Desinflación en marcha ¿Es suficiente?
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En los últimos años, nos acostumbramos, si vale la expresión, a vivir bajo un régimen de alta inflación que alteró notablemente la vida económica de los argentinos. Aún en procesos de expansión de empleo, el valor de la moneda se perdía e impedía incrementar niveles de calidad de vida ante la imposibilidad de ahorrar o, incluso, de consumir más.
Hubo momentos, pocos, donde el salario, vía indexación, podía rendir un poco más, y se contenía la pérdida de poder adquisitivo vía otros mecanismos como ser subsidios, por ejemplo, que permitían destinar una parte menor del salario en servicios públicos u otros para poder usarlos al consumo del hogar.
Esto tornó insostenible a la macro nacional pero también impactaba en la economía real, naturalmente. La solución, entonces, como ya incluso lo había dicho Mauricio Macri allá por 2015, era terminar con la inflación. La premisa parecía obvia: bajar inflación era terminar con prácticamente todos los problemas económicos de la sociedad.
Los simpatizantes del actual gobierno nacional sostienen, aún hoy, esa premisa. Celebran el dato de inflación como si, automáticamente, eso repercute en una mejora de la calidad de vida de la gente. Sin embargo, no es el único factor que está actualmente en juego y tampoco vino a ser la solución definitiva.
Primero, hay que dejar claro lo siguiente: que la inflación transite un sendero a la baja es altamente positivo. No hay dudas que un proceso de desinflación, con los datos que conocimos esta semana, es una herramienta fundamental para que el país transite caminos de normalidad y para que se estabilice el escenario nacional. Pero solamente con bajas la inflación no alcanza: el Estado debe necesariamente articular políticas que permitan a la ciudadanía disfrutar, por llamarlo de un modo, de ese descenso en la velocidad de suba de precios.
El 1,5% de inflación de mayo es la suba más leve desde 2020 para el país. Datazo. Pero ¿qué nos dicen otros datos vinculados a la calidad de vida? También esta semana conocimos los datos del empleo registrado que corresponden al mes de marzo: cayó 0,1% mensual que equivale a 12.729 empleos menos que en febrero de este año. Veamos por modalidad: el sector privado formal cayó 0,1% y perdió 7.310 empleos; el sector público tuvo una variación de -0,02% que significa 802 empleos perdidos; el empleo registrado en casas particulares descendió 0,2% con -870 puestos de trabajo. En el sector independiente, los autónomos cayeron 0,5% (-1.990 empleos), los monotributistas, en cambio, crecieron 0,2% sumando 5.091, y los Monotributistas Sociales descendieron 2,8% (-6.848 personas).
Habrá algunos que quizás argumenten que el dato puntual de marzo, que había sido malo para la economía con una baja sustancial del EMAE, en parte por la incertidumbre ante la inminente corrección del esquema cambiario (que se dio finalmente en abril) no debe ser tomado como una generalidad. Pero hay dos cosas que agravan la situación del empleo: la trayectoria y las expectativas.
¿A qué nos referimos con la trayectoria? Si tomamos los datos de marzo 2025 respecto a noviembre 2023, el mes previo al cambio de gobierno, de modo tal de analizar globalmente todo el período del actual gobierno nacional, la pérdida de empleo fue importante: el total del empleo registrado (excluyendo el monotributo social por cambios administrativos en su régimen) bajó 0,9%: son 116.680 empleos menos. En ese marco, el sector privado está 1,8% por debajo de antes del inicio de la era Milei con 115.353 empleos perdidos; el sector público -1,7% y 58 mil empleos menos; en casas particulares -4,8% (-22.111) y por el contrario, creció el registro en los independientes: Autónomos +1% y Monotributistas +3,7%, sumando en conjunto 78.994 empleos. Aun suponiendo que una parte de las personas con empleo en el sector privado o público se haya reconvertido en monotributista, el saldo global es altamente negativo.
Es decir, aun con un proceso de desinflación muy importante y con mejoras en las condiciones macro, el empleo sufrió mucho y no mostró señales claras de recuperación sostenida.
