exportaciones de petróleo

El Gobierno reglamentó la libre exportación de hidrocarburos: elimina trabas, crea un registro único y acelera las ventas al exterior

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El Gobierno nacional dio un nuevo paso en su agenda de desregulación económica al reglamentar el régimen de libre exportación de hidrocarburos y crear un procedimiento simplificado que reemplaza buena parte de los controles administrativos vigentes desde hace casi una década. La medida, oficializada mediante la Resolución 166/2026 de la Secretaría de Energía, busca acelerar las operaciones de exportación de petróleo, combustibles y gas licuado, reduciendo la intervención estatal a situaciones vinculadas exclusivamente con la seguridad del abastecimiento interno.

La decisión se inscribe dentro del proceso de reformas impulsado por la administración de Javier Milei tras la aprobación de la Ley Bases y la modificación del régimen hidrocarburífero. El nuevo esquema reconoce que los productores tienen el dominio sobre los hidrocarburos que extraen y, por lo tanto, pueden comercializarlos y exportarlos libremente, salvo que existan razones técnicas o económicas que justifiquen una objeción por parte del Estado.

Uno de los cambios centrales es la creación del Registro de Operaciones de Exportación, que funcionará bajo la órbita de la Subsecretaría de Hidrocarburos. Allí quedarán asentadas todas las notificaciones de exportación, las eventuales objeciones oficiales y las Constancias de Libre Exportación, documento que garantizará la estabilidad jurídica de cada operación durante todo el programa de embarques.

La resolución alcanza a las exportaciones de aceites crudos de petróleo, aceites de mineral bituminoso, gasolinas —excepto las de aviación—, gasoil, propano, butano y Gas Licuado de Petróleo (GLP). Además, faculta a la Secretaría de Energía a incorporar o excluir productos del régimen según las necesidades del mercado interno.

Fin de un trámite que el Gobierno consideró burocrático

La normativa elimina uno de los requisitos más cuestionados por las empresas del sector: la obligación de demostrar previamente que el producto había sido ofrecido al mercado interno antes de obtener la autorización para exportar.

Ese mecanismo, establecido por la Resolución 241/2017, obligaba a publicar ofertas de venta para potenciales compradores locales antes de habilitar cualquier operación internacional. Según el Gobierno, la experiencia demostró que ese procedimiento no garantizaba el abastecimiento nacional y terminaba generando distorsiones incompatibles con el nuevo marco de libertad económica.

En consecuencia, también fueron derogadas las resoluciones 303/1994, 241/2017 y 175/2023, consolidando un único procedimiento para todas las exportaciones de hidrocarburos líquidos y sus derivados.

Un sistema basado en la “no objeción”

El nuevo régimen no requiere una autorización previa tradicional. En cambio, las empresas deberán notificar la operación a través de la plataforma Trámites a Distancia (TAD), mientras que la Secretaría de Energía dispondrá de un plazo determinado para formular objeciones si considera que la exportación puede afectar el abastecimiento interno o incumple alguno de los requisitos técnicos establecidos.

Para las exportaciones de petróleo crudo, gasolinas y gasoil el plazo máximo de análisis será de 30 días hábiles administrativos, mientras que para propano, butano y GLP será de 7 días hábiles.

Si transcurridos esos plazos la autoridad no se pronuncia, operará el silencio administrativo positivo. En ese caso, la empresa podrá exigir la emisión de la Constancia de Libre Exportación, documento que asegura que el derecho a exportar no podrá ser interrumpido durante toda la vigencia del programa autorizado.

Cuándo podrá intervenir el Estado

Aunque el nuevo régimen amplía significativamente la libertad comercial, la Secretaría de Energía conserva la facultad de objetar una exportación cuando existan fundamentos técnicos o económicos.

Entre las principales causales figuran la insuficiente disponibilidad de hidrocarburos para abastecer el mercado interno en condiciones razonables, la falta de acreditación de reservas o capacidad de producción para contratos de largo plazo, la presentación de información falsa o incompleta, la inexistencia de infraestructura suficiente para concretar la operación, prácticas anticompetitivas o variaciones imprevistas y significativas de los precios internos.

En caso de objeción, las empresas dispondrán de cinco días hábiles para presentar descargos o proponer alternativas, como reemplazar el volumen objetado mediante importaciones equivalentes o reducir parcialmente la exportación comprometida.

