Economía

El FMI prevé un fuerte crecimiento mundial por primera vez desde la crisis

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El Fondo Monetario Internacional emitió su primer pronóstico de crecimiento de la economía global en los últimos seis años, basado en el empuje que están mostrando las grandes economías desarrolladas y en el repunte que está exhibiendo China en los últimos trimestres.

 El Fondo Monetario Internacional (FMI) emitió su primer pronóstico de crecimiento de la economía global en los últimos seis años, basado en el empuje que están mostrando las grandes economías desarrolladas y en el repunte que está exhibiendo China en los últimos trimestres.

“La primavera está en el aire y la primavera está en la economía también”, dijo la directora-gerente del Fondo, Christine Lagarde, en una entrevista a la televisión concedida el jueves pasado al iniciarse la Reunión de Primavera del FMI y el Banco Mundial en Washington.

La literaria apreciación de Lagarde sobre el desempeño de la economía mundial para este año se asienta sobre la previsión del Fondo de un crecimiento del 3,5% en 2017, una décima porcentual por encima del 3,4% que anticipó en su Reunión Anual de septiembre pasado.

En su informe de perspectivas, el denominado World Economic Outlook, el FMI dijo que la economía crecerá a ese ritmo merced al inesperado fortalecimiento de China, que ya ha mostrado un incremento de su PBI en el primer trimestre de este año del 6,9%, que se suma así a la clara mejoría de Europa, Japón y Estados Unidos.

El Outlook colocó a España a la cabeza del avance de Europa, con un aumento del producto interno del 2,6% para 2017 después de haber crecido un 3,2% el año pasado, y ubica al Viejo Continente con un avance promedio del 2% para el año en curso.

También pronosticó que Japón crecerá 1,2% este año, en tanto para China prevé una expansión del PBI del orden del 6,6% y, con un récord de crecimiento, coloca a India, con un aumento del 7,2%.

De esta manera y a pesar de los problemas que atraviesan las economías latinoamericanas y de Africa, los especialistas del Fondo creen seriamente en una profundización de las mejoras que se evidencian actualmente en la industria y en el comercio mundial, considerando que ha llegado a su fin la fase de crecimiento “mediocre” comenzada tras la debacle 2008-2009.

Por eso, fuente del FMI han afirmado que “la economía mundial está en su mejor momento desde la crisis financiera” de aquellos años, a pesar de que subsisten grandes preocupaciones alrededor de los posibles efectos negativos de los factores políticos negativos que se ciernen en algunos de los países desarrollados.

Ese es el caso de Francia, donde mañana se celebra la primera ronda de las elecciones presidenciales, en las que existe el riesgo moderado de una victoria de la candidata de extrema derecha Marine Le Pen, quien es partidaria del abandono de la Eurozona y de la Unión Europea (UE).

Durante la reunión semestral de este fin de semana en Washington, fuentes del sector de estudios del FMI deslizaron que hay nerviosismo en el organismo multilateral por lo que pueda ocurrir en la elección francesa de mañana y, sobre todo, en la segundo ronda del mes próximo entre los dos candidatos que ocupen los primeros lugares en la primera vuelta.

Lagarde dijo públicamente que una eventual victoria de Le Pen “entrañaría, ciertamente, un desorden mayor” en la economía internacional, una apreciación nada habitual en un director-gerente del Fondo y que puede, también, leerse como un mensaje para que sus compatriotas se lo piensen dos veces antes de decantar su voto en favor de la candidata extremista.

En lo que hace a Estados Unidos, el Fondo prevé un crecimiento del 2,3% del PBI este año, bien por encima del 1,6% del año pasado, aunque mira con incertidumbre lo que finalmente ocurra con la orientación económica del presidente Donald Trump, quien hasta el momento viene encontrando serios obstáculos para imponer sus reformas de carácter proteccionista y aislacionista.

Aunque Lagarde elogió los primeros pasos de Trump, no deja de sorprender que lo haya hecho justamente en los mismos días en que el presidente estadounidense anuncia una investigación de “seguridad nacional” para frenar las importaciones de acero, las cuales vienen fundamentalmente de China, lo que implicaría el inicio de represalias comerciales mutuas entre Washington y Pekín.

Nadie sabe exactamente a dónde va Trump y, por tanto, la economía de Estados Unidos, un factor decisivo para cualquier prognosis del futuro de corto y mediano plazo.

“La crisis de liderazgo es hoy la mayor en mucho tiempo, en particular en el tiempo de vida FMI”, es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, estimó el historiador oficial del Fondo, James Boughton, citado el pasado viernes por el Financial Times.

Aún así, hay otros importantes analistas, como es el caso del ex economista-jefe del Fondo, Olivier Blanchard, para quien no se vislumbran riesgos económicos reales por parte de las tendencias populistas en Estados Unidos ni en otras economías desarrolladas.

Ni siquiera el Brexit o un empeoramiento de la situación de Grecia, y su nunca descartada salida de la Eurozona, entrañarían un problema sistémico a escala mundial, de acuerdo con la visión de Blanchard.

Sin embargo, la apreciación del actual economista-jefe del FMI, Maurice Obstfeld, es un poco menos optimista y, hasta cierto punto, sombría sobre el futuro de la economía mundial en el próximo período.

Así lo expresó en su introducción al Outlook al señalar que “la corrección al alza de nuestro pronóstico para 2017 sigue siendo pequeña y las tasas de crecimiento potencial a más largo plazo siguen siendo inferiores a las registradas en las últimas décadas a nivel mundial, y especialmente en las economías avanzadas”.

