EL PAIS

Agostina Páez, la abogada acusada en Brasil por injuria racial, no va presa y vuelve al país

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Agostina Páez enfrentó este martes la audiencia clave en el marco de la causa que la mantiene retenida en Río de Janeiro, Brasil, desde enero pasado, acusada de injuria racial, que tiene una pena de hasta 5 años de prisión, y todas fueron buenas noticias: si bien falta la firma del juez, no va presa y vuelve al país.

Así lo confirmó la abogada de Agostina, Carla Junqueira, al salir de la audiencia este martes. Dijo que la Fiscalía y la querella no se opusieron a que su defendida regrese al país: “El juez tiene que definir en el escrito la caución pecuniaria (fianza); es una cuestión de días”.

Ahora, Agostina deberá pagar una multa y hacer servicios comunitarios. Sus defensores calculan que en tres días podrá estar de regreso en su casa, pero depende de la resolución del juez sobre qué tiene que pagarles a las víctimas y cuánto dinero.

El caso contra Agostina se originó el 14 de enero, cuando fue grabada realizando gestos considerados racistas hacia empleados de un bar en el barrio de Ipanema, lo que derivó en tres denuncias penales por discriminación. El video, que se viralizó rápidamente, desencadenó una investigación de la Justicia de Brasil y la imposición de medidas cautelares: tobillera electrónica y prohibición de abandonar el país.

La abogada Junqueira contó que, en la audiencia, en lugar de las tres denuncias que le endilgaban a la santiagueña y que llevaban la pena en expectativa a 15 años de cárcel de máxima, “la Fiscalía la redujo a una con una pena mínima de dos años, reemplazable por servicios comunitarios en Argentina y pago de reparación a las víctimas”. Es que, finalmente, la acusación tomó todo como un delito continuado con tres víctimas.

Si Dios quiere, en días puedo volver a la Argentina. Al juez le dije la verdad, todo lo que ha pasado; les he pedido perdón a las supuestas víctimas”, comentó Agostina ante la prensa que estaba en la puerta del juzgado. Y agregó: “Fue la peor experiencia de mi vida”.

Luego, la abogada acusada reveló: ”Las víctimas no dijeron nada, han aceptado las disculpas y se han ido”. Y sobre el gesto que le hicieron a ella comentó que “no ha habido un pedido de disculpas”.

Junqueira añadió a ello como positivo que “la fiscal mencionó claramente que había pedido disculpas y había entendido lo que significa el racismo en Brasil”.

“Me siento aliviada, pero hasta que no esté en Argentina no voy a estar en paz. Voy a seguir encerrada porque he seguido siendo amenazada. Que esta resolución no quita que no me puedan hacer algo”, explicó Agostina luego. Serán las horas más largas las de la espera de la resolución del juez y ahí se verá qué tiene que pagarles a las víctimas.

Por qué el gobierno argentino no pudo interceder

En el caso de Agostina Páez, y en el de cualquier otro detenido en el exterior por causas penales, el gobierno de Argentina no puede intervenir para traerlos de vuelta por un principio básico del derecho internacional: la soberanía judicial del país donde ocurrió el hecho.

En el caso de Agostina, como el hecho investigado ocurrió en Río de Janeiro, la justicia brasileña tiene competencia exclusiva. Eso significa que la investigación, la detención o retención, el proceso judicial y cualquier restricción para salir del país solo pueden decidirlos jueces o fiscales brasileños.

Ningún gobierno extranjero puede ordenar que la persona vuelva a su país.

¿Qué sí puede hacer el gobierno argentino? A través del consulado en Río o la embajada en Brasilia puede verificar que la detenida tenga defensa legal, asegurarse de que no se vulneren sus derechos, permitir contacto con la familia, visitar a la persona si está detenida o facilitar un abogado o traductor.

Esta asistencia consular, como se la llama, se le brindó a Páez desde el mismo día en el que fue informada del proceso, según ella misma destacó varias veces. Y este martes sí hubo gente del consulado en la audiencia.

Sin embargo, no pueden sacarla del país ni interferir en la causa. Eso solo se puede lograr a través de un consenso entre las partes durante una audiencia judicial, como ocurrió este martes.

En ese contexto, el canciller Pablo Quirno tuiteó la noticia sobre el regreso de Agostina esta noche con la frase: “Hechos, no palabras”.

