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Dólar “Stress”: el patrón electoral que marca la economía argentina

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El calendario electoral en Argentina no solo define la vida política del país: también activa señales de alerta en los mercados financieros. Así lo sostiene la consultora Focus Market, dirigida por Damián Di Pace, que analizó los últimos diez años de procesos electorales y encontró un patrón que se repite con notable precisión.

“Cada elección, sea legislativa o presidencial, genera un contexto de estrés cambiario en el que el dólar deja de ser sólo una moneda para convertirse en un termómetro de expectativas. Desde 2015, y con mayor notoriedad a partir de las elecciones de 2019, se observa la consolidación de un esquema: ante la cercanía de una elección, el Gobierno de turno interviene activamente para evitar un salto cambiario. Esa intervención se hace a través de la tasa de interés”, explicó Di Pace.

La tasa como ancla electoral

Según Focus Market, tanto en períodos de cepo como en contextos de mayor flexibilidad cambiaria, la política monetaria ha sido utilizada como un dique de contención. El resultado es claro: en todos los ciclos analizados, apostar al plazo fijo terminó rindiendo más que refugiarse en el dólar.

Los datos lo respaldan. En 2015, el dólar oficial permaneció congelado en torno a los $9, mientras que el paralelo se movió entre $13 y $15. En ese lapso, las tasas efectivas de los plazos fijos superaron el rendimiento del dólar blue. En 2017, durante las legislativas, el oficial apenas subió un 3,9% y el plazo fijo volvió a ganarle a la devaluación con un 23,19% de rendimiento efectivo anual.

El escenario más convulsionado fue en 2019, tras las PASO que anticiparon la derrota de Mauricio Macri. El dólar oficial pasó de $46 a $57 y se reinstauró el cepo. Sin embargo, aun en ese contexto de pánico, las tasas de los plazos fijos (72% efectiva anual) superaron al salto cambiario. “En términos acumulados, las tasas volvieron a ganarle a la devaluación. Nuevamente, ganó el peso”, señaló el informe.

El patrón se repitió en 2021 y 2023. En este último caso, con tasas que treparon hasta el 145% anual en la previa electoral, quienes se mantuvieron en pesos obtuvieron rendimientos mayores que aquellos que se volcaron al dólar paralelo, pese a que el blue se disparó tras las PASO.

Para Di Pace, el fenómeno tiene una explicación política: “En contexto electoral, todos los gobiernos intentan mostrar una economía estable. Y el dólar es el principal símbolo de esa estabilidad. Para lograrlo, utilizan la tasa de interés como dique de contención: se ofrecen rendimientos elevados en pesos para desalentar la dolarización”.

De este modo, se configura un ciclo que parece inevitable: contención preelectoral y corrección posterior.

El 2025 sin PASO

Este año, sin embargo, aparece un factor disruptivo. La suspensión de las elecciones primarias elimina una instancia que históricamente actuó como disparador de incertidumbre. La ausencia de las PASO podría modificar la dinámica tradicional: la reacción del mercado, en lugar de anticiparse, podría acumularse y expresarse con mayor brusquedad en la previa directa a la elección general.

En la actualidad, la tasa nominal anual de los plazos fijos ronda el 33,65%, con una tasa efectiva anual de 39,36%. En paralelo, los contratos de dólar futuro proyectan una TEA de entre 21% y 26%. La lectura de Focus Market es clara: si las proyecciones se cumplen, conviene permanecer en pesos.

No obstante, el informe advierte sobre riesgos latentes: una baja de tasas que reduzca el rendimiento en moneda local o una aceleración de la devaluación que supere las expectativas implícitas en los futuros.

“En todas las elecciones de los últimos diez años, quedarse en pesos rindió más que anticipar una devaluación. Y esto no fue casual: fue el resultado de decisiones políticas que utilizaron la tasa como ancla para contener expectativas y evitar desbordes. Este año, sin PASO en el horizonte, el mercado parece transitar una calma relativa. Pero si algo enseña la experiencia argentina es que las ventanas de estabilidad son tan valiosas como frágiles”, concluyó Di Pace.

