Basta de palabras

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A veces nos olvidamos. Nos olvidamos de que contamos con el abrigo de un techo, un pedazo de pan sobre la mesa y la chance de estudiar y discutir lo aprendido. Sería muy poco humano de mi parte hablar de transformar este sistema capitalista –depredador de mundos– si antes no me cuestiono la obscena distribución global de la riqueza. ¿Cómo podemos, siquiera, sugerir la extinción –insinuando que la avaricia es inherente al ser humano– y, después de intercambiar argumentos, concluir que lo único que falta es “generar conciencia”?

Hoy casi 700 millones de personas (8,5 % de la población) subsisten con menos de USD 2,15 por día –la línea de pobreza extrema del Banco Mundial– y apenas USD 64,5 al mes (≈ $ 82.500 argentinos) alcanzan para cubrir todas sus necesidades básicas. Si ampliamos la mirada, 1.850 millones viven con menos de USD 3,65 diarios (26 %) y 3.700 millones (46 %) con menos de USD 6,85; es decir, casi la mitad de la humanidad padece pobreza moderada o severa.

Mientras tanto, el 1 % más rico concentra más riqueza que el 95 % restante del planeta, según Oxfam. Para graficar la brecha: Jeff Bezos incrementa su fortuna en lo que un trabajador promedio gana en todo un año… en apenas once segundos. Si estos números no disparan una transformación –no solo de conciencia, sino de conducta–, entonces sí tenemos motivos serios para preocuparnos.

El sindicalista brasileño Chico Mendes lo resumió con crudeza: “Ecología sin lucha de clases es jardinería”. Por defender la Amazonia y a los seringueiros, los terratenientes lo asesinaron en diciembre de 1988.

Ese mismo espíritu atravesó a un hombre ante la Asamblea General de la ONU en 1979: “¡No se puede hablar de paz en nombre de las decenas de millones que mueren de hambre o enfermedades curables! ¡No se puede hablar de paz en nombre de 900 millones de analfabetos! ¡Basta ya de palabras, hacen falta hechos!” Tenía autoridad de sobra: en 1961, la Campaña Nacional de Alfabetización de su país movilizó a + 250.000 brigadistas y enseñó a leer y escribir a ≈ 707.000 personas en apenas ocho meses, llevando el analfabetismo del 23 % a menos del 4 %. El 22 de diciembre de aquel año se proclamó territorio libre de analfabetismo. Ese país es Cuba, ese hombre fue Fidel Castro y esto deberían enseñarlo en la escuela.

Con estos números sobre la mesa, debates como si la IA dominará el mundo, si encontraremos agua en Marte o si las vacas son las culpables de las emisiones de CO₂ se vuelven insignificantes: preguntarnos por la raíz de los problemas nos obliga a la coherencia. Cuando estas cifras calan en nuestra conciencia sentimos bronca, impotencia y, a veces, el impulso de salir a donar la ropa que nos sobra. Pero esos gestos, por nobles que sean, resultan insuficientes: la frustración aflora y terminamos evadiendo el problema, como si “fingiéramos demencia” para conservar la cordura.

Tener el privilegio de comprender qué es el cambio climático, qué lo genera y cuáles son los desafíos reales –para el prójimo y para las generaciones venideras– nos otorga, al mismo tiempo, privilegio y responsabilidad. Actuar en consecuencia no se agota en estudiar más ni en inundar las redes con memes “explicadores”. Estamos saturados de malas noticias; precisamos producir buenas.

¿Y cómo? Siendo radicales: no basta con argumentar pulcramente lo absurdo del siglo XXI, sino con interpelarnos a fondo. ¿Cuáles son nuestros sueños y por qué soñamos con ellos? ¿Qué nos frena al cuestionarlo todo con la curiosidad de un niño? ¿Quién podrá detenernos cuando entendamos que el amor vence al odio y que la persona de al lado es nuestra hermana? Despertar cada mañana sabiendo que nos regalaron 24 horas para hacer crujir lo viejo y ser faro de esperanza –no de angustia–: eso, camaradas, es ser verdaderamente revolucionarios.

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