EMANUEL GRASSI

El llamado de la selva

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Emanuel Grassi es Doctor en Ciencias Biológicas y especialista en hongos. Vino a Misiones, con una tésis de estudio que se convirtió en práctica y terminó, como suele suceder, prendado de la tierra roja que no se despega de la piel. Hoy se describe como un apasionado de la selva, del monte, casi como una regresión ancestral, que comparte en charlas con la presidenta del Instituto Misionero de Biodiversidad, Viviana Rovira, a la sazón, su mentora y responsable de haberlo convertido en director ejecutivo de ese ente que pasó de estudiar algunas especies de la flora y fauna a encabezar un proyecto inédito: reforzar la población de yaguaretés en la selva misionera. 

Su historia empieza lejos del monte misionero. En Buenos Aires, cuando era niño, Emanuel ya experimentaba con el mundo natural con la curiosidad irreverente de la infancia.

“De chico siempre me gustó la experimentación con los animales. A veces un poco desde el lado de la maldad, viste… jugaba con sapos en la casa de mis padres”, recuerda entre risas. Pero esa curiosidad pronto encontró una dirección.

Su abuelo era paisajista. Las plantas y el diseño de jardines estaban presentes en la vida familiar. Y luego apareció un mentor inesperado: el botánico Osvaldo Morrone, investigador que había trabajado con orquídeas en Misiones.

Fue él quien lo empujó hacia el mundo de las ciencias biológicas.

Grassi estudió la licenciatura y el doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Pero el destino ya estaba trazado.

El primer viaje a Misiones fue casi casual. Corría el año 2006 y vino con su entonces novia, cuya familia era de Garupá.

“Cuando conocí Misiones fue un flechazo”, recuerda. “Me acuerdo que la abuela me dijo: ‘Mirá que la tierra roja mancha… y se pega’. Y fue tal cual”.

La advertencia terminó siendo una profecía. Durante su doctorado decidió estudiar hongos de la selva misionera. El trabajo académico se convirtió en un puente con la provincia. Y cuando apareció la posibilidad de radicarse definitivamente, no hubo dudas.

La selva ya lo había elegido.

Fotos Sofía Schiavoni.

Hoy Grassi está al frente del IMiBio, un organismo científico que abrió sus puertas hace ocho años para estudiar y proteger la biodiversidad de Misiones. Pero también para algo más ambicioso: poner la ciencia al servicio de las decisiones políticas.

La institución nació con una idea impulsada por Viviana Rovira -presidenta del instituto y su mentora-: construir una ciencia diferente.

“No queríamos repetir el modelo clásico de investigación encerrada en los laboratorios”, explica. “La ciencia tiene que escuchar a la sociedad y estar al servicio de quienes toman decisiones”.

Esa lógica llevó al instituto a involucrarse en proyectos concretos: restauración ambiental, investigación aplicada, monitoreo de especies y asesoramiento científico para políticas públicas.

Pero también implica convivir con una paradoja de nuestro tiempo.

La ciencia dejó de ser el faro en algunos debates. Hoy estamos discutiendo cosas que parecían saldadas hace siglos”, dice. “Pero eso también nos obliga a salir del laboratorio, a explicar, a dialogar”.

El estado de la selva

Cuando se le pregunta por la salud de la selva misionera, Grassi no elige ni el optimismo ingenuo ni el pesimismo alarmista.

Prefiere una definición más precisa: “Está estable, pero es muy sensible”.

La selva paranaense que sobrevive en Misiones es uno de los relictos mejor conservados del Bosque Atlántico, un ecosistema que alguna vez cubrió gran parte de Brasil, Paraguay y Argentina. Pero también es un sistema frágil.

“El gran riesgo es que se rompan los corredores biológicos”, explica. “Si se corta la conectividad entre las poblaciones, empezamos a aislar especies y aparecen problemas genéticos”.

Por eso la palabra clave de la conservación actual es restauración.

Restaurar bosques, restaurar corredores ecológicos y, en algunos casos, restaurar poblaciones animales.

Ese es el corazón de uno de los proyectos más ambiciosos que hoy se discuten en Misiones: reforzar la población de yaguaretés.

