Florencia Grillo

Politóloga, UBA  

La frontera: más allá de la construcción

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A partir del 11 de septiembre de 2001 se re-configuró la visión sobre la frontera México-Estados Unidos en términos de seguridad nacional. Se reforzó la vigilancia por aire, mar y tierra para impedir la infiltración del “terrorismo” por esta frontera de más de 3000 kilómetros. 

Se construyó un discurso para justificar una serie de medidas de seguridad sin precedente en la historia reciente de Estados Unidos, que incluyen el resguardo de las fronteras, la inspección de puertos marítimos y aeropuertos, la creación de la ley contra el bioterrorismo que permite la revisión de las mercancías procedentes de México. Además, se empezaron a aplicar medidas para reforzar la frontera de México con Guatemala y Belice.

Hoy la emigración internacional y la seguridad son los temas de mayor preocupación del gobierno de Estados Unidos. Desde la visión de Washington, la emigración del sur, sobre todo centroamericana y mexicana, constituye un problema que amenaza la seguridad nacional, por lo que se considera necesario detenerla, y por ello el gobierno mexicano ha aplicado medidas para frenar los crecientes flujos migratorios provenientes del sur.

Paradójicamente, los gobiernos centroamericanos adoptan políticas definidas desde Estados Unidos y por las instituciones financieras internacionales (como nuestro viejo amigo el FMI, siempre presente), las cuales se traducen en acuerdos de libre comercio y desregulación de medidas proteccionistas que anteriormente permitían al Estado hacer frente a las demandas sociales emergentes. 

Desde un punto de vista geopolítico, México ha procurado adaptarse y aprovechar la oportunidad de su localización geográfica en lo que se refiere a su vecindad con la potencia hegemónica. Desde el punto de vista identitario, no sólo ha buscado sobrevivir como Estado Nación a pesar del destino que le ha dado su ubicación, sino que además ha procurado luchar por vencer dos conflictos difíciles de remediar: en el ámbito interno, en una primera instancia, ha buscado superar el conservadurismo económico-comercial y abrirse económicamente como estrategia para alcanzar nuevas oportunidades de desarrollo y ha adoptado una nueva característica identitaria, el libre comercio; al exterior se ha esforzado por desplegar una mejor capacidad de negociación con las herramientas a su alcance frente a Estados Unidos, esforzándose por superar sus experiencias históricas e intentando construir una relación de mayor confiabilidad. 

Todo es una construcción…social

El caso de la frontera entre México y Estados Unidos representa más que el límite entre estos dos países. Es la muestra más tangible de la separación y la oposición de intereses entre el mundo occidental y la cultura latinoamericana, con sus respectivas formaciones sociales y distintos niveles de desarrollo.

Existen tantas fronteras geopolíticas en el mundo como países en él; sin embargo, pocas han sido tan hostiles y agresivas como la frontera norte de México. Es tan evidente y real esta “línea”, que intenta frenar el incesante flujo migratorio hacia Estados Unidos con alambre y placas de acero, formando una representación física y violenta de la separación entre ambas naciones. 

Podría ser considerado un ejemplo contemporáneo único en cuanto al contraste existente entre naciones ricas y pobres o, mejor dicho, entre naciones “desarrolladas” y “subdesarrolladas”. (tercermundista es un término que detesto)

La frontera de estos dos países hace resaltar los tipos de lazos que se establecen entre naciones desiguales a nivel socioeconómico, lo cual provoca la continua saturación de inmigrantes mexicanos en los estados del suroeste de Estados Unidos.

Desde mediados de la década de los cuarenta y hasta finales de la década de los ochenta del siglo XX, se tuvo un ejemplo similar en la frontera que dividió a Alemania en dos partes, donde la violencia era moneda corriente. En el borde norte de México suceden de manera cotidiana actos de represión y el peligro de la muerte es extremo. Más allá de su imposición materializada, el muro de la frontera norte de México representa la acumulación de violencia y miedos al “otro”, al extranjero, al desconocido.

