ENTREVISTAS

Las Tunas busca sostener a 380 el kilo de hoja verde pese a la crisis del sector yerbatero

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La cooperativa yerbatera Las Tunas queda en el centro de una discusión que atraviesa a toda la cadena: cómo sostener el precio al productor en un mercado que empuja hacia abajo.

En ese marco, su gerente, José Luis “Joselo” Semienchuk, planteó en una entrevista con Economis una decisión que no es menor: intentar mantener los $380 por kilo de hoja verde en el inicio de la cosecha, aun cuando el resto del mercado paga menos.

El dato, más que técnico, es político dentro del sector: ¿puede una cooperativa sostener un precio de referencia sin quedar fuera de competencia?

Sostener el precio en un mercado que presiona a la baja

La definición surge de una reunión interna reciente del consejo de la cooperativa. Allí, según explicó Semienchuk, no hubo una resolución cerrada, pero sí una tensión clara: mantener los $380 aunque eso implica perder competitividad en góndola.

“El problema es que nosotros estamos pagando trescientos ochenta y casi nadie en la provincia ni en el país está pagando ese precio. Entonces se nos complica con el producto final”, advirtió. La ecuación es directa: materia prima cara, paquete que no se puede encarecer y consumidores que migran al precio más bajo.

Ese desfasaje, explicó, se agrava en un contexto donde “todos los otros insumos están subiendo”, desde energía hasta combustible, mientras la hoja verde se abarata a modo de fusible. El resultado es un sistema invertido donde el productor cobra menos y la estructura de costos sube.

Cooperativismo en tensión: entre el socio y el mercado

El planteo abre una discusión más profunda sobre el rol de las cooperativas en el esquema actual. Semienchuk fue explícito: “La cooperativa es del socio, él es el que tiene que poner el precio”, pero al mismo tiempo reconoció que muchas entidades no sostienen valores altos.

“Allí está la contradicción: hablamos de fijar referencia, pero terminamos tirando el precio para abajo”, señaló. Reconoció que otras cooperativas pagaron la cosecha anterior $380 la hoja verde a sus socios, pero ahora bajaron el precio y se han observado ofertas de $230 a 240 por kilo, cuando los costos de producción han subido.

La situación no es menor. En su diagnóstico, si las cooperativas actuaran coordinadamente podrían establecer un piso distinto. Sin embargo, describió un escenario fragmentado donde incluso entidades venden materia prima a grandes actores, debilitando la lógica cooperativa.

Costos, sobreoferta y una economía que no cierra

El trasfondo es productivo, pero también estructural. Semienchuk confirmó la existencia de sobreoferta: “Hay yerba suficiente”, afirmó, tanto en planta como en stock, lo que presiona aún más los precios.

En paralelo, la alternativa de vender yerba canchada tampoco resulta viable. Según explicó, con una hoja verde a $380, el valor lógico de la canchada debería ser de $1.440, pero el mercado ofrece apenas $800. “Si salimos a vender a ese precio, fundimos la cooperativa”, sintetizó.

Esa distorsión empuja a sostener la molienda propia como única vía para acercarse al costo real, aunque sin margen suficiente.

Competencia externa y cambio de paradigma

Otro eje que introduce tensión es la competencia con productos importados o adaptados a otros mercados. Semienchuk cuestionó que yerbas de estilo uruguayo o brasileño se vendan a valores superiores, mientras la producción local pierde precio.

Pero el punto más relevante es estratégico: la dificultad para insertar el producto en el mundo bajo el formato tradicional. “El mate no siempre entra en otros países”, reconoció, y valoró los intentos de exportar en otros formatos, como bebidas, alimentos o incluso como infusión o mate cocido. Destacó el paso que dio la cooperativa de Dos de Mayo llevando yerba para infusión a China y dijo que es un inicio para ingresar al mercado y que a largo plazo podríamos pensar en llevar el mate

En esa línea, dejó una definición que interpela al sector: “Muchas veces queremos imponer el mate, pero el mercado internacional no consume así”. El productor es consiente que podemos vender más yerba al extranjero, pero hay que abrir el juego a otras presentaciones que sean pensadas en la demanda de los nuevos consumidores y no solo en el mate tradicional.

