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En la era Milei se perdieron más de 250 mil puestos y cerraron 18 mil empresas

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En los primeros 20 meses de gestión de Javier Milei, el mercado laboral formal argentino sufrió una contracción sin precedentes recientes. Según un informe elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) a partir de datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT), entre noviembre de 2023 y julio de 2025 se destruyeron 253.728 puestos de trabajo registrados y cerraron 18.083 empresas empleadoras.
El deterioro del empleo formal y del tejido empresarial se acentuó desde principios de 2024, en paralelo al fuerte ajuste fiscal, la recesión y la caída de la actividad industrial y de la construcción.

Una economía que expulsa empleo formal

El estudio muestra que la cantidad total de trabajadores registrados en el sistema de riesgos del trabajo pasó de 9.857.173 en noviembre de 2023 a 9.603.445 en julio de 2025, lo que equivale a una caída del 2,57%, o 416 empleos formales menos por día durante el período analizado.
En la misma línea, el número de empleadores con personal a cargo descendió de 512.357 a 494.274, una contracción del 3,53% equivalente a casi 30 empresas menos por día.

El retroceso afecta tanto a grandes como a pequeñas compañías, aunque con impactos distintos. Casi el 99,6% de las empresas cerradas tenía menos de 500 trabajadores, confirmando el golpe al entramado pyme. Sin embargo, en términos de empleo, la mayor pérdida se concentró en grandes firmas, que explicaron el 65,6% de los puestos destruidos (166.538 empleos), frente al 34,3% correspondiente a empresas más pequeñas.

Por rama de actividad, la Construcción encabeza el derrumbe: perdió 83.803 puestos de trabajo, lo que representa una contracción del 17,6% respecto al inicio del período. Le siguen Administración pública, defensa y seguridad social, con una baja de 75.435 empleos, y Transporte y almacenamiento, que redujo su plantel en 55.259 trabajadores (-10,3%).
La Industria manufacturera también sufrió un recorte fuerte, con 49.738 empleos menos (-4,1%).
En cambio, sólo unos pocos sectores mostraron crecimiento: Educación (+6,4%), Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca (+5,5%) y Salud humana y servicios sociales (+1,7%).

A nivel empresarial, la tendencia replica ese mapa. El transporte fue el rubro más castigado, con 4.468 empleadores menos (-11,3%), seguido por los servicios inmobiliarios (-9,5%), la construcción (-8%), los servicios profesionales (-6,3%) y el comercio minorista y mayorista (-2,1%).

Un ajuste que afecta el tejido productivo

El informe de CEPA vincula la caída del empleo y el cierre de empresas con el deterioro de la demanda interna, la paralización de la obra pública y el impacto de las políticas de desregulación económica y ajuste del gasto. La retracción de la construcción pública y privada provocó una reacción en cadena sobre las industrias proveedoras, el transporte de cargas y los servicios profesionales asociados.
En paralelo, el retroceso del consumo interno y la suba de costos —particularmente tarifas y combustibles— afectaron el comercio minorista y los servicios.

Mientras los indicadores de inflación comenzaron a desacelerarse en el segundo semestre de 2025, la recuperación del empleo formal aún no aparece en el horizonte. “Los datos de la SRT son un reflejo fiel de la contracción del mercado laboral real, ya que miden relaciones laborales efectivas en unidades productivas. El retroceso simultáneo en trabajadores y empleadores muestra que la economía se achicó en su capacidad productiva y no sólo en sus salarios”, señala el documento.

Grandes empresas, despidos masivos

Otro hallazgo relevante del informe es que, aunque la cantidad de grandes empleadores (más de 500 trabajadores) cayó levemente —de 1.805 a 1.738—, las compañías de este tamaño fueron responsables de dos tercios de la pérdida total de empleo formal.
En términos porcentuales, las grandes empresas redujeron su plantilla un 3,48%, mientras las pequeñas y medianas lo hicieron un 1,72%.
Esto sugiere que los ajustes no se limitaron a los márgenes de las pymes, sino que también alcanzaron a corporaciones industriales, de servicios y logísticas de gran porte.

