Economía

Cómo la economía del entretenimiento digital creció más rápido que el consumo tradicional

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Las plataformas digitales de entretenimiento crecen a un ritmo que el consumo tradicional no logra igualar. En la Argentina, las ventas minoristas medidas en términos reales llevan años oscilando alrededor del amesetamiento, con caídas fuertes en los períodos de ajuste y recuperaciones parciales que rara vez devuelven el nivel previo. El gasto en juegos, música por streaming, video bajo demanda y ocio interactivo siguió otra curva.

Ese contraste se aprecia con mayor claridad en los mercados donde el celular se generalizó antes que la cuenta bancaria. A modo de ejemplo, se pueden consultar más detalles aquí en Paryajpam sobre cómo un operador haitiano combina una red de sucursales para recibir efectivo con billeteras virtuales y criptomonedas dentro de la aplicación. Lejos de suprimir el canal presencial, ese modelo lo transformó en la puerta de entrada al consumo digital para quienes no están bancarizados.

Una brecha que se abrió en dos etapas

La banda ancha y el celular inteligente

La primera etapa arranca alrededor de 2007, con la combinación de conexiones domésticas estables y dispositivos móviles capaces de reproducir contenido. Hasta ese momento el entretenimiento tenía un soporte físico y una cadena de distribución con costos reales: prensado, transporte, depósito, góndola. Cada copia vendida implicaba una copia fabricada.

El cambio fue brutal para las categorías más expuestas. Las ventas mundiales de DVD cayeron más de un noventa por ciento desde su pico de mediados de la década del dos mil, y en la Argentina el fenómeno se vio en la desaparición de los videoclubes de barrio y en la salida de Blockbuster del mercado local. Musimundo, que había sido la mayor cadena de discos del país, terminó reconvertida en una cadena de electrodomésticos.

La pandemia como acelerador y la corrección posterior

La segunda etapa es más conocida. Entre 2020 y 2021 el aislamiento empujó a millones de personas hacia el consumo digital y muchas plataformas registraron el mejor año de su historia. Lo interesante no es ese pico, sino lo que ocurrió después.

Cuando las restricciones terminaron, el consumo tradicional recuperó parte del terreno perdido, pero no todo. La taquilla mundial de cine se ubicó en torno a los 30.000 millones de dólares en 2024, todavía muy por debajo de los más de 42.000 millones de 2019, y el mercado argentino de salas tampoco volvió a los niveles de asistencia previos. El hábito digital, en cambio, se mantuvo casi intacto.

¿Por qué el ocio digital escala mejor?

El costo marginal tiende a cero

Una plataforma de streaming que suma un suscriptor adicional incurre en un costo casi imperceptible. Un local que quiere atender a un cliente adicional necesita metros cuadrados, personal, stock y logística. Esa asimetría es la explicación más simple del fenómeno y también la más poderosa.

El resultado es que el crecimiento digital no está limitado por la capacidad instalada. Un juego puede pasar de cien mil a diez millones de jugadores sin construir nada, mientras que una cadena de retail necesita años y capital para duplicar su alcance. La velocidad de expansión no es comparable.

El catálogo infinito y la lógica de la cola larga

En un local, el espacio es finito y obliga a elegir. Solo entran los títulos con mayor rotación esperada, lo que deja fuera a nichos enteros que no justifican una posición en la góndola. El comercio tradicional está condenado a optimizar el promedio.

Las plataformas digitales no tienen esa restricción y pueden monetizar catálogos enormes de baja demanda individual. Sumadas, esas ventas marginales representan una porción significativa de los ingresos. Es la lógica que Chris Anderson describió como cola larga, y que se volvió el modelo dominante en música, video, libros y juegos.

El pago dejó de ser una fricción

Pagar en efectivo en un local implica desplazamiento, horario y una decisión consciente sobre cada compra. Pagar dentro de una aplicación con credenciales guardadas convierte esa decisión en un gesto de dos segundos.

Las suscripciones llevaron esa lógica un paso más allá al eliminar la decisión por completo. El gasto se vuelve automático y silencioso, y solo se revisa cuando el usuario decide dar de baja el servicio. Ese diseño explica buena parte de la estabilidad de ingresos que muestran las plataformas frente a la volatilidad del comercio minorista.

