Daniel Artana

Economista jefe de FIEL. Profesor en la UNLP y en la UTDT. Ph. D. in Economics UCLA

Qué sigue luego de la deuda

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Al momento de escribirse esta nota había fuertes rumores acerca de que finalmente el gobierno habría alcanzado un acuerdo con los grupos de acreedores respecto de la deuda bajo legislación extranjera. El número final en el cual se acordó no es relevante para la evolución de la macro argentina; la diferencia entre las posturas que cada parte tenía a finales de julio era poco significativa (US$ 2.000 millones nominales en dos décadas y 3 centavos en valor presente). Lo relevante es que el acuerdo eliminaría una de las fuentes de incertidumbre que afectan hoy a la capacidad de recuperación de la economía.

Y sumamente importante es que en la medida en que la participación minorista haya llegado al 35% del monto a canjear y si los grupos de bonistas grandes, como sostienen, poseen entre 50% y 61% de cada grupo de bonos, es muy probable que la Argentina alcance los mínimos necesarios para activar las Cláusulas de Acción Colectiva sin recurrir a la “creatividad” de la estrategia Pacman. De ese modo, el canje sería por el total, sin litigios en el extranjero, lo cual evita los costos asociados a estos procesos y, además, despeja cualquier duda acerca de que el país salió del default.

La magnitud de los problemas económicos de la Argentina deja poco tiempo para el festejo. El paso siguiente es negociar con el FMI una postergación de pagos que, en 2022 y 2023, suman aproximadamente US$ 18000 millones en cada año. Si se opta por un acuerdo de facilidades extendidas, habrá que incluir reformas estructurales y consistencia macroeconómica.

Eso requiere una mejora paulatina en las cuentas fiscales y acumular reservas internacionales, dado el precario punto de partida inicial. Nada muy distinto a lo que planteó el Ministro Guzmán en sus presentaciones en el Congreso, posiblemente ajustadas a un punto inicial mucho peor: el déficit primario de este año sería entre 7 y 8% del PIB, más del doble del incluido en esas proyecciones.

¿Cómo pensar la consolidación fiscal en una situación como esta? La forma técnica de resolver el tema es apuntar a un cambio en el déficit primario neutro, ajustado por el ciclo. Eso significa que cualquier mejora en los ingresos fiscales que genere la recuperación económica se destina a reducir el déficit primario, y lo mismo se hace por el lado del gasto primario. Si la economía mejora, deben reducirse los aportes de ATP e IFE a empresas y familias en forma proporcional. Eso todavía deja pendiente la mejora fiscal que era necesaria para pasar de un déficit primario pre-pandemia de 1% del PIB a un superávit primario de 1% del PIB.

De esta forma, la política fiscal sería neutra hasta que se recupere la economía. La corrección de alrededor de dos puntos del PIB restantes debería provenir de reducciones estructurales del gasto primario. Dado el peso del gasto previsional, muchas veces se pone el foco en este rubro; de hecho, hay una comisión en el Congreso que analiza posibles cambios a la fórmula de indexación de los haberes.

Sin embargo, la corrección del problema no saldrá de buscar magia por el lado de la fórmula de ajuste. Con fallos de la Corte Suprema de Justicia respecto a la indexación de los haberes, no hay cambios en la fórmula que permitan ahorros permanentes en los gastos. A lo sumo habrá “ahorros transitorios” que resultarán en litigios y mayores gastos futuros.

Además, el problema no está en el sistema contributivo, cuyos gastos son los pagos de haberes a quienes cumplieron con sus aportes en la vida activa, y sus ingresos, la recaudación de aportes personales y contribuciones patronales. Como se observa en el gráfico adjunto, el sistema contributivo, aún después de la Reparación Histórica, estaba cercano al equilibrio en 2019, y ello a pesar de que la recesión de ese año redujo los ingresos.

Es evidente de la lectura del gráfico que el problema previsional argentino se originó en los pagos de más de 3 millones de beneficios a personas que no cumplieron con sus aportes. Este subsidio universal, de casi 3% del PIB, filtraba hacia el 40% más rico de la población, lo que equivale a algo más de un punto del PIB.