Más aún, señala que “aunque existe la posibilidad de que el crecimiento supere las expectativas a corto plazo, hay significativos riesgos a la baja que continúan opacando las perspectivas a mediano plazo y que, de hecho, pueden haberse intensificado desde la publicación de nuestras últimas previsiones”.

Entre estos riesgos, Obstfeld señala que uno destacable “es un giro hacia el proteccionismo que haga estallar una guerra comercial”.

Puede verse en esta condensada línea de análisis que el FMI sigue muy pendiente de las tendencias nacionalistas que empiezan a empujar con más fuerza la política económica de las grandes potencias y las señala, como el ejemplo de Trump lo expresa, como un elemento muy preocupante de cualquier recuperación mundial de largo plazo.

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Volvió a repuntar la compra de dólares en bancos durante abril

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La incógnita hoy en las mesas es cuándo aparecerá la demanda de empresas. Prevén mayor presión en los meses preelectorales.

En el mercado gana cada vez más lugar la percepción de que el dólar de $15,50, que hoy se ve en las pizarras, debería estar muy cercano a un piso. Los ahorristas aumentan sus compras de billetes y la salida de divisas por las ventanillas de bancos y por homebaking ya se afirma entre los u$s1.000 millones y los u$s2.000 millones diarios.

En las mesas advierten que la demanda empezó a sentirse con más fuerza en abril, después de que marzo reflejara una merma respecto del verano (cuando hay necesidades de dólares por turismo). Mañana, precisamente, el Banco Central va a informar la demanda que hubo durante el mes pasado. Pero en las entidades comentan que el verdadero movimiento empezó a notarse en esta última quincena.

En ese contexto, los bancos atendieron estas compras, hasta ahora, principalmente con dólares propios. El interrogante en el mercado es, ahora, cuándo se iniciará la demanda de billetes de empresas y bancos. Mientras tanto, ante semejante oferta de dólares por blanqueo y emisiones de deuda, el flujo no alcanza a empujar el tipo de cambio.

Las compras de ahorristas ya se ubican en un nivel que duplica al de los meses normales del año pasado. El gran salto se dio en diciembre, con el efecto que generó la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Los ejecutivos de bancos creen no hay factores estacionales que justifiquen este nivel de demanda. Más bien atribuyen el comportamiento a una percepción de que, en la Argentina, el dólar deberá empezar a acompañar en algún momento el movimiento que muestra en otros países.

En algunos sectores ya ven las mismas señales de dolarización: las ventas de autos importados crecen por encima del 70% interanual, frente al avance del 8% que se ve en los nacionales; el turismo de argentinos hacia el exterior (el “emisivo”) aumentó un 12% en el primer trimestre de 2017 frente a un estancamiento del ingreso de extranjeros en el país (el “receptivo”); y el consumo en dólares con tarjetas de crédito avanza cerca del 40% respecto del año pasado (el que es en pesos, por debajo del 30%).

En abril se volvió a ver un repunte en el saldo en dólares que tienen los minoristas en sus cajas de ahorro bancarias, cercano a los u$s200 millones. En el sistema financiero explican que no hay muchos secretos detrás de este fenómeno: los argentinos perciben que el tipo de cambio quedó muy bajo frente al resto de los activos y aprovechan a dolarizar su cartera en busca de algún rendimiento que les permita salir airosos de la inflación. En diciembre, la compra de billetes por ventanilla o homebanking ya había alcanzado un récord de u$s3.474 millones, según las cifras oficiales del Banco Central, con lo que llegó a más que duplicar el promedio mensual del año pasado (cercano a u$s1.500 millones). Pero en enero y febrero, cuando todos esperaban una regreso a la normalidad, la dolarización siguió fuerte: hubo compras de billetes por u$s2.400 millones por mes, un registro inédito para esta época. Las ventas de dólares, en cambio, cayeron 50% respecto de diciembre, y los ahorristas reflejaron con esto una reticencia a desprenderse de sus divisas.

En las mesas creen que la voracidad de los ahorristas por los billetes podría aumentar en el tercer trimestre ante la especulación de una corrección en el tipo de cambio poselectoral.

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Brotes verdes, amarillos y rojos: ¿qué pasa con el empleo en Argentina?

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El pasado jueves 16 de marzo el INDEC dio a conocer datos de desempleo del cuarto trimestre, que dieron una baja respecto al tercero (7,6% contra 8,5%). Unas horas antes de que el organismo de estadística publicara el dato, el diputado oficialista Luciano Laspina tuiteó: “Tengo una buena noticia. El desempleo está bajando en la Argentina. Bajó a 7,6%, casi un punto menos respecto al tercer trimestre”. Sin embargo, a las pocas horas lo borró: quizá porque no corresponde que alguien que no sea el INDEC comunique ese tipo de datos o, quizá, porque la baja del desempleo no se dio por un motivo positivo (como la creación de empleo), sino por otro (personas que no tenían trabajo y buscaban activamente dejaron de buscarlo), como se conoció horas después en el informe del INDEC. Ahora bien, por esta razón es muy errado entender el mercado de trabajo argentino (o el de cualquier país) en base a una sola variable como la tasa de desempleo. En lo que sigue, procuraremos analizar qué está pasando con el mercado de trabajo en la coyuntura actual, tratando de sacar el mayor jugo posible a los datos oficiales.

Los indicadores del mercado laboral

Un niño de 12 años que va a la escuela y por tanto no trabaja, ¿es un desocupado? Un jubilado que trabajó 40 años y ahora tiene 80, ¿lo es?

