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Inversión inteligente: comprender la transformación de la ciudad

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Población y estilo de vida tienen un impacto importante en los mercados de propiedades,  los cuales tendrán que adaptarse con el tiempo a las tendencias demográficas y a los cambios sustanciales en la forma de trabajar y vivir.

Un inversionista atento tomará en cuenta las diferentes necesidades de vivienda a fin de reflejar los cambios sociales y los posibles futuros “lugares calientes” en donde se desarrollarán los inmuebles.  Utilizará dicha información para tener ventaja.

Los movimientos de población desde las zonas menos urbanizadas hacia las más constituidas, el efecto que tendrán las nuevas tecnologías en los nuevos hábitos de consumo, los cambios climáticos y su efecto en las ciudades, las parejas más jóvenes que retrasan su deseo de tener hijos y apuestan a tener cierta capacidad  económica para realizar viajes u otro tipo de gastos.

La recopilación de este tipo de información sobre la población, nuevos hábitos y costumbres, sumados a los patrones de migración, junto con una comprensión de estas tendencias en desarrollo, permitirá a un inversionista inmobiliario astuto predecir las áreas de crecimiento y la demanda de determinados tipos de inmuebles y tomar en cuenta estos datos en sus decisiones de inversión.

Actualmente nuestra ciudad está pasando por un proceso de transformación en cuanto a infraestructura, servicios, conexiones viales, crecimiento demográfico, etc.  Las obras realizadas en la zona de la costa del río Paraná y áreas de influencia revalorizaron las tierras y los bienes inmuebles ubicados y por construir.

Si quisiéramos resaltar zonas donde es posible invertir con una mirada puesta en futuro podemos nombrar las  siguientes:

Villa Lanús: cuenta con modernos trazados de calles y avenidas. Uno de los factores más importantes para explicar su desarrollo en los últimos años, es la instalación del Campus Universitario. Hoy con el paso del Acceso Sur se ha revalorizado la parte inferior de Villa Lanús.

-Itaembé Iguazú: el barrio del Iprodha ubicado al oeste de la ciudad, por Ruta Nacional N°12 ha puesto en valor otras zonas que hasta hace poco no eran muy consideradas o tenidas en cuenta. Los barrios aledaños como Las Tacuaritas, el Aeropuerto, Barrio Pellegrini, se realzan con posibilidades de desarrollo importantes convirtiéndose en una verdadera posibilidad  para muchas familias. 

Acceso Sur: comprende 2 grandes sectores: la Franja de Transporte Sur, desde el N-E de Garupá, sobre la costa del río Paraná, hasta la margen derecha del Arroyo Zaimán en el S-E de Posadas; y la Franja de Transporte Norte: al Este de Posadas, desde la margen izquierda de la desembocadura del Arroyo Zaimán, hasta el Puente Internacional (Argentina-Paraguay) sobre la costa del río Paraná. Las obras viales suman valor agregado a toda la zona, además de dar mayor accesibilidad a  las ciudades de Posadas y Garupá.

-By Pass Arco – Garita: 18 km sobre nueva Ruta Nacional 12 permiten un notable ahorro de tiempo y una gran seguridad para el tránsito y las personas, mejorando notablemente los accesos a la ciudad de Posadas y Garupá.

-Av. Alicia Moreau de Justo (ex Ruta 213): en toda su extensión, pasando la  Av. Cabo de Hornos e incluso más hacia el sur,  es claro su desarrollo frente a la creciente franja poblacional. Los barrios aledaños presentan empedrado en sus calles internas, servicios, escuelas, garita policial, cordón cuneta, asfalto, transporte urbano, etc. Entre dichos barrios podemos mencionar: Latinoamérica, Las Dolores, Sur Argentino, San Isidro, Santa Clara.

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El largo y el corto plazo

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Gabriela Michetti dijo que “no se puede aumentar más a los maestros porque el país estaba fundido”.
Y más allá de las jurisdicciones presupuestarias, en términos de conjunto, y para tener una referencia cabe destacar que la quita de retenciones implica $75.000 millones menos por año para el Estado. Subirle 25% a maestros de PBA $18.000M más al año. Mirá vos. Lo fundió el cambio.

Es muy curioso, el gobierno juega con el discurso de “las medidas de largo” para justificar la falta de resultados economicos y sociales inmediatos de sus medidas. Y dice que estábamos mal por las medidas de corto plazo anteriores. Una cosa sin ningún sentido. O sea, ¿estábamos mal porque el Estado subsidiaba tarifas regulando al sector energético de hecho de este modo? ¿Estábamos mal porque se regulaba el sector financiero, se controlaba el lavado, se presionaba a los bancos para que den créditos productivos? ¿Estábamos mal porque había una obsesión por cuidar el empleo? ¿Estábamos mal por cuidar importaciones de sectores que generaban empleo? ¿Estábamos mal por el Procrear, la AUH, la cobertura jubilatoria al 97%, la Carta Orgánica del BCRA, YPF estatizada? ¿Estábamos mal con un desempleo realmente bajo? ¿Estábamos mal mientras había eslabonamientos productivos crecientes con mayor participación nacional en la industria y la actividad? ¿Estábamos mal después de haber desendeudado el país en dólares llegando a una relación entre deuda externa pública y PBI más favorable a la que había en promedio de los 90s?

Sin embargo, esas mismas medidas que antes estabilizaban el sistema social y económico, ahora al cambiarse son pro-probreza: quita de retenciones (suben los precios, baja el financiamiento publico, perjudica la balanza de pagos), aumento de plazos para liquidar divisas del agro (10 años), desregulacion financiera, quita de encajes anuales de 30% para el ingreso de capitales, desregulación contra lavado UIF, endeudamiento tóxico feroz (15% de PBI en 14 meses) que viabiliza la fuga sin ninguna regulacion de reinversiones de utilidades, apreciación del peso con apertura de importaciones, tarifazo desmedido sólo para garantizar renta empresaria, descontrol de precios, tasas altas para contener la inflación que ellos mismos crean, falta de coordinación para evitar despidos en el sector privado, caída de la inversión pública.