Aun cuando las cosas parecieran estar controladas, muchas veces Estados Unidos rompe sus propias reglas con tal de que se permita la entrada a inmigrantes ilegales por sus fronteras, con el fin de contribuir al desarrollo de la economía. Ésta es una actividad común, ya que les permite tener mano de obra barata a la que “no le incomode” hacer toda clase de trabajos. Vamos muchachos, que esas copas no se van a lavar solas.

Estas incursiones ya antiguas, se combinan con un proyecto de inspiración originalmente geoeconómico, que consiste en reforzar las bases del poder de los Estados Unidos, apoyándose sobre los potenciales más cercanos en el plano geográfico.

Cuestiones como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) son prueba tangible de un plan geopolítico de dominio y conquista que ha impuesto Estados Unidos hacia los demás países en los últimos tiempos (y que hoy entra en decadencia con el surgimiento del gigante asiático), en especial aquéllos que considera inferiores a él.

La política fronteriza de México, que en la actualidad forma parte de los esfuerzos del gobierno por obtener lo que desea en las negociaciones con EE.UU., debería por el contrario centrarse en prevenir los resentimientos locales, el delito y la violencia que acechan a lo largo de su frontera sur. La geopolítica de la migración no debe aplazar o diluir los intentos por disminuir los peligros que enfrentan los refugiados y los migrantes.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, todo apuntaba a que la relación con México podía ser explosiva. Durante la campaña electoral de 2016 los ataques verbales hacia los mexicanos y su propuesta de construir un muro fronterizo pagado por México crearon un ambiente tenso. Sin embargo, la relación entre Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fue mejor de lo que muchos esperaban (qué sorpresa dijo nadie nunca). En la mayoría de las ocasiones ha primado el pragmatismo sobre las declaraciones provocativas a las que ambos son afectos.

López Obrador no sólo no ha liderado un bloque latinoamericano de “centro-izquierda” (gracias por nada AMLO), sino que, una a una, se ha ido plegando a las posiciones de Trump tanto en materia migratoria como en asuntos comerciales y, finalmente, en la elección del BID. 

La estrategia habitual “trumpista” (elevar las exigencias y las amenazas para negociar desde una posición de mayor fuerza y hacer concesiones controladas en el acuerdo final) se dio tanto en la renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA) entre EEUU, Canadá y México, como en las medidas de control de la emigración adoptadas por México.

Incluso cuando llevó a cabo las políticas antimigratorias más crueles en décadas, la administración Trump presidió los mayores flujos migratorios en la frontera entre Estados Unidos y México desde mediados de la década de 2000.

El salto en la migración de los últimos meses de Trump continuó acelerándose durante los primeros meses de Biden en la Casa Blanca. Esto está sucediendo incluso cuando el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) mantiene en su lugar el “Título 42“, una disposición -muy controversial- dictada durante la pandemia  en la era Trump que expulsa a la mayoría de los migrantes en cuestión de horas, independientemente de sus necesidades de protección.

Bajo la nueva administración demócrata México continúa siendo prioritario en la agenda. Ahora la construcción del muro dejó de ser central. Para el control limítrofe, propone “asegurar” la frontera “de una manera humana y que establezca un conjunto racional de reglas para los aspirantes a inmigrantes, invirtiendo en tecnología inteligente en nuestros puertos de entrada y agilizar el sistema de acogida contratando más jueces de inmigración y oficiales de asilo”. De hecho, en su programa electoral pretendía que los que buscan refugio en EEUU sean “tratados con dignidad y obtengan la audiencia justa que legalmente tienen derecho a recibir”.

Por eso, cobra mayor relevancia la potenciación del Programa de Acción diferida para los llegados en la infancia (DACA) que protege de la deportación a unos 700.000 jóvenes. Biden, que respaldó el T-MEC, deberá hacer frente a la presión de sindicatos y empresas que denuncian violaciones de los derechos laborales en México y al ala liberal del partido que son reacios para con los tratados de libre comercio y que prioriza la agenda verde y las medidas de tipo ambientalista que México incumple. 

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Indo-Pacífico: el escenario de disputa geopolítica que se viene

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*Colaboró en esta edición Violeta Weber, estudiante avanzada de RRII. La semana pasada el gobierno japonés formalizó su decisión de evacuar en el océano más de un millón de toneladas de agua radioactiva de la devastada central nuclear de Fukushima Daiichi. Este hecho despertó una alerta máxima tanto en organizaciones medioambientales a nivel internacional como en países vecinos.

