La Iglesia advirtió hoy sobre la “creciente desocupación” en el país y reclamó “cuidar y generar” nuevos puestos de empleo, al saludar a los trabajadores en su día, cuya fecha coincide con la fiesta religiosa de San José Obrero.
“Vivimos a nivel global -y con repercusiones locales importantes- una crisis en el ámbito laboral. Trabajadores no registrados, explotados, y una creciente desocupación.
Lamentablemente hoy ni siquiera los trabajadores debidamente registrados tienen un ingreso adecuado y unos cuantos siguen debajo de la línea de pobreza”, sostuvo el presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Jorge Lozano.
El prelado consideró “imperioso cuidar los puestos de trabajo y generar otros nuevos”, por lo que estimó necesario, citando al papa Francisco, “un cambio de mentalidad tendiente a buscar otros modos de entender la economía y el progreso”. Monseñor Lozano dio gracias a Dios por el trabajo y elevó una oración por “todos los que sufren a causa de no tener un empleo digno para ganar el sustento cotidiano”.
El pasado martes Fernando Iglesias (quizá el comunicador cambiemita de mayor rebote en Twitter) publicó una nota en La Nación, llamada “Cuando el dato mata el relato”. No me voy a meter a analizar su visión sobre la realidad argentina en términos de peronismo-antiperonismo, sino a estudiar los datos que allí utiliza para robustecer sus argumentos. Premisa básica, y en la que acuerdo con el autor: es saludable que hoy tengamos un INDEC medianamente confiable. Pero veamos lo demás (pongo un cuadro resumen con los principales puntos flojos de su argumento; el detalle de mi argumentación está en los párrafos que siguen, que llevarán no más de 10 minutos de lectura). Para el interesado, la metodología de los datos basados en la EPH calibrada se encuentra disponible aquí.
Dice Iglesias:
1)El relato dice que por culpa del neoliberalismo hay una ola masiva de despidos. Pero el dato demuestra que el mismo año en que Cambiemos desactivó la bomba de tiempo saliendo del cepo y el default, la desocupación bajó a pesar de que 2016 fue el año de mayor aumento del desempleo en América latina en la década, según la OIT. A pesar del contexto internacional desfavorable, en la Argentina antiobrera de 2016 la pérdida de 63.000 empleos del primer trimestre fue compensada por una recuperación de 144.000 puestos a fin de año, con un balance final positivo de +81.000 empleos registrados, según el Ministerio de Trabajo. Los datos del Indec confirman: para diciembre, la desocupación había bajado al 7,6% y la tasa de empleo interanual había subido del 41,5% de Cristina al 41,9% de Mauricio-gato; lo que en números sencillos significa 106.000 puestos de trabajo más.
Primero, decir que “la desocupación bajó” con el nuevo gobierno del modo que Iglesias lo hace es erróneo. En sentido estricto, por cuestiones de estacionalidad, no está bien comparar un cuarto trimestre (7,6%) contra un segundo trimestre (9,3%). En efecto, una comparación precisa debería ser siempre contra el mismo período del año previo (en este caso, 2015), cuando el kirchnerismo todavía era gobierno. El último dato oficial de desocupación kirchnerista es el del tercer trimestre de 2015 (5,9%), ya que el del cuarto trimestre de 2015 nunca se publicó. Sin embargo, hay (legítimas) dudas sobre la confiabilidad de los datos de desocupación de 2015 y opto por no poner las manos en el fuego por ellos.
Usemos entonces una solución alternativa: los datos de mercado de trabajo de CABA, que no fueron impugnados por nadie y que no tuvieron la discontinuidad en las series de INDEC. Según CABA, el desempleo promedio de los cuatro trimestres fue del 7,8% en 2015 y del 9,2% en 2016, esto es, una suba de 1,4 puntos porcentuales. Lógicamente, tomar datos de CABA no es la solución ideal por la menor cobertura geográfica, pero es un second-best dada la restricción de datos existente.
