El veto migratorio: las vidas deshechas con un plumazo

New York Times. Una madre iraquí se quedó varada en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York cuando iba en camino a ver a su hijo. El pase de abordar de una investigadora médica iraní, especialista en la tuberculosis, de repente dio luz roja en la puerta de embarque en Fráncfort. Una mujer que intentaba ir a ver a su madre de 91 años gravemente enferma ahora debe esperar, monitorear la situación desde lejos y no perder la esperanza.

El viernes, cuando en Washington eran las 16:42, el presidente Trump firmó la orden ejecutiva con la que impide a ciertos refugiados entrar a Estados Unidos y niega la entrada a los ciudadanos de siete países predominantemente musulmanes. Con ello, produjo un giro drástico y contundente en las vidas de estas personas que estuvieron esperando, en algunos casos durante años, los documentos de viaje que les permitirían ingresar a Estados Unidos.

En la confusión que siguió a esta orden ejecutiva, el destino de estas personas dependió en muchos casos de un golpe de suerte. Algunos ya estaban en un vuelo de regreso cuando un juez suspendió parte de la orden. Otros estuvieron detenidos durante horas y finalmente fueron liberados, para la alegría de sus familias. Otros siguen fuera de Estados Unidos esperando a ver qué pasará y cuándo se les permitirá entrar, si es que esto alguna vez sucede.

Aquí presentamos algunas historias de los afectados por esta prohibición.

Hamdiyah al Saeedi

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Hamdiyah al Saeedi fue retenida por más de 33 horas en el aeropuerto John F. Kennedy; parte de ese tiempo estuvo esposada y le negaron una silla de ruedas, según un abogado. CreditVictor J. Blue para The New York Times

Si todo hubiese salido conforme al plan, tras abordar un vuelo nocturno desde Doha, Catar, Hamdiyah al Saeedi, de 65 años, iba a aterrizar el sábado en el aeropuerto John F. Kennedy en Nueva York y después tomaría un vuelo de conexión a Raleigh, Carolina del Norte, para encontrarse con su hijo Ali Alsaeedy, a quien no había visto en cinco años.

Su hijo es sargento en la 82.a División Aérea. Cuando su madre, quien no habla inglés, no apareció en el aeropuerto de Carolina del Norte, el sargento Alsaeedy de inmediato temió que se hubiera perdido.

Voló a Nueva York, donde otra realidad lo esperaba. No estaba perdida. Había sido detenida en algún lugar de la Terminal 4 por autoridades que amenazaban con deportarla. “No me dejaban siquiera verla”, explicó por teléfono el sargento Alsaeedy, quien recientemente obtuvo la nacionalidad estadounidense.

Nacido en Bagdad, el sargento Alsaeedy ha trabajado para el gobierno estadounidense durante gran parte de su vida. Después de la invasión de 2003, fue intérprete durante siete años y trabajó para el ejército estadounidense y para la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Debido al servicio que prestó, con el tiempo recibió una visa especial de inmigrante y se mudó a Raleigh.

Pasó años llenando formatos aparentemente interminables para que su padre y su madre pudieran reunirse con él en Estados Unidos. “Comencé el proceso para traer a mis padres a este país hace cinco años”, contó el sargento Alsaeedy.

En diciembre, murió su padre. Unas semanas después, la visa de su madre fue aprobada e inmediatamente reservó un vuelo para ella. Mientras el presidente Trump firmaba la orden de migración, ella probablemente esperaba para abordar su vuelo en Doha.

Cuando el sargento Alsaeedy llegó al aeropuerto neoyorquino a buscar a su madre el sábado, otras familias con historias similares también estaban esperando. Con la ayuda de algunos abogados, presentó una petición de habeas corpus para que la liberaran. Se mantuvo esperanzado gracias a las crecientes protestas que había afuera.

“Este país es grande debido a esas personas, las miles de personas que estuvieron protestando y ayudando a otros con los que no tienen ninguna relación”, afirmó el sargento Alsaeedy. “Incluso en mi peor momento, sentí esperanza, libertad y tuve la impresión de que sí hay gente grandiosa”.

