El obereño Juan Ángel García Wall, de 54 años, se convirtió en un profeta del Medio Ambiente y una especia bastante peculiar entre sus colegas empresarios de Misiones.
García Wall es hijo de un español que llegó a Misiones con apenas 6 años, escapando de la Guerra Civil y aquí formó familia y prosperó. En 2001 tenía un supermercado y se fundió con el estallido de la Convertibilidad, pero años después resurgió de las cenizas.
Desde hace años es proietario de Abarca SRL, una de las principales distribuidoras de Arcor en la provincia. Atiende a casi toda la región de la ruta 14.
Pero además, Garcia Wall tiene un especial interés en cuidar la naturaleza, la biodiversidad y los recursos naturales de Misiones: especialmente el agua. La empresa Aguas Misioneras lo eligió como vocero para su camaña: Guarda Aguas, donde algunos emprendedores muestran acciones que desarrollan para cuidar ese recurso.
En su empresa lleva adelante varias iniciativas peculiares. Por ejemplo, trabajar en un plan para recuperar el agua de lluvia con enormes canaletas que rodean sus instalaciones para canalizarlas a una chacra cercana y a un pequeño lago artificial en el predio que ocupa. También recupera el agua que generan las cámaras de frío de Abarca.
“Son 500 litros de agua por mes. ¿Es mucho? La verdad que no, pero la satisfacción es enorme, y la señal que estamos dando, mucho más”, dice en una entrevista con Economis.
Esa agua se utiliza para los baños, que también están equipados con dispositivos anti-derroche. Pero García Wall es un avanzado con una mentalidad que va ma´s allá del cuidado del medio ambiente.
“Tenemos baños que se usen conforme tu identidad de género”, explica. O sea, cada empleado puede ir al baño que coincida con su identidad sexual. “Si te sentis mujer, andá al baño de mujer”, detalla. Y relata otras experiencias propias de un empresario que parece estar un paso adelante en su mentalidad integradora.
-¿Qué acciones llevan adelante para cuidar el agua?
-Desde hace unos años estamos pagando por el agua que consumimos, que tomamos del subsuelo. Creo que es como el petróleo, el agua no nos pertenece, es del Estado. Si pagamos, cuidamos. Obviamente, como a cualquiera me gustaría gastar mi plata en otra cosa. Pero esto está bien, y Aguas Misioneras nos hace el servicio de control de calidad.
-¿Cómo surgió tu inquietud en temas de Medio Ambiente?
-En el año 2008 la empresa Arcor nos hizo ir a Corrientes e hicimos un curso de sustentabilidad y a mi me cambió la cabeza. Me alucinó, me apasionó,porque llevamos adelante un montón de iniciativas. Yo voy a las escuelas a dar charlas sobre Medio Ambiente, y es hermoso.
-¿Qué edades?
-Voy a hablar con chicos de la secundaria, hace poco fui con chicos de 7º y eso fue durísimo, jajaja. Esos pajaritos que te miran, y si vos no captás su atención, fuiste. Fue muy lindo. Ahí tenés quer ir con material, preparado para esas cabecitas. El contenido de esas charlas gira en torno a la trilogía resultados, personas, medio ambiente. Que la empresa logre sus objetivos impactando lo menos posible en el Medio Ambiente. Hay mil cosas para aprender y cambiar.
-¿Hay que invertir para cuidar el Medio Ambiente?
-Si, hay que invertir a veces, pero tiene un repago y te hace ahorrar plata. Nosotros pusimos luminarias LED, 660 dólares mas IVA cada lampara. 50.000 horas contra 25.000 horas de vida de la luz de mercurio alogenado. Al año y medio está pagada la inversión, con el menor consumo.
-¿Cada vez hay más conciencia ambiental?
-Si, pero debería ser parte de la currícula en los colegios. A este ritmo que vamos en poco tiempo más estamos sonados. La tiera hoy a mitad de año ya no puede absorver los desperdicios que generamos. Yo salgo a andar en moto por los caminios vecinales y nos hemos comido el monte nativo.
-En Misiones se habla de cuidar el monte, pero no tanto de preservar el agua…
-Sí, pero no hay nada que importe más. Podemos estar tres días sin comer, pero no sin agua. Cuando ves los numeritos y te dicen, sólo el 2% del agua se puede consumir, tomás conciencia de lo que vale el agua. Lo importante es que la cuidamos entre todos, con cosas chiquitas. Acciones individuales.