Todo esto podía no hacerse, no hay ninguna herencia estructural que obligara a hacerlo, y todo esto afecta precios, ingresos, derrame productivo y por tanto aumenta la pobreza.


Este gobierno crea pobreza. Y no le importa, esconde detrás de un manto mediático su verdadera intención: extranjerizante, de apoyo a sectores transnacionalizados y capitalismo de amigos. 


Por si fuera poco, al enterarse del dato de 32,9% de personas pobres, que difundió la UCA, se reglamentó la ley de emergencia social, que da plata a sectores vulnerables. Sin dudas es una medida que sirve, distribuye el ingeso y cabe defender. Pero no es de largo. Es de corto. De largo es todo lo anterior que tocó y no está dispuesto a revisar.

Por todo esto, cabe hacer hincapié en la importancia del movimiento obrero para poner límites a Cambiemos. La misma CGT movilizó a su gente a la que se sumaron un montón de personas que no contribuyen a estos sindicatos, es tiempo que la CGT se reencuentre con la historia, y esté a la altura de lo que ella misma generó. Porque la estrategia de negociación es aceptable, como siempre se dijo en este blog, pero movilizar a la gente y no estar a la altura de lo que eso genera, ya no es tan aceptable. La gente está pidiendo que haya medidas de política económica que la favorezca, y esto tiene relación con medidas que frenen la voracidad capitalista de los sectores favorecidos.

Es el peor inicio de gobierno en perjuicio social desde 1983. Por contraste con el momento anterior por búsqueda rentas extraordinaria de espaldas al pueblo. Eso debe moderarse.

El gobierno miente. Y crea pobres.

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Mbororé, impuestos y soberanía

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Este 11 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la célebre batalla de Mbororé, acaecida en cercanías de la actual localidad de Panambí, en 1641. Aquel combate marcó no solo el devenir histórico de la experiencia de las Misiones guaraní-jesuíticas, sino que, además, ratificó uno de los elementos de identidad política en la región más perdurables en el tiempo: la autonomía. De allí que se considere a Mbororé como la batalla de la soberanía.
Luego de dos décadas de ataques sistemáticos por parte de los bandeirantes sobre las Misiones y de la mudanza de los pueblos ubicados en la región del Guayrá, las tensiones entre los cazadores de esclavos lusitanos y los pueblos guaraní-jesuíticos alcanzaron un clímax a comienzos de la década de 1640. Para ello, fue trascendental la decisión de los padres de la Compañía de Jesús de armar a los nativos, para lo cual gestionaron y obtuvieron el permiso real para dotar de armas a los indios.
La decisión de armar a los nativos y de enfrentar a los bandeirantes hubiera sido imposible sin la determinación guaraní por defender su autonomía. No es casual que haya sido en la región del Uruguay en donde se registró el combate. Allí habitó el que es, quizás, el núcleo más guerrero de los guaraníes. Fueron los mismos que resistieron a la penetración jesuita de la mano del karaí Ñezú para dar muerte a Roque González de Santa Cruz y los que, más de un siglo después, combatirán a España y Portugal en el marco de las guerras guaraníticas.
Este núcleo combativo, que inclusive se mantendrá latente en la época de Andresito, es el que explica, en parte, el actual límite entre la Argentina y Brasil. Mbororé es un mojón clave en esa historia. Fue allí, entre los arroyos Acaraguá y Mbororé, que los guaraníes frenaron las incursiones luso-brasileñas y garantizaron el gobierno propio sobre sus territorios. No es un dato menor. En épocas de gobiernos coloniales y reyes absolutos, los guaraníes habían impuesto un modelo intermedio. Es que si bien reconocían la soberanía real, ella quedaba supeditada a las condiciones impuestas por ellos mismos, como el no ser encomendados, la prohibición del ingreso del hombre blanco y la construcción de una religiosidad en simbiosis con la católica.
Ese espíritu autonómico de los habitantes de esta región se mantiene latente como identidad política. El actual gobierno provincial hace alarde de su autonomía frente a las cambiantes políticas del poder central y ratifica, en cada ocasión posible, la determinación de sostener ese principio básico del sistema federal ¿imperante? en el país. Es la política fiscal la prueba palpable de ello. Misiones, a diferencia de otras provincias de economía similar, genera cerca de un tercio de sus recursos con impuestos propios. Esa capacidad de recaudación es la que permite sostener políticas públicas autónomas que serían imposibles en otros contextos.
El impositivo es un debate candente en la provincia. Los comerciantes, por lo menos aquellos aglutinados en la Cámara del rubro posadeña, sostienen que la “pesada” carga tributaria misionera es el factor que deprime la actividad y que favorece las multitudinarias caravanas de compras al Paraguay. No lo dicen en estos términos, pero en verdad lo que proponen es que Misiones resigne su soberanía en beneficio de un sector económico. Ya ocurrió en el pasado y no dio buenos resultados. La pregunta de perogrullo es ¿por qué hasta diciembre de 2015 los locales posadeños estuvieron repletos de compradores y ahora no, si la carga impositiva es la misma? La Cámara de Comercio de Posadas no puede dar respuesta a este dilema; hacerlo implicaría reconocer su error estratégico de haber jugado abiertamente por Cambiemos y su candidato Mauricio Macri.
Lo cierto es que la presión tributaria en la Argentina se encuentra entre 10 y 15 puntos por debajo de la existente en los países con mejor calidad de vida, los nórdicos, que en casos como el de Dinamarca, superan el 50 % de los ingresos. Esto quiere decir, lisa y llanamente, que en Argentina pagamos pocos impuestos. Pese a lo cual hay sectores económicos que proponen que paguemos menos e incluso el gobierno nacional redujo algunas alícuotas para sus socios estratégicos del campo y las mineras, pero aumentó ganancias y el monotributo para el trabajador común.
En definitiva, el debate impositivo es un debate sobre el grado de autonomía que pretendemos y el proyecto social al que propugnamos para todos los habitantes de esta región. Si aspiramos a ser como aquellos guaraníes victoriosos de Mbororé y sostener nuestra soberanía, pues la política fiscal actual resulta la correcta. Si deseamos otra cosa y consideramos que la provincia puede depender de los humores (y la billetera) del poder central, pues habrá que rectificar la carga impositiva. Como vemos, pasado, presente y futuro, siempre están ligados para definir nuestro destino como sociedad.
 