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Milei desafía a la oposición: “No me importa el daño que quieran hacer hasta el 7 de septiembre”

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Milei refuerza su defensa del programa económico y apunta a la oposición: “No me importa el daño que quieran hacer hasta el 7 de septiembre”

En medio del escándalo por las denuncias de presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), el presidente Javier Milei encabezó este lunes la inauguración de un nuevo edificio de Corporación América, la empresa en la que trabajó antes de iniciar su carrera pública. Acompañado por su hermana, Karina Milei, el mandatario eligió el escenario corporativo para ratificar la centralidad del sector privado en su modelo económico y lanzar una dura advertencia política: “No me importa el daño que quieran hacer hasta el 7 de septiembre o hasta el 26 de octubre”.

La frase, cargada de connotaciones electorales, se dio en un contexto de creciente tensión institucional, con el oficialismo enfrentado al Congreso por la resistencia a los decretos desregulatorios y con una oposición que, según Milei, busca “romper el equilibrio fiscal” con iniciativas sin financiamiento.

Un discurso entre la economía y la política

Durante su exposición, Milei agradeció al empresario Eduardo Eurnekian y recordó su paso por Corporación América como un momento clave en su formación profesional: “Me siento como en casa. Fue fundamental para mi amor por el sector privado”. Hugo Eurnekian, hijo del fundador, le devolvió el gesto: “En esta casa Javier es muy querido, todos lo recordamos como compañero de trabajo”.

El mandatario aprovechó el evento para reafirmar que su programa económico es “exitoso”, pese a lo que calificó como “andanadas destituyentes” desde la oposición. “Si di vuelta el déficit fiscal de 123 años en un mes, ¿ustedes se creen que me voy a preocupar por lo que me van a hacer durante dos meses?”, desafió Milei, aludiendo a las próximas fechas clave del calendario político.

El Presidente insistió en que su plan de ajuste fiscal busca devolverle “dignidad” al trabajador y al emprendedor argentino, tras “100 años de modelo estatista”, y reiteró que “la dignidad de una Nación se mide por la dignidad de sus ciudadanos, no por el tamaño de sus Estados”.

Escándalo en ANDIS y el factor político

El evento se dio en medio de la polémica por las denuncias de corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad, que involucran al exdirector Diego Spagnuolo y a la droguería Suizo Argentina, con contrataciones estatales por más de $100.000 millones en menos de dos años. Aunque Milei evitó toda referencia directa al tema, la presencia de Karina Milei, señalada en las acusaciones, marcó la agenda política del día.

En paralelo, el mandatario cuestionó la dinámica parlamentaria y defendió la labor de su jefe de Gabinete, Guillermo Francos, a quien describió como el encargado de “lidiar con los orcos del Congreso”. “No es que al gobierno le falte política, es que enfrente hay actores que quieren romper todo”, enfatizó.

Las declaraciones de Milei consolidan una narrativa de confrontación con la oposición y refuerzan la estrategia de blindaje de su programa económico hasta las elecciones. El guiño al sector privado busca sumar legitimidad empresarial en un momento en que el oficialismo enfrenta cuestionamientos por la falta de consensos legislativos y por las denuncias de corrupción que tocan el corazón de su círculo de confianza.

El desafío inmediato será sostener el equilibrio fiscal en un escenario de conflictividad política creciente y con una economía tensionada por la recesión y la caída del consumo. En ese marco, el respaldo del sector privado aparece como pieza clave para el relato libertario y para la proyección electoral de cara a septiembre y octubre

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Ramón Puerta: “El peronismo debe reconstruirse con una mesa federal y terminar con los intrusos del PJ”

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Una campaña con mirada nacional y provincial es la que plantea Ramón Puerta, quien reaparece en la arena política: “El peronismo debe reconstruirse con una mesa federal y terminar con los intrusos del PJ”.

El exgobernador misionero y exembajador argentino en España, Federico Ramón Puerta, presentó en una entrevista con Economis los ejes de su candidatura a diputado nacional por Misiones en la lista de Encuentro Republicano Federal, espacio que integra a través del partido Activar. Con un discurso crítico hacia el oficialismo provincial y el kirchnerismo, Puerta planteó que la elección de octubre será “una pequeña encuesta” para medir la cercanía real de cada fuerza con la ciudadanía.

