El pediatra y neonatólogo Medardo Ávila Vázquez, referente de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, visitó Posadas para alertar sobre los riesgos del glifosato y el impacto del modelo de producción vigente en la salud y el ambiente. Con cifras alarmantes y estudios científicos recientes, planteó que el sistema actual “no solo enferma a la población, sino que además atraviesa una crisis ambiental sin precedentes”.
Un modelo en cuestionamiento
El especialista participará este martes 23 de septiembre en un conversatorio en la Plaza San Martín de Posadas bajo el lema “Soberanía Alimentaria sin Glifosato”, en el marco de los 10 años de la Ley de Agricultura Familiar, el Mes de la Agroecología y el Día de la Soberanía Alimentaria.
Durante una entrevista en el programa El Periodista de Canal 12, Ávila Vázquez advirtió que Argentina utiliza más de 600 millones de litros de agroquímicos por año, lo que equivale a 15 litros por habitante. Solo una fracción mínima permanece en los cultivos, mientras que “el 80% termina en el agua, el aire, la tierra y los alimentos que consumimos”.
La investigación del equipo que coordina comenzó en 2007 en Córdoba, cuando detectaron que en un barrio lindero a campos de soja los casos de cáncer se triplicaron, aumentaron los abortos espontáneos y crecieron las malformaciones congénitas. Desde entonces, se documentaron efectos similares en distintas regiones agrícolas, incluida la presencia de residuos por encima de los límites internacionales en soja de exportación, frutas y verduras de consumo interno.
Impacto sanitario: la niñez como población más vulnerable
Uno de los hallazgos más preocupantes se vincula al efecto neurológico en los niños. “Las neuronas en presencia de estas sustancias no se ramifican, no se intercomunican, pierden su capacidad de funcionamiento”, explicó el pediatra. Esto deriva en dificultades de aprendizaje, aumento de casos de autismo y un retroceso en la capacidad intelectual infantil.
En los denominados pueblos fumigados, los estudios arrojan cifras alarmantes: 7 de cada 1000 personas tiene diagnóstico de cáncer.El 50% de los chicos necesita broncodilatadores. Las familias de trabajadores rurales presentan tres veces más casos de cáncer que la media.
Ávila Vázquez subrayó que estas consecuencias afectan sobre todo a los sectores populares, que viven y trabajan expuestos de manera directa. Pero aclaró que el consumo de alimentos contaminados impacta en toda la población: niños, mujeres embarazadas y adultos mayores.
Producción y ambiente: un modelo en jaque
El especialista fue categórico al señalar que “usar venenos para cultivar alimentos es un sinsentido”. En su visión, el modelo de agronegocios genera una guerra química contra la naturaleza que compromete la salud, degrada los suelos y contamina los ríos.
Citó un estudio realizado en el río Paraná que demuestra cómo los niveles de glifosato en sedimentos aumentan de manera progresiva desde el norte del país hasta Buenos Aires. “Es tanto lo que se aplica que es lo que más se encuentra”, puntualizó.
Asimismo, rechazó los intentos de las empresas del sector por minimizar estos impactos: “Tenemos pruebas científicas de que esto es así y no debemos dejarnos tapar la boca por las industrias que hacen marketing o fake news”.
Hacia un debate por soberanía alimentaria
La conferencia en Posadas buscará reforzar la discusión sobre alternativas agroecológicas y soberanía alimentaria. Para Ávila Vázquez, el desafío principal es visibilizar la evidencia científica y convertirla en política pública, con la participación activa de profesionales de la salud, universidades y organizaciones sociales.
“Esto no es solo un problema económico ni productivo. Es una violación a los derechos de la salud y la vida de las personas”, concluyó el especialista.
En un paso hacia la construcción de redes federales de cooperación agroecológica, la Secretaría de Agricultura Familiar de Misiones y el municipio de Tafí Viejo (Tucumán) firmaron un convenio marco de colaboración institucional para el desarrollo de políticas públicas vinculadas a la agricultura familiar, la sustentabilidad y la soberanía alimentaria. El acuerdo fue anunciado por Juan Carlos Furlan, coordinador de Políticas Estratégicas del Ministerio misionero, tras una reunión con la secretaria de Gobierno de Tafí Viejo, Sofía Solórzano, y contó con el respaldo de la titular de la cartera agraria, Marta Ferreira.