El escenario laboral revela un ajuste prolongado que no sólo impacta en la cantidad de puestos de trabajo, sino también en la estructura empresarial y en la capacidad productiva del país.
A la espera de una reactivación que todavía no se consolida, el mercado laboral formal argentino atraviesa uno de sus peores momentos desde la crisis de 2001.

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El FMI recorta su proyección de crecimiento para Argentina y advierte una desinflación más lenta

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El FMI recortó su proyección de crecimiento para Argentina en 2025 y 2026: anticipa menor expansión y desinflación más lenta

El organismo ajustó a la baja las previsiones de crecimiento, inflación y empleo. El nuevo escenario refleja un contexto global más restrictivo y desafíos internos en la consolidación fiscal y la estabilidad macroeconómica.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó nuevamente sus previsiones para la economía argentina y redujo las proyecciones de crecimiento para los próximos dos años. Según el informe Perspectivas de la Economía Mundial (World Economic Outlook, WEO) de octubre de 2025, el organismo espera ahora que el Producto Bruto Interno (PBI) del país crezca 4,5% en 2025 y 4,0% en 2026, un punto porcentual menos que las estimaciones publicadas en abril y ratificadas en julio.

La corrección a la baja se produce en un contexto de desaceleración global y condiciones financieras internacionales más restrictivas, que impactan especialmente en las economías emergentes. Para Argentina, el FMI atribuye la revisión a la moderación del consumo privado, al menor impulso fiscal y a la persistencia de tensiones inflacionarias, factores que reducen el ritmo esperado de recuperación tras la contracción de 2024 (–1,3%).

El organismo señala que, si bien la economía argentina podría experimentar un rebote asociado a la mejora de la cosecha y a la inversión en sectores estratégicos como la energía y la minería, la expansión será más gradual y dependiente de la credibilidad de las políticas de estabilización.

Inflación más persistente y deterioro en las cuentas externas

El informe de octubre también revisó al alza las previsiones de inflación promedio anual, anticipando una desinflación más lenta de lo previsto. El FMI estima ahora que los precios al consumidor aumentarán 41,3% en 2025 y 16,4% en 2026, frente a las proyecciones de 35,9% y 14,5% publicadas en abril.

Según el organismo, la corrección refleja presiones inflacionarias persistentes, derivadas de la inercia de los precios, la indexación de contratos y la sensibilidad del mercado cambiario. El documento advierte que la trayectoria de los precios dependerá de la coherencia entre la política monetaria y fiscal, y de la capacidad del Gobierno para anclar expectativas en un entorno de alta volatilidad.

En materia externa, el FMI también ajustó sus previsiones: proyecta un déficit en cuenta corriente de 1,2% del PBI en 2025 y de 0,4% en 2026, frente a los valores previos de –0,4% y –0,3%.
El organismo sostiene que este deterioro responde al aumento de las importaciones de bienes de capital y servicios en el marco de la recuperación, junto con una apreciación real del tipo de cambio. Si bien las exportaciones agrícolas y mineras seguirán siendo una fuente clave de divisas, su ritmo de crecimiento sería menor al estimado en informes anteriores.

Empleo, inflación y contexto regional

El mercado laboral es otro de los puntos revisados por el Fondo. El organismo espera que la tasa de desempleo alcance 7,5% en 2025 y 6,6% en 2026, por encima de las proyecciones de abril (6,3% y 6,0%). Este ajuste refleja una recuperación más lenta del empleo formal y rezago en los ingresos reales, condicionados por la inflación y el limitado acceso al crédito.

En el plano regional, el WEO de octubre sitúa a Argentina entre los países con mayor crecimiento proyectado en Sudamérica, pero también con una de las inflaciones más elevadas.
El informe estima que América del Sur crecerá en promedio un 2% en 2025, destacando el impacto de la volatilidad de los precios internacionales, la incertidumbre política y la necesidad de consolidar marcos fiscales sostenibles.