Sin embargo, a pesar de las protestas, el sargento Alsaeedy recibió una llamada telefónica con noticias devastadoras. Un oficial federal le informó que su madre sería deportada en un vuelo regular con destino a Alemania alrededor de las 21:00. El oficial le ofreció al sargento Alsaeedy poner a su madre al teléfono para despedirse. Ella lloraba.

“Esperaba verte y abrazar a tu hijo”, le dijo la mujer a Alsaeedy, según contó este. Él se quedó estupefacto sin saber qué responder. “Esto no ha terminado”, le explicó, con la esperanza de calmarla.

Al final, su madre no fue deportada. Fue retenida por más de 33 horas, esposada durante algún tiempo y se le negó una silla de ruedas, según la declaración de una abogada del sargento Alsaeedy, Molly Lauterback. Lograron reunirse en el aeropuerto a las 16:00 horas del domingo.

–Joseph Goldstein

Zabidollah y Mahmood Zarepisheh

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Zabihollah Zarepisheh, quien estuvo detenido en el Aeropuerto John F. Kennedy, viajó a Nueva York desde Irak para conocer a su nieta. CreditVictor J. Blue para The New York Times

Masoud Zarepisheh debía haber estado celebrando el nacimiento de su primera hija, Liana, quien había nacido hacía cuatro días en Nueva York. En lugar de eso, el domingo por la mañana, se encontraba en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, esperando para poder ver a su padre, de 60 años, y su hermano, de 30, quienes habían sido detenidos hacía más de 30 horas, cuando llegaron de Irán el sábado por la mañana.

“Estoy muy enojado con este presidente”, dijo el Sr. Zarepisheh. “En lugar de estar en casa cuidando al bebé, estamos bajo mucha presión”.

Zarepisheh, de 36 años, es ciudadano estadounidense e investigador en el Departamento de Física Médica del Sloan Kattering Memorial Cancer Center. Su esposa, también ciudadana estadounidense, trabaja para el Departamento de Salud e Higiene Mentales de Nueva York.

La madre de Zarepisheh había llegado dos semanas antes de Irán, antes de que naciera la bebé, y no había dejado de llorar junto con la recién nacida, afirmó. Zarepisheh había podido hablar con su hermano, Mahmood, y su padre, Zabiholla, únicamente dos veces desde la mañana del sábado. Ellos también lloraron cuando hablaron por teléfono, contó.

Aunque llevaban visas vigentes de turistas, después de aterrizar los llevaron primero a la Terminal 1 para luego trasladarlos a la Terminal 4 el sábado por la noche. Zarepisheh explicó que creyó que se habían quedado dormidos en sus asientos.

Zarepisheh, un matemático con un doctorado en Irán y un posdoctorado en la Universidad de Stanford, seguía horrorizado por el trato que recibió su familia.

“No tiene sentido; es una acción política”, exclamó. “Para mí, el presidente es solo un populista, un virus populista que ha infectado a Estados Unidos justo ahora, y espero que el país se vacune pronto en contra de este populismo”.

Cerca de las 18:00 del domingo, Zarepisheh dijo que los oficiales en la habitación donde estaban detenidos su hermano y su padre de repente anunciaron: “El problema se ha resuelto y ya se pueden ir”.

Para Zarepisheh, al igual que su hermano y su padre, quienes no habían dormido, el momento fue irreal. “Fue como un sueño”, afirmó. “Más como una pesadilla”, recapacitó.

–Liz Robbins

Adawr Oraha

BAGDAD — En diciembre, Adawr Oraha voló desde su hogar en Phoenix a Kirkuk, al norte de Irak, para cumplir con sus responsabilidades como miembro del consejo provincial. Planeaba volver a Phoenix una semana después.

Ahora, Oraha, con permiso de residencia y trabajo, no sabe si podrá regresar. Aunque al principio parecía que tenía prohibido entrar a Estados Unidos, él y otras personas con este tipo de permisos parecen haber obtenido un indulto: Reince Priebus, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, declaró en una conferencia de prensa con NBC que las personas con permiso de residencia y trabajo de las siete naciones incluidas en la prohibición no se verían afectadas, aunque dijo que los oficiales fronterizos tenían “autoridad discrecional” para detener e interrogar a los viajeros sospechosos.