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Bahco deja de fabricar en Santa Fe y reconfigura su negocio en Argentina

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La decisión de Bahco de discontinuar la producción en su planta de Santo Tomé, Santa Fe, y reconvertir ese establecimiento en un nodo exclusivamente comercial, logístico y de servicio vuelve a poner sobre la mesa un movimiento que ya se repite en distintos sectores: multinacionales que dejan de fabricar en la Argentina, pero no se van del mercado. Esta vez, el impacto inmediato alcanza a aproximadamente 40 trabajadores, según informó la propia compañía, y deja una pregunta que excede a una sola firma: cuánto margen conserva la industria para sostener producción local en un contexto económico que empuja a las empresas a rediseñar su presencia sin romper del todo su vínculo con el país.

La medida fue comunicada por SNA Europe Argentina, administradora local de la marca, y marca un cambio estructural en el rol que tenía la planta santafesina dentro del esquema del grupo. Ya no fabricará herramientas. Seguirá operativa, pero bajo otra lógica. El dato es políticamente sensible porque no se trata de un cierre total ni de una retirada completa, sino de una mutación del modelo de negocios: menos industria, más importación, distribución y postventa. En términos de poder económico, eso también reordena la relación entre empleo, producción y mercado interno.

De planta fabril a base logística: qué cambia en Santo Tomé

La empresa informó que la actividad industrial en Santo Tomé quedará desactivada y que la producción será transferida a otras plantas del grupo. El establecimiento, sin embargo, continuará funcionando para sostener la distribución, las ventas y el servicio. Es un cambio de perfil que altera el lugar que ocupaba la sede dentro de la estructura productiva de la compañía.

En el comunicado oficial, la firma vinculó la decisión con “la necesidad de adaptar nuestro modelo operativo para asegurar la sustentabilidad del negocio en el actual contexto económico”. Esa formulación, habitual en los anuncios corporativos, traduce una decisión concreta: la compañía considera que producir localmente dejó de ser la mejor ecuación para su operación en Argentina, aunque sí le resulta estratégico conservar presencia comercial.

El impacto sobre el empleo aparece como la consecuencia más directa. Los 40 colaboradores alcanzados por la reestructuración fueron notificados, de acuerdo con el texto de la empresa, el miércoles 18 de marzo. Bahco aseguró además que cumplirá con las obligaciones legales correspondientes. No hay, en el material base, detalles sobre indemnizaciones, retiros o eventuales reubicaciones, pero sí queda claro que la fabricación dejará de formar parte de la actividad del predio.

Una decisión empresaria con lectura industrial

El caso de Bahco se inscribe en una secuencia más amplia que ya muestra a distintas compañías reemplazando producción nacional por esquemas centrados en importación y distribución. No es un dato menor. Cuando una firma decide conservar marca, ventas y logística, pero desactivar la fábrica, el mensaje de fondo es que el mercado sigue siendo atractivo, aunque no necesariamente lo sea el proceso industrial local.

Ese punto vuelve relevante el anuncio más allá del establecimiento de Santo Tomé. La planta integraba desde hace años el entramado industrial de la región, por lo que su salida de la producción no solo afecta a los trabajadores involucrados de manera directa. También altera una pieza del tejido económico local y reduce densidad fabril en una provincia con peso histórico en la industria.

La empresa no habla de retiro ni de crisis terminal. Habla de reorganización. Pero en política económica las palabras importan menos que el sentido del movimiento. Y aquí el movimiento es claro: la producción se va a otras plantas del grupo, mientras Argentina conserva funciones de comercialización y abastecimiento. Es una racionalización empresaria que, al mismo tiempo, deja en evidencia el deterioro relativo de la competitividad industrial como plataforma de manufactura.

El mercado argentino sigue, la producción no

Bahco forma parte de un grupo internacional con presencia global, y sus productos se fabrican mayoritariamente en plantas propias en Europa. Ese dato ayuda a leer la decisión desde una lógica corporativa más amplia. El grupo no abandona la marca ni el mercado argentino; reubica la producción donde entiende que puede operar con mejores condiciones y deja en el país la etapa más cercana al cliente final.

Ahí aparece una diferencia clave. No estamos frente a una empresa que cierra y desaparece, sino ante una multinacional que conserva negocio, pero modifica la cadena de valor que desarrolla localmente. Para la economía regional y para la discusión industrial, esa diferencia importa: el consumo puede sostenerse, el canal comercial también, pero la pérdida de fabricación reduce empleo de calidad, capacidades productivas y peso industrial en el territorio.

La compañía remarcó que garantizará el abastecimiento de herramientas, soluciones de almacenamiento, accesorios y postventa en todo el país. Es decir, busca transmitir continuidad hacia el mercado. El problema es que esa continuidad no evita el retroceso de la función productiva, que era precisamente el componente con mayor impacto sobre empleo e integración local.