Los números detrás del fenómeno

Videojuegos, el segmento más grande

El mercado global de videojuegos se estima en torno a los 180.000 millones de dólares anuales según las consultoras del sector, una cifra superior a la suma de la taquilla del cine y la industria discográfica mundial. La mayor parte de ese volumen proviene de dispositivos móviles, no de consolas.

El modelo de ingresos también cambió. La venta de una unidad a precio fijo dio paso a compras dentro del juego, pases de temporada y contenido descargable, lo que permite extraer valor de un mismo usuario durante años. Un título exitoso ya no es un producto que se vende una vez, sino un servicio que se opera de forma continua.

Música y video, dos curvas distintas

La industria discográfica global facturó cerca de 29.600 millones de dólares en 2024, con un crecimiento cercano al cinco por ciento y con el streaming representando alrededor de dos tercios del total. Es una recuperación notable para un sector que había perdido más de la mitad de sus ingresos entre 1999 y 2014.

El video siguió otro camino. Netflix superó los 300 millones de suscripciones pagas a fines de 2024, pero la captación de nuevos abonados se desaceleró en los mercados maduros. La competencia empujó a las plataformas hacia planes con publicidad, una vuelta parcial al modelo televisivo clásico.

Casinos y apuestas, del local al teléfono

El juego siempre tuvo una infraestructura tangible costosa, con salas, personal, licencias por establecimiento y horarios acotados, y todo ese aparato quedó reducido a una aplicación que funciona sin límite geográfico ni horario. Las estimaciones del sector ubican la facturación bruta del juego online mundial por encima de los 100.000 millones de dólares anuales.

La regulación acompañó ese movimiento con retraso y de manera fragmentada. En la Argentina no hay un marco nacional para el juego online, sino un esquema provincial donde cada jurisdicción otorga sus licencias, y Misiones lo administra a través de su instituto de lotería y casinos. El resultado es un mapa desparejo, con operadores habilitados en una provincia e ilegales en la vecina.

Ese vacío alimentó el debate público sobre el juego no regulado y sobre el consumo entre adolescentes, con proyectos presentados en el Congreso para restringir la publicidad de apuestas. La discusión reproduce, con años de demora, la que ya atravesaron otros mercados de la región.

El tiempo como recurso escaso

Hay un límite que ninguna plataforma puede superar. Las mediciones de consumo de medios ubican el tiempo diario frente a pantallas digitales por encima de las siete horas para el adulto promedio en los mercados más digitalizados, lo que deja poco margen para seguir creciendo por esa vía.

Cuando el tiempo se agota, la competencia deja de ser entre categorías y pasa a ser por atención. Un servicio de streaming no compite solo con otro servicio de streaming: compite con un juego, con una red social y con una plataforma de apuestas deportivas. Todos disputan el mismo recurso finito.

El consumo tradicional no desapareció, se reordenó

Sería un error leer estos datos como el final del comercio físico. Las ventas minoristas siguen siendo varias veces superiores al gasto en entretenimiento digital en términos absolutos, y categorías como alimentos, salud o vivienda son estructuralmente inmunes a la desmaterialización.

Lo que cambió es la composición del gasto discrecional. El presupuesto de ocio de un hogar se desplazó desde bienes durables y salidas hacia servicios recurrentes de bajo ticket. Un abono mensual repetido doce veces resulta menos visible que una compra única del mismo monto anual, aunque el impacto sobre el bolsillo sea idéntico.

Ese desplazamiento tiene consecuencias para el comercio físico que sobrevivió. Los locales que mejor resistieron son los que ofrecen algo que la pantalla no puede replicar, ya sea inmediatez, experiencia sensorial o interacción social. El resto quedó atrapado compitiendo por precio contra un rival sin costos de estructura.

Mercados emergentes, dos caminos distintos

Conviene distinguir dos situaciones que suelen mezclarse. En buena parte de África subsahariana y del sudeste asiático nunca existió una red densa de disquerías, cines de barrio o salas de juegos, de modo que no hubo un modelo tradicional al que desplazar y la adopción digital ocupó un espacio vacío.

La Argentina es el caso opuesto y por eso resulta interesante. El país tuvo una de las redes de salas y de comercios de música más densas de la región, con cines de barrio en casi toda ciudad mediana, y esa infraestructura se contrajo de manera visible a lo largo de tres décadas. Acá el ocio digital no llenó un vacío: reemplazó algo que existía.

