Bolivia

Milei cierra la gira en EE.UU. en el Council de las Americas y viaja a Bolivia para la asunción de Rodrigo Paz

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El presidente Javier Milei cierra su decimocuarta visita a Estados Unidos con su disertación en el Council de las Américas y partirá, de madrugada, a Bolivia para participar de la ceremonia de asunción de su par Rodrigo Paz Pereira.

Este mediodía, el mandatario participará del conversatorio “Nuevas oportunidades de inversión en Argentina”, en el marco del Council de las Américas, que se celebra por estas fechas en Nueva York. Pese a que no figura en agenda, el jefe de Estado se tomará algunos minutos de su día para visitar “El Ohel”, la tumba del rabino Menachem Mendel Schneerson, conocido como “el rebe de Lubavitch”. 

No es la primera vez que la frecuenta sino que configura una tradición personal del libertario. En esta oportunidad, lo hará para agradecer por su triunfo electoral de La Libertad Avanza (LLA) del pasado 26 de octubre.

Por la tarde, a las 19, hora local, la delegación argentina partirá en un vuelo espacio hacia la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. 

Está previsto que la comitiva arribe a suelo boliviano a las 3 del sábado 8 de noviembre, con intención de volver a trasladarse con destino a la ciudad de El Alto a las 9.30. Allí, a las 11, participará de la Sesión Inaugural de la Asamblea Nacional Legislativa Plurinacional. 

En agenda, también está previsto que salude a Rodrigo Paz Pereira, en la previa a la ceremonia de entrega del bastón de mando. A las 14, emprenderá el vuelo de regreso al país, donde se espera que el avión aterrice en la Ciudad de Buenos Aires a las 17.35.

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Que cambios que propone Rodrigo Paz para Bolivia

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BBC Mundo – La elección de Rodrigo Paz como presidente de Bolivia este domingo marca el inicio de una nueva era política en el país, aunque la magnitud del cambio que se aproxima aún es incierta.

Con 54,5% de los votos en el balotaje presidencial según el conteo rápido del Tribunal Supremo Electoral, el centrista Paz venció al conservador Jorge Quiroga, que obtuvo 45,5%, para poner fin a 20 años de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS).

Si bien Paz, del Partido Demócrata Cristiano, era la opción más moderada de esta segunda vuelta electoral. Algunas de sus propuestas suponen un claro viraje de las políticas que rigieron a Bolivia por dos décadas.

Hasta ahora senador, Paz tiene 58 años, fue alcalde de la ciudad de Tarija de 2010 a 2020 y antes diputado. Estudió economía, relaciones internacionales y gestión pública en Estados Unidos.

En estas elecciones dio la sorpresa al pasar al balotaje en agosto con la mayor porción de votos válidos y ganar el domingo contra lo que preveían algunas encuestas. Gracias al apoyo clave de votantes de clase media y baja.

Muchos optaron por él desilusionados con el MAS. Que cambió de forma radical el poder en Bolivia cuando su líder cocalero, Evo Morales, fue electo el primer presidente indígena del país en 2006.

Desde entonces esa fuerza de izquierda solo tuvo una breve pausa en el gobierno entre la salida de Morales en 2019 —por una crisis política que sus seguidores calificaron de golpe de Estado y sus opositores de intento de fraude electoral— y el triunfo de su heredero Luis Arce en 2020.

Pero en los últimos años el MAS se debilitó por una disputa interna de Morales con Arce y un deterioro económico que llevó al país a su primera recesión en 40 años, y recibió apenas 3% de los votos en la primera vuelta.

Esta elección fue entonces un parteaguas para Bolivia, con un balotaje entre dos candidatos relacionados con el viejo establishment que Morales enfrentó.

Paz es hijo y sobrino nieto de expresidentes. Nació en España durante el exilio de su padre, Jaime Paz Zamora, quien volvió a Bolivia tras el fin de una dictadura militar y gobernó entre 1989 y 1993.

Está claro entonces que el deseo de la gran mayoría de los bolivianos es que haya un cambio de rumbo.

