AMAZONAS

Solo un tercio de los ríos más largos del mundo fluyen libremente

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El cambio climático es una amenaza creciente para la salud de los ríos del mundo, debido a los impactos directos y a que los países recurren cada vez más a la energía hidroeléctrica como una opción de energía renovable. Solo un tercio (37%) de los 246 ríos más largos del mundo siguen fluyendo libres, según un nuevo estudio publicado en la revista científica Nature: “Mapping the World’s Free-Flowing Rivers”.  Las represas y embalses están reduciendo drásticamente los diversos beneficios que los ríos saludables brindan a las personas y a la naturaleza en todo el planeta.
Un equipo de 34 investigadores internacionales de la Universidad McGill, World Wildlife Fund (WWF) y otras instituciones[i] analizaron el estado de conectividad de 12 millones de kilómetros de ríos alrededor del mundo, proporcionando la primera evaluación global sobre la ubicación y la extensión de los ríos que fluyen libremente en el planeta.[ii]
Entre otros hallazgos, los investigadores determinaron que solo 21 de los 91 ríos del mundo con más de mil kilómetros de longitud y que originalmente fluían al mar aún conservan una conexión directa desde el nacimiento hasta su desembocadura al mar. Los ríos que fluyen libremente y que aún quedan en el planeta se limitan en gran medida a remotas regiones del Ártico, la cuenca del Amazonas y la cuenca del Congo, en la Argentina el Río Santa Cruz es el último río glaciario de la Patagonia que corre libre desde la cordillera hasta el mar, hoy amenazado por el proyecto de construcción de las represas Condor Cliff – La Barrancosa.”Los ríos del mundo conforman una intrincada red con enlaces vitales a la tierra, el agua subterránea y la atmósfera”, indicó el autor principal, Günther Grill, del Departamento de Geografía de McGill. “Los ríos que fluyen libremente son importantes tanto para los seres humanos como para el ambiente, pero el desarrollo económico alrededor del mundo los está reduciendo. Nuestro estudio utiliza imágenes satelitales y otros datos para examinar la extensión de estos ríos con mayor detalle que nunca”.
Las represas y embalses son los principales contribuyentes a la pérdida de conectividad de los ríos. El estudio estima que existen alrededor de 60,000 grandes represas  a nivel mundial y más de 3,700 represas hidroeléctricas están actualmente planificadas o en construcción. Generalmente se planifican y construyen a nivel de proyectos individuales, por lo que es difícil evaluar el impacto real en toda una cuenca o región.
“En la Argentina el destino del último río libre de la Patagonia que corre desde la Cordillera hasta el océano, el río Santa Cruz, se encuentra amenazado.  Las dos represas que están en construcción y  podrían modificar los niveles del Lago Argentino, intensificando las consecuencias negativas para los residentes del lugar y amenazando a los mismos glaciares, no sólo al Perito Moreno sino al resto de los que protege el Parque Nacional Los Glaciares, -el segundo más visitado de la Argentina después del después del Parque Nacional Iguazú- recibiendo alrededor de un millón de turistas cada año, con alto impacto en la economía regional, Es por ello que desde hace mucho tiempo formamos  la Coalición “Rio Santa Cruz Sin Represas”, junto con  Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), Aves Argentinas, Banco de Bosques, y otras ONGs  i trabajamos en conjunto con otras ONGs como Aves Argentinas, FARN, Banco de Bosques y muchas más pidiendo que se revise este proyecto y se suspenda la construcción de las represas y se mantenga al Rio Santa Cruz como un río libre“, señala Manuel Jaramillo, Director General de Fundación VIda Silvestre Argentina, la organización asociada a WWF en nuestro país.
“Los ríos son parte vital de nuestro planeta”, dijo Michele Thieme, científica de agua dulce y líder de la iniciativa ríos que fluyen libremente de WWF. “Los ríos proporcionan una gran variedad de beneficios, que son a menudo subestimados y pasados por alto. Este mapa, primero en su tipo, sobre los ríos que siguen fluyendo libremente en el mundo ayudara en la toma de decisiones para priorizar y proteger el valor que dan los ríos a la gente y a la naturaleza”.
Los ríos saludables mantienen poblaciones de peces de agua dulce que mejoran la seguridad alimentaria de cientos de millones de personas, acarrean sedimentos que mantienen las deltas por encima del creciente aumento del nivel del mar, mitigan el impacto de las inundaciones y sequías extremas, evitan la pérdida de la infraestructura y de los campos agrícolas a causa de la erosión, y mantienen una gran biodiversidad. La interrupción de la conectividad de los ríos a menudo disminuye o incluso elimina estos servicios ecosistémicos fundamentales.
La protección de los ríos que fluyen libres también es vital para salvar la biodiversidad de los sistemas de agua dulce. Reciente análisis de 16,704 poblaciones de vida silvestre a nivel mundial demostraron que las poblaciones de especies de agua dulce experimentaron la mayor disminución entre todos los vertebrados en los últimos cincuenta años, decayendo en promedio 83% desde 1970.
El estudio también señala que el cambio climático amenazará aún más la salud de los ríos en todo el mundo. Las crecientes temperaturas ya están afectando los patrones de flujo, la calidad del agua y la biodiversidad. Mientras tanto, a medida que los países transitan a economías con bajas emisiones de carbono, se acelera la planificación y el desarrollo de energía hidroeléctrica, lo que aumenta la necesidad de impulsar sistemas de energía que reduzcan el impacto ambiental y social en general.
“La energía renovable es como una receta donde tienes que encontrar la combinación correcta de ingredientes para tener una red de energía sostenible y un planeta que pueda prosperar”, añadió Thieme. “Si bien la energía hidroeléctrica desempeña un papel en el campo de las energías renovables, las energías eólica y solar bien planeadas pueden ser mejores opciones para los ríos, las comunidades, las ciudades y la biodiversidad que dependen de ellos”.
“Cuando planteamos la suspensión del proyecto de las represas en el Río Santa Cruz, lo que hacemos es oponernos a un mal negocio desde lo técnico, ambiental, económico y social y buscar que nuestro último gran río libre pueda seguir así. Desde la coalición “Rio Santa Cruz Sin Represas” buscamos un verdadero cambio de paradigma en materia de producción y consumo de la energía, para que los recursos estatales cumplan con los compromisos de promoción de energías renovables y políticas de eficiencia energética. Exigimos el impulso de una política de eficiencia energética que promueva el uso eficiente de la misma y que permita contribuir a la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero, a proteger nuestros recursos renovables, a favorecer que los servicios energéticos se brinden a un menor costo y, de esta manera, también a cuidar la economía”, destaca Jaramillo.
La comunidad internacional tiene el compromiso de proteger y restaurar los ríos de acuerdo con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, lo cual requiere que los países realicen un seguimiento de la extensión y condición de los ecosistemas relacionados con el agua. Este estudio presenta los métodos y datos necesarios para que los países mantengan y restauren los ríos que fluyen libremente alrededor del mundo.

