CESO

Desde el CESO plantean inconsistencias en el acuerdo con el FMI y anticipan que habrá que renegociar

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El gobierno presentó al Congreso el acuerdo con el FMI para el acceso a un crédito de facilidades extendidas con que cubrir los vencimientos del stand-by tomado por Mauricio Macri.

El acceso al crédito está condicionado a una serie de metas de política económica concentradas en el resultado fiscal primario, la emisión monetaria y la acumulación de reservas.

Junto a ellas, una serie de recomendaciones de política económica financiera y cambiaria, de tarifas de servicios públicos y de revalúo inmobiliario. También acompaña el acuerdo el compromiso de “evitar impuestos a las transacciones financieras”, no “intensificar restricciones cambiarias”, ni “introducir o modificar Prácticas de Múltiples Monedas”, tampoco “intensificar restricciones a la importación por razones de balanza de pagos”, estudiar posibles reformas para ampliar voluntariamente la edad de jubilación, analizar modificaciones en la política social y la legislación penal cambiaria, entre otras.

En el presente informe los economistas del CESO analizan los principales puntos del acuerdo, especialmente el cronograma del financiamiento, la viabilidad de las metas exigidas y la sostenibilidad de la deuda en el largo plazo.

El informe completo a continuación:

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¿Aprobaremos el primer examen con el FMI?

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El ultimo informe del Centro de Estudios Sociales y Económicos Scalabrini Ortiz (CESO) hace foco en el acuerdo con el FMI y la letra chica al finalizar el mes de febrero

El gobierno y el FMI definen los detalles del acuerdo para acceder a un crédito de facilidades extendidas que permita pagar el stand-by otorgado a la gestión Macri en 2018. Una vez definida la “letra chica”, el acuerdo deberá pasar por el Congreso donde deberá sortear el primer escollo. Los legisladores del ala izquierda del FTD anticiparon su rechazo a un acuerdo que no resuelve el problema estructural de la deuda, ni tampoco aleja la incertidumbre asociada a un default con el organismo.

A mediano plazo, la reestructuración lograda de la deuda privada junto a un acuerdo de facilidades extendidas de 10 años con el FMI, implican vencimientos por arriba de los USD 15.000 millones anuales entre 2026 y 2032, hecho que hace prever futuras reestructuraciones. En el corto plazo, y tal como mencionamos en el informe de enero “Acordar o no acordar: esa es la cuestión”, el acuerdo implica una altísima incertidumbre económica para los próximos dos años de la gestión del Frente de Todxs en que deberá aprobar 8 revisiones trimestrales para recibir los fondos que le eviten caer en cesación de pagos.

La aprobación del directorio del Fondo, que vendrá a continuación del paso por el Congreso, funcionará como una especie de primera revisión. En la propuesta de memorándum que el Fondo le hizo al gobierno, sobre la cual se hará (o se hizo ya) una contrapropuesta, están definidas “acciones previas” a la firma del acuerdo que deberán estar realizadas antes de marzo. Para pasar ese exámen se vienen aplicando cambios en la política de tasas del BCRA pero todavía no hay avances concretos en la cuestión tarifaria que requiere otro nivel de consenso interno antes de aplicarse.

La tensión entre un incremento de tarifas que permita reducir los subsidios y mejorar las cuentas públicas como exige el FMI, pero a costa de un deterioro del poder adquisitivo de la población y el derrumbe de la bandera contra los “tarifazos” que enarboló el ahora oficialismo cuando era oposición, ya había sido anticipada por el CESO. En su informe de noviembre de 2020 “¿Ceder al programa del FMI o mantener las bases del Frente de Todos?”, señalamos que el Ejecutivo iba a afrontar la disyuntiva entre adoptar un programa con el FMI o fortalecer su esquema político en la base electoral que aporta el sector principal dentro del Frente de Todos.

En términos discursivos, el ejecutivo busca transitar esa contradicción señalando al acuerdo como la alternativa menos mala ante una herencia de endeudamiento impagable. Bajo ese prisma, la negociación de Guzmán habría transitado exitosamente por la cornisa entre una cesación de pagos con el organismo (presentada como una alternativa caótica) y las exigencias de reformas estructurales y fuertes ajustes del ala conservadora del fondo. Pero, si bien lo anunciado hasta ahora no tiene los condimentos tradicionales y más duros de los programas de ajuste, tampoco alcanza para aliviar la incertidumbre del default. Al respecto, un futuro incumplimiento de las metas podría empujar al ejecutivo a tomar alguna de las alternativas hoy demonizadas. La aprobación de los waivers suele ir acompañada de un endurecimiento de las exigencias del organismo. La no aceptación de dichas exigencias frenaría los desembolsos, derivando en una cesación de pagos.

En términos político-electorales, las encuestas dan cuenta que aún persiste el desconocimiento o desinterés en la población sobre la responsabilidad del endeudamiento. En su anuncio del 28 de enero, el presidente Alberto Fernández contribuyó a la causa al no mencionar al gobierno anterior. Así las cosas, oficialismo y oposición difícilmente pueda desligarse del costo político que implica el actual acuerdo con el FMI, que calaría en un desencanto de la población con las principales ofertas políticas del país. El posicionamiento del ala K del FdT respecto al acuerdo, hay que leerlo en esa clave.