Pero, ¿qué propone el hombre que eligieron para llevarlo a cabo?

1. “Capitalismo para todos”

Una de las banderas de la campaña de Paz fue el impulso de un “capitalismo para todos” en Bolivia.

Eso comprendería medidas como una reducción de cargas tributarias y de aranceles, facilitar el acceso a créditos y adoptar un sistema de banda cambiaria con máximos y mínimos.

“El capitalismo para todos es platita para la gente, estabilidad para que bajen los precios, reglas claras para producir con un Estado que te ayuda”, definió Paz en un debate que mantuvo con Quiroga antes del balotaje.

Ese énfasis en un proyecto capitalista contrasta con el socialismo profesado por los gobiernos del MAS. Que impulsaron la intervención del Estado en la economía y tomaron medidas nacionalistas

“Hay un cambio de lo que fue el modelo económico. Pasaremos del capitalismo de Estado y de camarilla, a una economía abierta. En la cual se acepte a la inversión privada y extranjera”, señala Carlos Toranzo, un economista y analista político boliviano.

Rodrigo Paz saluda a simpatizantes
Pie de foto, Paz tuvo un apoyo clave de sectores populares para ganar la presidencia de Bolivia en estas elecciones.

“Los bolivianos, incluidos aymaras y quechuas, aman al mercado y la acumulación”, dice Toranzo a BBC Mundo.

Sin embargo, muchos se preguntan cómo aplicará Paz las medidas que prometió con el déficit fiscal cercano al 10% del PIB que prevé reducir. Tras descartar financiamiento del Fondo Monetario Internacional (FMI) como planteaba Quiroga.

Paz ha dicho que los recursos del Estado alcanzan “si no roban” y anticipó que usará créditos por más de US$3.500 millones que Bolivia ya tiene aprobados de organismos multilaterales, que el gobierno saliente nunca utilizó por “ineficiencia”.

También indicó que levantará los subsidios al combustible, excepto los dirigidos a los “sectores vulnerables” de la sociedad.

Esos subsidios caracterizaron a los gobiernos de MAS y el año pasado llegaron a US$2.000 millones. Pero muchos los consideran insostenibles debido a los problemas fiscales del país y a la escasez actual de combustibles.

Un recorte de esas subvenciones también podría aumentar la inflación y el malestar social.

Fila de vehículos en una estación de servicio de Bolivia
Pie de foto, La escasez de combustibles en Bolivia ha provocado largas filas en las estaciones de suministro.

Cuando el gobierno de Morales decidió eliminar la mayoría de los subsidios al combustible en 2010, hubo fuertes alzas en los precios del diésel y la gasolina. Estallaron protestas y finalmente dio marcha atrás.

La nueva dirigencia de la Central Obrera Boliviana (COB) advirtió la semana pasada que rechaza la idea de eliminar o modificar la subvención a los hidrocarburos.

Ante el riesgo de que surjan protestas callejeras, Paz deberá lograr apoyo firme a sus reformas con un Congreso fragmentado, donde carece de mayorías.

2. Descentralizar el presupuesto

Otro cambio que prometió Paz fue la descentralización de los recursos públicos.

Su “Agenda 50/50” proyecta una distribución equitativa del presupuesto nacional entre el Estado central, que hoy concentra más del 80% del total, las regiones del país y las universidades públicas.

“El 50/50 es un presupuesto con las regiones”, sostuvo Paz en el debate con Quiroga.

Pese a que durante los gobiernos del MAS la autonomía regional quedó consagrada en la Constitución y en leyes aprobadas, eso nunca se concretó plenamente en la práctica, según expertos.

“Cuando usted tiene regímenes con demasiada mayoría parlamentaria y regímenes de caudillo, jamás hay posibilidad de descentralizar el poder”, observa Toranzo.

Pero agrega que Paz, obligado a pactar para gobernar con apoyo de gobernaciones y alcaldías, deberá apostar a la descentralización.