Oraha, de 65 años, quien dijo que sufre de diabetes y padecimientos respiratorios, sostuvo que vendió su casa y pertenencias en Kirkuk cuando se mudó con su familia a Phoenix en 2011. Con una hija que ahora tiene 31 años y un hijo de 24, la familia construyó una nueva vida y adquirió una casa nueva en Arizona.

Oraha, exvicegobernador de la provincia de Kirkuk, señaló que su esposa había entrado al país en 2011 con una visa especial de inmigrante que le fue otorgada debido a que trabajó ayudando a las tropas estadounidenses en Irak.

Oraha dijo que el domingo habló por teléfono con su esposa, quien estaba preocupada por su salud si era obligado a permanecer en Irak durante un periodo prolongado. Explicó que ahí no tiene un lugar donde vivir a largo plazo.

“Mi esposa, mis hijos y yo somos estadounidenses leales”, afirmó Oraha. “Amamos esta tierra como si fuera el sitio que nos vio nacer”. Añadió: “A Trump le digo: ‘Adoramos a Estados Unidos pero, con él, nuestro sueño se ha perdido’”.

–David Zucchino

Samira Asgari

A Samira Asgari, ciudadana iraní que tenía programado volar a Boston el sábado por la mañana para comenzar su beca de posdoctorado en la Facultad de Medicina de Harvard, le dijeron en Fráncfort ese mismo día que no podía abordar el avión.

“Estaba muy emocionada de integrarme al laboratorio de @soumya_boston, pero no me dejaron abordar debido a mi nacionalidad iraní. ¿Se sienten más seguros?”, publicó en Twitter.

La Dra. Asgari, de 30 años, concluyó hace poco su doctorado en el Instituto Federal de Tecnología de Suiza en Lausana y estaba planeando estudiar los orígenes genéticos de por qué las personas responden de manera diferente a las infecciones de tuberculosis.

Soumya Raychaudhuri, profesor asociado en el Departamento de Medicina en el Hospital Brigham and Women’s, afiliado a Harvard, había seleccionado a la Dra. Asgari para formar parte de su laboratorio después de escuchar la presentación que hizo de su trabajo en una conferencia científica en Nueva York la primavera pasada. Explicó que la noticia de que se le negara el abordaje fue inquietante para el laboratorio y para la ciencia estadounidense.

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Samira Asgari, ciudadana iraní, tenía programado viajar a Boston para empezar estudios posdoctorales en la Facultad de Medicina de Harvard. Credit

“Haremos todo lo que podamos para traerla”, expresó el Dr. Raychaudhuri, cuyo padre trabajó como investigador después de haber emigrado de India para estudiar en Estados Unidos. “Tenemos mucho que aprender de ella”.

En un correo electrónico, la Dra. Asgari explicó que su visa había sido aprobada el 25 de enero. El domingo, voló de Ginebra a Fráncfort. Allí, se paró en la fila para abordar su vuelo de Lufthansa, pero cuando presentó su pase de abordar “no se produjo la luz verde habitual. Me tocó rojo”, apuntó.

Un hombre que se presentó como funcionario consular de Estados Unidos le comunicó que su visa ya no era válida. “Las normas cambiaron esta mañana”, le dijo a la Dra. Asgari.

Asgari llamó al Dr. Raychaudhuri para informarle, y también a su novio, quien había renunciado a su trabajo para acompañarla a Cambridge, Massachusetts. Después regresó a Ginebra para tomar un tren de vuelta a su departamento en Lausana, donde tenía un día más en su contrato de arrendamiento. Varios excolegas y amigos le ofrecieron un lugar en el que quedarse temporalmente.