Escala, estructura y límites del modelo

Las limitaciones también son internas. La cooperativa trabaja con pequeños productores —unos 84 socios, de los cuales cerca de 40 son activos— y un volumen que ronda entre 1,3 y 1,4 millones de kilos anuales. Esa escala condiciona cualquier estrategia.

“No tenemos espalda para comprar más hoja verde”, explicó, y anticipó una decisión defensiva: sostener el precio actual, pero sin incorporar nuevos proveedores. “Vamos a mantenernos con lo que estamos”, dijo.

Un equilibrio inestable

La posición de Las Tunas expone una tensión que excede a una sola cooperativa. Sostener precios más altos protege al productor, pero puede dejar fuera del mercado. Bajar precios permite competir, pero deteriora la base productiva.

En el medio, el sistema yerbatero enfrenta una discusión que aún no encuentra síntesis: cómo equilibrar mercado, rentabilidad y sostenibilidad en un contexto donde la oferta sobra, los costos suben y las reglas no parecen alinearse.

El inicio de la cosecha será el primer test. Y también un indicador de hasta dónde el sector puede sostener sus propias referencias sin romper su equilibrio interno.

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Augusto Speratti: “Nos torturaron para que olvidemos, pero sobrevivimos para contar”

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Augusto Gilberto Speratti tenía apenas 14 años cuando empezó a militar. Lo hizo, como tantos otros jóvenes de su generación, desde el barrio, entre reuniones, debates políticos y tareas comunitarias.

“Nos iniciamos en la militancia con compañeros un poco mayores, dentro del peronismo revolucionario, el ala más combativa”, recuerda. Aquellos años previos al golpe estaban atravesados por la organización barrial, el trabajo con comisiones vecinales y una fuerte vocación pedagógica: “Lo principal era la toma de conciencia. Queríamos que la gente supiera lo que pasaba en la Argentina y en América Latina”.

Era una militancia que combinaba lo territorial con lo estudiantil. Speratti trabajaba en un comercio durante el día y por la noche cursaba en el Colegio Nacional. Integraba, además, la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), donde acompañaban reclamos y situaciones de injusticia.

“Nos organizábamos para defender derechos, incluso cuando alguna compañera era vulnerada. Salíamos a manifestarnos. Esa era nuestra política”, explica.

El clima regional también marcaba el pulso: dictaduras en Chile, Brasil y el avance del Plan Cóndor anticipaban lo que vendría.

La madrugada del secuestro

El golpe lo encontró con 19 años, una compañera y una hija de apenas siete meses. La madrugada del 24 de marzo de 1976 cambió su vida para siempre.

“A las cinco de la mañana irrumpen en mi casa. Eran unos 20 hombres, de civil, armados. Me sacaron prácticamente en ropa interior”, relata.

Fue trasladado al Departamento de Informaciones de la Policía, en Posadas. Desde ese momento comenzó un circuito de violencia sistemática.

“Me tiraron al piso, me pateaban, me golpeaban. Ya desde ese traslado recibí torturas”, cuenta. Vendado, sin poder ver, apenas podía reconocer voces o intuir movimientos.

Allí comenzó el primer interrogatorio. Buscaban nombres, vínculos, estructuras. “Querían saber quiénes éramos, quién lideraba, dónde estaban los mimeógrafos. Nuestro ‘arsenal’ eran libros y revistas”, dice.

El testimonio de Speratti expone con crudeza el funcionamiento del aparato represivo.

“Me desnudaron, me pusieron sobre una mesa y me empezaron a pasar picana en la cabeza y en los testículos. Mientras tanto me interrogaban”, recuerda.

Las sesiones de tortura eran constantes, alternadas con golpes, amenazas y simulacros de ejecución. La violencia no era sólo física, sino también psicológica.

“Me decían que tenían a mi compañera y a mi hija, que les iban a hacer de todo. Eso era lo que más me desesperaba”, relata.