 
 
 

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Dos días en la vida

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Argentina se detuvo….lunes, martes paro docente…paro de los distintos sectores gremiales, paro de la clase obrera, paro social….PARO NACIONAL. Sin dudas hubo muchas lecturas. Sobre quienes reclaman justicia cayeron una lluvia de insultos y atropellos. Se los acuso de oportunistas y de llevar adelante una medida asociada a una estrategia electoral.. desde el gobierno en lugar de escuchar o entender, se buscaron argumentos estadísticos para desacreditar las razones de la movilización, como si los números o porcentajes solucionaran el pesar de la clase trabajadora argentina que sin ninguna duda está pasando un momento muy difícil… desempleo, subempleo y pérdida de su capacidad de consumo producto de los tarifazos y la inflación que no floja…. La mirada está reducida a justificar la pobreza, la marginalidad y las decisiones políticas a través de una estrategia comunicacional que pretende demonizar las protestas sociales y por ende a los trabajadores. 
Se equivocan los que piensan que esta es una acción sectorial o partidaria, se equivocan quienes no puedan ver el sentimiento de abandono de los trabajadores argentinos que se ven atrapados por una dirigencia sindical tibia y un gobierno que no los contiene. 
Como dijo Hugo Seleme (profesor de la UNC)…”quienes soportan la injusticia porque secretamente espera que los demás paguen el costo de combatirla, no son víctimas, sino cómplices de permitir que la sufran otros”.

Estos dos días de marcha vimos una gran parte de la sociedad que salió a la calle porque esta pasando mal, y otra parte que prefiere creer en los argumentos, estadísticas y porcentajes que explican lo irracional de la marcha… 
En estos dos días nos dimos cuenta de algo…HAY UN PAIS DETENIDO Y FRAGMENTADO… Hay un país que detuvo los derechos y el trabajo. Los que pedían tolerancia hoy son intolerantes. Hay un país que detuvo la lucha por su dignidad y soberanía, hay una sumisión al poder financiero internacional que promueve el crecimiento la deuda e impone condiciones al al bienestar popular. Hay un país que detuvo el desarrollo del tejido industrial que perdió ante un modelo agro-exportador y de especulación financiera. Hay un país que paró para disciplinar la sociedad de modos novedosos y criterios clasistas, racistas y machistas. 
Hay un país que paró porque tienen desmanteladas las empresas nacionales, interrumpida la producción científica y tecnológica, recortado el presupuesto para la universidad y la ciencia y olvidado el reclamo por Malvinas.
El país está parado… por eso hoy marchó la Argentina de los trabajadores, la Argentina de los despedidos de empresas privadas y de los ámbitos públicos. Marcho la Argentina que sufre la precarización y la flexibilización laboral, marchó la Argentina de la inclusión, la Argentina de los derechos… Por eso, mi reconocimiento y mis respetos a todos los argentinos que en estos dos días nos demostraron que ejercer la ciudadanía es participar, hacerse escuchar y sobre todo levantar la voz ante la injusticia…. eso también es enseñar, eso también es patriotismo.

 
 
 
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Una alianza necesaria: derechos de la mujer y democracia económica

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De acuerdo a los datos de Naciones Unidas, en los países en desarrollo las mujeres trabajan un 13% más tiempo que los hombres, con el agravante de que el 63% de su trabajo son tareas domésticas no remuneradas: cuidado, alimentación, limpieza, etc. La situación es similar en los países desarrollados. Las mujeres también trabajan más y el 64% son tareas no remuneradas. 
En lo que hace a las tareas remuneradas, en el mundo la presencia de la mujer es más alta en los trabajos de menor calificación y mayor precariedad. Entre el 70 y 80 % del trabajo doméstico es femenino, mientras que esta participación se reduce al 32% en las actividades de tecnologías de información y la comunicación. 
La menor autonomía económica de las mujeres, resultado de sus dificultades para acceder a trabajos en igualdad de condiciones que los hombres, se reproduce en todos los ámbitos de la actividad humana. Solo el 22% de los parlamentarios, el 18% de los integrantes de gabinetes ministeriales y el 19% de los integrantes de las cortes supremas son mujeres. 
En la dirección de los sindicatos sólo el 5% son mujeres. En el ámbito del las grandes corporaciones, donde reside el poder económico, la situación no es mejor. Sólo el 4% de quienes ocupan el puesto de CEO son mujeres; la mitad de las grandes empresas de tecnologías de la comunicación no tienen ni una mujer en sus directorios[1]. 
Estos son sólo algunos indicadores de una desigualdad que debe superarse como condición necesaria para el desarrollo y la paz. 
La ONU ha convocado cuatro conferencias mundiales sobre la mujer desde 1975. En la última de ellas (Beijing, 1995) se aprobó una Declaración y Plataforma de Acción donde se reconoce que la “potenciación del papel de la mujer y la plena participación de la mujer en condiciones de igualdad en todas las esferas de la sociedad, incluidos la participación en los procesos de adopción de decisiones y el acceso al poder, son fundamentales para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz”. 
Es decir, lo que está en discusión es el acceso al poder por parte de la mujer en todas las esferas. 
Como luego agrega la plataforma, adoptada por 189 países “esto supone el establecimiento del principio de que mujeres y hombres deben compartir el poder y las responsabilidades en el hogar, en el lugar de trabajo y, a nivel más amplio, en la comunidad nacional e internacional”.
 