“Unir los pueblos y sus luchas es una tarea inmensa pero fundamental a la hora de pensarnos como parte de una necesaria evolución y refundación política e institucional”, expresó Furlan en un mensaje público donde destacó el valor estratégico de Tafí Viejo como “un verdadero ejemplo de gestión ambiental y agroecológica” que puede aportar enseñanzas valiosas para los 26.000 productores minifundistas de Misiones.
El convenio establece acciones conjuntas en cinco áreas clave: agricultura familiar y agroecología; huertas urbanas y periurbanas; resguardo de semillas nativas y criollas; innovación tecnológica y social para enfrentar el cambio climático; y formación e investigación para promover prácticas sustentables.
El acuerdo fue rubricado por el intendente de Tafí Viejo, Javier Esteban Romero, y la secretaria de Agricultura Familiar de Misiones, Marta Ferreira, quienes destacaron el interés mutuo por desarrollar políticas públicas complementarias en línea con la Ley Nacional de Reparación Histórica de la Agricultura Familiar.
Entre los compromisos asumidos, la provincia de Misiones aportará asistencia técnica, materiales educativos, acceso a la Red Misionera de Bancos de Semillas y capacitaciones en agroecología, manejo de semillas y economía social. Por su parte, el municipio tucumano adecuará espacios para huertas y viveros, facilitará la logística de ferias e intercambios y avanzará en normativas locales para la comercialización de productos agroecológicos.
El convenio no solo sella una alianza institucional, sino que traza un puente de saberes y prácticas entre regiones del norte argentino. “La experiencia de organización, sustentabilidad y conquistas del pueblo tucumano también nos fortalecen a nosotros los misioneros”, aseguró Furlan, quien valoró el trabajo sostenido de más de un año para lograr este acercamiento.
El acuerdo representa un paso más en la construcción de una política federal con raíces en los territorios, anclada en la defensa del ambiente, la seguridad alimentaria y los derechos de las familias productoras. En palabras del funcionario misionero, se trata de “seguir caminando hacia una agroecología con justicia social y sentido comunitario”.
No es difícil descubrir cómo la agroecología viene siendo, cada vez para más personas, una alternativa digna de prestar interés frente a un capitalismo decrépito y en desplome estructural.
Éste estadío monopolista del modo de producción ha corroído de manera irreversible los cimientos de cualquier contrato social habido y por haber, de manera que ya no existen espacios para ningún “american dream” dentro de la ideología del sálvese quien pueda y el Peak Oil.
Mucho se dice en redes sobre cómo, a través de una humanidad ordenada por un paradigma como la agroecología, sería posible recuperar la cordura y la resiliencia frente a las inéditas coyunturas impuestas por el colapso generalizado de un modelo injusto que ya no da para más.
Pero ¿es ésto acaso una apertura para el renacer de ideologías alternativas como el comunismo?
De esto nada se dice y considero fundamental sentar al menos ciertas bases que den orden y sustancia a tan complejo debate y del cual emana tanta trascendencia y significación, sobre todo en este particular presente, donde aparentemente todo es digno de llamarse comunista, mientras esté dentro de un meme con destino a un público de muy rudimentarios elementos de juicio. Al tiempo que las pseudo izquierdas oportunistas se relamen por hincar sus dientes a todo aquello que tenga, circunstancialmente, tintes de popular.
Capitalismo y comunismo es materia de ciencia social ampliamente estudiado en innumerables textos y de los cuales sería imposible reproducir aquí siquiera una escueta síntesis, dado su complejidad que impacta en todos los órdenes de la vida y de la historia como humanidad. Desgraciadamente, en ésta suerte de “era de la desinformación masiva” hemos creído todos que basta con Google para dar sentido a nuestros postulados y creencias, mientras que las universidades, resignan de rodillas su función social ordenadora, frente a la vorágine irreflexiva, que impuso el modelo hegemónico mundial, como andamiaje para el sostén del status quo.
Como lo que aquí se propone tiene como médula la agroecología, veremos qué es exactamente éste paradigma usando como contraste lo que las ideologías clásicas intentan hacer con él, simplificando así el presente artículo, el cual adolesce de un espacio insuficiente para un abordaje más profundo y amplio.
En este sentido vale dar inicio desde lo más obvio. Tanto el capitalismo como el comunismo, son ideologías. Es decir un conjunto de postulados, reunidos bajo un relato de ordenamiento lógico – temporal, con arreglo a la necesidad de brindar, a quien a ello suscriba, herramientas y modelos conceptuales de interpretación de la realidad.
