Una “cascada” de corrupción
Testigos, dólares sin factura y un poder que empieza a parecerse demasiado a lo que decía combatir
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En la Argentina donde la transparencia se declama como dogma y la “casta” funciona como chivo expiatorio universal, las incomodidades ya no vienen de afuera. Se acumulan adentro. Y lo hacen con una lógica que preocupa: no como episodios sueltos, sino como una secuencia. Una “cascada”.
En el centro aparece el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. No por su rol público, sino por lo que surge de una declaración judicial reciente. Un contratista que habría realizado refacciones en la casa que el funcionario posee en Exaltación de la Cruz, declaró en calidad de testigo —con la obligación legal de decir verdad— que los trabajos se habrían pagado sin facturación por una suma cercana a los 245 mil dólares.
El mismo testigo sostuvo además que recibió un llamado del propio Adorni para “orientar” su declaración. La gravedad de esa afirmación no está en la adjetivación, sino en el hecho de haber sido realizada ante la Justicia. Corresponderá al expediente confirmar o descartar cada punto. Pero el estándar democrático es claro: cuando hay una declaración formal de este tenor, lo mínimo exigible es una explicación pública precisa.
Hasta ahora, no aparece.Como no viene apareciendo en todo lo relacionado a los gastos exorbitantes que salen a la luz desde que Adorni subió a la mujer al avión presidencial en el “famoso viaje” a EEUU.
El problema es político antes que judicial. Porque el gobierno de Javier Milei construyó su legitimidad sobre la promesa de ser distinto: “la moral como política de estado”. Sin embargo, diferentes episodios empiezan a tensionar ese relato: el caso $Libra, que implica directamente al Presidente de la Nación y las denuncias sobre presuntos retornos en la ANDIS que involucran a Karina Milei, forman parte de un mismo clima de época.
No hace falta una condena para que exista un costo. Alcanza con la falta de respuestas.
Porque cuando ante una declaración judicial se responde con silencio o descalificación, el mensaje que queda no es de fortaleza es evasión. Y cuando eso se repite, la excepción empieza a parecer regla.
Incluso en los detalles aparece la anécdota que pega fuerte. En los papeles que presentó el contratista que hizo las obras en la casa de Indio Cua, se menciona la construcción de una cascada en la pileta de natación por la que se habrían pagado unos 3.500 dólares. Un dato menor en lo económico, pero significativo en lo simbólico.
No prueba nada por sí solo. Pero dialoga con el resto.
Porque cuando los indicios se acumulan, cuando las explicaciones faltan y cuando el discurso y los hechos empiezan a correr por carriles distintos, lo que se erosiona no es solo una figura.
Es la credibilidad.
Y cuando la credibilidad cae, ya no alcanza con señalar a “la casta”, ni con subir el tono en una conferencia, ni con buscar enemigos externos (los “kukas”, siempre los “kukas”).
Porque el problema deja de ser el relato.
Y pasa a ser la realidad. O la “cascada” que como las del Iguazú cuando el río suena, trae más agua de la que se espera.