Lo que sí comparten ambos escenarios es la relación entre celular y sistema financiero. En varios mercados emergentes la penetración de teléfonos con conexión supera con holgura a la tenencia de cuentas bancarias, y esa asimetría define qué medios de pago puede aceptar una plataforma.

Pagos, monedas y confianza

La consecuencia directa fue una innovación acelerada en medios de pago. Brasil desplegó Pix en 2020 y llegó a más de 150 millones de usuarios en pocos años, y en la Argentina el crecimiento de Mercado Pago, la interoperabilidad del código QR y el esquema de Transferencias 3.0 cumplieron una función parecida sobre una base bancaria más amplia.

El caso argentino agrega un componente propio. La adopción de criptomonedas, y en particular de stablecoins vinculadas al dólar, se encuentra entre las más altas del mundo, impulsada menos por la especulación que por la búsqueda de una reserva de valor estable.

Las plataformas de ocio digital se adaptaron a esa realidad antes que muchos bancos. Aceptan depósitos en efectivo a través de agentes, billeteras virtuales y, en varios mercados, criptomonedas, precisamente porque exigir una tarjeta de crédito habría reducido el mercado potencial a una minoría.

Lo que las estadísticas no llegan a capturar

Existe un problema metodológico que distorsiona la comparación entre ambos mundos. Los índices tradicionales de consumo fueron diseñados para medir bienes con precio observable y cantidad contable, y funcionan mal cuando el servicio es gratuito para el usuario y se financia con publicidad.

El economista Erik Brynjolfsson y varios coautores propusieron métricas alternativas para estimar el excedente del consumidor generado por servicios digitales sin precio. Sus experimentos, basados en cuánto habría que pagarle a una persona para que renuncie a un servicio durante un mes, sugieren un valor muy superior al que registra la contabilidad nacional.

Hay además una dificultad específicamente local. Buena parte del gasto en plataformas se factura en dólares y llega al usuario a través del resumen de la tarjeta, con impuestos y percepciones que cambian con frecuencia, lo que vuelve difícil comparar series en el tiempo y separar aumento de consumo de aumento de costo.

Qué puede aprender el comercio tradicional

La lección más útil no es tecnológica. Las plataformas digitales entendieron antes que el retail que el negocio dejó de ser vender unidades y pasó a ser administrar una relación en el tiempo, con datos propios sobre cada usuario y con capacidad de ajustar la oferta de forma continua.

Los comercios que aplicaron esa lógica obtuvieron resultados. Programas de fidelización con datos reales, suscripciones para categorías de consumo repetido y personalización basada en historial de compra son adaptaciones directas del manual digital, y ninguna requiere abandonar el local.

También hay un límite honesto que conviene reconocer. Ningún modelo digital reemplaza la necesidad de tocar un producto antes de comprarlo, ni la función social de un espacio compartido. Las categorías donde eso pesa siguen siendo defendibles y probablemente lo sigan siendo por mucho tiempo.

La brecha de crecimiento entre ambos mundos no responde a una moda ni a un cambio generacional pasajero. Responde a una estructura de costos radicalmente distinta, a la eliminación de la fricción en el pago y a la capacidad de escalar sin construir nada físico. Ese conjunto de ventajas define el ritmo del sector, y el comercio tradicional tiene mucho que aprender de ese camino.

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Avanzan con la privatización de rutas nacionales: abren las ofertas económicas de la Etapa III, que incluye a Misiones

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El Gobierno nacional dio un nuevo paso en el proceso de concesión de la infraestructura vial al abrir este miércoles las ofertas económicas de la Etapa III de la Red Federal de Concesiones, un esquema que prevé incorporar capital privado para la operación, mantenimiento y modernización de más de 3.900 kilómetros de rutas nacionales distribuidas en once provincias, entre ellas Misiones.

El anuncio fue realizado por el ministro de Economía, Luis Caputo, quien destacó que esta etapa forma parte del plan para concesionar más de 9.000 kilómetros de corredores estratégicos, por donde circula cerca del 80% del tránsito nacional. El objetivo oficial es reemplazar el financiamiento estatal de estas obras por inversión privada, bajo un modelo de concesión que busca mejorar la infraestructura vial y reducir los costos logísticos para la producción.

Para Misiones, el proceso adquiere especial relevancia porque la provincia integra dos de los corredores licitados. Por un lado, el Tramo Mesopotámico, que comprende 276 kilómetros sobre las rutas nacionales 12 y 18, y por otro el Tramo Noreste, con 456 kilómetros sobre las rutas nacionales 12 y 105, dos ejes fundamentales para la conectividad provincial y el comercio con Paraguay y Brasil.