-¿Cómo ves esta crisis, comparado con la del 2001?
-Me parece que esta gente no tiene noción de lo que cuesta ganarse un peso y no reconoce el esfuerzo privado. Lo de ellos vale, lo tuyo no vale. Y quisieron poner una pseudo protección de la salud sin gestión y destruyeron la economía, se gastaron las reservas que quedaron y están generando la cultura del no trabajo.
-¿Qué perspectivas vez?
-Lamentablemente no puede haber un final feliz. Pero mi filosofía es: si la vida te da un limón, hacete una buena limonada.
Ficha personal
Juan Manuel García Wall
Cargo: Socio gerente de la distribuidora Abarca SRL (Arcor)
Estudios: Marketing en la UADE
Familia. Casado, tres hijos (José, Manuela y Guadalupe)
El sector forestal, principal sector productivo de la provincia, está atravesando en estos momentos uno de esos debates que son un hito o un rubicón, como diría el ex DT de la Selección, Alejandro Sabella.
¿Cuánto debe valer la materia prima para remunerar el trabajo y la inversión del productor forestal?
En el marco de este debate, Economis entrevistó a Marcelo Da Cuñha, ingeniero forestal y asesor de la Cooperativa Agrícola y Forestal de Misiones Limitada.
Da Cuñha es una voz autorizada para contar la realidad del pequeño productor forestal, el más chico de la cadena. Típicamente, el colono que tiene una chacra de 20 o 25 hectáreas y destina 3 o 4 hectáreas a la forestación.
Lo consultamos sobre el valor del raleo, que es el pino “fino” o débil que se va cortando cada cierta cantidad de años (6 o 7), para dejar crecer a los árboles de mayor valor y que constituyen la materia prima de las dos grandes industrias papeleras y pasteras de Misiones (Arauco Argentina y Papel Misionero/Arcor).
El raleo de la ruta 14, sin embargo, nunca se pudo vender a las industrias mencionadas por el bajo precio que hace inviable la ecuación.
“En toda la zona de Ruta 14 (de Oberá a San Pedro) no existe un mercado para el raleo, los silvicultores no tienen como actividad silvícola el raleo comercial, en todo caso muchos productores hacen un raleo perdido, significa tumbar los arboles más débiles en el bosque y dejarlos en el sitio”, explicó Da Cunñha,, que vive en Aristóbulo del Valle, en una entrevista en la redacción de Economis.
¿Por qué sucede eso?
-Porque si llevara esos productos a una industria que le de proceso, tendría una pérdida económica o un empate técnico.
¿Esto qué significa?
-Lo que le pagan no compensa los servicios. ¿Cuáles son los servicios? Apeo, trozado, puesto en planchada, carga, transporte, todas esas actividades.
-¿Cómo ve el debate que se armó por el precio mínimo del raleo?
-El debate que se formó tiene un marco técnico importante, ya que el Instituto toma valores de entidades como la Facultad de Ciencias Forestales como referencia. Estamos en el tránsito de este debate y lo veo bien, hay partes que están siendo afectadas por un precio bajo, principalmente mi región que es la ruta 14 (Oberá, Cainguas, 25 de Mayo, Guaraní) donde trabaja nuestra cooperativa.
-¿La creación del Instituto le da una esperanza a esos productores?
-Creo que el Instituto propone una mesa donde todas las partes ya desde la formalidad de un arreglo planteen sus intereses y encuentren un consenso, que no necesariamente es único o 100 por ciento consensuado, por ahí una mayoría simple termina definiendo la posición del instituto, ese es el objetivo. El Inym sería algo parecido, aunque el Inym es nacional.
¿Cuál es la situación de los pequeños productores forestales?
-Actualmente venimos de un período anterior malo. Ahora mismo tenemos expectativas muy buenas porque los aserraderos están trabajando bien, tenemos expectativas para el pequeño silvicultor de la zona. Si vemos como veníamos, los números no son rentables. La actividad forestal no justificaba el esfuerzo que hizo el productor en cultivar el bosque.
-¿Qué perspectivas tenés?
-La esperanza es que en este momento los aserraderos empiezan a trabajar y hay una actividad muy demandante de productos, los precios se acomodan, sucedió otras veces, que la demanda hace levantar el precio de la materia prima.
-¿Qué te parece el número de 20 dólares la tonelada de raleo?