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Bolsonaro amenaza la Amazonia pero una tribu brasileña está dispuesta a dar pelea

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The New York Times se adentró a la Amazonía brasileña y se hospedó con una tribu del Territorio Indígena Munduruku para ver de cerca sus luchas contra la deforestación.

Así se decidió: los mineros tenían que irse.

Sus excavadoras y dragas y mangueras de alta presión estaban destruyendo kilómetros de tierra a lo largo del río, contaminando el agua, envenenando a los pescados; eran, en general, una amenaza al estilo de vida de quienes habían habitado en la zona amazónica desde hace miles de años.

Así que una mañana de marzo los líderes de la tribu munduruku juntaron sus arcos y flechas, guardaron algo de comida en bolsas de plástico y se subieron a cuatro barcos para ir a expulsar a los mineros.

“Así se decidió”, dijo Maria Leusa Kabá, una de las mujeres de la tribu que fue parte del grupo.

Y así comenzó la confrontación.

 

Esta fue apenas una pequeña lucha entre las batallas enormes y existenciales que libran las comunidades indígenas en todo Brasil: no solo se trata de su supervivencia, sino de qué sucederá con toda la Amazonía y con su papel clave en el combate contra el cambio climático.

En los últimos años, el gobierno brasileño ha reducido considerablemente los fondos destinados a comunidades indígenas y varios legisladores han impulsado cambios regulatorios para que varias industrias puedan acceder a zonas amazónicas protegidas en la Constitución.

Ahora Brasil eligió a Jair Bolsonaro como presidente, figura de utlraderecha que promueve la eliminación de las tierras indígenas protegidas. Ha prometido reducir la vigilancia de leyes ambientales, a las que califica de obstáculo al crecimiento económico, y ha dejado muy claras sus intenciones para la Amazonía.

“Donde hay tierra indígena”, dijo en 2017, “hay riqueza debajo”.

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Guerreros munduruku ayudan a descargar a integrantes de otras tribus que llegaron a la aldea Caroçal Rio das Tropas. CreditMeridith Kohut para The New York Times
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Integrantes de la tribu munduruku caminan por tierras protegidas que fueron destruidas por mineros ilegales en busca de oro. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Mucho antes de la victoria de Bolsonaro, los descendientes de las tribus originales que poblaron la Amazonía, la selva tropical más grande del mundo, ya eran vulnerables a mineros, leñadores y agricultores que habían talado a niveles que los activistas advierten son insostenibles.

De 2006 a 2017, la Amazonía brasileña perdió más de cuatro millones de hectáreas de cobertura —un territorio mayor a seis millones de canchas de fútbol o al de todo Nueva York, Vermont, Nuevo Hampshire, Nueva Jersey y Connecticut juntos—, de acuerdo con un análisis hecho con imágenes satelitales por Global Forest Watch.

En tierras indígenas ya han sido talados cientos de kilómetros de bosque pese a que ahí se prohíbe la actividad industrial a gran escala. Con la victoria de Bolsonaro los líderes de diversas tribus temen que esto empeore.

“Representa la institucionalización del genocidio en Brasil”, dijo Dinamã Tuxá, coordinadora de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil. Un portavoz del equipo de transición presidencial de Bolsonaro indicó que no harían ningún comentario sobre las preocupaciones de grupos indígenas ni responderían a críticas de las posturas de Bolsonaro al respecto porque los oficiales estaban enfocados en “temas mucho más importantes”.