Hacia adelante, este problema no está resuelto. Los regímenes especiales son una fuente de déficits futuros. Medido por la cantidad de casos, los regímenes especiales más relevantes son el monotributo y el de empleadas domésticas, quienes recibirán una jubilación mínima con aportes muy inferiores a los que hace un asalariado cuya remuneración le dé derecho a esa misma jubilación mínima. Reponer la asociación entre aportes y beneficios es central para la sostenibilidad de un sistema previsional.

Pero ¿cómo financiar el desequilibrio fiscal durante la pandemia? Dado el escaso aporte que haría el financiamiento con deuda, no parece haber otra opción a seguir cobrando impuesto inflacionario. Además, la acumulación de reservas también requiere emitir, dejando menos espacio para el fisco para una inflación dada. Sin embargo, esto puede ser viable si se “ancla” dentro de un programa con el FMI que dé un paraguas de credibilidad, y sería mucho más fácil si, además, el gobierno anunciara un programa económico que alentara la inversión privada. Para ello, no hacen falta subsidios ni desgravaciones fiscales sino mostrar estabilidad en las reglas de juego y eliminar regulaciones costosas e ineficientes.

Lamentablemente, el gobierno (a veces acompañado por la principal coalición de oposición) van por el camino contrario. Desde Vicentín, Edesur, impuestos extraordinarios a la riqueza (luego de multiplicar por varias veces el impuesto existente), propuestas de reducir las tarifas de servicios públicos, hasta regulaciones cambiarias exóticas, la prohibición de despedir, la duplicación en las indemnizaciones por despido y la ley que regula el Teletrabajo son sólo algunos ejemplos.

Luego de la recuperación, se necesitará un fuerte aumento en la inversión privada. Si no hay suerte con los precios internacionales, la utilización de regulaciones e impuestos anti- inversión tendrá que ser compensada con un tipo de cambio real mucho más depreciado. Y eso no luce muy alentador para los trabajadores.

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La pandemia y el default

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La pandemia está generando un shock recesivo a escala mundial. La respuesta de los países desarrollados es utilizar políticas monetarias y fiscales que permitan morigerar el daño.

En este caso, se trata de un shock que afecta en forma desproporcionada a algunos servicios trabajo intensivos que se encuentran en una virtual parálisis de actividad (como turismo, entretenimiento, etc.), y a este efecto más permanente se suman los derivados de las cuarentenas o restricciones que han dispuesto muchos países.

En ese contexto, las medidas más adecuadas para ayudar a paliar el impacto de la crisis deben cumplir algunos requisitos:

Ser transitorias. La pandemia es temporaria, aunque hoy la ciencia no sepa por cuánto tiempo afectará al mundo. Por ello, los instrumentos que se utilicen tienen que tener un impacto rápido y desparecer al finalizar la crisis sanitaria.

En la Argentina, en 2009 los aumentos de gasto estatal que se decidieron para resolver una crisis temporaria terminaron en un aumento permanente del gasto público que es la madre de nuestra debilidad fiscal de los últimos años. En cambio, los ingresos adicionales para jubilados, personas de bajos recursos y trabajadores independientes que el Gobierno Nacional adoptó en 2020 respetan este criterio. No así los anuncios de mayores inversiones en infraestructura o los créditos Procrear que no tienen impacto inmediato y pueden tener efectos más permanentes sobre el nivel de gasto primario.

Proveer liquidez y evitar quiebras por la pandemia. La velocidad de reacción post crisis depende de conservar intacta la capacidad empresarial. Empresas en concurso de acreedores no tienen la misma posibilidad de reaccionar que otras que pudieron mantenerse a flote. Por ello, la provisión de liquidez que anunciaron algunos gobiernos europeos no distingue por tamaño de empresa sino que se trata de mantener en actividad a todos, evitando disrupciones que puedan afectar la cadena de pagos.

Parecería que en la Argentina se avanzaría en esa dirección facilitando garantías para que las entidades financieras puedan financiar los pagos de salarios de las empresas privadas.