-Yo prefiero tomar el número en pesos, porque tomar en moneda extranjera puede llevar a que se generen situaciones artificiales que no tienen que ver con nuestra realidad. Los valores fueron propuestos por la institución, yo no participé, pero sí observé el trabajo y no me queda más que decir que son técnicos competentes y los números que elaboraron son serios. Son valores mínimos, para que una empresa o productor pueda subsistir en el largo plazo o no abandone el negocio o se retire.
-¿A esos valores puede ser rentable el raleo en la ruta 14?
-Esos valores lo harian rentable para el productor de ruta 14. Lo que hay que contemplar y tenemos que trabajar, es que existen varias realidades, una cosa es la ruta 12 a la altura del Alto Paraná, otra la zona sur con influencia de Virasoro y otra realidad es la Ruta 14, de Oberá hasta San Pedro, con el minifundio y el productor diversificado. Esa es otra realidad. Las cosas se dan en el tiempo, sería bueno tener distinguido las distintas situaciones.
-¿Es cierto que se acumuló aserrín y chip?
-En mi región no, porque son productores que abastecen con chips a secaderos de yerba y te.
-¿El productor chico siempre está castigado?
-El productor chico está muy casetigado y tiene una mentalidad de resistir y sobrevivir. De aguantar un año malo para ver si puede comensarlo con otro año bueno, donde los precios sean favorables. La verdad es que en los 90 se destruyó la ACRYMy no querían un mercado con una mesa de discusión, era la oferta y la demanda. Luego vino el INYM. Y ahora el Instituto Forestal.
Hay historias que conmueven, como la de yerbatera La Hoja, esa firma que tiene más de 100 años y supo ser líder absoluta del mercado promediando el siglo pasado, para luego entrar en una crisis terminal que la llevó a la quiebra en 2008.
Desde entonces, unos 100 trabajadores luchan a brazo partido contra viento, marea y una Argentina que no le pone las cosas fáciles a nadie.
Es una pelea que cuando uno la escucha, hace recordar a la película The Full Monty, la genial comedia inglesa de 1997 que relata la dramática odisea de seis obreros industriales desempleados de Sheffield, a los que no se les ocurre mejor idea que convertirse en strippers.
Y muestra a Gaz (el personaje de Robert Carlyle) y sus compinches, castigados, en desventaja y dispuestos a cualquier cosa. Pero no, a renunciar a su dignidad.
Momentos difíciles
Los de la Hoja también tuvieron sus momentos límite. Como cuando funcionarios del INYM, acompañado por efectivos de Gendarmería de San Ignacio, vinieron hace unos años a precintar las máquinas de la enorme planta molinera situada a unos 1.000 metros de la ruta 12, en el lado opuesto al pueblo de San Ignacio.
“Las máquinas, no”, dijeron varios, y conformaron un escudo humano para impedir que se ejecutara la orden de un juez.
“Sabíamos que si las máquinas se precintaban, era el final. Iban a echarse a perder y no le iba a importar a nadie. Nosotros queríamos mantenerlas aceitadas y listas para producir, nosotros lo que queríamos era tener la posibilidad de volver a trabajar, sabíamos cómo hacerlo”, explica Alfredo Fonseca, presidente de la Cooperativa de Trabajo La Hoja Limitada.
Una cooperativa de trabajo: de empleados a socios
La cooperativa se constituyó en 2015, dentro del marco de la ley de Concursos y Quiebras y recibió el aval del juez de Rosario que llevó la bancarrota de La Hoja para empezar a trabajar.
Esta semana la cooperativa fue noticia porque logró sacarse de encima una espada de Damocles similar a la que tiene la Argentina con la deuda. Logró refinanciar un pasivo de más de 70 millones de pesos con el Banco Nación, algo así como el FMI o los bonistas de La Hoja.
“Hicimos dos pagos por 28 millones de pesos, no movimos mucho la aguja del capital adeudado, pero mostramos toda nuestra intención de afrontar nuestros compromisos y obtuvimos la renegociación que nos alivia bastante”, señaló Fonseca en una entrevista con Economis.
La cooperativa de trabajo La Hoja se diferencia de otras exitosas cooperativas yerbateras (Playadito, Piporé, Aguantadora o Andresito, todas líderes), porque aquellas son una asociación de productores pequeños y medianos con chacra propia, materia prima y capacidad económica acorde.