Repercusiones: menos fábrica, más fragilidad en el frente industrial

El anuncio generó preocupación en el ámbito local por dos razones que se superponen. La primera es el empleo directo: los 40 trabajadores afectados concentran el impacto inmediato de la decisión. La segunda es más estructural y tiene que ver con el mensaje hacia el entramado productivo. Cada planta que deja de fabricar y pasa a un esquema de distribución confirma una tendencia que complica el frente industrial, incluso cuando la empresa insiste en que su negocio en Argentina seguirá activo.

En la correlación de fuerzas, este tipo de decisiones fortalece la lógica empresarial de centralizar producción en otras geografías y condiciona a los territorios que dependen de actividad fabril para sostener empleo y dinamismo económico. También deja a los actores locales con menos herramientas de negociación: cuando una firma no abandona el país pero sí la producción, el margen de presión pública baja, porque la compañía puede argumentar que mantiene operaciones y abastecimiento.

Desde el punto de vista económico, la decisión no incorpora en el texto base menciones a políticas públicas, incentivos o conflictos regulatorios específicos. Por eso la lectura debe mantenerse en ese límite: lo que se observa es una reestructuración empresaria en medio de un contexto donde otras firmas tomaron caminos similares. No hay elementos, en el material dado, para atribuir el cierre fabril a una sola causa puntual, pero sí para registrar que el “actual contexto económico” fue el argumento explícito utilizado por la empresa.

Una señal para mirar más allá de Santo Tomé

La historia de Bahco, nacida en 1892 y con una trayectoria de más de un siglo, agrega otra capa a la noticia. No se trata de una marca marginal, sino de una compañía con peso histórico en el mercado de herramientas. Que una firma de ese perfil decida resignar producción local y conservar solo la operación comercial no es un dato anecdótico. Funciona como síntoma de un cambio más profundo en la forma en que algunas multinacionales evalúan su permanencia en Argentina.

Lo que habrá que seguir en las próximas semanas no es solo la implementación concreta de esta reestructuración, sino el efecto espejo que pueda generar. Cada movimiento de este tipo reabre la discusión sobre cuántas plantas más pueden migrar hacia modelos de importación y distribución, y qué capacidad tiene el entramado industrial para resistir esa transición.

Por ahora, Bahco deja una señal nítida: el mercado argentino todavía merece presencia, pero la fábrica ya no ocupa el mismo lugar en esa ecuación. Lo que sigue en discusión es si ese corrimiento será un caso puntual o una pieza más de una tendencia que todavía no termina de mostrar toda su dimensión.

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El salto del GNL por la guerra complica la hoja de ruta de Milei

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La escalada en Medio Oriente golpeó en un punto sensible de la estrategia energética de Javier Milei: justo cuando el Gobierno buscaba trasladar al sector privado la importación de Gas Natural Licuado (GNL), el ataque a las instalaciones de Ras Laffan, en Qatar, disparó 30% el precio internacional y puso bajo presión un esquema que todavía no terminó de cerrarse. Con 20 buques proyectados para cubrir la demanda del invierno y sin definición aún sobre quién será el comercializador, la administración libertaria enfrenta una tensión que excede lo técnico: sostener el ajuste de subsidios sin abrir un nuevo frente de conflicto sobre tarifas, abastecimiento y costos industriales. La pregunta ya no es solo cómo importar gas, sino quién absorberá el impacto de una crisis externa que llegó antes de que el modelo terminara de implementarse.

Una decisión oficial que quedó expuesta antes de madurar

La decisión política ya estaba tomada. Según el texto base, el Gobierno oficializó en el Boletín Oficial del 6 de febrero que las adjudicaciones de GNL para este año pasarían al sector privado, rompiendo con un esquema en el que durante los últimos 18 años esa diferencia de precio había sido absorbida por el Estado Nacional a través de subsidios energéticos. El giro no era menor: implicaba descargar sobre los usuarios del sistema un costo que hasta ahora se amortiguaba con recursos del Tesoro.

La definición encaja con el programa económico de Milei y con la línea de ajuste que empuja Luis Caputo, decidido a recortar aún más el peso de los subsidios. Pero el nuevo contexto internacional alteró el tablero. El precio internacional del GNL, que ya supera los US$20 por millón de BTU, quedó muy por encima de los valores pagados por Enarsa en 2025, cuando adjudicó 27 buques a precios de entre US$11,477 y US$13,666 por millón de BTU. Esa brecha no es un dato abstracto: es el corazón del problema político y regulatorio.