El desempleo no implica sólo no tener trabajo. También hay una segunda condición: no tenerlo y, además, buscar activamente empleo. Las personas que no trabajan ni buscan activamente empleo se denominan “inactivas” (es el caso del niño y del jubilado mencionados recién, pero también de muchos adultos que, por diversas razones -discapacidad, son amas de casa, desaliento a buscar empleo por falta de oportunidades, etcétera-, no trabajan ni buscan empleo). Por el contrario, los ocupados (se considera ocupado a toda persona que haya trabajado una hora en la semana en la que el INDEC le hace la encuesta -salvo que esté de vacaciones o licencia laboral-) y los desocupados componen lo que se denomina “población económicamente activa (PEA)” o “fuerza laboral”. La “tasa de desocupación” es el porcentaje de los desocupados sobre la PEA, no sobre el total de la población. El 7,6% actual significa que de cada 1000 activos, 76 son desocupados y 924 ocupados.

Como decíamos antes, la desocupación entre el tercer y cuarto trimestre no bajó porque desocupados se transformaran en ocupados, sino que pasaron a ser inactivos. Aún más, los datos del INDEC muestran que hubo 29.000 ocupados menos en el cuarto trimestre respecto al tercero. Este dato debe tomarse con ciertas pinzas, por razones que detallaremos luego.

Volvamos por un minuto a las medidas que se usan para analizar el mercado de trabajo. Además de la tasa de desocupación, hay otras que son muy importantes. Por ejemplo, una de ellas es la “tasa de actividad”, que mide cuántas personas son activas (ocupados más desocupados) cada 100 habitantes. Entre el tercer y el cuarto trimestre, tal cifra cayó del 46% al 45,3%. De ahí que haya bajado la desocupación en simultáneo con el empleo. Otro indicador muy relevante es la “tasa de empleo”, que muestra cuántos ocupados hay cada 100 habitantes. Quizá esta medida es mejor indicador de la situación económica que el desempleo, ya que efectivamente nos muestra qué porcentaje de la población trabaja. Teniendo en cuenta que la población argentina crece al 1% por año, ello significa que el empleo debiera crecer al mismo ritmo para que la tasa de empleo se mantenga constante. Habida cuenta de que tenemos poco más de 18 millones de ocupados, eso implica que tendríamos que crear 180.000 puestos de trabajo al año para mantener la tasa de empleo constante. “Se sostuvo el empleo”, frase que diversos gobiernos han destacado como una noticia positiva en algunos contextos, no es algo demasiado promisorio: si el empleo se sostiene (sin crecer), la tasa de empleo empeora. En otras palabras, se mantienen los ocupados pero las nuevas personas que ingresan al mercado laboral no logran insertarse. La variable demográfica es clave en los análisis económicos: de ahí que tampoco sea del todo útil decir “mienten cuando dicen que la economía no creció durante el último gobierno de Cristina, ya que el PBI creció 0,2% por año”. Crecer al 0,2% por año implica una caída del 0,8% anual en términos per cápita. Del mismo modo, si el PBI creciera 2,5% en 2017 y volviera a los niveles de 2015, estaríamos 2% abajo en materia per cápita (por el crecimiento demográfico de 2016 y 2017). Nada que festejar.

Hay diversas variables adicionales que importan en el mercado de trabajo. Hay dos de ellas que suelen tener rebote mediático (aunque menor al de la desocupación): la subocupación y la informalidad. Un subocupado es un tipo específico de ocupado: aquel que trabaja menos de 35 horas semanales por causas involuntarias, y que además está dispuesto a trabajar más horas. La tasa de subocupación -al igual que la de desocupación- se calcula como porcentaje de la PEA, y no sobre la población total (como ocurre con la tasa de actividad y la tasa de empleo). Entre el tercer trimestre y el cuarto casi no cambió: pasó del 10,2% al 10,3% (por debajo del 11,2% del segundo trimestre).

Por su lado, la informalidad es muchas veces tomada como síntoma de precariedad laboral o empleo vulnerable. Dentro de los asalariados (esto es, los ocupados que están en relación de dependencia, a diferencia de los patrones -que tienen personal a cargo- y cuentapropistas -que no tienen personal a cargo pero no están en relación de dependencia-), tenemos los “en blanco” o “formales” o “registrados”, que son aquellos que aportan al sistema jubilatorio (y que además suelen tener obra social y vacaciones pagas, por ejemplo), y los “en negro” o “informales” o “no registrados”, que no aportan al sistema jubilatorio (y no tienen obra social y, en muchos casos, tampoco vacaciones pagas). Lo que conocemos como “tasa de informalidad” refiere al porcentaje de asalariados que no aporta al sistema jubilatorio: en el cuarto trimestre, tal cifra estuvo en el 33,6% (la última medición kirchnerista daba 33,1% en el segundo trimestre de 2015). Tal 33,6% esconde heterogeneidades regionales: el noroesta (NOA) superó el 40% y en la Patagonia rondó el 17%.