El optimismo de las metas

En un informe especial reciente analizamos las chances de cumplir el acuerdo en función de las metas anunciadas formalmente, que es lo poco que con certeza está establecido hasta el momento. También hay que tomarlo con pinzas porque firmado en un papel, no hay nada. El cumplimiento de la meta fiscal requiere de un sostenido aumento de la recaudación para lo que deberá crecer la actividad económica y, con ello, la demanda de dólares para importaciones. El ministro Guzmán le pone muchas fichas a que esos dólares los aporten otros organismos (CAF, BID, Banco Mundial) porque no hay ningún patriota que esté dispuesto a traerse USD 6.000 millones para compensar las mayores importaciones que implica un crecimiento de 3% este año 1.

El miércoles 22, Economía le dio mucha visibilidad a una reunión entre Guzmán y el presidente del Banco Mundial con un anuncio de financiamiento por USD 2.000 millones. Pero con los vencimientos de USD 1.200 con el mismo organismo, el financiamiento neto es de apenas USD 800 millones. Todavía faltan aportes de dólares más significativos si se quiere cumplir lo anunciado en la conferencia de prensa. A simple vista, como nos sucede hace una década, no aparece ninguna fuente de dólares que permita ser optimista con el crecimiento en el corto plazo, más allá del alza coyuntural de las materias primas exacerbada por el conflicto en Ucrania.

La explotación de recursos primarios (minería, offshore) se topó con resistencia social y un algo de oportunismo político, como el del intendente de General Pueyrredón. La expectativa del hidrógeno verde no es hasta ahora más que una declaración de intenciones sujeta a muchos “si”. A esto se suma que el escenario internacional (precios, tasa de interés de EE.UU, crecimiento de los socios comerciales) y el clima en la pampa húmeda tienen que acompañar. Si alguna de esas variables que el gobierno no controla se vuelve en contra, las chances de cumplir las metas fiscales y de reservas se diluyen.

Tampoco está claro que el gobierno vaya a poder contener los incrementos de costos de la energía producto del déficit hídrico histórico, la menor disponibilidad de gas desde Bolivia y el aumento en el precio del GNL, gasoil y fueloil para la generación eléctrica. No se logra mitigar el impacto de costos manteniendo las tarifas actuales y actualizándolas un 50% al ritmo de la inflación, menos aún aplicando una baja en las tarifas residenciales como la que anunció el gobierno la última semana. Los incrementos en el gas de red residencial alcanzarán un 20% e incluso habrá reducciones nominales del 28% en grandes zonas del país por la ampliación de la zona fría. En electricidad, los aumentos residenciales formalizados implican aumentos del 20% en el AMBA y del 7 % en Córdoba. Falta definir el alcance de la quita de subsidios que alcanzaría al 10% de mayores ingresos. La quita de subsidios implicaría aumentos adicionales del 300% en AMBA y del 70% en Córdoba y equivaldría a un aumento promedio en la tarifa del 74% en todo el año.

Por el lado de las metas financieras, el camino no está mucho más allanado. En 2023, sin el comodín de los otros organismos de crédito, no sólo hay dudas sobre de dónde saldrán los dólares para sostener el crecimiento. Tampoco está garantizado que el mercado financiero local tenga un volumen suficiente para financiar las necesidad del gobierno que se comprometió a recurrir mínimamente al BCRA. Como detallamos en el informe, si el mercado no alcanza a cubrir las necesidades financieras y el gobierno no puede recurrir al Banco Central por la meta comprometida (1% del PBI este año y 0,6% el año que viene), la meta de emisión podría terminar exigiendo una mayor reducción del déficit fiscal.

En el mejor de los casos, se podrán esquivar los waivers – una especie de “pedidos de disculpas” por el incumplimiento de las metas – durante 2022, pero es muy difícil que se evite en 2023. Cuando el directorio del Fondo tenga que dar el veredicto sobre el cumplimiento de las metas, se revivirá la incertidumbre que hubo en la previa al vencimiento del 28 de enero y que viene siendo una constante del escenario económico desde 2018. Estados Unidos (potencia que hegemoniza el FMI) mantendrá el dedo en el gatillo los próximos dos años y medio que duren las revisiones. Ante un incumplimiento, sólo quedará la chance de apostar a la benevolencia del Fondo. Al respecto, es más seguro comprar criptomonedas de un esquema ponzi con las reservas del BCRA que apostar a la benevolencia del Fondo Monetario.

El acuerdo con el FMI en la geopolítica global

Sobre este escenario coyuntural aparecen las cuestiones estructurales de relaciones entre los países centrales y los periféricos. Los países que dominan el FMI, con Estados Unidos a la cabeza, se garantizan la intervención en dos áreas clave de la mano de los “créditos” para países dependientes.

En el caso de Ucrania, este año los vencimientos ascienden a USD 2.358 millones y con esa presión también alinean el posicionamiento del país en el conflicto con Rusia. En el caso de Argentina, los vencimientos con el FMI son ocho veces mayores a los de Ucrania. Con eso, hay suficiente poder para alinear no sólo a nuestro país sino también condicionar al resto de los gobiernos de la región para que no cuenten con la Argentina en el armado de ningún frente continental de centro izquierda que podría concretarse con Lula en Brasil, Lasso en Ecuador, Lopez Obrador en México, Petro en Colombia y Boric en Chile. Este año se ponen en juego las presidencias de Colombia y Brasil, dos países con los que Estados Unidos ha tenido una relación muy cercana en las últimas décadas.


1 Históricamente, las importaciones crecen un 3% cuando el PBI crece 1%. Si el crecimiento es de 3%, las
importaciones crecerían 9%, aproximadamente unos USD 6.000 M.

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¿Hay chances de cumplir las metas con el FMI?