Cooperativas y democratización del poder económico
Si se trata de compartir el poder, el primer paso es democratizarlo. Aquí es donde resulta necesaria la convergencia de la lucha por los derechos de la mujer y la lucha por la democracia económica. 
La solución a la desigualdad de género no puede limitarse a que la mujer escale posiciones en un sistema desigual. Desde el absurdo: incrementar solo la participación de la mujer en el listado de multimillonarios de la revista Forbes sería por cierto un resultado magro en términos de equidad social. 
La igualdad entre los géneros será resultado de la organización de la mujer para disputar sus espacios. Así lo demostraron las mujeres en Islandia, en aquella paradigmática huelga de octubre de 1975 que fue la base para la conformación de una de las sociedades más igualitarias en este sentido. 
Así también lo están demostrando las mujeres del movimiento #NiUnaMenos en Argentina: a partir de la movilización y la militancia en la defensa de casos emblemáticos de discriminación han logrado poner en la agenda pública el tema de la violencia de género, desnudando los mecanismos del patriarcado en la justicia y en las fuerzas de seguridad. 
De igual manera, cambiar la economía para garantizar los derechos de la mujer requiere que se organicen para disputar el poder económico. 
A nivel global las mujeres representan el 70% de las compras[2]. Si el consumidor fuese el soberano las mujeres controlarían la economía. Como es evidente, esto no es así. En una economía controlada por oligopolios, la demanda es manipulada y sometida a las necesidades de valorización del capital. 
Una de las respuestas es la organización de las mujeres en su calidad de consumidoras. Por ejemplo, si se amplía la participación de las cooperativas de consumo y otras empresas de la economía solidaria en la distribución minorista de bienes y servicios, y si esto es protagonizado por mujeres conscientes de sus derechos vulnerados, se estará en condiciones disputar desde una perspectiva de género qué consumir y cómo producir. Comenzando por combatir el llamado “pink tax” –lo que pagan de más la mujeres por el hecho de serlo en especial en artículos de higiene personal, pero no solamente–, avanzando con la promoción del consumo responsable con perspectiva de género, y culminando con la capacidad económica para combatir los comportamientos empresarios que dan fundamento a la inequidad. 
Si lo que se quiere es que la mujer participe en la producción de hábitat, nada mejor que fortalecer el cooperativismo de vivienda y que las mujeres desde la democracia disputen este sector a la economía concentrada. 
Igual razonamiento respecto al sistema financiero. No es suficiente con reclamar el acceso al crédito controlado por la banca internacional. El camino es la organización de instituciones de crédito de matriz solidaria, donde la mujer pueda hacer oír su voz en función de sus necesidades. 
En suma, si la organización popular es la herramienta para democratizar el poder, la organización de empresas de la economía solidaria es la herramienta para democratizar el poder económico a favor de las mujeres. 
Esto también forma parte de la Plataforma de Beijing, que plantea la promoción de cooperativas dentro de los objetivos estratégicos de “facilitar el acceso de la mujer –en condiciones de igualdad– a los recursos, al empleo, a los mercados y al comercio”, y de “reforzar la capacidad económica y las redes comerciales de la mujer”. Especial mención se hace en dicha Declaración a las cooperativas de ahorro y crédito, de trabajo y agropecuarias. 
También ha sido específicamente reconocido por la OIT: “El modelo cooperativo ofrece a las mujeres importantes oportunidades de empleo, mejores medios de vida y acceso a recursos productivos y a servicios”[3].
Sin embargo esto será así sólo si efectivamente las cooperativas favorecen la participación de la mujer y no terminan reproduciendo los rasgos patriarcales de la sociedad en que están inscriptas. 
Como empresas orientadas a valores tienen la obligación de hacerlo. Nada menos que el Primer Principio Cooperativo dice que “las cooperativas son organizaciones voluntarias abiertas para todas aquellas personas dispuestas a utilizar sus servicios y dispuestas a aceptar las responsabilidades que conlleva la membresía sin discriminación de género, raza, clase social, posición política o religiosa”. 
Las cooperativas han sido pioneras en este sentido, desde la primera en Rochdale que reconoció el voto a la mujer en 1844, cuando todavía no se había conquistado el voto femenino en el ámbito de la política. 
Sin embargo, ni la historia ni los principios declarados alcanzan si la democracia no se ejerce. Para que así sea son necesarios varios requisitos. 
En primer lugar es necesario que la mujer esté asociada a la cooperativa. Si sólo el hombre es socio (por ejemplo en cooperativas de ahorro y crédito, de vivienda o agropecuarias) entonces la mujer no está presente, por más esfuerzos de “integración de la familia” que se realicen. Evitar esto requiere comprometerse en la discusión sobre la equidad de género en el ámbito del hogar. Si el hombre es el que manda en el hogar y la participación de la mujer está mediatizada por él, será poco lo que se podrá avanzar. 
En segundo lugar, es necesario que las mujeres cuenten con igualdad de condiciones para el acceso a la información y a la educación cooperativa. Desde los inicios del cooperativismo se ha comprendido la importancia de la educación como herramienta democratizadora, por ello por el quinto principio están obligadas a garantizar la educación de sus miembros. 
En tercer lugar, es conveniente que las mujeres estén organizadas en el seno de cada cooperativa, federación o confederación, para denunciar las asimetrías y promover los cambios necesarios. Para ello deben existir instancias específicas de participación –como por ejemplo Comités de Género– que vinculen sus objetivos con la agenda general de la lucha por los derechos de la mujer. 
La base para la construcción de una alianza firme entre la democratización de la economía y los derechos de la mujer deben ser los comités de género del movimiento cooperativo. 
Son los que están en condiciones de poner en evidencia las inequidades hacia el interior del movimiento cooperativo, tanto en términos de conducción política como de organización del trabajo, y de articular estos objetivos con las distintas iniciativas en cada uno de los territorios. 
La lucha por la igualdad en las cooperativas no puede desentenderse de la sociedad en que se hayan inscriptas, ni la sociedad puede prescindir de las cooperativas para construir igualdad en su seno. El nexo es la organización de las mujeres en cada cooperativa en diálogo con el resto de las organizaciones de cada territorio. 
 