Aportar ingresos a los trabajadores afectados. En los países desarrollados, la protección contra el desempleo de los asalariados se provee por medio del seguro de desempleo que habitualmente cubre el 50% del sueldo en actividad por varios meses. Ese mecanismo de transferencia funciona en forma automática: se reduce el costo salarial para el empleador y el Estado se hace cargo de la mitad de la remuneración.

En los países de la región, incluida la Argentina, la protección contra el desempleo se instrumenta por medio de la indemnización por despido. En tiempos normales, este sistema puede tener algunas ventajas de incentivos respecto de un seguro de desempleo tradicional pero en un momento como el actual, adolece de varios problemas: agrava, en lugar de aliviar, el problema de liquidez de corto plazo que enfrenta la empresa, y no hay un aporte inmediato del Estado al trabajador despedido que fue cesado en sus funciones pero a quien, por diversos motivos, no se le pagó la indemnización. La prohibición de despedir no resuelve el problema porque tenderá a aumentar los casos de empresas en concurso de acreedores, dificultando la recuperación posterior de la economía. Para los sectores en problemas, el gobierno debería tratar de coordinar una negociación entre empresarios y sindicatos, similar a las suspensiones, en lugar de forzar a que todas las empresas continúen como si todo fuera normal en un momento de crisis.

Los cuentapropistas e informales plantean un desafío importante. En el caso argentino, el gobierno dispuso un apoyo puntual pero limitado a las personas de menores ingresos (informales y las dos categorías más bajas del monotributo). Nuevamente, el problema es más generalizado y no todos tienen ahorros para poder financiar un nivel mínimo de gastos mientras dure el periodo sin ingresos por su actividad normal.

Reducciones impositivas. Varios países han anunciado rebajas o diferimientos de impuestos y se preparan para que sean más extensas para las actividades que demorarán en volver a la normalidad. En la Argentina ha habido poco al respecto. Las restricciones particulares de la Argentina.

El descalabro fiscal que comenzó en 2009 ha dejado al gobierno sin acceso a la deuda y con un déficit primario pequeño antes de la irrupción de la pandemia. En ese contexto, la caída de ingresos públicos y cualquier programa por el lado del gasto terminarán siendo financiados por el BCRA.

En el corto plazo, y dada la crisis, no debería esperarse un salto importante en la tasa de inflación, pero si no se corrige a tiempo cuando la economía empiece a reaccionar, el riesgo de una aceleración inflacionaria es importante. Por ello, es muy importante evitar aumentos de gasto estatal que no se extingan con la crisis sanitaria.

Además, sería conveniente coordinar con provincias y éstas con sus municipios, la posibilidad de reducir los salarios de empleados estatales que trabajen desde sus domicilios (una suerte de réplica de las suspensiones acordadas entre empresas y sindicatos en el sector privado). Eso evita una presión descomunal sobre el BCRA o que, ante la negativa, algunas provincias emitan cuasimonedas que al final resultarán en una quita de ingresos desordenada para los empleados que cobren con ellas.

Respecto de la deuda externa, la negociación con los acreedores sigue su curso a pesar de la pandemia. A partir de un informe del FMI del 19 de marzo y de las presentaciones del Ministerio de Economía se puede inferir que la propuesta oficial incluirá quitas de cupones y de capital y postergación de pagos.

Es difícil que una propuesta así prospere. En el informe del FMI se puede inferir que los recursos que pueda acceder el gobierno por encima del resultado fiscal primario (señoreaje y nueva emisión de deuda) se destinarán a acumular reservas en el BCRA o a cancelar la deuda con los organismos multilaterales. Ello lleva naturalmente a una mayor quita a los acreedores privados.

El Ministerio de Economía parece sugerir que buscará postergar los pagos al FMI pero ello requiere convertir el stand by actual en un EFF. Es fácil hacer eso si el gobierno está dispuesto a hacer reformas estructurales, pero no parece que ese sea el caso.

Tanto el FMI como el Ministerio de Economía sostienen que el superávit primario de mediano plazo sería del orden de 1.3% del PIB. Ese esfuerzo fiscal post restructuración es muy inferior al que han realizado otros países que han restructurado exitosamente su deuda. No hay ninguna justificación técnica de porqué no se puede hacer más esfuerzo fiscal.