—Amy Harmon

Askar Sahebjam y Roghayeg Hashemy Soodmand

Askar Sahebjam, de 73 años, ingeniero retirado con un doctorado de la Universidad de París, esperó cuatro años para obtener un permiso de residencia y trabajo. Se iba a mudar de Irán a Tampa, Florida, donde su hija es oncóloga.

Con todos sus papeles en orden, Sahebjam y su esposa, Roghayeh Hashemy Soodmand, de 52 años, pagaron 5800 dólares por unos boletos de primera clase solo de ida, en un vuelo al Aeropuerto Internacional de Orlando con una llegada programada para el domingo por la mañana, listos para su nueva vida en Estados Unidos. Sahebjam llevaba un regalo para su hija: una alfombra persa.

En vez de eso, los detuvieron e interrogaron durante nueve horas; además inspeccionaron sus teléfonos celulares. Más tarde, permitieron a Sahebjam hablar con su hija, pero únicamente en altavoz y solo si aceptaba hablar en inglés frente al oficial.

“Nos trataron como si fuéramos espías o criminales”, afirmó la Dra. Somaz Sahebjam, la hija del señor Sahebjam, quien trabaja en el Centro de Cáncer Moffitt en Tampa. “El oficial tomó el teléfono y me preguntó a qué me dedicaba. Le respondí: “Soy doctora. Trato el cáncer cerebral’. Estamos trabajando duro en este país. Estamos ayudando a las personas de este país. Nuestros padres no son terroristas. “Son personas de mayor edad y tienen todos los documentos en orden, otorgados por el gobierno de Estados Unidos”.

La Dra. Sahebjam explicó que el oficial le dijo que la visa de entrada de su padre había sido revocada. Cerca de las 19:30, tan solo una hora antes del fallo del juez que frenaba la orden de Trump, su padre fue puesto en un avión de vuelta a su casa en Teherán. Su esposa, quien ya había recibido el permiso de residencia y trabajo, podía quedarse, pero se fue con él a Irán porque no quería vivir en Estados Unidos sin su marido.

Tuvo que gastar otros 3000 dólares en el vuelo de regreso. La Dra. Sahebjam afirmó que dudaba que su padre intentara alguna vez regresar a Estados Unidos y que tendría que mudarse de vuelta a Irán para cuidarlo.

“Esto es muy humillante”, afirmó. “Estaban furiosos y se sentían muy ofendidos”.

—France Robles

Familia Darani

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La madre de Shadi y Farzaneh Darani fue detenida casi de inmediato después de aterrizar y puesta en un avión de regreso a Irán.

Las hermanas Shadi Darani, de 26 años, y Farzaneh Darani, de 28, esperaban ansiosas por la llegada a Estados Unidos de su madre el domingo por la mañana, después de dos años de no verla.

Sin embargo, cuando Farzaneh, estudiante de doctorado en la Universidad de Delaware, fue a recogerla al aeropuerto de Filadelfia, su madre no estaba. Las hermanas se enteraron de que la habían detenido y casi inmediatamente la habían devuelto en un vuelo regular a Irán, pero no sabían en qué vuelo. Además, su madre, de 56 años, de alguna manera no había podido usar su celular.

“Mi mamá estuvo volando durante casi un día y no sabía dónde estaba; finalmente, esta mañana hace una hora, llamó a mi papá. Contó que se quedaron con su pasaporte y que un guardia de seguridad la estuvo siguiendo de aeropuerto en aeropuerto y de vuelo en vuelo”, explicó el domingo por la mañana Shadi Darani.

La estudiante de doctorado en ingeniería mecánica en la Universidad Tecnológica de Michigan afirmó que esta experiencia había dejado aterrada a la familia.

“Todos vinimos a trabajar y a estudiar”, señaló. “Nos encanta la gente que nos rodea y queremos que nos quieran. Pero ahora parece que ya no somos bienvenidas y nos tratan como terroristas. Esto de verdad nos entristece y acaba con nuestras esperanzas. No sabemos qué hacer. Ningún doctorado ni nada aquí es más importante que mi mamá o mi papá”.

