Lo informó el vocero Manuel Adorni en sus redes sociales. La Oficina del Presidente también emitió un comunicado. Javier Milei lo despidió con dolor “a pesar de las diferencias”.
El Gobierno dispondrá siete días de duelo por el fallecimiento del Papa Francisco, informó el vocero presidencial, Manuel Adorni.
“Falleció el Papa Francisco, Jorge Bergoglio. Líder espiritual y guía de millones de hombres y mujeres. El Presidente de la Nación decretará siete días de duelo por el fallecimiento del Santo Padre. Q.E.P.D.”, posteó el portavoz en su cuenta de X.
“Falleció hoy y ya se encuentra descansando en paz. A pesar de diferencias que hoy resultan menores, haber podido conocerlo en su bondad y sabiduría fue un verdadero honor para mí”, posteó el mandatario en sus redes sociales.
Sostuvo que “como Presidente, como argentino y, fundamentalmente, como un hombre de Fe, despido al Santo Padre y acompaño a todos los que hoy nos encontramos con esta triste noticia”.
Paralelamente, la Oficina del Presidente de la República Argentina emitió un comunicado en el que expresó su pesar por el deceso del pontífice y envió sus condolencias a la familia Bergoglio.
Jorge Bergoglio murió este lunes a los 88 años, según confirmó el Vaticano en un comunicado oficial.
El 13/03/2013, Jorge Bergoglio se convirtió en el primer Papa argentino. Francisco, con su humildad y estilo único, sigue dando que hablar en la Iglesia. 12 años de pontificado de Francisco, el Papa que nadie esperaba
El 13 de marzo de 2013, Argentina se paralizó: Jorge Bergoglio, de Buenos Aires, se convertía en el Papa Francisco y el primero argentino. Con su estilo sencillo y su tonada inconfundible, sorprendió al mundo entero y rompió todos los protocolos desde el minuto uno. A 12 años de ese día histórico, repasamos cómo fue su elección y algunas perlitas.
El día en que un argentino llegó a lo más alto
Millones de personas en todo el mundo estaban pendientes de la chimenea de la Capilla Sixtina. La expectativa era enorme: ¿quién sería el nuevo líder de la Iglesia? Había nombres fuertes en las apuestas, pero casi nadie tenía en el radar a un cardenal argentino. Sin embargo, después de cinco votaciones, la famosa “fumata blanca” apareció y el esperado “Habemus Papam” retumbó en el Vaticano.
Pero lo que dejó boquiabierto a más de uno fue el nombre que pronunció el cardenal protodiácono: Jorge Mario Bergoglio. En Argentina, las redacciones de los diarios entraron en modo caos, las radios interrumpieron su programación y los grupos de WhatsApp explotaron. “¿Bergoglio? ¿El de Buenos Aires? ¡No te la puedo creer!”.
El 13 de marzo de 2013, Jorge Bergoglio fue elegido Papa Francisco, sorprendiendo al mundo entero. Con su estilo humilde y porteño, rompió protocolos y se convirtió en el primer Papa latinoamericano.
Desde el balcón de San Pedro, el flamante Papa Francisco saludó con su estilo simple y directo. “Parece que mis hermanos cardenales fueron a buscarme casi al fin del mundo”, tiró con una sonrisa, y con eso ya se ganó a la gente. Se convirtió en el primer Papa latinoamericano, el primer jesuita en asumir el cargo y el primer pontífice en elegir el nombre de Francisco, en honor a San Francisco de Asís.
Fiel a su estilo humilde, rompió protocolos desde el minuto uno. En vez de subirse al auto oficial, se fue en bondi con los otros cardenales. Cuando le trajeron la lujosa cruz dorada que usan los Papas, prefirió seguir con la de plata ennegrecida que usaba en Buenos Aires. Y en lugar de ponerse los zapatos rojos que simbolizan el poder papal, se quedó con sus viejos mocasines negros. Un tipo común y corriente, pero con un rol que cambiaría la historia.Lo que seguro no sabías de Francisco
Más allá de su papel como líder de la Iglesia, Francisco tiene un pasado lleno de anécdotas terrenales y bien argentinas. Antes de ser cura, fue patovica en un boliche. Sí, el tipo que hoy maneja la Iglesia Católica, alguna vez controló la entrada de un boliche en Buenos Aires. ¿Te lo imaginás diciendo “DNI en mano, chicos, por favor”?
Su fanatismo por el fútbol es innegociable: es socio de San Lorenzo de Almagro de toda la vida, y no lo dejó de ser ni siquiera después de convertirse en Papa. De hecho, el club le mandó un carnet especial con su nombre y hasta le regalaron una camiseta en más de una ocasión. Pero hay más: su vocación religiosa no fue algo planeado desde chico. A los 16 años, tuvo una confesión que le cambió la vida, un momento de esos que marcan un antes y un después. Y aunque ahora vive en el Vaticano, en su corazón sigue llevando su Buenos Aires natal: su comida favorita es la bagna cauda, un plato de origen piamontés que le recuerda a sus raíces italianas.
Antes de ser Papa, Francisco fue patovica en un boliche y es también fanático de San Lorenzo. Además, mantiene su contacto con la gente, incluso llamando a quienes le escriben, y sigue siendo sencillo.
A lo largo de estos años, Francisco se ganó el cariño de la gente con gestos inesperados. Casó a una pareja en pleno vuelo, se puso un casco de bombero que le regalaron, y frenó el papamóvil más de una vez para abrazar a chicos y abuelos. Y lo más loco de todo: sigue llamando por teléfono a la gente que le escribe cartas. Imaginate estar en tu casa y que te suene el celular con un número desconocido… “Hola, habla Francisco”.
