Brainrot: ¿Se nos está friendo el cerebro con tanto meme?
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En el lenguaje digital, el término brainrot—que literalmente significa “cerebro podrido”—se utiliza para describir ese estado en el que nuestra mente se siente saturada tras horas de contenido trivial: memes absurdos, videos de gatitos haciendo de las suyas y challenges sin sentido. No se trata solo de un chiste entre internautas; en 2024, el Diccionario Oxford lo eligió como “Palabra del Año”, reflejando una creciente inquietud por el efecto que el consumo acelerado de contenido superficial podría tener en nuestro pensamiento y concentración.
Las redes sociales como TikTok, Instagram y Twitter están diseñadas para captar nuestra atención con estímulos breves y visualmente intensos. Un ejemplo claro es Cocomelon, una serie infantil en la que cada escena dura menos de tres segundos y se destacan colores llamativos. Esa “alimentación” constante de datos hace que nuestro cerebro se acostumbre a recibir información en trozos diminutos, lo que puede afectar nuestra capacidad para profundizar, concentrarnos o retener lo aprendido. Como si nuestro cerebro fuera un smartphone que necesita reiniciarse de vez en cuando, a veces no se da cuenta de que está trabajando en modo “app multitarea”.
¿Qué dice la ciencia?
Diversas investigaciones han empezado a arrojar luz sobre estos efectos. Por ejemplo, el estudio de Ophir, Nass y Wagner (2009) comparó a usuarios que realizaban multitarea digital con aquellos que se enfocaban en una sola actividad. Los resultados indicaron que los multitaskers obtenían entre un 8% y un 12% menos en tareas de memoria operativa y atención focalizada. Algunos autores incluso han sugerido que en condiciones de alta sobrecarga digital, se podría observar una reducción temporal de 3 a 5 puntos en pruebas de coeficiente intelectual, aunque estos cambios son reversibles con mejores hábitos digitales.
Asimismo, Rosen et al. (2013) midieron la atención en estudiantes y hallaron que, al ser interrumpidos constantemente por notificaciones o cambios de tarea, su capacidad de concentración se reducía hasta en un 20%. Esto significa que, en pruebas de atención sostenida, el rendimiento se ve significativamente mermado cuando el flujo digital interfiere con la actividad cerebral. Estos datos demuestran que el consumo desenfrenado de estímulos fragmentados tiene efectos medibles en funciones cognitivas esenciales.
¿Estamos exagerando?
Sin embargo, no todo es tan alarmista. Hay quienes sostienen que la crítica al brainrot es, en parte, un reflejo de la habitual frustración generacional. Cada época ha tenido sus temores: Sócrates temía que la escritura debilitara la memoria, y hoy algunos adultos ven en TikTok una amenaza similar. Además, el uso irónico del término entre los jóvenes revela que, más que diagnosticar un daño real, se trata de una forma de autocrítica y humor: es como cuando tu smartphone te recuerda que tiene pocas baterías; una advertencia que, si bien es real, invita a actualizar el software (o en nuestro caso, nuestros hábitos).
La discusión se nutre también de la dificultad de estudiar fenómenos tan efímeros como el shitpost o el brainrot. Estos términos emergen y se transforman a la velocidad de un meme viral, lo que dificulta que la ciencia los aborde con métodos tradicionales. De hecho, es probable que para cuando se publiquen estudios rigurosos sobre estos fenómenos, la jerga haya cambiado y nuevas formas de consumo digital hayan tomado su lugar.
Reflexión crítica
Si bien la evidencia sugiere que el consumo excesivo y fragmentado de contenido digital puede afectar la atención, la memoria y otras funciones cognitivas, es importante no caer en un alarmismo sin matices. La reducción en los resultados de pruebas—entre un 8 y un 12% en ciertas funciones y hasta un 20% en atención sostenida—es preocupante, pero tampoco significa que estemos irremediablemente condenados a tener “cerebros podridos”. Además, el uso de términos como brainrot tiene también un componente irónico e identificador, propio de la cultura juvenil, que no pretende ser un diagnóstico clínico.
La clave está en reconocer los riesgos sin demonizar la tecnología. Así como no se prohíbe el café por tener cafeína, tampoco deberíamos rechazar la tecnología, sino aprender a integrarla de forma saludable. En esencia, el debate sobre el brainrot refleja un conflicto generacional recurrente, en el que los mayores critican lo nuevo sin reconocer que cada época tiene sus propios desafíos y ventajas.
Propuestas para un consumo digital equilibrado
Para aprovechar lo mejor del mundo digital sin sucumbir a la sobrecarga, se pueden implementar varias estrategias:
- Educación digital crítica: Enseñar desde temprana edad a diferenciar entre contenido de calidad y trivial, y a entender cómo funcionan los algoritmos que controlan lo que vemos.
- Límites y desconexión: Establecer horarios libres de dispositivos—como una “hora sin móvil” por la noche—y fomentar actividades offline como leer, hacer ejercicio o practicar hobbies creativos.
- Diseño responsable: Incentivar a plataformas digitales a ofrecer recordatorios de pausa, limitar la reproducción automática y promover contenidos que inviten a la reflexión.
- Diálogo intergeneracional: Fomentar charlas entre jóvenes y adultos sobre hábitos digitales, para evitar malentendidos y encontrar juntos un equilibrio saludable.
Con estas medidas, podemos disfrutar de las ventajas de la tecnología sin que nuestro cerebro se quede en modo “memefónico”. La idea es evolucionar nuestra relación con lo digital, aprovechando las oportunidades que ofrece sin perder la capacidad de concentración y reflexión que nos hace humanos.