Los expertos dicen que la tasa de deforestación en la Amazonía, que ha sido llamada “el pulmón del mundo” porque absorbe cantidades enormes del dióxido de carbono, vuelven casi una certeza que Brasil no alcance las metas de mitigación medioambientales que estableció en 2009, cuando se presentó como ejemplo del desarrollo sostenible en una cumbre de la ONU.

De mantenerse esta tendencia, ambientalistas y procuradores federales advierten que la Amazonía se acerca a daños irreversibles con la potencial extinción de comunidades indígenas que han sobrevivido diversas calamidades a lo largo de los siglos.

“Los impactos combinados de la deforestación, el cambio climático y el uso extenso del fuego han dejado a la Amazonía en un punto crítico”, dijo Thomas Lovejoy, profesor de ciencias y políticas ambientales en la Universidad George Mason. “Los pueblos indígenas, que son los mejores defensores de sus tierras, quedan vulnerables si se desvanece el bosque”.

Dividir para conquistar

Muchos líderes indígenas ven en las amenazas contra sus comunidades una lucha estilo David y Goliat, con las tribus a merced de bandas violentas de hombres que quieren aprovechar la falta de monitoreo policial para lucrar.

La batalla por el futuro de la Amazonía se da muy lejos de las cámaras legislativas en la capital. En 2014, después de que la economía brasileña cayera en recesión, políticos y líderes de industrias que promueven reducir las regulaciones ambientales consiguieron una ventaja.

Han tenido éxito para debilitar varias protecciones establecidas en la Constitución de 1988. Pero en muchos casos esos cambios están retrasados frente a la realidad: mineros, leñadores y agricultores ya han incursionado a la Amazonía, legalmente o no, y con ello ha cambiado el panorama.

“No se han rendido respecto a cambiar las leyes, pero han priorizado una estrategia de manufacturar los hechos en el terreno”, indicó Cleber Buzzatto, secretario ejecutivo del Consejo Indigenista Misionero, grupo que defiende los derechos de grupos indígenas. “Al crear una realidad irreversible, con eso buscan cambiar la legislación”.

Esa nueva realidad es visible desde al aire: tajos de colores naranja que fueron excavados entre los ríos y árboles. Hay pocos tajos de explotación tan claros como la mina de oro ilegal en Posto de Vigilancia, uno de los poblados munduruku más remotos.

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Las minas ilegales se divisan desde el aire en medio de la vegetación. CreditMeridith Kohut para The New York Times
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Los mineros ilegales les ofrecen comida a los indígenas munduruku. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Osvaldo Waru Munduruku, el jefe de la tribu, lucía pálido cuando explicaba cómo fue que su aldea, que alberga a unas quince familias, se convirtió en un punto de minería ilegal y comercio que transformó a la región.

El presupuesto de la Fundación Nacional del Indio (Funai), agencia federal dedicada a la asistencia de grupos indígenas, se redujo sustancialmente en los últimos años, lo que dificultó que poblados más remotos consiguieran alimentos o servicios básicos. Más allá de eso, muchos líderes indígenas como Osvaldo Waru querían mejorar los estándares de vida en sus comunidades de maneras que no necesariamente permiten una existencia aislada.

Así que cuando en 2015 llegaron los primeros “mineros blancos” y le sugirieron hacer un acuerdo, Waru se vio tentado.

Él y otros líderes indígenas sabían que no iban a poder hacer mucho para detener a los mineros. La recesión había llevado a muchos brasileños desempleados a buscar oro en la selva y Waru pensó que si iba a haber una fiebre de oro en esa parte del estado de Pará, quizá convendría que el pueblo pactara ganar una parte.

Es cada vez más común que se intente cooptar de esta manera a quienes viven en las áreas remotas de la selva, y es algo que los líderes indígenas quieren evitar.

“Divide y reinarás”, dijo Fernanda Kaingáng, abogada por los derechos de personas indígenas que forma parte de la tribu kaingang. “Esa es la estrategia que utilizan entre comunidades indígenas para conseguir acceso a leña, minerales y tierra”.

Los mineros en el poblado de Waru talaron una franja en el bosque para tener un pista aérea y construyeron un asentamiento con habitaciones y una pequeña iglesia. Acordaron darle a Waru el 10 por ciento de las ganancias mensuales; algunos cientos de dólares, según dijo.

“Los ahorrábamos y ahorrábamos hasta que hubiera suficiente para comprar cosas para la comunidad”, dijo. Con eso costearon un nuevo motor de barco, un generador eléctrico y una radio.

Pero entonces empezaron los brotes de diarrea entre los niños. La erosión de las minas le dio al río un color café. Los pescados que por mucho tiempo fueron parte de la dieta de la comunidad ahora tenían rastros del mercurio usado para extraer oro.

“Antes había mucha comida aquí, pero el agua se contaminó, los peces desaparecieron”, dijo. “Nos preocupó cada vez más el futuro de nuestros niños”.

Una recuperación en la cima del abismo

En Brasil hay unas 896.000 personas indígenas que representan menos del 0,5 por ciento de la población. Pertenecen a 300 tribus y hablan más de 270 idiomas.

Son porcentajes pequeños en comparación con los millones que pertenecen a pueblos indígenas en países como Bolivia y Perú. Porque hace medio siglo estaban cerca de la extinción.