Aunque ahora vive en Roma, nunca se olvida de su país ni de su gente. A 12 años de su elección, el Papa sigue siendo el mismo tipo sencillo que tomaba el bondi en Buenos Aires y compraba el diario en el kiosco de la esquina.
Por Emilce Cuda, doctora en Teología, y recientemente nombrada por el Pontífice como secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina del Vaticano. Hace unos días un taxista romano me dijo: “entenderemos su pontificado dentro de diez años; recién ahí habremos visto su gran reforma”.
En el X año de su pontificado, el tema que aún parece no entenderse es el de la unidad sin estrategia. Sin embargo, eso explica de qué pueblo y a qué pueblo habla Bergoglio. Cuando el joven rico pregunta a Jesús qué hacer para salvarse, el Maestro le contestó, sin dar cuenta de ninguna estrategia, que venda todo y se una. El joven se fue. Casi siempre se destaca en este pasaje evangélico la avaricia. Invito a detenerse en la unidad y se verá claramente de qué trata su reforma.
Ese pasaje permite entender por qué, en medio de la tormenta que representa un cambio de época a consecuencia de saltos tecnológicos cualitativos que llevan al límite la continuidad de la vida en el planeta, el jesuita construye la barca sinodal de la unidad, capaz de portar la humanidad a la otra orilla, más allá del caos atómico, a salvo de la infinita multiplicación que desencadena un sistema criminal. La reforma está en marcha.
El 24 de febrero de 2022, mientras los líderes políticos enviaban a sus jóvenes a morir en una guerra que amenaza con ser la estocada final a un sistema de relaciones productivas agotado, el líder religioso de los católicos, con 85 años, tomó papel y lápiz y se sentó a escuchar a jóvenes de todas las américas por casi dos horas, unidos para buscar juntos soluciones sociales concretas a problemas reales comunes. Esa es la barca, esa es la reforma, esa es la sinodalidad.
El amor como unidad, principio constitutivo de la fe y de la política, es llevado una vez más al campo de lo social, ahora por un pontífice. Su propuesta evangélica es una llamada a la unidad como bien común supremo, en tanto principio articulador de las demandas por necesidades y sueños vitales insatisfechos, antes que de demandas por intereses sectarios, tanto políticos como religiosos, que lejos de unir amorosamente, dividen diabólicamente.
La unidad social, producto del amor y no del espanto, es recuperada por Francisco para desacralizar la política y desideologizar la religión, previendo una amenaza postsecular y postcatólica capaz de cargarse al mundo en un amén. Sin tener en cuenta ese principio de la fe que es el amor como unidad viva entre las diferencias, no puede entenderse su referencia al pueblo.
El amor y la unidad no son una estrategia, son el momento de lo político -como forma más alta de caridad-, a partir del cual se constituye, en el proceso comunitario de discernimiento y toma de decisiones, la estrategia que dará sentido retroactivamente a la unidad. Esto no es populismo, esto es cristianismo. Veamos por qué.
En la Homilía de Pentecostés de 2020 -y no solo en esa-, Francisco dice que “los Apóstoles no preparaban ninguna estrategia”, tampoco ningún plan para evitar riesgos. Es más, advierte que ellos no “hacen un nido” de selectos para salvarse. Por el contrario, ante la necesidad y la amenaza de muerte, a pesar de sus diferencias: confían, se unen y salen a dar lo que han recibido. Primero el amor y la unidad, luego la estrategia. Una lógica evangélica que el pueblo, sin metafísica, comprende.
Luego del Jubileo extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco propuso como signo concreto de esa experiencia de gracia, celebrar en toda la Iglesia, en este domingo, la Jornada mundial de los pobres. Es una Jornada que debe ayudarnos a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y a entender esta opción preferencial como una genuina forma de nueva evangelización, con la que se renueva el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.
El lema de este año es «no amemos de palabra sino con obras». En el mensaje del Papa se nos recuerda que no debemos pensar en los pobres sólo «como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles» (Mensaje del Papa Francisco para la I jornada mundial de los pobres).
Para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos. Siguiendo estas huellas del Señor, los santos Mártires, Alonso, Roque y Juan a quienes hoy queremos recordar especialmente, y tantos otros testigos, con la potencia de su amor y la fuerza de su fe sembraron la semilla de la Buena Nueva de la salvación en nuestras tierras. Este domingo, es especialmente significativo para nosotros ya que, como cada año, el tercer fin de semana de noviembre realizamos la Peregrinación a nuestro centro de espiritualidad en Loreto. En Loreto alimentamos nuestro ánimo en la memoria, pero también los sufrimientos, martirios y vitalidad de estos testigos del pasado. Ellos nos fortalecen en la esperanza para sobrellevar las dificultades, persecuciones y luchas en este inicio de siglo.
De diferentes maneras se movilizarán desde las Parroquias, comunidades, escuelas, en colectivos, autos… Muchos, sobre todo los jóvenes, peregrinarán caminando o en bicicleta, desde tres lugares que responden a las zonas o decanatos. Desde Jardín América, Alem y Posadas. La Misa principal la concelebraremos a las 9 horas con todos los sacerdotes y diáconos de la Diócesis, junto a nuestras consagradas y el pueblo de Dios.
La peregrinación tiene un valor importante en nuestra religiosidad y espiritualidad, el documento de Aparecida destaca la peregrinación como expresión del Pueblo de Dios en camino. «Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el Santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual.
Allí, el peregrino vive la experiencia de un misterio que lo supera, no solo de la trascendencia de Dios, sino también de la Iglesia, que trasciende su familia y su barrio» (Aparecida 259-260).