El yaguareté -el mayor felino de América- es el símbolo máximo de la selva. Pero su presencia es cada vez más escasa. Se estima que en toda la región sobreviven alrededor de 90 ejemplares, con mayor presencia en el norte misionero.

El plan del IMiBio apunta a fortalecer la población en la Reserva de Biosfera Yabotí, un territorio de más de 250 mil hectáreas donde aún sobreviven condiciones ecológicas adecuadas, en la frontera con Brasil.

La estrategia no es una reintroducción o rewilding, como ocurrió en Corrientes. En Misiones el animal nunca desapareció completamente. Lo que se busca es reforzar la población.

Grassi plantea una diferencia conceptual importante con la idea más difundida del rewilding: mientras la reintroducción se aplica en territorios donde una especie ya desapareció por completo, en Misiones lo que se proyecta es un refuerzo poblacional, es decir, intervenir en un ambiente donde el yaguareté todavía existe, aunque en números críticos. Para el director del IMiBio, antes de liberar animales hay que resolver las causas que llevaron a la retracción de la especie y garantizar que el hábitat siga siendo funcional. Por eso su mirada pone menos énfasis en el gesto épico de “devolver” fauna y más en una estrategia integral de restauración: recomponer corredores, asegurar presas, sostener el control sobre la caza y preservar la genética local. 

En términos ecológicos, ambos modelos -Iberá y Misiones- forman parte de una misma corriente global de conservación: la restauración de grandes ecosistemas a través de especies clave. El objetivo final es el mismo: devolver al yaguareté su rol como ingeniero ecológico de los ecosistemas, capaz de regular poblaciones de herbívoros y mantener el equilibrio natural del bosque.

En esa lógica, Misiones no busca copiar el modelo de Corrientes, sino diseñar uno propio, ajustado a una selva que aún resiste y cuya prioridad no es volver a empezar desde cero, sino evitar que lo que todavía late termine por apagarse.

“Tenemos un macho residente en la zona desde hace más de diez años. La idea es introducir una hembra para generar un núcleo reproductivo”, explica Grassi.

Si el proyecto prospera, la reserva Yabotí podría albergar entre 20 y 30 yaguaretés en el futuro. Pero el objetivo va más allá de los números.

“La idea es preservar esa genética y generar un flujo de individuos que pueda conectarse con otras poblaciones, incluso con Brasil”.

En ese mismo espíritu de redescubrimiento de la selva, otro episodio marcó a los investigadores del IMiBio: el regreso inesperado del águila harpía. Durante años se la consideró prácticamente extinta en Misiones, al punto de que casi no existían estudios sobre su presencia porque las probabilidades de encontrarla eran mínimas. Pero fue un colono de la zona de la Reserva de Biosfera Yabotí quien cambió la historia al fotografiar un ejemplar posado en el monte.

A partir de ese primer registro comenzaron a multiplicarse los avistamientos, hasta confirmar incluso la presencia de un juvenil. Para Grassi, ese dato tiene un valor enorme: significa que hubo reproducción reciente en la selva. “Si apareció un juvenil, quiere decir que hace uno o dos años eclosionó un huevo. Eso implica que hay un nido activo en algún lugar del corredor entre Argentina y Brasil”, explica.

En los extremos de su distribución -desde México hasta el norte argentino- la harpía había desaparecido casi por completo. Por eso su presencia en Misiones no es solo una rareza biológica: es una señal de que la selva aún conserva la estructura ecológica necesaria para sostener a uno de los depredadores más poderosos de América. la confirmación de que la especie aún persistía en uno de los extremos de su distribución -donde se la consideraba prácticamente extinta- generó un impacto inmediato en la comunidad científica internacional.

En México, donde la harpía también había desaparecido de los registros recientes, investigadores y organizaciones de conservación lanzaron entonces un programa específico de búsqueda para verificar si aún sobrevivían ejemplares en las selvas del sur del país. Para Grassi, el caso demuestra cómo un hallazgo local puede activar procesos de conservación a escala continental: “Cuando aparece en uno de los extremos de su distribución, automáticamente surge la pregunta de si en otros lugares donde se creía perdida todavía puede estar”. El avistamiento en Misiones no solo devolvió esperanza para la selva paranaense, sino que volvió a encender la búsqueda de uno de los depredadores más imponentes de América.

