Jorge Vasconcelos

investigador jefe de Ieral, Fundación Mediterránea

Se necesita Plan B, si la inflación no se ajusta a las pautas

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Con casi todos los frentes abiertos, y a seis semanas de haber asumido, el gobierno debería comenzar a cerrar los trámites legislativos, negociando con la “oposición responsable” los puntos pendientes y factibles de aprobación, sabiendo que los márgenes de la votación en el Congreso son muy estrechos. En el plano de la macro, sería necesario contemplar un “Plan B” en caso que la inflación se siga revelando ante las pautas cambiarias y monetarias de cortísimo plazo. Si el deslizamiento del dólar oficial al 2,0 % mensual no logra anclar las expectativas, claramente no es una opción acelerar la devaluación y dejar el resto del programa tal cual está.

En ese momento, partiendo de la base de éxitos (aunque sea parciales) en el Congreso y ante la Corte, habría que salir del régimen del “blend”, en dirección a una menor dispersión de los tipos de cambio de comercio exterior y hacer explícita una pauta para la evolución nominal del gasto público. Sería una forma de reconocer que, bajo las condiciones actuales, no se puede confiar todavía en una única ancla cambiaria y/o monetaria para hacer aterrizar las expectativas de inflación, debiendo recurrirse a un esquema de “anclas múltiples” que se refuercen entre sí.
En este primer trimestre, la recesión, con una caída del PIB que podrían alcanzar al 5,0 % interanual, junto con un ajuste fiscal basado en factores transitorios, están ayudando al control de las variables macro, pero es necesario ampliar el horizonte.

Pasar en limpio el presupuesto 2024 del sector público nacional con guarismos creíbles sobre cómo habrá de eliminarse el déficit, podría constituirse en una de las anclas más firmes, pero depende también de apoyo del Congreso, dónde se juega 1/3 del ajuste fiscal. Existe terreno de convergencia entre legisladores del oficialismo y los representantes de gobiernos provinciales junto con otras bancadas. La parte fiscal de la ley ómnibus y la restitución del impuesto a las ganancias podrían ser prenda de negociación y, al reforzarse los recursos de coparticipación por esta vía, los gobernadores tendrían menos incentivos para sumarse a La Rioja.

La herencia del 10 de diciembre obligaba a una devaluación del peso como la registrada en el arranque de la actual gestión, pero no había que engañarse respecto a las consecuencias: la economía del presente está en las antípodas de 2001/2002, cuando un salto del tipo de cambio de 1 a 4 pesos por dólar (después se estabilizó en torno a 3.0) tuvo mínimo impacto sobre la inflación. La variación del IPC a diciembre de 2002 terminó siendo de 41,0 % interanual, con un pico en abril de ese año de 10,4% mensual. En 2001/02 se conjugaron una altísima tasa de desempleo y muy elevada capacidad ociosa en las empresas (con inversiones previas que la habían modernizado), la ausencia de mecanismos de indexación y un gasto público que, en términos del PIB, era la mitad del actual, contando las tres jurisdicciones.

No contemplar las diferencias entre 2001 y 2024 puede llevar a diagnósticos y recetas equivocadas. Es el caso de las cuasimonedas. Al lanzar el BOCADE, el gobierno de La Rioja invocó la experiencia de veinte años atrás, pero la situación actual no tiene punto de comparación con el 2001, cuando las cuasimonedas se emitieron en un contexto deflacionario y de extrema iliquidez. En las provincias en las que eventualmente se vuelvan a aprobar este tipo de bonos, habrá un impacto inflacionario adicional al del
devaluado peso y, para el sector privado, habrá un deterioro de rentabilidad ya que los impuestos nacionales y el pago a proveedores “transfronterizos” no podrá hacerse con el bono local. O sea, a mayor emisión de títulos como el de La Rioja, menores incentivos habrá para empleos del sector privado.

La devaluación de mediados de diciembre pasado fue acompañada de una política fiscal y monetaria más estricta, para acotar el impacto inflacionario. Sin embargo, subsisten generadores de emisión monetaria; los números fiscales se pueden cuadrar al instante pero no sostenerse en el tiempo; los mecanismos indexatorios aportan inercia. Tampoco el Central tenía reservas como para aspirar a un ancla cambiaria
creíble, en un partido de ajedrez en el que “las negras también juegan”, por lo que los resultados no necesariamente reflejan las intenciones del gobierno.

La fluidez del escenario obliga a un monitoreo permanente de la coyuntura, no sólo por la suerte de leyes y decretos en el Congreso y la Justicia. Hay una tensión permanente entre el objetivo de licuar pasivos en pesos y recuperar reservas del Banco Central, que se contiene por las restricciones que subsisten para que las empresas accedan a dólares financieros y comerciales (pago de importaciones). Sin embargo, es un
delicado equilibrio asediado por múltiples amenazas, por caso, si el guarismo de inflación de enero queda más cerca de 25 % que de 20 %.

Reservas del BCRA: el Central acumula compras de divisas por US 1.734 millones en 2024 y USD 4.630 millones desde el cambio de gobierno. El dato es alentador, pero hay que tener en cuenta que la demanda de dólares de importadores sigue cuotificada; en las primeras semanas se agolparon los incentivos a la liquidación de los exportadores, porque el deslizamiento del tipo de cambio oficial al 2,0 % mensual no se habrá de modificar en los inmediato; mientras, la ampliación de la brecha cambiaria aparece como el mal sustituto de esa modesta pauta.

