Jorge Vasconcelos

investigador jefe de Ieral, Fundación Mediterránea

Federalismo y gobernabilidad

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Pueden cuestionarse muchas decisiones de la actual administración nacional, pero tiene un activo en la cuestión del federalismo. No se trata sólo de haberle quitado discrecionalidad al giro de los fondos, hay otras dimensiones, como la mayor conectividad aérea de las distintas regiones, o el impulso a actividades productivas del interior profundo, que no se limitan al caso más citado, el de Vaca Muerta. En el plano fiscal, las transferencias automáticas a provincias pasaron de significar el 25,9 % de los recursos tributarios nacionales en 2015 a 31,9 % en 2019. Estos cambios han contribuido a la gobernabilidad, y de hecho en 2019 están ayudando al triunfo electoral de los oficialismos locales, una paradoja para Cambiemos que sólo administra cinco provincias. Pero hace falta ahora una contribución más decidida de las provincias a la competitividad, ya que sin crecimiento los gobernadores se enfrentarán a un escenario más adverso. Aquellos que administran provincias que dependen de la coparticipación y del empleo público no tendrán la mejora de recursos esperada. Y los que  están al frente de provincias más grandes, o ricas en recursos naturales, tendrán más dificultad para obtener recursos propios y el voto local se resentirá, porque está asociado a la evolución del empleo privado. Lo que también está en juego en estas elecciones, es la capacidad del próximo gobierno nacional de encontrar puntos en común con los gobernadores, para una nueva secuencia de reformas a favor del crecimiento y la competitividad.

Aunque el anuncio de la incorporación del senador Pichetto a la fórmula del oficialismo haya sorprendido, en realidad marca continuidad con el sesgo de muchas de las políticas adoptadas desde 2015, que tuvieron al Senado como eje articulador. Una movida a favor de la gobernabilidad debería influir  positivamente en una fracción de los votantes, aunque es difícil saber si esto se habrá de exteriorizar ya en las PASO, o habrá que esperar a octubre o noviembre. Los tiempos podrían adelantarse por la posible extensión de la “paz” cambiaria que conllevan estas novedades, junto con la continuidad de la desinflación, ya que al 3,1 % de variación del IPC de mayo podría seguir un 2,5 % para junio. Pero todavía hay que aguardar el impacto electoral de las
fórmulas que aspiran a quebrar la polarización.

Mientras tanto, los interrogantes sobre la gobernabilidad se reflejan, entre otros indicadores, en la elevada tasa de riesgo país, aunque ésta haya descendido un par de escalones. Faltan mensajes explícitos de algunas de las fórmulas presidenciales en competencia, pero no hay que suponer que, con meras declaraciones, el problema se puede arreglar. También importa la percepción de la “capacidad de pago” que la Argentina habrá de tener en el futuro, y para eso la variable crecimiento es clave.

Aunque algunas campañas refieran a la deuda pública como “impagable”, los datos no convalidan el eslogan. Como se apuntara en febrero (“En economía, hay vida después de las elecciones”), los pasivos exigibles que enfrenta el Tesoro con acreedores privados son manejables. Por su calificación crediticia, despejadas las incertidumbres y con un programa de reformas en marcha, la Argentina podría emitir el año próximo bonos a 10 años a una tasa de entre 7,5 y 8,0 % anual en dólares, dada la reciente colocación de Ecuador a ese plazo, con un rinde de 9,05 % anual.

Si bien el peso de la deuda pública sobre el PIB es significativo, la Argentina está a tiempo de desactivar amenazas: 1) el contexto internacional, con tasas de interés en Estados Unidos que convergen al 2 % anual es inédito y amigable respecto de los escenarios que tocó vivir en las crisis de principios de los ´80 y de 2001/02; 2) el grueso de la deuda tiene como acreedor al propio sector público (40 % del total), a organismos como el FMI, BID y demás (23 %), mientras que el 37 % restante es la que tiene como contrapartida a privados.

