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Maradona y la gambeta que no fue
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Murió Maradona, “el Diego”.
Miles de páginas, otros tantos comentarios y reseñas de las distintas etapas de su vida se publicarán ahora para recordarlo.
Vienen a mi memoria las dos ocasiones en las que tuve la ocasión de entrevistarlo, de charlar con él. Una sin trampa, cuando llegó a Misiones a disputar un partido amistoso con Guaraní Antonio Franco y aún jugaba en Argentinos Juniors. La otra cuando me hice pasar por periodista de otro medio para lograr la nota el día de su debut en Newells Old Boys.
En Posadas hubo un primer gesto despectivo del Diez y, ante mi recriminación, me abrazó, subimos al colectivo que nos llevaría al hotel frente a la plaza 9 de Julio, y le hice una nota que duró todo el trayecto desde el aeropuerto hasta Bolívar y Colón.
Fue abriéndose y contando sensaciones de la incipiente fama que lo rodeaba y que le impedía, ya desde aquel entonces, vivir y disfrutar como cualquiera de sus compañeros, como cualquiera de los mortales.
Nunca había visitado Misiones y se lamentó de no tener más tiempo para ir a Cataratas, de codearse con la gente, con sus iguales. En aquella nota, para el desaparecido diario El Libertador, Maradona entremezclaba el sabor de las mieles del éxito que comenzaba a cosechar con la “necesaria” ruptura de las costumbres que hasta hacía poco disfrutaba con su mamá, don Diego, sus hermanos, sus amigos.
Tuvo que someterse a comer solo, andar acompañado por robustos guardaespaldas; ¡Y todavía no había llegado siquiera a vestir la camiseta de Boca!
Su vida desde entonces fue un pandemónium, difícil de sobrellevar. Sus éxitos se sucedieron y tras la irrupción en el fútbol europeo, la gloria total. Coronada con el Mundial de 1986 en México.
En la otra nota, la que hice “con trampa”. Fue para una FM de Arroyito, grabada con Diego hablando desde la habitación del hotel donde se alojaba, la tarde de su debut en “la lepra rosarina”. Me hice pasar por periodista de un gran medio de Córdoba asegurando que teníamos el reportaje pautado. El conserje nos pasó a su habitación y logré la nota. Breve, sí, pero “la” nota del día, del mes.
Hablamos de fútbol, de su siempre vigente realidad, de lo que significaba mediáticamente para Newells el contarlo en sus filas. Del agradecimiento por permitirle el retorno al contacto con los hinchas del fútbol argentino.
Era otro Maradona. No el de aquella nota en Posadas. Tenía ahora todo el peso de ser MA-RA-DO-NA. ¿Se entiende?
Podrá ser criticado y hasta humillado por sus actitudes fuera de la cancha. Con declaraciones que muchas veces rozaron la irreverencia y la insolencia. Pero jamás se dejará de reconocer su categoría de futbolista. Para muchos el mejor de la historia del deporte más popular del planeta.
Gambeteó a quien se le cruzó por delante. Deleitó a miles de fanáticos del mundo entero. Sin saberlo hasta pudo haber salvado vidas como las de aquel periodista correntino que junto a su camarógrafo, en Palestina, fueron encañonados por meterse en terreno vedado y al solo nombre (casi sollozando por el temor) de: “Journalist..Maradona”, fueron sacados de la zona de riesgo.
“La pelota no se mancha” dijo en la cancha de Boca, admitiendo que su nombre podría ser objeto de críticas por sus actitudes en la vida. Pero que el fútbol (la pasión de su vida) era intocable, impoluto.
Autor del mejor gol de la historia del fútbol mundial (ante Inglaterra en México 86), el más grande de todos no pudo gambetear a la muerte. Esa “parca” que lo venía marcando a presión desde hace algún tiempo y que terminó por derribarlo.
Murió Maradona. El fútbol lo llora, el mundo también.