Los socios estadounidenses, Corea del Sur y Taiwán, se unieron a China para oponerse al plan de Japón. Corea del Sur dijo que la medida representaba un riesgo para el medio ambiente marino y la seguridad de los países vecinos, mientras que China remarcó que Japón “actuó unilateralmente sin consultar a la comunidad internacional”. 

Estados Unidos, por otro lado, señaló que el enfoque parecía estar “en línea” con los estándares globales; mientras que el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, el argentino Rafael Mariano Rossi (si, hay un argentino en todos lados), dijo que el organismo global ayudaría a garantizar que el plan se lleve a cabo “sin un impacto adverso en la salud humana y el ambiente.” 

El respaldo de los Estados Unidos se produce cuando Yoshihide Suga -primer ministro japonés- se convirtió en el primer líder extranjero en celebrar una cumbre en persona con el presidente Joe Biden en Washington. Este encuentro se produjo antes de la Conferencia de las Partes (COP26) de la Convención Marco de Naciones Unidas contra el Cambio Climático, donde Japón puede anunciar nuevos objetivos de reducción de emisiones para 2030. (Para cumplir su promesa de ser ‘carbono neutral’ para 2050, el gobierno de Japón necesitará reiniciar casi todos los reactores nucleares que cerró después de las crisis de 2011 y luego construir más)

Para ponernos en contexto geopolítico, hay que destacar que el escenario favorable para la reconciliación política entre Pekín y Tokio se quebró con la pandemia. El cierre de fronteras en ambos países retrasó indefinidamente la visita de Xi Jinping a territorio nipón. Mientras tanto, los barcos chinos navegan en aguas cercanas a las islas Senkaku, administradas por Japón pero reclamadas por China y Taiwán, deshabitadas pero con potenciales yacimientos de hidrocarburos en sus aguas. 

Japón ha revivido así históricas disputas territoriales y se ha sentido nuevamente agredido por la estrategia del gigante asiático de ganar posiciones marítimas en medio de una guerra comercial con Estados Unidos. Es por esto que la visita de Xi Jinping a Tokio parece hoy casi imposible. 

La vuelta a la tensión entre los vecinos no ha pasado desapercibida por Washington (obvio). La nueva administración norteamericana se asemeja a la de Trump: busca endurecer su rivalidad con China; pero se diferencia en que no actúa de manera solitaria sino que busca apoyo en un escenario donde muchos actores confluyen, con los cuales podría asociarse en pos de llevar adelante condenas, sanciones y presiones a Pekín de manera conjunta. Es decir, la administración Biden está apostando, en sus primeros movimientos, por una política exterior enfocada en contener al gigante chino y fortalecer las relaciones diplomáticas con los países vecinos de esta región asiática.

Avengers, assemble

Para explicar la siguiente alianza quiero que te imagines la escena de los Avengers en la pelea final contra Thanos en Avengers End Game (te dejo el video de la escena porque la amo). Desde la óptica estadounidense claramente China es el malo de la película. Los héroes? Los países integrantes del Quad (Quadrilateral Security Dialogue o Diálogo de Seguridad Cuadrilateral en español): Estados Unidos, Australia, India y Japón. La analogía por personajes individuales la dejo a tu criterio.

Este grupo se ha reactivado como un mecanismo que permite la cooperación y la coordinación entre las cuatro naciones en materia de seguridad (de pura casualidad son las grandes democracias liberales de la zona que abogan por un Indo-Pacífico “abierto y libre”), que Donald Trump ignoró, pero que Biden ha reavivado con una cumbre virtual en Marzo que fue una de sus primeras actividades vinculadas a la política internacional. Lo que se traduce en servir de contrapeso de las ambiciones del hegemón asiático

Para que te ubiques mejor, te dejo este mapa que robé de Wikipedia.

El gran interés estratégico que esta alianza tiene para Biden puede llevar a que adquiera más responsabilidades durante su administración y Japón, como tercera potencia económica del mundo, es uno de los actores clave. 