Cooperativas y condiciones de trabajo
La mayor parte de la intervención de los Estados respecto a los derechos de la mujer en el ámbito económico está dirigida a generar condiciones apropiadas para la defensa de sus derechos como trabajadoras: igualdad de trato y remuneración, protección de la maternidad, protección contra la violencia, etc. 
Es mucho lo avanzado en este sentido, pero también mucho lo pendiente. Por ejemplo en el caso de las licencias, que suelen ser insuficientes y en general presumen que la mujer es la única responsable de los cuidados. 
Es interesante la experiencia de los países nórdicos donde existen licencias parentales, que son las licencias que no están asociadas con el nacimiento sino con la crianza, de hasta dos años de duración y que pueden tomar alternativamente las madres o los padres. 
Las cooperativas podemos y debemos avanzar en estos temas, más allá de las exigencias de la legislación: lo exigen nuestros valores. La incorporación plena de la mujer debe ser una de las claves para mostrar un modelo empresario exitoso, el “preferido por la gente”, en términos del Plan por una Década Cooperativa de la Alianza Cooperativa Internacional. 
En dicho sentido es muy interesante la iniciativa del Grupo Empresarial Cooperativo Coomeva, de Colombia. Esta cooperativa es la primera empresa en su país que adhiere al Sello de Equidad Laboral Equipares, otorgado por el Ministerio de Trabajo en el marco de su Programa de Certificación del Sistema de Gestión de Igualdad de Género (SGIG), con el acompañamiento técnico del Programa de Naciones Unidas (PNUD).
Es un excelente camino para trabajar la transformación cultural empresaria que exige la equidad de género, al tiempo de que se logra dar visibilidad al proceso en el marco de un programa con soporte internacional. Las cooperativas deben liderar estas iniciativas en todo el mundo.
Por otro lado, las cooperativas están en condiciones de agregar una nueva dimensión en este debate. No sólo se trata de promover relaciones asalariadas en condiciones de equidad: pueden construirse relaciones de trabajo decentes a partir del control directo por parte de las mujeres sobre las condiciones de trabajo. 
En las cooperativas de trabajo los asociados –trabajadoras y trabajadores– son quienes deciden las condiciones de trabajo, incluyendo sistemas de remuneración, licencias, horarios, seguridad laboral, etc. La mujer que quiere ampliar sus derechos, puede hacerlo construyendo colectiva y democráticamente una empresa que se adapte a sus necesidades y reconozca sus derechos. 
Moderar al capital para que tenga en cuenta la perspectiva género no es el único camino para las mujeres: pueden desplazarlo del puesto de comando. 
Por su puesto, para esto las cooperativas deben contar con herramientas que faciliten su constitución y consolidación, como por ejemplo financiamiento y asistencia técnica. Quizás podría plantearse un nuevo derecho de las mujeres: el derecho de acceder a las condiciones necesarias para poder organizar su propia empresa, en equidad y sin relaciones de explotación. 
En el marco de la nueva ola de economía solidaria que se observa en el mundo (producto de la búsqueda de alternativas para generar ingresos cuando el mercado de trabajo es impotente para incorporar a amplios sectores de la sociedad) se registra que gran parte de esa economía emergente está integrada por mujeres que desarrollan estrategias asociativas, que resultan complementarias y compatibles con sus tareas de atención a sus familias. 
Por ejemplo, en Bolivia la participación de las mujeres en las actividades económicas autogeneradas supera a la de los hombres: 70 % de las mujeres ocupadas y 56 % de los varones ocupados trabajaban en 2011 en unidades familiares y de pequeña escala[4]. 
Aprovechar esta experiencia, con el respaldo de políticas públicas específicas, puede ser un camino para construir unidades empresarias donde se privilegie la perspectiva de género en lo que hace a la construcción de condiciones de trabajo equitativas y compatibles con la necesidad de atender las tareas de cuidado, que son corresponsabilidad de ambos géneros.
 