Vamos a lo otro, ¿a qué nos referimos con expectativas? Marzo fue malo, sí. Pero parece que abril podría ser parecido. La misma Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, en la Encuesta de Indicadores Laborales (EIL), el nivel de empleo privado registrado es -0,2% respecto a marzo. El EIL, que se puede considerar como un proxy de los registros de SIPA, releva a empresas de más de diez personas ocupadas en once aglomerados urbanos del país. La caída que presenta en abril de 2025 es la tercera consecutiva y es además más elevada que en los meses previos. Ese -0,2% global está contenido por GBA, pero es más grave si miramos hacia adentro del territorio nacional: en los aglomerados del interior marcó -0,4%. Al ver el EIL analizado por tamaño de empresa, en las pequeñas de 10 a 49 personas ocupadas la caída es del -0,5%. Pero hay un dato que pasó un poco por alto de la agenda económica que es preocupante: la tasa de despidos en abril 2025 se ubicó en su mayor nivel del último año. Esto naturalmente provoca que las expectativas en torno al empleo no sean favorables para el corto plazo.
Volviendo al tema inicial: bien por la desinflación, pero sin mejora de empleo y principalmente, recuperación de lo perdido en este proceso, los beneficios en precios no se pueden ver reflejados en mejora de calidad de vida.
La otra pata de esta discusión es el salario: en abril de 2025, el promedio de los salarios privados en SIPA tuvo una disminución del 1,6% mensual real y ya acumula tres meses consecutivos de caída (-0,2% en febrero y -2,6% en marzo). De esta forma, se ubicó en igual nivel de noviembre 2023 pero con una diferencia: habría logrado estar arriba del mismo entre septiembre 2024 y marzo 2025, por lo cual no está atravesando un sendero de recuperación sino por lo contrario, de nueva pérdida.
Por otro lado, el promedio de los salarios de convenios colectivos de trabajo en abril sigue por debajo de niveles de noviembre 2023 en un 3%, por lo que no tuvieron recomposición salarial. Si a esto le sumamos el hecho de que, en marzo, el salario en el sector público mostraba caída del 16,7% respecto a noviembre de 2023, se fortalece más el punto.
Recapitulemos: el empleo no logra un proceso sostenido que le permita recuperar lo perdido y los salarios siguen en sendero bajista que se traduce, pese a la desinflación, en caída del poder adquisitivo. Esto, a su vez, se traslada inevitablemente a un consumo más débil aunque con algunas paradojas: se observa una fuerte dicotomía entre el consumo masivo (que no recupera) con los bienes durables (que están volando). ¿Qué significa esto? Los durables como ser electrodomésticos, automóviles, escrituraciones e incluso turismo están teniendo crecimientos muy importantes en el último tiempo; pero por el otro lado, los indicadores de venta en supermercados, autoservicios, minoristas pymes y consumo masivo siguen sin lograr recuperarse, ubicándose en todos los casos por debajo del nivel de noviembre 2023.
Es decir, algunos pueden consumir más y se vuelcan a los durables, que son seguramente los que tenían poder de compra incluso con la crisis (y por ende no se modificó su comportamiento en la compra de masivos) pero los que no logran recuperar su poder adquisitivo (o su ingreso, en el caso de los que quedaron sin empleo) disminuyen sistemáticamente su canasta de consumo de bienes básicos. En otras palabras, una gran parte de la población compra menos, no porque los precios suban mucho, sino porque aún con precios relativamente estables, no le alcanza para aumentar su volumen de compra.
En términos generales, aunque más aplicado a los bienes de consumo básicos, hay una evidente paradoja: los precios suben menos, pero la calidad de vida no mejora. Esto pone en evidencia que la desinflación, por sí sola, no implica bienestar. Es una condición necesaria, sí, y por ello se celebra el proceso. Pero esta estabilidad de precios necesariamente debe estar acompañada de mejoras en la situación del empleo y de salarios reales.
Reducir la inflación es clave, sin dudas. Pero lograrlo sin que la mayoría de la población lo sienta como una mejora concreta en su vida puede hacer que ese esfuerzo, por más consistente que sea, pierda legitimidad. Aunque la ideología libertaria no esté de acuerdo, el rol del Estado en acompañar procesos de recomposición de ingresos (como por ejemplo, no ponerle techo a paritarias en 1% cuando la inflación no llegó a ese nivel) y de creación de empleo (por ejemplo, obra pública) es clave para que la mejora en las condiciones macro tenga su impacto a nivel social.