El FMI proyecta para 2023 que la deuda pública de la Argentina se ubique en 60,7 % del PIB, y esto es factible. Sólo que el estado tiene que ahorrar y la economía crecer… En el corto plazo, hay un desfiladero a atravesar, por los vencimientos de deuda local (Lebacs, Letes) que promedian 3,9 mil millones de dólares/mes entre junio y octubre. Pero éste no es un tema de solvencia de largo plazo, sino de la voluntad de pago que expresen los candidatos con chances. Las reservas del Banco Central en 64 mil millones de dólares permiten “bancar” grados intermedios de dolarización y de refinanciación (entre 40 % y 50 %) de los vencimientos de Letes y Lebacs.

Sin políticas disruptivas, las reservas del Central podrían superar los 50 mil millones de dólares hacia el 10 de diciembre. En ese caso, no sería tan “cuesta arriba” la tarea de cubrir las necesidades de financiamiento de 2020, que suman algo más de 30 mil millones de dólares, incluyendo intereses y vencimientos de capital.

Bajar el riesgo país de aquí a fin de año es una condición necesaria para volver a crecer, pero no suficiente. La Argentina reclama reformas que permitan que sus sectores productivos pasen a ser eslabones confiables de las cadenas de valor globales, como única opción para lograr que las inversiones y el empleo se recuperen.

Ese es el camino adoptado por el grueso de los países de la región, y la Argentina, al igual que Brasil, todavía está a tiempo de plegarse.

Nada mejor que nuevos pactos federales para atacar el “Riesgo-competitividad (falta de)”, y este es un ítem que debería escalar varias posiciones dentro de la agenda electoral.

 

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La deuda de la política con la economía

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No debería tomarse como algo natural que el riesgo país en la Argentina suba en cada proceso electoral y que la oposición, por acción u omisión, alimente esa incertidumbre. A primera vista, la víctima es el gobierno de turno, pero la sucesión de estas situaciones afecta principalmente a la población. La característica pendular de nuestra historia política es dominante, y es el factor detrás de la mediocre performance de la economía a lo largo de décadas. Este 2019 está confirmando lo que le cuesta a la dirigencia política salir del atolladero.
Las vagas consignas de crecimiento e inclusión social que se escuchan hasta ahora no están a la altura de los problemas del país. La discusión no tiene que ver con bonitos lugares de llegada, sino con cómo se llega a tales objetivos. Cada uno de los casos de éxito en el mundo en las últimas décadas se explica a partir de la decisión política de seguir un determinado modelo de país, que en general ha sido diseñado en base a experiencias previas positivas. Pero con una transición que ha sido exigente. Cuando España y Portugal decidieron en 1986 incorporarse a la Unión Europea, estaban poniendo a sus empresas a competir de igual a igual con sus pares de Alemania y Francia. Cuando China y Corea del Sur se propusieron dejar atrás la pobreza, no hicieron más que copiar los pasos que había dado Japón, y así sucesivamente.
En la Argentina, en cambio, buena parte de la dirigencia política pretende “inventar” un modelo propio. ¿No será una excusa para eludir decisiones difíciles?. Se argumenta que el país tiene sus peculiaridades, que los recursos naturales, que la industria no está madura para superar la sustitución de importaciones.

 
Es cierto que los recursos naturales no son una pieza fácil en el rompecabezas del crecimiento. Pero, en este plano, todo depende del contexto. Por caso, los recursos no convencionales de Vaca Muerta estaban disponibles desde hace tiempo, pero hizo falta que se ofrecieran precios de mercado y la modernización de los convenios laborales para que la rueda arranque. Bajo esas nuevas condiciones, el shale pasó del 8,3 % al 42,4% en su participación en la producción de gas entre 2015 y 2019, y de 22,7 % a 58,5 % en el petróleo.
En el caso de la agroindustria, vale consignar que la cosecha récord de la campaña 2018/19 equivale a 33,8 mil millones de dólares, pero ese volumen a los precios de 2008 hubiera reportado unos 55,0 mil millones en dólares de 2019, un plus de nada menos que 21,2 mil millones. Ya sabemos lo que ocurrió en 2008, cuando aquellos precios internacionales (los mejores del siglo) despertaron la codicia del gobierno de turno, intentando subir impuestos (la abortada Resolución 125). Aquellas medidas llevaron a menos inversión y estancamiento productivo y de infraestructura.
 

