Mbororé, impuestos y soberanía

Este 11 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la célebre batalla de Mbororé, acaecida en cercanías de la actual localidad de Panambí, en 1641. Aquel combate marcó no solo el devenir histórico de la experiencia de las Misiones guaraní-jesuíticas, sino que, además, ratificó uno de los elementos de identidad política en la región más perdurables en el tiempo: la autonomía. De allí que se considere a Mbororé como la batalla de la soberanía.
Luego de dos décadas de ataques sistemáticos por parte de los bandeirantes sobre las Misiones y de la mudanza de los pueblos ubicados en la región del Guayrá, las tensiones entre los cazadores de esclavos lusitanos y los pueblos guaraní-jesuíticos alcanzaron un clímax a comienzos de la década de 1640. Para ello, fue trascendental la decisión de los padres de la Compañía de Jesús de armar a los nativos, para lo cual gestionaron y obtuvieron el permiso real para dotar de armas a los indios.
La decisión de armar a los nativos y de enfrentar a los bandeirantes hubiera sido imposible sin la determinación guaraní por defender su autonomía. No es casual que haya sido en la región del Uruguay en donde se registró el combate. Allí habitó el que es, quizás, el núcleo más guerrero de los guaraníes. Fueron los mismos que resistieron a la penetración jesuita de la mano del karaí Ñezú para dar muerte a Roque González de Santa Cruz y los que, más de un siglo después, combatirán a España y Portugal en el marco de las guerras guaraníticas.
Este núcleo combativo, que inclusive se mantendrá latente en la época de Andresito, es el que explica, en parte, el actual límite entre la Argentina y Brasil. Mbororé es un mojón clave en esa historia. Fue allí, entre los arroyos Acaraguá y Mbororé, que los guaraníes frenaron las incursiones luso-brasileñas y garantizaron el gobierno propio sobre sus territorios. No es un dato menor. En épocas de gobiernos coloniales y reyes absolutos, los guaraníes habían impuesto un modelo intermedio. Es que si bien reconocían la soberanía real, ella quedaba supeditada a las condiciones impuestas por ellos mismos, como el no ser encomendados, la prohibición del ingreso del hombre blanco y la construcción de una religiosidad en simbiosis con la católica.
Ese espíritu autonómico de los habitantes de esta región se mantiene latente como identidad política. El actual gobierno provincial hace alarde de su autonomía frente a las cambiantes políticas del poder central y ratifica, en cada ocasión posible, la determinación de sostener ese principio básico del sistema federal ¿imperante? en el país. Es la política fiscal la prueba palpable de ello. Misiones, a diferencia de otras provincias de economía similar, genera cerca de un tercio de sus recursos con impuestos propios. Esa capacidad de recaudación es la que permite sostener políticas públicas autónomas que serían imposibles en otros contextos.
El impositivo es un debate candente en la provincia. Los comerciantes, por lo menos aquellos aglutinados en la Cámara del rubro posadeña, sostienen que la “pesada” carga tributaria misionera es el factor que deprime la actividad y que favorece las multitudinarias caravanas de compras al Paraguay. No lo dicen en estos términos, pero en verdad lo que proponen es que Misiones resigne su soberanía en beneficio de un sector económico. Ya ocurrió en el pasado y no dio buenos resultados. La pregunta de perogrullo es ¿por qué hasta diciembre de 2015 los locales posadeños estuvieron repletos de compradores y ahora no, si la carga impositiva es la misma? La Cámara de Comercio de Posadas no puede dar respuesta a este dilema; hacerlo implicaría reconocer su error estratégico de haber jugado abiertamente por Cambiemos y su candidato Mauricio Macri.
Lo cierto es que la presión tributaria en la Argentina se encuentra entre 10 y 15 puntos por debajo de la existente en los países con mejor calidad de vida, los nórdicos, que en casos como el de Dinamarca, superan el 50 % de los ingresos. Esto quiere decir, lisa y llanamente, que en Argentina pagamos pocos impuestos. Pese a lo cual hay sectores económicos que proponen que paguemos menos e incluso el gobierno nacional redujo algunas alícuotas para sus socios estratégicos del campo y las mineras, pero aumentó ganancias y el monotributo para el trabajador común.
En definitiva, el debate impositivo es un debate sobre el grado de autonomía que pretendemos y el proyecto social al que propugnamos para todos los habitantes de esta región. Si aspiramos a ser como aquellos guaraníes victoriosos de Mbororé y sostener nuestra soberanía, pues la política fiscal actual resulta la correcta. Si deseamos otra cosa y consideramos que la provincia puede depender de los humores (y la billetera) del poder central, pues habrá que rectificar la carga impositiva. Como vemos, pasado, presente y futuro, siempre están ligados para definir nuestro destino como sociedad.
 
 
 
 

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