Darani pidió que no se mencionara el nombre de su madre porque la familia tiene esperanzas de que vuelva de visita y temen que la publicidad afecte sus oportunidades de obtener una visa de turista para entrar a Estados Unidos. La última vez, los trámites tomaron cinco meses.

“Es una maestra retirada y nunca ha hecho nada en contra de este país o de otras personas”, apuntó Darani.

—Stephanie Saul

Ibtisam Mahmoo Hussein

La madre de 91 años de Ibtisam Mahmoo Hussein se encuentra en una unidad de cuidados intensivos en un hospital de Las Vegas y Hussein no puede tomar un avión para ir a verla.

Hussein, de 64 años, vive en Omán con su esposo, un diplomático retirado, y usa un pasaporte iraquí. Varios miembros de la familia de Hussein —cuatro hermanos y su madre, Shukriya Twafiq Hussain— son ciudadanos estadounidenses.

Al final del año pasado, Hussein solicitó una visa para visitar Estados Unidos y así poder ver a su madre anciana por primera vez desde 2013. El trámite se dio sin problemas y obtuvo la aprobación rápidamente. Comenzó a planear su viaje pensando que tenía tiempo para comprar los boletos.

Apenas hace unos días, su madre cayó y se rompió la cadera, así que tuvieron que operarla. De repente, todo cambió.

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La madre de Ibtisam Mahmoo Hussein está hospitalizada en Las Vegas

“Mi mamá se encuentra en un estado de salud crítico”, dijo Nasreen Alkafaji, una de las hermanas de Hussein.

A Hussein le gustaría visitar a su madre, pues esta podría ser la despedida, pero con la prohibición de viaje en vigor, no puede hacerlo.

“No tiene malas intenciones. Tiene una buena vida en Omán”, señala Alkafaji.

La familia es originaria de Bagdad. Alkafaji llegó a Estados Unidos en 1979. Uno de sus hermanos la siguió tres años después. En 1991, su madre hizo lo mismo, motivada por la Guerra del Golfo. Uno por uno, sus hermanos la siguieron. Sin embargo, Hussein nunca lo hizo. Ahora se encuentra pegada al teléfono hasta tarde por la noche, en Muscat, Omán, nerviosa por las noticias que no puede recibir en persona.

“No paro de llorar, reviso cada cinco minutos y le pregunto a mi hermana por la salud de mi madre”, dijo la señora Hussein.

“Tengo miedo de no poder verla con vida”, añadió con la voz entrecortada.

—Elizabeth A. Harris

Ali Khoshbakhti

Douman Khoshbakhti ha vivido en Estados Unidos durante diez años y hace unos tres meses llegó su madre de Teherán para reunirse con él. Su padre, Ali Khoshbakhti, de 53 años, se quedó atrás para finalizar algunos asuntos de su vida. Vendió su carro y una tienda familiar de suministros para la construcción.

Se iba a reunir con la familia en Estados Unidos el viernes por la noche.

En cambio, cuando llegó al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles a las 19:00 lo detuvieron toda la noche y gran parte del día siguiente. A unas cuantas horas de que un juez bloqueara partes de la orden que emitió Trump el sábado, Ali Khoshbakhti fue puesto en un vuelo hacia Dubái, Emiratos Árabes Unidos, que finalmente lo llevaría a Teherán.

“Venía para vivir aquí”, explicó Douman Khoshbakhti. “Justo ahora ha de ir de vuelta a Irán y ya no le queda nada allá”.

El tío de Khoshbakhti en Los Ángeles fue al aeropuerto a recoger a su hermano y durante horas no supo nada de él. Más o menos a las 23:00, finalmente, informaron a la familia que estaba detenido, pero no podían hablar con él. Aproximadamente, a las 14:00 del sábado, Khoshbakhti habló con su padre unos dos minutos.

“Me dijo: ‘Me tienen aquí como prisionero’”, dijo Khoshbakhti.

El señor Khoshbakhti, enfermero de 29 años, trabaja en un asilo de ancianos en Fort Wayne, Indiana. Es ciudadano estadounidense desde hace tres años, pagó por el permiso de residencia y trabajo de sus dos padres. Su padre llegó con una visa de inmigrante, el mismo tipo de visa que estaba usando su madre apenas hacía unos meses.