Cooperativas y batalla cultural
Pero quizás el principal aporte que puede realizar el movimiento cooperativo es en términos de batalla cultural. La maquinaria publicitaria al servicio del capital concentrado es quizás uno de los principales reproductores de estereotipos de género que condenan a la mujer a un lugar de sumisión. 
Mujeres que limpian los sanitarios mientras que los hombres recorren rutas en sus autos de alta gama, mujeres tratadas como “princesas” porque gracias a un detergente tiene las manos suaves al terminar de lavar la vajilla, mujeres que deben apelar a una sopa para incidir en las decisiones arbitrarias del “hombre de la casa”. Todos ejemplos que vemos diariamente en los medios masivos de comunicación y que están estrictamente ligados con la violencia de género: cuando se promueve una actitud servil basada en estereotipos de género se están promoviendo relaciones de sumisión y no de equidad. 
Este rol subordinado de la mujer empaña la mayor parte de las relaciones interpersonales y condiciona su capacidad de progreso, empezando por la elección de su formación profesional.
El informe mundial sobre salarios de la OIT de 2015 mostró que existe una brecha salarial a favor de los hombres en todos los países, y que parte sustantiva de la misma no se explica por ninguna razón objetiva (como por ejemplo calificación o antecedentes). Es sólo discriminación. En Argentina la brecha salarial a favor de los hombres es del 27%, la mitad de la cual no se funda en ninguna razón objetiva. En Brasil los hombres ganan un 24% más, pero deberían ganar menos si las remuneraciones se fundaran en sus antecedentes y calificaciones.
Mucho es lo que pueden hacer las cooperativas en este terreno en su carácter de empresas sujetas a valores, comenzando por incorporar la equidad de género en la formación sobre valores y principios cooperativos dirigida a los miembros, empleados y público en general, pues no hay solidaridad ni democracia si no hay equidad de género. 
Las empresas cooperativas, en particular las de mayor escala, pueden ser actores importantes para incorporar la temática de género en sus campañas publicitarias, e incidir sobre los medios para que asuman una actitud responsable. 
Pero quizás el desafío más importante sea contribuir desde la economía solidaria a la democratización de la palabra. La presencia de cooperativas gestionando radios, servicios de televisión por cable o diarios, debe ser un camino para interpelar a los grupos multimedios que controlados por la economía concentrada y su cultura patriarcal reproducen estereotipos discriminatorios. 
Multiplicar los medios cooperativos y promover la participación femenina puede contribuir a cambiar las condiciones estructurales en que las sociedades nos comunicamos, colaborando así con los compromisos asumidos por los Estados en la Plataforma de Beijing: “Estimular y reconocer las redes de comunicación de mujeres como medio para la difusión de información y el intercambio de ideas, incluso en el plano internacional, y brindar apoyo a los grupos de mujeres que participan en todos los ámbitos de los medios de difusión y de los sistemas de comunicación a ese efecto”.
 