Esta es una asociación de 100 que antes fueron empleados (industriales, administrativos, del secadero, etc.) y vieron como los antiguos dueños vaciaron la empresa. En la Argentina la mayoría de las empresas recuperadas y gestionadas por una cooperativa de trabajo, parecen emprendimientos que viven gracias a un respirador artificial, en forma de distintos subsidios o compras que les hace el Estado.
La Hoja no tiene subsidios y al Banco Nación le pagaron 28 millones de pesos de una deuda que ellos no contrajeron. La firma Martin & Cia dejó una hipoteca que pesa sobre los activos industriales y las plantaciones de la firma, un compromiso que ahora ellos deben afrontar.
Además de sacarse esa mochila de encima y lograr un respiro por 2 años antes de volver a pagar, la empresa logró recuperar mercados.
La Hoja es fuerte en mercados como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba o Mendoza. “Y seguimos creciendo en otras provincias”, señaló Fonseca.
En un mercado muy competitivo como el de la yerba mate, La Hoja logró un crecimiento de 31% en las ventas en el período enero-mayo del 2020, según datos del INYM.
En total, vendió 2 millones de kilos de sus característicos paquetes amarillos, ocupando el puesto 15º del mercado. La top en ese período fueron Las Marías (21 millones), Playadito (14 mill.) y Molinos (9,5 mill.). Además, fue la que más logró crecer en esos primeros meses del año entre las principales 20 empresas del sector.
Planta de La Hoja a 1.000 metros de la ruta 12, en el lado opuesto al pueblo, en San Ignacio.
Una marca que fue líder
Sin dudas, la marca es uno de los activos valiosos que supo recuperar la cooperativa de trabajo. Un famoso jingle publicitario sonaba en las radios a fines de los 80 y decía: “Ojalá, ojalá, que sea La Hoja”. Era tan importante como Taragûí, Rosamonte o Nobleza Gaucha hoy en día.
“Inclusive, es una marca reconocida internacionalmente porque durante mucho tiempo se exportó a varios países”, señala el titular de la cooperativa.
La yerbatera La Hoja, fundada en 1903 en la localidad de San Ignacio por el inmigrante suizo Julio U Martín. Es una de las yerbateras más antiguas junto a La Cachuera (Amanda). Desde el vamos fue creciendo y al tiempo la firma Martín & Cía instaló en Rosario un molino yerbatero sobre la barranca del Paraná. Tenia extensas plantaciones en Puerto Mineral.
La cooperativa también está envasando “Don Lucas” y tiene en su cartera otras marcas.
En los primeros años del siglo XX, centenares de trabajadores coparon San Ignacio y fundaron el club Libertad a finales de la década del 20. “Se los llamaba `Los martinceros` (mote impuesto por los vecinos al numeroso ejército en `grafas` que solía cruzar la ruta 12”, dice el sitio de la Junta Histórica de San Ignacio.
Aún conserva activos importantes
La Hoja tiene activos industriales importantes. Una planta de molienda en San Ignacio, a unas 30 cuadras de donde están las Ruinas Jesuíticas y sus oficinas centrales. También tiene una planta productora de yerba mate en saquitos en Rosario y 1.000 hectáreas de plantaciones de yerba en la localidad de Puerto Mineral, a 70 kilómetros de la localidad que adoptó Horacio Quiroga.
También allí funciona un secadero donde se obtiene la yerba canchada, la que luego se deja estacionar y se muele para obtener el producto final.
Además de la marca “La Hoja”, tienen la propiedad de media docena de otros sellos como “Don Lucas”, “Flor de San Ignacio”, “Insignia” y “Palermo”. Esta última con una connotación otrora turfística, registrada en una época en que los “burros” competían con el fútbol en popularidad en la Argentina.
“Acá en el banco hemos puesto en marcha el consejo consultivo porque para nosotros es una prioridad dar asistencia a las cooperativas”, dijo el economista Claudio Lozano, director del BNA esta semana, al referirse al proceso de reestructuración de La Hoja.
Lozano y el Director de empresas recuperadas del ministerio de Desarrollo Social, Eduardo Murúa, participaron de una videoconferencia para anunciar el principio de acuerdo al que todavía hay que limar algunos detalles financieros.
Para Murúa, es la primera vez que una empresa recuperada logra refinanciar pasivos con el Banco Nación.