Luego, hay que tomar con pinzas los datos que usa Iglesias para hablar de +81.000 empleos registrados. Primero, debemos comparar contra noviembre de 2015, no contra diciembre (ya que Mauricio Macri asumió el 10 de diciembre, esto es, fue presidente dos tercios del mes). En el sector asalariado formal privado en enero de 2017 hubo 55.000 asalariados formales privados menos que en noviembre de 2015, según el Ministerio de Trabajo (es cierto que hay recuperación desde mediados de 2016, pero todavía no se compensó ni de cerca la pérdida del primer semestre). Aún más, la caída del empleo formal privado de 2016 (-0,7%) es la más profunda desde 2009 y la segunda más alta desde 2002; en 9 de 24 provincias, la caída del empleo formal privado es la peor desde 2002, todo según datos del Ministerio de Trabajo (el interesado puede ver el análisis completo acá).
Recalco este dato porque el “empleo asalariado formal privado” ha sido tomado por el macrismo como la referencia para decir durante la campaña electoral 2015 que “en Argentina hace cuatro años que no se genera empleo”. Tal frase es desmentida por el Ministerio de Trabajo actual, ya que entre 2011 y 2015 el crecimiento del empleo asalariado formal privado fue del 4,7% -muy mediocre, pero positivo al fin y algo por encima del crecimiento demográfico, del 4,3%-. Dentro de su cálculo de 81.000 empleos creados en 2016 (49.000 si tomamos desde noviembre de 2015 en lugar de diciembre) Iglesias contempla entre otras cosas a: i) el empleo público (+29.000), otrora denostado por él por “ñoqui” (ver un ejemplo, acá), y ii) empleos independientes no asalariados como los monotributistas (+38.000) y monotributistas sociales (+28.000). Esto es importante pues el aumento de monotributistas no se explica tanto por una mayor generación de empleo, sino por una mayor formalización de trabajadores independientes como efecto de la AUH para hijos de monotributistas a partir de abril de 2016 (una de las medidas positivas del gobierno actual). Esto probablemente haya incentivado a monotributistas irregulares (pagaban cada tanto) a regularizarse (que es lo que cuenta el SIPA): el cobro de la AUH implica un ingreso que incluso supera el pago del monotributo (sobre todo cuando se tiene más de un hijo). En efecto, es llamativo cómo el número de monotributistas formales empieza a crecer justamente a partir de abril. De este modo, hay cierta ilusión estadística en este último guarismo.
Respecto a la tasa de empleo (ocupados cada 100 habitantes) del 41,5% (2015) y 41,9% (2016) vale hacer dos aclaraciones. Primero, la más importante: la EPH cambió fuertemente sus proyecciones muestrales entre 2015 y 2016. En 2015 había más niños y más proporción del Interior; en 2016, hay más adultos y mayores y más peso de los partidos del GBA. Eso vuelve a secas incomparable ambas tasas de empleo si no se armonizan ambas EPH. Segundo, nuevamente no es correcto comparar un segundo trimestre (de 2015) contra un cuarto (de 2016). En el segundo trimestre de 2015, la tasa de empleo (recalibrada por grupo etario, sexo y aglomerados urbanos para que sea comparable con la actual EPH, ver detalle aquí) fue del 41,7% (cifra idéntica a la del segundo trimestre de 2016), y del 42,3% en el tercer trimestre de 2015 (cifra levemente mayor a la del mismo período de 2016, que fue 42,1%).
Si bien los datos de desocupación del INDEC pre 2016 no son del todo fiables, no parece haber inconsistencia alguna en lo que refiere a empleo (existen indicios de que había una oficina “matadesocupados” que transformaba algunos desocupados en inactivos, no en ocupados). Si usáramos datos de las incuestionadas Estadísticas de CABA, tendríamos que en el tercer trimestre de 2015 la tasa de empleo era del 50,8%, en tanto que en el mismo período de 2016, del 50,2%. Para ambos cuartos trimestres, las cifras son respectivamente de 51,7% y 51,6%.