Cooperativas y economía del cuidado
Estas líneas comenzaron indicando que la mayor parte de trabajo femenino es de cuidado y no remunerado. Esto no fue arbitrario. Es que la inequidad en la distribución del trabajo doméstico es el mayor obstáculo para que la mujer pueda insertarse en las actividades productivas remuneradas en igualdad de condiciones. 
La incorporación masiva de la mujer en el mercado de trabajo es un fenómeno relativamente reciente que no se ha visto acompañado por una adecuación de igual magnitud en las tareas que hacen a la reproducción de la vida. El cuidado de los niños, de los ancianos y de todos aquellos con limitaciones en su autonomía, los temas de limpieza y alimentación, siguen estando fundamentalmente en manos de las mujeres, lo que les limita severamente sus posibilidades de capacitación y dedicación al trabajo remunerado o a cualquier otra actividad política, social o cultural que permita su desarrollo personal.
Las respuestas frente a esta sobrecarga laboral han sido, por un lado, apelar a relaciones de solidaridad con otras mujeres de la familia, y por otro, la tercerización de parte de las tareas a través de la contratación de otra mujer, en condiciones habitualmente precarias.
En realidad lo que se conforman son cadenas de cuidado, donde los sectores en mejores condiciones económicas delegan las tareas en los sectores subordinados, produciendo y reproduciendo la desigualdad. Muchas de estas son cadenas globales de cuidado, ya que la trabajadora es a menudo una migrante que ha sacrificado las condiciones de vida de su núcleo familiar para poder enviar remesas a su país de origen. Como describe la CEPAL, “los grupos de mayores recursos perciben los beneficios de satisfacer sus necesidades de cuidado, aunque esto implique descuidar las necesidades de quienes les proveen de estos servicios. De este modo pueden transferir las labores del cuidado a otros: hombres a mujeres, clases altas a clases bajas, nacionales a inmigrantes. Las personas situadas al final de la cadena son tan pobres que no pueden contratar una trabajadora doméstica y deberán apoyarse en el trabajo doméstico no remunerado familiar. En definitiva, se está produciendo un trasvasije de situaciones generadoras de desigualdad entre mujeres y familias de distinta nacionalidad, clase social, raza o nivel de estudios, entre otros. Se registran, por tanto, importantes cambios cualitativos en las diferencias intragénero, que ocultan la persistencia de desigualdades entre mujeres y varones”[5]. 
Esta ha sido la “solución de mercado”: precarización del trabajo y migraciones.
Frente a esto han surgido iniciativas orientadas a reconocer los derechos del cuidado, y a asumir la responsabilidad pública de que estos sean satisfechos en condiciones no precarizadas. 
Un ejemplo de ello es la recientemente aprobada Ley del Sistema de Cuidados de Uruguay, cuyo objeto es “la promoción del desarrollo de la autonomía de las personas en situación de dependencia, su atención y asistencia, mediante la creación de un Sistema Nacional Integrado de Cuidados como conjunto de acciones y medidas orientadas al diseño e implementación de políticas públicas que constituyan un modelo solidario y corresponsable entre familias, Estado, comunidad y mercado” (Ley 19.353, Art. 2).
El sistema provee distintos componentes según la población a la que está dirigida: jardines maternales, casas comunitarias de cuidados (en el caso de los niños), y centros diurnos o asistentes personales (en caso de los ancianos). Todos estos servicios podrían ser provistos por cooperativas. En el caso uruguayo específicamente el servicio de asistentes personales a los ancianos o discapacitados incluye la oferta de cooperativas. 
Es decir, a los efectos de que la responsabilidad social de los cuidados no recaiga en las mujeres, se construye un sistema regulado por el Estado, donde tienen cabida las organizaciones del campo de la economía solidaria. 
De esta manera las cooperativas pueden aportar una primera respuesta a este problema a través de la provisión de servicios de cuidado.
Esto ha sido visualizado positivamente por la OIT al señalar que “las cooperativas pueden proporcionar una vía para salir de relaciones de trabajo precarias e informales, que pueden ser un rasgo de la vida laboral de muchos trabajadores migrantes. Pueden ofrecer acceso a servicios esenciales que necesitan los trabajadores domésticos, esto es, formación y educación, vivienda y servicios financieros, así como servicios de atención de sus familias. Hay experiencias de sindicatos que han ayudado a crear cooperativas para sus miembros en el ámbito de la prestación de esos servicios”[6]. 
Como bien rescata la OIT, “hay una larga tradición de trabajadores domésticos que eligen el modelo cooperativo como forma de organización idónea para satisfacer sus necesidades y, de hecho, la primera cooperativa de trabajadores domésticos de que se tiene noticia fue fundada en 1877 por mucamos y cocineros en el Uruguay”. 
Dentro de las experiencias actuales, rescata la experiencias de la Cooperativa We can do it! de Brooklyn (Nueva York), la Cooperative Home Care Associates, que es la mayor cooperativa de trabajo doméstico de EEUU, y la Jamaican Household Workers Association (JHWA). Especial análisis realiza de la Federación de Asociaciones de Trabajadoras por Cuenta Propia (SEWA), un sindicato nacional de la India que trabaja para proporcionar empleos mediante la creación de cooperativas de atención de salud, atención a domicilio, partería y guardería. A través de esas cooperativas, en palabras de la propia SEWA, “las trabajadoras obtienen trabajo e ingresos permanentes de una manera no explotadora con una mejor posición para negociar y se convierten en trabajadoras-propietarias”.
En suma, el envejecimiento de la sociedad, producto de la mayor esperanza de vida, y la necesidad de disminuir la sobrecarga del trabajo no remunerado de la mujer en el hogar, crean la oportunidad de cooperativas de trabajo que brinden estos servicios, garantizando en forma colectiva condiciones dignas de trabajo y escala suficiente para brindar servicios integrales y eficaces. 
Sin embargo, si sólo se consideran a las cooperativas de trabajo atendiendo las demandas presentadas individualmente por cada hogar, están faltando dos actores que pueden ser incorporados desde la economía solidaria: los usuarios de los servicios y la comunidad. 
¿No deberían los usuarios de los servicios (adultos mayores, por ejemplo) tener voz y voto sobre estos temas?¿No podrían aportar, incluso, en forma de trabajo o de capital, recursos para la satisfacción de sus necesidades en forma solidaria?
¿No debería la comunidad preguntarse cómo desarrollar servicios en base a relaciones de reciprocidad que permitan una mayor autonomía de la mujer frente a los requerimientos de cuidado de cada familia?
¿No debería la economía solidaria apelando a la construcción de relaciones de reciprocidad y de responsabilidad comunitaria, construir alternativas más allá de las relaciones de intercambio propias de la contratación de mano de obra para las tareas domésticas?
Una de las contribuciones centrales que puede y debe hacer el cooperativismo en la defensa de los derechos de la mujer es aportar soluciones innovadoras que posibiliten una redistribución de las tareas de cuidado, que hoy son no remuneradas y explican dos tercios de su trabajo. Y hacerlo desde la eficiencia, la participación y la solidaridad, porque será allí donde están las respuestas, y no en el mercado, que sólo profundiza las desigualdades a través de la precarización. Veamos algunos ejemplos que resultan ilustrativos. 
La cooperativa de vivienda Trabensol (Trabajadores en Solidaridad)[7] es una cooperativa de mayores de Madrid. Ha construido un moderno edificio bioclimático de 16.000 metros cuadrados donde cada socio disfruta de su apartamento –en total hay 54 viviendas– en régimen de cesión de uso. Es un espacio construido y gestionado por las propias personas involucradas, procurando garantizar su desarrollo autónomo y aportando una salida innovadora en la situación de vejez, al evitar las respuestas institucionalizadas donde no participan (geriátricos públicos o lucrativos) y la sobrecarga laboral de la familia (en especial de las mujeres). Esta es una experiencia inspirada en lo que es una realidad desde los años 70 en Dinamarca, donde las “cohousing” o coviviendas de este tipo son habituales para la población de la llamada tercera edad[8].
En el otro extremo de las franjas etarias, está el ejemplo de La Mainada[9], en Cataluña. Se trata de una asociación donde las familias solidariamente atienden el trabajo de cuidado de sus niños pequeños, en una propuesta donde se conjuga el trabajo profesional remunerado (de una persona especialista) y el trabajo solidario de los “mapadres”. Es una iniciativa que va en el sentido de “deslocalizar” el trabajo de cuidado, saliendo de la órbita estrictamente familiar, al crear instancias colectivas, solidarias y participativas. 
No puede dejar de mencionarse en esta breve enumeración de ejemplos la experiencia de las cooperativas sociales italianas, que surgen precisamente por el esfuerzo inicial de pequeños grupos de voluntarios y trabajadores descontentos con la oferta pública y la provisión del mercado de servicios de atención social y comunitaria. En el seno de estas cooperativas se conjuga la visión de los distintos actores (trabajadores asalariados, trabajadores voluntarios y beneficiarios) en especial en las que cuentan con una estructura “multi stakeholder”. Trabajando en forma muy articulada con el Estado y otras organizaciones comunitarias, y apelando a estrategias de integración cooperativa que resultan ejemplares, se han convertido en la principal oferta de servicios de atención social en su país. 
Otro ejemplo es la Federación de Cooperativas de Servicios a Domicilio y Salud, de Quebec, Canadá, que fundada en 1996 integra a 69 cooperativas que atienden a aproximadamente 60.000 usuarios. En este caso los asociados son los usuarios, que se organizan en cooperativas para garantizarse el servicio. 
En Argentina, algunas cooperativas de servicios públicos, donde está asociada la mayor parte de la comunidad de las pequeñas localidades, están comenzando a tomar este tema. Por ejemplo, integrantes de la Federación de Cooperativas de Trabajo de la República Argentina (FECOOTRA), de la Federación Argentina Empresas de la Salud Solidaria (FAESS), junto con cooperativas de servicios públicos de la Provincia de Buenos Aires (FEDECOBA) están trabajando en forma colaborativa con el asesoramiento de dos universidades nacionales en el diseño de servicios de cuidados, donde los usuarios y la comunidad estén representados por las cooperativas de servicios públicos, y los servicios sean provistos por cooperativas de trabajo.
Todas éstas son parte de múltiples iniciativas que tienen orientaciones similares en todo el mundo, pero que todavía resultan marginales en términos del conjunto de la sociedad. 
Se requiere aquí un importante trabajo de reflexión y debate sobre los caminos más aconsejables en este cruce entre economía doméstica y economía solidaria, o entre la lucha por los derechos de la mujer y la lucha por la democracia económica. 
De lo que se trata, en última instancia, es de construir sistemas de cuidados que apelando a la solidaridad y a la participación atiendan a tres derechos en forma simultánea: el derecho al cuidado, el derecho de las mujeres y el derecho de los trabajadores y trabajadoras del sistema de cuidados. 
 