En un momento, fue trasladado a lo que luego identificaría como la “Casita de los Mártires”, un centro clandestino de detención en Posadas. Allí permaneció colgado durante horas, atado de pies, sometido a golpes, quemaduras y picana eléctrica.

“Estábamos como bolsas de boxeo. Nos torturaban por turnos. Perdí el conocimiento varias veces”, dice.

La escena que describe es brutal: torturadores que entraban en grupo, una cadena de mandos reconocible por la voz, radios encendidas para tapar los gritos, y una lógica de deshumanización total.

Tras días de tortura, Speratti fue devuelto al Departamento de Informaciones y luego trasladado al penal de Candelaria.

“Allí creíamos que iba a ser distinto, pero también había torturas. Sacaban compañeros de noche, los golpeaban”, recuerda.

Pasó por distintos lugares de detención, incluyendo la cárcel de Resistencia, en Chaco. En total, estuvo detenido cerca de un año.

Su liberación llegó en el marco de presiones internacionales por los derechos humanos durante el gobierno de Jimmy Carter en Estados Unidos. Pero no fue una libertad plena.

“Salimos en libertad vigilada. Teníamos que ir todos los meses al regimiento a firmar. No podíamos salir de la provincia”, explica.

El regreso y el miedo

Volver a la vida civil no fue inmediato. El miedo persistía.

“Al principio no militábamos. Había terror. Recién en los años 80 empezamos a reorganizarnos”, cuenta.

Con el retorno de la democracia, Speratti volvió a la actividad política y a la militancia en derechos humanos. Desde entonces, su compromiso se mantiene intacto.

Hoy, como referente de memoria en Misiones, insiste en la necesidad de transmitir lo vivido a las nuevas generaciones.

“La política es necesaria para todo. Es la herramienta para cambiar la realidad”, sostiene.

Y deja una definición que atraviesa su historia: “Estoy convencido de que nuestra generación luchó por una sociedad más justa, por un país libre, justo y soberano”.

También advierte sobre los riesgos del negacionismo:

“Tenemos que conocer nuestra historia reciente. Esto no fue un error: fue un plan sistemático de secuestros, torturas y desapariciones”.

Speratti rechaza la idea de que en Misiones “no pasó nada”.

“En Misiones no hubo guerrilla, pero sí hubo represión. Fueron perseguidos especialmente los integrantes de las Ligas Agrarias”, afirma.

Recuerda casos emblemáticos:

  • Pedro Peczak, dirigente agrario ejecutado
  • Susana Ferreira, docente
  • Carlos Pérez Rúa, militante peronista
  • Miguel Ángel Sánchez, estudiante secundario asesinado tras torturas

Y agrega: “Fuimos cientos los secuestrados y detenidos. Más de 60 misioneros fueron asesinados o desaparecidos en todo el país”.

A medio siglo del golpe, Speratti no duda cuando se le pregunta si cambiaría algo.

“Lo volvería a hacer. Sin duda”, afirma.

Su respuesta no es épica ni retórica: es la síntesis de una vida atravesada por la militancia, el dolor y la memoria “Lo que hicieron nuestros compañeros no puede quedar en vano. Costó mucha sangre”, concluye.

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A 50 años del golpe: Juan Carlos Berent y la memoria rural que resiste

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A medio siglo del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la memoria vuelve a cobrar densidad en las voces que sobrevivieron. En Misiones, la dictadura no solo disciplinó a la militancia urbana: también avanzó sobre el mundo rural organizado, allí donde empezaba a gestarse algo más que un reclamo económico. Juan Carlos Berent, uno de los fundadores del Movimiento Agrario Misionero, reconstruye ese tiempo desde una experiencia que mezcla militancia, persecución y una lectura política que aún hoy incomoda.

Nosotros en ese tiempo estábamos en plena lucha por precio justo, un montón de reivindicaciones que teníamos los agricultores”, recuerda. El golpe, dice, no fue una sorpresa, sino una confirmación de un clima que ya venía enrareciéndose: “El golpe no nos tomó de sorpresa, porque la situación política ya estaba muy complicada”.

