Fue una diosa, ahora tiene una maestría y quiere cambiar una tradición de 700 años

PATAN, Nepal, New York Times — Cuando la diosa de 6 años lloró durante cuatro días fue considerado como un terrible augurio para Nepal y, al parecer, sus lágrimas parecieron presagiar una tragedia nacional.

El último día que lloró, el 1 de junio de 2001, el príncipe heredero de Nepal asesinó a nueve miembros de la familia real, entre ellos sus padres, el rey Birendra y la reina Aishwarya, antes de dispararse a sí mismo.

Más de 20 años después, en una oficina cualquiera de Patan, una ciudad antigua ubicada a unos cuantos kilómetros de la capital, Katmandú, la misma niña que había sido venerada como una diosa ahora es una mujer ocupada en asuntos más terrenales: Chanira Bajracharya, con una flamante maestría en Administración, tramita solicitudes de préstamo en la empresa de servicios financieros donde trabaja.

Su capacidad para conseguir un empleo corporativo la ha distinguido de la mayor parte de las demás kumaris, que son mujeres veneradas antes de su pubertad como la encarnación viviente de una diosa hindú, pues a la mayoría no se les permitía estudiar.

“La gente solía pensar que por ser una diosa, lo sabía todo”, señaló Bajracharya, de 27 años. “¿Y quién se atreve a enseñarle algo a una diosa?”.

Bajracharya se encontraba en la casa de su familia, en Patan, donde llevó a cabo sus tareas de diosa durante diez años.

Los muros de una habitación estaban cubiertos de fotografías que la mostraban de pequeña con todos los atavíos de las kumaris, los labios pintados con un color brillante y los ojos delineados con kohl. En una fotografía, está mirando hacia abajo con arrogancia al último rey de Nepal, Gyanendra, el hermano del rey asesinado.

Por lo general, pasaba los días atendiendo a una larga fila de visitantes que se arrodillaban ante sus piececitos, los cuales nunca debían tocar el suelo del exterior. Los devotos colocaban ofrendas de dinero y fruta en tazones de latón y, sin decir ni una palabra, Chanira estiraba un brazo cubierto con raso rojo y ponía en sus frentes, a manera de bendición, una señal religiosa llamada tika, hecha con pasta bermellón.

Bajracharya, al centro, ahora trabaja para una firma de servicios financieros en Nepal.
Bajracharya, al centro, ahora trabaja para una firma de servicios financieros en Nepal.Credit…Uma Bista para The New York Times

La institución de las kumari, palabra que significa “virgen” en nepalí, tiene siete siglos de historia. Esta tradición se centra en la leyenda de una diosa hindú, Taleju, quien le daba consejos al rey.

En uno de sus encuentros, el monarca intentó atacarla sexualmente y ella desapareció. El rey manifestó tal arrepentimiento que ella le dijo que aunque nunca reaparecería en su propio cuerpo él debía venerar a una niña, a través de la cual la diosa seguiría ofreciendo sus consultas reales.

Desde el siglo XIV, eligen a niñas de apenas 2 años procedentes de familias budistas de la comunidad newar que viven en el valle de Katmandú.

En un momento determinado, se les otorga el título de kumari a una docena de niñas, pero solo tres, que representan los tres reinos antiguos del valle de Katmandú, entre ellos Patan, siguen el estilo de vida de las kumaris todo el tiempo. Según Bajracharya, las demás son solo diosas de “medio tiempo”.

Bajracharya explicó que las kumaris son como un símbolo sincrético entre el hinduismo y el budismo, las religiones principales de Nepal, un país que tiene alrededor de 30 millones de habitantes.

“De acuerdo con la cultura budista, los niños son protectores”, explicó Chunda Bajracharya, una profesora del idioma newar jubilada que no tiene ninguna relación de parentesco con la joven. “Es nuestra cultura, nuestra tradición y un motivo de orgullo”, comentó.

La mayoría de las kumaris anteriores a Bajracharya, entre ellas su tía, Dhana Kumari Bajracharya, no recibieron ninguna educación académica. Al perder su divinidad cuando tienen su primera menstruación, muchas llegan a la edad adulta sin saber leer ni escribir y les cuesta mucho trabajo tener una vida después del trono.

Bajracharya se está esforzando por cambiar eso al alentar a la actual generación de jóvenes diosas a que estudien como ella lo hizo, cosa que, según ella, no solo las ayudará, sino que protegerá una institución que, según los críticos, despoja a las niñas de su infancia y de sus derechos humanos.

Y descartó cualquier idea de que ese papel hubiera violado sus derechos.

“La gente solía pensar que, como diosa, tenemos una vida muy aislada, no podemos hablar con los demás, no tenemos tiempo para jugar, no se nos permite sonreír”, dijo. “Todos esos mitos que han sido tan populares, a veces me irritan tanto”.

Sin embargo, nadie cree que sea un trabajo fácil.

Las kumaris casi nunca tienen permiso de salir. Durante la docena y media de veces que salen al año, bien sea para los rituales o durante la temporada de festivales hindúes en Nepal, deben ser transportadas en un palanquín o en los brazos de alguien. No hablan con ningún forastero y cuando están en la habitación del trono, no le hablan a nadie, ni siquiera a su familia.

A cambio de eso, se les otorga un enorme respeto. En el festival Indra Jatra, cuando la kumari de Katmandú es llevada en su carroza por las calles de la ciudad, todos los años refrenda con un tika el derecho al poder legítimo del jefe de Estado.