Ejes para una alianza por la equidad
Construir una sociedad donde prevalezca la igualdad de los géneros requiere de organización y militancia para modificar la realidad. Existe una enorme oportunidad si en este camino logran sumar sus esfuerzos quienes trabajan por la democracia económica desde la economía solidaria y el creciente movimiento por los derechos de la mujer. 
De acuerdo a lo argumentado, se desprenden algunos ejes para esta tarea: 
>Incorporar la organización y promoción de cooperativas y otras empresas de la economía solidaria en la agenda del movimiento por los derechos de la mujer, como un camino para disputar el poder económico al capital concentrado que impone los intereses del patriarcado. 
>Incorporar la perspectiva de género en todos los ámbitos de las cooperativas, incluyendo la organización del trabajo, políticas de comunicación y actividades de educación, a partir de sostener la equidad de género como parte constitutiva de los valores de solidaridad y democracia. 
>Organizar comités de género o espacios equivalentes en el seno del movimiento cooperativo, como herramienta para luchar por la equidad en el seno de las organizaciones cooperativas, y facilitar su articulación con la agenda del movimiento por los derechos de la mujer. 
>Incorporar la perspectiva de género en la construcción autogestionaria de las condiciones de trabajo, procurando que la participación de la mujer resulte en un fuerte sector de cooperativas de trabajo que sea testimonio de las buenas prácticas laborales.
>Exigir a todos los Estados el cumplimiento de los compromisos asumidos en la Declaración y Plataforma de la IV Conferencia Internacional de Beijing.
>Promover la participación de la mujer en medios de comunicación gestionados desde la economía solidaria y otras organizaciones de la sociedad civil, con el objetivo de brindar una perspectiva alternativa del rol de la mujer en la sociedad. 
Promover el debate e investigación sobre formas alternativas para que la economía solidaria aporte soluciones innovadoras para una reorganización de las tareas de cuidado que libere a las mujeres de la sobrecarga laboral.
 
El proyecto de sociedad que se desprende de la Declaración Universal de los Derechos Humanos no será posible si no se avanza en forma sostenida hacia la equidad entre hombres y mujeres. La humanidad ha avanzado pasos importantes en este sentido, pero aún son formidables los desafíos pendientes. 
El principal de ellos es comprender que una sociedad más igualitaria requiere otra economía, cuyo objetivo sea la reproducción de la vida y no la valorización del capital. En ese camino deben confluir los esfuerzos del movimiento cooperativo y de las diversas organizaciones y movimientos que luchan por los derechos de la mujer: más democracia en la economía con mayor protagonismo de la mujer es el camino hacia a una sociedad donde la igualdad, la libertad y la fraternidad sean los valores que estructuren centralmente nuestras relaciones. 
                  
[1] Información de ONU Mujeres, Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, correspondiente al informe 2015. http://www.unwomen.org Corresponde a totales mundiales.
[2] Mercedes D’Alessandro, “Economía Feminista”, Penguin Random House Grupo Editorial SA, Buenos Aires, 2016, pág. 106.
[3] OIT, “Cómo utilizar la ventaja de las cooperativas en favor del empoderamiento de las mujeres y la igualdad de género”, Cooperativas y Mundo de Trabajo Serie Nro. 1. Junio 2015.
[4]  Ivonne Farah Henrich “Economía feminista y economía solidaria: ¿alternativa al patriarcado?”, en “Economía Social y Solidaria: conceptos, prácticas y políticas públicas”, Universidad del País Vasco, 2016.
[5]  CEPAL, FAO, ONU Mujeres, PNUD, OIT, Informe Regional. Trabajo decente e igualdad de género. Políticas para mejorar el acceso y la calidad del empleo de las mujeres en América Latina y el Caribe. Santiago de Chile, 2013.
[6] OIT, “Cooperar para salir del aislamiento: las cooperativas de trabajadoras y trabajadores domésticos”, Cooperativas y Mundo de Trabajo Serie Nro. 1. Junio 2015.
[7] https://www.equaltimes.org/envejecer-entre-amigos-para?lang=en#.WLMOQG_hB0y
[8] http://www.xn--sttedammen-d6a.dk/
[9] Alejandra Araiz y Robert González García, “Hacia la colectivización del cuidado. La Mainada, una experiencia de crianza compartida”. En Otra Economía, 10(19):176-184, julio-diciembre 2016 Unisinos.
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