Sin embargo, la conservación no depende solo de científicos.

La caza furtiva, la presión económica sobre el territorio y la fragmentación del bosque siguen siendo amenazas reales. “Cuando la economía se deteriora, la cacería aumenta”, admite Grassi. “Por eso la conservación también tiene que entender el contexto social”.

En ese escenario, el rol de los guardaparques, las comunidades locales y los productores rurales resulta clave. Y también el de las organizaciones ambientales. “Hay diferencias, claro. Pero el objetivo común es la conservación”, dice.

Educar para coexistir

Padre de dos hijas, Grassi también piensa en el futuro desde una perspectiva personal. La educación ambiental es parte de la vida cotidiana en su casa. “Intento que se pregunten cuál es el impacto de nuestras acciones sobre la biodiversidad”, cuenta. “Que entiendan que la naturaleza no es algo separado de nosotros”.

Para él, la clave no es la convivencia con la naturaleza, sino algo más profundo. “La idea es la coexistencia”.

Cuando se le sugiere que el trabajo que hoy impulsa podría ser histórico -un proyecto que cambie el destino del yaguareté en la selva misionera-, Grassi se revuelve en su asiento, incómodo.

No soy consciente de eso”, responde.

Tal vez porque la ciencia se mueve en tiempos largos, invisibles para el vértigo de la actualidad.

Tal vez por eso, cuando Grassi habla de la selva, parece escuchar algo más que el rumor del monte. Hay en su relato una intuición antigua, casi instintiva, como la que Jack London narró en El llamado de la selva: ese impulso profundo que empujaba a Buck a volver a lo esencial. En Misiones, ese llamado no proviene de la nostalgia, sino del futuro. De una selva que resiste y que, si la ciencia, la política y la sociedad logran escucharlo a tiempo, puede volver a llenarse de vida, de alas enormes en el dosel y del rugido del yaguareté.

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Repoblación: para fines de 2026 esperan las primeras camadas de yaguaretés nacidos en la Biósfera de Yabotí

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El yaguareté, emblema de la Selva Paranaense y especie en peligro crítico de extinción en Argentina, tiene en Misiones su último refugio natural. Según los datos de monitoreo más recientes, la provincia cuenta con 84 ejemplares distribuidos principalmente en la zona norte. Sin embargo, el registro reconoce un margen de error de alrededor de 20 individuos, lo que refleja las dificultades del seguimiento de esta especie esquiva.

Emanuel Grassi, director del Instituto Misionero de Biodiversidad, explicó que “la mejor población es la del norte, la que está estable, la que se reproduce y mantiene la dinámica poblacional del felino”. El desafío es fortalecer esa base y repoblar las áreas donde la especie quedó prácticamente aislada, como en la reserva de Yabotí, donde sólo está el registro de un macho bautizado con el mismo nombre. Para ello, el Gobierno provincial incluyó dentro del Presupuesto 2026 una partida inicial de 500 millones de pesos destinada a financiar las obras y la logística del plan de restauración.

El objetivo inmediato es posibilitar que el macho Yabotí pueda reproducirse. Para ello se construirán recintos especiales de cópula y cría, donde se introducirán hembras nativas con genética de la selva paranaense. “El primer paso es utilizar una hembra señuelo proveniente de centros de rescate o zoológicos. Esa hembra nos permitirá atraer al macho y colocarle un collar satelital para su monitoreo. Luego, se introducirá una hembra nativa -como Kunumi-, ya identificada en Iguazú y el noroeste misionero con el fin de lograr la reproducción”, detalló Grassi.

La estrategia busca que las crías nazcan en semicautiverio, bajo estrictos protocolos para evitar la habituación al ser humano. Una vez que las crías desarrollen capacidad de caza, serán liberadas en el monte junto a la madre o de manera independiente. “Las crías nunca quedarán en cautiverio, porque son las que aseguran que la población siga creciendo en forma natural”, remarcó el director del IMiBio.