En lo que va del 2024, el “blend” de tipo de cambio de exportación pasó de 841,5 pesos por dólar a 897,9 en el último dato. Se trata de una variación de 6,7 %, conseguida por una ampliación de la brecha cambiaria de 20,4% a 48,4% (el 20 % de las exportaciones se liquidan por el CCL).

Obviamente, esta trayectoria abre interrogantes acerca del ritmo al que se seguirán recuperando reservas y cómo habrá de llegar el esquema cambiario a abril, el mes en el que el gobierno espera que ingresen a raudales los agrodólares. En este sentido, la brecha cambiaria opera como el “canario de la mina”, que pone en alerta al campamento cuando falta el oxígeno.

Emisión y esterilización: En lo que va de la nueva gestión, la emisión bruta de pesos por parte del BCRA alcanzó a $6.6 billones, por lo que la expansión de la base monetaria se pudo contener en torno al 2,0 % mensual sólo por un incremento sostenido de los Pasivos Remunerados, que desde el 7 de diciembre pasado se han incrementado en 32,1 %. Esto porque de cada 100 pesos que se emiten, todavía 77 pesos son retirados por la emisión de títulos del Central (antes Leliq, ahora pases).

¿Exceso de pesos?. Existen distintos indicadores para medir hasta qué punto el “exceso de pesos” puede complicar el manejo de la macro. Una de las formas más simples de seguir este fenómeno es valuar los plazos fijos en pesos del sistema en dólares a la paridad del mercado libre, y este indicador muestra un achicamiento significativo del “exceso de pesos”, ya que a la cotización del CCL, estos depósitos equivalen ahora a 11,7 mil millones de dólares, una merma de 25 % respecto de fin de noviembre.

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Descartando opciones, para llegar a la hoja de ruta

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Los más de diez años de estanflación constituyen una prueba irrefutable del agotamiento del “modelo” organizado en torno a la expansión del gasto público como vector de “crecimiento” que, enfrentado a la imposibilidad de financiamiento ha derivado en múltiples y nocivos “efectos colaterales”, desde los cepos al cambio y al comercio exterior, hasta la emisión de pesos cada vez más descontrolada. El balotaje del 19 de noviembre certificó que este modelo no sólo se había agotado en términos económicos, sino también en la dimensión política.

Javier Milei, que necesita asumir el 10 de diciembre con un plan consistente para evitar ser arrastrado por el comportamiento errático de las variables financieras, empezó a tomar decisiones que lo diferencian de su rol de candidato. No sólo por el perfil que adquieren los miembros del gabinete, también por el discurso. Todavía no hay hoja de ruta para mostrar, pero se van descartando opciones. Al mismo tiempo, se reconoce la necesidad de tejer alianzas por fuera del núcleo duro de LLA y del PRO, clave para conseguir la aprobación legislativa de los proyectos por venir. Lejos de una “escribanía”, ahora el Congreso será un archipiélago de bancadas. La dinámica de los primeros días muestra que la búsqueda de gobernabilidad está reseteando algunas de las ideas fuerza con las que el presidente electo llegó hasta aquí. Esta mutación obliga al gobierno entrante a conseguir resultados en los primeros meses, para consolidarse en el poder.

Si bien todavía no hay suficientes señales “por la positiva”, el bosquejo de la hoja de ruta comenzó por el descarte de caminos que figuraban en el plano original. La desactivación del proyecto de dolarización, aunque no sea del todo explícito, permite focalizar las conjeturas en opciones más convencionales, desde avanzar hacia una unificación cambiaria, tal como se planteó en el arranque de la gestión del ex presidente Macri, hasta un régimen inicialmente desdoblado del mercado cambiario, con un tipo de cambio oficial y otro libre. Se descuenta que, en esta segunda opción, las empresas y los particulares podrían comprar y vender sin la maraña de regulaciones actuales, que muchas veces impiden acceder al mercado oficial si se ha operado en el CCL, y viceversa.

Dada la controvertida experiencia de la unificación cambiaria entre los años 2016 y 2019, parece asignarse mayor probabilidad a un régimen transitorio de desdoblamiento cambiario. Esta percepción se refuerza cada vez que miembros relevantes del gobierno entrante alertan sobre el “riesgo de las Leliq”. Aunque se trate de un riesgo sobrevaluado por parte de la gestión entrante, hay que prestarle atención al diagnóstico, porque puede derivar en medidas con impactos relevantes para la macro.

De hecho, los bancos están haciendo, a ritmo acelerado, un enroque desde las Leliq hacia los pases (instrumentos equivalentes, pero de menor plazo de renovación).

Todavía no hay definiciones, pero una forma de encarar el “problema de las Leliq” sería reducir fuertemente la tasa de interés que paga el Banco Central por este instrumento, actualmente del 133 % TNA, ofreciendo un “canje voluntario” por bonos de largo plazo. De este modo, de un modo u otro, la baja de tasas se trasladaría a la remuneración de los plazos fijos, justo en un contexto de aceleración adicional de la tasa de inflación. Ese tipo de abordaje derivaría en un incremento significativo de la demanda de activos alternativos al plazo fijo, incluyendo el dólar. De allí que no es improbable que el plan arranque con un mercado cambiario desdoblado, para que la demanda de dólares se canalice al CCL, sin afectar las reservas. El círculo cerraría si la administración entrante consiguiera fondos frescos en divisas para poder abastecer la punta vendedora del mercado libre, no tanto como instrumento de contención de la brecha sino para esterilizar pesos. De confirmarse estos lineamientos, será crucial que pueda mantenerse encapsulado el fogonazo inflacionario y que la brecha cambiaria termine aterrizando en un nivel razonable. Sólo en ese caso podrá ensayarse el paso siguiente, más cercano a la unificación cambiaria, instrumento consistente con un plan de estabilización.