En 1500, cuando llegaron los primeros colonizadores portugueses, había entre tres y cinco millones de personas en lo que después sería llamado Brasil.

La viruela y otras enfermedades que trajeron los europeos mataron a cientos de miles. Después establecieron la esclavitud en plantíos de azúcar y con la llegada de personas en busca de lucrar con el caucho a partir de la década de 1870.

Para los años sesenta, cuando empezó la dictadura brasileña, la población indígena rondaba las 100.000 personas. Los generales consideraron a las comunidades indígenas un impedimento para el desarrollo y los expulsaron de pueblos remotos para intentar asimilarlos.

Esta política fue abandonada en 1988 con la nueva Constitución, que pretendía reparar los abusos del pasado con el establecimiento de un proceso para definir y proteger territorios indígenas. Ahora hay más de seiscientas reservan que suman el 13 por ciento del país; es algo que nunca caído bien a los mineros o leñadores.

Aquí, a lo largo del río Tapajos, los munduruku —que juntos suman más de 14.000 integrantes— han quedado separados en decenas de pequeños pueblos en un territorio algo más grande que todo El Salvador.

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Los miembros de la tribu revisan las frutas que recogieron en Caroçal Rio das Tropas.CreditMeridith Kohut para The New York Times
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Hombres y niños munduruku revisan los daños causados por la minería ilegal en Posto de Vigilancia.CreditMeridith Kohut para The New York Times

Sin embargo, a medida que la recesión azotó el noreste y los estados de la Amazonía, de por sí empobrecidos, empezaron a llegar los extranjeros y sus familias a tierras munduruku. Volvieron a echar a andar las minas de oro que el gobierno había cerrado en los 90.

Cuando llegaron a los poblados sobre el Tapajós, en 2015, encontraron comunidades en estados peores que las suyas.

En una, Caroçal Rio das Tropas, las familias viven en chozas de madera deterioradas y duermen en hamacas. Hay perros muy delgados con heridas sin curar que olfatean a ver qué sobras consiguen. Cuando alguien es mordido por una serpiente venenosa se usa el mismo cuerpo de la serpiente a modo de torniquete mientras el paciente hace el viaje de seis horas en barco a la ciudad más cercana.

A algunas familias les va mejor que a otras: tienen televisores, teléfonos celulares y otros electrodomésticos que usan con ayuda de generadores viejos. Según Ezildo Koro Munduruku, eso se debe a las ganancias por la minería ilegal que han transformado tanto al área como a la tribu.

“La generación de nuestros abuelos tenía una organización muy fuerte”, dijo Ezildo, de 41. “Todos estaban unidos y había poco contacto con gente blanca”.

A medida que crecieron los campos de mineros —y con ellos la llegada de los alimentos procesados, las drogas, el alcohol y la prostitución—, muchos hombres munduruku intentaron hacer dinero. Cambiaron sus dietas; adoptaron vicios. Muchos munduruku temen que su estilo de vida haya sido alterado de manera irreparable.

“Entre las familias hubo enfrentamientos de hermano contra hermano”, dijo Ezildo.

Algunos líderes indígenas argumentaron que la minería podía ser una bendición que no causaría tanto daño ambiental. Pero los beneficios del oro fueron modestos y pasajeros.

“Estamos enfermos, física y espiritualmente”, dijo Ezildo. “Si uno gana por cien gramos de oro, lo gasta en alcohol o prostitutas”.

Para sobrevivir

Después de tres días de debate, las mujeres de la tribu dieron la última palabra. Algunas señalaron directamente a algunos de los hombres y otras lloraron cuando estaban al micrófono.

Pero al final Maria Leusa Kabá, la mujer que ayudó a organizar la rebelión contra los mineros, levantó un cartel donde estaba escrito un resumen del plan.

“Paralizar la actividad minera ilegal en el área indígena, limpiar el territorio y expulsar a los invasores de las tierras munduruku”, decía.

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Una danza ceremonial de los munduruku da inicio a una asamblea poco común de integrantes de esa tribu de casi todos los poblados de la Amazonía. CreditMeridith Kohut para The New York Times
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Después de una asamblea para debatir cómo responder a los mineros ilegales, los integrantes de la tribu munduruku decidieron confrontarlos para forzar su salida. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Los mineros sabían que se acercaba la revuelta e intentaron detenerla. Volaron al pueblo armados con enormes bolsas de arroz, frijoles, pasta y hasta gaseosas sabor a uva y naranja.

Cleber da Silva Costa, el minero que llegó con las ofertas, les dijo que sabía que lo que él y los otros mineros estaban haciendo era ilegal y dañino para el medioambiente. No obstante, intentó convencerlos de que su crimen era tan solo síntoma de un error mucho más grande.

“Si no hubiera tanta gente corrupta en el Congreso, sería factible pensar en la preservación del ambiente”, les dijo.

Da Silva, de 47 años y padre de tres hijos, dijo que su campamento había hecho más a favor de mantener las comunidades indígenas que para destruirlas.

“Lo poco que tienen hoy es gracias a los mineros”, aseguró. “El gobierno no ayuda. Todo el dinero se lo roban. Puede que estemos haciendo mal, pero acá la ley es cómo sobrevivir”.