Una ideología es por tanto un molde, adoptado o impuesto, que estructura y condiciona nuestro pensar y sentir.
¿Puede estar la agroecología dentro de las ideologías clásicas o es acaso una nueva ideología que aflora?
La respuesta es simple, aunque no es obvia.
La agroecología no es, ni podrá ser nunca, una ideología, sino que se trata más bien de algo a lo que podemos llamar “cosmogonía”. Se trata así, no de postulados que rigen un condicionamiento en particular, sino del espacio donde estos postulados se enraizan y florecen.
No nos habla de pensamientos sino más bien de la inteligencia que conduce la percepción del entorno, cuando la mente analítica y condicionada cesa en su parloteo habitual, revelando así que uno no es sus pensamientos.
Es sí, sin embargo, algo que entra en los cánones de aquello a lo que podemos denominar Paradigma, ya que éste, al ser más abarcativo, nos remite más a la idea de “posicionamiento lógico”, (aunque este no sea matemático) y no tanto a ideología.
La Agroecologia, al tener como meta la reconexión con nuestras cualidades naturales, podría ser percibido como análogo al lo que se entiende por “comunismo primitivo”, pero dado que el mismo está basado en las condiciones materiales de existencia, sus ordenamientos sociales pertinentes, y formas de conciencia características, aún no puede decirse de él más que lo que se aprecia desde el materialismo dialéctico arqueológico, desde esa óptica en especial y no mucho más.
Es decir, lo que se ha podido inferir hasta el presente sobre nuestras comunidades humanas ancestrales, no ha podido ser más que juicios de valor que se imponen a las rudimentarias evidencias. Dicho de otra manera, meras especulaciones y creencias sobre cualidades de nuestra especie de las que ya no sabemos nada.
Los aportes de Marx y Engels, en este sentido sólo expone deducciones y sentencias posibles, a partir del particular lente con el que nos invitan a observar.
Cabe mencionar, para el lector desprevenido, que cuando hablamos de comunismo, hablamos de una ideología que nace allá para fines del siglo XIX, y que expresa una original síntesis entre los debates clásicos, para entonces referenciados con la obra de Hegel por el idealismo y Feuerbach como exponente del materialismo más ortodoxo.
Tomando de ambos, aquellos conceptos que evaluaron acertados pero insuficientes, se forja el compilado de obras que dan sustento científico a lo que se conoce, en su manifestación política como comunismo.
Siendo el socialismo la mera transición hacia la sociedad idílica, sin clases sociales, dirigida por una dictadura del proletariado.
“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” nos dice Marx, en su más genial de las Tesis sobre Feuerbach y puede decirse que ésto sí está perfectamente alineado con la agroecología ya que no se trata de misticismo y abstracción sino de una relación de aprendizaje en la práctica de interacción con los fenómenos objetivables de aquello que encierra la naturaleza, la cual ya esta en sí transformándose por motus propio. Sin embargo, el constructo teórico marxista, al inocular la dialéctica hegeliana e introducir así la noción de conflicto, se aleja de la Agroecología, debido a que la misma, no concibe en la interacción de la vida más que cooperación y equilibrio en movimiento fruto de la entropía.
La naturaleza para la agroecología no es algo que esté “allá afuera”. Naturaleza es lo que somos, no como parte constitutiva, sino como agentes u órganos sensibles en la percepción de la totalidad.
La ideología perversa del capitalismo, que Marx y Engels intentaron expulsar por la puerta, volvió a entrar por la ventana. Es decir, darle a la humanidad nuevamente la facultad de ser “naturalmente” egoístas y competitivos. Noción dada por también por la lógica de la escasez y la irremediable lucha aparente que esto suscita.
De allí que su praxis derive siempre y de manera inevitable en un desarrollismo de ambición infinita, quedando así en parentesco con aquello que aspiraba a transformar, y siendo así mismo otra mera justificación para la destrucción sistemática del planeta.
Capitalismo y comunismo se hermanan como ideología en la creencia de que el ser humano está en lucha con la naturaleza, y esto es así porque es lo que hace toda ideología, independientemente de sus aspiraciones y orígenes. La Ideología es mente cartesiana, fragmentada, confundida.