Rodrigo Paz saluda a simpatizantes
Pie de foto, Paz se propone descentralizar el presupuesto boliviano, dando mayores partidas a distintas regiones del país.

Gabriela Keseberg Dávalos, una analista política en La Paz, señala que la “Agenda 50/50” del presidente electo “responde un poco también a los pedidos sobre todo del oriente boliviano”, motor clave para la economía del país.

“No va a ser sin conflictos, eso es seguro”, dice en diálogo con BBC Mundo.

Paz prometió también “descentralizar a la policía” y presentó como figura clave para eso a su vicepresidente, Edman Lara. Un exoficial de esa fuerza de seguridad que ha denunciado corrupción en su interior y formuló declaraciones polémicas en la campaña.

3. Reformar el Estado

Paz ha propuesto además una serie de medidas dentro del sector público que en la práctica supondrían una reforma del Estado boliviano.

Su programa prevé por ejemplo congelar las actividades de las empresas públicas con déficits operativos. Además, implementar un sistema digital para las compras estatales y aumentar los controles anticorrupción.

“Yo le voy a cortar todos los beneficios a los políticos y al Estado tranca”, prometió Paz en campaña y sostuvo que el país destina más de US$1.300 millones a “gastos superfluos”.

Edman Lara, vicepresidente electo de Bolivia, saluda a seguidores
Pie de foto, Edman Lara, vicepresidente electo de Bolivia, es un expolicía que protagonizó polémicas en la campaña y hasta discrepancias con Paz.

Su idea de impulsar una reforma judicial es una señal de que podría buscar eliminar la elección popular de jueces que ha politizado el sistema, señalan los analistas.

Pero advierten que este cambio, al igual que otros que ha planteado el presidente electo, requerirían reformar la Constitución y respaldo legislativo.

El resultado de las elecciones en Bolivia anuncia “un cambio de era, pero veremos si es sustentable”, dice Keseberg Dávalos.

“En algunas cosas (Paz) es un poco drástico”, señala, “y en otras no se sabe bien cómo lo va a hacer”.

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Rodrigo Paz Pereira pone fin a dos décadas del MAS y se prepara para asumir la presidencia de Bolivia

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Con más del 90 % de los votos escrutados, el Tribunal Supremo Electoral de Bolivia confirmó anoche un resultado irreversible: Rodrigo Paz Pereira fue elegido presidente con el 54,5 % de los sufragios, frente al 45,5 % obtenido por Jorge “Tuto” Quiroga. De esta manera, el dirigente de centroderecha y senador por Tarija pondrá fin a veinte años de gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS) y asumirá el poder el próximo 8 de noviembre.

En su discurso desde La Paz, Paz Pereira habló ante una multitud que celebró el cambio de rumbo: “Dios, la familia y la patria son la base de todo nuestro compromiso”, proclamó. “La ideología no da de comer. Lo que da de comer es tener certidumbre en tu futuro. Este será un gobierno para gobernar con los mejores hombres y mujeres que quieran ayudar a la patria.”

El flamante mandatario agradeció el respaldo de los votantes y envió un mensaje de apertura tras años de polarización. “Bolivia vuelve a recuperar paso a paso su escenario internacional. Hay que volver a abrir Bolivia al mundo”, señaló, en referencia al aislamiento diplomático de los últimos años.

Una dinastía política

Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora y sobrino nieto de Víctor Paz Estenssoro, el nuevo jefe de Estado es el tercer integrante de una dinastía política que regresa al Palacio Quemado. Su campaña se centró en un mensaje de cambio moderado, con promesas de estabilizar la economía y frenar la inflación, que ha golpeado duramente el poder adquisitivo de las familias bolivianas.

En la primera vuelta, celebrada el 17 de agosto, Paz Pereira había sido la gran sorpresa al alcanzar el 32,6 % de los votos, frente al 26,7 % de Quiroga. Pero en la segunda ronda logró capitalizar el descontento con la gestión del MAS y captar el voto independiente, especialmente en el oriente y el sur del país.

