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Los NPK: el colapso de la agricultura ya está aquí

La agricultura convencional tiene en su haber la hazaña de haber convertido al campo en una mega factoría de commodities bajo regímenes hiper eficientes y sumamente rentables.

Cuando hoy hablamos de “el campo” debemos comprender que se trata de capitales extranjeros de origen múltiple, con una acentuada concentración en bloques de tipo financiero y especulativo. Nada queda ya de nuestros clásicos campesinos gauchescos que supieron habitar con sus numerosas familias nuestros extensos territorios de cultivo.

Hoy todo es mecanizado con una minúscula participación de personas en los procesos productivos de siembra, cuidados y cosecha. Pero esa mecanización se compone a su vez de insumos de abastecimiento tales como los fertilizantes de síntesis química.

Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, publicado en 2021, “En Argentina se consumen 5,3 millones de toneladas de fertilizantes (Año 2020). El 54% son nitrogenados (urea, nitrato de amonio calcáreo) y el 36% son fosforados (fosfato monoamónico y el fosfato diamónico, más conocidos como MAP y DAP). Los tres nutrientes principales a nivel mundial son nitrógeno, fósforo y potasio”. 

Profertil, Bunge y Mosaic son las fábricas que en nuestro país producen estos valiosos insumos y suman juntas 2.550.000 toneladas anuales, que en función de la enorme demanda no terminan por alcanzar para nada. Así nos vemos en la obligación de importar desde países como Estados Unidos, Marruecos, Egipto, China, Rusia y Argelia, volúmenes que ya para el 2020 superaban las 3 millones de toneladas con erogaciones que para entonces ya superaban los mil cien millones de dólares. 

Como detallamos anteriormente la mayor porción del mercado de estos fertilizantes corresponde a los del tipo nitrogenados, y si tenemos como referencia, por ejemplo, a la UREA podemos ver que la situación a nivel planetario con relación a éste insumo es de mínima delicada. Producir urea requiere de materias primas literalmente gratuitas ya que usa el nitrógeno y el carbono del aire para formar sus cristales, sin embargo, romper las moléculas para luego sintetizarlas es lo que la hace difícil de producir. Para ello se requiere de enormes cantidades de energía y en el mundo no hay tal disponibilidad más que la que ofrece el gas natural, y éste está en su pico de producción hace ya unos años y bajo una enorme demanda que lo vuelve escaso y por tanto muy caro. De allí que tanto para la urea como también para el fósforo y el potasio el panorama en términos de abastecimiento se vea muy complicado. 

No es casual que la FAO venga advirtiendo hace bastante sobre la seria amenaza de crisis humanitaria por hambruna y que todos los senderos transiten hacia un conflictivo escenario social en los años por venir.

Marcelo Beltrán –agrónomo del Instituto de Suelos del INTA Castelar– se refirió a esta advertencia de la FAO y confirmó que, “en la Argentina sólo un 30 % de los nutrientes que se extraen de los suelos cultivados se reponen mediante el uso de fertilizantes”. Es decir, que aún cuando existan las condiciones que permitan una abundante y económica disponibilidad de energía capaz de hacer posible un exponencial aumento en la producción de fertilizantes, todo ello no haría más que acelerar y profundizar el basto deterioro que ya sufren nuestros suelos, los cuales superan para este año un 80% en plena erosión. 

De hecho se sabe que si uno tomase muestras de los suelos en la pampa húmeda veríamos que en los mismos hay ya una enorme cantidad de NPK, dado que de nada sirve un fertilizante químico u orgánico si ese suelo no está poblado por microorganismos, tales como las bacterias nitrificadoras, capaces de desnaturalizar y transportar esos nutrientes por intercambio iónico. 

El uso de maquinaria agrícola pesada, de potentes herbicidas, venenos y fungicidas han exterminado la vida del suelo, sin la cual las plantas no crecen, ya que la salud y vitalidad de las mismas es directamente proporcional a la salud y vitalidad de ese suelo. 

Aun así, la solución para el agronegocio sigue siendo la de paliar estos déficit mediante la incorporación de más fertilizantes químicos con lo que no sólo se muere el suelo sino que cada vez más cantidad de estos insumos terminan por contaminar, junto a los herbicidas y venenos, las napas y cursos de agua.

Vemos así que lo que la agricultura padece no es una crisis, sino más bien un colapso.

No es posible seguir produciendo de esta manera y mucho menos si le añadimos a la ecuación el cambio climático y la escasez de gasoil. 

Poco se habla de que fruto de la inédita sequía que atraviesa hoy la zona núcleo, el nitrógeno incorporado a las siembras realizadas terminó por volatilizarse casi en su totalidad desprendiendo a la atmósfera cantidades incalculables de gases tóxicos como el amoniaco. 

Más se acentúan los eventos climáticos extremos, más dificultades manifiesta el agro para defender su trabajo sobre métodos no sustentables y de impacto ambiental hiper negativo. 

A la humanidad le está saliendo muy caro alimentarse y eso se debe a la lógica y metodología con la que enfrentamos el reto de obtener de la tierra nuestro sustento. 

Nada tiene que ver aquí los supuestos y engañosos argumentos acerca de estar padeciendo exceso de población. Eso es una total mentira que intenta asegurar la intangibilidad de poderosos intereses económicos en juego. Intereses a los que poco importa la salud del planeta y para quienes toda inversión no pretende más que lo que toda inversión capitalista pretende, es decir el pronto recuperó y la máxima rentabilidad. 

Lo antedicho explica sobremanera el porqué de esconder, ningunear y difamar la agroecología, dado que aún ellos no han sabido cómo hacer de ello un método que, en términos de rentabilidad, se equipare a los resultados obtenidos con su destructiva revolución verde. 

La agroecología pone el acento en las antítesis del agronegocio. 

Se ocupa de hacer suelo, no plantas, se ocupa de que haya campesinos, no máquinas super tecnológicas, se ocupa de hacer alimentos, no mercancía, se ocupa de propiciar cambios en los excitados hábitos de consumo en la sociedad, de un acercamiento a la naturaleza, de un recupero de nuestras cualidades, capacidades y facultades eminentemente humanas. 

Solo por hablar de fertilizantes, la agroecología ofrece alternativas muy por encima de los parámetros de la industria química. Si tomamos como ejemplo al lombricompuesto veremos que en él se observan al microscopio más de 2 billones de microorganismos por gramos seco junto a todos los nutrientes esenciales en disponibilidad. Nada compite con eso en el mercado claramente y lo mismo puede decirse de materiales como el bocashi, el compost, los biopreparados de fermentación, etc.

Sucede que todos ellos son de producción artesanal, casera, hechos por manos humanas y por la más humana de las manos, las campesinas. 

El colapso de la agricultura convencional es ya una realidad. Los NPK no fueron, ni son ni serán la respuesta. El suelo no es una fábrica de comida. Es un organismo vivo del cual formamos parte. 

Aun con todo el desarrollo científico contemporáneo, no hemos sido capaces de identificar más del 1% de la población biológica del suelo y toda la parafernalia de paquetes tecnológicos vigentes no han hecho más que hacer desaparecer de manera alarmante toda esa diversidad.

Si su alimento fue alimentado con químicos, usted estará ingiriendo esos químicos. Si su alimento fue alimentado con biodiversidad, usted estará volviendo a conectar con la vida que lo rodea y puebla.

La agroecología no es una opción, es el único camino para la supervivencia de la especie, le pese a quien le pese.

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