El problema de la “tasa de informalidad de los asalariados” es que se dejan afuera a los trabajadores no asalariados (también llamados trabajadores independientes, que son aproximadamente el 24% del total), para los cuales medir formalidad es más complejo (puede ser como aportantes a la seguridad social vía regímenes como monotributo, aunque otros análisis definen informalidad no asalariada en función del nivel de calificación del ocupado). Si tomáramos a los no asalariados (recordemos, patrones y cuentapropistas) de baja-media calificación como informales y a los de alta calificación como formales, la informalidad en Argentina (contando todo) estaría en torno al 40%. Tomando a la fuerza laboral en su conjunto (esto es, ocupados más desocupados), tenemos que alrededor del 45% de la PEA tiene problemas de empleo (esto es, son desocupados o asalariados informales o trabajadores independientes informales). El Gráfico 1 a continuación muestra el mapa del empleo en Argentina al segundo trimestre de 2016 de acuerdo a microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC. Si bien el desempleo entonces era del 9,3% y en el cuarto trimestre del 7,6%, el diagnóstico no cambia en lo esencial. Cambiar para bien significativamente ese mapa del empleo sólo se puede dar en el largo plazo por medio del desarrollo económico y productivo; hacerlo para mal puede hacerse más rápidamente por medio de catástrofes económicas (algo que por suerte no ocurrió en el segundo semestre de 2016).

Gráfico 1: Composición de la fuerza laboral en Argentina (segundo trimestre de 2016), en porcentaje

 

Fuente: elaboración propia en base a INDEC

Ay, INDEC

¿Cómo podemos analizar en el tiempo lo que pasa en el mercado de trabajo argentino? En primer lugar, vale aclarar que hay dos grandes fuentes de información para monitorear las tendencias del mercado de trabajo. La más famosa es la EPH que realiza el INDEC, que cubre 31 aglomerados urbanos del país que representan el 62% de la población nacional. Al encuestar unos 26.000 hogares por trimestre, la EPH permite conocer múltiples aspectos de la población, como por ejemplo las mencionadas tasas de desocupación, subocupación, empleo, actividad o informalidad.

Lamentablemente, es difícil tener una comparabilidad fiable con los datos de la EPH 2016 con la de los años previos. ¿Por qué pasa esto? Básicamente porque es difícil poner las manos 100% al fuego por la EPH del período 2007–2015, de la intervención kirchnerista en el INDEC. Es complicado saber bien qué se manipuló (si es que efectivamente se manipuló) de la EPH durante los últimos años kirchneristas. Existen ciertos indicios de que se toqueteaba “quirúrgicamente” la tasa de desempleo, por medio de por ejemplo la “oficina matadesocupados” (que llamaba a los que eran desocupados y les hacían una serie de repreguntas para ver si los transformaban en “inactivos”). Sin embargo, no podemos saber a ciencia cierta cuánto incidía ello en el desempleo (mi intuición: en torno a 0,5 y 1 punto porcentual, al menos a partir de comparar los datos de desempleo de CABA según la EPH y la Dirección de Estadísticas de CABA, que tiene su propia medición del mercado laboral porteño).

Si la tasa de desempleo del cuarto trimestre de 2016 estuvo en el 7,6% (en un contexto recesivo), no suena del todo descabellado que el desempleo durante los últimos años kirchneristas estuviera en torno al 6/7%, tal como mostraban las cifras oficiales. Luego, el resto de los datos de la EPH de los años kirchneristas (tasa de informalidad, porcentaje de ocupados, ingresos, etcétera) luce medianamente razonable. He pasado días enteros comparando la EPH 2016 (sin sospechas de intervención K) con la de los años anteriores y -salvo en lo mencionado del desempleo- no vi nada extraño. Si los ingresos de la población hubieran estado muy inflados durante los años kirchneristas (para amplificar mejoras en el salario real por ejemplo, aún tomando datos alternativos de inflación), tendríamos que haber encontrado que entre 2015 y 2016 habrían subido muy poco según la EPH. No ocurrió ello: por el contrario, los salarios según EPH subieron poco más del 30% entre esos años (segundos trimestres), cifra razonable, a tono con los registros administrativos del Estado y las paritarias.

De todos modos, en lo que concierne a desempleo, no podemos saber exactamente qué pasó. El último dato oficial del INDEC kirchnerista dio un desempleo del 5,9% en el tercer trimestre de 2015. No tenemos datos oficiales del cuarto trimestre de 2015, comparable -por razones estacionales- con el cuarto trimestre actual (la comparabilidad del mercado de trabajo siempre es mejor hacerla con el mismo trimestre de años anteriores y no contra otros trimestres del mismo año). Del cuarto trimestre de 2014 sí tenemos datos: 6,9%. Pero lamentablemente no podemos poner las manos en el fuego por ellos, al menos en lo que concierne al desempleo. ¿Qué podemos hacer, entonces, para analizar comparativamente?

El SIPA: virtudes y defectos

Hay una segunda gran fuente de información para analizar el mercado de trabajo argentino, que es el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), la cual tiene dos grandes ventajas y una gran desventaja respecto a la EPH. La desventaja es que el SIPA solo capta el empleo registrado, dejando fuera de cobertura a todos los informales y, obviamente, a los desocupados. Por su lado, la primera gran ventaja del SIPA es que no se trata de una encuesta (que tiene errores muestrales –de ahí que no podamos decir con precisión que entre el tercer y el cuarto trimestre de 2016 se destruyeron 29.000 empleos, como surge de la EPH, ya que hay un margen de error estadístico importante). Por el contrario, los datos de SIPA surgen de registros administrativos del Estado (CUIT y CUIL), de modo que conocemos con exactitud la cantidad de asalariados formales (y monotribustistas/autónomos). Aun más, hasta podemos tener un alto detalle de lo que pasa en cada provincia o en cada rama de actividad. Otra gran ventaja del SIPA es que durante el período 2007–2015 sus datos no han sido impugnados por nadie, a diferencia de los del INDEC.