En resumen, es cierto que el mercado de trabajo no explotó en 2016. Pero tampoco hubo dinamismo (es inverosímil que en un contexto recesivo como 2016, con caída del PBI del 2,3%, crezca la tasa de empleo como menciona Iglesias; toneladas de papers econométricos muestran una ligazón altísima entre actividad económica y empleo) ni “baja del desempleo”. Agrego dos datos más:
a) hay evidencia de cierta precarización en el mercado laboral: según el INDEC, en el segundo trimestre de 2015 por cada 100 ocupados, 51 eran asalariados formales (el resto, asalariados informales o independientes –vale decir que la gran mayoría de los trabajadores independientes son altamente vulnerables, y que por ello no es casualidad que haya una gran correlación inversa entre nivel de desarrollo económico y cuentapropismo-). En el segundo trimestre de 2016, tal cifra fue de 50, y no se revirtió en los dos trimestres que continuaron (ver gráfico a continuación). Los datos de las estadísticas porteñas (incuestionados y sin rupturas temporales) van en la misma dirección: en 2015, en promedio, en CABA el 57,8% de los ocupados era asalariado formal. En 2016, tal cifra había caído al 56,6%, a expensas de mayores asalariados informales y mayor cuentapropismo.
b) Aunque Iglesias lo omita en su “relato”, vale tener en cuenta que, según el INDEC y a pesar del discurso “pro-emprendedor” del gobierno, entre el cuarto trimestre de 2015 y el cuarto de 2016 se destruyeron 4.462 empresas formales (la mayoría de ellas pymes).
Sigamos. Dice Iglesias:
Dato mata relato. El relato sostiene que la pobreza subió porque el gobierno de los ricos padece de insensibilidad social. Pero el último dato publicado por el Indec lo desmiente: la pobreza cayó del 32,2% al 30,3% de la mitad a finales de año. En términos simples: del millón y medio que cayó en la pobreza a principios de 2016, un millón ya salió y otros siguen saliendo. “La pobreza bajó porque hubo un cambio en el método de medición”, gritan los del relato. Pero un estudio reciente del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la escasamente macrista Universidad de La Plata demuestra que si se miden con los métodos actuales los resultados de Cambiemos (32,2% a mitad de año y 30,3% al final) no superan el 32,7% de 2014 ni el 30,5% de 2015 kirchneristas.
Varias cuestiones aquí. Primero, es cierto que la pobreza no subió en 2016 más de lo que lo hizo en 2014 (digresión: ¿qué hubiera pasado con la pobreza en 2014 con los flujos de divisas de la deuda externa contraída en 2016?). Ahora bien, el dato que Iglesias toma del CEDLAS tiene varios problemas. Primero, el ya mencionado del cambio muestral que se hizo en la EPH (en 2013–14 la EPH pasó a tener más niños y menos adultos/mayores producto del cambio de proyecciones a partir de resultados del Censo 2010, y en 2016, con el nuevo INDEC, se revirtió eso). Ello es importante, porque, a) la tasa de pobreza es mucho más baja en personas mayores que en niños, y b) porque tener más adultos/mayores implica mayores perceptores de ingresos que si hay niños. Este efecto (menos niños y más adultos/mayores), por sí solo, baja 0,7 puntos de pobreza.
Segundo, como dijo INDEC hace unas semanas, no es lícito comparar un trimestre (segundo trimestre de 2016) contra un semestre (segundo semestre de 2016). La razón es estacional: en los trimestres impares (primero y tercero) la pobreza tiende a bajar pues se computa respectivamente el aguinaldo de diciembre (captado en la EPH de enero) y junio (captado en la EPH de julio). Sin contar el aguinaldo, la pobreza en el tercer trimestre habría sido del 32,3% (similar a la del segundo trimestre), en lugar del 30,7% (contando el aguinaldo). La baja sí se produjo en el cuarto trimestre (29,9%) debido a la moderación inflacionaria y cierta reactivación económica. Pero decir que la pobreza bajó del 32,2% al 30,3% (1,9 puntos porcentuales) es técnicamente erróneo, por comparar un trimestre sin aguinaldo contra un semestre con aguinaldo.
