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El Gobierno ordena desclasificar archivos de la SIDE de la última dictadura

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El Gobierno dispuso la desclasificación y publicación de documentos de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) correspondientes al período 1973-1983, una decisión que se ejecuta desde este jueves por instrucción directa del presidente Javier Milei. En una primera etapa, se liberarán 26 documentos oficiales que abarcan 492 páginas. La medida irrumpe en un terreno históricamente sensible y plantea una pregunta de fondo: ¿se trata de un gesto de transparencia institucional o de un movimiento que reconfigura la narrativa sobre el pasado reciente?

El anuncio no es neutro en términos políticos. Llega en un contexto donde la discusión sobre memoria, inteligencia estatal y legitimidad institucional sigue abierta, y donde cada intervención del Estado sobre archivos históricos impacta en la disputa por el sentido de ese período.

Un proceso institucional que combina apertura, archivo y control narrativo

La desclasificación se inscribe en un esquema más amplio que incluye la publicación, conservación y posterior traspaso del material al Archivo General de la Nación. El trabajo está a cargo de la propia SIDE, que además elaboró una guía específica para facilitar la lectura de los documentos por parte de investigadores, comunicadores y ciudadanía.

El corpus inicial incluye resoluciones, informes, memorandos, circulares y directivas producidas entre el 1 de enero de 1973 y el 10 de diciembre de 1983. Es decir, cubre desde la última presidencia de Juan Domingo Perón, la transición tras su muerte y la última dictadura militar.

El material no solo aporta contenido histórico, sino que también expone la arquitectura interna del sistema de inteligencia. Por ejemplo, se detallan definiciones operativas como las “operaciones sicológicas secretas”, entendidas como acciones orientadas a influir, neutralizar o perturbar al “enemigo u oponente”, en coordinación con directivas militares.

A su vez, se describen funciones específicas de áreas internas, como el registro de personas y organizaciones o la producción de inteligencia sobre medios de comunicación. En 1979, el organigrama del organismo incluía divisiones dedicadas a “Marxismo”, “Otras ideologías”, “Organizaciones terroristas” y “Antecedentes”, lo que permite reconstruir criterios de clasificación y seguimiento.

Otro elemento relevante es la aclaración formal, reiterada en distintos documentos, de que la SIDE tenía una función “informativa y no operativa”, delegando las acciones represivas en las Fuerzas Armadas y de seguridad. Esa delimitación, aunque formal, abre una zona de interpretación sobre la relación entre inteligencia y represión estatal.

Transparencia, legitimidad y disputa por el pasado

Desde el organismo se plantea la desclasificación como un acto “ético, político y social” orientado a fortalecer la confianza pública y legitimar el rol del Estado. Sin embargo, el alcance real de esa legitimación dependerá de cómo se procesen y utilicen los documentos.

La decisión posiciona al Gobierno en un terreno donde convergen múltiples actores: el sistema de inteligencia, el ámbito académico, el periodismo y los sectores políticos que históricamente han construido distintas lecturas sobre el período 1973-1983.

En términos de correlación de fuerzas, la medida puede reforzar la capacidad del Ejecutivo de intervenir en la agenda de memoria institucional sin pasar por el Congreso, al tratarse de una decisión administrativa sobre archivos estatales. Al mismo tiempo, abre un espacio de análisis que puede tensionar interpretaciones consolidadas, especialmente si el contenido revela matices o contradicciones en el funcionamiento del aparato estatal.

También introduce un factor de reconfiguración en el vínculo entre el Estado y la sociedad: el acceso a documentos antes clasificados amplía la base de información disponible, pero no elimina la disputa por su interpretación.

Un proceso que recién empieza y deja preguntas abiertas

La publicación inicial de 26 documentos es apenas el primer paso de un proceso que se presenta como progresivo. El Gobierno anticipa nuevas etapas, lo que sugiere que el volumen de información podría ampliarse en los próximos meses.

Queda por ver qué tipo de documentos se incorporarán en futuras entregas, cómo impactarán en el debate público y si surgirán tensiones a partir de su contenido. También será clave observar el rol que jugarán los investigadores y comunicadores en la construcción de sentido a partir de este material.

La apertura de archivos no cierra la discusión. Por el contrario, la desplaza hacia otro terreno: el de la interpretación, donde los datos ya no están ocultos, pero su significado sigue en disputa.