La Agroecología no nos habla de tesis y antítesis, sino más bien de una percepción directa y práctica de la realidad como fenómeno de flujo unificado, que es imposible de percibir desde la mente fragmentaria, que analiza a partir de la infinita disección de los elementos. Agroecología es por tanto darse cuenta de “lo que es”, en ausencia de los opuestos, acompasados con una mecánica instruida por lo que el físico David Bohm llama Orden Implicado.
Claro, merece mencionar, que para cuando el marxismo era confeccionado, nada se sabía aún de “el gato de Schrödinger”, ni de micorrizas o Teoría de Cuerdas.
Lo que se logró por estos brillantes intelectuales alemanes hace dos siglos es una verdadera obra maestra que supo resumir coherentemente todas las implicancias socio culturales sugeridas por lo más avanzado en materia de ciencia y tecnología de la época.
El precio que pagamos, con el sacrificio de millones de personas entregadas al anhelo de un futuro utópico, fue demasiado elevado. Ante el sacrosanto altar del devenir derramamos la sangre de generaciones enteras.
La promesa de futuro nos alejó del “continuum” donde la vida real se manifiesta.
Allí, donde las ideologías nunca indagaron, en “el ahora” es donde transcurre la totalidad como manifestación sensorial asequible.
Allí es donde está la agroecología.
El marxismo pudo intuir la disfunción pero su insuficiencia teórica está, como vimos trágicamente atrapada en las limitaciones científicas vigentes hasta ese momento.
La dialéctica es un error que termina por invalidar la real capacidad transformadora de la especie, llevando todos sus esfuerzos en alentar cambios en un mundo que nunca fue más que el reflejo de patrones de conducta condicionados, no desde alguna superestructura jurídico e institucional, sino de lo que podría llamarse más bien como una enfermedad mental colectiva de orígenes inscritos hace eones.
Lo que padecemos es más grave y más profundo que la desigualdad material de la existencia. Nuestra disfunción está en la estructura de la mente, no en su contenido.
Resolver las carencias materiales no es atacar las causas sino los síntomas.
Hace falta por tanto una revolución holística que anida en la responsabilidad de los individuos, no de la masa.
Al decir de Krishnamurti, “hay una sola Revolución, la revolución interior”, que nos permita acceder a una libertad vívida, sin creencias ni autopercepción separatista ante la vida, que es en esencia, un fenómeno no divisible y en movimiento eterno.
Esa revolución es un Estado del Ser, no una ideología. Está en contacto con la ausencia de conflictos, no es que juzga su inexistencia. Practica la unicidad siendo la totalidad, no un fragmento de la misma.
Una revolución ya no de las ideas, sino de la interioridad que sana, mediante reajustes “no interpretativos” que naturalmente suceden ante la ausencia del Yo.
Esto es Agroecologia.
Y no es coquetear con Hegel, porque nada aquí está más cercano al mundo material, pero es un mundo material que está vivo, que es inteligente, que es consciente y al que pertenecemos por nuestra misma naturaleza.
Agroecología es Paz, inteligencia y cooperación con todo, sin que sea fruto de ningún esfuerzo mental, físico ni espiritual; porque su consecución no se halla en el futuro.
No depende de lo mucho que acumulas, interna y externamente, sino de lo mucho que te deshagas de todo ello antes de recibir la gracia del retorno a tus cualidades inherentes.
Agroecología no es ideología y puedo seguir describiendo lo antedicho con miles de palabras más, pero todas ellas no son LO QUE ES, sino apenas letreros en un complejo y peligroso camino llamado estar vivo.
Si bien no es una ideología, a ciencia cierta, nadie puede decirte qué es Agroecología… eso es algo que uno solamente es capaz de darse cuenta, sin elección, en el ahora.
Agroecología es epifanía. Es estar presente, es vivir en conexión involuntaria y atemporal.
Los enormes deseos del capitalismo para que su aguijón pervertido llamado New Age sea la desviación suficiente, no darán jamás resultados, porque mientras exista humanidad, habrá quien despierte. Mientras haya un despertar, habrá Agroecología.
La agricultura convencional tiene en su haber la hazaña de haber convertido al campo en una mega factoría de commodities bajo regímenes hiper eficientes y sumamente rentables.
Cuando hoy hablamos de “el campo” debemos comprender que se trata de capitales extranjeros de origen múltiple, con una acentuada concentración en bloques de tipo financiero y especulativo. Nada queda ya de nuestros clásicos campesinos gauchescos que supieron habitar con sus numerosas familias nuestros extensos territorios de cultivo.