Los intereses que el Banco Central paga por sus pasivos remunerados alcanzarán este año una cifra estimada de 15,7 billones de pesos, que impresiona a primera vista. Pero el stock de Leliqs y pases ha pasado de 7,7 % a 9,0 % del PIB entre 2020 y 2023. No hay una dinámica explosiva.

Corresponde subrayar que las Leliqs son un problema derivado del déficit fiscal financiado con emisión monetaria. De allí que un eventual alivio en la carga de intereses de las Leliq no debería verse como un sustituto del ajuste fiscal, que es la madre del problema.

En la medida en que la hoja de ruta incluya el detalle de los ítems del presupuesto sobre los que se habrá de concentrar la reducción del déficit, y esta agenda sea factible, entonces podrá recuperarse control sobre los dos vectores que en 2023 explican la aceleración inflacionaria: a) la falta de financiamiento genuino del déficit fiscal, cubierto por emisión directa e indirecta; b) la sostenida caída de la demanda de dinero, que achica la base imponible del “impuesto inflacionario”.

La Argentina ha ingresado a un escenario “no lineal”, por el cual “un poco más” de déficit fiscal lleva a “mucho más” inflación. De allí que para quebrar esta dinámica se necesita un presupuesto equilibrado para 2024, no tan sencillo de ejecutar. El incentivo del lado de la política está en que sólo bajo ese escenario será posible esperar para la segunda parte de 2024 un descenso nítido de la tasa de inflación y un rebote del nivel de actividad.

En cualquier otro escenario, los desafíos abruman. En cabeza del Banco Central hay reservas negativas por 10 mil millones de dólares y “cuentas a pagar” por unos 35 mil millones, incluyendo los compromisos con importadores, las ventas de futuro en el Rofex y títulos dolarizados, caso de las “Levid”. Asimismo, en cabeza del Tesoro hay vencimientos de deuda interna por 20 % del PIB en 2024, de los cuales 7 puntos corresponden a tenedores privados, mientras que los compromisos externos suman 4,0 mil millones de dólares (excluyendo FMI y organismos).

Mientras tanto, el gobierno saliente tampoco ayuda. Cambió la “mezcla” entre oficial y libre a 50 y 50, por lo que el dólar para exportadores subió un 22 % en una semana, guarismo similar a la devaluación pos paso. De allí que noviembre habrá de incorporar parte de ese impacto, con una inflación que bien podría acercarse al 14%. Sin embargo, como el 50 % de las exportaciones se liquidan en el mercado libre, no ingresan dólares al Central, por lo que las importaciones siguen trabadas. El desabastecimiento es alarmante, con consecuencias que pueden ser irreversibles en el plano de la salud, y parálisis en cada vez más plantas industriales. Así, tras más de una década de estanflación, el gobierno saliente se despide con dosis reforzadas de la misma receta, que empuja los precios para arriba y la actividad para abajo.

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Una economía que difícilmente aporte electoralmente

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• La masa de ingresos fijos de las familias registraría en noviembre un nivel 1,5% inferior al del segundo semestre de 2020. El monto de ingresos fijos de las familias del primer semestre de este año se ubicó 7% por debajo del de igual período de 2009 y es también inferior en 18% al de 2013, años en los que el oficialismo nacional perdiera en elecciones legislativas. Para este indicador se computan el número de personas involucradas y los montos de sus respectivos ingresos, considerando salarios, jubilaciones y planes sociales

• Para agosto de 2021, el Índice de confianza en el consumidor (ICC) está 7,6% debajo del máximo registrado en el gobierno de Alberto Fernández, en enero de 2020. En comparación contra otros años de elecciones legislativas, el ICC está 11 puntos por debajo de 2013 y 1 punto por debajo de 2009. Respecto al índice de confianza en el gobierno (ICG), se encuentra apenas por debajo de 2013 (0,1 pp menos) y algo por arriba de 2009 (0,5 pp.) 

• En lo referente a la obra pública, en 2021 el gasto en inversión real directa a precios constantes muestra una recuperación versus 2020, pero se encuentra 26% por debajo de las legislativas de 2017, y es inferior en un 24% y un 17 % respecto de los guarismos de 2013 y de 2009 

• La actividad económica desestacionalizada, para junio de 2021, se ubica un 24% por encima del mínimo de 2020 (abril). Sin embargo, es inferior en un 8% al promedio 2011-2019. En comparación con otras elecciones, la actividad económica está 9,1% por debajo de 2017 y también de 2013, pero 11% por encima de 2009 

• Se construye un índice ad-hoc, procurando medir la evolución de seis variables relevantes de empleo y actividad, como promedio simple, y se fija la base 100 en 2005. Se tiene que en dos años en los que el índice cayó, el oficialismo perdió la elección (2015 y 2019). En otras dos ocasiones, en que el índice subió en el acumulado de dos años, pero de forma moderada, en 2013 el oficialismo perdió y en 2017 ganó. A su vez, en las 3 ocasiones en que el índice económico aumentó más de 10 % en los dos años previos a la elección, en dos ganó el oficialismo (2007 y 2011) y en otra perdió (2009). Por supuesto, existen variables no económicas que inciden en la decisión de voto, como podría ser el caso en 2021 de los efectos de la pandemia por COVID-19, las políticas públicas desplegadas y la percepción de la situación que tengan los votantes.