El FMI remarca que el desafío de los países latinoamericanos será mantener la estabilidad macroeconómica en un contexto de costos financieros altos y presiones sociales derivadas del bajo poder adquisitivo. Para el caso argentino, advierte que la recuperación “dependerá de la consistencia de las políticas y de la continuidad del proceso de desinflación”.

Perspectivas de mediano plazo y señales del Banco Mundial

Pese al ajuste a la baja, el FMI mantiene una proyección de crecimiento acumulado del 8,7% para 2025–2026, impulsada por la inversión en infraestructura, energía y minería, y una recuperación gradual del consumo privado. No obstante, advierte que el escenario está sujeto a “altos niveles de incertidumbre”, especialmente en torno al tipo de cambio, la inflación y el acceso a los mercados internacionales.

En la misma línea, el Banco Mundial también redujo sus estimaciones para Argentina en su informe de octubre, aludiendo a una recuperación “más débil y desigual” en la región. Ambas instituciones multilaterales coinciden en que el país enfrenta un escenario de consolidación lenta, condicionado por la política económica doméstica y las condiciones externas.

El tono más prudente del informe de octubre refleja una visión de cautela respecto de la velocidad del proceso de estabilización. El FMI señala que las perspectivas positivas a mediano plazo “requerirán anclar la credibilidad del programa macroeconómico y acelerar la convergencia fiscal” para sostener la expansión.

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Aumentó la informalidad y la heterogeneidad en el empleo

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(Analytica) En el segundo trimestre de 2025 el mercado laboral mostró señales mixtas. La tasa de desocupación se ubicó en 7,6% de la población económicamente activa, idéntica al registro de un año atrás. A primera vista, la estabilidad del desempleo parecería indicar un mercado laboral que resiste; sin embargo, detrás de esa cifra se esconde un cuadro más complejo.

La serie desestacionalizada muestra una leve caída del desempleo respecto del trimestre anterior, pero esa mejora convive con un deterioro en la calidad del empleo, un aumento de la informalidad y una presión laboral que alcanza a casi un tercio de la población activa.

En paralelo, el PIB registró un crecimiento interanual significativo, lo que evidencia un divorcio cada vez más notorio entre la expansión de la actividad y la capacidad del mercado laboral de generar empleo de calidad.

La primera tensión surge de la comparación entre el desempeño macroeconómico y el laboral. Mientras el PIB del segundo trimestre creció 6,3% en relación al mismo período del año anterior, el mercado de trabajo no replicó esa dinámica. Se destruyeron 219.901 puesto formales, la informalidad avanzó 1,6 p.p. alcanzando al 43% de los ocupados y la tasa de empleo se mantuvo estable en torno al 44,5%.

Esto sugiere que los sectores que se recuperaron no lo hicieron creando nuevos puestos de trabajo, en particular no lo hicieron con creación de empleo formal. La foto que resulta es la de una economía que expande su producto, pero sin derramar de manera efectiva sobre el empleo asalariado formal.

La baja de la desocupación respecto al trimestre anterior, descontando la estacionalidad, aporta un matiz interesante: si bien la tasa abierta se mantuvo constante interanualmente, la reducción respecto del primer trimestre indica que en el margen hubo cierta capacidad de absorción de mano de obra. Sin embargo, esta mejora no puede ser interpretada de manera optimista: lo que está en juego no es tanto una recuperación de empleos de calidad, sino una expansión de ocupaciones precarias, con más peso del trabajo por cuenta propia y del empleo informal.

Esto explica por qué, aún con una leve reducción en la tasa desestacionalizada de desempleo, la percepción social sigue siendo la de un mercado laboral flojo: tener un empleo no implica necesariamente tener seguridad social, ingresos suficientes o estabilidad.

Las brechas por grupos de población confirman esta lectura. Si bien los jóvenes continúan siendo los más afectados —la tasa de desempleo juvenil se mantiene en niveles que duplican al promedio—, se observa una reducción de la desocupación entre los varones jóvenes. No obstante, esta baja no obedece a una mejora sustantiva del empleo, sino a un efecto de composición: la tasa de actividad de este grupo cayó más que la de empleo, lo que redujo el número de jóvenes varones que participan del mercado laboral.