Y respecto a las tradiciones industriales de la Argentina, nada que objetar. Más cuando se cumplen 50 años de la demostración que los Torino hicieron en Nurburgring, de la mano de Oreste Berta. Se trata de asumir, como lo hicieron Corea y China, que el desarrollo industrial necesita de la competencia internacional, única forma de guiar inversiones a productos, diseño y tecnología que efectivamente tienen demanda, más allá de la frontera.
La industria requiere de incentivos para focalizarse en nichos en los que resulte competitiva, insertarse en clusters que faciliten la difusión del conocimiento y asociarse a los sectores que son dinámicos en cada etapa. Sin masa crítica de comercio exterior no podrá lograrlo, por lo que habrá que asumir el desafío. La apertura del PIB es de sólo el 25 % en la Argentina, comparado con el 66 % de España y el 81 % de Corea. La pérdida de posiciones es alarmante. El PIB por habitante de la Argentina es la mitad del de Uruguay y Chile, cuando a mediados de los ochenta los duplicaba ¿Cómo este derrumbe puede estar ausente del debate electoral?. 
Aunque Argentina y Uruguay tienen historias productivas diferentes, el tipo de problemas que han enfrentado muestra elementos en común. Uno de los más relevantes ha sido la crisis bancaria de 2001/02.Pues bien, sabemos que el vecino del Río de la Plata no recurrió a un mega default ni a una pesificación, y esto se logró por acuerdos políticos entre gobierno y oposición, leyes aprobadas por consenso que posibilitaron apoyo financiero internacional. Uruguay supo evitar crisis con políticas de estado, y la Argentina no. Y esto tiene consecuencias: a mediados de los ’80, el nivel de pobreza era semejante en ambas orillas del Río, pero ahora Uruguay logra tasas de un dígito, mientras nuestro país sigue por encima del 30 %.


Para volver a crecer y recuperar tiempo perdido, el “modelo” admite matices, respecto del rol del estado, el ritmo al que la economía se abre y se reorganizan las instituciones. Pero lo que no se puede sacrificar es la búsqueda de competitividad a ritmo forzado.
Hay una correlación notoria entre ingreso per cápita y el lugar que ocupa cada país en los rankings de competitividad. Uno de ellos, el del World Economic Forum, muestra a la Argentina en el lugar 92 entre 140 países, mientras España, Corea e Israel, que triplican o cuadruplican nuestro PIB per cápita, se encuentran de 60 a 70 puestos más adelante. En la región, Uruguay ocupa el casillero 76 y Chile el 33. La agenda para avanzar en este terreno incluye ítems como estabilidad macroeconómica, eficiencia en el mercado de bienes y de trabajo, infraestructura. Nuevamente: ¿cómo pueden estos temas estar ausentes del debate electoral?
 

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La coyuntura, maltratada por años de estancamiento

