Claire Underwood toma el control mientras ‘House of Cards’ lidia con la realidad

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New York Times. Ha vuelto el hombre tenebroso que nos hace reír, el mandatario ficticio que comparte los secretos del gobierno mirando fijamente a la cámara y demostrándonos que todo vale en los juegos del poder. Frank Underwood y su corte de secuaces vuelven a Netflix este 30 de mayo para mostrar lo que pasa cuando el miedo se apodera de una nación.

Beau Willimon, creador de la serie, tuvo el formidable reto de continuar la saga de los Underwood mientras la realidad política estadounidense superaba los escándalos de cualquier ficción. Desde las últimas elecciones, esta es la primera vez en que Donald Trump y Frank Underwood conviven en el mismo espacio temporal como presidentes de Estados Unidos.

Luego de ver la quinta temporada, Underwood luce más confiado, asertivo y presidenciable, aunque de un modo macabro. Mientras los cuestionamientos, las equivocaciones y los contratiempos del verdadero mandatario estadounidense parecen no tener fin; en la versión alternativa de Netflix el presidente ficticio crea las crisis que le darán la oportunidad de activar sus conjuras para mantenerse en el poder.

Otras diferencias radican en que Underwood no usa Twitter, desconfía de los rusos, no se queja del exceso de trabajo ni se va a Mar-a-Lago cada fin de semana porque necesita descansar del poder. Al contrario: el personaje de Kevin Spacey ama lo que hace porque es un político nato, no se trata de un multimillonario que probó suerte y ganó unas presidenciales. Además, tiene a Claire, un arma formidable.

 

Ahora bien, una de las preguntas que todos se hacen es si el equipo de House of Cards logró mantener a salvo su historia, a pesar de la permanente tensión de la actual presidencia de Estados Unidos, que no cesa de asombrar al mundo con sus controversias y escándalos. ¿Cómo competir con eso?

Hay dos formas de responder a esta inquietud. La primera es que sí se logra una consecución lógica del rumbo siniestro de los protagonistas de House of Cards, que buscan destruir al sistema solo por mantenerse en el poder y no vacilan en utilizar una mezcla tóxica de negociaciones y el uso del miedo al terrorismo como pilares de sus planes. Pero hay otra lectura que, francamente, resulta un tanto triste. En esta temporada sí notamos, de forma reiterada, que estamos ante una serie de televisión. Ese aire de verosimilitud que hacía tan atractiva a la serie, esa posibilidad de que realmente viéramos cómo se manejan ciertos hilos del poder, se desvanece muy pronto. El sólido pacto entre creadores y espectadores queda tocado en esta entrega.

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Willimon apostó por Maquiavelo y con eso sacrificó uno de los vértices más importantes de House of Cards. Sin ánimo de adelantar la trama, podemos advertir que gran parte de las maquinaciones de esta temporada residen en un suceso casi anecdótico que va cobrando importancia capítulo a capítulo, ubicando a Frank como una suerte de genio manipulador —analista de múltiples escenarios de conflicto y crisis sucesivas con planes infinitos— que desluce al personaje, llevándolo a un terreno más irreal.

Ubicar a Estados Unidos en una distopía que juega con los mecanismos institucionales y las posibilidades de desmontar el sistema era una cosa, pero lo que vemos en esta temporada es el comienzo de un reino autoritario con visajes democráticos. Lo cual nos lleva al gran personaje de esta temporada: Claire Underwood. De forma lenta e inexorable, los guionistas han apostado por desarrollar la personalidad de esta mujer que pasa de ser la compañera de Frank a descubrir sus propios apetitos políticos y revelarse como una maestra de la intriga.

Resulta injusto, cuanto menos, que Claire asuma el control de procesos vitales justo cuando la serie se torna más fantasiosa. Como todos sabemos, en el universo de House of Cards deben realizarse más elecciones y se hacen, pero la resolución misma de esa votación es una estratagema que le resultará increíble al espectador veterano. Recordemos que, en la ficción, ese evento electoral también se realizó el año pasado por lo que no debe sorprendernos que los comicios sean largos y llenos de trucos y tecnicismos.

Al inicio del segundo capítulo, Frank juega con un software que combina su retrato con el de Claire, mostrando cuánto se parecen y cuál es el camino que han escogido. Solo esa escena, casi sin diálogo, funciona como un fiel reflejo de lo que va a pasar.

Thomas Yates, el escritor que es pareja de Claire, funciona como un catalizador para mostrar el lado más frío de una mujer que toma decisiones importantes. Si alguien quiere conocer mejor al personaje encarnado por Robin Wright deberá estar muy atento a esta relación y a los diálogos entre ambos. Es una dinámica en la que el acercamiento y el improbable desenlace demuestran la desesperación del equipo creativo de House of Cards.

Leann Harvey y Doug Stamper continúan siendo aliados ocasionales y duros competidores en medio de unas intrigas palaciegas que a veces se antojan aburridas. El peligro los circunda pero, en muchas ocasiones, el espectador no entiende exactamente qué pasa hasta que un tercero lo explica, cosa que eleva el nivel de complejidad de la temporada. En una escena, Leann le dice a Doug que quiere ser su amiga y él se limita a responderle: “Yo no tengo amigos”. No hay amistad ni alianza duradera en torno a los Underwood.

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Tom Hammerschmidt emerge como un retrato del reportero investigador que husmea hasta que consigue a su presa pero, paradójicamente, encarna una de las grandes críticas de la serie, al mostrar las enormes dificultades que tiene la prensa para sumergirse en las entrañas del sistema e intentar propulsar algunos cambios.

En los nuevos capítulos, la fotografía de las secuencias se centra en el uso del beige, con muchos tonos amarillos y oscuros. En la serie el poder no es resplandeciente, hay muy poco brillo. La soledad de los cargos se resalta con tomas amplias en las que los protagonistas se ven alejados de los demás, rodeados por símbolos como banderas y estandartes.

A diferencia del presidente real, Frank sigue siendo un orador convincente y eficaz. Sus discursos abundan en imágenes retóricas y consignas, como cuando se dirige a los gobernadores y les advierte: “No nos engañemos. Estamos comprometidos en la gran batalla de nuestro tiempo. Qué es lo que significa ser estadounidense, la verdadera esencia del americanismo, y cómo elegimos vivir nuestras vidas”. El miedo, dice, “no es estadounidense”.

En general, Frank nos hace sus cómplices, se muestra cínico y hasta divertido cuando nos habla. Como si siempre supiera lo que viene, mientras repite que él “nunca pierde”. Esta entrega de House of Cards abandona el glamur, se regodea en la grisura y nos muestra que el poder son infinitas decisiones que se deshacen en vastos planes.

Una buena metáfora del espíritu de toda la temporada reside en una sola escena. Frank y Claire están recostados de espaldas al escritorio del Salón Oval y ambos tienen la mirada perdida hasta que ella le dice: “Es difícil confiar en alguien en estos días”. Y ambos se miran intensamente, sospechando eternamente el uno del otro.

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