal decisión no pasa por perder acceso al crédito internacional, que ya el gobierno no tiene, sino porque convertirse en un paria puede generar dudas en los depositantes que hoy contribuyen a financiar al Tesoro a través del BCRA. Una caída más acelerada en la demanda de activos en pesos puede generar un problema enorme, máxime si hay algún retroceso en el precio de las commodities.

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