Tercero, el 30,5% de pobres del primer semestre de 2015 se transforma -con la sola calibración de la EPH 2015 para volverla comparable con la de 2016- en 29,8%. (En nuestro cálculo, hecho con los economistas Guido Zack y Federico Favata, tenemos 29,5%, debido a pequeñas diferencias en el IPC usado con el CEDLAS; nosotros usamos IPC-San Luis, IPC-CABA e IPC-Córdoba, en tanto el CEDLAS usó el de la consultora de Graciela Bevacqua; de todos modos, es una diferencia menor y no significativa desde lo estadístico). Ahora bien, si bien no contamos con microdatos de EPH, toda la evidencia por otras fuentes muestra que la pobreza bajó en el segundo semestre de 2015.
Veamos. Primero, la canasta básica total (tomando datos del IPC-San Luis, IPC-CABA e IPC-Córdoba y reponderando el peso de los alimentos, que es mayor en la canasta básica total que en los IPC) se encareció 12,3% entre el primer semestre y el segundo semestre de 2015. Ahora bien, veamos qué ocurrió con los ingresos: primero, los salarios de los empleados públicos (surge del Índice de Precios Implícitos de “Administración Pública”, “Salud pública” y “Enseñanza pública” del INDEC actual) subieron 18,7% en el mismo período. Los salarios de los trabajadores privados registrados, según la mediana del SIPA, lo hicieron en 18%. Por su lado, la jubilación mínima subió 14,3% y la AUH 25% (ambos datos de ANSES). Es decir, todos estos ingresos le ganaron a la inflación en el segundo semestre de 2015.
Pero no sólo ello: otra clave para medir la pobreza es ver qué ocurrió con la cantidad de perceptores de ingresos (teniendo en cuenta que el crecimiento demográfico entre ambos semestres fue del 0,5%, de modo que si aumenta una variable menos que 0,5% en rigor está implicando un deterioro). El empleo asalariado formal creció 1,6% entre ambos semestres (sobre todo traccionado por el empleo público, aunque el formal privado también se expandió). Por su parte, el resto de los trabajadores formales (monotributistas o autónomos, por ejemplo), lo hizo en 1% (datos de Ministerio de Trabajo actual en base a SIPA). Según ANSES, la cantidad de jubilados perceptores de haberes creció 4,1% entre ambos semestres de 2015; además, los jóvenes beneficiarios del programa Progresar pasaron de 533.000 en el primer semestre a 859.000 en el segundo (+326.000). Sí hubo una retracción en los beneficiarios de la AUH (-82.000), que no compensa la suba del Progresar en el neto.
Ahora bien, teniendo en cuenta todo esto, con Zack y Favata hicimos una simulación en la EPH, para tener en cuenta el impacto en la pobreza (dado que, como dijimos, no contamos con microdatos del tercer y cuarto trimestre). Como no disponemos de datos de empleo informal, hicimos lo siguiente: comparamos los informales según la EPH de los segundos trimestres de 2015 y 2016, y completamos la tendencia (si, por ejemplo, subieron los informales, asumimos que la creación de puestos de trabajo se fue dando paulatinamente en los trimestres con microdatos faltantes; lo mismo hicimos con los ingresos, como se detalla en la metodología). Nuestra estimación arroja una previsible baja de la pobreza en el segundo semestre, hacia la franja del 27,7%.
De este modo, el 30,3% del segundo semestre de 2016 sería comparable con el 27,7% del mismo período de 2015. Los datos del poder adquisitivo de la AUH, de la jubilación mínima o de los salarios muestran un deterioro en 2016 (todos subieron treinta y poco por ciento contra una inflación que, según las distintas estimaciones –IPC CABA, IPC Provincias, IPC Congreso, IET, FIEL-, rondó el 39/41%). Ello es consistente con una suba de la pobreza que, al igual que lo que ocurrió con el mercado de trabajo, no es explosiva (como lo fue en 2002) aunque sí preocupante.