La propia María Tettamanti, secretaria de Energía, explicitó el criterio oficial. “Estamos tomando la decisión de que pague el GNL el que lo usa”, sostuvo en el evento Vaca Muerta Insights, al señalar que el costo recaería mayormente sobre la generación, que el año pasado explicó el 60% del consumo, y el resto se repartiría entre industria y residenciales. Sin embargo, también introdujo una condición: avanzarían en esa línea si en la licitación encontraban “valores razonables”. Esa aclaración muestra que el Gobierno defiende el cambio de esquema, pero no desconoce que el precio internacional puede volverlo políticamente más costoso.

El autoabastecimiento avanza, pero no llega a tiempo para este invierno

El trasfondo de esta discusión es conocido: Vaca Muerta mejoró la producción local y las obras de infraestructura avanzan, pero el autoabastecimiento total todavía no alcanza para cubrir el pico invernal. Por eso, los analistas prevén que Argentina deberá importar 20 buques de GNL este invierno. El problema es que el nuevo sistema se estrena en medio de una crisis global, con precios más altos y un cronograma apretado.

A esa fragilidad se suma una limitación estructural que el propio texto expone con claridad. La distribuidora Ecogas, en una carta enviada a un cliente industrial, advirtió que para el invierno 2026 las distribuidoras no dispondrán de transporte firme suficiente para abastecer totalmente la demanda no prioritaria. Traducido al lenguaje político: la prioridad seguirá siendo garantizar el servicio residencial y esencial, mientras la industria vuelve a quedar expuesta a cortes o a la necesidad de comprar gas importado para sostener actividad.

El antecedente inmediato también pesa. Tanto en 2024 como en 2025 hubo cortes a industrias con contratos interrumpibles y escasez de GNC durante el invierno. En el sector, incluso, anticipan un escenario similar para este año. Eso convierte a la discusión sobre el GNL en algo más que un debate tarifario: también es una discusión sobre administración de escasez, competitividad industrial y capacidad del Gobierno para evitar que un conflicto externo erosione su discurso de normalización energética.

La correlación de fuerzas: ajuste fiscal, sector privado y usuarios bajo presión

Lo que está en juego es una redistribución del costo energético. El Estado quiere retirarse de una cobertura que sostuvo durante casi dos décadas. El sector privado debe asumir la importación, pero todavía no se definió quién será el comercializador. Y los usuarios que efectivamente consuman ese gas —usinas térmicas, industrias y eventualmente residenciales— quedan en la línea de impacto de un precio internacional que se disparó.

Ese reparto condiciona a todos los actores. Para el Gobierno, el desafío es sostener consistencia fiscal sin provocar un salto desordenado en costos energéticos que termine filtrándose a precios o afectando la actividad. Para las industrias, la amenaza no es solo pagar más caro, sino enfrentar restricciones de abastecimiento si la logística no llega a tiempo o si el sistema prioriza otros consumos. Para el sector privado, la licitación de comienzos de abril y la adjudicación prevista hacia fines de ese mes abren una ventana de decisión muy estrecha en un mercado internacional alterado por la guerra.

Por eso no sorprende que el Gobierno no descarte compras a través de Enarsa en estos días. Sería, en los hechos, una válvula de contingencia frente a un esquema privatizador que todavía no logró consolidarse. Allí aparece una tensión estratégica: el oficialismo busca retirarse, pero la emergencia internacional lo obliga a mantener herramientas de intervención que creía en retirada.

Un movimiento táctico bajo fuego externo

El plan energético oficial no quedó anulado, pero sí entró en una zona más incómoda. El argumento estructural del Gobierno sigue en pie: hay mayor producción local, mejor disponibilidad de transporte y una expectativa de sistema “mucho más robusto”, con un superávit comercial energético que, según el texto, en 2026 se estima por encima de los US$7.000 millones. Esa mejora de fondo le da a la administración Milei un respaldo político para sostener que el país ya no está en la misma fragilidad que en años anteriores.

Sin embargo, el invierno no se gestiona con proyecciones de largo plazo, sino con decisiones inmediatas. Y ahí el conflicto en Medio Oriente volvió más áspera la transición entre un sistema subsidiado y otro con mayor exposición privada y traslado de costos. La ampliación del gasoducto Perito Moreno, a cargo de Transportadora de Gas del Sur (TGS), promete mejorar aún más la disponibilidad de transporte en 2027. Pero esa respuesta llega después del cuello de botella actual.