Hoy todo es mecanizado con una minúscula participación de personas en los procesos productivos de siembra, cuidados y cosecha. Pero esa mecanización se compone a su vez de insumos de abastecimiento tales como los fertilizantes de síntesis química.
Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, publicado en 2021, “En Argentina se consumen 5,3 millones de toneladas de fertilizantes (Año 2020). El 54% son nitrogenados (urea, nitrato de amonio calcáreo) y el 36% son fosforados (fosfato monoamónico y el fosfato diamónico, más conocidos como MAP y DAP). Los tres nutrientes principales a nivel mundial son nitrógeno, fósforo y potasio”.
Profertil, Bunge y Mosaic son las fábricas que en nuestro país producen estos valiosos insumos y suman juntas 2.550.000 toneladas anuales, que en función de la enorme demanda no terminan por alcanzar para nada. Así nos vemos en la obligación de importar desde países como Estados Unidos, Marruecos, Egipto, China, Rusia y Argelia, volúmenes que ya para el 2020 superaban las 3 millones de toneladas con erogaciones que para entonces ya superaban los mil cien millones de dólares.
Como detallamos anteriormente la mayor porción del mercado de estos fertilizantes corresponde a los del tipo nitrogenados, y si tenemos como referencia, por ejemplo, a la UREA podemos ver que la situación a nivel planetario con relación a éste insumo es de mínima delicada. Producir urea requiere de materias primas literalmente gratuitas ya que usa el nitrógeno y el carbono del aire para formar sus cristales, sin embargo, romper las moléculas para luego sintetizarlas es lo que la hace difícil de producir. Para ello se requiere de enormes cantidades de energía y en el mundo no hay tal disponibilidad más que la que ofrece el gas natural, y éste está en su pico de producción hace ya unos años y bajo una enorme demanda que lo vuelve escaso y por tanto muy caro. De allí que tanto para la urea como también para el fósforo y el potasio el panorama en términos de abastecimiento se vea muy complicado.
No es casual que la FAO venga advirtiendo hace bastante sobre la seria amenaza de crisis humanitaria por hambruna y que todos los senderos transiten hacia un conflictivo escenario social en los años por venir.
Marcelo Beltrán –agrónomo del Instituto de Suelos del INTA Castelar– se refirió a esta advertencia de la FAO y confirmó que, “en la Argentina sólo un 30 % de los nutrientes que se extraen de los suelos cultivados se reponen mediante el uso de fertilizantes”. Es decir, que aún cuando existan las condiciones que permitan una abundante y económica disponibilidad de energía capaz de hacer posible un exponencial aumento en la producción de fertilizantes, todo ello no haría más que acelerar y profundizar el basto deterioro que ya sufren nuestros suelos, los cuales superan para este año un 80% en plena erosión.
De hecho se sabe que si uno tomase muestras de los suelos en la pampa húmeda veríamos que en los mismos hay ya una enorme cantidad de NPK, dado que de nada sirve un fertilizante químico u orgánico si ese suelo no está poblado por microorganismos, tales como las bacterias nitrificadoras, capaces de desnaturalizar y transportar esos nutrientes por intercambio iónico.
El uso de maquinaria agrícola pesada, de potentes herbicidas, venenos y fungicidas han exterminado la vida del suelo, sin la cual las plantas no crecen, ya que la salud y vitalidad de las mismas es directamente proporcional a la salud y vitalidad de ese suelo.
Aun así, la solución para el agronegocio sigue siendo la de paliar estos déficit mediante la incorporación de más fertilizantes químicos con lo que no sólo se muere el suelo sino que cada vez más cantidad de estos insumos terminan por contaminar, junto a los herbicidas y venenos, las napas y cursos de agua.
Vemos así que lo que la agricultura padece no es una crisis, sino más bien un colapso.
No es posible seguir produciendo de esta manera y mucho menos si le añadimos a la ecuación el cambio climático y la escasez de gasoil.
Poco se habla de que fruto de la inédita sequía que atraviesa hoy la zona núcleo, el nitrógeno incorporado a las siembras realizadas terminó por volatilizarse casi en su totalidad desprendiendo a la atmósfera cantidades incalculables de gases tóxicos como el amoniaco.
Más se acentúan los eventos climáticos extremos, más dificultades manifiesta el agro para defender su trabajo sobre métodos no sustentables y de impacto ambiental hiper negativo.