Si dudan de la simulación que hicimos, podemos buscar otra fuente de datos que ratifica lo mismo: nuevamente, las estadísticas porteñas (con la limitante de la cobertura geográfica). El poder adquisitivo del ingreso (per cápita) del 40% más pobre de CABA subió 12,2% entre el primer y el segundo semestre de 2015, según datos oficiales del gobierno porteño (ver Gráfico a continuación). En el primer semestre de 2016, cayó 17%, para luego recuperar 5% en el segundo semestre. De todos modos, en el segundo semestre de 2016, tal poder de compra del 40% más pobre porteño fue 12% inferior al del mismo período de 2015. Esto que aquí describimos es completamente consistente con la tendencia de la pobreza referida en el párrafo previo.
Por último, un tercer punto: la evolución de las importaciones. Dice Iglesias:
“Hoy, el relato dice que una epidemia de importaciones se abate sobre la industria; pero el dato demuestra que el anterior gobierno sextuplicó las importaciones en doce años, rifando un superávit de US$ 16.661 millones para dejar un déficit de US$ 2968 millones, y que en el cipayo 2016 de Macri la Argentina volvió a tener superávit porque redujo 7% sus importaciones (…) Además, según datos oficiales confiables de los que disponemos por primera vez en diez años, no sólo están bajando la desocupación y la pobreza, sino que casi se han duplicado las reservas (de US$ 24.855 millones que dejó Cristina a US$ 46.632 millones), revertido el déficit comercial (de un saldo negativo de US$ 2968 millones a uno positivo de US$ 2128 millones) y bajado la inflación a la mitad (de doce a seis puntos en los primeros trimestres de 2016 y 2017, respectivamente)”.
Primero, es cierto que las reservas prácticamente se duplicaron durante el nuevo gobierno, lo cual es una buena noticia, ya que muestra una mayor liquidez de corto plazo. Omite decir Iglesias que tal aumento de las reservas se debe prácticamente en su totalidad al endeudamiento externo, al que el gobierno anterior optó (en mi opinión, erróneamente) por utilizar en cuentagotas en sus últimos años, impidiéndole crecer. (Vale aclarar que el endeudamiento externo, si no sirve para generar en el mediano plazo divisas genuinas como por ejemplo más exportaciones, afecta severamente a la solvencia del país).
Ahora bien, veamos el resto del párrafo. Primero, en Argentina (y en la gran mayoría de los países del mundo) siempre las importaciones crecen cuando lo hace el PBI. Si las importaciones se sextuplicaron entre 2003–2015, ello se debió en buena medida a la expansión económica. En efecto, en 2009, 2012 y 2014 (todos años recesivos) las importaciones cayeron. Segundo, las importaciones en CANTIDADES subieron en 2016 un 4%, pero como los PRECIOS cayeron 10,4% (producto de, por ejemplo, sobreoferta global en países manufactureros), el VALOR de las importaciones mermó 7%. Para comprender si las importaciones afectan a nuestra producción local debemos tomar CANTIDADES y no VALOR (del mismo modo que usualmente analizamos el PBI en precios constantes –volúmenes físicos producidos- y no tanto en precios corrientes). Este crecimiento del 4% es muy anómalo en Argentina: como dijimos, en general, cuando crece el PBI, crecen las cantidades importadas (por mayor demanda) y viceversa. Sin embargo, lo de 2016 (recesión con suba de cantidades importadas) sólo se dio en 1916, 1925, 1945 y 1975. Hay que agregar un dato extra: en bienes de consumo, las cantidades importadas crecieron 17%, a pesar de la recesión y la caída de la demanda interna. La consecuencia: sectores industriales como calzado, indumentaria o línea blanca, protegidos previamente con medidas como las DJAI e intensivos en empleo, tuvieron un flojísimo 2016, según se desprende de datos de producción física del INDEC (ver acá). Aún más, la industria manufacturera en su conjunto no para de expulsar empleo formal (lo hace mes a mes desde principios de 2016, según SIPA, y aún no ha tocado fondo). La caída en 2016 rozó el 4%, la más profunda desde 2002 para el sector (probablemente para Iglesias ello no sea un problema ya que el “industrialismo” es una de las causas de la “decadencia” argentina).