¿Qué dicen los datos del SIPA, en lo que concierne al empleo asalariado formal en el sector privado -que es el que todos los gobiernos dicen querer fomentar, a diferencia del empleo público, que muestra más divisiones ideológicas-? El Cuadro 1 exhibe la variación del empleo asalariado formal privado en el cuarto trimestre de 2016 respecto al mismo período de 2015, para el total del país y para las 24 jurisdicciones del país. Los datos efectivamente no son nada buenos: el empleo asalariado “en blanco” del sector privado (poco más de 6 millones de personas) cayó 1,1% interanual, la cifra más fuerte que 2009, por encima de los recesivos 2012 y 2014, cuando el empleo se mantuvo estable. La hipótesis de Sergio Berensztein, consultor cercano al PRO, no es irrazonable, aunque sí insuficiente: antes de 2016 las empresas se cuidaban de despedir por temor a las represalias del gobierno anterior. Sin embargo, 2016 se caracterizó por algo que 2014 (de caída similar del PBI y del mercado interno) no tuvo: mayor apertura comercial, que afectó severamente a diversos segmentos industriales, muchos de ellos intensivos en empleo (como calzado, textiles o metalurgia). En efecto, 2016 fue un año anómalo: las cantidades importadas subieron en conjunción con una recesión. Sólo en 1916, 1925, 1945 y 1975 se había dado ello.

La dinámica del empleo en 2016 fue muy desigual a nivel regional y sectorial. En el Cuadro 1 vemos un dato muy importante (recomendamos tenerlo en el radar habida cuenta de que en unos meses tenemos elecciones): en 8 de los 24 distritos (Chaco, Santiago del Estero, Río Negro, Misiones, Catamarca, San Luis, Formosa y Tierra del Fuego, en donde el empleo asalariado formal privado se contrajo un dramático 12,9%, de la mano de la crisis del ensamble de electrónicos), la merma del empleo asalariado formal privado fue la peor desde 2002. En la petrolera Santa Cruz, la caída del 10% es la peor desde que se tiene registro (1996). En estas provincias, el principal factor que explica la caída del empleo formal es el parate en la construcción (en Santa Cruz el empleo en este sector cayó ¡40%! entre el cuarto trimestre de 2015 y el tercero de 2016 de la mano del freno a la obra pública), salvo en Tierra del Fuego (donde primó la destrucción de empleo manufacturero). En Chubut, Neuquén, Corrientes y Buenos Aires se dio algo similar al país, en el sentido de que la destrucción de empleo formal privado fue la peor desde 2009. En provincias agroindustriales como Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos o La Pampa, la situación fue mucho menos dramática (de hecho La Pampa es la de mejor performance relativa, con crecimiento del empleo del 1,9%). Jujuy y Tucumán -también de base agroindustrial- acompañaron a La Pampa en el club de las ganadoras de empleo en 2016.

Las heterogeneidades del empleo formal (proxy de las de la actividad económica) no sólo se dieron a nivel regional, sino también a nivel sectorial (Cuadro 2). Sectores como la salud y la educación privada, el agro, el financiero o el comercio incrementaron su empleo en 2016, aunque a tasas menores que en 2015 (salvo el agro, que lo hizo a tasas mayores). En contraste, la construcción tuvo un pésimo año (-7,1% cayó el empleo formal privado entre el cuarto trimetre de 2016 respecto al mismo período de 2015), debido al parate de una obra pública que recién comenzó a reactivarse gradualmente hacia el final del año (el argumento oficial fue la auditoría de los proyectos de obra pública que había iniciado el kirchnerismo). En la industria, azotada por la caída del mercado interno, las altas tasas de interés, la suba de costos energéticos y la apertura comercial, ocurrió algo similar: la caída del empleo en blanco en el sector fue de casi el 4%, la peor desde 2002, y todavía no se vio el punto de inflexión hacia la recuperación (a diferencia de la construcción). El sector petrolero sufrió una aguda crisis (-6,7% cayó el empleo en blanco), debido a la dinámica de precios internacionales. Esta baja es la peor desde que se tenga registro (1996).

¿Qué 2017 se nos viene?

Los datos de actividad económica del INDEC muestran que la economía tocó fondo a mediados de año, y que en el cuarto trimestre creció un 0,5% contra el tercero (sin estacionalidad). Los datos de empleo asalariado formal privado muestran algo similar: lo peor se dio hacia mediados de año. ¿Cómo puede ser entonces que los datos del INDEC hayan mostrado una caída del empleo en el cuarto trimestre respecto al tercero? La razón principal es que, al parecer, las mejoras registradas en el empleo formal en SIPA fueron más que compensadas por destrucción de puestos de trabajo informales (sólo captables por la EPH). En efecto, la EPH sugiere que en el cuarto trimestre hubo 13.000 asalariados formales más (públicos y privados) que en el tercero, pero que eso se vio compensado por la destrucción de 35.000 puestos de trabajo asalariados informales y 7.000 no asalariados. De todos modos, estos guarismos deben ser tomados con cautela, habida cuenta de que la EPH tiene el mencionado “error muestral”, por medio del cual no podemos saber con 100% de precisión de cuánto fue la caída del empleo en el cuarto trimestre (quizá fue menos que 29.000 puestos, o quizá más).