En contraste, la situación de las mujeres jóvenes permanece crítica, con una inserción laboral caracterizada por altas tasas de desocupación.
Llama particularmente la atención lo ocurrido con los jefes y jefas de hogar: en este segmento se registró una caída de la tasa de empleo y un aumento de la desocupación, un dato preocupante porque refleja dificultades en el núcleo de los hogares, siendo la principal fuente de ingresos familiares.


El nivel educativo sigue siendo un eje de diferenciación importante: los trabajadores con menor nivel de instrucción presentan tasas más altas de desempleo y subocupación, mientras que entre quienes poseen educación terciaria o universitaria las condiciones son comparativamente mejores. Sin embargo, incluso en los grupos con mayor calificación, la caída de las tasas de empleo y de actividad muestra que el mercado laboral en general perdió dinamismo.

Mirada regional y por tamaño de aglomerado

La heterogeneidad territorial añade una capa de complejidad al diagnóstico. En los grandes aglomerados —con más de 500 mil habitantes— la desocupación se ubicó en torno al 8,0%, por encima del promedio nacional, mientras que en los más pequeños descendió a 5,5%. Pero detrás de este contraste regional emergen trayectorias muy dispares. 

Gran Resistencia registró la tasa de desempleo más alta, de 10,3%, aunque con una leve mejora interanual de 0,7 p.p. En los partidos del Gran Buenos Aires, la desocupación alcanzó el 9,8%, la segunda más elevada, mostrando un aumento de 0,7 p.p. asociado a la caída del empleo.

Entre los aglomerados con mejoras, sobresale el Gran La Plata, donde el desempleo se redujo de 9,9% a 6,9% (−3 p.p.); sin embargo, la mejora no respondió a la creación de empleo —que retrocedió 1,9 p.p.— sino a una fuerte baja en la participación laboral (−3,6 p.p.). En San Nicolás–Villa Constitución fue donde más aumentó la desocupación con un salto de 2,8 p.p., aun cuando la tasa de empleo se mantuvo prácticamente estable.

La tasa de desempleo aguanta, ¿pero a qué costo?

En perspectiva, el mercado laboral del segundo trimestre de 2025 deja más preguntas que certezas. La coexistencia de crecimiento económico con desempleo estable y precariedad en aumento plantea el interrogante de si la expansión actual es capaz de generar empleos de calidad o si, por el contrario, estamos frente a un sendero en el que el crecimiento se apoya en sectores con baja capacidad de absorción laboral y en un colchón de informalidad que contiene las cifras de desempleo, pero reproduce vulnerabilidad.

El riesgo de consolidar esta dinámica es alto: un mercado laboral con alto desempleo juvenil, fuerte presencia de la informalidad y presión laboral en aumento no solo limita la capacidad redistributiva del crecimiento, sino que también erosiona la base social necesaria para sostener un ciclo expansivo.

La conclusión central es clara: con crecimiento el desempleo no empeora, pero el mercado de trabajo no logra mejorar en calidad ni en inclusión. En un trimestre donde la economía crece, los trabajadores siguen enfrentando dificultades para acceder a empleos estables y registrados.

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Sin aumento de la informalidad, la desocupación sería de 23%

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Idesa. Los datos del INDEC sobre el mercado laboral correspondientes al 2º trimestre del 2025 señalan que la ocupación total se mantuvo estable en 13,3 millones de personas en los grandes aglomerados urbanos con respecto al mismo período del año anterior. La tasa de desempleo también se mantuvo en 7,6% de la población activa lo que equivale a 1 millón de personas sin trabajo que buscan activamente un empleo. Si bien no se modificó la cantidad de ocupados, aumentaron la informalidad y la gente que estando ocupada busca trabajar más.