“Fue todo lo mismo”, afirmó acerca del trámite migratorio de sus padres. “Así que, ¿cómo puede ser que hace dos meses no hubo ningún problema y ahora no puedo siquiera hablarle?”.

—Elizabeth A. Harris

Tareq Aqel Mohammed Aziz y Ammar Aziz

Cuando dos hermanos de Yemen aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Dulles en Virginia el sábado por la mañana, creyeron que iban a hacer una conexión hacia Flint, Michigan, para reunirse con su padre.

En cambio, a Tareq Aqel Mohammed Aziz, de 21 años, y a su hermano Ammar, de 19, los sacaron del avión, los esposaron y los llevaron a una habitación. Dos horas después, estaban en el mismo avión de vuelta a África.

Los dos jóvenes tenían visas migratorias, lo que quiere decir que se había aprobado su residencia legal permanente, ya que su padre, Aqel Muhammad Aziz, es ciudadano estadounidense.

“Despegaron dos horas antes de que se firmara la orden ejecutiva”, explicó su abogado Simon Y. Sandoval-Moshengerg, director legal del programa de migrantes del Legal Aid Justice Center. “Este era el momento que habían estado esperando y, de repente, se convirtió en una película de terror”.

Debido a que la embajada estadounidense en Yemen ha estado cerrada desde 2015, los hermanos tuvieron que ir a Yibuti para obtener la aprobación de sus visas. Sandoval-Moshenberg explicó que los oficiales de Virginia informaron a los hermanos: “Su visa ha sido cancelada. Necesitan firmar este formato. Si no lo firman, tendrán prohibida la entrada a Estados Unidos durante cinco años”.

Los hermanos firmaron. Sin embargo, después, los oficiales aduaneros les comunicaron que tenían que regresar a África inmediatamente. Esto muy probablemente significa, según Sandoval-Moshenberg, que firmaron alguna forma para renunciar de manera voluntaria a sus derechos de residencia permanente.

Ni sus abogados ni el padre de los muchachos sabían lo que estaba pasando y creían que estaban detenidos en Dulles. Sandoval-Moshenberg presentó una petición a su nombre y a nombre de por lo menos 60 personas más detenidas en el aeropuerto.

La medianoche del sábado, Aziz recibió una llamada de sus hijos. Estaban en Adís Abeba, Etiopía.

Ahora se encuentran varados allí de manera indefinida. Los funcionarios etíopes, según Sandoval-Moshenberg, confiscaron los pasaportes de los hermanos yemeníes. Los vuelos fueron suspendidos debido a la guerra en Yemen y sin pasaporte no pueden volver a Yibuti, donde se quedaron durante más de un mes antes de obtener sus visas.

“Realmente están en este limbo de Tom Hanks”, explicó su abogado.

El sábado, un juez federal bloqueó parte del decreto migratorio al ordenar que quienes habían presentado las peticiones y tenían un estado de residentes permanentes podían tener acceso a sus abogados durante la detención, y que aquellos con estatus legal no podían ser trasladados por siete días.

Sin embargo, para los hermanos Aziz fue demasiado tarde.

—Liz Robbins

Mustafa Hashi Egal

La noche del domingo, en el vecindario de Harlem en Manhattan, el propietario del Restaurante Safari, Shakib Farah, de 33 años, esperaba sentado la llamada que le hace diariamente en la madrugada su primo, Mustafa Hashi Egal.

Los dos son ciudadanos estadounidenses que escaparon de la guerra civil de Somalia y llegaron como refugiados hace 15 años. Egal, quien dirige un negocio de transporte en Minneapolis, dejó Somalia para después tener la oportunidad de traer a Estados Unidos a su madre de 82 años. Luego de dos años de trabajar para obtener su visa —y haberlo logrado— se suponía que estaría volando con ella el martes para llevarla a su nueva casa en el Medio Oeste.