Plantaciones de La Hoja en Puerto Mineral. Tienen 1.000 hectáreas de yerbales y un secadero. Además, una envasadora de mate en saquitos en Rosario, donde hay unos 25 socios de la cooperativa.
Del sueldo al retorno
El proceso para levantar la empresa y ponerla otra vez en funcionamiento no fue fácil. La firma pidió la quiebra en 2008 y recién en 2015 se constituyó la cooperativa y el juzgado en lo civil y comercial Nº 1 de Rosario avaló que los ex empelados se hicieran cargo de la compañía, con todas sus deudas.
El Banco Nación era el primer acreedor, pero también estaba la AFIP, proveedores de yerba y de envases.
Una de las claves para hacer el “click” y pasar de empleados a “dueños” de la firma, dice Fonseca, fue que la mayoría de las personas eran empleados históricos, muchos de ellos cercanos a la edad de jubilarse.
“Fue importante la paciencia, la templanza y la confianza en el otro. Si se elige a alguien para Tesorero, hay que confiar en él, lo mismo para alguien que está en la balanza, en Recursos Humanos o en contabilidad, tenemos que confiar en el otro”, señaló este misionero de 56 años que en la época de Martin y Cia trabajaba en el secadero.
“Yo era uno de los más jóvenes y desde que empezamos a funcionar como cooperativa ya se jubilaron unos 30, y fuimos tomando más gente”, explicó.
Hoy un trabajador de la parte industrial de La Hoja cobra entre 50.000 y 60.000 pesos, un sueldo por encima de la media en esta pequeña localidad a la vera del río Paraná que vive del turismo que generan las ruinas jesuíticas.
Pero ya no es un sueldo, sino un “retorno” como se denomina a la remuneración de cada socio. Todos tienen monotributo y realizan sus aportes previsionales por esa vía.
Congelamiento en góndola y materia prima cara
El otro problema grande con el que La Hoja debe remar es la falta de capital de trabajo. Es el dinero que necesita una empresa para dar una vuelta a todo su proceso productivo y comercial. En el caso de la yerbatera, para comprar hoja verde, secarla, estacionarla, moler la canchada, envasarla y distribuirla.
“Necesitamos unos 40 millones de pesos por mes y no los tenemos, entonces tenemos que apelar a todo tipo de mecanismos, hay proveedores que nos aguantan, productor yerbateros que confían en nosotros”, explica Fonseca.
Acá es donde una cooperativa tiene que luchar contra el país, que impone una deuda de 70 millones de pesos a través de su Banco estatal a alguien que no contrajo ese pasivo, ni se benefició del dinero solicitado. Y que es incapaz de asistir con fondeo barato a una empresa que fue la 15º del mercado en su competitivo rubro.
Otro contratiempo grande fue la cantidad de cheques rechazados que recibieron de compradores (distribuidores, mayoristas) con motivo de la cuarentena. “Fueron más de 20 millones de pesos en cheques”, señaló Fonseca. Otra dificultad más a superar, en la lucha por sobrevivir y poder crecer.
Por eso los 100 de La Hoja están de pie y remando para defender su trabajo. Que es lo mismo que la dignidad.
Alfredo Fonseca, primero tesorero y luego titular de la Cooperativa. Lo acompañan en la conducción Américo Rivas (secretario), Esteban Mielnik (Tesorero), Simeón Garay (vocal), Cancio Sosa (vocal) y Walter Córdoba (síndico). “Es fundamental la confianza y la unidad”, repite Fonseca.
La industria yerbatera misionera y correntina está trabajando a pérdida desde hace cuatro meses y el perjuicio que sufren las empresas insignia pone en tela de juicio la sustentabilidad del buen momento económico que atraviesa el sector.
Un estudio al que accedió en exclusiva Economis, elaborado sobre la base de los costos del promedio de las ocho empresas líderes del sector, demuestra que en el mes de mayo las principales marcas apenas salieron “empatadas” por cada paquete que vendieron.
Pero ya en junio empezaron a aparecer los números rojos. Las firmas perdieron 10 pesos por cada paquete vendido ese mes. En julio fueron 12 pesos y en agosto el déficit fue de 21 pesos. Septiembre había continuado con esa tendencia, aunque no hay datos.
El informe refleja la estructura de costos (promedio) por cada paquete elaborado por las principales yerbateras. Pueden variar, peso más o peso menos, de acuerdo a cada compañía. También refleja el mismo peso que padecen las firmas más chicas, algunas de las cuales también pierden plata.