En las próximas semanas habrá que mirar tres variables. Primero, si la licitación logra atraer interesados en condiciones compatibles con la estrategia oficial. Segundo, si el Gobierno termina usando a Enarsa como respaldo operativo ante la urgencia. Y tercero, cómo se distribuye finalmente el costo de un GNL más caro en un sistema que ya admite tensiones entre abastecimiento, subsidios y competitividad. Milei quiso convertir la importación de gas en una señal de mercado. La guerra, por ahora, la devolvió al terreno más clásico de la política: quién decide, quién cede y quién paga.

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Suspenden el juicio por complicidad empresarial en La Fronterita de Tucumán

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A menos de 24 horas de su inicio, el Tribunal Oral Federal de Tucumán suspendió el arranque del primer juicio por complicidad empresarial por delitos de lesa humanidad cometidos contra 68 víctimas en la provincia. La causa investiga los crímenes cometidos en el Ingenio La Fronterita, ubicado en Famaillá, en donde la empresa azucarera habría cedido sus instalaciones al Ejército para instalar un centro clandestino de detención durante la última dictadura cívico militar. “Nos piden que esperemos, que tengamos paciencia pero la paciencia alguna vez se acabará”, reflexionó Hortensia Ortiz, hija de una de las víctimas.

La suspensión, dispuesta el pasado 5 de marzo, respondió a un pedido de nueva evaluación pericial sobre el estado de salud de Jorge Alberto Figueroa Minetti, exadministrador del ingenio y uno de los dos imputados que llegaban al debate oral. El tribunal ordenó que intervenga el Cuerpo Médico Forense, dejando el inicio del juicio sin fecha cierta.

El caso lleva más de una década en trámite judicial. Inicialmente fueron seis los empresarios imputados, pero la demora ha cobrado un precio demoledor: tres de ellos fallecieron y uno fue apartado por razones de salud antes de llegar al juicio. Solo Figueroa Minetti y Eduardo Butori permanecían en pie para ser juzgados por los delitos cometidos contra 68 víctimas -trabajadores y dirigentes gremiales- entre 1975 y 1978 .

Desde la organización Abogados y Abogadas del NOA en Derechos Humanos y Estudios Sociales (ANDHES), que actúa como querellante representando a familiares de víctimas, advirtieron que esta decisión “coloca la causa al borde de lo que se conoce como la impunidad biológica, consecuencia de las fallas estructurales del Poder Judicial argentino en el proceso de memoria, verdad y justicia”.

El caso Ledesma: un precedente que pesa

La suspensión del juicio de La Fronterita revive los temores suscitados por el caso más emblemático de complicidad empresarial en la región: el Ingenio Ledesma de Jujuy. Allí, Carlos Pedro Blaquier, dueño de la empresa y uno de los empresarios más poderosos del país, murió el 13 de marzo de 2023 a los 95 años sin haber sido juzgado, víctima de la misma “impunidad biológica” que ahora amenaza a los imputados tucumanos.

Las similitudes entre ambos casos son inquietantes. En Ledesma, Blaquier y su administrador Alberto “Boni” Lemos fueron procesados en 2012 por la privación ilegal de la libertad de 20 personas durante la “Noche del Apagón” de julio de 1976, cuando la empresa cortó el suministro eléctrico para facilitar los secuestros, aportó camionetas para trasladar a las víctimas y cedió instalaciones como centros clandestinos de detención.

Las causas estaban en condiciones de ser elevadas a juicio en 2013, cuando Blaquier tenía 84 años y estaba en plenas facultades. Sin embargo, la Sala IV de la Cámara Federal de Casación Penal -integrada por Juan Carlos Gemignani, Gustavo Hornos y Eduardo Riggi- dictó en 2015 la falta de mérito para ambos acusados, lo que constituyó “una maniobra judicial que favoreció la impunidad”. Recién en julio de 2021, tras seis años de demora, la Corte Suprema de Justicia de la Nación anuló lo resuelto por Casación, calificando la decisión de “arbitraria” y señalando que “obstaculizó indebidamente el avance del proceso”. Pero para entonces era demasiado tarde: el Cuerpo Médico Forense determinó que Blaquier, a sus 94 años, presentaba un deterioro cognitivo que no le permitía afrontar un debate oral. Murió impune, sin sentarse nunca en el banquillo de los acusados.