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Un análisis del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO) sobre el ¿acuerdo? con el Fondo y el trilema monetario hace foco en las metas fiscales y monetarias. Según esta mirada hay dos respuestas distintas. Por un lado, el gobierno puede elegir achicar más el déficit y acomodarlo al financiamiento que consiga. Eso implicaría sobrecumplir la meta fiscal acordada. La otra posibilidad es incumplir lo acordado, manteniendo el déficit primario pero recurriendo más al BCRA que lo autorizado. En ese caso, debería solicitar un waiver que dejará en manos del Fondo decidir si acepta o no el incumplimiento de la meta financiera.

● Los anuncios centrales hechos hasta ahora involucran las metas fiscales y monetarias. Las analizamos en detalle.

● Todavía no hay un acuerdo definitivo con el Fondo. Falta establecer cómo se van a alcanzar esas metas, cuáles van a ser las medidas exigidas (prior actions y structural benchmarks).

● El gran ausente de los anuncios fue el frente cambiario ¿Habrá instrumentos para intervenir sobre la brecha cambiaria o quedará liberada al mercado?

● El comodín clave para 2022 es el financiamiento de otros organismos (BM, CAF, BID) por USD 5.000M. Esto da los dólares necesarios para crecer en 2022. En 2023, sin comodín, tienen que crecer fuerte las exportaciones o no habrá dólares suficientes para seguir creciendo.

● La autoexigencia es más fuerte en la meta monetaria. Este año tiene que conseguir endeudamiento extra por 2,2% del PBI ($1.500.000 M). Los bancos pueden pasar entre $300.000 y $400.000 M de Pases y LELIQs al Tesoro. En 2023, tiene que conseguir 3,1% de financiamiento en el escuálido mercado local.

● La meta financiera abre dos posibilidades: Se achica el déficit hasta lo que se pueda financiar en el mercado (muy limitado por factores  institucionales, aversión al riesgo y la menor liquidez propia de un menor déficit fiscal) ó se incumple lo acordado y se solicita un waiver.

El informe:

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Consenso económico entre Oficialismo y oposición

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El informe mensual del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO) hace foco en los acuerdos y consensos necesarios para sacar al país del estancamiento económico.

Es recurrente escuchar reclamos sobre la necesidad de que distintas corrientes políticas lleguen a acuerdos y consensos para sacar a la Argentina del estancamiento de la última década. Sin embargo, aunque los distintos espacios políticos prefieran resaltar sus diferencias, consideramos que es posible definir un consenso entre las principales fuerzas políticas (Frente de Todos y Juntos por el Cambio) que incluye también al Fondo Monetario Internacional en algunos puntos clave. Ese consenso se puede resumir en cinco puntos:
● Necesariamente hay que acordar con el FMI
● Ausencia de un programa antiinflacionario definido
● Búsqueda de equilibrio fiscal
● Ingreso de dólares por la explotación de recursos naturales
● Necesidad de controles cambiarios

En este informe, nos detenemos a analizar los flancos abiertos que deja cada punto y las razones por las cuales puede llegar a fracasar este consenso. Lo delicado de un programa fallido con estas características es que no afecta sólo a una de las fuerzas políticas sino que involucra a toda la dirigencia protagonista desde la post convertibilidad. Ese escenario intensifica el desencanto de la población con la “política” facilitando la expansión de versiones extremas por derecha y por izquierda, en el caso de que el Frente de Todos no pueda dar respuesta a la crisis iniciada por Juntos por el Cambio.

La principal discusión de las fuerzas políticas en torno al acuerdo con el Fondo no es la necesidad de un acuerdo – que ambos consideran indispensable- sino quién paga los costos políticos de ese eventual acuerdo. Respecto a la inflación, después de los fallidos experimentos monetaristas y los acuerdos de precios heterodoxos de bajo impacto, los programas antiinflacionarios que corten la inercia del 50% siguen pendientes. En ese sentido, el consenso es la imposibilidad de aplicar un programa de estabilización y enfrentar los costos si no funciona. El equilibrio fiscal, a distintas velocidades, apunta a ser un objetivo en común de oficialismo y oposición, que se resume en el planteo de Guzmán respecto a que el superávit fiscal “no es de izquierda ni de derecha”. El rol de conseguir dólares para desplazar la restricción externa queda reducido, para ambas fuerzas, a la expansión del sector primario (agropecuario, hidrocarburífero y minero). Los controles cambiarios, aunque son criticados por los efectos nocivos de la brecha cambiaria por estos mismos sectores, son una restricción que nadie se anima ya a levantar de un día para el otro, como hicieron Macri, Sturzenegger y Prat Gay en 2015. Estos, sintéticamente, son los puntos de un consenso entre los dos grandes polos que hoy organizan la oferta política argentina.

Consenso 1: De la mano con el Fondo

Llevar el acuerdo con el FMI al Congreso le permite al gobierno diluir parte de las responsabilidades y los costos que estén asociados al programa acordado. Sin embargo, cuando toque hacer el balance electoral dentro de dos años no va a poder desentenderse de los resultados prácticos del acuerdo sobre la economía, ni descargar los costos de un plan fallido con el FMI en la oposición.

Hoy en día, ni el gobierno ni las consultoras ortodoxas plantean que el acuerdo vaya a traducirse en una buena noticia para la economía argentina. El principal argumento para cerrar el acuerdo es que la alternativa es peor, pero nadie se anima a plantear que un acuerdo con el Fondo puede ser positivo por sí mismo. Por eso, la discusión pasa a ser sobre quién paga el costo político.