El nuevo vicepresidente será el capitán Edman Lara, un ex policía popular en redes sociales que conquistó el voto joven. “Hoy el pueblo nos da la oportunidad de gobernar Bolivia, pero para todos. Se viene una nueva historia. Basta de corrupción”, expresó al conocerse los resultados. Luego, en tono conciliador, añadió: “Es momento de reconciliación de los bolivianos”.

Desde Tarija, donde votó temprano, Paz Pereira había anticipado que “hoy se cierra un ciclo y comienza una nueva etapa para Bolivia”. Su rival, Jorge Quiroga, reconoció la derrota y lo felicitó por teléfono, aunque pidió revisar algunas actas de votación. “No podemos dejar al país en ascuas. Necesitamos una actitud madura. He felicitado a Rodrigo”, dijo el exmandatario.

La derrota del MAS fue contundente, un reflejo del desgaste de un movimiento que durante años controló la escena política boliviana, pero que deja un país con serios desequilibrios: falta de divisas, desabastecimiento de combustible y una economía golpeada por la inflación y la escasez.

Paz Pereira enfrentará, además, un Congreso sin mayoría propia, lo que lo obligará a negociar con otras fuerzas. Analistas prevén que su gobierno buscará reorientar la política exterior boliviana hacia una mayor cercanía con Estados Unidos y un distanciamiento de los regímenes de Venezuela, Cuba, Irán, China y Rusia.

Entre los votantes, predominó la sensación de hartazgo. “La gente está esperando el cambio. Hay mucha gente que no tiene ni para comer”, dijo Luis Iturralde, padre de cinco hijos, en declaraciones al diario La Nación. Otros electores, como Rosa Peláez, coincidieron en que “el fin del MAS es algo positivo”, aunque advirtieron que esperan que se mantengan los programas sociales.

En las calles de La Paz, Sucre y Santa Cruz, las caravanas celebraban entrada la noche el inicio de un nuevo ciclo político. “Bolivia vuelve a abrirse al mundo”, repitió Paz Pereira. Esta vez, el mensaje de cambio fue más fuerte que la resignación.

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Gas en Sudamérica: Vaca Muerta desplaza a Bolivia y proyecta a la Argentina como nuevo proveedor clave

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La aceleración histórica en la extracción de shale gas en Neuquén convirtió a la Argentina en un potencial proveedor regional, mientras Bolivia enfrenta una caída estructural en su capacidad productiva. La transformación abre una nueva etapa en la geopolítica energética sudamericana.

La cuenca neuquina de Vaca Muerta registró en los últimos meses una producción diaria de 90,96 millones de metros cúbicos de gas natural, cifra que triplica el total producido en Bolivia, que apenas alcanzó 24,33 millones de metros cúbicos por día, según los últimos reportes oficiales.

El contraste con el pasado es contundente: en 2014, Bolivia producía 60,3 millones de m³/día, mientras que Vaca Muerta apenas aportaba 600.000 m³ diarios. Para 2022, ambos países ya mostraban un punto de cruce: 36,6 millones en Neuquén contra 42,1 millones en el país andino.

La diferencia actual consolida un cambio estructural: durante casi dos décadas, la Argentina dependió de las exportaciones bolivianas para sostener su abastecimiento interno. Hoy, la balanza se inclina en sentido inverso, con un potencial exportador argentino y un déficit creciente en la matriz boliviana.

La falta de exploración en Bolivia

Según el análisis del exministro de Hidrocarburos de Bolivia y socio de Gas Energy Latam, Álvaro Ríos Roca, el declive boliviano responde a la escasa exploración y a la ausencia de nuevas reservas.

“El país enfrenta una caída constante de alrededor de 4 millones de metros cúbicos diarios por año. La exploración en Bolivia ha sido mínima y los pocos esfuerzos de YPFB no lograron reponer reservas”, explicó el especialista.

Ríos anticipó que Bolivia cerrará este año con 26 millones de m³ diarios, apenas suficiente para cubrir la mitad de su demanda interna. Y advirtió: “En 2028 Bolivia va a necesitar importar gas porque se cruza con la oferta. Habrá que gestionar abastecimiento desde Argentina, ya que la exploración tarda en dar resultados”.