“El oficialismo nacional apenas ganó en Capital Federal con el 32% y con una participación del 50%. Eso marca que la sociedad no tiene confianza en un gobierno que iba a terminar con la casta y hoy está atravesado por denuncias de corrupción”, señaló. En el plano local, advirtió que en las últimas elecciones “el oficialismo provincial estuvo muy flaco en materia de votos, con apenas el 30%”, lo que a su entender demuestra un creciente descontento social.

Reconstrucción del peronismo y crítica al kirchnerismo

Puerta insistió en la necesidad de recuperar el peronismo como herramienta política autónoma, diferenciándolo del kirchnerismo. “El PJ está en manos de intrusos. Ellos durante diez años dijeron claramente que no eran peronistas. Hoy, por necesidad, se van quedando con estructuras que no son de ellos. El peronismo tiene una historia y una visión diferente”, afirmó.

Para el exmandatario, la clave está en el armado federal: “El camino no es buscar un líder, sino constituir una mesa federal de liderazgos provinciales. En 1983, después de perder con Alfonsín, logramos en seis años rearmar el peronismo y ganar en 1989. Hoy llevamos más de diez años sin lograrlo, pero el peronismo se caracteriza por dar resultados rápidamente cuando encuentra el rumbo”.

En ese sentido, propuso retomar el funcionamiento pleno de las instituciones partidarias, con internas abiertas y congresos provinciales y nacionales. “La corrupción no es culpa de la política, es culpa de los corruptos. Y se combate con partidos políticos funcionando, con debates de ideas y con democracia interna real”, subrayó.

Agenda productiva y programa económico

Más allá del plano político, Puerta vinculó su candidatura con la necesidad de corregir la política impositiva en Misiones y a nivel nacional. “Tenemos que eliminar Ingresos Brutos y la tasa municipal al sector primario. Cuando fui gobernador lo eliminé también para la industria. Hoy Misiones tiene la mayor presión impositiva del país. No puede ser que se le pida a Nación ayuda mientras acá se destruye la economía local con impuestos que impiden competir”, cuestionó.

En la misma línea, advirtió que la provincia no compite con Buenos Aires sino con Paraguay y Brasil. “Producir en Paraguay o en Brasil tiene una presión mucho menor que en Misiones. Esa asimetría es insostenible para nuestras industrias y productores”, explicó.

Formación de cuadros y campaña territorial

De cara al futuro, Puerta adelantó que su espacio impulsará la formación de mil cuadros políticos en dos años para conducir la provincia en 2027. “Es fundamental preparar una juventud vigorosa que no podemos mandar a la frustración sin darle herramientas. No se trata solo de pedir votos, se trata de formar dirigentes que puedan gobernar municipios y la provincia”, dijo.

Sobre la estrategia electoral, confirmó que recorrerán toda la provincia durante los 60 días de campaña. “Hemos dividido Misiones en seis regiones para que cada candidato se haga cargo de la coordinación. No es una lista de burócratas, sino de personas vinculadas al trabajo, la producción y la vida social de sus comunidades”, sostuvo.

La reaparición de Puerta en la escena política genera expectativa en el escenario misionero, donde el oficialismo provincial enfrenta tensiones internas y el peronismo busca reorganizarse. Su discurso, centrado en la reconstrucción partidaria y la agenda productiva, apunta a captar tanto al votante desencantado con el Frente Renovador como al histórico electorado peronista.

La elección de octubre será un termómetro: si el espacio logra una buena performance, podrá consolidar un rol clave en el proceso de reorganización opositora de cara a 2027. De lo contrario, quedará como un intento más en la larga serie de reagrupamientos fallidos del peronismo misionero.

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El otro Bárbaro

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Carmelo Bárbaro tiene 30 años, es candidato a diputado nacional por el partido Por la Vida y los Valores y carga con un apellido que en Misiones remite inevitablemente a la política: es sobrino de Héctor “Cacho” Bárbaro, actual candidato del Partido Agrario y Social. Pero Carmelo aclara desde el inicio que no hay vínculos políticos entre ambos. “No tengo contacto con él hace mucho tiempo, ni relación política de ningún tipo”, subraya. En esa distancia se apoya el título que muchos ya le adjudican: el otro Bárbaro.