Desde el año pasado, hemos insistido en que los acuerdos por la deuda no se traducen en una mejora en la actividad de la actividad económica traccionada por las expectativas y el ingreso de inversión extranjera directa (ver el informe de Marzo 2020). Ese era un canto de sirenas que esgrimía Macri al acordar con los fondos buitres ni bien asumió. La necesidad de pactar con el FMI para estabilizar las expectativas del mercado en 2018, fue también el fallido argumento que utilizó para firmar el histórico préstamo por más de USD 50.000 millones. Sin embargo, el resultado de ambos acuerdos fue un fiasco.

Aceptar las condiciones que imponían los fondos buitres sólo sirvió para relanzar un ciclo especulativo insustentable de corto plazo. El pacto con el FMI, lejos de evitar el derrumbe de ese ciclo, lo potenció, dejando a su paso la pesada herencia de las presiones del organismo internacional.

El establishment volvió al consenso de no “caernos del mundo” para llevar al gobierno del FdT a negociar rápidamente con el sector privado y con el FMI ni bien asumió. Incluso, parte del gobierno planteó que la reestructuración privada tendría ese efecto positivo. Sin embargo, la brecha cambiaria se agrandó y los títulos cayeron cerca de un 40% desde que empezaron a cotizar post reestructuración.

Luego de esa experiencia, ya se abandonó esa posición optimista de las reestructuraciones y sólo se plantean como el mal menor. A contramano de aquel consenso, la última experiencia de expansión económica sostenida (2002-2011)
se produjo en un escenario de default y reestructuración incompleta de la deuda, que bloqueaba el financiamiento externo de la economía. Estar “aislados del mundo” no parece ser tan negativo como sugiere el Consenso 1, y un mal acuerdo con el FMI puede terminar siendo más perjudicial para la estabilidad de la economía (y ni que hablar para el fortalecimiento político del oficialismo), que la ausencia de acuerdo.

Consenso 2: Si no puedes derrotar a la inflación, únetele

La inflación tiró al tacho los programas heterodoxos y ortodoxos aplicados en los últimos años. Cada corriente eligió su “ancla” (el dólar y las tarifas para la heterodoxia, la base monetaria para la ortodoxia) y aún así no pudieron frenar la inercia inflacionaria. En el caso del FdT, el retraso tarifario y cambiario de este año no pudo bajar la inflación del 50%. Si vemos las alternativa que aplicó JxC en 2019, a pesar del experimento de congelar la base monetaria durante un año, rompió récords de inflación. Por eso, comparten la falta de brújula frente al problema inflacionario.

Respecto a las últimas medidas tomadas por la Secretaría de Comercio, en el informe de octubre analizamos en detalle el impacto que tienen los acuerdos de precios sectoriales. Nuestro diagnóstico es que el efecto que tienen es el de contrarrestar las aceleraciones bruscas de precios que se pueden dar en los mercados concentrados en un contexto inflacionario pero no inciden sobre el componente inercial de los precios.

En sus últimas declaraciones, el Ministro Guzmán parece sugerir la necesidad de un acuerdo integral que involucre al sector empresario. Algo similar se esbozó a principios de 2021 pero sólo se consiguió el fuerte compromiso del sector sindical. Ya avanzado el 2021, no era realista plantear algo de esas características porque en el contexto electoral no se puede sacar compromisos fuertes del sector privado y el gobierno no quiere mostrarse débil en una negociación mientras va a las urnas. El 2022 puede llegar a ser el año en el que se avance en algún acuerdo de congelamiento más integral, las condiciones están dadas aunque tampoco está claro que el gobierno tenga voluntad de ir por ese camino, ni que las negociaciones se encaminen hacia un programa que ataque de frente los componentes inerciales de la inflación. Al respecto, en esta propuesta detallamos la secuencia de política que se puede seguir para reducir la inflación inercial.

Consenso 3: El superávitfiscal no es de izquierda ni de derecha

Plantear que el superávit fiscal es un objetivo de la derecha o del FMI no es novedad. Que el gobierno peronista lo ponga como un objetivo en el corto o mediano plazo, sí lo es. Incluso, a principios de 2021, el equipo económico actual planteó que la inflación se reduciría por las señales de reducción del déficit que se daban desde el gobierno. Luego de que se sobrecumplieran esos objetivos, la inflación se movió en el sentido opuesto y ese libreto se dejó de lado. Hoy, desde lo discursivo, no se presenta al equilibrio fiscal como un instrumento para moderar la inflación sino que se hace énfasis en su componente multicausal, destacando el rol de los acuerdos de precios.

En una economía que reparte muy desigualmente los ingresos del crecimiento económico, la inyección de recursos fiscales puede terminar siendo una fuente de presión sobre la brecha cambiaria. Dicho de otra forma: lo que el Estado gasta, el privado lo gana y termina en pocos bolsillos que prefieren dolarizarse. En el caso de las tarifas de energía es evidente. El subsidio que va a los hogares con capacidad de ahorro termina dejando disponibles los pesos que van a la dolarización. Por el contrario, un aumento de las tarifas disminuye el déficit fiscal y achica la capacidad de ahorro de las familias, reduciendo su demanda de dólares para atesoramiento.