Por su parte, el saldo comercial casi siempre mejora con las recesiones, debido a que las importaciones caen. Como dijimos anteriormente, en 2016 las importaciones de bienes cayeron en VALOR, pero no en CANTIDADES (en otro términos, importamos más cosas pero con un precio unitario menor en dólares). Los precios de nuestras exportaciones cayeron menos (-4,6%) y las cantidades exportadas subieron 6,6%. Como los precios de nuestras importaciones cayeron más que los de nuestras exportaciones, tuvimos una mejora de los términos del intercambio del 6,4% en 2016, según INDEC. Es ello lo que explica el grueso de la reversión del déficit; en efecto, sin tal mejora, en 2016 hubiéramos tenido un déficit comercial de 1.492 millones de dólares (y, de haber tenido una economía en crecimiento en lugar de recesión, el déficit comercial se habría ahondado por una demanda aún mayor de importaciones). Aún más, Iglesias omite lo ocurrido en el comercio de servicios (lo anterior se refería a bienes), cuyo saldo empeoró en 2016, de -3.925 millones de dólares a -7.010, sobre todo por el mayor turismo en el exterior.
En fin, sí coincido 100% con Iglesias al final de su artículo, donde dice, parafraseando a los “perionistas”, que la única verdad es la realidad.
Salto en la desocupación. La publicación de la tasa de desocupación correspondiente al cuarto trimestre de 2016 fue anunciada por el oficialismo como un dato positivo, que mostraba la reducción del indicador. Sin embargo, si efectuamos la comparación con el mismo trimestre, un año antes, el salto implica un incremento de 2,2 puntos porcentuales en un año (de 5,4% a 7,6%). Es decir, un aumento de 270.000 personas sin trabajo en relación a la PEA de la EPH y unos 430.000 casos considerando el conjunto de la población.
Proyección poblacional. La modificación de la proyección poblacional realizada desde la primera medición del INDEC bajo la administración de Todesca implica concretamente que se quitan niños y se agregan adultos, lo que genera que crezca la Población Económicamente Activa. Si la fórmula de la tasa de desocupación consiste en la división entre el total de desocupados y la Población Económicamente Activa, al agrandarse el denominador, la tasa de desocupación resulta en un número más bajo. A modo ilustrativo, si la encuesta releva 10 desocupados sobre un total de 100 que conforman la PEA, la tasa de desocupación es del 10%; pero si releva esos mismos 10 desocupados sobre un total de 125 que conforman la PEA, la tasa de desocupación es de 8%. Este efecto resulta de proyectar los resultados de la encuesta realizada a un universo que aumentó por la incorporación de adultos.
Efecto desaliento. El efecto desaliento en este periodo podría encontrar razones en el recurrente resultado negativo de sucesivas entrevistas – o inexistencia de oportunidades laborales-, lo que termina por generar escepticismo en la búsqueda de empleo. Esto, en definitiva, no sólo expresa la ausencia de generación de empleo en un periodo donde los dirigentes de Cambiemos insisten en que se modificó la dinámica del empleo, sino que además resulta tan dificultoso o desalentador el contexto económico que disuade a los desocupados de las búsquedas laborales. Sin embargo, este efecto resulta llamativo ya que en momentos de recesión económica, donde los hogares tienen menos ingresos, suele ocurrir que más miembros del hogar intentan buscar trabajo – incrementando consiguientemente la PEA, como detalla el “efecto trabajador adicional” (ver Lundberg, 1985)-.