El escenario configura un giro histórico: el país que fue proveedor estratégico de la región se aproxima a transformarse en importador neto de gas.

Oportunidad regional para Argentina: exportaciones y logística

El impacto de Vaca Muerta ya se traduce en operaciones concretas. A comienzos de 2025, Argentina realizó sus primeras exportaciones de gas hacia Brasil utilizando las redes gasíferas de Bolivia.

Para consolidar ese proceso, la clave será la infraestructura: en particular, la ampliación del Gasoducto Norte operado por TGN (Transportadora Gas del Norte), que permitirá conectar el flujo neuquino con los mercados de Bolivia y Brasil.

Ríos remarcó que “Argentina debe hacer competitivo el transporte por Bolivia para asegurar su inserción regional. Si no se logra eficiencia logística, el gas argentino perderá atractivo frente a otros proveedores”.

Récords históricos en la producción argentina

La Secretaría de Energía de la Nación informó que en julio 2025 la producción nacional de petróleo alcanzó 811.200 barriles diarios, el nivel más alto desde 1999. El crecimiento interanual fue de 18,5% en petróleo y de 5,7% en gas natural, con un promedio nacional de 160,6 millones de m³/día, valores no registrados desde el año 2000.

Dentro de ese total, Vaca Muerta concentra el 57,7% del petróleo nacional y se consolida como la segunda mayor reserva mundial de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional.

Tan solo en junio, la producción nacional se incrementó 22,5% interanual, alcanzando 448.000 barriles diarios de petróleo, un salto que consolida la posición de la cuenca neuquina como motor del autoabastecimiento y la proyección exportadora.

Argentina como hub energético regional

La nueva correlación de fuerzas abre escenarios de fuerte impacto geopolítico y económico:

  • Argentina se posiciona como proveedor alternativo de gas para Brasil, Chile y eventualmente Bolivia.
  • Bolivia, sin nuevas reservas, corre riesgo de perder su rol estratégico en la integración energética del Cono Sur.
  • El desafío argentino será acelerar las inversiones en transporte y garantizar reglas estables para atraer capitales que permitan consolidar la capacidad exportadora.

En este marco, la producción de Vaca Muerta no solo transforma la balanza energética argentina, sino que redefine la geopolítica sudamericana del gas, desplazando a Bolivia como actor dominante y otorgándole a la Argentina un rol central en la seguridad energética regional.

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El fin del socialismo boliviano: ¿libertad o estatismo renovado?

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Por Sergio López / Mises Institute – El 17 de agosto de 2025 marca el final de una era: por primera vez en dos décadas, el MAS (Movimiento al Socialismo) ha sido excluido de la segunda vuelta presidencial. El país ahora se dirige a una segunda vuelta el 19 de octubre entre Rodrigo Paz del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y Jorge “Tuto” Quiroga de la alianza Libertad y Democracia (Libre), después de una primera vuelta que castigó al socialismo estatista por la inflación, la escasez de combustible y el agotamiento del viejo modelo rentista y criminal.

Esto no es una percepción. Los resultados oficiales preliminares y la cobertura internacional unánime, con más del 90 por ciento de las boletas escrutadas, muestran que Paz lideró con poco más del 32 por ciento, Quiroga quedó en segundo lugar con el 27 por ciento, forzando una segunda vuelta y poniendo fin simbólicamente a la hegemonía de 20 años del MAS. El candidato oficial del MAS, Eduardo del Castillo, apenas obtuvo el 3,2 por ciento, Andrónico Rodríguez, considerado por muchos el sucesor de Evo Morales, obtuvo alrededor del 8 por ciento, y Samuel Doria Medina, vicepresidente de la Internacional Socialista, obtuvo aproximadamente el 20 por ciento.