En ese sentido, un menor déficit ayuda a la estabilidad de la brecha cambiaria aunque a costa de un menor excedente del sector privado. De modo similar, la recesión también suele reducir la demanda de dólares tanto por el menor excedente a dolarizar como por las menores importaciones. Recientemente fueron las devaluaciones las que generaron el equilibrio en las cuentas fiscales: dispararon la inflación y, con los gastos congelados en el corto plazo, el resultado fiscal mejoraba. Por su parte, la inflación acelerada por la mayor devaluación del peso, carcome los bolsillos de la población y tiende a deprimir la actividad económica, induciendo de esa manera una menor demanda de divisas.

Así las cosas, una fuerte suba de tarifas y del dólar pueden plantearse como una política de reducción de la demanda de dólares, por la vía de su impacto fiscal y sobre el poder de compra de la población. Pero esas impopulares medidas corren el riesgo de fracasar si, al acelerar la inflación y la incertidumbre cambiaria, terminan generando una mayor demanda de divisas para atesoramiento. Es decir, si el efecto sustitución en las carteras de los agentes, termina superando el efecto menores ingresos dolarizables.

Algunas voces dentro del FdT pueden disentir con el objetivo de achicar el déficit fiscal. Sin embargo, en esta visión, el déficit tiene un rol semejante al que tiene en las economías desarrolladas: un estímulo a la demanda agregada para impulsar el nivel de actividad. La limitación de este enfoque es que lleva rápidamente a chocarse con la restricción externa si no se eligen los sectores en los que se pretende incentivar la actividad económica. Como hemos venido sosteniendo desde el Plan Hornero, el impulso a los sectores tiene que ser más selectivo en función de la demanda de dólares que genere y, sobre todo, que esté vinculado a la solución de problemas sociales concretos. Por ejemplo, el consumo de bienes durables suele ser muy deficitario en términos de dólares y no da respuesta a los problemas de vivienda y medioambientales que afectan las condiciones de vida de la población.

Consenso 4:Ingreso de dólares por la explotación de recursos naturales

La escasez de dólares ha sido, de 2011 para acá, la gran restricción al crecimiento de la economía argentina. Las recurrentes crisis, disparadas por el desbalance del sector externo, estimularon el surgimiento de un sector dentro del pensamiento heterodoxo que se fue acercando a posiciones históricamente ortodoxas. Así, los neodesarrollistas que dominan gran parte del gabinete económico oficial, subordinan cualquier objetivo económico, político, social y ambiental, a la necesidad de generar dólares vía expansión de las exportaciones. Dada nuestra histórica inserción comercial, la expansión de las exportaciones descansa casi totalmente sobre actividades extractivas de escaso valor agregado.

En la búsqueda por evitar caer en los mismos problemas económicos de la última gestión de CFK, se lanzaron a promover proyectos de grandes inversiones orientadas principalmente a la explotación de recursos naturales. Si bien se presentaron otro tipo de proyectos para el desarrollo de la industria (como el caso de la promoción de la industria del cannabis y del cáñamo, o la ley de movilidad sustentable), la explotación minera aparece como el único sector con capacidad concreta de tentar a los capitales extranjeros para desarrollar una actividad con perfil exportador en el corto plazo.

Lo novedoso es que un núcleo de economistas heterodoxos haya hecho de la explotación de los recursos naturales su principal bandera y haya logrado hacerse conocer por fuera de los círculos académicos gracias a su posicionamiento sumamente agresivo ante las críticas que reciben este tipo de proyectos.

Según estas prioridades, el ambientalismo (“falopa”, como suelen agregarle en las redes como un aporte a la calidad del debate) sería una de las principales barreras que impide el desarrollo nacional por frustrar el ingreso de dólares.
Llamativamente, desde la tradición de la economía política, relegaron completamente la dimensión política del problema. El propio gobierno nacional se valió de las necesidades de un gobierno provincial muy debilitado (salió tercero en las últimas elecciones) que, sin dar mayores explicaciones, dio un giro de 180 grados respecto de su posición sobre la minería en la meseta chubutense. Aún considerando la posibilidad de que haya razones genuinas para abandonar uno de los slogans de campaña, estos cambios deben ser claramente expresados ante la sociedad y fundamentados con absoluta transparencia. De otro modo, modificar el escenario de votación de los proyectos creyendo que se esquiva la movilización popular, sólo contribuye a reforzar la imagen de una corporación política cooptada por el establishment económico. Se tiene que llevar a cabo un procedimiento impecable si se pretende que un gobierno que no cumplió los acuerdos paritarios a los dos meses de haberlo firmado – en marzo de 2018 comenzó a pagar los sueldos públicos en cuotas-, sea visto como una garantía para el cuidado del agua y el ambiente frente a las corporaciones internacionales.

Al llevar la discusión desde los papers sobre modelos de desarrollo hacia su aplicación concreta, se olvidaron un componente fundamental que es la persuasión del resto de los actores respecto de la viabilidad de esos proyectos. La miopía política, envuelta en economicismo, termina por llevar al gobierno nacional a una derrota, donde un estallido popular obliga al gobierno provincial a dar marcha atrás y derogar la ley de zonificación minera. A la hora de medir los resultados, no lograron avanzar con lo necesario para desarrollar la minería y dejaron a pagar un costo político al gobierno nacional en una provincia que se le hace cada vez más esquiva en términos electorales. Por eso el proyecto de desarrollo nacional debe trabajar económica y políticamente sobre las restricciones que enfrenta ponderando tanto la disponibilidad de dólares como las condiciones sociales y las demandas ambientales.