• Si el resultado electoral de 2021 resultara poco satisfactorio para el actual gobierno nacional, y se decidiera por una política fiscal aún más expansiva, claramente las consecuencias serán una inflación más alta (mayor emisión) o una deuda remunerada cada vez mayor del BCRA, que a mediano o largo plazo también terminaría en mayor inflación

 • En cambio, si el resultado electoral en 2021 deja entrever una probabilidad alta o media de permanencia en el poder en 2023, en el oficialismo podría existir una reacción hacia la moderación en la política económica, buscando cerrar rápido un acuerdo con el FMI, lo que implicaría una política fiscal y monetaria más parecida a la del primer semestre de 2021 que al segundo, y se buscaría corregir algunas variables desalineadas, aunque sea parcialmente, pensando en tomar aire y ganar tiempo para una nueva política expansiva apuntando a los comicios de 2023 

La economía de un país no transcurre en forma aislada de la situación política, sino que existe una fluída interacción entre economía y política. Para comprender dicha relación, hay que prestar atención especialmente a dos presunciones:

• Los votantes son personas interesadas en su propio bienestar, pero tienen “memoria corta” a la hora de votar, pues le influyen más los hechos ocurridos cerca de las elecciones, que los lejanos a ellas. 

• Los políticos no son personas interesadas sólo en el bienestar general, sino que al igual que los votantes, también privilegian sus intereses personales y partidarios. Por ejemplo, pueden tomar decisiones que resultan favorables en el corto plazo, antes de la próxima elección, pero no necesariamente en el largo plazo, especialmente si el “largo plazo” resulta después de la próxima elección, y especialmente si se trata de una situación cuyos efectos se percibirán cuando el que toma la decisión ya no estará en gobierno. 

Como es conocido, la situación de la economía puede influir sobre los resultados de las elecciones. Dado lo anterior, suelen existir estrategias económicas de las administraciones de gobierno para llegar mejor posicionados a los comicios, aunque se trate de estrategias que no resulten necesariamente sostenibles en el tiempo, y requieran posteriores ajustes (por el actual gobierno o el próximo). 

Pero, además, los resultados de las elecciones pueden afectar la marcha de la economía, ya sea por reacciones en los mercados (cambiario, acciones, bonos, etc.) o por cambios que se decidan en la misma política económica. Las reacciones de los mercados ante los resultados electorales se producen en función de lo que se espera ocurra con la economía y la política económica tras los comicios, salvo que esos efectos ya se hubieran “descontado” previo a la elección, si su resultado era muy previsible.

 En cambio, las reacciones de política económica post elecciones pueden ser de dos tipos, según el resultado electoral y el tiempo que falta para los próximos comicios. Aplicado a la realidad argentina, sería lo siguiente: 

• Si como consecuencia de las PASO y/o las elecciones de noviembre próximo, en el oficialismo nacional consideran que tienen pocas chances de retener el poder en los siguientes comicios generales, pueden “salir a quemar las naves” en materia económica, con políticas muy expansivas, que apunten a revertir la situación política, o en su defecto, a dejar una mala herencia al próximo gobierno, que se supone sería de la oposición. Esta reacción de política económica podría ocurrir tanto entre las PASO de septiembre y la elección general legislativa de noviembre, como luego de la elección de noviembre; 

• Si tras las elecciones de noviembre próximo, en el oficialismo nacional consideran que tienen probabilidad alta o media de retener el poder en la elección de 2023, podrían existir cambios en la política económica que apunten a acomodar (al menos parcialmente y no necesariamente con un shock) algunas variables desequilibradas (ejemplo, tipo de cambio oficial, tarifas), que den aire para desarrollar una nueva política expansiva más cerca de la próxima elección, la que se considera más importante, pues define la nueva administración de gobierno. 

¿Cómo puede aportar la economía al resultado electoral en 2021? La situación de la economía puede influir sobre el resultado electoral, especialmente lo ocurrido en el período cercano a la elección, a través de la evolución de algunas variables más ligadas al bienestar de corto plazo de los votantes, como podrían ser las siguientes: 

• El poder adquisitivo de la población que vive de ingresos fijos, que son la mayoría de la población; es decir, trabajadores formales e informales, jubilados y beneficiarios de planes sociales; • La disponibilidad de crédito para consumo; 

• La confianza del consumidor o percepción de los ciudadanos sobre el gobierno;

 • La inversión ejecutada por el sector público, al ser un gasto con efectos muy visibles para los votantes; 

• La actividad general de la economía A continuación, se analiza brevemente lo ocurrido desde 2005 con las mencionadas variables, de probable impacto electoral.

La masa de ingresos fijos de las familias (salarios, jubilaciones y planes), sobre la cual influye tanto la evolución de los valores monetarios como de la cantidad de personas involucradas, en el primer semestre del 2021 ha perdido 3,7% de poder adquisitivo respecto al mismo periodo de 2020. 

Si existe una leve recuperación en la última mitad del año, el poder adquisitivo a la hora de votar en noviembre se ubicaría un 1,5% menor que en el segundo semestre de 2020). 

En comparación al nivel observado en los primeros semestres de los anteriores años eleccionarios, la masa real de ingresos fijos de cara a las elecciones 2021 se ubica un 49% por encima del nivel observado en el año 2005; aunque 7% por debajo del nivel alcanzado en el año 2009 y también 18% por debajo de 2013, en que perdió el oficialismo nacional las elecciones legislativas.

