God save the queen

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La primera semana de julio se llevó puesto a Boris Johnson, el primer ministro británico, un reino que, en el imaginario colectivo, se ha construido con un sistema político y económico de completa estabilidad, inclusive muchas veces es un tedioso ejemplo. Pero la realidad es otra, y las consecuencias de una mala administración, y, sobre todo, de una mala imagen en un contexto tan sensible como el de la pandemia de COVID -19, le valieron el cargo a Johnson. Dios salva a la reina, pero no a Boris.

Crónica de una renuncia anunciada

En Gran Bretaña, el año 2022 estuvo claramente marcado por el escándalo de las fiestas privadas de Boris Johnson en plena cuarentena estricta. Este suceso es conocido como el Party Gate.

Todo arranca en mayo de 2020. En plena incertidumbre global sobre el alcance y las consecuencias del COVID – 19, Boris Johnson y sus allegados realizaron una serie de reuniones con tono festivo, las cuales siempre fueron “tapadas” o “maquilladas” de alguna manera. Sin embargo, durante todo el 2020 y 2021, medios británicos informaron sobre una fiesta tras otra en Downing Street. La bomba explota a partir de las publicaciones en el “Daily Mirror” y en “The Times”, las cuales dieron cuentas de las celebraciones que realizó el gobierno británico en pleno lockdown.

Esa exposición con una paulatina contradicción de la reconstrucción de los hechos por parte de los funcionarios, derivó en un escándalo de nivel global. Esta indignación de la ciudadanía se potenció por el contexto. Es decir que, mientras la población británica se encontraba respetando la cuarentena dictada por el gobierno, los mismos representantes que oficializaron esa medida para evitar el contagio del coronavirus, se encontraban realizando fiestas privadas, con alcohol y en la popular calle residencial de Downing Street. Entre medio, hubo filtraciones de mensajes y mails que dieron cuenta de lo que sucedió en 2020 y 2021. El descontento de los ingleses iba en aumento. 

Finalmente, es el 2022 el que terminó de empujar a Boris Johnson hacia el abismo político. El Party Gate se transformó en un tema de orden público. Fue tal el descontento generado por el inmoral comportamiento del máximo mandatario británico y su gabinete que previo al desenlace ya conocido, Johnson tuvo que aceptar lo que sucedió, pedir disculpas una infinidad de veces, pagar una multa y inclusive ser sometido a una moción de censura. Más allá de que haya superado todos esos momentos, no fue suficiente y la presión de una población indignada fue más fuerte. 

Julio de 2022 encontró a Boris Johnson en coma político. Una ola de renuncias anticipó la suya, a tal punto que su propio gabinete y su partido (Tories), le pidieron encarecidamente que abandone su cargo por el bien de su país y de su espacio político. Previo a la dimisión de Boris Johnson, más de 50 funcionarios cercanos a él y que inclusive formaron parte de su mesa chica, presentaron la renuncia. Gran Bretaña tuvo dos ministros de salud en 3 días, algo que pareciera ser inaudito en un país que se caracteriza por el orden y el reformismo. Luego de eso, llegó el 7 de julio y Boris dijo basta. Una reunión que se extendió por varias horas en Downing Street derivó en la conferencia de prensa donde Johnson oficializó su renuncia como primer ministro de Reino Unido y como presidente del partido conservador. “Amigos, en la política, nadie es indispensable”, sentenció Boris y le puso fin a su mandato. 

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Asimismo, esta serie de malas decisiones tomadas por el ahora ex primer ministro británico, también se entrelazó con otras decisiones polémicas a lo largo de su corto mandato que arrancó en 2019. Entre ellas, se destaca casi de manera principal, al Brexit. Estamos hablando de la materialización de la salida de Reino Unido de la Unión Europea, con todas las consecuencias políticas, sociales y económicas que significaron. De igual manera, la relación diplomática con la Europa continental pareciera no haberse resquebrajado. Por otra parte, en el contexto de la Guerra en Ucrania, Boris Johnson decidió tomar la postura que ha defendido la OTAN y la UE, es decir, un evidente apoyo a Volodimir Zelenski. Este apoyo no fue solamente verbal o simbólico, sino que se vio plasmado en envío de ayuda humanitaria, armamento e inclusive permitiendo que soldados ucranianos entrenen en suelo británico. Finalmente, y no menos importante, la economía de Reino Unido, como la de casi todos los países del mundo se ve actualmente trastocada, teniendo una libra esterlina tocando sus mínimos en 3 años. Boris Johnson asumió desafiante y con carisma, pero se fue pidiendo disculpas con la cabeza agacha. 