La Ruta Nacional 12 constituye el principal corredor logístico de Misiones. Conecta la provincia con Corrientes y el resto del país, además de vincular ciudades estratégicas como Posadas, Jardín América, Eldorado, Puerto Esperanza e Iguazú. La Ruta Nacional 105, en tanto, funciona como uno de los principales accesos al área metropolitana de Posadas y canaliza buena parte del tránsito de cargas provenientes del sur provincial.

La Etapa III también incluye otros seis corredores distribuidos en distintas regiones del país. El Tramo Centro comprende 681 kilómetros sobre las rutas nacionales 9, 19 y 34; el Centro Norte abarca 536 kilómetros de la Ruta Nacional 34; el Noroeste suma 596 kilómetros sobre las rutas 9, 34, 66, 1V66 y A-016; el Litoral comprende 547 kilómetros de las rutas nacionales 12 y 16; el corredor Chaco-Santa Fe cubre 497 kilómetros de la Ruta Nacional 11; mientras que el Tramo Cuyo incorpora 329 kilómetros de la Ruta Nacional 7.

Según explicó Caputo en sus redes sociales, la apertura de las ofertas económicas representa un nuevo avance del proceso licitatorio y permitirá continuar con la evaluación para adjudicar cada uno de los corredores.

“Se realizó la apertura de las ofertas económicas de la Etapa III de la Red Federal de Concesiones, un nuevo avance del proceso licitatorio para concesionar más de 3.900 kilómetros de rutas nacionales mediante inversión 100 % privada”, señaló el ministro.

El funcionario sostuvo además que estos corredores son “fundamentales para la producción, el comercio, el turismo y la integración regional”, al tiempo que reafirmó la estrategia oficial de avanzar hacia un esquema donde el mantenimiento y desarrollo de la red vial quede en manos de operadores privados.

La iniciativa se enmarca en el proceso de transformación del sistema de infraestructura impulsado por el Gobierno nacional, que busca reemplazar el modelo tradicional de obra pública financiada con recursos del Estado por concesiones de largo plazo. En este esquema, las empresas adjudicatarias asumirán las inversiones necesarias para mantener, reparar y ampliar las rutas, recuperando esos desembolsos a través de la explotación de los corredores concesionados.

Para Misiones, donde la competitividad de sectores como la forestoindustria, la yerba mate, el té, el turismo y el comercio internacional depende en gran medida de la calidad de la infraestructura vial, la modernización de estos corredores aparece como un factor clave para reducir tiempos de traslado, mejorar la seguridad y fortalecer la integración logística con el Mercosur. El desafío, sin embargo, será que las futuras concesiones logren equilibrar inversiones, calidad del servicio y costos para los usuarios, en un contexto donde el transporte terrestre continúa siendo uno de los principales motores de la economía regional.

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El petróleo otra vez supera los US$90

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El precio del petróleo superó los US$90 este martes ante una nueva escalada del conflicto en Medio Oriente.

El barril de Brent sube 1,9% al promediar los negocios de este martes y se ubica en U$S91.

El nuevo repunte del petróleo es uno de los problemas que afronta el Gobierno nacional, dado que apuntala las expectativas de un nuevo aumento del precio de los combustibles.

Aunque, en caso de concretarse se complicaría el proceso de desinflación que pretende el gobierno.

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El costo de la coerción geoeconómica

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Por Jeffry Frieden / F&D FMI – Los gobiernos de todo el mundo utilizan cada vez más políticas económicas, como prohibiciones de exportación, sanciones financieras y aranceles comerciales, para lograr objetivos no económicos. Los beneficios de estas políticas geoeconómicas pueden ser significativos, ya que cumplen un propósito geopolítico sin amenazar ni utilizar la fuerza militar—y sin los altos costes humanos y económicos de la guerra. Quizá el mundo debería darle la bienvenida a esto.

Sin embargo, las políticas coercitivas pueden resultar costosas para las naciones que las imponen. Por muy atractivo que pueda ser utilizar políticas económicas con fines coercitivos, a veces los beneficios no compensan el coste.