Según el INDEC, la tendencia de la economía es al estancamiento y la inestabilidad financiera de las últimas semanas seguramente tendrá efectos negativos adicionales sobre la actividad. Por lo tanto, cabe esperar que el deterioro en el mercado de trabajo se agrave. Puede que este fenómeno se canalice a través de un aumento en la tasa de desocupación. Pero también puede ocurrir que ante el estancamiento o, peor aún, la destrucción de empleos de calidad, el balance en el mercado de trabajo cierre con aumentos en la informalidad. Dentro de este concepto se incluyen, no sólo a los asalariados no registrados y cuentapropistas sin registro, sino también a quienes tienen como ocupación principal el Monotributo ya que, en general, son empleos de baja productividad y bajos ingresos.  

Es interesante observar la dinámica del mercado laboral argentino en los últimos 10 años donde con vaivenes prevaleció el estancamiento económico. Según datos de la Secretaría de Trabajo y del Ministerio de Economía, entre los años 2015 y 2025, se observa que:  

  • Los asalariados privados registrados se mantuvieron constantes en 6,2 millones.
  • Los desempleados pasaron de 1,1 a 1,6 millones.
  • Los informales, definidos de manera amplia, pasaron de 6 a 9 millones. 

Estos datos muestran que en una década sin crecimiento no hubo generación de empleos de calidad y el mercado de trabajo ajustó no tanto por aumento en el desempleo (500 mil personas) sino por fuerte expansión de la informalidad (3 millones de personas). Si en los últimos 10 años la informalidad no hubiera crecido, la tasa de desempleo sería del 23%, en lugar del 7,6% que reportó el INDEC. Quiere decir que, de no mediar el fuerte crecimiento de la informalidad, la tasa de desempleo seria 3 veces más alta. El deterioro laboral no se manifiesta a través del desempleo sino vía mayor informalidad.

El fenómeno se explica en parte por el estancamiento productivo (el PBI del 2025 es similar al del 2015). Pero también por el vetusto modelo de negociación colectiva. En amplios sectores de la economía se siguen aplicando convenios colectivos negociados en 1975 y entre 1987/1988. Se actualizaron las grillas de remuneraciones, pero el resto de las cuestiones centrales siguen petrificadas. No hay “negociación colectiva”. Lo que hay es “discusión paritaria” para ajustar salarios por inflación. Las demás reglas de los convenios colectivos se prorrogan indefinidamente (ultraactividad) y los empleadores y trabajadores del sector no pueden dejar de aplicarlos, aun cuando no pertenezcan a la cámara y al sindicato firmantes. 

La ausencia de negociación colectiva no permite la adaptación de los empleos a la modernidad. A modo de ejemplo, cuando se firmaron los actuales convenios colectivos no se usaban computadoras, no existía Internet, ni celulares, ni WhatsApp. Una situación muy ilustrativa de cómo esto impide el cambio es con la reforma laboral del gobierno que se aprobó en el Congreso. En esta ley se da la posibilidad de reemplazar la indemnización por despido por un fondo de cese laboral. Esto es, el empleador aporta mensualmente un porcentaje del salario a un fondo que el trabajador se lleva cuando finaliza el vínculo laboral. En la práctica, el esquema no se aplica porque, sin negociación colectiva, no se puede instrumentar. 

También es importante el acompañamiento de las provincias. Si bien la normativa laboral es nacional, su aplicación depende de las justicias laborales provinciales. Para crear empleos formales, a nivel provincial son críticos dos elementos: a) unificar los criterios de actualización de los créditos laborales; y b) crear los Cuerpos de Peritos Médicos provinciales para la evaluación del daño en los juicios por accidentes y enfermedades profesionales.  

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Más trabajo pero más tensiones: las dos caras del mercado laboral en Posadas

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El empleo está en el centro de la discusión pública, dado los fuertes impactos que la política nacional ha tenido sobre el mercado laboral, provocando un deterioro significativo al inicio de la gestión y volatilidades posteriores, sin que exista, a nivel nacional, una recuperación sostenible que permita vislumbrar un horizonte optimista a mediano plazo. En diferentes encuestas de opinión pública, la problemática del empleo pasó a liderar como la más mencionada por los argentinos, superando a otras preocupaciones que en los últimos años habían predominado, como la inflación.