Finalmente, el ejercicio del Ministerio de Economía, que calcula el resultado fiscal primario consistente con mantener el peso de la deuda constante, tiene algunos errores que exageran el número.

Se utiliza un ratio de deuda exagerado, con una tasa de interés promedio ponderada que es mayor que la real y se computan los intereses en moneda extranjera como si fueran reales ignorando la inflación internacional. Si se corrigen estos errores se arriba a un resultado primario requerido que es menos de la mitad del expuesto por el Ministerio de Economía.

En el corto plazo, los costos de un default quedarían tapados por los de la pandemia. Pero el ritmo de recuperación se vería afectado negativamente en caso de no llegar a un acuerdo.

Por eso parece mejor convocar a los acreedores para que apoyen una postergación de los pagos de intereses y capital en la deuda en moneda extranjera por 12 ó 18 meses, ofreciendo a cambio pagar una fracción de los intereses devengados en ese período y acumulando el resto. El gobierno obtiene un alivio importante en la caja y los acreedores pueden reclamar judicialmente sus montos intactos, si así lo desean, en 2021.

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En la dulce espera

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Ante la falta de definiciones sobre quiénes integrarán el equipo económico del nuevo gobierno y sin certezas del contenido del programa económico, sólo se puede hacer un análisis muy general.

Política fiscal

Se habla de aumentos en las tasas de algunos impuestos (a las exportaciones y a los bienes personales) pero no queda claro si la recaudación extra se utilizará para reducir otros gravámenes, para mejorar el balance fiscal primario o para financiar un aumento en el gasto primario.

El presidente electo y algunos de sus asesores han destacado en varias oportunidades la importancia de equilibrar las cuentas públicas. Se supone que se refieren al balance global del fisco nacional incluyendo intereses. Y también se han manifestado acerca de la necesidad de que esa mejora fiscal sea obtenida gracias a la recuperación de la economía. Esto plantea algunos interrogantes.

La Argentina tiene una elevada presión tributaria comparada con países de similar desarrollo y además utiliza en exceso gravámenes muy distorsivos sobre la producción (ingresos brutos, transacciones financieras, sellos, retenciones, tasa de seguridad e higiene municipal).

A su vez, en los gravámenes al ingreso o a la riqueza debe considerarse que los mismos recaen sobre contribuyentes que han sufrido una caída importante en su riqueza neta; ahorristas argentinos poseen títulos públicos y acciones que han perdido entre el 40% y el 85% de su valor.

La reacción habitual de quienes sufren una merma en su riqueza o sufren impuestos adicionales es reducir su consumo para aumentar la tasa de ahorro. Esto opera en contrario a los intentos por reactivar el consumo vía distribuciones de renta entre residentes. Por otra parte, la Argentina necesita mejorar sus cuentas fiscales en forma permanente y creíble.

La experiencia de otros países sugiere que ello se logra más fácilmente por la vía de reducciones del gasto primario. Si se opta por aumentarlo, financiado en parte con mayores impuestos, se puede diluir en parte el efecto sobre la credibilidad del ajuste. Es posible que se pretenda evitar un ajuste adicional y se procure lograrlo a partir de la mejora de ingresos que genere la reactivación.

Aún cuando se diera tal recuperación, la credibilidad del programa fiscal requiere de un control férreo del gasto primario en términos reales. Un primer test del nuevo gobierno es poder frenar las demandas sobre el gasto primario de los actores que forman parte de su propia coalición.

Sin un sendero fiscal creíble, será más difícil renegociar la deuda en forma rápida.

Curiosamente se ha instalado la “necesidad” de recortar intereses porque un cupón promedio de 7% en dólares luce “elevado”.

En verdad dista mucho de las tasas de dos dígitos que se pagaban a finales de los 90 en la Argentina y, ajustados por la inflación internacional, se reducen a 5% real.

Además, el costo de la deuda soberana durante el período del boom de commodities (9 años entre 2003 y 2011) fue un promedio anual de 7.4% en Brasil, 6.3% en Perú ó 6.8% en Colombia y ninguno de estos tres países terminó en un default soberano o en deudas impagables.