La masa salarial de los trabajadores aumentó con relación a los meses de confinamiento, existiendo en la actualidad 19 millones de personas ocupadas (1,9 millones de trabajadores más que durante el primer semestre de 2020). No obstante, la evolución del salario no corrió la misma suerte y volvió a perder contra la inflación. 

De acuerdo al índice de salario publicado por INDEC, a junio de 2021 la variación interanual del nivel general de salarios fue del 43%, mientras la inflación resultó del 50%. La tasa de empleo ha recobrado los niveles pre-pandemia, cercana al 42% de la población, valor semejante al observado en los anteriores años electorales. Sin embargo, la dinámica salarial resulta más errática: en 2009 el nivel general de salario se incrementó en promedio 19%, mientras la inflación arrojó una variación promedio interanual por encima del 14%. 

La situación en las elecciones de 2013 ya reflejaba una pérdida del salario real, suba salarial del 25% contra la inflación que trepaba un 27%.

En lo referido a planes sociales, en 2020 se otorgaron diferentes medidas transitorias en el marco de la emergencia sanitaria producto de la pandemia, por ejemplo, los pagos del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que fueron discontinuadas en 2021. A nivel nacional, el monto real destinado a personas en condición de vulnerabilidad resulta en 2021 un 41% superior a 2009, pero 8% inferior al gasto real en planes sociales del año 2013. Cabe señalar, que la realidad actual en términos del porcentaje de la población sumido en situación de pobreza dista de las anteriores elecciones: en 2009 el 28% de la población era pobre, en 2013 el 25%, mientras que, en la última medición disponible, la del segundo semestre de 2020, el 42% de la población argentina se encontraba en esa situación.

Respecto a la masa de ingresos previsionales, se observa una reducción real del 8% interanual en 2021. Producto de una reducción en la cantidad de jubilados y pensionados (40 mil beneficiarios menos que en la primera mitad de 2020) y que sus haberes han menguado en términos reales, luego que en 2020 se optara por una regla discrecional de actualización que licuó la evolución de los haberes más elevados. Si la comparación se efectúa contra 2009, la masa previsional de los adultos mayores es un 35% más favorable.

Si se compara 2021 versus 2013, la situación actual resulta un 1% más favorable que en dicho año.

En cuanto a la inserción laboral de los trabajadores, se observa un deterioro en el acceso a puestos registrados. En relación a otros años de elecciones legislativas, el porcentaje de la población que goza de un empleo registrado en 2021 es inferior (26,1%) al guarismo de las elecciones de 2013 (27%) y 2017 (27,7%).

En particular, se aprecia una reducción del 6% en el empleo asalariado formal en el sector privado, respecto a la situación que exhibía en 2017 y 4% inferior a la cantidad de puestos privados formales de 2013. Sin embargo, en simultáneo se evidencia un incremento en el empleo público combinado con una cantidad ascendente de monotributistas (16,6% y 15,6%, respectivamente, en comparación con 2013).

En igual sentido, la evolución del salario real muestra una tendencia erosiva desde el tercer trimestre 2015, con salarios públicos en niveles superiores que el salario privado registrado.

En 2021 el salario real se ubica por debajo de los guarismos observados desde el año 2008 en adelante.

El crédito al sector privado resulta equivalente a 4,5% del PIB en 2021, solamente superior a los guarismos observados en 2005 y 2006, dentro del período analizado. Se trata de una variable que no beneficiará electoralmente al oficialismo nacional en los comicios de 2021. 

Para agosto de 2021, el Índice de confianza en el consumidor (ICC) está 7,6% debajo del máximo registrado en el gobierno de Alberto Fernández, en enero de 2020. En comparación contra otros años de elecciones legislativas, el ICC está 11 puntos por debajo de 2013 y 1 punto por debajo de 2009.

 Respecto al índice de confianza en el gobierno (ICG), se ubica en 2021 muy por debajo (- 43%) del máximo observado en abril de 2020, en el segundo mes de cuarentena por la pandemia de COVID-19. Por otra parte, dicho índice se encuentra apenas por debajo de 2013 (0,1 pp menos) y bastante por arriba de 2009 (0,5 pp. por encima) constantes muestra una recuperación versus 2020, pero un 26% por debajo de las legislativas de 2017, 24% por debajo de las de 2013 y 17% por debajo de las de 2009.

Solo se encuentra por encima de la legislativa de 2005 (40% más).

La actividad económica desestacionalizada, para junio de 2021, se ubica un 24% por encima del mínimo de 2020 (abril). Sin embargo, está posicionada alrededor de 8% por debajo del promedio 2011-2019. En comparación con otras elecciones, la actividad económica está 9,1% por debajo de 2017, 9,1% debajo de 2013 y 11% por arriba de 2009.

¿Cómo puede afectar el resultado electoral a la economía?

Como se adelantó, los resultados de las elecciones pueden afectar la marcha de la economía, ya sea por reacciones en los mercados (cambiario, acciones, bonos, etc.) que producen efectos positivos o negativos en la economía o por cambios que se decidan en la misma política económica.

Las reacciones de los mercados ante los resultados electorales se producen en función de lo que se espera ocurra con la economía y la política económica tras los comicios, salvo que esos efectos ya se hubieran “descontado” previo a la elección, si su resultado era muy previsible. En este sentido, la especulación de los mercados sobre lo que ocurra con la política económica post elecciones se centrará en el “período 1”, posterior a las PASO y hasta los comicios de 2023, y lo que pueda ocurrir en el “período 2”, luego de diciembre de 2023. El período 1, a su vez, implica dos subperíodos: un “subperíodo 1.A”, entre las PASO y las elecciones de noviembre de 2021, y un “subperíodo 1.B”, entre las elecciones de noviembre de 2021 y los comicios de 2023.