La misma estrategia, el mismo riesgo

Los imputados de La Fronterita han recurrido a una estrategia similar. El abogado querellante Pablo Gargiulo había advertido hace unos meses que “han recurrido a todas las vías legales posibles para impedir el juicio”. Ahora, con la suspensión a horas del inicio del debate, se abre la posibilidad de que Figueroa Minetti sea apartado definitivamente por “incapacidad mental sobreviniente”, reproduciendo el guion que benefició a Blaquier.

La comparación es explícita para los organismos de derechos humanos. En ambos casos se trata de empresarios azucareros procesados por complicidad con el terrorismo de Estado; en ambos casos las causas estuvieron paralizadas años en los tribunales superiores; y en ambos casos la vejez de los imputados se convierte en argumento para postergar indefinidamente la justicia. Como señaló la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación en el caso Ledesma: “Las causas que involucran la responsabilidad de actores civiles y económicos durante la última dictadura cívico militar son las que mayor resistencia generan en el Poder Judicial”.

Tucumán 1975-1976: El laboratorio del terror

Para comprender la magnitud de lo que se juzga en La Fronterita, es necesario retroceder a febrero de 1975. Un año antes del golpe de Estado, la presidenta constitucional Isabel Perón firmó el decreto secreto 261/75 que ordenaba “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos” en Tucumán. Así nació el Operativo Independencia, el plan represivo que convertiría a la provincia en el laboratorio del terrorismo de Estado que luego se extendería por todo el país.

El 9 de febrero de 1975, 1.500 soldados desembarcaron en el sudoeste tucumano bajo el mando del general Acdel Vilas. La población civil quedó atrapada dentro de un territorio militarizado donde se establecieron controles estrictos en pueblos y rutas. Pero el Operativo Independencia fue mucho más que una operación antiguerrillera contra el ERP: constituyó la fase inicial del genocidio perpetrado en Argentina, con un objetivo que trascendió a la guerrilla para apuntar contra toda una cultura de lucha de las clases populares.

“La Escuelita” de Famaillá, una construcción escolar inconclusa, se convirtió en el primer centro clandestino de detención del país. Por allí pasaron alrededor de 3.000 personas entre 1975 y 1976, muchas de ellas posteriormente asesinadas. A seis kilómetros de allí, el Ingenio La Fronterita funcionaría como una pieza más de este engranaje de terror.

La FOTIA: Sindicato en la mira del genocidio

El blanco principal de la represión no fue casual. La Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA) representaba en la década de 1960 al cuarto sindicato más grande del país, con 100.000 trabajadores afiliados. Su historia estaba marcada por la combatividad: en 1959 había realizado una huelga de 45 días con 80.000 participantes que logró un aumento salarial del 70%, consolidando a la organización como columna vertebral del sindicalismo del norte argentino.

En septiembre de 1974, la FOTIA protagonizó una de las huelgas obreras más importantes de su historia. Durante más de dos semanas, medio millar de delegados seccionales participaron de congresos que paralizaron la economía provincial, logrando romper el congelamiento salarial impuesto por el “Pacto Social” del gobierno peronista. El primer comandante del Operativo Independencia, Vilas, lo explicó sin ambigüedades años después: el epicentro de su accionar se llevó a cabo en el “ámbito gremial y dentro del mismo el objetivo principal era la FOTIA” .

La estrategia fue demoledora. Casi el 80% del consejo directivo de la FOTIA fue víctima del terrorismo de Estado. La cúpula sindical fue secuestrada, torturada y asesinada en una operación quirúrgica que comenzó antes del golpe y se intensificó el 24 de marzo de 1976.

Atilio Santillán, secretario general de la FOTIA, fue asesinado en Buenos Aires el 22 de marzo de 1976, dos días antes del golpe. Esa misma madrugada del 24 de marzo, en Tucumán, el maestro Isauro Arancibia, secretario general de ATEP y fundador de CTERA, fue asesinado en la sede de su sindicato junto a su hermano Arturo. La noche anterior había cenado con compañeros del gremio después del sepelio de Santillán.

Benito Romano, histórico dirigente peronista de la FOTIA que había encabezado la huelga de 1959 y llegado a ser diputado nacional, fue secuestrado el 16 de abril de 1976 en el Hotel Splendid de Buenos Aires. Su cuerpo apareció el 25 de abril en la ruta 25, a la altura del río Luján, y fue enterrado sin identificar en el cementerio de Escobar. Recién en 2024 el Equipo Argentino de Antropología Forense pudo identificar sus restos y devolverlos a su familia.