Pérdida de 21 pesos por cada paquete de kilo
Si se toma el mes de agosto, donde la pérdida fue de 21 pesos por cada paquete de kilo, el detalle es el siguiente:
Unos 120 pesos es el costo de la materia prima; 11 pesos el costo del estacionamiento, 13 pesos por envasado; 8 por logística; 7 por financiamiento de las compras (el crédito que se le da a supermercados, mayoristas, etc.), y 3 pesos de impuesto.
Eso arrojó de un costo para la industria de 162 pesos por cada paquete de un kilo. Pero claro, con el congelamiento de precios, el valor a la salida de molino es de 141 pesos y permanece casi inalterable desde que arrancó la pandemia.
Hay que tener en cuenta que a ese valor a salida de molino luego hay que agregarle el margen de la cadena de supermercados (59 pesos), el flete ($2,15), el IVA (48 pesos) y la estampilla del INYM ($1,24).
Eso da un valor en góndola -promedio- de 250 pesos, que es el que el Gobierno Nacional busca mantener lo más inalterado posible.
La secretaría de Comercio Interior ordenó el congelamiento de precios desde que arrancó la cuarentena y pidió retrotraer valores al 6 de marzo pasado. Es cierto que permitió un par de retoques (mínimos) a los valores en góndola, que no alcanzan para compensar al gran suba de la materia prima (hoja verde y canchada) y algunos otros insumos que también fueron subiendo.
Una gran contrariedad fue la larga extensión del congelamiento y de la crisis sanitaria.
Más de un millón de paquetes por día
Desde que arrancó la pandemia, se colocan por día más de 1 millón de paquetes de yerba mate. Esfuerzo misionero, para que el Conurbano bonaerense, los porteños, mendocinos o rosarinos gocen de un producto a bajos valores.
El congelamiento de precios, definitivamente no es una buena noticia para la economía de Misiones, más allá de la ventaja que signifique como consumidores tener un paquete de yerba mate a los valores actuales.
¿Se podrán seguir pagando estos precios récord por la materia prima? ¿Qué pasará con los productores si el ciclo se corta? ¿Se podrá sostener la calidad que llevó a conquistar mercados y batir récords de consumo?
En yerba mate, calidad es sinónimo de tiempo. Y tiempo es sinónimo de dinero. Cuando los números no empiezan a cerrar, indefectiblemente algunos optan por ajustar por la calidad.
Este es el costo promedio de un paquete de kilo de yerba mate para una de las firmas líderes. Sirve como indicador para el resto de las empresas. Desde junio, abastecer de yerba mate a precios congelados al país genera un rojo en firmas misioneras y correntinas que aumenta.
Cuando los dirigentes políticos dicen que “la economía se recupera, pero la vida no”, se refieren a la caída de los indicadores macroeconómicos. Por ejemplo, el PBI tendrá este año un derrumbe estrepitoso, mayor al de 2002 y -muy probablemente-, un rebote significativo en 2021.
Sin embargo, detrás de esos fríos números hay personas de carne y hueso. Gente que pierde su trabajo o ve como cierra su emprendimiento construido a lo largo de años de levantarse cada mañana y trabajar duro. Pequeñas empresas donde muchas veces, el mayor logro termina siendo subsistir.
Cuando esos trabajos se pierden o esas pequeñas empresas cierran, también se escapan las ilusiones y los sueños. Eso no lo recoge ninguna estadística. También se escapa la vida, aunque a veces parezca -en los discursos oficiales-, que la única amenaza para la vida es la del Covid-19.
Un clásico de Apóstoles
Este fin de semana se dio uno de esos cierres de un establecimiento bien misionero, un orgullo de la ciudad y un lugar que va a ser extrañado por sus clientes y amigos.
El restaurante “Del Tío”, un clásico de Apóstoles que abrió al público en 1983, finalmente decidió bajar la persiana en forma definitiva este domingo.
Parece mentira, porque se trata de un establecimiento que nació con la reinstauración de la Democracia y soportó “1.000 y una” crisis en esta bendita Argentina. Sólo por citar algunas: el fracaso del Plan Primavera (1986), el Plan Bonex (1989), la Hiperinflación de Alfonsín (1989) y luego de Menem (1990), o el estallido de la Convertibilidad (diciembre de 2001).