Si bien existen planteos respecto a que los mercados reaccionarían favorablemente frente a un resultado electoral en 2021 que permita vislumbrar un cambio de administración en 2023, no hay que perder de vista que también influirá la forma en que reaccione la política económica e institucional si el resultado electoral de 2021 resulta por debajo de las expectativas oficiales. Si la reacción oficial se encamina hacia una política fiscal cada vez más expansiva, que eleve el déficit primario de 2021 arriba del 4% del PIB, y no deje lugar a un déficit descendente en 2022 (que permita ir a un superávit en 2023), podría generar en los mercados la percepción que aún con un cambio de administración en 2023, ésta tendría una situación muy compleja por resolver.

Como se dijo, las reacciones de política económica post elecciones pueden ser de dos tipos, según el resultado electoral y el tiempo que falta para los próximos comicios:

• Si como consecuencia de las PASO y/o las elecciones de noviembre próximo, en el oficialismo nacional consideran que tienen pocas chances de retener el poder en los siguientes comicios generales, podría decidirse “quemar naves” en materia económica, con políticas fiscales (y monetarias) muy expansivas, que apunten a revertir la situación política, o en su defecto, a dejar una mala herencia a la próxima administración. Esta reacción de política económica podría ocurrir tanto entre las PASO de septiembre y la elección general legislativa de noviembre, como luego de la elección de noviembre, aunque principalmente en el primero;

• Si tras las elecciones de noviembre próximo, en el oficialismo nacional consideran que tienen una probabilidad alta o media de retener el poder en la elección de 2023, podrían existir cambios en la política económica que apunten a acomodar (al menos parcialmente y no necesariamente con un shock) algunas variables desequilibradas (ejemplo, tipo de cambio oficial, tarifas), para lograr “aire” para desarrollar una nueva política expansiva más cerca de la próxima elección, la que se considera más importante, pues define la nueva administración de gobierno.

Si el resultado electoral de 2021 resultara poco satisfactorio para el actual gobierno nacional, y se decidiera por una política fiscal aún más expansiva que lo que viene aconteciendo en el segundo semestre de este año, claramente las consecuencias serán una inflación más alta (mayor emisión) o una deuda remunerada cada vez mayor del BCRA, que a mediano o largo plazo también terminaría en mayor inflación. Por ejemplo, si en lugar de un déficit primario de 3,5% del PIB, a fin de 2021 el déficit primario fuera de 5,0% del PIB, y el Tesoro lograra un rollover de deuda el resto del año similar al alcanzado en agosto último (98%), entonces los pasivos remunerados del BCRA se acercarían al 11% del PIB a fin de año, que se compara con el máximo de 11,4% observado en 2017, el máximo anterior y previo a la crisis “licuadora” de 2018.

Lo anterior en el caso que el BCRA se pusiera como meta no exceder de 50% de aumento interanual de la base monetaria a diciembre próximo. La alternativa sería un menor aumento de pasivos remunerados, lo que supondría que la base monetaria subiría adicionalmente, metiendo más presión a la brecha cambiaria y la inflación en el corto plazo.

En cambio, si el resultado electoral en 2021 deja entrever una probabilidad alta o media de permanencia en el poder en 2023, en el oficialismo podría existir una reacción hacia la moderación en la política económica, buscando cerrar rápido un acuerdo con el FMI, que implicaría una política fiscal y monetaria más parecida a la del primer semestre de 2021 que al segundo, y se buscaría corregir algunas variables desalineadas, aunque sea parcialmente, pensando en tomar aire y ganar tiempo para una nueva política expansiva apuntando a los comicios de 2023.

Respecto a las variables desalineadas, en 2021 se tiene, por ejemplo, un tipo de cambio real multilateral un 28% inferior al de 2007, un año que podría tomarse como conveniente para realizar comparaciones en tal sentido. Luego de las elecciones, en este escenario moderado habrá interés para recuperar el TCR multilateral, aunque la velocidad con que se lo haga dependerá básicamente de la evolución de las reservas de libre disponibilidad del BCRA. Si como está ocurriendo en los últimos días dichas reservas caen, durante un período extenso que podría llegar hasta abril de 2022, y a partir de enero se encuentran en niveles muy bajos, podría derivar en la necesidad de un salto discreto en el tipo de cambio nominal a inicios de 2021, para luego seguir con las minidevaluaciones diarias.

En cambio, si los precios internacionales de las exportaciones locales siguen acompañando y el drenaje de reservas entre septiembre 2021 y abril 2022 resulta poco importante, hasta que se vuelvan a incrementar con la cosecha de mayo-junio del año próximo, en el gobierno se verán tentados a incrementar las minidevaluaciones diarias del tipo de cambio tras las elecciones de noviembre, pero sin saltos discretos importantes.

Por supuesto, la brecha cambiaria actual resulta insostenible para pensar en una economía más sana y con posibilidades de crecer a largo plazo, por lo que debería ser otro problema a considerar por la política económica post electoral, si se impone la mirada moderada dentro del gobierno.