‘Esta tierra no es suya’

Unos treinta integrantes de la tribu, con armas en mano, salieron para expulsar a los mineros.

Pero después de un trayecto de más de seis horas a través de ríos, pantanos y colinas, estaban hambrientos y exhaustos cuando llegaron al primer campamento minero.

Amarildo Dias Nascimento, el supervisor de la zona, se dio cuenta de que se acercaba un enfrentamiento. Entonces buscó darles una gran bienvenida a los munduruku; instruyó a sus cocineros para que hicieran pollo, arroz y frijoles para los invitados.

“Esta noche enfoquémonos solamente en la alegría”, les dijo.

Nascimento, de 47 años, argumentó que los mineros solamente querían sobrevivir.

“A muchos no les queda más opción”, dijo, y señaló a los hombres del campamento. “¿Mejor ser ladrón en Río de Janeiro? Muchos están aquí porque no quieren recurrir a eso. Estamos luchando por el pan de cada día”.

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Los munduruku reposan después de seis horas de traslado por ríos y colinas frente a equipo de minería usado de manera ilegal en tierras protegidas. CreditMeridith Kohut para The New York Times
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Trabajo ilegal de minería en Posto de Vigilancia CreditMeridith Kohut para The New York Times

La mañana siguiente, Maria Leusa convocó a los mineros mientras amamantaba a su bebé.

“Esta tierra es nuestra”, les dijo. “Esta tierra no es suya. Aquí es donde nosotros conseguimos el sustento para nuestros hijos. No dependemos del oro, sino de las frutas y de los animales a los que han alejado”.

Nascimento escuchó con la cabeza inclinada.

“Cuando nos diga que nos vayamos, lo haremos”, le dijo a Maria Leusa.

La reunión terminó y varios integrantes de los munduruku se subieron a una excavadora manejada por uno de los mineros para evitar cruzar una zona muy lodosa a pie. Pero se fueron sin que quedara claro cuando se irían los mineros, o si lo harían.

Los munduruku llegaron al siguiente campamento, donde pretendían dejar claro el mismo mensaje. Pero aquí había más gente y la bienvenida no fue la misma. Varios estaban alcoholizados.

“Tuvimos que regresar porque estaban armados”, dijo Maria Leusa.

El dilema de Midas

Semanas después, varios agentes federales y policías armados de las dos agencias de protección ambiental de Brasil llegaron a un campamento minero en munduruku a bordo de cuatro helicópteros.

La misión fue el comienzo de la operación Pajé Bravo, en honor a un mito indígena de una persona malévola que fue expulsada.

Varios legisladores quieren expandir la minería, los cultivos y la tala, pero hay procuradores y funcionarios que intentan prevenirlo por medio de la autoridad para aplicar leyes ambientales mientras todavía existen.

Sin embargo, las redadas logran poco. Como es habitual, en esta ocasión los mineros corrieron hacia la selva cuando se acercaban los helicópteros y los investigadores no pudieron hacer arrestos ni muchas preguntas. Los agentes abrieron fuego contra alguna maquinaria y moradas del campamento antes de irse.

“Fue como zona de guerra”, dijo Valmir, un minero que pidió no dar su apellido por temor a represalias. “Ninguno aquí es bandido. Si el gobierno nos ofrece empleo que no sea en las minas, nadie regresaría acá”.

Días después, los procuradores federales buscaron a los vendedores de oro en las zonas urbanas más cercanas para una segunda fase de su investigación. Esta fue apodada “Dilema de Midas”, como el rey que volvía oro todo lo que tocaba.

“Hay un paralelo con la explotación de riquezas nacionales”, dijo Gecivaldo Vasconcelos Ferreira, policía federal que ayudó a liderar la investigación, sobre el nombre del operativo. “Si no son explotadas de manera responsable se vuelven una maldición”.

Luis Camões Boaventura, procurador encargado del caso, dijo que las autoridades apenas si han develado la primera capa de la industria, que es respaldada por políticos locales y nacionales.

Hay cientos, si no miles, de minas de oro ilegales a lo largo del río Tapajós, y las cadenas de suministro están separadas para que sea difícil llegar desde ahí hasta los jefes de la minería, explicó Camões Boaventura.

“Es un problema muy serio”, indicó.

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Los munduruku pasaron una noche en el campamento de mineros ilegales. CreditMeridith Kohut para The New York Times
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El amanecer sobre la Amazonía CreditMeridith Kohut para The New York Times

En mayo, los procuradores exigieron tomar acciones con la advertencia de que el comercio de oro “potencialmente resultaría en la extinción de comunidades indígenas y culturas tradicionales”.

Los procuradores federales han dicho que lo que viven algunas comunidades califica como “genocidio”.

Es una postura que no comparten otros políticos federales, estatales o locales. En el Congreso, una coalición conocida como el bloque ruralista ha impulsado varias medidas para facilitar el acceso a minerales y a cultivo en zonas protegidas.

Bolsonaro, diputado que fue elegido a la presidencia por un margen amplio, ha dado a entender desde hace tiempo que eso es lo que promueve.

“Si dependiera de mí, no habría más áreas indígenas en el país”, dijo después de su triunfo a finales de octubre.