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Para describir los principales rasgos de la coyuntura, el sindrome de la “frazada corta” es quizá uno de los más utilizados, siendo también uno de los más apropiados. Y la marcha de la inflación encuadra perfecto en esa caracterización, ya que por un lado sería conveniente que baje a un ritmo más acelerado, para impactar positivamente en el poder adquisitivo de los salarios, pero si ello ocurriera, la recaudación de impuestos como el IVA e Ingresos Brutos no cumpliría las metas fiscales. Con demasiados objetivos y pocos instrumentos, el zigzag es el movimiento dominante, ya que cuando una variable (inflación, dólar, tasas) se aleja del precario equilibrio, se pone en acción una serie de políticas compensatorias. La pericia del navegante, las condicionalidades del crédito del FMI juegan su rol, pero no debe olvidarse que ocho años de estancamiento han debilitado los anticuerpos de la Argentina e imponen severas restricciones, que sólo podrán ser superadas en un horizonte de largo plazo.
En “La década diferenciada de América Latina”, publicado el 13 de enero pasado, se procuraba mostrar que el ciclo de stop and go que inició la Argentina en 2011 y que llevó a crecimiento cero entre ese año y 2018, no fue producto de la fatalidad ni el único escenario posible cuando el precio de la soja comenzó a caer. Por el contrario, el estancamiento entre 2011 y 2018 compara con un crecimiento de 21,9 % en Chile y de 31,6 % en Perú, países que también sufrieron el deterioro de los términos de  intercambio en ese período. El artículo destacaba que esa bifurcación de caminos entre los países de la región (Brasil siguió una ruta semejante a la de Argentina) tuvo que ver “tanto con el modo con el que los gobiernos se apropiaron de los beneficios del  boom que llegó hasta 2011, como con el tipo de políticas económicas con las que se enfrentó la etapa posterior…”.

Las políticas contraindicadas que se aplicaron desde 2011 en la Argentina como reacción al menor precio de las commodities tuvieron severas consecuencias, que han ido más allá de la falta de crecimiento del período. Esto se puso en evidencia cuando en el segundo trimestre de 2018 cambiaron las condiciones internacionales y se frenó la entrada de capitales al país: el nuevo escenario hacía inevitable un ajuste de las cuentas externas, profundo dado el carácter bimonetario de nuestra economía, pero el punto de partida para esa tarea no era el mejor.
El ajuste externo debió hacerse en un contexto que conservaba muchos rasgos de 2015: a) elevada inflación; b) una economía cerrada, con poca incidencia del comercio exterior sobre el PIB y el empleo, siendo que las exportaciones de bienes y servicios (incluido turismo) representaban apenas el 11,2 % del PIB en 2017.
En términos nominales, la devaluación de la moneda local tenía que ser mucho más elevada que la observable en una economía sin inflación, una peculiaridad que desordena al resto de las variables, con el agravante de tener un efecto muy limitado para la corrección del déficit externo, debido a la baja ponderación de las exportaciones, tanto por su valor en dólares corrientes como por su participación en el PIB. Con ventas al exterior que representan sólo 11,2 % del PIB y con una devaluación del peso que introduce mucho ruido en las variables, al final el ajuste externo terminó completándose con la fuerte caída de las importaciones, la otra cara  de la moneda de la recesión.
En términos de empleos, la dinámica es similar, ya que los puestos de trabajo asociados al negocio exportador son sólo una fracción, y lo que predomina es la contracción de la actividad en sectores como el comercio, la construcción y las industrias que no logran ser competitivas.

En la Argentina, los ocupados en el sector privado que están “en blanco” suman 6 millones de personas, fluctuando en torno a ese número desde hace una década. Es una base muy estrecha sobre la que apoyar el tinglado y esto se nota en la altísima presión tributaria que sufren empleados y empleadores. En nuestro país, sólo 13 de cada 100 personas tienen un empleo privado formal, mientras en Chile esa relación es de 26 cada 100. Esta asimetría se potencia por el hecho que en la Argentina el Gasto público equivale a 41 % del PIB, comparado con 25 % en Chile. La mitad de los cimientos para soportar casi el doble de edificio!!.
Por eso no sorprende que, para corregir el déficit fiscal, la Argentina haya recurrido a la peor combinación, con suba de impuestos y baja de la obra pública. Por supuesto que este mix, junto con las dificultades del frente externo, no ha resultado gratuito en términos de nivel de actividad.
Además, cuando se intenta conectar el estancamiento con las tribulaciones de la coyuntura, el factor expectativas adquiere relieve. La fatiga del ajuste no es un capricho de la población, aunque no exista demasiado por repartir. Un trabajo de los economistas Marcelo Capello y Gerardo García Oro de IERAL muestra que la masa salarial (sueldos, jubilaciones y planes sociales) podría recuperarse un 9,4 % en términos reales en el segundo semestre, aún con una inflación de 35 % en 2019, pero así quedaría en el promedio de los últimos años.
De cumplirse esta proyección, la masa salarial de la segunda parte de 2019 se ubicará un 3,7 % por encima del primer semestre de 2011. Un guarismo magro, pero hay que tener en cuenta que, desde 2011, el PIB por habitante ha caído casi un 9 %. Por eso, en este año electoral, más que prestar oídos a las promesas, conviene reparar en las ideas que apunten a dejar atrás tantas experiencias fallidas.
 