El nivel de reservas de libre disponibilidad le pone un tope a las posibilidades de expansión económica. La recuperación está condicionada a que las reservas no decaigan, lo que requiere expandir las cantidades exportadas, o que se mantengan altos los precios de las exportaciones argentinas, como ocurrió en 20212

. La expansión en las cantidades resultará difícil con las actuales condiciones de competitividad cambiaria y estructural y de brecha cambiaria. Mientras que esperar a que los precios de las exportaciones se mantengan muy altos para que lubrique una expansión de la actividad interna luce muy arriesgado, dada la volatilidad que caracteriza a dichos precios.

Está claro que las tarifas se hallan nuevamente atrasadas, aunque no tanto como en 2015 (en electricidad cubren un 37% del costo, frente a 14% en 2015 y 64% en 2019). En el escenario moderado habría que esperar alguna recomposición de tarifas o que no sigan perdiendo frente a los costos, no así en el escenario en que el oficialismo decide una política muy expansiva para revertir los votos perdidos.

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La rebelión de los años impares

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En el largo ciclo de “stop and go” de la década de estanflación por la que atraviesa la Argentina, los años impares, en los cuales se realizan comicios presidenciales o de medio término, se habían caracterizado por anotar una inflación inferior a la de cada año previo. Este mecanismo no ha sido una garantía para los oficialismos de turno, pero ciertamente ha sido una herramienta electoral.

 El teorema se cumplió hasta 2017, pero en 2019 el gobierno de Cambiemos no pudo evitar que la variación del IPC resultara 20 puntos superior a la del año anterior, con los resultados conocidos. La actual gestión aspira a retomar la tradición, y en el Presupuesto prevé que la inflación de 2021, con un 29 % proyectado, resulte inferior a la de 2020. Sin embargo, la macroeconomía no es consistente con una desaceleración de la inflación, por lo que esta expresión de deseos del oficialismo, si se mantiene como prioridad, sólo puede deparar mayor represión en el funcionamiento de los mercados. 

En realidad, frente al aumento del desempleo y el derrumbe de la inversión, se requiere un replanteo de las políticas, asignando a la política fiscal el rol de ancla para evitar una espiralización de la inflación, recuperando condiciones para el despliegue de la actividad privada. La confianza se reconstruye sobre la base de diagnósticos realistas.

La brecha cambiaria, instalada en el entorno del 100 %, es el síntoma más evidente de los desequilibrios macroeconómicos que habrán de empujar con más fuerza a la inflación. Desde diciembre, el Banco Central emitió 1,9 millón de millones de pesos para financiar al Tesoro, a un ritmo anualizado equivalente a 9,5 puntos del PIB y, para moderar el impacto inflacionario, absorbió una fracción significativa a través de pases y Leliq. Así, sus pasivos que devengan interés se incrementaron al ritmo anualizado de 5,3 % del PIB.

De cara a 2021, al flujo de pesos a favor del Tesoro hay que añadir el “déficit cuasifiscal” en cabeza del BCRA. Con el limitado aporte del Presupuesto 2021 a la reducción del rojo estatal, hay que esperar que la emisión de pesos alcance el año próximo a 7 puntos del PIB, incluyendo intereses de Leliq. Habrá severas limitaciones para absorberlos, ya que hacia fin de este año los pasivos remunerados del Central (pases más Leliq) habrán de aproximarse a 11 % del PIB, un guarismo que dispara las alarmas: la crisis de 2018 se desencadenó cuando el stock de Lebacs alcanzó ese umbral. 

La base monetaria amplia, que incluye los pasivos remunerados, está subiendo al 90 % interanual, por lo que no es casualidad que el “dólar bolsa” y el CCL se hayan más que duplicado en doce meses. No puede entenderse la pérdida de reservas del Central sin reparar en la brecha cambiaria, con un dólar libre cuyo precio se define en el plano monetario. De cara a 2021, y dadas las condiciones descriptas, la expansión monetaria tendría un piso del 60 %, por lo que no sorprende que en la encuesta que realiza el BCRA entre consultores la inflación prevista para 2021 se ubique en 47,5 %. Cabe advertir que ese sería un “buen escenario”, bajo las condiciones actuales.

Detrás de los desequilibrios está la cuestión fiscal, que en realidad es un problema de gasto público, dado lo insustentable de la carga impositiva. Al margen de las presiones inflacionarias, cabe destacar tres dimensiones: 

– Entre 2003 y 2015, el empleo público y las moratorias jubilatorias fueron utilizadas como “sustituto” de la falta de empleo privado. En el presente, con 21 millones de personas que reciben transferencias del estado, esta política ha tocado su límite justo cuando la tasa de desempleo se ha disparado, amenazando con un nuevo piso de 15 %. Sólo el sector privado podrá revertir este fenómeno. 

– Desplazar el eje a favor del empleo privado obliga a pensar en competitividad. Pero la expansión del gasto público, por encima de ciertos límites, genera atraso cambiario. Un gasto primario (sector público nacional) que no erosione la competitividad podría estar en torno a 75 mil millones de dólares (oficiales), como el de 2019. 

Sin embargo, según el Presupuesto 2021, esas erogaciones se ubicarían en 84 mil millones. Llevar el gasto al nivel de 2019 exige más austeridad, o un tipo de cambio más alto. En lugar de un dólar a fin de 2021 de 102,4 pesos como dice el presupuesto, una paridad en torno a 125 pesos.

– La tercer vertiente tiene que ver con la política fiscal y su impacto en el crédito público. Este año hay un recorrido paralelo entre Ecuador y la Argentina, por la reestructuración de la deuda y las negociaciones con el FMI y, sin embargo, a pocas semanas de dos canjes exitosos, el riesgo país de la Argentina es 400 puntos superior. Nuevamente, esto responde a diferentes grados de compromiso fiscal. 