Estimaciones. Al estimar la tasa de desocupación sin la modificación de la proyección poblacional, el valor asciende a 7,78% para el cuarto trimestre de 2016, mientras que si adicionalmente se omite el efecto desaliento, la tasa podría alcanzar 8,78%, es decir, entre 2,38 y 3,38% por encima de lo estimado para el cuarto trimestre de 2016. Si se considera que la variación entre el cuarto trimestre de 2015 y 2016 alcanzaba la cantidad de 270.000 casos de desocupados nuevos -tomando la proyección de la muestra alcanzada por la EPH- y 430.000 sobre la población total, la diferencia de estimación podría ser cercana a 15.000 y 40.000 casos adicionales al contabilizar el impacto de la modificación de la proyección poblacional. Si además se omite el efecto desaliento –es decir, se computan a esos trabajadores desalentados como desocupados y no como inactivos- se agregan entre 140.000 (para la proyección muestral alcanzada por la EPH) y 240.000 (considerando población total) casos adicionales respectivamente.
En síntesis, tanto la modificación de la proyección poblacional como el efecto desaliento, efecto improbable en el corto plazo, constituyen variables que impactan en un menor guarismo de desocupación, que se reduce en dos trimestres sucesivos sin que ello signifique generación de puestos de trabajo.
Pese a que la tasa de empleo informal en el país se mantuvo en el 33,6% al término del cuarto trimestre del año pasado, en Misiones el Instituto Nacional de Estadística y Censos registró una fuerte caída de casi cinco puntos, ubicando a Posadas como la segunda ciudad mejor ubicada del NEA, que tiene un promedio de 32,4 por ciento.
Los datos referidos a Misiones sostienen que el empleo en negro bajó a un mínimo histórico de 29,7 por ciento, pese a que en paralelo hubo durante el año pasado una expulsión neta de más de dos mil trabajadores en la capital provincial.
Esta tasa del 33,6% también estuvo dos décimas por sobre la medición del segundo trimestre 2016, cuando el organismo retomó la medición de las cifras de empleo, que se discontinuaron a finales del 2015 debido a la manipulación que se hacían de las estadísticas. En Posadas la tasa de asalariados alcanza a 73,9 por ciento, mientras que los autónomos son 26,1 de la población laboral.
La tasa de actividad en Posadas alcanza al 54,1 por ciento y la de empleo a 52,7. Entre los ocupados, hay mayoría de varones, con 63,5, mientras que las mujeres apenas alcanzan a 43,8 por ciento. En paralelo, la desocupación es mayor entre las mujeres que entre los varones, aunque son los jóvenes de hasta 29 años los que encabezan el ránking de desocupados con 8,5 por ciento. Las mujeres desocupadas en ese mismo rango de edad, suman 6,8 por ciento.
En el país, la leve baja en la tasa del empleo “en negro” se dio junto a una reducción en el Índice de desocupación, que se ubicó en el 7,6% a finales del 2016, con una merma de 0,9% en relación con el tercer trimestre y de 1,7 % frente al segundo trimestre, cuando se reanudó la medición.
El ministro de Trabajo, Jorge Triaca, enfatizó en diversos foros que uno de los principales desafíos para el Gobierno y para el sector privado es bajar la informalidad laboral, que actualmente supera el 33% de la población económicamente activa.
“Ese es el desafío que plantea el presidente (Mauricio) Macri. Generar inversiones para la creación de empleos. Enfrentamos una situación de informalidad: más del 30 por ciento de la población no tiene cobertura de seguridad social, no hace aportes al sistema previsional e impositivo y eso genera una mayor presión sobre quienes sí están en el circuito formal”, esgrimió Triaca en un foro empresario.
El mayor porcentaje de trabajo precario se registró en la región Noroeste (NOA) con el 40,8%, mientras el menor se verificó en la región Patagónica con 16,9%, según el relevamiento que el organismo realizó en 31 conglomerados urbanos de todo el país.
La caída del desempleo reportada en el 4° trimestre del 2016 responde a una contracción de la gente que participa del mercado laboral. Esto está asociado al desaliento que generan condiciones adversas en el mercado de trabajo.
