La maternidad, signo de esperanza

Escribe monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 29° domingo durante el año [16 de octubre de 2022]

Este domingo celebramos el día de la madre. Queremos rezar especialmente por este regalo de Dios para la humanidad. Nuestro pueblo tiene especial estima y veneración por la maternidad. La maternidad alegra el corazón de la mujer y de las familias. La maternidad es un don, el don de la vida.

Queremos tener presentes a las madres en su día y unirnos en la oración a los tantísimos gestos que formarán parte de esta celebración. De alguna manera estamos celebrando también el valor de la familia, la cual no es posible sin el don de la maternidad, de los hijos y de la esperanza.

Asistimos, lamentablemente, a una profunda contradicción en nuestra cultura actual. Por un lado, la gente, en general, pero sobre todo nuestro pueblo sencillo, tiene una especial devoción a las madres, y considera a los hijos como un don de Dios. Esto se expresa en los bellísimos sentimientos manifestados siempre, pero especialmente en este día. Y, por otro lado, asistimos a una desvalorización de la maternidad reflejada en una especie de antinatalismo promovido por grupos reducidos y poderosos, que proponen la anticoncepción para solucionar, sobre todo, el problema de la pobreza, sin recurrir a aquello que es clave para corregir este flagelo: una mayor y justa distribución de la riqueza, y el ejercicio de una solidaridad más globalizada.

Al rezar por las madres y las familias, queremos seguir rezando y reflexionando en este mes sobre la Misión en la vida de la Iglesia. El Papa, en su mensaje anual para la jornada de oración por las misiones, nos invita a dejarnos fortalecer y guiar por el Espíritu Santo: «Cristo resucitado, al anunciar a los discípulos la misión de ser sus testigos, les prometió también la gracia para una responsabilidad tan grande: “El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza para que sean mis testigos” (Hch 1,8).

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Efectivamente, según el relato de los Hechos, fue inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús cuando por primera vez se dio testimonio de Cristo muerto y resucitado con un anuncio kerigmático, el denominado discurso misionero de san Pedro a los habitantes de Jerusalén. Así los discípulos de Jesús, que antes eran débiles, temerosos y cerrados, dieron inicio al periodo de la evangelización del mundo. El Espíritu Santo los fortaleció, les dio valentía y sabiduría para testimoniar a Cristo delante de todos.

Así como “nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor!, si no está movido por el Espíritu Santo” (1 Co 12,3), tampoco ningún cristiano puede dar testimonio pleno y genuino de Cristo el Señor sin la inspiración y el auxilio del Espíritu. Por eso todo discípulo misionero de Cristo está llamado a reconocer la importancia fundamental de la acción del Espíritu, a vivir con Él en lo cotidiano y recibir constantemente su fuerza e inspiración. Es más, especialmente cuando nos sintamos cansados, desanimados, perdidos, acordémonos de acudir al Espíritu Santo en la oración, que —quiero decirlo una vez más— tiene un papel fundamental en la vida misionera, para dejarnos reconfortar y fortalecer por Él, fuente divina e inextinguible de nuevas energías y de la alegría de compartir la vida de Cristo con los demás. Recibir el gozo del Espíritu Santo es una gracia. Y es la única fuerza que podemos tener para predicar el Evangelio, para confesar la fe en el Señor. El Espíritu es el verdadero protagonista de la misión, es Él quien da la palabra justa, en el momento preciso y en el modo apropiado. […]

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Queridos hermanos y hermanas, sigo soñando con una Iglesia totalmente misionera y una nueva estación de la acción misionera en las comunidades cristianas. Y repito el deseo de Moisés para el pueblo de Dios en camino: “¡Ojalá todo el pueblo de Dios profetizara!” (Nm 11,29). Sí, ojalá todos nosotros fuéramos en la Iglesia lo que ya somos en virtud del bautismo: profetas, testigos y misioneros del Señor. Con la fuerza del Espíritu Santo y hasta los confines de la tierra. María, Reina de las misiones, ruega por nosotros».

Que esta fuerza del Espíritu Santo nos siga animando en la misión y fortalezca también la vida y la vocación de las madres y de las familias con la certeza de que son un don maravilloso de Dios que nos permite vivir con esperanza.

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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