Naturalmente, una política económica centrada en la cuestión macro y el frente financiero, con escasa o nula atención a la economía real, genera, entre otras consecuencias, altas tasas de desocupación, como ya se ha visto en otros momentos de la historia reciente argentina. Esto, sumado a problemas estructurales vinculados al mundo del trabajo, provoca no solo el achicamiento del mercado laboral, sino también su cierre: hay menos personas que pueden volver a ingresar.

A nivel nacional, según informó INDEC el pasado jueves, la tasa de desocupación del segundo trimestre se ubicó en 7,6%. Si bien es levemente inferior al trimestre anterior (7,9%), sigue ampliamente por encima del 7%, sin poder regresar a los niveles previos a la gestión actual (entre 5% y 6%). La tasa de empleo nacional mostró un leve aumento frente al trimestre anterior (de 44,4% a 44,5%), pero resulta insuficiente. Además, se destacan dos datos importantes: la informalidad pasó del 42,0% al 43,2% en los últimos tres meses y la presión sobre el mercado laboral aumentó del 29,7% al 30,5%. Este indicador mide el porcentaje de la población económicamente activa que enfrenta dificultades para acceder a un empleo adecuado, ya sea por desempleo, subocupación o necesidad de mejorar sus condiciones laborales. Refleja, por ende, la tensión real del mercado laboral, ya que incluye no sólo a quienes buscan empleo, sino también a los que buscan un segundo trabajo o desean cambiar de puesto.

Desglosemos ahora la situación de Posadas. En términos generales, el aglomerado misionero presentó buenos resultados. La tasa de actividad creció un punto porcentual respecto al trimestre anterior (de 45,1% a 46,1%), incorporando cuatro mil nuevos activos. La tasa de empleo tuvo una dinámica más acelerada, aumentando 1,7 puntos (de 42,4% a 44,1%), lo que permitió la creación de siete mil nuevos puestos de trabajo. En este contexto, la tasa de desocupación cayó 1,7 puntos (de 6,0% a 4,3%), lo que derivó en tres mil desocupados menos respecto al trimestre previo.

Esto demuestra que la baja de la desocupación fue genuina: de los siete mil nuevos ocupados, cuatro mil corresponden a los nuevos activos y tres mil a personas que dejaron la condición de desocupadas. Es decir, la mejora en la actividad y la reducción de la desocupación fueron absorbidas por el empleo, lo que es importante destacar, ya que en muchas ocasiones la baja de la desocupación se presenta como un indicador positivo, aunque esté explicada por una caída de la actividad y no por generación de empleo. En Posadas, la comparación trimestral muestra un comportamiento genuino de mejora en los indicadores del mercado laboral.

Sin embargo, los problemas persisten. Comparando trimestres iguales (segundo trimestre 2025 vs. segundo trimestre 2024), la situación sigue siendo débil: la tasa de actividad está 1,3 puntos por debajo, la tasa de empleo -0,4 puntos, y la desocupación disminuyó, pero motivada por la caída de la actividad. Es decir, mientras que a nivel trimestral Posadas redujo la desocupación gracias al aumento del empleo, a nivel interanual esta baja se explica por desocupados que pasaron a ser inactivos y no por la creación de empleo.

En resumen, Posadas dio un gran paso en los últimos tres meses, pero aún necesita mayor impulso para recuperar niveles de años anteriores. Aun así, se lograron hitos importantes: Posadas no sólo consolidó, sino que amplió su liderazgo en el NEA. En la tasa de actividad, registró el mayor nivel de la región y el incremento más alto frente al trimestre anterior (1,0 puntos, frente a 0,5 de Formosa, 0,4 de Gran Resistencia y -0,7 de Corrientes). En la tasa de empleo, nuevamente lidera la región: es el único aglomerado con más del 40% y el que más creció (+1,7 p.p., frente a +0,3 en Formosa, -0,3 en Gran Resistencia y -1,6 en Corrientes). La desocupación, además, es la más baja de la región y la única que disminuyó en el último trimestre (-1,7 p.p., frente a +1,4 en Gran Resistencia, +0,6 en Formosa y +2,2 en Corrientes).