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Tasas y dólar, en la búsqueda de un nuevo equilibrio

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Más allá del lapsus presidencial, el Banco Central tiene que haber detectado que, después del alentador 2,6 % de diciembre, la tasa de inflación habría de encontrar una fuerte resistencia a perforar el andarivel de 3 % mensual en la primera parte de 2019. Por eso sorprendió la velocidad con la que bajó la tasa de interés de política monetaria (Leliq) desde principios de año, más de 15 puntos porcentuales hasta el piso de mediados de febrero. La autoridad monetaria recién modificó esa postura cuando el precio del dólar comenzó a repuntar, mostrando mayor sensibilidad al tipo de cambio que a la inflación. Ahora, con tasas en 49 % y dólar en torno a 40 pesos, podría abrirse un período de menor volatilidad, pero quizá conviviendo con una inflación en torno o superior al 3 % mensual hasta entrado el segundo trimestre. La tasa de interés (Leliq) subió 5 puntos en una semana, pero aun así se ubica 10 puntos por debajo de mediados de diciembre, y el precio del dólar ha quedado 5 % por encima de aquella fecha. Con expectativas de inflación que pueden corregirse al alza, habrá dificultad para cerrar acuerdos salariales por doce meses, pero pueden firmarse convenios de menor plazo y actualización posterior. Esta modalidad puede ayudar a recuperar consumo, ya que se complementaría con jubilaciones y planes sociales subiendo al 3,8 % mensual en el segundo trimestre y provincias con políticas salariales acordes al año electoral. Además, aunque la tasa de interés nominal haya vuelto a subir, en términos reales es un tercio de la observada en la última parte de 2018. Para no obstaculizar la salida de la recesión, el combo debe incluir menor volatilidad del tipo de cambio hasta mediados de año, si es que el proceso electoral lo permite.
Después de la devaluación y recesión de 2016, uno de los factores que permitió la posterior recuperación de la actividad fue la rápida desaceleración de la inflación, que pasó a 24,8 % a fin de 2017. Esa referencia puede haber sido tomada para elaborar el presupuesto de 2019 y las proyecciones que incluye el acuerdo con el FMI.
Sin embargo, la experiencia de 2017 no es fácilmente extrapolable a 2019: a) el traspaso a precios de la devaluación de 2016 fue muy rápido, ya que la variación del IPC (41,0 %) fue equivalente a 2/3 de la suba del tipo de cambio (61,5 %), quedando muy poco residuo para 2017; b) asimismo, las condiciones macroeconómicas y políticas de 2017 permitieron que ese año la variación del tipo de cambio haya sido de sólo 12,1 %.