En resumen, la información disponible permite ver que en 2016 el mercado de trabajo no “explotó” como sí lo hizo en recesiones como 1995 o la de la crisis de la Convertibilidad. Sin embargo, sí se precarizó. En el segundo trimestre de 2015, de cada 1000 ocupados, 513 eran asalariados en blanco. En 2016, tal cifra estuvo en torno a 500 (Gráfico 2). Por el contrario, los que ganaron mayor peso son los “no asalariados” (cuentapropismo, mayormente), cuya fragilidad laboral suele ser más grande. La información disponible también nos permitió ver una enorme heterogeneidad tanto regional como sectorial en lo que concierne al empleo (asalariado formal privado).

Gráfico 2: Composición de los ocupados en Argentina (2015 y 2016)

Fuente: elaboración propia en base a EPH-INDEC. El número romano indica el trimestre.

2017 probablemente sea un año de crecimiento: algunos, más cautos, lo ubican más cercano al 2% (como la Consultora Contexto); otros, más optimistas como Miguel Bein, por arriba del 4%. En promedio, las consultoras -la mayoría de ellas afines al gobierno actual- pronostican un crecimiento del 3%. Si ello efectivamente es así, probablemente el mercado de trabajo tenga una dinámica más auspiciosa que la de 2016, habida cuenta de que el crecimiento económico es una variable crucial por detrás de las tendencias del mercado de trabajo. Sin embargo, es factible que tal crecimiento sea heterogéneo, con sectores como el agro con bonanza y otros (como algunos sectores industriales sensibles a la competencia extranjera y castigados por la apertura comercial y la apreciación del tipo de cambio) que pueden agudizar los problemas de 2016. El perfil sectorial del crecimiento no es un dato menor, pues hay sectores que crean mucho empleo indirecto (por ejemplo, cada puesto de trabajo creado en la industria suele implicar 2,5 puestos adicionales a raíz de las múltiples demandas que genera a otros sectores) y otros que no (es el caso, por ejemplo, del sector educativo).

Por último, una reflexión final: si la población crece al 1% al año (2% desde 2015) y el empleo formal privado asalariado se contrajo 1,1% a lo largo de 2016, entonces debiera crecer 3,1% en 2017 para volver a la situación de 2015 (en lo que concierne a la cantidad de asalariados privados formales cada 100 habitantes). Ello implicaría una generación de poco más de 180.000 puestos de trabajo formales privados nuevos. ¿Será posible? Difícil con una economía creciendo al 2/3%; más factible con una creciendo por encima del 4%, y de la mano de sectores traccionadores del empleo (como por ejemplo el industrial). Crecer al 4% es más probable si los salarios reales y el gasto público se expanden (ya que son componente clave de la demanda); en tanto, el perfil sectorial del crecimiento tendrá mucho que ver con las políticas productivas del gobierno.

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¿Cuál es el impacto del blanqueo en la economía real?

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Mediante el Decreto Nº 881/16 del Poder Ejecutivo Provincial se promulgaba la Ley Nacional Nº 27.260, denominada como “Programa de Reparación Histórica para Jubilados y Pensionados”, en la que se encuentra inmerso en el Libro II el “Régimen de Sinceramiento Fiscal” denominado en la jerga como Blanqueo de Capitales, donde las personas físicas y jurídicas podían “sincerar” su tenencia en moneda nacional o extranjera, inmuebles, muebles, entre otros hasta un determinado período dependiendo del bien y que culminaba el 31 de Marzo de 2017. El resultado fue el “blanqueo” récord de 116 mil millones de dólares, cerca de la mitad de lo que los argentinos tienen en el exterior sin declarar.

 

Entre los objetivos principales de la norma era que todos los bienes que se encuentran inmersos en la economía informal, ingresen al circuito formal por el beneficio fiscal de la eximición del impuesto a las Ganancias, impuestos internos, Impuesto al Valor Agregado, Ganancia Mínima Presunta y Bienes Personales hasta determinados periodos fiscales, según el gravamen, constituyendo como contrapartida un impuesto especial que se determinó sobre el valor de los bienes en moneda nacional de acuerdo a la metodología de valuación prevista para cada caso en la ley Nº 27.260 que oscila entre el 5 % y el 15 % dependiendo del monto y la fecha de pago.

 

Las personas no tributarían el impuesto si adquirían títulos públicos que emitía el Estado nacional o invertían en fondos comunes de inversión destinados al financiamiento de proyectos de infraestructura, inversión productiva, inmobiliarios, energías renovables, entre otros en el marco de lo estipulado en el Articulo Nº 42 de la citada Ley.

                                                                                                

A su vez, Misiones mediante la Ley Nº XXII Nº 39, se adhirió a dicha norma eximiendo y condonando las multas y sanciones previstas en el Código Fiscal Provincial, como también, el impuesto a los Ingresos Brutos, de Sellos, etc.

 

Resultado del Sinceramiento en números:

 

Al culminar todos los plazos previstos para el régimen de exteriorización, Nicolás Dujovne, actual  ministro de Hacienda de la Nación considero que el  blanqueo representó un record histórico para el país con respecto a los demás regímenes de exteriorización implementados con un total de U$s 116.800 millones.

 

Asimismo, el funcionario nacional expresó que del total exteriorizado un 20% estaba en el país (correspondiente a u$s 23.500 millones) y un 80%, en el exterior, por u$s 93.300 millones.  La deuda regularizada alcanzó los $ 117.000 millones de pesos, con un total de 568.000 planes, donde los contribuyentes que se “sinceraron” alcanzaron a 475.000 personas.

 

A su vez, el titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos consideró que del total, u$s 55.900 millones corresponden a inversiones, u$s 33.600 millones a cuentas, u$s 20.500 millones a inmuebles y u$s 6800 millones a otros activos, estando tan solo un 2 % de las inversiones situadas en el país.

