ACUERDO DE PARIS

A una década de París, se impulsa una nueva acción climática 

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A una década de París, se impulsa una nueva acción climática El Acuerdo de París marcó una nueva era en la respuesta colectiva de los gobiernos al cambio climático concertada para involucrar a los sectores de la economía, la sociedad y todos los niveles de gobierno en la consecución de objetivos climáticos multilaterales.

En unos meses se cumplirán diez años del tratado internacional denominado “Acuerdo de París” (adoptado por 196 Partes en la COP21 en París, el 12 de diciembre de 2015 que entró en vigor el 4 de noviembre de 2016) jurídicamente vinculante. El Acuerdo transformó la política del cambio climático alejando un sistema de objetivos de arriba hacia abajo e introduciendo un marco más flexible basado en planes nacionales, compromisos voluntarios y objetivos compartidos.

Este enfoque abrió un espacio para que ciudades, regiones, empresas, inversores y la sociedad civil contribuyeran de forma más directa. También revitalizó la cooperación internacional, contribuyó a ampliar la base de la acción climática global y limitar el calentamiento global a 1,5 grados Celsius.

Desde entonces, la acción climática se ha expandido drásticamente. Las empresas han establecido objetivos de cero emisiones netas y las ciudades han puesto en marcha programas locales de adaptación y resiliencia. Las comunidades indígenas han restaurado ecosistemas dañados y las instituciones financieras han comenzado a transferir capital. En todos los sectores y regiones, el número de iniciativas ha aumentado para apoyar la formulación de políticas nacionales.

Sin embargo, la experiencia de la última década ha demostrado que, si bien el marco ha ampliado la participación y ha generado avances significativos, no ha resuelto la necesidad de una mayor coordinación, una ejecución más clara y un apoyo más consistente para impulsar aún más la acción en todo el mundo. Muchas iniciativas siguen operando de forma aislada, con mecanismos limitados para comprender el progreso colectivo o conectar esfuerzos entre sectores.

Para abordar este problema, los Campeones de Alto Nivel sobre el Clima y la Asociación de Marrakech han lanzado un programa de trabajo que se centra en alinear la acción climática ya en marcha en todos los sistemas de los que todos dependemos.

Este programa constituye la columna vertebral operativa del recién lanzado… “Agenda de acción brasileña de la COP30”, que pone los esfuerzos existentes en un foco más nítido en torno a 30 objetivos compartidos alineados con el inventario Mundial.

Los objetivos de la Agenda de Acción de la COP30 se agrupan en seis ejes principales:
-transición energética, industrial y de transporte;
-gestión de bosques, océanos y biodiversidad;
-transformación de los sistemas agrícolas y alimentarios;
-desarrollo de la resiliencia de las ciudades, la infraestructura y el agua;
-fomento del desarrollo humano y social; y
-un enfoque transversal en facilitadores como las finanzas, la tecnología y el desarrollo de capacidades.

Los objetivos abarcan desde triplicar la capacidad de energía renovable y detener la deforestación hasta lograr el acceso universal a una cocina limpia y garantizar sistemas de agua seguros, sostenibles y equitativos.

El esfuerzo está estrechamente vinculado a los procesos de planificación nacional en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Acuerdo de París. Al alinear las iniciativas voluntarias con las Nationally Determined Contributions (NDCs) – Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (CDN) y los National Adaptation Plans NAPs – Planes Nacionales de Adaptación (PNA), el programa de trabajo busca conectar la ambición global con la implementación local, garantizando que la acción climática no solo sea más audaz, sino también mejor coordinada entre los niveles de gobierno y sectores de la sociedad.

El programa de trabajo está diseñado, además, para apoyar la implementación donde más importa, amplificando enfoques efectivos y ayudando a los actores del ecosistema climático a comprender cómo su trabajo se conecta con los sistemas que impulsan la vida cotidiana. Cada objetivo cuenta con el apoyo de Grupos de Activación, conformados por iniciativas que ya trabajan en ese espacio. Estos grupos son responsables de identificar barreras, coordinar esfuerzos de implementación, compartir soluciones prácticas e informar sobre los avances.

Los avances se vienen compartiendo a lo largo del año y se revisarán en noviembre 2025 durante la COP30 que se realizará en la ciudad de Belém, Brasil como parte de un esfuerzo más amplio para definir un enfoque más coherente, responsable y duradero para la acción climática.

Conclusión

Combatir el hambre y promover la seguridad alimentaria, por ejemplo, es un factor clave de resiliencia y un objetivo a largo plazo según al Artículo 2.1 (b) del Acuerdo de París.

La naturaleza multifacética del desafío climático exige soluciones innovadoras que se adapten a las circunstancias regionales, nacionales y locales para beneficiar a más comunidades y países.