A la humanidad le está saliendo muy caro alimentarse y eso se debe a la lógica y metodología con la que enfrentamos el reto de obtener de la tierra nuestro sustento.
Nada tiene que ver aquí los supuestos y engañosos argumentos acerca de estar padeciendo exceso de población. Eso es una total mentira que intenta asegurar la intangibilidad de poderosos intereses económicos en juego. Intereses a los que poco importa la salud del planeta y para quienes toda inversión no pretende más que lo que toda inversión capitalista pretende, es decir el pronto recuperó y la máxima rentabilidad.
Lo antedicho explica sobremanera el porqué de esconder, ningunear y difamar la agroecología, dado que aún ellos no han sabido cómo hacer de ello un método que, en términos de rentabilidad, se equipare a los resultados obtenidos con su destructiva revolución verde.
La agroecología pone el acento en las antítesis del agronegocio.
Se ocupa de hacer suelo, no plantas, se ocupa de que haya campesinos, no máquinas super tecnológicas, se ocupa de hacer alimentos, no mercancía, se ocupa de propiciar cambios en los excitados hábitos de consumo en la sociedad, de un acercamiento a la naturaleza, de un recupero de nuestras cualidades, capacidades y facultades eminentemente humanas.
Solo por hablar de fertilizantes, la agroecología ofrece alternativas muy por encima de los parámetros de la industria química. Si tomamos como ejemplo al lombricompuesto veremos que en él se observan al microscopio más de 2 billones de microorganismos por gramos seco junto a todos los nutrientes esenciales en disponibilidad. Nada compite con eso en el mercado claramente y lo mismo puede decirse de materiales como el bocashi, el compost, los biopreparados de fermentación, etc.
Sucede que todos ellos son de producción artesanal, casera, hechos por manos humanas y por la más humana de las manos, las campesinas.
El colapso de la agricultura convencional es ya una realidad. Los NPK no fueron, ni son ni serán la respuesta. El suelo no es una fábrica de comida. Es un organismo vivo del cual formamos parte.
Aun con todo el desarrollo científico contemporáneo, no hemos sido capaces de identificar más del 1% de la población biológica del suelo y toda la parafernalia de paquetes tecnológicos vigentes no han hecho más que hacer desaparecer de manera alarmante toda esa diversidad.
Si su alimento fue alimentado con químicos, usted estará ingiriendo esos químicos. Si su alimento fue alimentado con biodiversidad, usted estará volviendo a conectar con la vida que lo rodea y puebla.
La agroecología no es una opción, es el único camino para la supervivencia de la especie, le pese a quien le pese.
No son muchos los argumentos que aún les quedan a las multinacionales del agro para defender su posición dominante en materia de producción de alimentos. Sostienen, entre sus banderas más preciadas, que solo es a través de sus nocivas prácticas que puede lograrse garantías de abastecimiento para la seguridad alimentaria de la humanidad.
Las experiencias, que a lo largo y ancho del planeta se vienen haciendo con metodologías alternativas, no tienen aún la capacidad de constituir la unidad ideológica capaz de hacerle frente a los poderosos intereses económicos en juego, y la propaganda en sus múltiples expresiones, no permite tampoco se infiltren en los productores más que aquello que hace a la defensa de sus intereses corporativos y monopólicos.
Hablamos de empresas con dimensiones difíciles de imaginar. Archer Daniel Midland (ADM), BUNGE, CARGILL y Louis Dreyfus son las mayores multinacionales para la producción, procesamiento y manufactura del mundo. Gigantes que controlan el 80 por ciento del volumen comercial mundial de alimentos, y de los cuales los primeros tres son de Estados Unidos y la última de Francia. Las cuatro firmas mostraron en 2021 ingresos de casi 330 mil millones de dólares en total solo para ese año.
Pequeños, medianos y grandes productores agrícolas dependen directa o indirectamente de estas empresas multinacionales para el crédito, las semillas, la maquinaria, los fertilizantes, los pesticidas y la comercialización. Lo controlan todo y de esta manera se aseguran que, a pesar de que han destruido ya casi el 90 por ciento de los mejores suelos del mundo, que han sido responsables significativamente de la destrucción del clima, que tienen en sus espaldas la demanda de millones de personas hoy con serias afecciones de salud fruto de consumir sus mercancías; a pesar de todo esto y muchas otras atrocidades contra la humanidad que aún se investigan, siguen ostentando su cómodo privilegio de ser en quienes depositamos la confianza de garantizar el sustento de nuestras familias.