Su recorrido no nace en despachos ni en estructuras partidarias, sino en la experiencia comunitaria. Junto a un amigo de la vida, abrió un comedor en la chacra 158 de Villa Cabello, en Posadas, que desde hace cinco años alimenta a más de 30 familias. “Al principio el financiamiento salía de nuestro bolsillo, era un sacrificio enorme. Hoy tenemos apoyo con la cocina centralizada, pero seguimos recibiendo donaciones de vecinos y empresas”, cuenta con orgullo. 

Ese trabajo social, que define como “un compromiso que nació de adentro, de haber crecido en una familia humilde”, fue el trampolín hacia la política.

Su discurso se distancia de las viejas lógicas de poder. “Soy de otra generación, no me identifico ni con el peronismo, ni con el radicalismo, ni con la Renovación ni con La Libertad Avanza. Quiero representar a los misioneros con ideas nuevas, con una política independiente. No se trata de oficialismo u oposición, sino de la necesidad de la gente”, afirma. Bárbaro también se desmarca del ex comisario Ramón Amarilla, que fue candidato del partido en las elecciones de junio, pero ahora se alió al partido FE, que integra todavía el Frente de Todos. “No tengo nada que ver con Amarilla”, remarca.

El joven candidato reivindica la educación, el trabajo y la cultura como ejes centrales. “Hoy los jóvenes están muy alejados de la cultura de nuestra provincia, y eso hay que recuperarlo”.

Bárbaro reconoce que la crisis nacional marca la agenda cotidiana. “La situación está muy jodida. Los productores de yerba no cobran lo que corresponde, las familias no llegan a fin de mes, los comedores no dan abasto. Por eso creo que en el Congreso puedo ser una voz para Misiones”, sostiene.

Su juventud es otro de los rasgos que lo diferencian. Con apenas 30 años, se presenta como uno de los candidatos más jóvenes del país. “Muchos me dicen que me tienen fe por eso. Soy joven, tengo energía y estoy convencido de que hay que renovar la política. Mi generación no quiere seguir discutiendo viejas peleas, quiere soluciones concretas”, enfatiza.

En lo personal, se muestra agradecido. Vive en pareja, tiene un hijo de un año y trabaja en el Concejo Deliberante de Posadas, además de estudiar Comunicación Multimedia Digital y colaborar en una productora. Reconoce la influencia de su suegra, Amelia del Valle “Teté” Lacroix, quien lo acercó a los escenarios políticos y culturales de la provincia.

Al ser consultado sobre su tío, el histórico referente agrario, vuelve a marcar diferencias: “Él está muy metido en la yerba y en la agricultura. Yo vengo por otro camino. No le voy a chicanear, pero no tenemos contacto. Soy el otro Bárbaro, pero con una historia distinta, con un proyecto independiente”.

Consciente de que carga con un apellido de peso, Carmelo apuesta a construir identidad propia. “Agradezco la confianza del partido en haberme puesto como primer candidato. Es un honor y una responsabilidad enorme. Voy a dejar todo por representar a Misiones en el Congreso”.

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El fin del socialismo boliviano: ¿libertad o estatismo renovado?

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Por Sergio López / Mises Institute – El 17 de agosto de 2025 marca el final de una era: por primera vez en dos décadas, el MAS (Movimiento al Socialismo) ha sido excluido de la segunda vuelta presidencial. El país ahora se dirige a una segunda vuelta el 19 de octubre entre Rodrigo Paz del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y Jorge “Tuto” Quiroga de la alianza Libertad y Democracia (Libre), después de una primera vuelta que castigó al socialismo estatista por la inflación, la escasez de combustible y el agotamiento del viejo modelo rentista y criminal.

Esto no es una percepción. Los resultados oficiales preliminares y la cobertura internacional unánime, con más del 90 por ciento de las boletas escrutadas, muestran que Paz lideró con poco más del 32 por ciento, Quiroga quedó en segundo lugar con el 27 por ciento, forzando una segunda vuelta y poniendo fin simbólicamente a la hegemonía de 20 años del MAS. El candidato oficial del MAS, Eduardo del Castillo, apenas obtuvo el 3,2 por ciento, Andrónico Rodríguez, considerado por muchos el sucesor de Evo Morales, obtuvo alrededor del 8 por ciento, y Samuel Doria Medina, vicepresidente de la Internacional Socialista, obtuvo aproximadamente el 20 por ciento.