Sin embargo, lo que no pudo ninguna de esas crisis, lo logró el Coronavirus. El restaurante “Del Tío” abrió por última vez este domingo y la familia Sdanovichi decidió cerrar las puertas para siempre, agobiado por las cuentas que se acumulaban y unos ingresos que no alcanzaban para parar una bola de nieve cada vez más grande.
“Me llamó todo el mundo, vino mucha gente a despedirse y también recibí el llamado de la intendenta y su hermano el ministro de Economía de Misiones, para ver cómo podían ayudar. Yo les agradecí de corazón pero la decisión está tomada, cerramos porque no podemos seguir aguantando, nosotros hace un tiempo dejamos de pagar impuestos para bancar los sueldos, pero llega un momento que no se puede más”, dijo Gerardo “Lalo” Sdanovichi, hijo del fundador y administrador del restaurante.
El emprendedor explicó a Economis que a “Del Tío” lo mató el Covid y las fuertes medidas de restricción a la circulación de personas. “Nosotros trabajamos mucho con viajantes, gente que viene por su actividad comercial de otros lugares, nos visitan turistas y tenemos movimiento con los eventos como los encuentros de motos, la expo yerba”, señaló.
Además, el dueño del restaurante piensa que esta “nueva normalidad” se va a extender por muchos meses más, con la consabida restricción a la llegada de personas desde otras localidades. “Además, con un sólo caso que aparezca y tenemos que retroceder de fase”, señaló.
En 1983 en la calle Belgrano cerca de los bancos Macro (entonces Provincia de Misiones) y Nación, Julio Enrique Sdanovichi abrió lo que entonces se llamó “La Taberna de Julio”. Más tarde el local se mudó (1992) al actual emplazamiento en Belgrano 630 y ahí pasó a llamarse restaurante Del Tío.
En 2012 falleció Julio y heredó el negocio su esposa Ana Clara Bencharski, quien recibió la ayuda de sus hijos: Marcelo, Susana, Tamara, Gerardo, Betiana y Yamila. Gerardo es quien se hizo cargo del día a día en su rol de administrador del negocio.
“Del Tío” es un restaurante con una carta acotada, que incluye parrilla y minutas, pero también pastas y pescado de río como Pacú (una de sus especialidades) y Surubí. La calidez del local, la buena atención y la calidad de sus productos, junto a sus buenos precios, fueron su marca distintiva.
Sacando el restaurante del Casino, a Apóstoles ya no le quedan establecimientos de este tipo. Un lugar donde uno pueda sentarse en una mesa con mantel y ser atendido por un mozo de esos que llevan el oficio en la sangre, como “Tito”.
El cierre de “Del Tío” deja en la calle a cuatro personas. “Nosotros estamos pensando siempre en ellos y estamos tratando de hacer todo lo posible para que consigan otro lugar donde trabajar”, explicó “Lalo” a Economis.
Una de las cosas que más impacta con el cierre de “Del Tío” es que no se trata de un negocio al que le iba mal o que había perdido el favor de su clientela. Esto lleva a reflexionar, ¿cómo se puede permitir que un local como este, tenga que cerrar sus puertas cuando en la Argentina falta trabajo y oportunidades?
Acá había una familia con oficio y experiencia, con clientes bien ganados que sabía procurarse el pan trabajando. Ya no, a partir de la semana que viene.
Otra de las claves para el cierre de este lugar fue la intransigencia de la familia propietaria del local que ocupaba, en Belgrano 630, que en ningún momento consideró rebajar el alquiler para acompañar el esfuerzo que estaba haciendo quien fue su inquilino de años y nunca dejó de cumplir.
Algo difícil de entender, como una propietaria -dueña de otros locales en esa misma cuadra en Apóstoles-, no solo exigió el pago en tiempo y forma, sino que además aumentó la mensualidad en plena cuarentena del Coronavirus. Otra metáfora de la Argentina.
Por supuesto cuando la familia Sdanovichi comunicó la decisión de cerrar, recién ahí la propietaria tomó conciencia del daño que había ayudado a causar su posición irreductible. Pero ya era tarde para volver atrás.
Fachada en la calle Belgrano 630 de “Del Tío”, un restaurante que tenía su público.
Julio Enrique Sdanovichi y Gerardo, uno de sus 6 hijos y quien terminó administrando el local.
El encuentro de motos, uno de los tantos eventos que movían la economía local en la Capital de la Yerba Mate.