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Mustafa Hashi Egal tenía programado un vuelo para Estados Unidos con su madre, Fadumo Haji Mohamed, el martes. Pero se quedaron varados en Nairobi, Kenia, el domingo.

Egal pudo subirse al vuelo de la aerolínea Emirates que había reservado el martes por la mañana, pero su madre, Fadumo Haji Mohamed, no pudo hacerlo aunque tenía una visa recién emitida.

Los somalíes deben viajar primero a Nairobi, Kenia, para obtener los documentos correspondientes y allí es donde Egal, quien no pudo ser contactado, quedó varado junto con su madre.

En todas las llamadas telefónicas, la voz de Egal se escucha llena de miedo, explicó Farah. Miedo de no poder sacar a su madre de manera permanente de su país natal, donde el terrorismo del grupo Al Shabaab ha remplazado la violencia de los largos años de guerra civil. La semana pasada, una explosión cimbró Mogadiscio, la capital somalí, y mató a 21 personas, según los informes.

“Imagínese vivir en la ciudad y que justo en Central Park llueva la artillería de algún artefacto de guerra. Así es allá”, narró Farah sobre la vida en su ciudad natal.

“Pasamos por una guerra sangrienta que no le deseo a nadie en el mundo y ahora nuestra gente está siendo asesinada todos los días por los terroristas de Shabab. Encima, a los supervivientes que están intentando tener una mejor vida fuera de Somalia les están diciendo que son iguales a los terroristas que los están matando allá”.

—Sarah Maslin Nir

Zainab al Sabahi y sus hijos

Ammar al Sabahi no ha visto a su esposa Zainab o a sus hijos desde que partieron a su natal Irak el año pasado luego de recibir noticias devastadoras: la madre de la señora Sabahi había resultado gravemente herida en un accidente automovilístico junto con dos parientes, entre ellos una mujer con ocho meses de embarazo que falleció. El bebé también murió.

Al Sabahi y su familia llegaron a Estados Unidos como refugiados el año pasado, después de que él pasó una década trabajando para el ejército estadounidense en Irak, una tarea que conllevó amenazas hacia ellos por parte de los grupos paramilitares.

Al enterarse del accidente, su esposa “lloraba tanto que le dije: ‘Quizá debas volver para ver a tu familia’”, contó Sabahi, quien opera un servicio privado de transporte en Austin, Texas. “Estaba trabajando mucho, así que se llevó a los niños porque no se podían quedar en casa sin nadie que se hiciera cargo de ellos”.

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Ammar al Sabahi y su esposa, Zainab, con sus hijos. En estos momentos, la señora Sabahi y sus hijos están atrapados en su natal Irak. CreditAmmar al Sabahi

Pensaron que la señora Sabahi y los niños no estarían fuera por más de un mes, pero se quedaron atrapados en Bagdad desde abril porque no pidieron permiso al gobierno de Estados Unidos para viajar (algunos refugiados deben hacerlo).

Sabahi explicó que no conocían esta norma y que su esposa “solo quería ver a su madre porque tenía miedo de que muriera también”.

Su familia tenía hasta abril de este año para terminar la solicitud del permiso para entrar de nuevo a Estados Unidos y estaban finalizando el trámite cuando Trump firmó la orden ejecutiva, explicó la abogada, Hannah Silk Kapasi.

La fecha límite para el reingreso es el 19 de abril de 2017. La orden ejecutiva prohíbe que cualquier refugiado entre a Estados Unidos hasta el 28 de mayo.

“Ammar era contratista del gobierno estadounidense”, explicó Kapasi. “Resultaba útil para el gobierno de Estados Unidos y, por esta razón, buscó y recibió la protección del gobierno cuando llegó a este país”.

“Definitivamente, espero que podamos ver a esta familia a salvo y reunida”.

Sabahi declaró que solo quería tener la oportunidad de construir esa vida que parecía tan cercana.

“Estamos cansados de estar tan lejos”, afirmó. “No hay futuro para nuestros hijos en Irak. El país está destruido. No queda nada para nosotros allá. Solo queremos una buena vida para nuestros hijos. Solo somos seres humanos”.

—Liam Stack

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