A diferencia de 2016, en 2018 la inflación (47,6 %) capturó sólo 41 % de la suba del dólar (115,3%). Queda margen para que otra fracción de la devaluación se traspase a precios en estos primeros meses de 2019, a lo que hay que sumar el ajuste de tarifas entre enero y abril, que por sí solo aportaría 1 punto mensual al índice. Esto en el contexto de una política monetaria que se relajó en forma sorprendente en el arranque del año, ya que “ex post” se advierte que, en lugar de mantener congelada la base monetaria en el nivel de diciembre, debería haber habido contracción -por razones estacionales- hasta mediados de marzo.
Recientes anuncios del Banco Central revierten ese relajamiento, aunque sin llegar a la dureza monetaria de los meses de octubre y noviembre pasados. Si esto se tradujera también en una estabilización del tipo de cambio, entonces podría esperarse que, luego de una meseta hasta abril, a partir de allí el sendero de desinflación continúe su camino.
La pregunta es si la demora en la desinflación habrá de prolongar la recesión. Ya se ha subrayado la importancia de una inflación más cerca de 2 % que de 3 % para que el poder adquisitivo de los salarios comience a recuperar terreno en el margen, fenómeno clave para el consumo. Por ende, este escenario configura un obstáculo para la recuperación más firme del nivel de actividad.
Sin embargo, existen factores compensadores. Durante el segundo trimestre, jubilaciones y planes sociales estarán subiendo al 3,8 % mensual, mientras que en las provincias cada oficialismo habrá de impulsar una política salarial acorde al año electoral, con finanzas relativamente holgadas. Del lado del sector privado, para evitar confrontación y demoras, quizá lo recomendable sea acortar los plazos de los ajustes salariales, con revisión periódica. Se estaría perdiendo el “ancla salarial” pero, como política de transición, podría ser la más adecuada.
Para que las expectativas de inflación no se disparen, el resto de los instrumentos es relevante. El esquema de control de la base monetaria podría hacerse más previsible para lo que resta del año, incorporando lo aprendido en el último período, al tiempo que las recientes turbulencias han mostrado que el Banco Central tiene poder de fuego, incluida la operatoria en el mercado de futuros. En la medida que los vencimientos de deuda pública se sigan refinanciando como hasta aquí, el Tesoro tendrá margen para apartar dólares originados en el crédito del FMI para poder volcarlos al mercado cuando la oferta de “soja-dólares” comience a debilitarse. Y esa partida podría superar los 5 mil millones de dólares.
En condiciones normales, el 2019 no es un año de “restricción externa” en el que la falta de dólares pueda trabar la marcha de la economía. De hecho, el panorama para las exportaciones y los precios de las commodities podría mejorar si la temida guerra comercial entre las potencias mundiales logra ser evitada, tal como indican señales recientes.
 