Esta fue una ruptura histórica: el socialismo había gobernado durante los últimos 20 años. El propio Evo Morales, descalificado y escondido como prófugo, pidió a los votantes que emitieran votos nulos, tratando de apropiarse de un bloque de votos que no era el suyo. Pero incluso este voto no alcanzó el 20 por ciento. En otras palabras, incluso si todas las boletas nulas hubieran sido para Morales, aún no habría alcanzado el tercer lugar.

El MAS perdió no por un “golpe mediático”, sino por la realidad económica. Décadas de despilfarro, corrupción y crímenes contra los bolivianos comunes dejaron a los ciudadanos cansados de las políticas izquierdistas que trajeron una inflación de dos dígitos, un mercado paralelo del dólar y escasez de combustible. El castigo en las urnas y la deserción de su base sellaron una derrota histórica. Las crónicas del día de las elecciones fueron inequívocas: la era del MAS ha terminado; la segunda vuelta es Paz vs. Tuto.

Para el observador casual, esto puede sonar como un giro hacia el liberalismo. Sin embargo, debemos hacer una pausa para considerar quién está listo para ingresar al gobierno, ya que hay un largo camino entre derrotar al socialismo y abrazar la libertad. El régimen socialista criminal se ha derrumbado, y eso merece un aplauso. Pero la pregunta crucial sigue siendo: ¿qué viene después?

¿Qué proponen los finalistas?

Rodrigo Paz fue la gran sorpresa de la elección: un candidato que apenas alcanzaba el 5 por ciento en las encuestas hace apenas unos meses y que ahora emergía en primer lugar. Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, se le ha colocado de diversas maneras en el centro-izquierda o centro-derecha, aunque su discurso busca trascender las etiquetas. Su plan de gobierno, denominado “Agenda 50/50”, se presenta como una cruzada contra el “Estado tranca”, un aparato centralista al que culpa de la parálisis económica. Promete racionalizar el gasto con una regla de déficit cero para los gobiernos subnacionales, congelar nuevas contrataciones a nivel central y detener las empresas públicas que operan con pérdidas. También pide un régimen fiscal simplificado para las pequeñas empresas, reemplazando las licencias y permisos burocráticos con declaraciones juradas y liberalizando las exportaciones.

Además, propone ajustar los precios de los combustibles para reducir el déficit, unificar el tipo de cambio a través de un “Fondo de Estabilización Monetaria” financiado por la banca multilateral y la “regularización de activos”, y alentar a las pequeñas y medianas empresas a través de incentivos crediticios y fiscales. Su plan también menciona la lucha contra el contrabando, la formalización del empleo, el aumento progresivo de los salarios, la inversión sostenida en investigación y desarrollo, y la explotación de nuevos yacimientos estratégicos.

En su retórica, Paz complementa estas ideas con un guiño al sector informal, que estima en el 85 por ciento de la economía. Reconoce que la persecución fiscal y los enredos regulatorios han empujado a millones fuera de la legalidad, y dice que quiere una “formalidad barata” que reduzca los procedimientos y elimine las barreras en lugar de criminalizar a los pequeños productores. Lo ha resumido bajo el lema “Capitalismo para todos”: cerrar las aduanas corruptas, abaratar la entrada al sistema y ampliar las oportunidades para los comerciantes y trabajadores del transporte marginados. De esta manera busca distinguirse de Quiroga, enfatizando que no recurrirá al FMI sino que reordenará las finanzas internas reduciendo el peso del Estado y descentralizando las competencias.

Sin embargo, detrás de este discurso modernizador persisten contradicciones fundamentales. El núcleo de su plan sigue siendo estatista. El llamado “Fondo de Estabilización Monetaria” no es más que un nuevo disfraz para los controles de divisas. Unificar el tipo de cambio por decreto es una ilusión, trasladando las distorsiones del banco central a la deuda con los bancos multilaterales. La verdadera estabilidad solo puede provenir de la liberación del mercado de divisas y el fin de la expansión monetaria. Del mismo modo, su política de subsidios al combustible evita el único remedio real: la liberalización inmediata de los precios y un fuerte recorte del gasto que sangra miles de millones. Habla de gradualismo, cuando lo que se necesita es cirugía de mercado. Sus propuestas de inversión estatal en salud, deporte o innovación no son una ruptura con el modelo MAS sino su continuación con ropaje tecnocrático: cada hospital estatal es presa de la corrupción, cada incentivo fiscal “selectivo” es un privilegio arbitrario y cada programa de innovación se convierte en un desperdicio improductivo.