Conexión estrecha

La política internacional y la economía internacional siempre han estado estrechamente entrelazadas. La era del mercantilismo que prevaleció desde el siglo XV hasta principios del XIX se organizó explícitamente en torno a la interacción entre la destreza económica y militar. En su obra de 1618 Un discurso sobre la invención de barcos, anclas, brújula etc.c, el explorador Sir Walter Raleigh, teórico y practicante del mercantilismo inglés, opina: “Quien domina el mar, manda el comercio; quien domina el comercio del mundo domina las riquezas del mundo y, en consecuencia, del mundo mismo.”

Las políticas mercantilistas utilizaban el control militar sobre rutas marítimas y colonias para extraer recursos de socios comerciales y posesiones ultramarinas, y utilizaban esos recursos para financiar gastos militares adicionales. Durante varios cientos de años, los conflictos y alianzas entre las grandes potencias se reflejaron tanto en sus relaciones militares como económicas.

A medida que Gran Bretaña alejó a los países ricos de Europa del mercantilismo y hacia flujos financieros y comerciales más libres a principios del siglo XIX, las potencias europeas separaron cada vez más la formulación de políticas económicas de la política de las grandes potencias. Aún existían bloqueos y embargos ocasionales, y las políticas económicas se usaban a menudo como instrumento de control colonial. Pero la ideología y la práctica predominantes tendían a mantener las políticas económicas y militares relativamente separadas. Esta era de libre comercio vio un crecimiento económico muy rápido según los estándares históricos, lo que parecía confirmar la sabiduría de separar las relaciones económicas de las diplomáticas.

Sin embargo, mientras los países intentaban alcanzar a Gran Bretaña a finales del siglo XIX y principios del XX, la disputa geopolítica y la carrera por las colonias devolvieron a la geoeconomía al primer plano. Las potencias coloniales reforzaron su control sobre sus imperios, Alemania se creó una esfera de interés económico y político en Europa central, y Estados Unidos consolidó su predominio en el hemisferio occidental durante un periodo de nacionalismo económico creciente que hoy tiene paralelismos.

La Guerra Fría reforzó la conexión entre la geopolítica y la economía: las potencias occidentales en gran medida aislaron a la Unión Soviética y a sus aliados del comercio y la inversión internacionales, incluso mientras la integración económica internacional occidental crecía de forma dramática. Por su parte, los soviéticos y sus aliados, junto con China, mostraron poco interés en la economía mundial.

El fin de la Unión Soviética y la Guerra Fría, junto con el inicio de la globalización a gran escala a finales de los años 80 y principios de los 90, llevaron a la mayoría de los gobiernos a llevar a cabo sus relaciones económicas internacionales con poca preocupación por consideraciones militares u otras geopolíticas. A medida que China y Vietnam, y más tarde las antiguas repúblicas soviéticas y sus aliados, se unieron a la economía mundial, parecía que la aceptación global de la integración económica había superado los peores rasgos de la política de grandes potencias.

Las expectativas a principios del nuevo milenio de que la política internacional y la economía internacional permanecerían separadas resultaron erróneas. La renovada competencia entre las grandes potencias ha abarcado sus relaciones económicas—piensa en las sanciones occidentales contra Rusia y los conflictos comerciales en curso entre China y Estados Unidos. La pandemia global puso de manifiesto los temores de que las largas y complejas cadenas de suministro pudieran poner en peligro el acceso de los países a bienes esenciales. La invasión rusa a gran escala de Ucrania ha traído un conflicto militar importante a Europa de formas que muchos consideraban impensables. No es de extrañar que los gobiernos estén utilizando políticas económicas para abordar las crecientes tensiones geopolíticas que enfrentan.

Beneficios de la coacción

Los gobiernos tienen buenas razones para utilizar políticas económicas con fines geopolíticos. Las sanciones, embargos, aranceles y otras medidas similares pueden coaccionar a los adversarios sin amenaza ni uso de la fuerza. Pueden imponer costes a los países y gobiernos objetivo, inducir a grupos poderosos en el extranjero a presionar a sus propios gobiernos para que cambien de rumbo, y persuadir a los aliados para que colaboren para obligar a un adversario a hacer concesiones.

El atractivo de las políticas geoeconómicas puede ser claro, aunque puede ser difícil de medir. Muchos objetivos geopolíticos son difíciles de cuantificar e incluso difíciles de pensar en términos monetarios. ¿Cuánto vale la seguridad nacional? ¿Cuál es el valor de aislar a un adversario, cimentar una alianza, evitar un posible ataque, evitar una guerra desastrosa?