Para deshacerse de esas zonas protegidas necesitaría cambiar la Constitución. Pero Bolsonaro ha amenazado con tomar pasos más pequeños, como dejar de imponer multas contra empresas e individuos que violan las leyes medioambientales.

Ya ha hecho este tipo de propuestas anteriormente. En 2012, cuando él mismo fue multado por pescar en un área protegida, introdujo un proyecto al Congreso para que los integrantes de dos agencias federales que monitorean la minería, pesca y tala ilegales puedan portar armas.

Durante la campaña dijo que el sistema de tierras protegidas es obsoleto e hizo eco de lo que se decía en la dictadura militar: que esas zonas frenan el crecimiento económico y hasta las perspectivas individuales de personas indígenas. Declaró que había llegado el momento de “reintegrarlos a la sociedad” y reconocer que ellos “no quieren vivir en zoológicos”.

Bolsonaro argumenta que Brasil ya no puede tolerar que tantas tierras estén apartadas y protegidas como territorios indígenas, parques nacionales y zonas de conservación.

“Todo eso impide nuestro desarrollo”, ha dicho.

Los líderes munduruku que se oponen a la minería se entusiasmaron cuando se enteraron de las redadas. Pero poco después, algunos de ellos como Kabá recibieron amenazas.

“La expectativa de los líderes indígenas cuando denunciaron lo que sucedía era que iba a llegar el Estado y expulsar a la gente blanca”, dijo Danicley de Aguiar, activista de Greenpeace que ha asesorado a los munduruku. No fue así.

Adonias Kabá Munduruku, uno de los líderes de la tribu que sí tiene acuerdos con los mineros, opinó que proteger el medioambiente y las tradiciones indígenas son metas loables, pero no realistas.

“Es la única manera para nosotros, como mineros indígenas, de enviar a nuestros hijos a estudiar a las ciudades, de que puedan ir a la universidad”, dijo Adonias, de 40. “Los padres quieren que sus hijos aprendan, que estén preparados, para que no terminen como nosotros: trabajando en las minas”.

Los procuradores aún no presentan cargos contra nadie después de las redadas y la minería de oro se mantiene.

“Lo que vemos es que es un crimen que queda impune”, dijo Paulo de Tarso Moreira Oliveira, procurador federal.

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Muchas especies regresan a una selva que fue devastada 30 años después

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abc.es. La pérdida de la selva alimenta un tsunami de extinciones de especies tropicales, pero no todo es tristeza porque muchas de las especies que habían abandonado este hábitat regresan 30 años después coincidiendo con la regeneración del rebrote secundario de los bosques.
Así lo asegura un equipo de nueve investigadores de instituciones de Brasil, Finlandia y Portugal, en un estudio publicado en la revista Scientific Reports después de analizar la Amazonia brasileña.
El trabajo sugiere que los cataclismos ecológicos provocados por la fragmentación del bosque pueden revertirse con la regeneración de bosques secundarios, lo que supone un rayo de esperanza para la biodiversidad tropical en todo el mundo.
Los investigadores descubrieron que las especies fuertemente asociadas con los bosques primarios disminuyeron en gran medida tras 15 años de perturbaciones causadas por el ser humano, como la quema de terrenos y la tala de bosques. Sin embargo, muchas especies que habían abandonado su hogar regresaron tres décadas después con la regeneración del rebrote secundario.
“Si se comparan los períodos de tiempo, es evidente que tomar una visión a largo plazo es primordial para descubrir la complejidad de la biodiversidad en paisajes modificados por humanos”, apunta Christoph Meyer, profesor de ecología y conservación global de la Universidad de Salford (Reino Unido), y autor principal del estudio.
El estudio mide los impactos de la descomposición forestal para 50 especies de murciélagos (aproximadamente 6.000 individuos). Estos animales comprenden cerca de una quinta parte de todas las especies de mamíferos y muestran una amplia variación en su comportamiento alimentario y el uso del hábitat, lo que los convierte en un excelente grupo modelo para investigar.
“Las respuestas exhibidas por los murciélagos ofrecen información importante sobre las respuestas de otros grupos taxonómicos”, dice Ricardo Rocha, de la Universidad de Lisboa (Portugal), quien apunta que “la recuperación que hemos documentado refleja los patrones observados para las comunidades de escarabajos y aves en el Amazonas”.
“Estas tendencias paralelas refuerzan la idea de que los beneficios de la regeneración de los bosques son generalizados y sugieren que la restauración del hábitat puede mejorar parte del daño infligido por los humanos a la vida silvestre tropical”, agrega.
Rocha explica que la recuperación observada en el Amazonas se debió principalmente a la recolonización de murciélagos en áreas previamente deforestadas, lo que es probablemente atribuible a una mayor diversidad y abundancia de recursos alimenticios en áreas ahora ocupadas por bosques secundarios.