Sin embargo, hay excepciones. En las ciudades de la pampa húmeda ligadas al campo crecieron el empleo y la participación laboral. Para replicar el fenómeno en el resto del país se necesitan acuerdos políticos amplios para mejorar la gestión del Estado.
Los indicadores del mercado laboral señalan que la tasa de desempleo bajó desde el 8,5% en el 3° trimestre al 7,6% de la población activa en el 4° trimestre del 2016.
En cantidad de personas, es una reducción de 133 mil desocupados. En paralelo, se observa que unas 150 mil personas dejaron de participar del mercado laboral o sea que dejaron de trabajar o buscar activamente un trabajo. Es claro que sin esa masiva fuga a la inactividad laboral el desempleo habría aumentado.
Las personas deciden retirarse del mercado de trabajo por diversos motivos. A veces son decisiones voluntarias para dedicarse a tareas del hogar, a sólo estudiar o a no hacer nada. Pero frecuentemente se trata del efecto desaliento que genera la falta de puestos de trabajo.
Muchas personas dejan de buscar porque perciben que no van a encontrar trabajo sea por escasez general de empleos o porque consideran que no tienen las calificaciones que en el mercado laboral se demandan.
El efecto desaliento debido a la débil generación de empleos es lo que viene prevaleciendo en los últimos años.
Sin embargo, el proceso no es homogéneo en todo el mercado de trabajo. Comparando la información publicada por el INDEC para el 3° y el 4° trimestre del año 2016 aparecen los siguientes comportamientos:
Para el total del país hubo una disminución del empleo del -0,1%.
Para la provincia de Santa Fe y el interior de las provincias de Córdoba y Buenos Aires hubo un incremento del 4,8%.
Para el resto del país la caída fue del -0,8%.
Estos datos muestran que el empleo, en promedio, está estancado y eso seguramente es el principal factor que genera el desaliento. Pero en las ciudades ligadas más directamente a la producción agropecuaria de la pampa húmeda el empleo aumentó (Rosario, Ciudad de Santa Fe, Villa Constitución/San Nicolás, Rio Cuarto, Mar del Plata y Bahía Blanca). Esto, sin embargo, no fue suficiente para compensar la sensible caída de la ocupación en el resto del país.
Otro dato que confirma esta tendencia es la evolución de la tasa de actividad laboral. Mientras que en el resto del país la cantidad de personas que participan del mercado laboral cayó en un -1,9%, en las ciudades ligadas al campo de la pampa húmeda la gente que salió a trabajar o buscar trabajo se incrementó en un 4,7%.
Es decir, mientras que en el resto del país la falta de crecimiento del empleo se traduce en caída de la participación laboral, en la zona pampeana crece tanto el empleo como la gente que entra al mercado de trabajo.
La dinámica laboral positiva que se observa en la pampa húmeda está ligada fundamentalmente a políticas internas. Es decir, no se trata de una bonanza por mejores precios internacionales. Se eliminaron las prohibiciones a exportar e importar, se normalizó el mercado cambiario y se redujo la presión impositiva (retención a las exportaciones). Bajo estas condiciones el sector agropecuario pampeano reaccionó rápidamente y comenzó a dar resultados sociales positivos. Juega a favor la muy alta productividad del sector y procesos productivos relativamente simples.
Pero para replicar este proceso en las zonas urbanas del resto del país se necesitan políticas públicas más profundas y sofisticadas. Entre las fundamentales aparecen reducir el gasto público improductivo, modernizar el sistema tributario, aumentar la inversión en infraestructura, reducir los costos laborales no salariales, desburocratizar la legislación laboral y simplificar los trámites del Estado.
Un programa de reformas estructurales de esta envergadura demanda esfuerzos en alcanzar acuerdos políticos amplios que sean la base para mejorar la organización del Estado. En este aspecto cabe alertar que hasta ahora se observa mucha mas eficacia en tomar deuda en moneda extranjera que en avanzar en la mejora de la administración tributaria y en la modernización de la gestión del sector público.