En este sentido, la retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán, anunciada por Biden la semana pasada, muestra la necesidad de concentrarse en uno de los escenarios de disputa de mayor relevancia para Estados Unidos. Es decir, Joe Biden está volcando toda su política exterior a conformar un frente con los países del Indo-Pacífico contra China. No sería ninguna sorpresa si en unos meses vemos mega maniobras militares con participación de India, Australia, Japón, Corea del Sur, Vietnam, Filipinas y hasta incluso, por qué no, Alemania. Es con todes, compañere!!

Hay que destacar que el Quad operará con el objetivo de dar forma al orden global en una era de transición del mundo “unipolar” de Estados Unidos a uno en el que China está buscando un papel decisivo y tiene todo para lograrlo (si es que aún no lo logró…)

“I am inevitable”

La amenaza planteada por China es a un nivel militar, como lo demuestra su búsqueda proactiva de reclamos territoriales en el sur de Asia, el Mar de China Meridional y el Mar de China Oriental. En un segundo nivel, es económico y tecnológico. China es un actor fundamental en las cadenas de suministro mundiales, más visible hoy en día en su papel principal como proveedor de vacunas , un importante inversor de capital a nivel mundial a través de la Iniciativa Belt and Road, y un poder tecnológico en rápido crecimiento.

Es este aspecto más amplio del orden global el que el Quad pretende abordar, como se desprende de dos de los detalles de la declaración conjunta, que se centran en el establecimiento de grupos de trabajo sobre el desarrollo de vacunas y tecnologías críticas. Ambos esfuerzos buscan restringir la posición central de China en el sistema global, pero también desarrollar un orden mundial que sea de base “amplia e inclusiva”. 

El tercer nivel está conformado por la lucha contra el cambio climático, uno de los pilares fundamentales de la Administración Biden; y un área en la que China es un jugador cooperativo y no un competidor, por lo que minimiza la noción de que el Quad es simplemente un instrumento de contención. 

Juntas, las tres iniciativas están diseñadas para crear un entorno que aliente a China a ser un jugador positivo y persuade a otros estados a deshacerse de sus dudas hacia el Quad.

Estos países integrantes del Quad están viviendo una creciente tensión con el gigante asiático en diferentes niveles e intensidades: Estados Unidos se encuentra librando una gran batalla comercial a pesar del cambio de administración, y ha aumentado sus misiones aéreas y navales en el mar de China Meridional. Por otra parte, India protagonizó diversos momentos de tensión por el papel de Pekín a la hora de reclamar su soberanía sobre algunos territorios del Pakistán que se disputa con India. Por último, Australia lleva viviendo tres años seguidos de diferencias diplomáticas con China tras la imposición de aranceles a varios productos procedentes del país austral. 

Japón, en cambio, la tiene más difícil. Por su posición geográfica, el archipiélago nipón está en una posición privilegiada para los intereses de Estados Unidos. Junto con otros territorios como Taiwán o Corea del Sur, rodean y cierran el paso de China a la amplitud del océano Pacífico. Es por ello que Pekín lucha por ganar posiciones en el Mar del Sur de China.

¿Por qué Japón es el que está peor parado en todo esto? Es clave comprender que tras ser el principal actor bélico de la región durante la II Guerra Mundial, la Constitución de Japón -vigente desde 1947- promulgó en su artículo 9 la “renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”, además del compromiso de no mantener “fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico”. Estos artículos se han traducido en las últimas décadas en una dependencia militar absoluta del Ejército norteamericano, que aún cuenta con unas 55 mil personas con distintas labores militares en el archipiélago, su mayor despliegue fuera de sus fronteras.

Dicho esto, no hay que olvidar que Pekín es el principal socio económico de Tokio, y el temor a un posible boicot a las empresas niponas con intereses en el gigante asiático provocó desestabilizaciones en la bolsa japonesa. Por eso, Japón la tiene muy complicada: debe elegir entre una buena relación comercial con China o la protección militar que le provee su alianza con los Estados Unidos. No quisiera ser el Ministro de Relaciones Exteriores en medio de este nuevo escenario de disputa entre dos superpotencias. (tampoco podría serlo, no sé hablar japonés)

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El anticorreísmo al poder en Ecuador y la inestabilidad en Perú

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El país andino, subsumido en una profunda crisis económica -producto de su deuda con el Fondo Monetario Internacional entre otras causas- fue a las urnas el fin de semana pasado en un contexto de pandemia que no da tregua.