Leandro Fote, también dirigente de la FOTIA y legislador provincial, fue desaparecido poco después. La lista sigue: secretarios generales, adjuntos, delegados seccionales, militantes de base. La plana mayor de las comisiones directivas de los sindicatos de ingenios fueron secuestradas en operativos coordinados.

Los ingenios azucareros: Centros clandestinos de detención

La agroindustria azucarera de Tucumán no solo fue víctima de la represión: parte de ella se convirtió en cómplice activa del terrorismo de Estado. Los ingenios, con sus edificios aislados en medio de los cañaverales, sus colonias de viviendas obreras y su infraestructura de comunicaciones, ofrecieron el escenario perfecto para instalar centros clandestinos de detención.

Además de La Fronterita, funcionaron CCD en los ex ingenios Lules, Nueva Baviera, Santa Lucía y Bella Vista, entre otros. La lógica era siempre la misma: los empresarios cedían las instalaciones, aportaban logística, vehículos e información sobre los trabajadores. A cambio, el Ejército garantizaba el control sindical y la eliminación de la militancia organizada. En La Fronterita, la firma Minetti cedió tres espacios.

Los trabajadores rurales de la caña de azúcar -los “obreros del surco”- sufrieron una violencia particular. Eran trabajadores temporarios, muchos de ellos migrantes internos de las provincias del noroeste, que vivían en las colonias azucareras: viviendas precarias pertenecientes a las empresas, sin servicios básicos, dependientes de la proveeduría del ingenio para sus necesidades más elementales. Esta vulnerabilidad estructural los convirtió en blanco fácil. Cuando eran secuestrados, sus familias no solo perdían al sustento principal: eran expulsadas de las viviendas, quedando en la calle sin ninguna protección.

La Fronterita: terror en el corazón del ingenio

El Ingenio La Fronterita, fundado en 1923 por la familia Minetti, fue escenario de una de las formas más extremas de complicidad civil con el terrorismo de Estado. Según la investigación judicial, la empresa no solo cedió espacios del predio para que el Ejército instale una base militar -denominada “Rayo”- sino que aportó logística, vehículos e información clave sobre obreros y empleados para los operativos de inteligencia.

Dentro del ingenio funcionaron al menos tres lugares de detención ilegal: el Comando de la Laguna, donde se alojaba la oficialidad; El Tambo, destinado a las tropas; y “Los Conventillos”, viviendas de obreros temporarios convertidas en lugar de torturas. A solo 300 metros de la casa del administrador Figueroa Minetti, el Ejército secuestró, torturó y desapareció a decenas de personas, muchas de ellas dirigentes de la FOTIA.

Entre las víctimas se encuentra Fidel Jacobo Ortiz, secretario general del sindicato en la planta, secuestrado en junio de 1976 y desaparecido hasta hoy. Su hija, Hortensia Ortiz, en diálogo con Ámbito, recordó que tras el secuestro “nos corrieron de la casa en que vivíamos con mi mamá y mis otros siete hermanos. Quedamos en la calle y desde niños tuvimos que salir a trabajar”. Consultada sobre el aplazamiento, sin fecha, del juicio, reflexionó: “Nos piden que esperemos, que tengamos paciencia, pero la paciencia alguna vez se acabará”.

Reconocimiento municipal en medio de la polémica

En 2022, el municipio de Famaillá declaró “Ciudadano Ilustre” a Figueroa Minetti, en un acto encabezado por el exintendente José Orellana, el 19 de mayo. El reconocimiento generó el repudio inmediato de Madres de Plaza de Mayo, HIJOS, la Liga Argentina por los Derechos Humanos y otras organizaciones, que calificaron el homenaje como un intento de “mejorar la imagen pública de Minetti”.

El ingenio se encuentra a solo seis kilómetros de “La Escuelita” de Famaillá, el primer centro clandestino de detención del país, donde entre 1.500 y 2.500 personas pasaron entre 1975 y 1976 bajo el mando de los generales Acdel Vilas y Antonio Bussi. La articulación entre ambos espacios -el oficial y el empresarial- evidencia la densidad del aparato represivo en la zona azucarera tucumana durante el Operativo Independencia y los primeros años de la dictadura.

La urgencia de la justicia: ¿Otra vez la misma historia?

A 51 años del Operativo Independencia y en vísperas de los 50 años del golpe de Estado de este 24 de marzo, la suspensión del juicio reavivó el debate sobre los plazos de la justicia frente a los crímenes de lesa humanidad. Organismos de derechos humanos advierten que cada postergación representa una victoria de la impunidad, especialmente cuando los imputados cuentan con recursos económicos para litigar extensamente mientras el tiempo juega a su favor.