En ese contexto, Berent introduce una distinción que resulta clave para entender la lógica represiva: la dictadura no atacó de manera homogénea al movimiento agrario, sino que focalizó en su ala más politizada. “No fue al movimiento agrario en general. Fue a las Ligas Agrarias”, explica. Allí, sostiene, ya no se discutía únicamente el precio de la producción, sino el fondo del problema: “Ya no estábamos solo con la cuestión reivindicativa… estábamos buscando generar conciencia de quién manejaba la cuestión”.

Ese salto -de la demanda sectorial a la conciencia política- fue, según su mirada, lo que desató la represión. “Se estaba creando conciencia de clase… entonces ahí había que golpear”, afirma. Y el golpe fue directo, quirúrgico y brutal: “Todos los delegados de las Ligas Agrarias fueron detenidos… todos los miembros de la Comisión Central”.

Los nombres aparecen como marcas indelebles de esa violencia: “Pedro Peczak fue asesinado, Anselmo Hillebrand fue asesinado, Valdimiro Hillebrand está desaparecido, Estela Ordaz está desaparecida”. La lista, como en tantos otros relatos de la época, no es solo un registro: es una herida abierta.

La experiencia personal de Berent se inscribe en esa misma lógica. Su testimonio reconstruye con crudeza la maquinaria represiva: “Yo fui torturado… me sacaban de la cárcel y me llevaban a la Dirección de Informaciones y me torturaban todas las noches durante ocho días”. La escena se repite con una precisión casi clínica: “Querían que firme una declaración sin leer. Yo no firmé”.

El relato avanza sin eufemismos: “Me golpeaban, me picaneaban en los testículos, en el pene, en la raíz de los dientes… golpes en la cabeza”. Y, sin embargo, hay una línea que no se cruza: “No dije lo que no quería decir”.

Pero el impacto de la dictadura no se mide solo en los cuerpos. También se mide en los proyectos que se truncaron. “Para mí era la destrucción del ideal que teníamos”, resume. Ese ideal tenía una raíz concreta: “Soñábamos con el hombre nuevo, con organizar la familia, con vivir en paz, con justicia… y eso se derrumbó todo”.

La represión, además, no distinguió vínculos. “Fui detenido yo, mi papá, mi hermano, un sobrino… a mi mamá la aislaron totalmente”, cuenta. La lógica era expansiva: castigar no solo al militante, sino a su entorno. “Mi esposa estuvo siete años presa, yo cuatro años y siete meses”, agrega, en una frase que condensa una tragedia familiar que fue también colectiva.

En ese entramado, Berent rescata un elemento muchas veces relegado: el rol de las mujeres. “Las mujeres fueron delegadas, miembros de comisión central, muy combativas”, señala. Y describe una escena que sintetiza un cambio cultural profundo: “Empezaban leyendo un papelito y después lo tiraban y decían lo que sentían”. Su propia esposa, dice, fue parte de ese proceso: “Fue una militante permanente… nunca abandonó la lucha”.

Cincuenta años después, el relato se desplaza hacia el presente. Berent evita equivalencias simplistas, pero advierte sobre transformaciones estructurales que redefinieron al sector. “Antes los pequeños y medianos productores manejábamos el 70% de la producción… ahora se dio vuelta”, explica.

Ese cambio impacta directamente en la capacidad de acción colectiva. “Hoy no podés hacer un paro porque la industria sigue trabajando con su producto”, señala, marcando un contraste con aquella época en la que la organización podía condicionar el funcionamiento del sistema.

El diagnóstico actual es, en ese sentido, más silencioso pero no menos inquietante: “Estamos desorganizados… ya no tenemos ganas de ir a una concentración”. Y profundiza: “Ellos mismos crean la desidia porque no quieren la organización”.

La diferencia con el pasado, insiste, no es solo económica, sino política: “Antes teníamos un gobierno relativamente sensible y podías ir a plantear. Ahora no tenés a quién recurrir”.