Debido a que sus emociones se perciben como un reflejo de la fortuna del país, como lo fue el arrebato de Bajracharya antes de la masacre real, deben luchar por mantenerse impasibles durante los rituales.

En el reinado de Bajracharya como la diosa viviente de Patan, de 2001 a 2010, se vieron algunos de los cambios políticos más importantes de Nepal, desde la masacre en el palacio, la cual se cree que su llanto vaticinó, hasta la insurgencia maoísta que se intensificó después. En 2008, Nepal abolió su monarquía de 240 años y se convirtió en una república democrática.

Ese mismo año, la Corte Suprema de Nepal decidió que debía conservarse la tradición de las kumaris, pero con algunas modificaciones. Le ordenó al gobierno otorgarles un subsidio para su educación académica, además del estipendio y la pensión por jubilación que ya recibían.

“Antes las niñas no estudiaban. Ahora todos los niños estudian. Entonces esa libertad debería estar disponible para las kumari”, dijo Udhav Man Karmacharya, el sacerdote principal del Templo Taleju en Katmandú.

Y esa educación no interfirió con los deberes divinos de Chanira, señaló.

“Ella era bastante natural como diosa”, dijo.

Antes de que naciera Chanira, su madre, Champa Bajracharya, recibió una señal sagrada en un sueño: una flor de loto que caía del cielo y entraba en su vientre. Fue a visitar a un sacerdote budista, quien interpretó el sueño como que su hija sería un alma pura que se “rebelaría ante el mundo”, comentó.

Cuando llegó el momento de deificar a una niña nueva en Patan, invitaron a las 150 familias de la comunidad Ratnakar Mahavihar Hakhabahal, misma que forma parte del clan newar, a que llevaran a sus hijas para una prueba de selección. El sacerdote principal realizó rituales tántricos en los que le pedía a Taleju que poseyera a alguna de las niñas y un astrólogo estudió sus cartas astrales.

“La elegida por la diosa comienza a dar algunas señales. Se vuelve más amable. Su rostro se torna rojo. Se dan esos cambios físicos. Todos los presentes pueden ver que está siendo poseída por la diosa”, es lo que recuerda Bajracharya del día en que fue seleccionada.

“Las que no son elegidas por la diosa lloran, se alejan, corren o muestran algún comportamiento inaceptable que las descalifica”, añadió.

La esposa del sacerdote revisa que las finalistas no tengan cicatrices, marcas de nacimiento ni otros defectos aparentes. La niña que obtiene el número más alto de las 32 cualidades prescritas (que incluyen ojos parecidos a los del venado y corazón como de león) se convierte en la siguiente niña investida con el poder de la diosa.

Las kumaris casi siempre viven aisladas y alejadas de sus padres y son educadas por las cuidadoras oficiales. Pero Bajracharya permaneció en su hogar y no le asignaron ninguna casa especial para kumaris durante su reinado.

Después de terminar las tareas sagradas habituales del día, Bajracharya estudiaba, jugaba con sus primas y veía películas en una computadora. Sin embargo, no podía participar en juegos bruscos, ya que cualquier rasguño en la niñez podía haberle costado su divinidad.

Su madre le consiguió una maestra de una escuela cercana para que le diera clases particulares.

Bajracharya, quien se jubiló a los 15 años, sigue infundiendo respeto en la comunidad newar de Patan. Además, f imparte enseñanzas a las diosas jóvenes, como su sucesora de 9 años, Nihira Bajracharya, con quien no tiene ningún parentesco y quien recibe clases particulares.

“En verdad necesitamos la escolarización para sobrevivir”, mencionó que les dijo a los padres de Nihira cuando esta subió al trono a los 5 años. “Ser una kumari puede implicar una gran responsabilidad, pero aparte de eso, también es una niña normal que tendrá una vida después de concluir con sus tareas sagradas, por lo que necesita todas las aptitudes que se requieran para sobrevivir”.

Es bien sabido que, tras jubilarse, muchas kumaris tienen una vida difícil. Como casi no hablan ni caminan, es posible que les cueste trabajo caminar bien o hablar sin susurrar. Existe el mito popular de que el hombre que se casa con una kumari fallece después de un año, aunque hay muchas exkumaris que sí se casan.

Bajracharya comentó que hasta sus propios prospectos se han creído este mito y que ella ha recibido menos propuestas de matrimonio que sus coetáneas.

No obstante, Bajracharya ha conseguido un empleo muy codiciado en una empresa extranjera subsidiaria de Home Loan Experts, una correduría hipotecaria con sede en Australia. Ella cree que le fue bien porque su familia adaptó el estilo de vida tradicional de las kumaris a la vida moderna, y así pudo estudiar Administración de Empresas en la prestigiosa Universidad de Katmandú.

En su oficina, pocas personas saben que la nueva analista de crédito pasó su niñez siendo venerada por la realeza y por el primer presidente de Nepal. Un lunes reciente, ella era una más de la decena de empleados, la mayoría mujeres jóvenes recién egresadas de escuelas de administración, que tenían los ojos fijos en las computadoras portátiles y revisaban solicitudes de préstamos hipotecarios procedentes de Australia, a casi 10.000 kilómetros de distancia.

“Cuando era kumari, no tenía permiso para hablar con muchos forasteros”, se quedó pensando. Ha sido un largo trayecto desde aquellos días hasta ahora “que estoy en un puesto en el que tengo que comunicarme de manera constante con clientes extranjeros”, añadió. “Y en verdad siento que tengo mucho que aprender”.

Bhadra Sharma colaboró en este reportaje.

Emily Schmall es corresponsal para el sur de Asia, radicada en Nueva Delhi. 

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