La comparación con el caso Ledesma es ineludible. Allí, como ahora en Tucumán, los imputados contaron con el amparo de los más altos tribunales del país. La Cámara Federal de Casación Penal y la Corte Suprema demoraron el proceso durante casi ocho años, hasta que la muerte natural de Blaquier cerró definitivamente la posibilidad de justicia.

“Nunca dejó de buscarlo”

Los hijos de Fidel Jacobo Ortiz, secretario general del sindicato en el Ingenio Fronterita, relataron que él era el tercero de ocho hermanos nacidos en La Aguada, un paraje conocido también como Colonia II y “comenzó a trabajar pelando caña a los 18 años”. Sobre el secuestro de su padre, Hortensia, Gaspar y Fidel recordaron que “el primero fue en marzo de 1976, cuando dos militares entraron de forma tranquila a nuestra casa, alrededor de las 23. Estaba oscuro, no teníamos luz en esos momentos. Se lo llevaron y lo soltaron 43 días después en El Manantial, cerca de la casa de una tía que lo ayudó a volver. Estaba todo hinchado y tenía marcas en las muñecas de cadenas. Lo habían torturado”.

Meses después, el 14 de junio del mismo año en horas de la noche, un grupo integrado por alrededor de seis militares volvieron a la casa de la familia Ortiz. “Comenzaron a golpear la puerta, lo insultaban, yo me puse delante de mi padre para que no se lo lleven, pero igual empezaron a golpearlo”, recordó Fidel. “Lo sacaron de la casa y una vez afuera hicieron un tiro pero no sé qué habrá pasado. Eran militares, después vi a tres de ellos y los reconocí, estaban en La Laguna”, el nombre de la base militar que se instaló en el ingenio.

Hortensia rememoró: “fue una noche muy triste y negra para nosotros. No volvimos a saber nada de él, mi mamá salía temprano a la mañana y volvía tarde a la noche tratando de encontrarlo, nunca dejó de buscarlo hasta que falleció”. “Tememos que ahora todo quede en la nada como en otros casos, no solo para nosotros, también para el resto de las víctimas”, cerró. Sin fecha de inicio a la vista, la pregunta que recorre los pasillos judiciales y las organizaciones de derechos humanos es si la justicia llegará a tiempo -o si, como ocurrió con Blaquier en Jujuy- la impunidad biológica tendrá una vez más la última palabra en Tucumán.

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La Corte Suprema dictó 1907 fallos por delitos de lesa humanidad desde 2004

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La Corte Suprema de Justicia dictó desde 2004 al 17 de marzo de 2026 un total de 1907 sentencias en causas vinculadas a crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación tuvo un rol decisivo en la recuperación de la memoria y la justicia por los crímenes cometidos durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Entre sus fallos más relevantes se destaca el caso “Simón” del 14 de junio de 2005, que declaró la inconstitucionalidad y nulidad de las leyes de Punto Final (23.492) y Obediencia Debida (23.521), lo que habilitó la reanudación de los juicios por delitos de lesa humanidad iniciados tras el golpe del 24 de marzo de 1976, del que el próximo martes se cumplirán 50 años.

Previamente, en 2004 la Corte dictó el fallo “Arancibia Clavel”, que estableció la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad; y en 2007, en la causa “Mazzeo”, declaró la inconstitucionalidad de los indultos otorgados a militares.

Según registros de la Secretaría de Jurisprudencia, de la Secretaría Penal y de la Secretaría Penal Especial, el total de 1.907 fallos se corresponde con el período comprendido entre 2004 y el 17 de marzo de 2026.

De acuerdo con datos de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad, desde la reapertura de los juicios en 2006 se dictaron 361 sentencias, con 1.231 personas condenadas y 250 absueltas. Además, hay 12 juicios en curso y 282 causas en etapa de investigación preliminar.

El año pasado la Corte Suprema homenajeó a los jueces del Juicio a las Juntas de 1985, que en la llamada “Causa 13” condenaron a los principales responsables del terrorismo de Estado entre 1976 y 1983. En esa oportunidad, el presidente del tribunal, Horacio Rosatti, subrayó la realización de un “auténtico juicio justo” en un contexto “complejo”; el vicepresidente Carlos Rosenkrantz lo definió como una respuesta “jurídicamente impecable a crímenes atroces”; y el juez Ricardo Lorenzetti afirmó que la política de memoria y justicia forma parte del contrato social de los argentinos.

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