Sin embargo, incluso en ese contexto, su mirada no se cierra en la resignación. Hay una persistencia que atraviesa todo el relato, una convicción que se sostiene en la historia: “Yo tengo esperanza de que el pueblo se organice”. Y completa: “Al peronismo lo quisieron destruir muchas veces y volvió”.

En la voz de Berent, los 50 años del golpe no son solo una fecha conmemorativa. Son una línea de continuidad. Un recordatorio de que las tensiones entre organización, poder y producción siguen vigentes. Y de que, en el fondo, la historia del campo misionero todavía está en disputa.

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Café Martínez llega a Oberá: “Es momento de invertir”, dice Alexis Stefan

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La llegada de inversiones está transformando a Oberá. El Parque Industrial, nuevas empresas y el desembarco de marcas registradas le dan nuevos aires a la Capital del Monte. En mayo abrirá sus puertas Café Martínez, una de las principales franquicias cafeteras con despliegue internacional, pero de la mano de un inversor misionero que busca expandir horizontes. 

La apuesta llega en momentos en que el consumo muestra señales de retracción y la incertidumbre condiciona decisiones de inversión. Pero Alexis Stefan elige avanzar, aunque sea un recién llegado al rubro gastronómico. Empresario del sector petrolero, con trayectoria en estaciones de servicio y transporte de combustibles, decidió dar un giro en su actividad y apostar por una marca que le dará un salto de calidad a Oberá.

“No vengo del rubro, pero me gustan los desafíos”, resume Stefan, con una definición que atraviesa toda su estrategia empresarial. La apertura del local -que se convertirá en la sucursal número 240 de la cadena en Argentina- no solo implica una nueva marca en la ciudad, sino también una señal de confianza en el potencial económico de la zona.

El desembarco en el mundo gastronómico no fue casual. Se gestó a partir de vínculos personales y oportunidades detectadas en el momento justo. “Tengo muy buena relación con Rolando Schiavi, y él es amigo de los dueños de la franquicia. Ellos venían analizando Oberá como plaza desde hace varios meses y él me propone encarar el proyecto”, cuenta.

La decisión fue rápida, pero no improvisada, sino basada en testeos y estudio del mercado. Stefan vio en esta propuesta una forma de diversificar su estructura empresarial y abrir una nueva unidad de negocio. “Es un rubro distinto al mío, pero me interesó desde el primer momento. Me gustan los desafíos y esta era una oportunidad para expandirme”, explica.

La decisión fue tomada en familia. Casado hace 16 años, su esposa Silvia Mariana Labandoczka es el sostén personal y en los negocios. Iniciaron juntos el camino cuando una tragedia familiar los puso al frente de la empresa fundada por el padre de ella. Alexis dejó el negocio familiar vinculado a la madera y se sumó a la empresa de combustibles que ahora está en plena expansión: Axion en 25 de Mayo y otra petrolera en Corrientes. 

Oberá, una plaza en expansión

Aunque Stefan es de 25 de Mayo, su mirada está puesta en Oberá como epicentro regional. La elección de la ciudad no responde solo a una cuestión geográfica, sino a una lectura de mercado, con potencial dentro de Misiones, pero también como atractivo para el turismo regional.

“Oberá es una plaza muy interesante, es la segunda ciudad de la provincia, tiene movimiento, crecimiento y una dinámica que la hace atractiva para este tipo de inversiones”, sostiene.

En su análisis, hay dos factores clave: el flujo constante de población del interior y el componente turístico, con fuerte presencia de visitantes brasileños. “Llega mucha gente de la zona y también turistas. Eso le da un volumen de consumo importante”, detalla.

Además, destaca el proceso de ordenamiento urbano y planificación comercial. “El intendente está trabajando en sectorizar la gastronomía, y eso es positivo. Le da identidad a la ciudad y ordena la oferta”, afirma.

Uno de los ejes de la inversión es el concepto ampliado de la marca. No se trata solo de una cafetería, sino de un espacio gastronómico integral.