Actualmente el plan se encuentra en la fase de evaluación ambiental y presupuestaria. Los recintos se proyectan dentro de la Reserva de Biósfera Yabotí, en un predio que funcionó históricamente como aserradero. Ya se realizaron estudios de impacto, de agua y suelo, y se elaboró el pliego técnico con materiales que deben resistir la humedad y las condiciones climáticas de la selva. Con la inclusión en el Presupuesto 2026, el financiamiento queda asegurado y se estima que en dos o tres meses podrían estar listos los recintos, lo que permitiría iniciar la primera etapa de captura y reproducción a comienzos de 2026. De cumplirse los plazos, hacia fines de ese mismo año podrían registrarse las primeras camadas nacidas bajo este esquema.

El plan no se limita al aspecto técnico de la reproducción. Incluye también campañas de sensibilización social, fortalecimiento de los corredores biológicos y un mayor control de la caza ilegal. Guardaparques, veterinarios, técnicos de fauna silvestre y personal del Ministerio de Ecología estarán involucrados en el proceso, apoyados por el monitoreo satelital remoto para minimizar la intervención humana.

El proyecto toma como referencia experiencias de repoblación como las del Impenetrable en Chaco y los Esteros del Iberá en Corrientes. La diferencia es que, en Misiones, aún queda una población silvestre en pie, lo que permite trabajar con genética local y reforzar una base existente.

“Esto no es mantener al yaguareté en cautiverio, sino darle un impulso para que la especie pueda sostenerse por sí misma en su hábitat. Nuestro rol es acompañar hasta que la población pueda crecer de manera natural”, resumió Grassi.

Con este plan, Misiones dará un paso clave para garantizar la supervivencia del mayor felino de Sudamérica, con el respaldo político y financiero asegurado en el Presupuesto 2026, en el que se destinarán 500 millones de pesos a este plan de restauración poblacional.

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Señal de alerta: la disminución de yaguaretés y los planes para repoblar la selva

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Un nuevo censo binacional muestra una leve pero significativa disminución del mayor felino de América en su bastión más importante: la Selva Misionera. El dato reaviva el debate sobre la conservación de bosques nativos, la coexistencia con comunidades rurales y la urgencia de frenar la fragmentación del hábitat.

La selva murmura lo que las cifras confirman. En un informe presentado recientemente en Posadas, científicos de Argentina y Brasil advirtieron que la población de yaguaretés en la Selva Misionera muestra una leve caída: hoy se estima que quedan entre 64 y 110 ejemplares, con una media poblacional de 84. La cifra, aunque aún dentro del margen natural de variación para especies de grandes carnívoros, representa una disminución respecto al promedio de 93 individuos registrado en 2022.

El estudio fue liderado por el Proyecto Yaguareté (CeIBA-CONICET) y el Proyecto Onças do Iguaçu (ICMBio), y es parte de una cooperación binacional que se repite cada dos años desde hace más de dos décadas. Se trata del monitoreo más exhaustivo del continente sobre esta especie en el Bosque Atlántico.

“Es una señal de alarma. Después de años de crecimiento y estabilidad, vemos por primera vez una caída, aunque leve. Y no podemos ignorarla”, señaló el investigador Agustín Paviolo, del CONICET. “Este tipo de variaciones puede anticipar retrocesos mayores si no se actúa con rapidez”.

Los números surgen del relevamiento mediante cámaras trampa en más de 570.000 hectáreas de selva protegida entre Argentina y Brasil. Fueron instaladas 267 estaciones de muestreo, lo que convierte al censo de 2024 en el mayor desde que se iniciaron los estudios en 2005.

Lucía Lazzari, coordinadora del programa Bosques de la Fundación Vida Silvestre Argentina, advirtió: “El yaguareté es un termómetro ambiental. Su retroceso es una forma que tiene la selva de avisarnos que algo no está funcionando bien”.

De símbolo a centinela de un ecosistema en jaque

El yaguareté (Panthera onca), declarado Monumento Natural Nacional, es mucho más que un ícono de la fauna argentina. Su presencia garantiza la salud ecológica del bosque y la funcionalidad de las cadenas tróficas. Por eso se lo considera una especie paraguas: al protegerlo, se salvaguarda indirectamente a cientos de otras especies, muchas de ellas igualmente amenazadas.

“Cuidar al yaguareté es cuidar el agua, el aire y el suelo. Donde él vive, vive la selva. Y donde vive la selva, hay futuro”, explicó Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre.

¿Por qué disminuyó la población?