En resumen, Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, más descentralizado y quizás menos grotescamente corrupto que el del MAS, pero no un Estado más pequeño. No propone privatización, liberalización inmediata de precios o recortes drásticos del gasto. Su única mención de la inflación es una vaga promesa de “restablecer los equilibrios macroeconómicos para detener el deterioro del poder adquisitivo de la moneda”. Su “Agenda 50/50” contiene tímidos pasos hacia condiciones más libres (liberalización de las exportaciones, recortes a las empresas públicas deficitarias, impuestos simplificados), pero su núcleo sigue siendo estatista. En el mejor de los casos, su victoria significaría un alivio parcial del desastre socialista; en el peor, otro ciclo de vagas promesas que posponen las reformas estructurales que Bolivia necesita con urgencia.

Jorge “Tuto” Quiroga

Jorge “Tuto” Quiroga, expresidente de Bolivia y candidato de la alianza Libre, se presenta como el rostro de la “seriedad económica” contra el caos del MAS. Su programa comienza reconociendo una triple crisis (balanza de pagos, déficit fiscal y colapso energético) y pide un giro hacia la disciplina con apoyo externo. Propone un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por entre dos y cuatro mil millones de dólares, junto con la reestructuración de la deuda y la renovación de los desembolsos internacionales. Su objetivo declarado es reducir el déficit al 3 por ciento del PIB sin recurrir al banco central, restaurando su independencia y prohibiéndole financiar el Tesoro, una ruptura brusca con la práctica socialista.

Sobre la política cambiaria, Quiroga pide un sistema “Bolsín”: un tipo de cambio único, real y flexible establecido por la oferta y la demanda en lugar de la manipulación del banco central. Esto significaría dejar que el boliviano encuentre su verdadero valor, hoy apuntalado por reservas que ya no existen, y liberalizar el mercado de divisas, poniendo fin a la persecución de los ciudadanos que compran dólares en el mercado paralelo. En un contexto de inflación reprimida, estas medidas podrían restablecer cierta confianza monetaria.

Otro eje central es la reforma energética. Quiroga reconoce el colapso del modelo gasista y propone atraer inversión privada en hidrocarburos a través de contratos de servicios y estabilidad jurídica. También promete desmantelar gradualmente los subsidios a la importación de combustibles, reemplazándolos con un esquema de “propiedad popular” y bonos de compensación temporales. En electricidad y telecomunicaciones, propone privatizaciones parciales de ENDE y ENTEL bajo esquemas mixtos, manteniendo la participación estatal. Además, aboga por la renegociación de la deuda y nuevas líneas de crédito para la infraestructura y la transición energética.

En el lado positivo, reconocer que el banco central no debe financiar al gobierno y liberalizar el tipo de cambio son rupturas saludables con el socialismo. La apertura de los hidrocarburos al capital privado podría reactivar la inversión y detener la disminución de la producción. Sin embargo, su disciplina fiscal se basa en la deuda externa, no en recortes reales del gasto, simplemente cambiando los impuestos inflacionarios por impuestos futuros. Vivir perpetuamente con deudas es el equivalente a vivir con una tarjeta de crédito. El acuerdo con el FMI proporcionaría liquidez temporal a costa de nuevos impuestos y regulaciones, el clásico paquete tecnocrático que pospone reformas profundas. Lo mismo ocurre con los subsidios: al desmantelarlos solo gradualmente y con bonos compensatorios, corre el riesgo de perpetuar tanto los subsidios como los nuevos gastos.