Claro que en ese período de nueve años promediaron superávits primarios de 3% del PIB en Brasil, 2.3% del PIB en Perú y casi 1% del PIB en Colombia. El diagnóstico de intereses “elevados” en el caso argentino parece más una excusa para evitar tener superávit primario.

Nótese que el total de intereses con los bonos argentinos de mediano y largo plazo que tiene el sector privado y con los multilaterales es de aproximadamente US$ 11.000 millones al año (hoy un poco más de 2.5% del PIB). Política monetaria Parecería que se tratará de aplicar una política monetaria blanda con la esperanza de que el cepo evite que la emisión se traduzca en una pérdida de reservas del BCRA y que los pesos se canalicen más a cantidades, facilitando la recuperación.

Hay espacio para ablandar la política monetaria pero ello es posible en un contexto de recomposición de la confianza que permita recuperar la demanda por dinero en términos reales. A diferencia del cepo de 2011, hoy hay un tercio de las reservas netas que había en aquel entonces, y una demanda de dinero en caída, comparada con un aumento del M3 privado en moneda local de 18% del PIB a 22% del PIB entre 2003 y 2011 (que fue interrumpido transitoriamente sólo por la crisis financiera internacional). Esa recuperación de la confianza puede darse en un contexto de políticas económicas ad hoc si mejoran los precios internacionales o hay muchas reservas netas, pero ninguna de esas condiciones estará presente, al menos al comienzo de la gestión del nuevo gobierno.

Por lo tanto, sería más seguro apostar a un programa económico que convenza a los ahorristas de que, aún en un contexto de cepo, pueden hacer daño a la macro presionando sobre la brecha cambiaria. Una brecha alta, tarde o temprano, contamina los precios y reduce el balance comercial declarado al BCRA.

Políticas microeconómicas Las urgencias de la macro pueden llevar a errores serios en las políticas micro. Por ejemplo, la pesificación de los precios domésticos de productos transables para subsidiar a los consumidores locales termina con una crisis de oferta como demuestra lo ocurrido con la energía y la carne entre 2005 y 2015. Y en los momentos de urgencia aparecen sugerencias de reactivar políticas sectoriales o regionales de alto costo fiscal y escaso aporte al valor agregado nacional; el caso emblemático es la producción industrial en Tierra del Fuego.

En resumen, la calidad de las decisiones económicas es crucial no sólo en la consistencia indispensable de la política fiscal y monetaria sino en preservar los incentivos a la producción de transables y evitar subsidios desmedidos que sólo perjudican al erario y a los consumidores.

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Lecciones de la crisis

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La crisis de confianza que se generó después de las PASO del 11 de agosto ha dado lugar a una gran confusión respecto de las causas y las medidas que se adoptaron para enfrentar los problemas.

¿Fue el ajuste fiscal y monetario el culpable de la derrota del oficialismo?

En 2015, la Argentina tenía un déficit fiscal del orden de 6 a 7% del PIB que no podía ser financiado con reservas internacionales (no había reservas netas), ni tampoco en el pequeño mercado local de capitales. Eso dejaba como opciones el impuesto inflacionario y el financiamiento con deuda externa. Estas dos alternativas generan costos importantes, la primera por su impacto negativo sobre la pobreza y el funcionamiento de la economía, y la segunda porque atrasa el tipo de cambio real y expone la economía a un sudden stop.

La solución era avanzar rápido en la mejora de las cuentas fiscales pero en lugar de eso (o de intentar un gradualismo) el gobierno optó por la inacción, ya que el déficit fiscal de 2016 y 2017 no fue muy distinto del de 2015. El corte de financiamiento externo desde 2018 en adelante, que sólo pudo ser reemplazado por el FMI en forma parcial, obligó a una corrección acelerada de la posición fiscal con un impacto contractivo sobre el nivel de actividad. En definitiva, la génesis del problema es muy anterior a 2018 y 2019: es la inacción fiscal de los dos primeros años. Por ejemplo, si se hubiera optado por una reducción gradual del déficit primario a un ritmo de 1% del PIB por año, como los ahorros se acumulan, se podía haber prescindido de toda la deuda de corto plazo que hay en 2019.

Eso deja una lección importante para el futuro gobierno. Si se quiere reducir la volatilidad de la economía argentina, es prioritario resolver la cuestión fiscal.