Esta fue una ruptura histórica: el socialismo había gobernado durante los últimos 20 años. El propio Evo Morales, descalificado y escondido como prófugo, pidió a los votantes que emitieran votos nulos, tratando de apropiarse de un bloque de votos que no era el suyo. Pero incluso este voto no alcanzó el 20 por ciento. En otras palabras, incluso si todas las boletas nulas hubieran sido para Morales, aún no habría alcanzado el tercer lugar.

El MAS perdió no por un “golpe mediático”, sino por la realidad económica. Décadas de despilfarro, corrupción y crímenes contra los bolivianos comunes dejaron a los ciudadanos cansados de las políticas izquierdistas que trajeron una inflación de dos dígitos, un mercado paralelo del dólar y escasez de combustible. El castigo en las urnas y la deserción de su base sellaron una derrota histórica. Las crónicas del día de las elecciones fueron inequívocas: la era del MAS ha terminado; la segunda vuelta es Paz vs. Tuto.

Para el observador casual, esto puede sonar como un giro hacia el liberalismo. Sin embargo, debemos hacer una pausa para considerar quién está listo para ingresar al gobierno, ya que hay un largo camino entre derrotar al socialismo y abrazar la libertad. El régimen socialista criminal se ha derrumbado, y eso merece un aplauso. Pero la pregunta crucial sigue siendo: ¿qué viene después?

¿Qué proponen los finalistas?

Rodrigo Paz fue la gran sorpresa de la elección: un candidato que apenas alcanzaba el 5 por ciento en las encuestas hace apenas unos meses y que ahora emergía en primer lugar. Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, se le ha colocado de diversas maneras en el centro-izquierda o centro-derecha, aunque su discurso busca trascender las etiquetas. Su plan de gobierno, denominado “Agenda 50/50”, se presenta como una cruzada contra el “Estado tranca”, un aparato centralista al que culpa de la parálisis económica. Promete racionalizar el gasto con una regla de déficit cero para los gobiernos subnacionales, congelar nuevas contrataciones a nivel central y detener las empresas públicas que operan con pérdidas. También pide un régimen fiscal simplificado para las pequeñas empresas, reemplazando las licencias y permisos burocráticos con declaraciones juradas y liberalizando las exportaciones.

Además, propone ajustar los precios de los combustibles para reducir el déficit, unificar el tipo de cambio a través de un “Fondo de Estabilización Monetaria” financiado por la banca multilateral y la “regularización de activos”, y alentar a las pequeñas y medianas empresas a través de incentivos crediticios y fiscales. Su plan también menciona la lucha contra el contrabando, la formalización del empleo, el aumento progresivo de los salarios, la inversión sostenida en investigación y desarrollo, y la explotación de nuevos yacimientos estratégicos.

En su retórica, Paz complementa estas ideas con un guiño al sector informal, que estima en el 85 por ciento de la economía. Reconoce que la persecución fiscal y los enredos regulatorios han empujado a millones fuera de la legalidad, y dice que quiere una “formalidad barata” que reduzca los procedimientos y elimine las barreras en lugar de criminalizar a los pequeños productores. Lo ha resumido bajo el lema “Capitalismo para todos”: cerrar las aduanas corruptas, abaratar la entrada al sistema y ampliar las oportunidades para los comerciantes y trabajadores del transporte marginados. De esta manera busca distinguirse de Quiroga, enfatizando que no recurrirá al FMI sino que reordenará las finanzas internas reduciendo el peso del Estado y descentralizando las competencias.