Su plan de “propiedad popular” es otra contradicción. Comercializado como inclusivo, no es más que un eufemismo para mantener a las empresas estatales bajo control político, distribuyendo acciones simbólicas que no confieren poder de decisión ni propiedad genuina. El ciudadano recibe un pedazo de papel, pero el burócrata mantiene el control. Es la lógica paternalista del socialismo, reempaquetada para crear la ilusión de propiedad privada.

En resumen, Quiroga ofrece un programa macroeconómico más coherente que Paz, pero sigue atrapado en la idea de un Estado fuerte que administre la transición. Su discurso es conservador y keynesiano, atascado en un fracaso gradual. No liberalizará inmediatamente los precios del combustible ni desmantelará la red de controles que estrangulan a los empresarios. En el mejor de los casos, Bolivia obtendría un respiro temporal y una gestión más seria, en el peor, otro ciclo de deuda, subsidios disfrazados y estatismo reformista.

El fin del mito

Bolivia no ha “girado a la derecha”. Ha vuelto al sentido común. Quince años de controles de precios, empresas estatales “estratégicas” y un banco central al servicio del Tesoro terminaron como siempre: con filas, mercados negros y desindustrialización bajo tipos de cambio ficticios. Las elecciones lo dejaron claro: cuando la realidad se vuelve innegociable, la narrativa se derrumba. El 19 de octubre decidirá qué tan rápido Bolivia escapa del pantano.

Con Paz, un reordenamiento administrativo que contiene el daño pero ignora la inflación galopante. Con Quiroga, una corrección monetaria y cambiaria más aguda, pero con la tentación de la deuda y el fuerte estatismo.

El socialismo ha terminado; estatismo, tal vez no. Si Bolivia realmente quiere liberalismo, debe liberalizar los precios, vender empresas estatales y devolver dinero al mercado. La mitad del camino conduce inevitablemente de vuelta al socialismo.

El 17 de agosto, la tumba del MAS fue sellada en Bolivia. Dos décadas de despilfarro, persecución y mentiras colapsaron en una implosión electoral que alguna vez pareció imposible. El MAS pasó de la hegemonía absoluta a una fuerza marginal, y Evo Morales quedó reducido a un fantasma que no puede revivir su proyecto criminal ni siquiera con votos nulos. Esa derrota debe celebrarse.

Pero la muerte del socialismo no significa que Bolivia sea libre. La segunda vuelta de octubre no es libertad versus estatismo, sino dos variantes de la misma enfermedad. Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, pero igual de grande, con subsidios disfrazados y dirigismo tecnocrático. Tuto Quiroga promete disciplina y apertura parcial, pero bajo la tutela del FMI, subsidios “graduales” y empresas estatales renombradas. Ninguno se atreve a decir lo que la realidad exige.

La lección es clara: sin precios libres, no hay cálculo económico; sin propiedad privada, no hay inversión sostenible; Sin límites al poder político, no hay verdadera prosperidad. Ni Paz ni Quiroga cuestionan estos fundamentos. Ambos buscan gestionar mejor un aparato fallido que debería ser desmantelado.

La caída del socialismo abre una oportunidad histórica, pero solo si entendemos que la verdadera alternativa no es un nuevo gestor de un proyecto fallido, sino su desmantelamiento. Bolivia debe devolver a su pueblo la libertad de producir e intercambiar sin permisos ni privilegios. Esa es la única transición real: del control a la libertad.

Vale la pena enfatizar que este análisis se basa en propuestas formales y en el discurso de las primeras campañas. En el camino hacia la segunda vuelta, es probable que ambos candidatos adapten sus mensajes, cambien las prioridades o negocien alianzas que remodelen sus programas. Sin embargo, más allá de los cambios tácticos, la pregunta más profunda sigue siendo: ¿Bolivia permanecerá atrapada en un estado omnipresente o finalmente abrirá espacio para la verdadera libertad económica?

El socialismo está muerto. El estatismo sigue vivo. Y esa es la batalla que aún queda por librar.

Sergio López licenciado en Economía en la Universidad de Arkansas. Actualmente es becario residente del Instituto Mises 

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