La reglamentación también incorpora un tratamiento específico para los contratos de exportación que superen los doce meses de duración. En esos casos, las empresas deberán acreditar la disponibilidad futura de producción, reservas o contratos firmes de abastecimiento que respalden los volúmenes comprometidos.

Asimismo, cuando las exportaciones requieran nuevas obras de infraestructura, los proyectos podrán articularse con el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Si la empresa ya inició el trámite de adhesión al régimen, bastará con presentar la constancia correspondiente sin necesidad de duplicar la documentación técnica.

Un nuevo marco para atraer inversiones

La Resolución 166/2026 completa la reglamentación del nuevo esquema hidrocarburífero surgido tras las modificaciones introducidas por la Ley Bases. Para el Gobierno, el objetivo es reducir cargas burocráticas, brindar mayor previsibilidad a las exportaciones y alinear el funcionamiento del sector con principios de libre competencia, precios de mercado e integración al comercio internacional.

En términos económicos, la medida apunta a ofrecer mayor seguridad regulatoria para proyectos de largo plazo, especialmente en desarrollos vinculados con Vaca Muerta y futuras inversiones en infraestructura energética, manteniendo al mismo tiempo la posibilidad de intervención estatal únicamente cuando exista riesgo comprobado para el abastecimiento interno.

Anexo 1 Resolución 166/2026 by CristianMilciades

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La guerra en Medio Oriente expone la fragilidad del estrecho de Ormuz

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La guerra en Medio Oriente volvió a colocar en el centro del sistema energético global a un punto geográfico del que depende buena parte del suministro mundial: el estrecho de Ormuz. En la segunda semana del conflicto regional, el casi cierre de esa vía marítima —la principal salida del petróleo y gas del golfo Pérsico hacia el resto del mundo— provocó que el precio del crudo superara los 100 dólares por barril por primera vez en casi cuatro años y expuso una vulnerabilidad que la industria energética conoce desde hace décadas pero nunca logró resolver.

El detonante inmediato fue la escalada militar que comenzó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos, actuando con Israel, atacó a Irán, desencadenando una serie de represalias que incluyeron ataques a buques y refinerías. El impacto fue directo: el flujo de petróleo a través del estrecho cayó a menos del 10% de sus niveles anteriores a la guerra, según la Agencia Internacional de la Energía.

La crisis abre una pregunta incómoda para gobiernos y compañías energéticas: ¿por qué, pese a décadas de advertencias sobre el riesgo de un bloqueo en Ormuz, el sistema energético mundial sigue dependiendo casi exclusivamente de ese paso marítimo?

Una dependencia estructural difícil de reemplazar

El estrecho de Ormuz funciona como la única salida al océano para la mayor parte de la producción energética del golfo Pérsico. Cada día, enormes volúmenes de petróleo y gas natural atraviesan ese corredor estrecho que conecta la región con los mercados internacionales.

El problema no es nuevo. Durante años, analistas, empresas y gobiernos lo señalaron como el principal cuello de botella del sistema energético global. Sin embargo, la infraestructura alternativa nunca alcanzó una escala suficiente para reemplazarlo.

Algunos países intentaron reducir la dependencia. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos construyeron oleoductos para transportar petróleo sin pasar por el estrecho, pero su capacidad apenas cubre una fracción de la producción regional.

Uno de los casos más relevantes es el oleoducto saudí que conecta los campos petroleros con el mar Rojo, inaugurado en la década de 1980 durante las llamadas “guerras de los petroleros” entre Irán e Irak. El sistema puede transportar hasta siete millones de barriles diarios, pero cerca de dos millones se destinan a refinerías internas, lo que deja unos cinco millones de barriles disponibles para exportación.

Otro ejemplo es el oleoducto que Emiratos Árabes Unidos inauguró en 2012, que conecta Abu Dhabi con el puerto de Fujairah, fuera del estrecho. Esa infraestructura permite esquivar parcialmente Ormuz, aunque su escala sigue siendo limitada y sus instalaciones también quedaron bajo amenaza en el contexto del conflicto.