Garantías ya inexistentes en absoluto, no solo por el cambio climático, sino fundamentalmente a partir de las recientes coyunturas geopolíticas globales, de crisis energética y guerra, que dejan incapaz al mercado de abastecer con los insumos básicos para el campo, en especial lo concerniente a los fertilizantes de síntesis química.
Los precios de la urea por ejemplo, se han triplicado así, en los últimos 12 meses haciendo que las cotizaciones nominales de los precios en el Mar Negro, pasaran de 245 USD por tonelada en noviembre de 2020 a 901 en noviembre de 2021.
Hoy se vive un serio riesgo de hambruna planetaria y la agroecología cobra así una relevancia inédita para cualquiera, ya que independientemente del lobby feroz existente los números ya no cierran para nadie.
¿No hay realmente más opciones en materia de producción de alimentos?
¿Hay algún país que esté acaso intentando hacer las cosas de otra manera?
En abril del año pasado, se publicó en la Revista Cuba Debate, un artículo muy completo acerca de la situación de ese país en relación a los avances logrados en materia de agroecología. Lamentablemente pasó desapercibido para muchos, en especial para aquellos empeñados en negar el potencial que tienen las metodologías orientadas a sustituir los dañinos insumos y prácticas culturales del agronegocio.
Allí se detalla que “…ante la contundente carencia de recursos de importación como los fertilizantes químicos que no llegan, quienes soportan la tremenda responsabilidad de sacarle mayor provecho a la tierra para producir alimentos han de buscar alternativas, con la mirada puesta en los saberes ancestrales y la ciencia del momento”.
Los problemas de abastecimiento de insumos en un país que padece el bloqueo económico más largo de la historia hacen de Cuba el ejemplo perfecto para mostrar cómo, fruto de la carestía y a pesar de ella, es posible propiciar formas sustentables de producción. “El año anterior -continúa el citado artículo- fue muy crítico: se recibió apenas un 10% del volumen de fertilizantes (químicos) previsto. Y en 2022 no hemos recibido un solo gramo para las más de 1.780 hectáreas que sembramos de diferentes cultivos… Se trazó una estrategia para proteger la mayor cantidad de tierra con sustancias orgánicas, a partir de prácticas que nunca debieron descuidarse”.
El precio que este país debió pagar por adherir hace décadas al Agronegocio no difiere en nada al que se suscitó también en toda la región. “Erosión, cambio de carbono orgánico, salinización y sodificación, desequilibrio de nutrientes, pérdida de biodiversidad del suelo, compactación, anegamientos, acidificación y contaminación son algunas de las amenazas en Latinoamérica y la región caribeña. Ante esa realidad insistimos en la agroecología, como alternativa centrada en el ser humano y no en el capital”. Para los ingenieros cubanos se trata de sensatez, “la agroecología no puede ser nuestro plan B frente a una contingencia, sino convertirse en el plan A, para desarrollarnos y ser cada vez más soberanos económicamente. Si un producto orgánico me garantiza un rendimiento igual al del químico, el sentido común indica que debería preferirlo”. Perfecta síntesis de la odisea que se vive hoy en la mayor de las Antillas.
La pregunta inmediata que a todos nos surge tiene que ver con que, más allá de las buenas intenciones, ¿es realmente posible en términos de rendimiento productivo apelar a la agroecología?
Veamos los números que se muestran como evidencia: “…Uno de los agricultores implicados en esta iniciativa, en 2022 obtendrá unas 20 ton de papa por ha, luego de aplicar materia orgánica, caldo sulfocálcico, microorganismos eficientes y biochar (carbón vegetal impregnado de microorganismos), una práctica ancestral que tiene su origen en la Amazonía”.
“Hemos estudiado los niveles de sustitución del producto orgánico sobre el químico, en condiciones de riego y de secano. En nuestro país, obtener 20 ton de yuca (mandioca) por ha hoy se considera una buena producción. Con químicos se pueden cosechar 25, si se atiende bien, y con el fertilizante orgánico logramos 35.
“…en los bancos de semilla de caña, estamos empleando el lixiviado de lombriz con asperjadoras, y ha dado una respuesta positiva: el año pasado le echamos a un campo; lo estimamos a 300 toneladas, y el real fueron 1800. Si pudiéramos aplicar este producto a toda la caña, sería magnífico; el problema es cómo extender la producción del lixiviado, para darle al menos dos pases al cultivo.”