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En economía, hay vida después de las elecciones

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La coyuntura domina todas las variables y, en parte, esto puede ser atribuido a la incertidumbre electoral, ya que la Argentina es un país que carece de políticas de estado. Sin embargo, el programa económico no debería autolimitarse por ese factor, aunque el sector privado pueda confiar o no en su continuidad. Por ejemplo, el esquema de estabilización en vigencia, basado en el control de la base monetaria, ha fijado sus parámetros hasta mediados de este año, pero se impone ampliar ese horizonte. A su vez, la forma en la que la economía pueda viajar hacia un escenario de verdadera estabilidad depende del mix de una política monetaria y cambiaria que sigue condicionada por un sector público fuera de escala, tanto por el lado del gasto como de la presión tributaria, por lo que el sendero de las variables fiscales será crucial. De igual modo, la velocidad de esta travesía está atada a la factibilidad legal de desindexar los contratos, tal como ocurrió con el plan Austral (1985) o el de Brasil cuando se introdujo el real (1994). La deuda pública exigible (privados más FMI, BID y demás organismos) estimada para 2019 es de 53,2 % del PIB, por lo que existen muchas opciones antes de pensar en un default, siempre que la economía crezca y perdure la austeridad fiscal. Respecto de las reglas de juego para la inversión, es clave el rediseño del Mercosur, pero la idea de recortar a la mitad los aranceles de importación que se barajó en la cumbre MacriBolsonaro debería adquirir un carácter más formal, para ser evaluada.
Ya se ha subrayado que, luego del crítico 2018, la más sensata aspiración para 2019 es que cumpla un rol de transición, en el que los precios relativos no vuelvan a desalinearse y se consolide la fuerte corrección de los desequilibrios, tanto del frente externo como del fiscal. Sobre bases mucho más sólidas, corresponderá al presidente que asuma a fin de este año liderar o no la “construcción de futuro” de la economía argentina pero, justamente por eso, la gestión actual tiene tareas pendientes al respecto.
Entre las cuestiones más inmediatas de la agenda está el régimen que entró en vigencia en octubre pasado, que busca contener la inflación limitando la expansión de la base monetaria y deja flotar al tipo de cambio en el amplio territorio de la “zona de no intervención”. La tasa de interés de 75 % anual (Leliq) con la que arrancó el experimento hizo que fuera muy cuestionado, pero ahora parece haber ganado más consenso. Sin embargo, en algún momento este rústico mecanismo deberá ser sustituido.¿ Es ésta una cuestión de meses o de años?
El criterio más apropiado para discutir su “vida útil” parece ser el nivel que alcance la tasa de inflación, pero existe un significativo componente inercial, por lo que perforar el piso de 2 % mensual no habrá de resultar sencillo. Aparte de mantener rigor fiscal y monetario, ¿será necesario desindexar la economía?. Dado que una parte significativa del gasto público está indexada, intentar avanzar más rápido, abatiendo la inflación con restricción monetaria complicaría el frente fiscal, ya que la recaudación tributaría iría por detrás de las erogaciones. Pero si se propusiera algún tipo de desagio, para desindexar contratos, tal como ocurrió con el Austral (1985) o con el plan real (Brasil, 1994), ¿tendría esto aval de la justicia argentina?. ¿Puede hacerse un plan sin conocer previamente el laudo de la Corte Suprema?
El árbol de opciones también vale para la cuestión cambiaria. El esquema vigente no sólo implica flotación entre el piso y el techo de la “zona de no intervención”: a) define una amplia brecha de 30 % entre ambos extremos; b) las operaciones del Banco Central, tanto en la punta compradora como la vendedora, están limitadas por monto.
Teniendo la ventaja de la simplicidad, este régimen no podría impedir fuerte volatilidad de las tasas de interés en situaciones de estrés electoral. Frente a ese riesgo, y pese a que está claro cuál ha sido el espíritu de lo acordado en setiembre/octubre pasados entre el gobierno y el FMI, no habría que desechar mecanismos transitorios, apuntando a menor amplitud de la banda entre el piso y el techo (¿20 % en lugar de 30 %?) y a una multiplicación del “poder de fuego” del Banco Central, si tuviera que intervenir en la punta vendedora. El bimonetarismo argentino, potenciado en años de comicios, podría justificar algún retoque temporal, en aras de reducir el daño sobre la actividad productiva.
¿Tendría el BCRA margen para una intervención más contundente?. Por supuesto; entre reservas de libre disponibilidad y posibles ventas de futuros hay 22 mil millones de dólares. Y la cobertura de los vencimientos de deuda pública avanza a buen ritmo. Contando los desembolsos del FMI y organismos, más el stock de depósitos en manos del Tesoro, habría unos 37 mil millones de dólares disponibles este año. Luego de amortizar deuda con organismos y pagar los intereses del año, el gobierno retendría 18 mil millones de dólares, equivalentes a 52 % de los vencimientos de deuda privada. Hasta ahora, el “roll over” de Letes y demás instrumentos permite pensar en una transición ordenada.
En la medida en que se trate de incertidumbre típica de año de comicios, las reservas del Central más los flujos esperados a favor del Tesoro serían más que suficientes. Si, en cambio, las circunstancias políticas reinstalan ejes del pasado (pesificación, cepos, default), es obvio que no existen instrumentos que compensen tamaña insensatez. Aun así, todo indica que habrá vida después de las elecciones.

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