En el campo monetario, la falta de credibilidad en el ancla nominal y objetivos muy ambiciosos en la reducción de la inflación ayudaron a que la tasa de interés real fuera alta. Ello se agravó con la crisis de confianza que requirió una compensación creciente para que los ahorristas optaran por invertir en instrumentos en moneda local. Tasas de interés muy elevadas en términos reales conspiraron también en contra del nivel de actividad.

¿Puede la crisis convertirse en una oportunidad?

Ello es posible en un gobierno que tiene un largo período de gestión por delante, pero no parece estar al alcance de uno cuyo mandato terminaría en pocos meses.

Sin embargo, esta situación no es justificativo para las medidas de corte populista decididas post PASO en materia fiscal y energética: conspiran contra la mejora en las cuentas públicas y contra los incentivos a la inversión que harán posible una mejora permanente en la oferta de petróleo y gas.

¿Qué margen de maniobra tiene el gobierno en el medio de la incertidumbre? En momentos de alta incertidumbre, el margen de acción de cualquier gobierno se acota al extremo. Los problemas había que resolverlos antes para generar los colchones que permitieran un tránsito más ordenado hasta el 10 de diciembre.

Cuando hay colchones acotados y una crisis de confianza, los gobiernos se ven forzados a elegir el mal menor. Sin embargo, al tomar las decisiones con cuentagotas y favorecer a los individuos a expensas de las empresas e inversores institucionales, el gobierno nacional generó algunos costos para el futuro que podían haberse evitado. La reprogramación de la deuda de corto plazo, particularmente en pesos, donde empresas y gobiernos subnacionales estacionaban liquidez genera un daño adicional a la actividad económica y complica la recuperación de un mercado en el futuro que existe en todos los países. El daño que generan los controles a la salida de capitales puede ser acotado si se mantienen por un plazo corto. Si el nuevo gobierno los extiende en demasía, además de fomentarse las típicas operaciones de subfacturación y sobrefacturación del comercio exterior, se reducirá la inversión ante la imposibilidad de disponer libremente de las utilidades.

Los desafíos para el próximo gobierno

La oposición enfatizó durante la campaña la necesidad de reprogramar la deuda. Se habló de la que se mantiene con el FMI pero ahora se ha sumado, por iniciativa del gobierno, la que se debe en bonos al sector privado (algo más de US$ 100.000 millones). Para lograr una extensión de plazos es habitual que los países comprometan un esfuerzo fiscal primario que le de ciertas garantías a los acreedores que cobrarán luego de la extensión. Como puede verse, el problema fiscal vuelve a ser central.

Se suma a este desafío que el programa monetario parte con una inflación muy elevada que no deja mucho margen para el error. Con una economía en recesión (el PIB caería otro 3% este año) y alta inflación el nuevo gobierno puede quedar preso de algunas de sus promesas de campaña y tratar de navegar sin resolver los problemas. Ese muddling through llevaría pronto a una desilusión colectiva. La opción es enfrentar los problemas con decisión lo cual puede requerir pagar costos políticos importantes al inicio de la gestión. Paradojalmente, es crucial evitar la inacción y desconfiar de las planillas de cálculo donde todo se resuelve mágicamente si la economía crece en forma sostenida.

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Propuestas inconsistentes durante la campaña electoral

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Al acercarse las elecciones han aparecido numerosas sugerencias económicas de las principales fuerzas que competirán en la elección de octubre que, en muchos casos, carecen de sustento. Si bien esto ha sido moneda corriente en el pasado en nuestro país y en otros, es más preocupante cuando esas sugerencias provienen de los técnicos de cada espacio. Algunos ejemplos son los siguientes:

Poner plata en el bolsillo de la gente para reactivar. Esa propuesta ignora el origen de la reducción en el poder adquisitivo de salarios y jubilaciones. Al desaparecer el financiamiento externo voluntario y ser reemplazado sólo en parte por el FMI, la economía debió ajustar su exceso de consumo agregado (que se tradujo en un déficit en la cuenta corriente del balance de pagos que caminaba hacia 6% del PIB en el primer trimestre de 2018). No se puede consumir por encima de lo que se produce a menos que alguien lo financie o la economía tenga alguna reserva para usar. Dadas las escasas reservas netas del BCRA, no había mucho espacio para evitar una reducción del consumo.