Esta lección es fundamental para otros proyectos que están pendientes como el Programa de Desarrollo Minero Argentino o la prospección de la cuenca hidrocarburífera offshore en la costa bonaerense. La generación de consensos para estos proyectos debe estar desde el inicio porque es una condición necesaria del desarrollo nacional que tenga el acompañamiento de la propia comunidad. Las alternativas más autoritarias o tecnocráticas impuestas por una élite dirigencial y académica no tienen chances de prosperar, y terminan frustrando tanto el desarrollo de los proyectos exportadores como el sostenimiento político del oficialismo.

Consenso 5: Sin controles cambiarios, la chocamos

Hoy por hoy, nadie se anima a avanzar ni proponer un programa de rápida liberalización cambiaria y financiera, en algunos casos más a fuerza de realidad que de convicción. Ni siquiera dentro de Juntos por el Cambio se arriesgan a sugerirle al gobierno que levante el cepo, tal como lo exigían en la campaña de 2015, dado que los controles actuales fueron impuestos por Mauricio Macri en sus últimos meses de gobierno.

Incluso, en el informe publicado por el FMI que analiza ex-post el resultado del programa financiero acordado en 2018, el organismo señala que estos controles deberían haberse aplicado mucho antes para evitar el la salida de capitales. Dentro de las “lecciones” señala: “El programa de Argentina podría haber sido más sólido si hubiera contado con medidas para administrar los flujos de capitales (CFMs)” (pág 66).

El Fondo convivió con restricciones a la compra de divisas en los casos de Islandia y Nigeria. Siempre incorpora la necesidad de salir de esos esquemas pero en el caso de Islandia llevó una década y, actualmente, con Nigeria hace observaciones sobre las decisiones discrecionales del gobierno al intervenir sobre la brecha cambiaria. En el caso de Argentina, el consenso dentro de los sectores de poder es su necesidad en el corto plazo y mucha cautela para levantar los controles cambiarios ante el riesgo de generar una espiral devaluatoria e inflacionaria como las vividas durante los 80.

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¿Vamos al Fondo a la derecha?

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EL último informe de Coyuntura del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO) hace foco en la negociación con el FMI.

El desempeño económico del año 2022 va a estar definido por la forma en la que se resuelva el conflicto con el Fondo Monetario Internacional. Superados los efectos más duros de la pandemia, este es el principal escollo que tiene la economía argentina hacia adelante. El gobierno busca crear un estrecho sendero entre dos grandes posibilidades dicotómicas en la negociación con el FMI. A grandes rasgos, existen dos alternativas.

En un camino, el acuerdo podría implicar un tradicional programa fiscal y cambiario del Fondo, ligeramente aliviado por la ausencia de reformas estructurales en el régimen laboral y de privatizaciones. Traducido en medidas, implicaría un ajuste del tipo de cambio más brusco, fuerte suba de tarifas y contracción del gasto público. El giro ortodoxo del oficialismo implicaría, con matices, la continuidad de una línea más o menos ortodoxa pero alineada con el organismo por parte de las dos grandes fuerzas políticas que, hasta la última elección, siguen organizando el sistema político: el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. En términos económicos, los efectos de estos programas son sabidos: pérdida del poder adquisitivo de los ingresos de las mayorías, con reducción de la demanda interna provocando la interrupción de la reactivación económica. En términos políticos, reduciría el caudal electoral del Frente de Todos de cara a 2023, mientras crece el descontento de la población con los “políticos” y aumenta el caudal electoral de las posiciones
extremas.

El otro camino es avanzar con lo que se tiene, al estilo del modelo Duhalde-Lavagna-Kirchner. Los primeros, más por fuerza y negativa del Fondo que por convicción propia, tuvieron que tomar las medidas que necesitaba la economía argentina para salir de la debacle sin la venia externa.

Kirchner comprendió que el resultado de la negociación con el Fondo dependía de la situación interna, y no al revés. De hecho, el Fondo firmó un acuerdo cuando su aporte ya resultaba prescindible y la economía argentina se recuperaba por sus propios medios. Fortalecer el empleo y los ingresos en la base social, en un esquema que no sea simplemente la posición heterodoxa ingenua de gastar, estimular la demanda y crecer hasta pegarse la frente con la brecha externa, sino hacerlo en los sectores que solucionan problemas sociales urgentes, generan mucho empleo y requieren pocos insumos importados. Elegir dónde y con quiénes crecer. La escasez de divisas pone un límite muy concreto a la política de reactivación tradicional que no puede desconocerse.

Mientras tanto, se espera el envío del programa plurianual al Congreso cuyo contenido es aún incierto. La inclusión de metas concretas en un contexto de tan elevada incertidumbre no aportará significativamente a despejar el horizonte y recrear la confianza. Metas asociadas al crecimiento, incremento de las exportaciones y reducción de la pobreza son expresiones de deseo que difícilmente se puedan criticar. Las medidas concretas para alcanzar esos objetivos desde la visión del gobierno no van a aparecer detalladas en esa ley sino que van por proyectos separados (ley de hidrocarburos, puente al empleo, hidrógeno y el propio presupuesto 2022).

Una definición clave en el acuerdo con el Fondo tampoco va a aparecer en el programa plurianual ¿Cuál será el esquema cambiario el año que viene? Cualquier esquema cambiario tiene que contar con el plus de la “sorpresa”, si es anticipado en un proyecto de ley puede debilitar su funcionamiento a menos que sea tan restrictivo como la convertibilidad. Luego de las elecciones, el Banco Central redujo significativamente su intervención en el mercado del dólar financiero (MEP y CCL) pero no puede quedarse sin instrumentos para intervenir en la brecha cambiaria. Si eso sucede, la única alternativa para cerrar la brecha sería la devaluación del tipo de cambio oficial mientras se desregula el mercado cambiario. El riesgo de dicha medida es que se espiralice la inflación generando una desestabilización económica y social.