Sin embargo, detrás de este discurso modernizador persisten contradicciones fundamentales. El núcleo de su plan sigue siendo estatista. El llamado “Fondo de Estabilización Monetaria” no es más que un nuevo disfraz para los controles de divisas. Unificar el tipo de cambio por decreto es una ilusión, trasladando las distorsiones del banco central a la deuda con los bancos multilaterales. La verdadera estabilidad solo puede provenir de la liberación del mercado de divisas y el fin de la expansión monetaria. Del mismo modo, su política de subsidios al combustible evita el único remedio real: la liberalización inmediata de los precios y un fuerte recorte del gasto que sangra miles de millones. Habla de gradualismo, cuando lo que se necesita es cirugía de mercado. Sus propuestas de inversión estatal en salud, deporte o innovación no son una ruptura con el modelo MAS sino su continuación con ropaje tecnocrático: cada hospital estatal es presa de la corrupción, cada incentivo fiscal “selectivo” es un privilegio arbitrario y cada programa de innovación se convierte en un desperdicio improductivo.

En resumen, Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, más descentralizado y quizás menos grotescamente corrupto que el del MAS, pero no un Estado más pequeño. No propone privatización, liberalización inmediata de precios o recortes drásticos del gasto. Su única mención de la inflación es una vaga promesa de “restablecer los equilibrios macroeconómicos para detener el deterioro del poder adquisitivo de la moneda”. Su “Agenda 50/50” contiene tímidos pasos hacia condiciones más libres (liberalización de las exportaciones, recortes a las empresas públicas deficitarias, impuestos simplificados), pero su núcleo sigue siendo estatista. En el mejor de los casos, su victoria significaría un alivio parcial del desastre socialista; en el peor, otro ciclo de vagas promesas que posponen las reformas estructurales que Bolivia necesita con urgencia.

Jorge “Tuto” Quiroga

Jorge “Tuto” Quiroga, expresidente de Bolivia y candidato de la alianza Libre, se presenta como el rostro de la “seriedad económica” contra el caos del MAS. Su programa comienza reconociendo una triple crisis (balanza de pagos, déficit fiscal y colapso energético) y pide un giro hacia la disciplina con apoyo externo. Propone un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por entre dos y cuatro mil millones de dólares, junto con la reestructuración de la deuda y la renovación de los desembolsos internacionales. Su objetivo declarado es reducir el déficit al 3 por ciento del PIB sin recurrir al banco central, restaurando su independencia y prohibiéndole financiar el Tesoro, una ruptura brusca con la práctica socialista.

Sobre la política cambiaria, Quiroga pide un sistema “Bolsín”: un tipo de cambio único, real y flexible establecido por la oferta y la demanda en lugar de la manipulación del banco central. Esto significaría dejar que el boliviano encuentre su verdadero valor, hoy apuntalado por reservas que ya no existen, y liberalizar el mercado de divisas, poniendo fin a la persecución de los ciudadanos que compran dólares en el mercado paralelo. En un contexto de inflación reprimida, estas medidas podrían restablecer cierta confianza monetaria.

Otro eje central es la reforma energética. Quiroga reconoce el colapso del modelo gasista y propone atraer inversión privada en hidrocarburos a través de contratos de servicios y estabilidad jurídica. También promete desmantelar gradualmente los subsidios a la importación de combustibles, reemplazándolos con un esquema de “propiedad popular” y bonos de compensación temporales. En electricidad y telecomunicaciones, propone privatizaciones parciales de ENDE y ENTEL bajo esquemas mixtos, manteniendo la participación estatal. Además, aboga por la renegociación de la deuda y nuevas líneas de crédito para la infraestructura y la transición energética.

En el lado positivo, reconocer que el banco central no debe financiar al gobierno y liberalizar el tipo de cambio son rupturas saludables con el socialismo. La apertura de los hidrocarburos al capital privado podría reactivar la inversión y detener la disminución de la producción. Sin embargo, su disciplina fiscal se basa en la deuda externa, no en recortes reales del gasto, simplemente cambiando los impuestos inflacionarios por impuestos futuros. Vivir perpetuamente con deudas es el equivalente a vivir con una tarjeta de crédito. El acuerdo con el FMI proporcionaría liquidez temporal a costa de nuevos impuestos y regulaciones, el clásico paquete tecnocrático que pospone reformas profundas. Lo mismo ocurre con los subsidios: al desmantelarlos solo gradualmente y con bonos compensatorios, corre el riesgo de perpetuar tanto los subsidios como los nuevos gastos.