“Café Martínez no es solo café. Hoy podés sentarte a desayunar, almorzar o merendar. Es una propuesta más completa y creo que eso es lo que Oberá estaba necesitando”, explica.

En términos de impacto económico, la apertura generará entre 14 y 15 puestos de trabajo directos. “Para una ciudad como Oberá es un número importante. Es crecimiento, es movimiento, es generación de empleo”, subraya. En total, el grupo empresario emplea a cerca de 50 personas, entre la estación de servicio en 25 de Mayo, otra en Corrientes y una importadora en Brasil. 

Justamente, la inversión en Oberá no es un punto de llegada, sino de partida. Stefan ya analiza la posibilidad de expandir la marca hacia Brasil, aprovechando su experiencia previa en comercio exterior.

“Tengo una importadora de vinos en Brasil, eso me da un conocimiento del mercado y contactos. Café Martínez ya está en Paraguay, Uruguay, España y Turquía, y Brasil es una plaza que todavía no está desarrollada”, señala.

La idea, aún en etapa inicial, abre una proyección regional que trasciende el mercado local y posiciona a Misiones como plataforma de expansión.

La decisión de invertir en el actual contexto económico no es menor. Con caída del consumo y un escenario macroeconómico inestable, muchos empresarios optan por la cautela. Stefan, en cambio, tiene otra mirada. “Soy partidario de que este es el momento para invertir”, afirma sin dudar.

Su lógica se apoya en una visión de mediano plazo: aprovechar momentos de retracción para posicionarse y capturar mercado cuando el ciclo se recupere. “Hay que animarse. Si uno espera el momento perfecto, nunca llega”, sintetiza. “Lo hablamos con amigos. Este es un momento para invertir, para estar preparado para cuando haya reactivación y también para aportar a la Argentina”, define. 

El equilibrio entre empresa y vida personal

Detrás del empresario también aparece la dimensión humana. El ritmo de trabajo y la multiplicidad de proyectos impactan en la vida familiar.

“La familia a veces te dice que pares un poco”, reconoce. “Cuando pensás en tus hijos y en el tiempo que les dedicás, ahí es donde te frenás y tratás de equilibrar”.

Sin embargo, también entiende su actividad como una construcción a futuro. “Todo esto es por ellos, por la familia, por el crecimiento”.

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El giro estratégico de Lory Máquinas, de vender cosechadoras a ofrecer “soluciones” integrales

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Una pyme de Misiones redefine su negocio y apuesta a exportar “soluciones”. El giro estratégico de Lory Máquinas, de vender cosechadoras a ofrecer sistemas integrales. La empresa busca escalar en mercados internacionales con foco en África y Estados Unidos

En un contexto donde la industria nacional busca sostener competitividad y abrir mercados, una empresa metalmecánica de Misiones ensaya un cambio de enfoque que trasciende lo productivo: Lory Máquinas dejó de pensarse como fabricante de equipos para posicionarse como proveedora de soluciones integrales. El giro, explicitado por su gerente, Jorge Lory en una entrevista en LT17 Radio Provincia, no es solo discursivo. Se apoya en experiencias concretas de exportación y en una estrategia de inserción internacional que vuelve a poner en agenda una pregunta estructural: ¿pueden las pymes industriales del interior escalar sin cambiar el modelo de negocio?

El punto de inflexión aparece con claridad en una operación reciente. En 2025, la empresa vendió una máquina a Carolina del Sur, en Estados Unidos, y participó directamente en su montaje y puesta en funcionamiento. Allí, según describió Lory, se produjo un cambio de lectura: el producto dejó de ser una cosechadora para convertirse en una plataforma que integra múltiples funciones —cosecha, poda, fertilización, fumigación— y resuelve problemas operativos en origen.

Ese desplazamiento conceptual, de máquina a solución, redefine la lógica comercial y también el posicionamiento en mercados externos.

De Oberá al mundo: una estrategia que madura con los años

El intento de internacionalización no es nuevo. La empresa tuvo un primer contacto con el mercado africano en el año 2018, cuando colocó una máquina en Kenia. Allí detectó un diferencial estructural: mientras Misiones cuenta con unas 35.000 hectáreas de té, ese país africano supera las 260.000. La escala, sumada a un problema proyectado de escasez de mano de obra, configuró una oportunidad.