Puede que para usted los números precedentes no tengan mayor relevancia, pero créame que se tratan de datos muy significativos, ya que se trata de una verdadera política de Estado con verdadera aspiración de soberanía.
Aquí, al sur del continente, en estas tierras con amplias extensiones de cultivos commodities nos quieren hacer creer que el campo, es incapaz de adoptar la Agroecología dado ante todo su inmensidad de extensión, y claro está que, al haberse convertido las prácticas sustentables en fenómenos insignificantes de muy pequeña escala, estos no pueden competir como oferta real de alimentos más que en un reducido segmento del mercado.
Pero, ¿hasta cuándo se supone que podremos seguir así?
Hoy en Argentina, la cosecha de maíz ya se considera totalmente perdida, tal y como sucedió con la campaña de trigo precedente. Se espera que al menos algunas precipitaciones den aliento para la siembra de soja pero dado la falta de fertilizantes químicos nadie puede asegurar que los rindes dejen algo más que solo perdidas.
Más allá de la experiencia cubana, podemos ver que las experiencias en materia de agroecología en nuestro país son aún dispersas y carentes de difusión. Los Estados provinciales, que a excepción de Misiones, se negaron durante décadas a prever este conflictivo escenario, no atinan más que a permanecer expectantes y temerosos de un muy posible estallido social fruto del hambre.
Nuestro país no es capaz de garantizar de ninguna manera hoy ni siquiera el pan en la mesa de los argentinos y esto se debe sencillamente a que no se han propiciado experiencias de cultivo a escala de trigo con prácticas e insumos agroecológicos, aun cuando estas experiencias ya existan como emprendimientos aislados y pequeños de aventureros amigos del ambiente y de la tierra, experiencias sin acompañamiento oficial de casi nadie y obviamente sin capital más que el escaso propio.
La reciente incorporación de un ex Ceo de Syngenta como asesor presidencial no hace más que poner en evidencia la absoluta complicidad del Estado Nacional con la mafia agro industrial genocida, que a su vez ve con expectativa e interés las inminentes góndolas vacías, en pos de sacarle provecho como oportunidad para el impulso de sus nuevos paquetes tecnológicos hiper contaminantes y venenosos como lo son el glufosinato de amonio y los transgénicos del tipo HB4.
Uno puede tener los juicios que crea conveniente para con la historia de un pueblo como el de Cuba, pero aún así no debemos olvidar que para los expertos internacionales, este país es hace mucho un verdadero faro para el movimiento agroecológico y su experiencia como pueblo nos muestra con claridad senderos firmes en un camino difícil pero inevitable.
Podemos enfrentar y salir victoriosos de la miseria a la que nos somete el capital monopólico, en tanto y en cuanto seamos capaces de reconocer al fin que este modelo que hoy colapsa nos obliga a todos a madurar como sociedad. El paternal contrato social que hemos firmado con quienes han convertido a la alimentación en un negocio debe ser rápidamente sustituido por una humanidad verdaderamente soberana, es decir involucrada y empoderada de por lo menos, su propia alimentación.
La absoluta entrega de nuestra soberanía alimentaria a empresas multinacionales del agronegocio es una realidad muy triste que debemos aceptar. No valen aquí las declaraciones de interés ni las maquinaciones político partidarias. Deben los Estados tomar posición y acción práctica inmediata en pos de erradicar de una vez y para siempre toda conciliación con intereses en hacer del sufrimiento y la escasez la nueva normalidad. La agroecología no es una opción en Argentina para que las clases medias puedan darse el lujo de comprar un tomate sin veneno, en este particular siglo naciente, de lo que hablamos es de que sin la agroecología como paradigma dominante, la inanición y sus secuelas sanitarias vendrán a constituirse como la nueva realidad a la que deberás acostumbrarte.
Si un país en extrema pobreza como Cuba pudo hacer los avances que hizo, cuánto más podría esperarse de un país como Argentina? Por su historia, tradición, infraestructura, capital humano y tecnología, ¿a qué temer?
Hay un solo impedimento hoy para emprender un verdadero camino de soberanía y es el de reconocer como enemigo público al agronegocio criminal. Hagamos que la tierra vuelva a ser de quien la respeta y ama de verdad. Hagamos que la Agroecología crezca en todo el país.