Los científicos coinciden en que no hay una única causa, sino una conjunción de amenazas persistentes:

  • Fragmentación y degradación del hábitat: un reciente estudio de la FAUBA reveló que en los últimos 30 años se perdieron más de 130.000 hectáreas de bosque nativo en el Corredor Verde. Lo más grave es la fragmentación: los parches de selva son cada vez más pequeños y aislados, dificultando el desplazamiento y reproducción del yaguareté.
  • Caza furtiva: aunque ilegal, aún persisten casos de caza, tanto del felino como de sus presas naturales.
  • Atropellamientos: la red vial que cruza la selva representa un peligro constante. Misiones trabaja con sistemas de control de velocidad por tramos, pero aún hay desafíos para una legislación nacional que respalde estos esfuerzos.
  • Conflictos con comunidades: el yaguareté puede atacar animales domésticos o ganado, lo que genera represalias. En ese sentido, el seguro por daño que ofrece la provincia de Misiones es una herramienta innovadora para evitar represalias letales.

Desde el gobierno de Misiones aseguran que ya se trabaja en acciones concretas ante esta alerta. Emanuel Grassi, director del Instituto Misionero de Biodiversidad, detalló que está en marcha un ambicioso proyecto de refuerzo poblacional en la Reserva de la Biosfera Yabotí, con infraestructura específica para la cría y liberación controlada de ejemplares. Se prevé una inversión inicial superior a los 500 millones de pesos.

“Tenemos definido el lugar, los recintos y el plan de manejo. Solo resta licitar la obra. Vamos a profundizar el trabajo en las 2.000 hectáreas lindantes al Parque Nacional Iguazú, donde hay una alta interacción entre felinos y zonas urbanas. Ahí estamos ordenando el territorio con el municipio para reducir conflictos”, explicó Grassi.

Consultado sobre el último censo de yaguaretés y la disminución de ejemplares en la Selva Paranaense, el ministro de Ecología de Misiones, Martín Recamán, sostuvo que el gobierno provincial ya estaba al tanto de estas fluctuaciones. “Estos números ya los teníamos considerados. Por eso venimos trabajando con acciones concretas como el desarrollo de un seguro para el yaguareté y el avance del proyecto de recría en Esmeralda, en la Reserva de Biósfera”, explicó.

Recamán destacó que si bien se registró una reducción, no se trata de una situación inédita. “Hemos tenido fluctuaciones a lo largo del tiempo. Siempre buscamos que los datos mejoren. Aunque sea una baja mínima, nos obliga a redoblar esfuerzos, como hacemos con los bosques”, afirmó.

Sobre el proyecto de recría, detalló que se están terminando los estudios y trámites para la licitación de las obras. “Ya hicimos el análisis de impacto ambiental. El proyecto contempla unos seis recintos de diferentes tratamientos: cría, madres, machos, cruza. Estamos trabajando en la infraestructura necesaria: caminos, agua, energía, y la incorporación de más guardaparques y vehículos”, indicó. 

En relación al seguro para productores afectados por el yaguareté, Recamán señaló un fenómeno particular: “Aumentaron las denuncias, incluso en zonas cercanas a Iguazú. Al principio esto nos generó un gran esfuerzo de respuesta, pero lo vemos como algo positivo: antes los animales eran cazados, hoy se denuncia, y eso nos permite actuar, hacer seguimiento, colocar collares con GPS y generar datos”.

También reveló que la Provincia trabaja en un plan de ordenamiento territorial en la zona de las 2.000 hectáreas en Iguazú, un área de interfaz entre el bosque nativo y zonas urbanizadas donde se han producido conflictos con fauna silvestre. “La urbanización avanzó sobre terrenos que antes eran completamente boscosos. Estamos articulando con el municipio un plan para censar, obtener información y planificar el uso del suelo con enfoque ambiental”, dijo.

Sobre el control de atropellamientos, Recamán destacó la implementación de un sistema de control por tramo entre Península y la rotonda de Iguazú, que envía alertas cuando un vehículo supera los 60 km/h. “Es único en Argentina, aunque su legislación nacional aún es un desafío. Pero el sistema funciona y la Provincia sigue presente en este tema también”, concluyó.