Se debe impulsar la acción climática global mediante la coordinación de los esfuerzos de las empresas, la sociedad civil y todos los niveles de gobierno.

Debemos todos, gobiernos, empresas, inversores, ONGs, académicos y ciudadanos intensificar nuestra respuesta global al cambio climático.

Fuente: ONU/CMNUCC/AAPN

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La cumbre del clima más decisiva

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Escribe Sergi Alcalde, redactor de National Geographic España – El próximo 12 de diciembre se cumplirán 6 años de la aprobación del Acuerdo de París, el tratado más ambicioso que existe hasta la fecha para luchar contra el cambio climático. Entonces, 196 países (entre ellos algunos de los más contaminantes del mundo, como China, Estados Unidos o la India) firmaron un acuerdo que pretendía “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C “.

Mucho ha llovido desde aquella jornada histórica. El 8 de noviembre de 2016, solo cuatro días después de la entrada en vigor del texto, el republicano Donald Trump ganó contra todo pronóstico las elecciones presidenciales de Estados Unidos, lo que en la práctica se traduciría como un acusado retroceso en las políticas medioambientales del país más contaminante del mundo en términos per cápita. El presidente electo cumplió su promesa, y el año pasado Washington retiró formalmente su firma del tratado, un movimiento que hizo temer por el futuro del acuerdo.

Pero los acontecimientos dieron otra vuelta de tuerca a principios de este año, cuando el nuevo presidente del país, Joe Biden, anunció no solo el regreso de Estados Unidos a los Acuerdos del París, sino también una nueva y ambiciosa agenda medioambiental que contemplaba una inversión de 2 billones (con b) de dólares durante los próximos 10 años.

Hasta esa fecha muchos de los países más contaminantes del mundo ya habían movido ficha y se habían posicionado a favor de un abandono progresivo de los combustibles fósiles. En septiembre de 2019 el presidente de Canadá, Justin Trudeau, anunció un plan para alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2050. A Canadá le siguió la Unión Europea, cuyo Parlamento aprobó un proyecto similar pocos meses después, y China, cuyas autoridades anunciaron el año pasado que alcanzarían esa misma meta para el año 2060.

Para cumplir esos objetivos es necesario tener ‘ambición climática’, un término recurrente en el Acuerdo de París, según el cual se insta a las partes a redoblar sus esfuerzos para mitigar los efectos del cambio climático. Pero para demostrar esa ambición hay que poner primero las cartas sobre la mesa y mostrar los objetivos nacionales a corto y medio plazo.

La pasada cumbre climática, celebrada hace dos años en Madrid, debía fijar estas estrategias, pero la COP25 se saldó con un tímido acuerdo en el que se instaba a los países firmantes a detallar al año siguiente qué pensaban hacer para reducir las emisiones.

Sin embargo, la COP26 tuvo que ser pospuesta como consecuencia de la pandemia, una prórroga que supuso un duro golpe a las demandas de expertos y organizaciones conservacionistas de todo el mundo, que llevan tiempo alertando de que los compromisos marcados por los Estados miembros son insuficientes para combatir la emergencia climática. Los grandes temas pendientes, como las transferencias a los países en vías de desarrollo o el establecimiento de un sistema de cooperación internacional para reducir las emisiones a través de los créditos de carbono, quedaron postergados un año más.

Pero la emergencia climática no admite prórrogas, con lo que cada día que pasa sin concretar los planes de mitigación es una oportunidad de oro perdida para mantener la temperatura por debajo de los 1,5 ºC, un objetivo todavía muy lejano, según las conclusiones del informe que publicó este verano el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), en el que se augura que “si no se produce una profunda reducción de las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero, la temperatura subirá mucho más de 2 grados a finales de siglo”.

Con el panorama actual nos vamos a un aumento de temperatura de 2,7 ºC, muy lejos de los 1,5 marcados como objetivo –confirma Tatiana Nuño, responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace, en una conversación telefónica sobre los preparativos de la COP26–. Necesitamos un paquete de medidas que defina el camino hacia esa reducción de las emisiones, así como un mensaje claro plasmado en un texto sobre la necesidad de abandonar los combustibles fósiles”.

El año pasado la emergencia sanitaria eclipsó la emergencia climática, pero este año la COP26, celebrada en Glasgow entre los días 31 de octubre y 12 de noviembre, se ha convertido en un acontecimiento de máxima expectación. 

Serán muchos los obstáculos que dificulten la adopción de consensos, y no pocas las presiones políticas y geoestratégicas, pero de esta cumbre debería salir algo más que un manual de buenas intenciones. Los acuerdos de Glasgow deberían traducirse en una hoja de ruta detallada que fije cómo, cuándo y cuánto vamos a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, qué coste tendrá y cómo se financiará. Solo así daremos un mensaje claro y contundente de que nos tomamos en serio la lucha contra el cambio climático.

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