Para 2021, Ecuador se propone llevar el déficit primario del sector público a 1,3 puntos del PIB, pero la Argentina quedaría en 4,2 puntos, pese a que el rojo de 2019 era similar en ambos países. El grueso de la diferencia tiene que ver con un gasto público que en nuestro país apunta a ubicarse en 2021 cerca de 3 puntos del PIB por encima de 2019. 

La drástica suba del desempleo y la destrucción de la inversión deberían ser suficientes argumentos a favor de un cambio en el centro de gravedad de la política económica, pasando a poner eje en la recuperación del sector privado y asignando a la política fiscal el rol de ancla para la inflación y la reducción del riesgo país. 

Por la mayor inflación, la recaudación de 2021 será superior a la presupuestada: alimentar con ese plus un fondo que acumule ahorros para los vencimientos de deuda futura, sería un gran aporte a la reducción del riesgo país. Este replanteo debería involucrar a la política cambiaria, para alinear el gasto público en dólares (oficiales) con el de 2019 y, al menos, eliminar las trabas para el funcionamiento del “dólar bolsa” y el CCL.

Pese a estas evidencias, la agenda oficial sigue incluyendo el “Impuesto a la Riqueza”, que cae sobre activos productivos e ignora los pasivos para su computo. Más que un impuesto, es una proclama anti-inversión. El Congreso debería evaluar alternativas, como la Ley de Inversiones en Bonos Solidarios bosquejada por Amadeo Vázquez. Sería obligatoria para los tenedores de Bienes Personales de más de 500 millones de pesos a fin de 2020, netos de activos productivos y de las deudas. Quienes resulten alcanzados, deberían invertir una fracción de su patrimonio en bonos provinciales (1/4 del total), nacionales (1/4) y privados (2/4), amortizables en 3 ó 4 años. En ese caso, el aporte solidario podría ser un aliado de la inversión.

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El mundo da un respiro a la Argentina; ¿se aprovechará?

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Considerando el último quinquenio, el 2020 no será el más dinámico en términos del crecimiento del PIB mundial, pero apunta a ser el año de mayor equilibrio entre las variables relevantes del contexto global para un país como la Argentina. Hay que recordar que entre 2017 y 2018 las tasas de interés subieron en el mundo, y vaya si esto le afectó a nuestro país, mientras que en 2019 el comercio mundial se estancó, como derivación directa de la pulseada entre Estados Unidos y China, que ahora está entrando en un impasse.

Así, en 2020 el comercio mundial se estará recuperando (un 2,7 % según la OMC), y no habría amenazas visibles del lado de las condiciones financieras (tasas, relación dólar/euro, etc.). El precio de la soja en un nivel intermedio entre el piso de 2019 y el techo de 2016 y un Brasil experimentando la mayor tasa de crecimiento desde 2013 completan el combo de un escenario que no podría ser considerado adverso, aunque obviamente subsisten diversos riesgos, desde la geopolítica en medio oriente hasta los problemas sanitarios en China.

De confirmarse que las oportunidades habrán de predominar, este será un verdadero test para la política económica, que parece haber sido diseñada con un sesgo defensivo, de abroquelamiento, al igual que para la negociación de la deuda, ya que eventuales demoras y/o traspiés tendrán un doble costo, al afectar la capacidad de las empresas locales de competir de igual a igual en el mercado mundial.

Lejos del “viento de cola” que incrementó en un 50 % el índice de términos de intercambio entre 2005 y 2012, la Argentina podría encontrar de todos modos oportunidades en este 2020. Parecen quedar atrás las amenazas de guerra comercial, el dólar dejó de apreciarse en el mundo y las tasas de interés, que subieron entre 2016 y 2018, ahora se encuentran un par de andariveles por debajo.

Eso no quiere decir que no existan preocupaciones, caso de la continuidad del crecimiento en Estados Unidos, que ya acumula un record de guarismos positivos por casi 130 meses y se encuentra suficientemente maduro como para no ser alterado por eventuales sorpresas durante la campaña electoral de este año, con rasgos políticos cada vez más “latinoamericanos”.

Por lo demás, luego del acuerdo “Fase 1” entre los Estados Unidos y China, se observa distensión en cadenas productivas que habían comenzado a trabarse por las subas de aranceles y las retaliaciones, por lo que el volumen de comercio mundial y el intercambio global de manufacturas deberían comenzar una lenta recuperación.

El pacto entre las potencias define un redireccionamiento de compras de China a favor de los Estados Unidos por unos 200 mil millones de dólares en dos años, incluyendo una gama amplia de productos agropecuarios. Ese punto del acuerdo puede inicialmente desatar mayor competencia entre Brasil y la Argentina por capturar terceros mercados, pero el efecto general del “Fase 1” debería compensar estas tribulaciones de corto plazo.

Así, el PIB global, que experimentó una brusca desaceleración desde el crecimiento de 3,7 % en 2018 al 3,0 % estimado para 2019, en 2020 podría adicionar entre 0,2 y 0,3 puntos porcentuales al guarismo del año pasado.

Ese nuevo contexto podría ser potenciado para un país como la Argentina por tres factores específicos: a) un precio de los granos (la soja, en particular) más parecido al de 2018; b) una tasa de interés internacional que actualmente se ubica en 1,85 % (Libor), cuando en 2018 fluctuaba en torno a 2,5 %; c) la continuidad de la recuperación de la economía brasileña.

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