El candidato conservador Guillermo Lasso fue electo con el 52% de los votos como el próximo presidente tras vencer al candidato del correísmo Andrés Arauz. (Acá te dejo el link del perfil que armé sobre Lasso si te interesa saber más en profundidad quién es y qué propone). 

Lasso, que se impuso con el apoyo de sectores del “anticorreismo”, que incluye también a facciones de izquierda y al movimiento indigenista Pachakutik -dado el elevado nivel de apoyo que estas opciones tuvieron en la primera vuelta-, tendrá el desafío de encabezar un gobierno de coalición entre dos fuerzas políticas (CREO, fuerza a la cual pertenece Lasso, de corte más liberal y el Partido Social Cristiano, tradicional partido político conservador) que no solo no cuentan con mayoría legislativa, sino que tienen que enfrentarse al correísmo como primera fuerza. 

El gobierno minoritario en Ecuador ha sido el principal inconveniente al que se ha enfrentado el actual presidente Lenin Moreno y para poder sostenerlo, Lasso deberá mantener vivo al fantasma anticorreista (lo tiene a Durán Barba para eso), sin Rafael Correa en el poder, ni con perspectivas de acceder a él en el corto-mediano plazo ya que se encuentra en el exilio por razones políticas. 

En este contexto donde la polarización está a la orden del día, no parece que las primeras decisiones de gobierno vayan a ser consensuadas, y menos que esos proyectos sean bien recibidos en el Congreso. Por lo tanto surge la incógnita ¿cómo empieza a gobernar un oficialismo de corte neoliberal con un movimiento popular mayoritario ocupando la mayoría de las bancas en el poder legislativo? Una sola respuesta: bienvenidos sean esos decretos.

Integración regional was found dead 

La política exterior ecuatoriana en términos generales se define por variables relacionadas a su condición de Estado pequeño, por su ubicación, por la influencia de Estados Unidos y las interacciones con los países vecinos. Podría decirse en criollo que Ecuador es un camaleón de la geopolítica: se adapta a lo que venga.

En este sentido, la victoria de Lasso se inscribe en la inserción de Ecuador al grupo de países que hoy giran alrededor de la órbita de Washington y se vuelve un aliado clave de la administración Biden en América Latina para cumplir con la agenda regional que incluye la coordinación conjunta en la frontera con Colombia y atender con especial atención la situación política inestable en Venezuela. 

El presidente electo busca ponerle fin al “socialismo del siglo XXI”; incluir al país en la Alianza del Pacífico y fomentar nuevos Tratados de Libre Comercio y Tratados Bilaterales de Inversión, principalmente con Estados Unidos, China, Costa Rica, Corea del Sur, India y Turquía.

A Ecuador, al igual que al resto de países de América Latina, con excepción de México, Brasil, Argentina y Venezuela, la finalización del periodo la Guerra Fría lo despojó de una importante capacidad de negociación al terminar la disputa global entre las dos superpotencias, pero aunque sus capacidades políticas se redujeron, los escenarios de participación se multiplicaron. 

Por ejemplo, es uno de los Estados que más compromisos internacionales ha suscrito a lo largo del siglo XX y que más convenios, tratados y acuerdos ha ratificado en la última década. Pese a esto, hay que destacar que el estado ecuatoriano nunca fue protagonista de iniciativas internacionales importantes. Es como ese amigo que siempre participa en todas las previas pero nunca pone la casa.

La posición periférica del Ecuador en el tablero geopolítico y sobre todo en el sistema interamericano, determinó una relación ambivalente con los Estados Unidos en su condición de potencia hegemónica.

Su conducta ha ido desde políticas de resistencia hasta lógicas de alineamiento, dependiendo de los temas, claramente. Esto, que fue un clásico en el siglo XX, se repitió durante los primeros gobiernos de este siglo.

Los temas ecuatorianos con los Estados Unidos generalmente han priorizado el comercio pero ha sido muy cauteloso en temas de seguridad. Sin embargo, el Ecuador nunca ha tenido una actitud abiertamente “antiamericana” y en situaciones de crisis -más por consenso que por presión- se ha alineado con Washington.