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Descubren en el Archivo General de la Nación una carta escrita con sangre humana a mediados del siglo XIX

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La carta fue encontrada por la arqueóloga Victoria Pedrotta, investigadora del CONICET, la Universidad Maimónides y la Fundación Azara, en un legajo con documentación sobre la Comandancia de Fronteras del Departamento de Documentos Escritos del Archivo General de la Nación. 
La carta, que consta de un folio, fue remitida por el cacique de origen mapuche-tehuelche José María Bulnes Yanquetruz o Llanquitruz el 31 de mayo de 1856 a quien entonces era el Comandante del Fuerte de Carmen de Patagones, Benito Villar. A través de ella, el cacique expresaba al comandante “lo que deseo se agan las pases”, a la vez que alertaba que si era tomado prisionero el portador de la misma (un “indio llamado Ladiado”), él iba a matar una familia entera que había capturado. El comandante Villar le notificó inmediatamente al Ministro de Guerra y Marina, Bartolomé Mitre, la recepción de la “carta escrita con sangre”, según sus propias palabras, mediante la cual el cacique manifestaba su intención de acordar las paces con el gobierno de Buenos Aires.
Estas gestiones para pacificar la frontera se dieron en el contexto histórico del enfrentamiento entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación, en una coyuntura de mucha conflictividad -agudizada entre 1853 y 1855- que ocasionó el despoblamiento criollo de gran parte de la campaña centro-sur bonaerense y el retroceso de la frontera estatal que se había establecido durante el gobierno de J. M. de Rosas, ante la incapacidad del gobierno porteño de dominar militarmente a los grupos indígenas sublevados. Por el liderazgo e influencia que Yanquetruz ejercía entre numerosas tribus que habitaban las tierras aledañas al río Negro y hacia sur y el suroeste de Carmen de Patagones, las autoridades militares de ese punto lo consideraban un aliado clave para Buenos Aires, a la vez que también Urquiza intentó integrarlo a sus fuerzas para enfrentar a los porteños, por medio diversos ofrecimientos y regalos. Según sus biógrafos, Yanquetruz sabía leer, escribir y hablar en castellano ya que había aprendido en un colegio de los padres franciscanos en Chile, donde estuvo cautivo cuando era niño. 
En base a lo expresado por el Comandante Villar a Mitre cuando recibió la misiva firmada por Yanquetruz, algunos historiadores y otros estudiosos han dado por cierto que se había utilizado sangre en lugar de tinta para escribirla. La apariencia de la carta, cuya tinta es de color marrón –y no negro- también reforzaba esa posibilidad. Ante estos indicios y dada la importancia del documento ya que se trataba de un caso único en el país, la investigadora planteó a las autoridades del Archivo la necesidad de hacer una prueba de tintas sobre para determinar con seguridad: 1) si efectivamente la carta firmada había sido escrita con sangre, y 2) si se trata de sangre humana o si era de algún otro animal. Luego de muchos meses de consultas y gestiones, se decidió hacer un análisis de Espectometría de Masas (AMS) de proteínas sobre una pequeña muestra del documento, ya que es un método que no ponía en riesgo su integridad ni su conservación a futuro.
La muestra fue tomada por medio de un raspado con bisturí que permitió obtener un pequeño trozo de papel con tinta. Luego se efectuó la prueba en el Centro de Estudios Químicos y Biológicos por Espectrometría de Masa (CEQUIBIEM) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y el CONICET. Tanto la toma de la muestra como el estudio posterior fueron efectuados por Ricardo Neme Tauil del CONICET. Los resultados fueron concluyentes. Se determinó, con una certeza del 99,9%, la presencia de proteínas del plasma humano en la muestra. Ello confirmó, no sólo que fue utilizada sangre en lugar de tinta para escribir la carta, sino que además se trató de sangre humana.  
El tratado en cuestión finalmente se firmó el 24 de mayo de 1857, entre el nuevo gobernador provincial Valentín Alsina y el cacique José María Bulnes Yanquetruz y su secretario, José del Carmen Marquez Bravo. Allí se estipuló el libre comercio, el apoyo y auxilio militar mutuo, el otorgamiento al gobierno de las tierras entre Carmen de Patagones hasta San Javier por parte los indígenas, el nombramiento de Yanquetruz como “comandante en jefe de todo el territorio de la Pampa, que es adyacente a la jurisdicción de Patagones y en cuya posesión se halla”, la entrega de un sueldo al cacique y sus guerreros, además de vestuario, raciones y otros bienes de consumo, entre otras cuestiones. Este tratado fue de enorme importancia para la frontera del sur bonaerense y norte de la Patagonia ya que logró pacificar esa zona durante 20 años.
Estos resultados demuestran el potencial de la arqueología para estudiar la materialidad de las fuentes escritas, poniendo a prueba afirmaciones que fueron tomadas por verdades en el ámbito académico por medio de un análisis químico. En el caso de la carta de Yanquetruz, saber que se utilizó sangre humana para su escritura abre una puerta para comprender la capacidad de la agencia indígena –muchas veces ignorada- en la gestión de los tratados de paz que se firmaron entre el estado y muchos grupos nativos en el siglo XIX. Los resultados también posibilitan reconocer que este cacique que puso en juego una variedad de estrategias materiales y simbólicas de cara a las negociaciones que entabló con el Estado de Buenos Aires, en una coyuntura de extrema conflictividad dentro de la política criolla y entre el estado y las poblaciones indígenas de la Pampa y la Patagonia.
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