Su plan de “propiedad popular” es otra contradicción. Comercializado como inclusivo, no es más que un eufemismo para mantener a las empresas estatales bajo control político, distribuyendo acciones simbólicas que no confieren poder de decisión ni propiedad genuina. El ciudadano recibe un pedazo de papel, pero el burócrata mantiene el control. Es la lógica paternalista del socialismo, reempaquetada para crear la ilusión de propiedad privada.

En resumen, Quiroga ofrece un programa macroeconómico más coherente que Paz, pero sigue atrapado en la idea de un Estado fuerte que administre la transición. Su discurso es conservador y keynesiano, atascado en un fracaso gradual. No liberalizará inmediatamente los precios del combustible ni desmantelará la red de controles que estrangulan a los empresarios. En el mejor de los casos, Bolivia obtendría un respiro temporal y una gestión más seria, en el peor, otro ciclo de deuda, subsidios disfrazados y estatismo reformista.

El fin del mito

Bolivia no ha “girado a la derecha”. Ha vuelto al sentido común. Quince años de controles de precios, empresas estatales “estratégicas” y un banco central al servicio del Tesoro terminaron como siempre: con filas, mercados negros y desindustrialización bajo tipos de cambio ficticios. Las elecciones lo dejaron claro: cuando la realidad se vuelve innegociable, la narrativa se derrumba. El 19 de octubre decidirá qué tan rápido Bolivia escapa del pantano.

Con Paz, un reordenamiento administrativo que contiene el daño pero ignora la inflación galopante. Con Quiroga, una corrección monetaria y cambiaria más aguda, pero con la tentación de la deuda y el fuerte estatismo.

El socialismo ha terminado; estatismo, tal vez no. Si Bolivia realmente quiere liberalismo, debe liberalizar los precios, vender empresas estatales y devolver dinero al mercado. La mitad del camino conduce inevitablemente de vuelta al socialismo.

El 17 de agosto, la tumba del MAS fue sellada en Bolivia. Dos décadas de despilfarro, persecución y mentiras colapsaron en una implosión electoral que alguna vez pareció imposible. El MAS pasó de la hegemonía absoluta a una fuerza marginal, y Evo Morales quedó reducido a un fantasma que no puede revivir su proyecto criminal ni siquiera con votos nulos. Esa derrota debe celebrarse.

Pero la muerte del socialismo no significa que Bolivia sea libre. La segunda vuelta de octubre no es libertad versus estatismo, sino dos variantes de la misma enfermedad. Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, pero igual de grande, con subsidios disfrazados y dirigismo tecnocrático. Tuto Quiroga promete disciplina y apertura parcial, pero bajo la tutela del FMI, subsidios “graduales” y empresas estatales renombradas. Ninguno se atreve a decir lo que la realidad exige.

La lección es clara: sin precios libres, no hay cálculo económico; sin propiedad privada, no hay inversión sostenible; Sin límites al poder político, no hay verdadera prosperidad. Ni Paz ni Quiroga cuestionan estos fundamentos. Ambos buscan gestionar mejor un aparato fallido que debería ser desmantelado.

La caída del socialismo abre una oportunidad histórica, pero solo si entendemos que la verdadera alternativa no es un nuevo gestor de un proyecto fallido, sino su desmantelamiento. Bolivia debe devolver a su pueblo la libertad de producir e intercambiar sin permisos ni privilegios. Esa es la única transición real: del control a la libertad.

Vale la pena enfatizar que este análisis se basa en propuestas formales y en el discurso de las primeras campañas. En el camino hacia la segunda vuelta, es probable que ambos candidatos adapten sus mensajes, cambien las prioridades o negocien alianzas que remodelen sus programas. Sin embargo, más allá de los cambios tácticos, la pregunta más profunda sigue siendo: ¿Bolivia permanecerá atrapada en un estado omnipresente o finalmente abrirá espacio para la verdadera libertad económica?

El socialismo está muerto. El estatismo sigue vivo. Y esa es la batalla que aún queda por librar.

Sergio López licenciado en Economía en la Universidad de Arkansas. Actualmente es becario residente del Instituto Mises 

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