Por último, el ministro resaltó que la conservación del yaguareté no puede disociarse de la protección del monte nativo: “El yaguareté necesita continuidad del bosque para sobrevivir. Es nuestra especie paraguas. Si protegemos su hábitat, protegemos todo lo demás”.

Nicolás Lodeiro Ocampo, fundador de la Red Yaguareté, señaló que el dato no fue sorpresa. “Sabíamos que hay zonas con pérdida de territorio para el yaguareté. El número es simplemente un indicador más. Tampoco se conoce qué metodología se usa ni vimos un informe técnico, así que no hay forma de poder hacer un análisis más profundo al respecto, solo queda el acto de fe y saber que en efecto, la tendencia no es hacia el crecimiento sino al contrario, y según la zona de la provincia que se mire y analice”.

Para el ambientalista, “el destino del yaguareté se juega en las áreas donde convive con humanos, donde hay actividades productivas y ocurren depredaciones de animales domésticos. Los que estamos en este tema lo sabemos perfectamente, ya sean funcionarios, guardaparques, ONGs, etc., sin medidas verdaderas de convivencia con la ganadería y persecución total de la caza furtiva, el yaguareté no tiene futuro. En ninguno de los planes de acción que hay para el yaguareté en el país hay un programa de convivencia con actividades productivas, sólo han existido acciones independientes de distintos grupos, en su mayoría ONGs, que como se sabe, no podemos sostenerlas en el tiempo. Esa es una función del Estado”, exigió.

Lodeiro relativizó el dato de la baja de ejemplares. “Hasta puede ser un sesgo de muestreo o margen de variación. Naturalmente uno preferiría que hubiesen sido diez ejemplares más y nunca menos, pero, lo que para nosotros es lo realmente grave y donde hay que mirar y por sobre todo, actuar, no es el número en definitiva sino que hay zonas de la provincia que han perdido a los yaguaretés, como el Valle del Cuña Pirú, Salto Encantado y alrededores, donde ya hace tres años que no tenemos ejemplares, siendo que existía una dinámica poblacional propia de una zona límite de distribución. No sabemos aún si estamos ante una extinción local (sería la primera que ocurre en Argentina en las últimas décadas) o se recuperará, lo cual parece muy difícil sin que se apliquen medidas reales de convivencia con ganadería y que se ponga fin de una vez por todas a la excesiva caza furtiva que sabemos existe con un trasfondo claramente cultural y que el Grupo de Operaciones en Selva del Cuerpo de Guardaparques -un grupo de élite mundial- no da abasto para combatir. Y en la Reserva de Biósfera Yabotí, la otra área con un tremendo retroceso poblacional de yaguaretés, solo se conoce la existencia de un ejemplar macho desde hace unos años y la caza es un flagelo que no solo proviene desde las colonias, sino que existe un ingreso desde Brasil que es incomprensible no haya conllevado una acción de nivel nacional para ponerle fin, ya que técnicamente, es una invasión violenta desde otro país. Esto es lo grave, que el yaguareté viene perdiendo territorio por la falta o el desarrollo insuficiente de medidas para preservarlo que ya sabemos existen, han sido probadas exitosamente y se cuenta con amplia documentación al respecto, incluso se han modificado leyes a raíz de ellas. Está comprobado que donde faltan yaguaretés es porque sobran balas. Esto no es un supuesto, es evidencia”.

Hendú, el viajero sin fronteras

Un ejemplo conmovedor del valor de los corredores binacionales es la historia de Hendú, un macho que fue registrado por primera vez en 2020 en el Parque Nacional Iguazú. Desde 2024, también es monitoreado en Brasil gracias a un collar satelital colocado por el equipo del Proyecto Onças do Iguaçu. Sus desplazamientos confirman la necesidad de mantener conectadas las áreas protegidas a ambos lados de la frontera.

En el Parque Nacional do Iguaçu, del lado brasileño, los datos son alentadores: se identificaron 27 individuos, dos más que en 2022. Esto se atribuye a un trabajo comunitario activo: más de 350 visitas anuales a propiedades rurales para educar, prevenir y actuar ante conflictos con la fauna.

“El éxito de esta recuperación está en el compromiso local. Ya evitamos un colapso antes. Podemos hacerlo otra vez”, dice Yara Barros, coordinadora del proyecto Onças do Iguaçu.