Sin embargo, en aquel momento la empresa no tenía capacidad operativa ni tecnológica para sostener esa expansión. El proyecto quedó en pausa.

Hoy el escenario es distinto. Tras años de acumulación de experiencia, capacitación y desarrollo, Lory Máquinas retoma esa agenda con un enfoque más sofisticado: diseñar equipos adaptables, optimizar logística —como el envío de múltiples unidades en un mismo contenedor— y acompañar la implementación en destino.

El dato no es menor. Implica pasar de una lógica de exportación puntual a una estrategia de inserción sostenida, con transferencia de conocimiento incluida.

Capital humano: el cuello de botella de la expansión

El crecimiento proyectado expone, al mismo tiempo, una limitación estructural. La empresa cuenta con entre 15 y 16 trabajadores y ya ocupa la totalidad de su capacidad instalada, en un predio de 2.000 metros cuadrados.

El problema no es solo de infraestructura. Es, sobre todo, de mano de obra calificada.

Lory lo plantea sin rodeos: la principal restricción para escalar no está en la inversión en maquinaria o en la ampliación edilicia, sino en la disponibilidad de trabajadores formados para el sector metalmecánico. La respuesta empresarial apunta a un esquema de vinculación directa con escuelas técnicas, a través de pasantías y formación en planta.

Ese modelo cumple una doble función. Por un lado, abastece de recursos humanos a la empresa. Por otro, genera un circuito de formación práctica que reduce tiempos de adaptación y fortalece capacidades locales.

En términos productivos, la ecuación es clara: sin capital humano, no hay expansión posible, incluso con demanda externa en crecimiento.

Exportaciones y mercados: oportunidades y límites

La empresa ya concretó exportaciones a destinos diversos como Ecuador, Brasil, África y Estados Unidos. En paralelo, registra consultas desde países de la región, especialmente Brasil y Paraguay.

El interés externo se apoya en un diferencial tecnológico específico: la capacidad de integrar múltiples funciones en una sola máquina, reduciendo costos operativos y dependencia de mano de obra. En mercados donde esa variable comienza a escasear, el valor agregado se vuelve decisivo.

Sin embargo, el propio Lory reconoce que, más allá de las consultas, los negocios concretos aún son limitados. La expansión internacional se encuentra en una fase de transición entre la exploración y la consolidación.

En ese punto, la estrategia empresarial se cruza con condiciones macro: tipo de cambio, costos logísticos y financiamiento inciden directamente en la posibilidad de escalar exportaciones desde el interior del país.

Una empresa familiar frente al desafío de escalar

El recorrido de Lory Máquinas también expone una dimensión menos visible, pero clave en la industria argentina: la continuidad generacional. La empresa atraviesa su tercera generación, con un fundador aún activo, un gerente que consolidó el negocio y un hijo ingeniero que incorpora herramientas de diseño y planificación más avanzadas.

Ese cruce de saberes —experiencia, gestión e innovación— permite sostener la competitividad en un sector donde la adaptación tecnológica es permanente.

Pero también plantea un desafío: cómo transformar una estructura familiar en una organización con capacidad de escalar sin perder flexibilidad ni identidad productiva.

Un movimiento en construcción

El giro hacia la venta de soluciones no garantiza resultados inmediatos, pero redefine el horizonte estratégico. La empresa ya no compite solo por precio o por volumen, sino por capacidad de resolver problemas complejos en contextos productivos diversos.

En las próximas etapas, la clave estará en convertir las consultas en contratos, ampliar la capacidad productiva y sostener la formación de mano de obra. También será determinante cómo evoluciona la demanda en mercados como Brasil o África, donde la mecanización aparece como una necesidad creciente.

El movimiento ya empezó. Resta ver si logra consolidarse como un modelo replicable para otras pymes industriales o si queda limitado a casos puntuales en un entorno todavía inestable.

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