Situación similar ocurrió con los fondos en las cuentas, donde US$ 25.900 millones sincerados estaban fuera del país que representaron el 77 % del total que ascendió a los u$s 33.600 millones, estando el 45% en Estados Unidos, el 32% en Suiza y el 9% en Uruguay. 

En términos de lo que genera toda la economía nacional, las regularizaciones tributarias no asignadas, dentro de la cual se encuentra inmersa el Blanqueo, representaron un monto equivalente al 1,41 % en términos del PBI del periodo 2016, monto que supera holgadamente a los programas de exteriorización anteriormente impuestos, representando un importe total en 2016 de 110.721 millones de pesos.

 

¿Mejoró la situación Fiscal de la Nación?

A pesar de la mejora en la recaudación nacional producto del impuesto especial por el régimen de sinceramiento y de la reducción de determinadas erogaciones, el déficit fiscal se incrementó 56,4 % en el primer bimestre del 2017 con respecto a 2016, por ende, el punto tendiente a alcanzar la convergencia fiscal en el 2019, suena de difícil cumplimiento por parte del Estado nacional.

Cabe resaltar que los recursos adicionales obtenidos por el impuesto especial del sinceramiento que ascienden a los $ 148.600 millones de pesos son destinados exclusivamente al ANSES para ser afectados a atender el Programa Nacional de Reparación Histórica de los Jubilados y Pensionados, de los cuales se ejecutaran este año $ 75.000 millones.

 

¿Qué efectos generó el Blanqueo en Misiones?

 

En términos fiscales, los recursos provenientes del Blanqueo de Capitales al no ser coparticipables y ser destinados exclusivamente para el ANSES para el pago de la reparación histórica, no se distribuyen a las Jurisdicciones, y por lo tanto, no tienen un impacto positivo en las finanzas locales. En el supuesto de que las personas hubieran exteriorizado sus bienes sin estar vigente este régimen, a las Provincias sí les hubiera correspondido recursos ya que Ganancias, IVA y Bienes Personales que se eximieron y condonaron, son coparticipables.

 

Así también, agravó la falta de competitividad local, dado que el ingreso de dólares (aumento de la oferta) en el país, combinado con el fuerte endeudamiento del Gobierno Nacional y de las Provincias (excepto Misiones) presionó claramente a la baja del tipo de cambio.

La apreciación cambiaria, dada la situación asimétrica de Misiones con Paraguay y Brasil por la diferencia en los precios relativos de los bienes y servicios que se comercializan, termina acrecentando la fuga de divisas hacia dichos países por el actual atraso cambiario.

 

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Panorámica de la cúpula de cristal en el Estado

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Por Mercedes D’Alessandro, Aldana Vales y Andrés Snitcofsky. Hay más ministros llamados Juan que mujeres ministras en la historia de la Argentina. Desde 1983, solo hubo 16 mujeres en este cargo en diferentes gobiernos, con 154 ministros varones que se sucedieron. Tampoco hay una larga historia, la primera fue la primera fue Susana Ruiz Cerutti en 1989 y duró sólo 45 días. Hoy las mujeres son el 31% de los trabajadores totales en los cargos que componen la estructura orgánica y autoridades del poder ejecutivo nacional, sin embargo, hay solo 3 mujeres en los 23 cargos de primera línea (ministerios, gabinete y cancillería); es decir, apenas el 13%. En esta capa también hay más egresados del colegio Cardenal Newman que ministras.

 

La Argentina tuvo dos presidentas y actualmente tiene una vicepresidenta, pero el poder no derrama. El techo de cristal está siempre ahí, invisible pero inconmovible, marcando el límite de las carreras de las mujeres en su camino hacia la cima en una jerarquía política o empresarial. Si bien hay derechos conquistados que alientan la participación política femenina, aún hay estructuras sociales que impiden que ellas puedan acceder en igualdad de condiciones a los espacios de poder.

Uno de los factores centrales que marca el punto de quiebre entre las carreras de mujeres y varones es la maternidad; no solo porque las licencias de maternidad y paternidad son asimétricas y significan una penalización para las madres, sino porque además se asocia a la mujer con los cuidados. Se espera de ella un rol maternal o ser el sostén emocional de la familia, cuestiones que no siempre son compatibles con la figura de una mujer que ejerce el poder en la órbita de lo público. Estos aspectos, sin embargo, no parecen generarle al varón ningún tipo de desajuste en el llamado working-life balance (balance vida-trabajo). Aunque podrían redistribuir el trabajo del cuidado con su pareja, contratar niñeras o empleadas domésticas, el mandato social sigue pesando para ellas. “Quién se va a ocupar de los chicos cuando estés en campaña” es una pregunta que nunca vamos a escuchar que se le haga a un candidato varón, pero que aparece en todas las entrevistas a mujeres que se postulan en algún cargo.

Además de estos obstáculos, y otros en donde los estereotipos y el machismo juegan un rol importante, hay un prejuicio subyacente y es que las mujeres no llegan a posiciones de alto nivel porque no tienen la educación, la experiencia y/o la capacidad necesarias. Cuando se discute la ausencia de mujeres en jerarquías, algunos dicen “no importa si es varón o mujer, tienen que estar los mejores, los más calificados”. Si asumiéramos que en la cúpula del gobierno siempre están los mejores o más calificados entonces deberíamos preguntarnos por qué las mujeres son solo un 10% de los ministros que hemos tenido desde 1983 hasta aquí. Las mujeres son la mitad de la población, más del 40% de los trabajadores, tienen un año más de educación en promedio que sus pares y son el 60% de las estudiantes y graduadas universitarias. Todo esto pareciera no alcanzar.