¿Qué define el “programa plurianual”?

No se habían terminado de contar los votos de las elecciones generales y el presidente ya había salido a poner en el centro de la agenda lo que considera más importante en los próximos meses: el acuerdo con el Fondo. La planificación del contenido del mensaje, que fue grabado y transmitido mientras se reportaban los datos de los comicios, da la pauta de la centralidad que el propio Alberto Fernández le asigna a la negociación. En esa alocución, que planteó como el inicio de una nueva etapa del gobierno, se anunció el envío al Congreso de un “programa plurianual que contemplará los mejores entendimientos que nuestro gobierno haya alcanzado con el staff del FMI” y remarcó “el pleno aval de todo el Frente de Todos” con el que cuenta el proyecto de ley. En el mismo discurso, planteó un fuerte rechazo al ajuste fiscal como camino para reducir el déficit.

Una primera cuestión es sobre los “entendimientos” que estén plasmados en el proyecto de ley. Todavía no hay garantía de que se haya acordado todo el programa con el Fondo. Por lo tanto, es improbable que sea “el acuerdo” lo que se someta a consideración del Congreso. En este caso, el proyecto puede tener algunos puntos que le sirvan al ministro Guzmán para decir “hasta acá es el consenso, más de esto no se puede”. Esta forma de presionar sin que se note es algo arriesgado en la medida que no nuclea a la opinión pública crítica del Fondo atrás del gobierno. Si se busca imponer condiciones al organismo, la clave está en tomar medidas económicas que recompongan fuertemente la actividad, el empleo y los ingresos. A puertas cerradas, el Fondo es impermeable a la presión de la opinión pública que, aunque debilitada, sigue acompañando al gobierno en un porcentaje no despreciable.

Al día de hoy, son varias las incógnitas que persisten sobre el contenido “plan plurianual”. En lo político, puede significar una búsqueda por compartir los costos de un eventual programa que imponga austeridad en las cuentas fiscales. Para eso, la oposición le exigirá al gobierno un nivel de detalle respecto del programa que no está en condiciones de dar. Para que Juntos por el Cambio le dé un aval al acuerdo, por lo menos le va a pedir al gobierno que se comprometa a hacer el trabajo sucio que ellos consideran indispensable: que el Banco Central no asista para nada al Tesoro con el consiguiente ajuste fiscal, y algunas reformas liberales. Este combo puede ser todavía más duro que lo que pida el propio FMI.

En lo económico, el gobierno ya ha ido avanzando en algunos puntos que claramente están alineados con pedidos que típicamente hace el fondo. Por un lado, la doble indemnización y la prohibición de despidos ya no presionará sobre los “costos laborales”, el caballito de batalla del establishment para explicar la baja creación de empleo. La búsqueda de apoyo en sectores económicos y sociales como el empresariado y la CGT hace pensar que no se avanzará mucho más en las típicas “reformas estructurales” (laborales, privatizaciones y desregulaciones). El segundo cambio, y más sensible por su relevancia macroeconómica, se dio en lo relacionado a la brecha cambiaria. Desde la semana posterior a las elecciones, el BCRA ya no interviene como lo venía haciendo en el dólar MEP y CCL a través del bono AL30.

Un esquema cambiario por definirse

Recapitulemos la situación. A partir de los controles cambiarios, apareció la famosa “brecha” y, con la ingeniosidad característica que tenemos para los arbitrajes financieros, surgió el dólar MEP y contado con liqui a través de bonos y acciones (absolutamente legal, pero restringido para un sector algo sofisticado en el manejo de instrumentos financieros). Esta operatoria implica comprar algún bono o acción pero no buscando un rendimiento sino venderlo en otra moneda, para comprarlo en pesos y venderlo en dólares. Para el sector informal o no bancarizado, quedó el dólar blue que, con distinto volumen, siempre seguirá existiendo dado que hay una parte importante de nuestra economía que funciona al margen de las regulaciones fiscales. En resumen, hay tres mercados para el dólar: el oficial, el financiero y el informal. En el financiero es donde se dieron los cambios más importantes las últimas semanas.

El gobierno, a través del BCRA y otros organismos públicos, venía interviniendo en el precio del dólar MEP pero principalmente en el que se hacía con un bono en particular (AL30). Si se utilizaba este bono, se terminaba consiguiendo dólares a $180 la semana antes de las elecciones pero con un límite de USD 17.500 semanal. Un tope nada despreciable para un común de a pie pero para las empresas que vienen gozando las mieles de la reactivación con salarios retrasados, podía quedarse corto. Por eso, para no verse limitados en la cantidad que podían operar, se usaban otros bonos (por ejemplo, el GD30) pero ahí el tipo de cambio terminaba siendo de $215. Es decir, había una brecha dentro de la brecha. Para mantener controlado el dólar MEP por medio del AL30, el BCRA llegó a poner más de USD 2.000 millones a lo largo del año. Ni bien se contaron los votos, el BCRA dejó de poner los 50 a 100 millones de dólares que venía dejando en el dólar MEP e inmediatamente se fue arriba de los 200. No ocupó las tapas de diarios, no se habló de devaluación pero fue un cambio importante en la política cambiaria que está bastante en sintonía con lo que nos imaginamos le puede llegar a pedir el FMI a Alberto Fernández.