El futuro británico 

Luego de la renuncia de Boris Johnson, a Reino Unido le queda esperar por elecciones anticipadas, y un desafío institucional enorme. Dicho esto, el reto que tenga el próximo premier británico es el de devolverle la confianza a la gente desde la política. La clase dirigente inglesa deberá volver a recobrar la esperanza de que el pueblo vea con buenos ojos a las actividades llevadas adelante en el gobierno, y es un reto que deberá acarrear  en paralelo a una serie de problemáticas. En este mismo apartado, hay que comenzar a pensar si no hay posibilidad de que el Party Gate sea un puntapié para ver al Reino Unido más combativo y revolucionario, alejado de su histórico reformismo. Habrá que considerar la posibilidad de que el pueblo británico pueda tener un rol más activo a la hora de marcarle un error a sus gobernantes. 

Por otro lado, el futuro premier británico tendrá el desafío de la política exterior. Básicamente, de las decisiones que giran en torno a la Guerra en Ucrania, la crisis energética, el rol activo del comercio británico con la Europa continental y el posicionamiento en distintos conflictos que vengan a futuro. Esto último se da pensando en una posible reunificación irlandesa y en las consecuencias que ha traído a esa relación el mismo Brexit que fue impulsado y oficializado por Boris Johnson. 

Más allá de lo previamente expuesto, lo verdaderamente relevante para los británicos es su economía. El próximo primer ministro británico deberá abogar por el alza del valor de la libra en comparación con las monedas extranjeras. Asimismo, el mejor nivel de vida, la baja del índice de desempleo y, sobre todo, el precio del combustible en el marco de la previamente nombrada crisis energética, son cuestiones inmediatas a resolver para poder mantener una imagen política positiva, y una cierta adhesión social que le permita conservar unidad y poder en el seno de su gabinete. 

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¿Anarchy in the UK?

El caso de Boris Johnson no es algo aislado, simplemente se suma a una lista de mandatarios británicos de renombre que han tenido que renunciar por distintos motivos, o que estuvieron envueltos en escándalos mediáticos. 

La nunca bien recordada por los argentinos, Margaret Thatcher, también terminó renunciando a su mandato. Esto sucedió en 1990, en pleno contexto eleccionario en donde la Dama de Hierro terminó viéndose debilitada a partir de una serie de desencuentros en el seno de su propio partido político, a raíz de la desconfianza generada por ella misma. Este debilitamiento de Thatcher, más la renuncia de su viceprimer ministro Geoffrey Howe terminó provocando su renuncia y su retirada de Downing Street con lágrimas en los ojos. 

Por otro lado, un caso más cercano en el tiempo se dio en la persona de Tony Blair. El ex primer ministro laborista gobernó durante diez años, hasta que en 2007 decidió poner punto final a su mandato, luego de una reunión de casi media hora con la reina Isabel. Blair también se vio involucrado en un escándalo, incluso mucho más complicado que el de Boris Johnson. La renuncia de Blair se vio empujada por la decisión de apoyar con envío de tropas a la operación Libertad Duradera de Estados Unidos, más comúnmente conocida como la invasión de Afganistán en 2001. El ex primer ministro británico, Tony Blair, también apoyó con tropas y financiamiento a la invasión a Irak en 2003. Estos sucesos, junto a las constantes críticas y la propia condena internacional, terminaron siendo motivo para que Blair se retire de la vida política, poniéndole fin a su mandato. 

Pasa en las mejores familias

Con la renuncia de Boris Johnson, es menester comprender que, hoy más que nunca, es una falacia ese dicho que circula popularmente, el cual reza que “esto no pasa en el primer mundo”. Entendiendo que, por eso, el colectivo imaginario, se refiere a países capitalistas occidentales, en detrimento de países en vías de desarrollo. La geopolítica ha demostrado, una vez más, lo erróneo que es ese pensamiento. 

A la renuncia de Boris Johnson, envuelta en un enorme escándalo que puso en jaque la moralidad de la clase dirigente británica, hay que sumarle una brutal guerra en Ucrania, la caída estrepitosa del valor del euro (la peor en 20 años), el asesinato de un exprimer ministro japonés a plena luz del día, la indecisión de asuntos exteriores de Estados Unidos y la inconsistencia de resolución de conflictos de la OTAN, el G7 y el G20. 

Asimismo, la dimisión de Johnson demuestra la fragilidad de un sistema político en la era de la hiper – comunicación, en donde a partir de la viralización de sus mensajes, mails y fotos, en cuestión de horas comenzó a generar el eco de una voz que terminaría determinando su salida del poder. Será un llamado de atención para el manejo de la futura clase dirigente o será el hartazgo de la sociedad… lo cierto es que el golpe propinado a Boris Johnson y su gabinete fue un KO que terminó siendo tapa de todos los diarios del mundo.

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