Aunque los beneficios de las políticas geoeconómicas pueden ser intangibles, muchos de los costes son más directamente económicos y susceptibles de ser analizados. Los responsables políticos, analistas y electores deberían reflexionar sobre los sacrificios implicados, sobre lo que un país puede estar renunciando cuando impone sanciones o aranceles con fines geopolíticos. Esto no significa que deban evitarse tales políticas, solo que se deben tener en cuenta tanto sus beneficios como sus costes.

Costes de la coerción

Las políticas económicas coercitivas suelen imponer costes al país que las utiliza. Esos costes pueden ser de muchas formas: a continuación se presentan algunos ejemplos.

Costes para la eficiencia económica. Casi por definición, las políticas geoeconómicas alejan la economía de un país de sus propósitos más productivos. Restringir las importaciones limita el acceso del país a bienes producidos de forma más eficiente en otros lugares; restringir las exportaciones limita el acceso del país a mercados extranjeros rentables. Las medidas que restringen el movimiento de bienes y capital pueden comprometer la ventaja comparativa de un país y reducir su eficiencia productiva. Este era, al fin y al cabo, el argumento de economistas pro-comercio desde Adam Smith hasta David Ricardo y John Maynard Keynes. Como escribió Keynes, “La comunidad en su conjunto no puede esperar ganar haciendo artificialmente escaso lo que el país quiere.”

Los gobiernos adoptan políticas geoeconómicas porque están dispuestos a sacrificar el bienestar agregado (económico) por fines geopolíticos. Dentro de este objetivo, existen limitaciones específicas que ponen de relieve los compromisos que conlleva la política geoeconómica.

Costes de especialización. La especialización es fundamental para la productividad y el crecimiento económico. La división del trabajo es central para una eficiencia económica más amplia y, como escribió Adam Smith, “La división del trabajo está limitada por la extensión del mercado.” Renunciar deliberadamente a un mercado más amplio limita hasta qué punto una economía nacional puede especializarse de forma útil.

Hay un intercambio más explícito. Las actividades económicas más especializadas son tanto especialmente valiosas como especialmente vulnerables. Son valiosos porque la producción especializada es especialmente rentable, dada su escasez y especificidad. Son vulnerables porque la escasez y la especificidad de la producción especializada también dificultan su reemplazo. Cuanto más especializada es la actividad productiva, mayor es el desafío de prescindir de ella—y más peligroso es depender de ella.

Así, los gobiernos intentarán evitar la dependencia de los productos más especializados de otras naciones. Diversificar los lazos económicos proporciona cierta protección frente a choques económicos y geopolíticos y ayuda a limitar la vulnerabilidad. Pero también puede limitar la eficiencia de una economía y la de sus socios comerciales.

Costes para la innovación. Así como limitar artificialmente el mercado de un país reduce su capacidad de especializarse, también reduce sus incentivos para innovar. Los productores invierten en investigación y desarrollo para obtener ventajas en los mercados, y cuanto mayor es el mercado y más feroz es la competencia, mayor es la razón para hacerlo.

Por otro lado, los controles de exportación que restringen el acceso de una economía objetivo a la tecnología le dan razones sólidas para innovar. La Alemania nazi desarrolló caucho sintético y metadona al enfrentarse a un bloqueo aliado que le cortó el suministro natural de caucho y opio. Aunque esto quizá no fue el uso más eficiente de los recursos alemanes, sí contrarrestó el impacto de las políticas geoeconómicas. Evidencias más recientes muestran que los países sancionados han invertido fuertemente en innovación: Rusia, China e Irán han respondido a las sanciones intensificando la investigación y el desarrollo para intentar reemplazar bienes que ya no están disponibles.

Costes para la credibilidad. La buena reputación de un país es valiosa: anima a otros países a comprometerse con acuerdos potencialmente arriesgados en comercio, finanzas e inversión. Si políticas geoeconómicas como sanciones y congelaciones de activos violan contratos implícitos o explícitos, esto lleva a otros países a cuestionar si pueden confiar compromisos a quienes imponen tales políticas. A medida que la confianza se erosiona, otros gobiernos y empresas privadas están menos dispuestos a arriesgarse a compromisos económicos que podrían ser violados. Esto puede privar a un país de valiosos lazos comerciales, de inversión y financieros, muchos de los cuales dependen de la reputación de fiabilidad de sus socios.