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Fuerte defensa del Papa a los pueblos originarios de la Amazonía

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El papa Francisco mantuvo hoy, jueves 19 de enero, un encuentro con comunidades indígenas en el Coliseo Madre de Dios, de Puerto Maldonado, donde exhortó a defender la Amazonía “de los nuevos colonialismos” y advirtió que los pueblos originarios de esta región nunca han estado tan amenazados ¨como lo están ahora¨.
El papa Francisco mantuvo hoy, jueves 19 de enero, un encuentro con comunidades indígenas en el Coliseo Madre de Dios, de Puerto Maldonado, donde exhortó a defender la Amazonía “de los nuevos colonialismos” y advirtió que los pueblos originarios de esta región nunca han estado tan amenazados “como lo están ahora”.
“Probablemente los pueblos amazónicos originarios nunca hayan estado tan amenazados en sus territorios como lo están ahora”, aseveró ante unos 4.000 indígenas peruanos, brasileños y bolivianos.
El pontífice alertó que “la Amazonía es tierra disputada desde varios frentes: por una parte, el neo-extractivismo y la fuerte presión por grandes intereses económicos que dirigen su avidez sobre petróleo, gas, madera, oro, monocultivos agroindustriales”.
“La amenaza contra sus territorios también viene por la perversión de ciertas políticas que promueven la ‘conservación’ de la naturaleza sin tener en cuenta al ser humano”, expresó.
Asimismo, sostuvo que hay “movimientos que, en nombre de la conservación de la selva, acaparan grandes extensiones de bosques y negocian con ellas generando situaciones de opresión a los pueblos originarios”.
“Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados sin tener en cuenta a sus habitantes”, añadió, y afirmó que la situación actual “provoca asfixia a sus pueblos” y estimula la migración de los jóvenes por “falta de alternativas locales”.
“Ustedes son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común. La defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida. Sabemos del sufrimiento que algunos de ustedes padecen por los derrames de hidrocarburos que amenazan seriamente la vida de sus familias y contaminan su medio natural”, manifestó el Santo Padre.
Francisco se refirió además a la otra “devastación”: el flagelo de la trata de personas, la mano de obra esclava o el abuso sexual. También mencionó a “los más vulnerables entre los vulnerables”, y recordó que “el reconocimiento de estos pueblos —que nunca pueden ser considerados una minoría, sino auténticos interlocutores— así como de todos los pueblos originarios nos recuerda que no somos los poseedores absolutos de la creación”.
El Papa alertó además sobre no dejarse atrapar por “colonialismos ideológicos disfrazados de progreso que poco a poco ingresan dilapidando identidades culturales y estableciendo un pensamiento uniforme, único… y débil”. Ante esa situación, llamó a escuchar a los ancianos y aprender de su sabiduría, porque “la desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal”, afirmó.
Dirigiéndose a los obispos, hizo un llamado a que se sigan impulsando espacios de educación intercultural y bilingüe en las escuelas y en los institutos pedagógicos y universidades, considerando que “la escuela y la educación de los pueblos originarios debe ser una prioridad y compromiso del Estado”.
Los indígenas pidieron al Papa que defienda su territorio
Representantes de comunidades indígenas de la Amazonía pidieron al Papa que defienda ese territorio de las “muchas crueldades e injusticias” que sufren de parte de grupos económicos foráneos.
“Los pueblos de la Amazonía queremos decir a la humanidad, que nosotros también estamos preocupados porque la tierra se esté malogrando; los animales se están reduciendo, los árboles desapareciendo, el agua dulce se va agotando”, alertó
“Nuestros hermanos indígenas de varias regiones de la Amazonía sufren por las explotaciones de nuestros recursos naturales. En la actualidad muchos foráneos invaden nuestros territorios: los cortadores de árboles, los buscadores de oro, las compañías petroleras”, alertó un representante del pueblo Harakbut.
“Entran a nuestros territorios sin consultarnos y nosotros sufriremos mucho y moriremos cuando los foráneos perforen la tierra para sacar el agua negra metalizada, sufriremos cuando envenenen y malogren nuestros ríos convertidos en aguas negras de la muerte”, agregó.
Tras insistir en pedirle al Papa que los defienda, expresó su miedo porque los que son de otros lugares y nunca han vivido aquí quieren “hacerles desaparecer”.
“Los pueblos de la Amazonia queremos decir a la humanidad, que nosotros también estamos preocupados porque la tierra se esté malogrando; los animales se están reduciendo, los árboles desapareciendo, el agua dulce se va agotando”, sostuvo, y añadió: “Por todo esto, el cielo está muy molesto y llora porque estamos destruyendo nuestro planeta. Si no tenemos alimento, moriremos de hambre”.
En tanto, otra representante comunidades aborígenes leyendo párrafo de la encíclica Laudato si’, del pontífice, en español y en la lengua originaria, y se escuchó el testimonio de una indígena awajún.
“Que las autoridades ayuden a conservar los bosques, para mantener nuestro ambiente limpio y respirar aire puro, como cuando yo era pequeña”, reclamó María Luzmila Bermeo, de 64 años.
Francisco llevó a Puerto Maldonado y se dirigió al Coliseo Madre de Dios, donde fue recibido con un abrazo por el obispo local, el dominico español David Martínez, y un grupo de niños.
En el interior del Coliseo, cerca de 4.000 indígenas, con sus ropas típicas, se ubicaron para encontrarse con Francisco, quien reconoció que quiso empezar allí su visita a Perú.

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Reportan el asesinato de miembros de una tribu aislada en la Amazonía brasileña

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SÃO PAULO, New York Times — Eran miembros de una tribu aislada que recolectaba huevos a lo largo del río en una parte remota del Amazonas. Pero, al parecer, tuvieron la mala suerte de encontrarse con mineros de oro.