En los últimos años hubo algunos hechos que merecen ser destacados. En marzo de 2019, bajo la administración de Lenin Moreno, Ecuador abandonó la Unasur, pese a que Quito era la sede permanente del bloque, y acto seguido se removió la estatua del expresidente argentino Néstor Kirchner, uno de los fundadores y primer secretario general del organismo.

Días después, Moreno participó de la primera cumbre del Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) fundado ese mismo año por los mandatarios de Colombia y Chile, con la participación de los Gobiernos de Argentina, Brasil, Paraguay y Perú, todos alineados en una política regional similar.

En el marco de los esfuerzos de Washington de contrarrestar la influencia en aumento de China en la región, el gobierno ecuatoriano recibió alrededor de 7 millones de dólares para luchar contra la corrupción y fortalecer la Policía Nacional. Paralelamente, el Ejército Ecuatoriano recibió una capacitación a través del programa norteamericano de ejercicios navales Unitas.

Si llegaste hasta acá y te copó el tema te dejo un poco más de información que el Departamento de Estado publicó antes de la salida de Donald Trump de la Casa Blanca respecto a la relación con Ecuador, la cual nos da la pauta de lo que se avecina en un corto-mediano plazo. 

Esa inestabilidad sí se puede ver!

En Perú también hubo elecciones y por supuesto, estuvieron enmarcadas por la incertidumbre. 

El gran ganador de la noche fue el ausentismo. 4 de cada 10 electores o bien no acudieron a las urnas o votaron en blanco o nulo en los comicios generales, un escenario revelador del hartazgo ciudadano ante la llamada clase política (lindo concepto eh), que en segunda vuelta deberá elegir entre dos propuestas diametralmente opuestas y con poco margen de aceptación popular.

La sorpresa de la noche sin dudas fue la inesperada victoria de Pedro Castillo, un candidato de izquierda radical que competirá con nada más y nada menos que Keiko Fujimori, -de extrema derecha- en la segunda vuelta que se llevará a cabo el 6 de Junio. (Si querés leer más sobre ambos candidatos, te recomiendo esta lectura. De yapa te dejo esta nota en español del gran Steven Levitsky analizando ambos procesos electorales)

Nuestro querido Perú se encuentra en plena profundización del fenómeno que se originó desde la salida de Fujimori del poder en los 2000: la crisis política sin fin. 

Un dato notable es que en los últimos 5 años ha tenido 4 presidentes (no, no estoy hablando de Argentina en 2001, ese récord no lo rompió nadie): Pedro Pablo Kuczynski (“PPK”) -electo con poco más del 50% de los votos, que renunció tras verse contra la espada y la pared en un proceso de impeachment-, Martín Vizcarra -destituido por denuncias de corrupción-, Manuel Merino -gobierno de breve duración, sin respaldo legislativo- y el actual presidente Francisco Sagasti -cuya imagen positiva está peor que psiquis de personal de la salud en plena pandemia-.

Una particularidad que ofrece el caso peruano es la elevada fragmentación de su Congreso de tipo unicameral, lo que dificulta la negociación por parte de los presidentes para llevar adelante su agenda legislativa y hace que la gobernabilidad y estabilidad política sea imposible.

A este quilombo hermoso se le suman un par de cositas que pasaron este domingo.

Por un lado, la más elevada fragmentación de su historia electoral: habrá por lo menos 10 fuerzas políticas distintas en el Congreso; y por el otro, ningún candidato presidencial ha superado el umbral del 20% de los votos.

Para entender un poco más sobre lo que puede suceder después del ballotage consulté al colega Ariel Molina Russo, especialista en asuntos latinoamericanos y esto fue lo que me dijo: “Tenemos que pensar que el punto de partida de las diversas crisis durante la última administración empezó con el desfinanciamiento de la educación. Entonces, no sería extraño que las primeras grandes medidas a tomar por cualquiera de los dos candidatos sea una reforma educativa. En el caso que gane Castillo, es el ámbito que más conoce por ser maestro y por lo tanto menos margen de error tiene. Si gana Fujimori, tendría una oposición reclamando reformas educativas. Por ende, la sociedad ganaría en ese ámbito de todas formas. ¿Castillo es un conservador? Sí. Pero si algo le aportó al sistema peruano, es introducir la realidad de gran parte de la sociedad -que estuvo invisibilizada- en la agenda por primera vez“.