Más allá de alguna normalización que a veces es posible si hubo algún overshooting durante el salto cambiario de 2018, la clave pasa por lograr relajar la restricción externa. Para que ello pueda sostenerse durante varios años es necesario o bien que aumenten los precios de los productos de exportación (que no depende de nosotros), o bien que aumenten las cantidades exportadas (que sí depende de nosotros, en particular de reformas que aumenten la productividad del sector transable de la economía) o bien que aumente el financiamiento menos volátil como el que provee la inversión extranjera directa.

La propuesta de poner plata en el bolsillo para reactivar pone el carro delante de los caballos y está condenada a tener, en el mejor de los casos, un vuelo corto.

Sin embargo, hay un espacio para alguna recuperación en la medida en que el nuevo gobierno anuncie un programa fiscal y monetario consistente y creíble. Ello ayudaría a reducir el riesgo país y la tasa de interés real que son como “impuestos” que soportan los trabajadores.

Hay que reducir las excesivas tasas que se pagan por las Leliq. La tasa de interés real es muy elevada, en parte por la incertidumbre electoral que reduce la demanda de pesos, y en parte por las dudas que genera el programa económico del gobierno que asuma el 10 de diciembre, aún si gana la opción más moderada.

Si se pretende reducir mágicamente la tasa de interés de las Leliq habría una merma importante en la tenencia de pesos, un salto en el tipo de cambio nominal y un golpe inflacionario. Si, en cambio, se avanza en un programa consistente, ello permitirá una reducción en la tasa de interés real en forma sostenible que, junto con la normalización de la demanda de pesos, debería ayudar a desarmar gradualmente el stock de pasivos remunerados del BCRA.

Hay que mejorar el salario real gradualmente, también el tipo de cambio real y las tarifas deben aumentar al mismo ritmo que los salarios. Esta curiosa propuesta no permite ver cuál es el precio relativo que cede, dado un nivel general de precios. Si todo va para arriba la consecuencia sobre la inflación es evidente.

Promover la expansión de Vaca Muerta genera los recursos para reducir impuestos distorsivos. La oportunidad de los recursos no convencionales es enorme, pero requiere también de enormes inversiones para lograr un aumento en la producción que expanda las ventas del sector en US$ 20.000 millones, como se señaló. Pero aún si se lograra ese aumento en forma rápida no hay un aporte de recursos a la Nación que permita reemplazar los 4% del PIB que generan las retenciones a la exportación y el impuesto al cheque. Sólo las provincias cobran regalías y otros impuestos asociados al valor de la producción. La base imponible del impuesto a las ganancias es ventas menos costos (incluyendo los intereses pagados por la deuda que utilizan las empresas para invertir). Suponiendo que el retorno sobre el capital propio es 20% de las ventas y que la tasa del impuesto a las ganancias se reduce al 25% como fue acordado en 2017, sólo se obtendría una recaudación adicional de 0,2% del PIB que, además, se comparte con las provincias en mayor medida que los impuestos que se quieren reemplazar. Esa recaudación sería todavía menor si el gobierno accede a permitir la amortización acelerada de las inversiones que difiere parte del impuesto al futuro.

Una expansión en Vaca Muerta sí aliviaría la restricción externa y permitiría mejorar el nivel de producción y consumo de la economía, lo que ayudaría a la recaudación. Pero tampoco la aritmética cierra ya que, en el mejor de los casos, hay que calibrar su impacto en la recaudación utilizando la tributación promedio en el margen del orden de 40% (que además se compartiría con las provincias).

Hay varias reformas estructurales que ya se han completado como la previsional. Esta conclusión ignora que el sistema jubilatorio tiene un déficit enorme si se contemplan los ingresos previsionales puros. Restablecer incentivos, es decir que la jubilación se calcule estrictamente en base a lo aportado (como se hace en algunos sistemas de reparto en países avanzados) es clave y ello debería llevar a la revisión de los numerosos casos en que ello hoy no se cumple.

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