Los yaguaretés no sobreviven sin selva, y la selva no sobrevive sin políticas activas. Un análisis de la Facultad de Agronomía de la UBA mostró que los fragmentos de selva en Misiones son cada vez más pequeños, con distancias mayores entre ellos. Esto impide la migración de especies, favorece la entrada de invasoras y afecta la regeneración natural del bosque.

“Necesitamos restaurar, reconectar y ordenar el territorio. El Corredor Verde funcionó como una herramienta de contención, pero ya no alcanza”, explicó Luis Sangel Polo Perdomo, autor del estudio.

El informe de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) sobre la deforestación en Misiones ofrece un análisis exhaustivo de la problemática del desmonte en la región, con énfasis en las causas, consecuencias y dinámicas que afectan al Bosque Atlántico. Este informe es fundamental para comprender la crisis ambiental en curso, que no solo involucra la pérdida de biodiversidad, sino también impactos socioeconómicos y culturales para las comunidades locales. A continuación, te ofrezco una profundización del informe de la UBA, que aborda varias dimensiones del desmonte en la provincia.

Causas, Impactos y Propuestas

1. Causas del Desmonte:

El informe de la UBA destaca tres factores clave que explican la continua expansión de la frontera agropecuaria en Misiones:

  • Expansión de la Agricultura Intensiva:
    El aumento de la producción de soja, maíz y otros cultivos comerciales ha impulsado el avance sobre zonas boscosas. Misiones, aunque históricamente conocida por su forestación y producción de yerba mate, ha visto una creciente diversificación en sus cultivos. Esto ha aumentado la demanda de tierras agrícolas y ha intensificado los desmontes en zonas cercanas a la frontera con Paraguay y Brasil.
    • Según el informe, la soja transgénica es uno de los mayores responsables de la deforestación en el noreste argentino. Aunque los cultivos de soja son más comunes en otras provincias como Chaco y Salta, Misiones ha sido un destino creciente para la expansión de esta monocultura debido a la demanda internacional y los beneficios fiscales del país.
  • Ganadería y Forestación Industrial:
    En paralelo a la agricultura, el crecimiento de la ganadería extensiva y la forestación industrial (principalmente para la producción de papel y pulpa) han aumentado la presión sobre las áreas forestales. La ganadería, especialmente en la zona sur de la provincia, está vinculada al crecimiento de la frontera ganadera, que avanza sobre el bosque nativo para abrir espacio para pastoreo.
  • Deforestación Ilegal y Débil Control:
    Un factor crítico que la UBA identifica es la deforestación ilegal en áreas protegidas o en zonas donde el uso de la tierra debería estar restringido. A menudo, la deforestación ilegal está asociada con el desmonte en tierras fiscales o en zonas de baja fiscalización, lo que aumenta la extensión de la tierra cultivada o utilizada para ganadería, sin que existan controles efectivos o sanciones. Este proceso no solo afecta a los recursos naturales, sino que también implica una competencia desleal para aquellos que siguen las regulaciones ambientales.

    El informe subraya que la falta de apoyo institucional y la débil implementación de la Ley de Bosques (Ley 26.331) contribuyen a este fenómeno. En muchas ocasiones, los desmontes ilegales no se registran, por lo que no se incluyen en las estadísticas oficiales, lo que genera una subestimación de la magnitud del problema.

2. Impactos de la Deforestación:

a. Pérdida de Biodiversidad:

Misiones alberga una de las mayores biodiversidades del planeta. El Bosque Atlántico es considerado uno de los hotspots de biodiversidad, con especies endémicas de fauna y flora. El yaguareté, el tapir, el tucán y el guaraní son solo algunos de los emblemáticos habitantes de estos bosques.

La deforestación está fragmentando los hábitats naturales de muchas de estas especies, que dependen de grandes extensiones de bosques continuos. Los fragmentos más pequeños de bosques aislados ya no pueden albergar de forma adecuada a especies de gran tamaño, como el yaguareté, que necesita grandes territorios para cazar y desplazarse. Esto genera una pérdida de hábitat y limita las oportunidades de migración y genética.

b. Impacto Climático:

El informe también señala que la deforestación en Misiones contribuye significativamente al cambio climático global. Los bosques, y especialmente los bosques tropicales como el Bosque Atlántico, actúan como sumideros de carbono. Su destrucción libera grandes cantidades de CO2 a la atmósfera, acelerando el calentamiento global.