¿Aportaría a la estabilidad política de una vez por todas una victoria de Keiko Fujimori, entendiendo que el Congreso (compuesto por 130 bancas de las cuales los partidos de corte conservador se han quedado con la mayoría) está ideológicamente posicionado a su favor? Solo nos queda esperar. Mientras tanto…

De la política exterior nino, ni noticias.

Tengo que destacar al menos dos características que debilitan la configuración de una política exterior coherente y que no parecen ser exclusividad de la política exterior del período de gobierno de Alberto Fujimori. 

En primer lugar, la ausencia de una estrategia geopolítica: históricamente Perú careció de alineamientos coherentes para enfrentar los reclamos vecinos sobre sus territorios. Ante las diversas disputas, el Estado peruano ha dado respuestas improvisadas que incluyeron desde concesiones entreguistas a conflictos armados, desde leyes unilaterales a pedidos de intervención de organismos internacionales. 

La postura de Perú frente a los conflictos también ha dado cuenta de las inconsistencias de la política exterior, reflejando la ausencia de una estrategia geopolítica capaz de resolver las controversias con sus vecinos. Históricamente, los desacuerdos bilaterales por cuestiones limítrofes han servido para legitimar formas específicas de ejercicios de poder. 

Desde los inicios de la vida de Perú como una república, en ocasiones, los dirigentes han tendido a utilizar el discurso nacionalista como factor cohesivo para reducir las tensiones internas, subsumiendo la política exterior a un apéndice de la política doméstica. 

Por supuesto que esta situación no explica por sí sola las inconsistencias de la política exterior: la inestabilidad política ha jugado un rol central, impidiendo la formulación de una política de Estado coherente que sirviese a los intereses nacionales. 

En el caso peruano, algunos conflictos limítrofes forman parte de su presente o de su pasado no tan lejano. Perú ha abordado estas controversias de manera diversa y aparentemente improvisada: desde un enfrentamiento militar (con su vecino Ecuador) y el pedido de intervención de organismos internacionales (por el diferendo con Chile) hasta una decisión unilateral e internacionalmente irrelevante (como la ley nacional de demarcación marítima).

Pero el país andino a diferencia de su vecino Ecuador, ha tomado la iniciativa de muchos Acuerdos de Paz o formación de distintos organismos internacionales para dirimir conflictos en la región en momentos de crisis. Es por todo este pasado de inestabilidad tanto en el plano doméstico como internacional que la política exterior del próximo gobierno es un mar de incertidumbre.

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Nueva administración en Estados Unidos: la oportunidad de Argentina de tener un nuevo rol en la región

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Una perspectiva general muestra que América Latina hoy es un reino de tensión y desconfianza. Los países latinoamericanos en medio de la pandemia parecen decidir todo dentro de sus fronteras. Las políticas públicas para combatir la pandemia y la etapa llamada “post-pandemia” muestran muy poca coordinación regional y hay un retroceso sin precedentes en todas las instancias de integración producto de la extrema polarización.

En este contexto, la administración Biden puede continuar con la llamada estrategia realista seguida por Trump, que básicamente consistió en abandonar la cooperación multilateral para encerrarse en su propia burbuja tratando de evitar los efectos negativos de la globalización al cual el mandatario llamó “America First”.

Durante los últimos cuatro años, Estados Unidos mostró poco interés en América Latina, aunque esta indiferencia no implicó la ausencia de una perspectiva sistémica, simple, pero en última instancia, basada en la Doctrina Monroe XIX. Estados Unidos se presentó en la región como el hermano mayor que en el marco de las relaciones interamericanas trató de proteger a los hermanos menores de la maligna influencia de actores extrarregionales como China, Rusia e Irán. 

