La yerba, para salvar la humanidad

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Han traído relativo alivio a nuestros numerosos pequeños productores yerbateros los nuevos precios fijados para el próximo semestre, tanto de hoja verde como canchada, ambas  puestas en secadero. 

La falta de lluvias ocasionada por el desastre ambiental que impulsa el agronegocio en la Mata Atlántica se tradujo en pérdidas muy significativas registradas en las últimas cosechas, añadiendo incluso la pérdida de notables fracciones de cuadros con mortandad de plantas, fruto tanto del estrés hídrico como de afectaciones directas por incendios.

Es sabido que en los últimos meses, si bien se registraron algunas precipitaciones, ninguna de ellas hasta el momento ha logrado restablecer por completo la humedad del suelo en estratos que superen, en el mejor de los casos los 20 centímetros de profundidad, haciendo que la crisis del sector esté aún muy lejos de ser cosa del pasado. Mucho más si le añadimos a la ecuación la escasez de fertilizantes, los precios estratosféricos de los insumos como el glifosato, la escasez de gasoil, la desertificación del suelo rojo profundo, y la inexistencia de mano de obra disponible. 

Pero ¿Cómo llegamos a este punto?

Hagamos un poco de historia. No creo que genere controversias considerar que el actual modelo de producción de yerba mate puede perfectamente ingresar a los libros de historia como “Modelo Larangeira“. Matte Larangeira fue la empresa que, entre finales del siglo XIX y principios del XX monopolizó la extracción y comercialización de la yerba mate en un ciclo de expansión del capitalismo global sobre la región valiéndose del Estado para disciplinar la mano de obra, eliminar a sus competidores e imponer el control del poder privado sobre los espacios naturales. Modelo al que comúnmente se le asigna el epíteto “extractivista”.

Si vemos la evolución de esta producción a lo largo de la historia podremos notar que tal vez el salto más importante se produjo  al ver que la creciente escasez de plantas silvestres pudo ser compensada con la domesticación del cultivo. Pero habiendo domesticado el cultivo, ¿concluyó el extractivismo? Si bien tanto historiadores como sociólogos y antropólogos concluyen unánimemente de que el modelo de extracción finaliza a partir de este momento, es importante observar que, a la luz de tanta evidencia empírica manifiesta nos encontramos frente a la necesidad de revisar y resignificar nuestras sentencias científicas vigentes. 

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Me animo a afirmar que el extractivismo o modelo Larangeira es el mismo que rige hasta hoy día, siendo que la domesticación del cultivo solamente logró darle un carácter más eficiente, al tercerizar la producción-elaboración y llevando el carácter monopólico a la comercialización a través de hipermercados y grandes cadenas de distribución de alimentos.

El extractivismo nunca terminó, porque debe este sistema ser visto no como la expoliación de los frutos del suelo, si no del suelo mismo. 

Del siglo XIX al siglo XXI solo existe la evolución de un mismo modelo, y hoy, dadas las circunstancias que imperan fruto del cambio climático y la crisis energética, la situación tiene caracteres de terminal. 

El descenso de la productividad bajo estas condiciones de producción es un fenómeno irreversible dado, como ya hemos visto, el proceso de desertificación del continente y el Peak Oil. Según estudios sobre muestras de suelo en 2022, remediar la falta de nutrientes en los yerbales de rojo profundo demanda una aplicación no inferior a las 5 toneladas de fertilizante químico por hectárea. Un disparate que solo puede ser tomado en consideración por tecnócratas y adictos a las planillas Excel.

No sólo no existe esa oferta comercial de insumos, no sólo se trataría de un costo imposible de sobrellevar, si no que fundamentalmente trasciende los límites físicos del mismo suelo. La planta alcanzaría a absorber menos del 1% de esa aplicación, mientras que la solubilización de todo lo demás pasaría a incrementar drásticamente la acidificación del suelo y una abrupta y criminal contaminación de nuestras cuencas. 

El modelo extractivista se murió, junto con el modelo capitalista, adicto al petróleo y el crecimiento indefinido en un planeta con recursos finitos.

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Entendamos que lo que todas las evidencias señalan no tiene que ver con la desaparición de este formidable cultivo, sino más bien nos habla de la encrucijada tan particular en la que nos encontramos como humanidad. No puede seguir estando en discusión la viabilidad de este modelo, al igual que tampoco puede seguir siendo materia de debate cuál es la alternativa. Innumerables ensayos experimentales a lo largo y ancho de Misiones vienen demostrando que llevar nativas a nuestros yerbales, propiciar las cubiertas verdes en vez de usar herbicidas y, en general, promover la restauración de nuestros suelos propiciando la biodiversidad dejan sentado con absoluta contundencia que sin agroecología, sin prácticas culturales regenerativas el cultivo de la yerba mate está condenado a su irremediable desaparición. 

No es una novedosa alternativa productivista, sino más bien un natural discurrir en sistemas sustentables para la supervivencia tanto de los cultivos como de su consecuente permanencia del campesino en la chacra. 

Aquellos que no estén hoy dando pasos decididos hacia la agroecología en sus yerbales, están condenados a desaparecer, mientras que quienes apuesten a una producción acompasada por las nuevas reglas impuestas fruto del cambio climático y la crisis energética serán los bendecidos por una demanda y un precio que seguirá en aumento. 

En este mapa del tesoro, serán solo los resilientes quienes puedan usufructuar del tan mentado oro verde.

Un nuevo modelo en el que cientos de hectáreas de yerba ya no sea un desierto verde, si no una nueva selva para una nueva humanidad

Regenerar para salvar El cultivo 

Regenerar para sobrevivir a la crisis 

Regenerar para permanecer en la chacra 

Regenerar para frenar el cambio climático 

Regenerar para revertir el tránsito hacia la sexta extinción masiva. 

Con yerba, salvar la humanidad.

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