Además, la pérdida de cobertura vegetal afecta los ciclos hidrológicos de la región, lo que puede desencadenar una mayor frecuencia de fenómenos climáticos extremos, como sequías prolongadas o lluvias torrenciales.

c. Pérdida de Servicios Ecosistémicos:

La deforestación también compromete servicios ecosistémicos esenciales para las comunidades locales, como:

  • Filtración de agua: la deforestación reduce la capacidad del suelo y los bosques para regular el ciclo del agua. Las áreas taladas tienden a tener menos retención de agua y mayor riesgo de inundaciones.
  • Protección del suelo: los bosques previenen la erosión del suelo, que se ve acentuada con los desmontes. La tierra que antes era forestal se degrada rápidamente, lo que disminuye su productividad a largo plazo.

Estos efectos repercuten directamente en la vida de las comunidades rurales y en la economía local, que depende de estos servicios para su agricultura, ganadería y abastecimiento de agua.

3. Fragmentación del Bosque:

Una de las conclusiones clave del informe es que la fragmentación del bosque en Misiones es un fenómeno cada vez más pronunciado. Según los estudios realizados por la FAUBA, el Bosque Atlántico ha perdido un 83% de su área original, y los fragmentos restantes tienen un tamaño promedio de 215 ha, lo cual es insuficiente para muchas especies animales.

La fragmentación no solo aumenta la vulnerabilidad de especies, sino que también impide el flujo genético entre poblaciones. Esto puede llevar a problemas de consanguinidad y, por lo tanto, a un empobrecimiento genético que pone en peligro la viabilidad de las especies.

4. Propuestas y Soluciones:

a. Restauración de Corredores Ecológicos:

El informe de la UBA destaca la necesidad de restaurar corredores biológicos que conecten los fragmentos aislados de bosque. Estos corredores permitirían el movimiento de fauna, especialmente de especies emblemáticas como el yaguareté. El proyecto de corredores binacionales con Brasil (a través de la coordinación entre Argentina y el ICMBio de Brasil) es uno de los ejemplos a seguir.

b. Aplicación más rigurosa de la Ley de Bosques:

Uno de los principales puntos del informe es la urgente necesidad de fortalecer el cumplimiento de la Ley de Bosques (Ley 26.331), que fue sancionada en 2007 para proteger las áreas de bosques nativos. En la actualidad, la ley no se cumple a cabalidad en muchas regiones, lo que permite que se sigan realizando desmontes sin consecuencias legales.

c. Incentivos para la Agricultura Sostenible:

El informe también propone la creación de incentivos para que los pequeños productores adopten prácticas de agricultura sostenible, que permitan mantener el equilibrio ecológico sin necesidad de expandir la frontera agropecuaria. Las alternativas como la agroforestería o los sistemas de producción en zonas degradadas podrían ayudar a evitar el desmonte masivo.

d. Participación comunitaria y monitoreo satelital:

Finalmente, se subraya la importancia de la participación comunitaria en la vigilancia y protección de los bosques, utilizando tecnologías de monitoreo satelital para detectar y frenar desmontes ilegales en tiempo real. La capacitación de pueblos originarios y organizaciones locales para el monitoreo de los bosques nativos también es una estrategia recomendada por la UBA.

Sin embargo, el informe ofrece también una visión optimista: si se implementan soluciones efectivas como la restauración de corredores biológicos, el fortalecimiento de la Ley de Bosques y la implementación de prácticas agrícolas sostenibles, es posible revertir en parte la degradación ambiental y asegurar un futuro para las generaciones venideras.

Mirando al futuro

El próximo monitoreo del yaguareté será en 2026. Pero los desafíos están planteados hoy: sostener los esfuerzos de conservación, asegurar el financiamiento, ampliar la participación ciudadana y frenar el avance urbano sin planificación.

“La disminución actual no es una tragedia, pero sí un aviso. No podemos permitirnos retroceder. El yaguareté nos pide seguir avanzando juntos”, concluyó Manuel Jaramillo.

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