Si el escenario cambiario queda configurado como está actualmente, será un poroto anotado para los intereses del Fondo. Lo único que le preocupa a los acreedores externos es que el BCRA no pierda dólares en intervenciones, que compre todos los dólares que haga falta al precio que sea porque con esos dólares se va a tener que cancelar las deudas con los acreedores privados y, en algún momento, con el propio Fondo. Sin embargo, resulta muy riesgoso hacer caso a la tradicional recomendación de no intervenir en la brecha cambiaria.

Así como interviene en el dólar oficial a $100 y acumula reservas, el BCRA necesita tener algún esquema de intervención sobre la brecha cambiaria para ir reduciéndola y acercarla al valor del dólar oficial (a un nivel que sea funcional a diversos objetivos productivos, distributivos y financieros que no es necesariamente cero). El propio gobierno experimentó la importancia de intervenir en el dólar paralelo en la corrida de agosto y septiembre de 2020. Desde nuestra perspectiva, es el principal aspecto a prestarle atención en la política económica los próximos meses porque rara vez el ajuste no estuvo protagonizado por el tipo de cambio. El mero ajuste fiscal es el perro chiquito del meme frente a los ajustes que se aplican vía la política cambiaria.

Antecedentes del FMI y la brecha cambiaria: el caso Islandia

El caso de Islandia es relevante para tener en cuenta porque también tuvo que resolver un problema con la brecha cambiaria en el marco de un acuerdo con el FMI recientemente. El interés es mayor porque Julie Kozack, quien está al frente de la negociación con nuestro país, fue quien también estuvo a cargo de la misión del Fondo en Islandia durante ese acuerdo. En 2008, el país nórdico firmó un acuerdo stand by con el organismo y, a lo largo de casi 10 años, aplicó un esquema de subastas de divisas (en este caso, principalmente euros) para lograr que converjan el tipo de cambio oficial y el paralelo. El tipo de cambio paralelo era tan alto que resultó atractivo para inversores extranjeros que lo usaron para ingresar inversiones en la economía real. Con eso, pasaron el stock de moneda extranjera en mano de los residentes del 40% al 3,5% del PBI. Fue una forma de aceitar el ingreso y la salida de distintas posiciones de inversión hasta ir hacia un mercado de cambios único.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre la situación de nuestro país y la de Islandia hace algunos años. En el caso de Islandia, la presión en el tipo de cambio venía principalmente por fondos externos que habían quedado “atrapados” en un esquema de carry trade. Algo de eso pasó con los fondos PIMCO y Templeton, que ingresaron de la mano del entonces ministro Caputo y todavía tienen posiciones en nuestro país por un monto cercano a los USD 3.000 millones. Pero los fondos atrapados no son el principal problema de la Argentina. PIMCO y Templeton pueden terminar de irse y, así y todo, la presión por la dolarización local va a seguir presionando sobre la brecha. Las características estructurales de nuestra economía bimonetaria y con elevada informalidad, impide pensar que la brecha se resuelva cuando una serie de actores internacionales dolaricen sus tenencias en pesos y se despidan del país. Toda nuestra cúpula empresarial y sectores de elevados ingresos tiene dolarizado parte de su circuito financiero, hecho que se extiende hasta las capas trabajadoras con alguna capacidad de ahorro.

A fuerza de voluntad

El equipo económico tratará de presentar todo el pliego de reivindicaciones como el producto de decisiones concertadas con el propio establishment local. Sin embargo, sólo hay una forma de llevar adelante un programa bajo esa premisa y es estar todavía más a la derecha del Fondo, sobrecumplir todas sus expectativas a la manera que lo hizo el expresidente Macri y, a juzgar por sus recientes declaraciones, volvería a reincidir. Un programa 100% definido por la Argentina es algo que el Fondo no va a estar dispuesto conceder porque, en caso de hacerlo, traicionaría el mandato de veedor y supervisor que le asignan las potencias que lo financian y los acreedores privados que están a la espera de sus pagos en dólares.

Poner toda esa plata para apostar a la continuidad en el gobierno de un partido político afín al poder financiero externo (Cambiemos), para luego asumir sin chistar lo que proponga el peronismo ahora gobernante, suena más a un cuento infantil que a una posibilidad geopolítica (aún considerando el cambio de color político en el gobierno de EEUU). Si se quieren ganar grados de libertad en la negociación, será por la vía de reactivar la economía, generar puestos de trabajo y mejorar los ingresos de las mayorías, para ensanchar el caudal político del oficialismo de cara a las negociaciones con el fondo. Ahora, pasados ya 2 años de gobierno y con vencimientos en el corto plazo, el tiempo condiciona más todavía.

La gestión se ocupa de mostrar que no está todo perdido, que mantiene caudal político y apoyo social mientras que también hay actores de peso en el establishment local e internacional dispuestos a acompañar un proceso de negociaciones que termine en un acuerdo amigable con el Fondo. Pero es un juego delicado tratando de dar señales para un lado y acciones para el otro. Es un ejercicio confuso, que el gobierno viene practicando desde el primer día y todavía persiste pese a sus magros resultados.

El proclamado consenso interno respecto del “programa plurianual” también es una gran incógnita, especialmente su apoyo del ala “K”. Sin bien Cristina nunca se caracterizó por patear la mesa del sistema financiero internacional, sus dirigentes deben contener cotidianamente a una juventud que ingresó a la militancia con otras consignas y hoy ven cómo el atractivo está en opciones más radicalizadas por derecha o izquierda.

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