Ahora los procuradores federales de Brasil han iniciado una investigación sobre la supuesta masacre de alrededor de 10 miembros de la tribu, la más reciente evidencia de que las amenazas contra grupos indígenas en peligro se están incrementando en el país.

La Fundación Nacional del Indio de Brasil, Funai, dijo que había presentado una denuncia en la oficina del procurador en el estado de Amazonas después de que los mineros fueron a un bar cerca de la frontera con Colombia y presumieron acerca de la matanza. Ellos portaban un remo tallado a mano que aseguraban que era de la tribu, indicó la Funai.

“Fueron comentarios vulgares de bares”, dijo Leila Silvia Burger Sotto-Maior, coordinadora de Funai para las tribus aisladas y recientemente contactadas. “Incluso presumieron sobre haber desmembrado los cuerpos y arrojarlos al río”.

Según Burger, los mineros afirmaron que “tenían que asesinarlos o ser asesinados” y dijo que se reporta que los asesinatos ocurrieron el mes pasado. La Funai realizó algunas entrevistas en el poblado y posteriormente, presentó el caso ante la policía.

“Hay mucha evidencia pero necesita ser probada”, dijo.

El procurador a cargo del caso, Pablo Luz de Beltrand, confirmó que se había iniciado una investigación pero dijo que no podía comentar los detalles del caso mientras se encuentre en proceso. Dijo que el hecho presuntamente ocurrió en el valle del Javari, la segunda reserva de indígenas más grande de Brasil.

“Le estamos dando seguimiento pero los territorios son grandes y el acceso es limitado”, dijo Beltrand. “Estas tribus están aisladas, incluso Funai tiene poca información sobre ellos. Así que es una labor extenuante que requiere que todos los departamentos del gobierno trabajen en conjunto”.

Beltrand señala que es el segundo hecho similar que investiga este año. El primer reporte de una matanza de indígenas en la región ocurrió en febrero, y ese caso sigue abierto. “Fue la primera vez que tuvimos este tipo de casos en la región”, dijo en una entrevista telefónica. “No es algo que sucedía antes”.

Survival International, un grupo global a favor de los derechos indígenas, advirtió que debido a la reducida población de las tribus aisladas en el Amazonas, este hecho podría significar que fue exterminado un porcentaje relevante de un grupo étnico.

“Si la investigación confirma los reportes será otro genocidio ocasionado por las fallas del gobierno brasileño para proteger a las tribus aisladas, algo que está garantizado en la constitución”, dijo Sarah Shenker, una activista del grupo.

Bajo el actual gobierno de Brasil, liderado por el presidente Michel Temer, los recursos para los asuntos indígenas han sido recortados. En abril, la Funai cerró cinco de las 19 bases que usa para monitorear y proteger a las tribus aisladas y redujo su personal en otras. Las bases son usadas para prevenir invasiones por leñadores y mineros y para comunicarse con tribus recientemente contactadas.

Tres de esas bases estaban ubicadas en el valle de Javari y se cree que alberga más tribus aisladas que cualquier otro lugar del planeta. Aproximadamente 20 de las 103 tribus aisladas registradas en Brasil están en ese valle.

“Hemos tenido problemas con gobiernos previos, pero no como estos”, dijo Sotto-Maior, la coordinadora de Funai.

El presupuesto anual de la agencia para el departamento de Tribus Aisladas fue de solo dos millones de reales (alrededor de 650.000 dólares), una disminución de los 7,5 millones de reales otorgados en 2014. “¿Qué puedo hacer con dos millones de reales”, dijo la coordinadora.

Temer, quien es ampliamente impopular, ha buscado el apoyo de los poderosos cabilderos agrícolas, ganaderos y mineros para impulsar cambios económicos a través del congreso y protegerlo de una investigación por corrupción. El mes pasado, la cámara baja del congreso votó para evitar que enfrentara un juicio por corrupción ante el Supremo Tribunal Federal de Brasil, pero eso sucedió después de que el mandatario repartió empleos y aceptó una serie de concesiones, muchas de las cuales favorecen la deforestación y las regulaciones de derechos de la tierra.

Un decreto de Temer que le daba acceso a los mineros para que trabajaran en una gran reserva del Amazonas causó la indignación internacional. Después de que un juez bloqueó el decreto, el gobierno anunció que revisaría su decisión pero los críticos se mantienen alerta.

Con el incremento de las disputas por las tierras en muchas áreas remotas de Brasil, los grupos indígenas, trabajadores rurales y activistas han sido blanco de la violencia. Más de 50 personas fueron asesinadas hasta fines de julio, en comparación con las 61 que fallecieron en 2016, según la Comisión Pastoral de la Tierra.

En algunos casos, agentes de policía o funcionarios del gobierno han sido culpados por la violencia. Las autoridades están investigando una redada en la región del Amazonas que finalizó con 10 activistas muertos. Ningún policía resultó herido.

Los activistas se preocupan porque los grupos indigenas del país —y especialmente las tribus aisladas— son los más vulnerables cuando se trata de las disputas por las tierras.

“Cuando su tierra está protegida, ellos prosperan”, dijo Shenker, la activista. “Cuando su territorio es invadido pueden ser exterminados”.

 

 

 
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