Para otros productores de la región, las alternativas son aún más complejas. Catar, uno de los mayores exportadores de gas natural del mundo, solo comparte frontera terrestre con Arabia Saudita, país con el que mantuvo una disputa diplomática que incluyó el cierre de la frontera durante años. Construir gasoductos o nuevas rutas de exportación implicaría atravesar territorios vecinos o zonas de conflicto, proyectos costosos y políticamente sensibles.

El impacto inmediato en la producción global

La interrupción del tránsito por Ormuz generó un efecto en cadena en toda la región.

Según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía, los países productores del golfo redujeron la producción en al menos 10 millones de barriles diarios, equivalente a alrededor del 10% del suministro mundial.

Las reducciones afectan a Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, entre otros productores, que se vieron obligados a recortar la extracción ante la imposibilidad de exportar el petróleo. Algunas refinerías también bajaron su actividad o suspendieron operaciones, lo que redujo la producción de combustibles como gasolina, diésel y combustible para aviones.

El gas natural también quedó atrapado en el cuello de botella logístico. Catar, una de las principales potencias exportadoras de gas licuado, dejó de enfriar gas para exportación desde los primeros días de la guerra, lo que paralizó parte de su cadena de suministro.

La consecuencia inmediata fue una acumulación de petróleo y combustibles en tanques de almacenamiento, que en algunos países comienzan a acercarse a su límite de capacidad.

La lógica económica es simple: si el petróleo no puede venderse, la producción pierde sentido. Como explicó Shwan Ibrahim Taha, presidente del banco iraquí Rabee Securities, en ese contexto “más vale dejarlo bajo tierra”.

Fragmentación política en el Golfo

La falta de una infraestructura regional más robusta no responde solo a cuestiones técnicas o geográficas. La política también juega un papel central.

Los seis países petroleros del Golfo —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar, Omán y Baréin— integran el Consejo de Cooperación del Golfo, una alianza regional que funciona con un nivel de coordinación limitado.

Durante más de una década, esos países discutieron proyectos de integración logística, como una red ferroviaria regional para transporte de pasajeros y mercancías. La iniciativa todavía no se concretó.

Construir un sistema energético compartido sería aún más complejo. Las tensiones políticas entre los principales actores, especialmente entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, han dificultado la coordinación estratégica. Ambos países mantuvieron políticas petroleras diferentes y respaldaron a actores distintos en conflictos regionales, incluido el de Yemen.

Ese contexto de rivalidades limita la posibilidad de diseñar una infraestructura regional integrada capaz de reducir la dependencia de Ormuz.

El rol de Estados Unidos y la dimensión militar

Durante décadas, la estabilidad del estrecho de Ormuz también se apoyó en un supuesto geopolítico: que Estados Unidos, principal garante del sistema energético internacional, intervendría para mantener abierta la ruta marítima.

Ese escenario formaba parte del cálculo de gobiernos y empresas energéticas. Sin embargo, la actual guerra alteró ese equilibrio.

Tras el ataque del 28 de febrero contra Irán, Washington planteó la posibilidad de escoltar petroleros con la marina estadounidense, pero hasta ahora esa medida no se implementó. Mientras tanto, los ataques contra buques y refinerías continúan afectando el tránsito marítimo.

El conflicto también abrió un nuevo frente. Donald Trump anunció ataques contra instalaciones militares en la isla de Kharg, el principal centro de exportación de petróleo iraní, aunque evitó dañar la infraestructura energética del lugar.

Incluso si la guerra terminara pronto, el riesgo de ataques a la navegación podría persistir. El precedente reciente se encuentra en el mar Rojo, donde la milicia hutí respaldada por Irán logró perturbar el transporte marítimo hacia el canal de Suez durante los últimos años.

Un sistema energético que debe adaptarse

El casi cierre del estrecho de Ormuz materializó lo que muchos analistas definían como el “escenario de pesadilla” del sistema energético mundial.

Aunque el tránsito marítimo se restablezca, los expertos advierten que la producción de petróleo podría tardar semanas o incluso meses en recuperar los niveles previos al conflicto.

La cuestión de fondo permanece abierta: si los países productores y consumidores aprovecharán esta crisis para diversificar rutas de exportación y reforzar la infraestructura energética global.

Por ahora, el sistema energético sigue dependiendo de un corredor marítimo estrecho y vulnerable. Y la guerra acaba de demostrar que esa dependencia sigue siendo uno de los puntos más frágiles del mercado global del petróleo.

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