Costes para la política interna. Los costes y beneficios de las políticas geoeconómicas pueden no distribuirse de manera equitativa dentro de la población, lo que puede conducir a conflictos políticos internos. Los efectos negativos de las sanciones o los controles de exportación, por ejemplo, pueden ser graves para las empresas que pierden lazos económicos importantes y rentables. Por otro lado, las políticas geoeconómicas exitosas pueden crear oportunidades especialmente rentables para empresas e industrias que obtienen acceso al mercado o trato favorable. Las empresas nacionales que sufren la imposición de políticas geoeconómicas pueden resentir a quienes se benefician de su éxito. Por tanto, tales políticas pueden ser más difíciles de imponer, menos creíbles o más controvertidas políticamente. Lo último que quieren los líderes nacionales cuando persiguen lo que consideran políticas geopolíticas clave es una reacción política interna—por lo que deben prestar mucha atención a los costes sociales internos de estas políticas.

Imagen completa

Los gobiernos suelen adoptar políticas económicas coercitivas en medio de una lucha geopolítica inmediata. El enfoque comprensible en el objetivo geopolítico a corto plazo —obtener concesiones, evitar daños— puede ocultar los costes económicos a largo plazo. Puede resultar difícil, en pleno conflicto geopolítico, para los responsables políticos tener en cuenta que las sanciones pueden infligir un daño duradero a la reputación financiera o comercial del sancionador, daños que podrían superar la ventaja geoeconómica temporal obtenida.

Las políticas geoeconómicas pueden generar comportamientos deseables en otros países, pero tienen costes e implican compensaciones. Responsables políticos, analistas y ciudadanos necesitan una visión clara de estos costes. Las políticas geoeconómicas pueden limitar el funcionamiento eficiente de la economía, reduciendo los incentivos para especializarse y lograr la máxima eficiencia productiva nacional. Pueden desalentar la innovación nacional pero estimular dicha actividad por parte de rivales extranjeros. Limitan las actividades disponibles para empresas e industrias nacionales. Pueden afectar la reputación de fiabilidad de un país y perjudicar sus perspectivas económicas a largo plazo. Y pueden perjudicar a algunas industrias o grupos en la nación de origen en favor de otros, de formas que pueden ser políticamente controvertidas.

Las políticas geoeconómicas son una herramienta valiosa de la política exterior cuyos beneficios pueden ser sustanciales, especialmente si ayudan a evitar conflictos militares. Sin embargo, hay ocasiones en las que los costes pueden superar los beneficios. Necesitamos una imagen clara de los costes antes de poder determinar si los beneficios netos son positivos.

JEFFRY FRIEDEN es profesor de asuntos internacionales y públicos y ciencias políticas en la Universidad de Columbia y profesor emérito de gobierno en la Universidad de Harvard.

Referencias:

Clayton, Christopher, Antonio Coppola, Matteo Maggiori y Jesse Schreger. 2025. “Presión geoeconómica.” Documento de trabajo NBER 34020, Oficina Nacional de Investigación Económica, Cambridge, MA.

Flynn, Joel, Antoine B. Levy, Jacob Moscona y Mai Wo. 2025. “Riesgo político extranjero y cambio tecnológico.” Documento de trabajo NBER 33964, Oficina Nacional de Investigación Económica, Cambridge, MA.

Gao, Hao, Nemit Shroff y Pengdong Zhang. 2025. “Paradoja de las sanciones: ¿Perjudican las restricciones a la exportación de EE. UU. a la innovación nacional?” Artículo de investigación MIT Sloan 7328-25, Instituto Tecnológico de Massachusetts, Cambridge, MA.

Liu, Xueyue, Yu Liu, Alexey Makarin y Jaya Wen. 2025. “Controles de exportación e innovación en países sancionados.” Documento de trabajo de la Escuela de Negocios de Harvard 25-004, Universidad de Harvard, Cambridge, MA.

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ARCA endurece controles sobre Ganancias y pone bajo revisión beneficios de la “inocencia fiscal”

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El organismo detectó inconsistencias en deducciones informadas por trabajadores en relación de dependencia y activó controles electrónicos preventivos. La preocupación crece entre contribuyentes adheridos al Régimen Simplificado impulsado por el Gobierno, ante el riesgo de perder el “tapón fiscal”.

La Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) inició una revisión masiva sobre deducciones declaradas en el Impuesto a las Ganancias por trabajadores en relación de dependencia y encendió una señal de alerta en torno al Régimen Simplificado de Ganancias, uno de los instrumentos centrales del esquema de “inocencia fiscal” promovido por el Gobierno nacional.

El organismo comenzó a cruzar información entre las declaraciones realizadas mediante el Siradig y las liquidaciones anuales confeccionadas por empleadores a través del formulario F.1359. El resultado preliminar mostró inconsistencias en distintos conceptos deducidos, especialmente vinculados a gastos de indumentaria, equipamiento profesional, aportes previsionales, vehículos utilizados por corredores y viajantes, aportes a Sociedades de Garantía Recíproca (SGR) y cargas de familia.

La situación adquirió mayor sensibilidad porque ARCA advirtió que esas diferencias podrían derivar en “discrepancias significativas”, una categoría que puede afectar directamente el acceso y permanencia dentro del Régimen Simplificado de Ganancias.

El “tapón fiscal” entra en zona de tensión

El régimen impulsado por el Ministerio de Economía fue presentado como una herramienta destinada a facilitar la formalización patrimonial y permitir la exteriorización de ahorros no declarados sin quedar expuestos a revisiones retrospectivas amplias.

La pieza clave del esquema es el denominado “tapón fiscal”: una limitación a futuras investigaciones sobre variaciones patrimoniales de períodos anteriores.

Sin embargo, el beneficio no es automático ni irrestricto. La normativa vigente establece que ARCA puede revisar la situación de los contribuyentes cuando detecte diferencias relevantes entre lo declarado y el impuesto efectivamente determinado por el organismo.

Actualmente, una diferencia igual o superior al 15% podría ser considerada una “discrepancia significativa”, un umbral que comenzó a generar preocupación entre trabajadores adheridos o interesados en ingresar al régimen antes del cierre del plazo de adhesión.

Las comunicaciones oficiales ya comenzaron a llegar a través de los domicilios fiscales electrónicos de cientos de contribuyentes.

Por ahora, especialistas tributarios remarcan que las notificaciones emitidas por ARCA no constituyen intimaciones formales ni determinaciones de deuda.

Se trata de acciones preventivas encuadradas dentro del Sistema de Acciones de Control Electrónico (Siace), una herramienta de fiscalización digital utilizada por el organismo para corregir inconsistencias antes de que las liquidaciones queden firmes.

Sin embargo, detrás del procedimiento técnico también aparece una señal política y fiscal relevante: el Gobierno busca ampliar la base de formalización sin resignar capacidad de control tributario.

El equilibrio es delicado. La administración de Javier Milei intenta consolidar un discurso de menor presión estatal y simplificación impositiva, pero al mismo tiempo necesita preservar herramientas de fiscalización en un contexto de fuerte ajuste fiscal y necesidad de sostener recaudación.

Economía revisa el impacto del régimen

La preocupación generada por las observaciones de ARCA coincidió con la decisión oficial de extender hasta fines de julio el plazo de adhesión al Régimen Simplificado de Ganancias.

En paralelo, el Ministerio de Economía mantuvo reuniones con especialistas tributarios para analizar el alcance de las discrepancias detectadas y evaluar posibles ajustes reglamentarios que eviten desalentar el ingreso de contribuyentes al sistema.

El punto sensible es que el régimen fue diseñado como uno de los mecanismos para incentivar la incorporación de ahorros y activos no formalizados al circuito económico. Cualquier percepción de inseguridad tributaria podría afectar esa estrategia.

Para ARCA, el objetivo es reducir inconsistencias antes de judicializar conflictos fiscales. Para los contribuyentes, en cambio, el desafío pasa por sostener el acceso a beneficios sin quedar expuestos a revisiones posteriores que puedan comprometer la estabilidad tributaria prometida por el régimen.

La dinámica abierta por ARCA revela que el Régimen Simplificado de Ganancias aún atraviesa una etapa de ajuste operativo y político.

El Gobierno necesita que el esquema gane volumen y legitimidad para transformarse en una herramienta efectiva de formalización. Pero al mismo tiempo busca evitar que el régimen sea utilizado para consolidar deducciones improcedentes o inconsistencias patrimoniales.

La tensión entre flexibilización y control quedó ahora expuesta en el corazón del nuevo esquema tributario.

Los próximos meses serán decisivos para determinar si el sistema logra consolidarse como incentivo a la formalización o si las dudas regulatorias terminan limitando su alcance.

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