El cambio de administración presenta una nueva oportunidad para la Argentina de entablar relaciones diplomáticas serias y la pregunta que surge es la siguiente: ¿qué asuntos vinculan a los dos países actualmente? Por lo pronto, la relación del gobierno argentino con el FMI y la pesada herencia de la deuda que dejó el gobierno de Mauricio Macri. Algunos elementos pueden influir en el papel constructivo de Estados Unidos en esta cuestión. Antes de la pandemia, la región atravesaba una situación de creciente inestabilidad. La pandemia la exacerbó reflejando los estragos que dejan décadas de desigualdad social. 

En este sentido, es poco probable que en materia de política exterior Estados Unidos vaya a resguardar sus intereses nacionales y tratar de mejorar su posición relativa, en especial respecto a la influencia de China en el área, propiciando el fracaso de la negociación entre la Argentina y el FMI. Por otro lado, cabe recordar que Biden es, después de John Kennedy, el segundo presidente católico que ha tenido Estados Unidos. Admira al Papa Francisco y lo considera “el timón moral del mundo”. Éste último en sus diálogos con distintos Jefes de Estado, solicitó el apoyo a la negociación entre el gobierno argentino y los acreedores privados y no sería ninguna sorpresa contar con el apoyo e influencia que Biden puede tener ante un eventual acuerdo.

Un tema delicado para ambos países es, sin lugar a dudas, la situación de Venezuela. Es importante destacar que las sanciones a este país comenzaron con la administración Obama, quien emitió una orden ejecutiva en 2015, declarando a Venezuela una amenaza a la seguridad nacional y a la política exterior de Estados Unidos. Bajo la administración Trump la retórica anti-chavista se vio exacerbada sobre todo durante el período de campaña electoral 2020. 

Biden por su parte, cuestionó la política de Trump hacia Caracas por ineficaz. En este sentido, es improbable que elimine las sanciones ya que no deseará iniciar su gestión haciéndose acreedor de acusaciones de “castro-chavista”; término que utilizaron los trumpistas en su contra a lo largo del 2020. 

Sin embargo, tampoco podrá proponer el eufemismo que algunos asesores le sugieren: “sanciones inteligentes”. En breve, si opta por dejar atrás la amenaza del uso directo de la fuerza y contempla una solución democrática, deberá entonces introducir matices a su estrategia frente al gobierno chavista. En ese caso, la Argentina, que no respaldó ningún tipo de intervención armada, pero que se manifestó con voto contra la situación de derechos humanos en el país, podría eventualmente aportar a una alternativa política para Venezuela. Con cautela podría sugerir una iniciativa de distensión diplomática y salida institucional, algo que Washington vería con buenos ojos.

Otro tema que Joe Biden prometió relanzar fue el multilateralismo. Es notorio el prolongado deterioro y cuestionamiento del multilateralismo profundizado en el período de la administración Trump. Un estilo arrogante se impuso desde Washington intentando disimular el declive estadounidense y afectando la reputación de la Casa Blanca. El nuevo mandatario demócrata indicó su interés por re-encauzar la política multilateral de Washington. 

En ese contexto, cabe recordar que la Argentina fue invitada en 2020 por Emmanuel Macron y Angela Merkel a ser parte de la denominada “Alianza por el Multilateralismo”, una opción de defensa y promoción de las organizaciones, los regímenes y los tratados multilaterales que caracteriza la diplomacia del país. 

Posiblemente haya otra cuestión que acerque a Washington y Buenos Aires: la lucha contra el cambio climático, uno de los tres ejes principales de la nueva administración. En su primer día de gestión, Biden firmó una orden ejecutiva para que Estados Unidos vuelva a ser parte del Acuerdo de París y en este sentido, Biden necesita del apoyo de los líderes latinoamericanos y Alberto Fernandez puede ocupar el lugar de aliado estratégico en la región -entendiendo el declive del gobierno brasileño-, por eso un diálogo cordial entre ambos cuerpos diplomáticos podría marcar la diferencia y otorgarle a la Argentina la posibilidad de desarrollo e inversiones que tanto necesita para enfrentar los desafíos que presenta el período post- pandemia.

En todo caso, será esencial que Estados Unidos no opte, como lo han hecho gobiernos anteriores a Trump, por una especie de “multilateralismo a la carta” con el que solo se generan acuerdos bilaterales donde los que se benefician siempre son los mismos.

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