La comparación con Corrientes es especialmente relevante por las marcadas diferencias: Posadas supera a Corrientes en tasa de actividad (46,1% vs. 40,8%), empleo (44,1% vs. 38,0%) y presenta menor desocupación (4,3% vs. 6,7%). En términos de variación trimestral, las diferencias son aún mayores. La baja performance de Corrientes incluso hizo que su tasa de empleo quedara por debajo de la de Formosa (38,0% vs. 38,2%), un hecho que solo se había registrado una vez en los últimos 37 trimestres.

A nivel nacional, Posadas también se destaca: mostró el sexto mayor crecimiento en la tasa de actividad (y el mayor entre las provincias del norte grande), el séptimo mayor aumento en la tasa de empleo (segundo en el norte grande) y fue el séptimo aglomerado con mayor reducción de la desocupación (segundo en el norte).

Ahora bien, hay otros aspectos a analizar más allá de estas tasas detalladas. En primer lugar, son cada vez más los ocupados que están buscando otro trabajo: la tasa de ocupados demandantes de empleo pasó del 7,8% del primer trimestre del año al 11,1% en el segundo. Esta situación podría indicar que se buscan cambios de empleo por motivos que pueden ser varios: desde la insatisfacción profesional/laboral hasta la búsqueda de mejores ingresos o bien, la percepción de inestabilidad laboral en un escenario donde el mercado de trabajo se achica. Es decir, además de reflejar un potencial problema de ingresos (un salario bajo, por ejemplo) también podría tratarse de problemas de calidad y seguridad en los puestos de trabajo. En cualquiera de los casos, produce una tensión en un mercado laboral que aún no puede cubrir toda la demanda que tiene. 

En segundo lugar, la tasa de subocupación creció del 7,3% al 10,9%. Recordamos que una persona subocupada es aquella trabaja menos de 35 horas semanales. A priori, no podemos otorgarle una valoración a esta situación: podría tratarse de un problema de disponibilidad de oferta laboral o bien, de decisiones particulares (ejemplo, un estudiante que también trabaja part-time). Pero si miramos el dato de la subocupación demandante podemos encontrar alguna respuesta: esta tasa pasó del 6,2% al 10,0%. Es decir, hay subocupados que quieren trabajar más horas y están en búsqueda activa de ello. ¿Qué podría implicar esta suba? Un problema de insuficiencia laboral, ya que la cantidad de horas trabajadas no les permite alcanzar un ingreso adecuado para cubrir sus costos y refleja el hecho de que el mercado laboral no está absorbiendo plenamente la capacidad productiva de los trabajadores. 

¿Cómo entender esta combinación de buenos desempeños en empleo y desocupación pero al mismo tiempo un fuerte salto de los demandantes de empleo? Esto podría explicarse desde tres puntos: en primer lugar, Posadas mejoró contra el trimestre anterior en materia de empleo y disminuyó la desocupación, pero todavía tiene mucho margen de recuperación pendiente para alcanzar niveles de años previos. En esta línea, surge la segunda razón: Posadas llegó a tener tasas de actividad del 50% y de empleo del 49% (récords que pertenecen al segundo trimestre del 2022); por ende, la potencialidad en términos de disponibilidad y de productividad que tiene el aglomerado capital de Misiones es tan grande que aun con una mejora no logra absorber la totalidad de la demanda que tiene. El tercer punto es distinto, pero vinculado: los ingresos. En períodos donde el costo de vida se encareció notablemente, incluso los ocupados con buenos ingresos buscan constantemente mejorar esa situación, y mucho más aun los de ingresos menores.

Posadas muestra un desempeño laboral positivo en el corto plazo, con mejoras reales en empleo y reducción de la desocupación, consolidando su liderazgo en la región. Pero ello no debe ser razón para olvidar que aún persisten desafíos estructurales, como la subocupación y el aumento de los ocupados que buscan otro empleo, que reflejan tensiones y limitaciones en la calidad del trabajo. 

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