Más todavía: a medida que bajamos en los círculos de poder, encontramos más representación femenina. El 17% de las secretarías y el 29% de las subsecretarías del gobierno están conformados por mujeres. Las directoras nacionales son el 38%. Algo similar ocurre en otras áreas. Según la carta orgánica del BCRA el directorio está integrado por 10 directores y 2 síndicos. Actualmente los directores son todos varones, el síndico también y la única excepción es la sindicatura adjunta representada por una mujer. De todos los presidentes del BCRA solo una fue mujer, Mercedes Marcó del Pont, y hubo solo dos directoras. Sin embargo, el cuerpo de asesores goza de una representación del 47% y las secretarias son el 97% conforme fuentes oficiales del BCRA. Por algún misterioso motivo (que no se explica por su educación o capacidad) quedan relegadas a asistir a varones.

En el Estado no solo hay un techo sino también hay paredes de cristal. A nivel mundial, según muestra la información relevada por ONU, las mujeres tienen mayor participación en ministerios de desarrollo social y todos aquellos que se ocupan de familia, infancia, asuntos de la mujer, educación y cultura. En el otro extremo, casi no hay ministras en medios y comunicación, defensa, transporte, economía y finanzas. En el caso de la Argentina, Desarrollo y Salud son los ministerios que más ministras han tenido y le sigue Educación. En Economía solo hubo una mujer en la historia, que cuenta 100 varones en ese cargo.

Un camino hacia la igualdad ¡porque estamos en 2017!

El mapa de Mujeres en Política de la ONU, a enero de 2017, muestra que las mujeres tienen solo un 18,3% de los cargos ministeriales en el mundo. Además, esta proporción está estancada: de 730 ministras en 2015 se pasó a 732 en 2016. La Argentina se encuentra en el puesto 22 entre 145 países en el ranking de “empoderamiento político“ elaborado en 2016 por el World Economic Forum. En el mismo ranking ocupa el puesto 26 en proporción de mujeres en el parlamento, aunque desciende al 50 en mujeres con cargos ministeriales. Esta performance parlamentaria, que deja al país por encima de países como Inglaterra, España o Estados Unidos, fue posible gracias a que en 1991 Argentina sancionó una ley de Cupo Femenino (la ley 24.012), que establece que “las listas que se presenten a elecciones deberán tener mujeres en un mínimo del 30% de los candidatos a los cargos a elegir y en proporciones con posibilidades de resultar electas“. El resultado de la ley de cupo es contundente: en la Cámara de Diputados la participación de las mujeres pasó de 5% a 14% tras las elecciones legislativas de 1993 y llegó a 30% hacia 2001. Después de las últimas elecciones en 2015, 34% de los representantes son mujeres. En el Senado el aumento también fue abismal: antes de la ley, la representación femenina llenaba menos del 5% de las bancas y hoy el 40% están ocupadas por mujeres. Pese a que esta ley fue criticada, la implementación del sistema significó un aumento real de mujeres en el Congreso que de otro modo dudosamente se hubiera alcanzado. El contraste con lo que ocurre en cargos ministeriales -sin ningún cupo- lo deja en evidencia.

Pero el cupo por sí solo no alcanza para cambiar las cosas. En Canadá, Justin Trudeau formó el primer gabinete de su país con una composición de “50-50” (son 15 mujeres y 15 varones), entre los cuales además están incluidos representantes aborígenes y políticos sikh. Según él mismo cuenta, la mayor dificultad que tuvo en el proceso no fue encontrar mujeres capaces para ocupar esos cargos, sino más bien para encontrar mujeres decididas a hacerlo. “En general, cuando se le propone a un varón un trabajo así, la respuesta es rápida y simple: ¿hay que usar corbata? La mujer, en cambio, pregunta: ¿por qué yo?”, dice Trudeau. Suelen sentirse menos confiadas en sus propios talentos y capacidades, dudan de estar a la altura del desafío aun cuando tienen amplia experiencia y trayectoria. El primer ministro confiesa que a algunas tuvo que insistirles y que esto motivó también una campaña local llamada ask her to run, que sería algo así como “pídele que se postule”. Cuando le preguntaron por qué había armado un equipo igualitario, respondió “¡porque estamos en 2015!”. Quizás los ministerios argentinos aún están con una agenda vieja, ya que muy pocos decidieron abrir el juego a sus pares mujeres. No hay representación femenina en las primeras filas del Ministerio de Ciencia y Tecnología, Finanzas o Hacienda. Romper el techo de cristal requiere voluntad y compromiso con la idea de igualdad para remover obstáculos y luchar contra los estereotipos de género que construyen también la pared interna del techo de cristal y hacen que muchas mujeres se autoexcluyan.

Después de un año y cuatro meses en el cargo, Macri no ha mostrado preocupación por la igualdad de género en la conducción del gobierno (ni en la políticas públicas). Hace poco se publicó una nota en La Nación que contaba que los ministros y el presidente juegan al fútbol regularmente en un campeonato que llaman “Casa Rosada” versus “Ministerios”, y que en los vestuarios se dan importantes discusiones que afectan a las políticas y decisiones que se llevan adelante. De estos partidos y charlas en paños menores no participan las mujeres del equipo. Susana Malcorra hizo una sugerencia, ella podría ser arquera. Hasta el momento, no la han convocado.

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