El Hidrógeno no reemplaza al postergado gasoducto

escribe MAGISTER EN GESTIÓN DE LA ENERGÍA CARLOS ANDRÉS ORTIZ, Analista de Temas Económicos y Geopolíticos

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Las inversiones en el desarrollo científico son muy importantes, tanto en ciencia pura como en ciencia aplicada a casos prácticos. Claro está que la ciencia aplicada debe tener objetivos coherentes, evaluándose su factibilidad técnica y económica, sobre todo en un país como el nuestro, en el cual los recursos financieros son escasos, las necesidades sociales son muy importantes y en algunos casos perentorias, y las prioridades estratégicas deben preservarse. 

Ese elemental razonamiento, es aplicable a la mediáticamente muy promocionada producción de hidrógeno, la cual está en etapas de investigación; pero por diversos motivos (entre ellos claros “estímulos” -léase presiones- del núcleo duro del Poder Atlantista) parecería que sería casi muy sencillo pasar a niveles masivos de producción, consumo interno y exportación. 

Pero todo evidencia que el promocionado “hidrógeno verde” (el obtenido mediante “energías limpias” (concepto en sí mismo falso lo de “limpias”), y la producción y utilización masiva del hidrógeno, están en fases experimentales, o poco más. 

Todo parece indicar que las potencias europeas del Bloque Atlantista, están forzando las utilizaciones de otros energéticos, para suplantar o no depender tanto de los hidrocarburos, ahora con la crisis energética que la guerra solapada OTAN – Rusia (librada en y con Ucrania), puso de relieve la crónica pobreza energética que aqueja al Viejo Continente.

Si bien el hidrógeno no es considerado un combustible sino un vector energético, dentro del no muy amplio abanico de alternativas de abastecimiento que la Unión Europea intenta impulsar, la producción de hidrógeno sería una de ellas, más allá del estadio experimental en el que está actualmente. 

Si se superaran las serias limitaciones del hidrógeno, como por ejemplo el alto riesgo de su producción, logística y posterior consumo, por ser muy peligrosamente inflamable, con riesgo de explosiones; restaría concretar la ciclópea tarea de contar con la infraestructura adecuada y con las adaptaciones técnicas de eventuales unidades de consumo, como serían las usinas termoeléctricas e industrias varias, los automotores y otros vehículos, y el hoy muy riesgoso consumo residencial, precisamente por su peligrosa inflamabilidad. 

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Sintetizando las características, técnicamente conocidas, pero cuidadosamente ocultadas (o ignoradas) por los ecologistas cavernarios y otros promotores de las “nuevas energías”, cabe considerar lo siguiente. 

– El hidrógeno es muy abundante en la naturaleza, encontrándose siempre asociado a otras sustancias. Separarlo para obtener hidrógeno puro, requiere procesos complejos, en los que se gasta mucha más energía que la que se dispondrá luego. O sea que producir hidrógeno es un proceso costoso y energéticamente negativo. 

– Ambientalmente también la ecuación de producir hidrógeno es negativa, pues se consume no solo más energía que la que se obtiene, sino también mucha agua, aproximadamente 10 litros por cada kilo de hidrógeno. 

– Intentar producir hidrógeno para el mercado interno argentino, no parece coherente, ni en el corto ni en el mediano plazo. El mercado nacional no está desarrollado, las conversiones técnicas serían costosamente exorbitantes en función de los magros beneficios teóricamente obtenibles, y desarrollar toda la infraestructura no es lógico, considerando que existen otras fuentes de producción de energía, con tecnologías maduras, probadamente eficientes, y que no requieren quiméricas adaptaciones de infraestructura, como requeriría forzar el uso masivo del hidrógeno en Argentina. Poseemos tecnología para incrementar nuestro parque de generación con unidades nucleares, hidroeléctricas, e incluso térmicas basadas en gas natural y/o biocombustibles; estas dos últimas “aceptadas” por la Unión Europea y sus entes “ecologistas” como alternativas compatibles con el cuidado ambiental. De hecho, las usinas hidros y nucleares, son ambientalmente amigables, pues no producen efluentes que contaminen el ambiente, y son de bajos costos por kWh. Debe considerarse que existen tecnologías, de probada eficiencia, para neutralizar totalmente los residuos radioactivos de las centrales nucleares. 

– Toda la logística asociada al hidrógeno, es de muy alto riesgo, por su elevada inflamabilidad y explosividad. Quisiera conocer quienes de sus “entusiastas” promotores a ultranza, se harán cargo de las luctuosas y desastrosas consecuencias, de los incendios y/o explosiones que pueden ser resultados de forzar la utilización de una tecnología aun no madura, y con muchos bemoles y potenciales altos riesgos. 

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– Batir el parche promoviendo y exaltando las “nuevas fuentes de energía” solares, eólicas (estas dos costosas e intermitentes, de baja calidad) y el hidrógeno (con tecnología aun en desarrollo, falta de infraestructura y de adecuación de infraestructura logística y de consumo); mientras se ataca o se tapan las concretas alternativas de generación hidroeléctrica y nuclear, de ningún modo es un hecho casual. Todo parece responder a instigaciones del Bloque Atlantista, el cual para sus componentes apela a soluciones energéticas probadas y eficientes (como el uso del gas, el petróleo, incluso el denostado carbón, la tecnología nuclear, y la hidroeléctrica -donde existe capacidad potencial de incrementar su desarrollo-). Pero para el mundo subdesarrollado, impulsan y forzan implementar tecnologías falsamente “limpias”, que de aceptarse sin límites, nos embretarán en un contexto de pobreza energética, en el cual será imposible salir del subdesarrollo.

– Ante la alta y creciente demanda de energéticos, por parte del Bloque Atlantista, es muy posible que se produzca localmente para exportar a ese destino. 

– Por lógica técnica y económica, las unidades productoras (separadoras) de hidrógeno en Argentina, previsiblemente serán las ubicadas muy cerca de puertos marítimos. Por eso, suponer que a partir de una modesta estructura experimental y con las limitaciones logísticas de la lejanía de puertos de ultramar, se pueda exportar hidrógeno desde por caso el Norte Grande, no parece tener ninguna lógica. 

– En Misiones, insistir en sustituir el necesario gasoducto, con la hoy muy inmadura tecnología del hidrógeno, es una incoherencia técnica y económica, que le hace el juego al unitarismo excluyente, siempre vigente en el núcleo tecnocrático del poder en Argentina.

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