FUNDACIÓN MEDITERRANEA

Federalismo y gobernabilidad

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Pueden cuestionarse muchas decisiones de la actual administración nacional, pero tiene un activo en la cuestión del federalismo. No se trata sólo de haberle quitado discrecionalidad al giro de los fondos, hay otras dimensiones, como la mayor conectividad aérea de las distintas regiones, o el impulso a actividades productivas del interior profundo, que no se limitan al caso más citado, el de Vaca Muerta. En el plano fiscal, las transferencias automáticas a provincias pasaron de significar el 25,9 % de los recursos tributarios nacionales en 2015 a 31,9 % en 2019. Estos cambios han contribuido a la gobernabilidad, y de hecho en 2019 están ayudando al triunfo electoral de los oficialismos locales, una paradoja para Cambiemos que sólo administra cinco provincias. Pero hace falta ahora una contribución más decidida de las provincias a la competitividad, ya que sin crecimiento los gobernadores se enfrentarán a un escenario más adverso. Aquellos que administran provincias que dependen de la coparticipación y del empleo público no tendrán la mejora de recursos esperada. Y los que  están al frente de provincias más grandes, o ricas en recursos naturales, tendrán más dificultad para obtener recursos propios y el voto local se resentirá, porque está asociado a la evolución del empleo privado. Lo que también está en juego en estas elecciones, es la capacidad del próximo gobierno nacional de encontrar puntos en común con los gobernadores, para una nueva secuencia de reformas a favor del crecimiento y la competitividad.

Aunque el anuncio de la incorporación del senador Pichetto a la fórmula del oficialismo haya sorprendido, en realidad marca continuidad con el sesgo de muchas de las políticas adoptadas desde 2015, que tuvieron al Senado como eje articulador. Una movida a favor de la gobernabilidad debería influir  positivamente en una fracción de los votantes, aunque es difícil saber si esto se habrá de exteriorizar ya en las PASO, o habrá que esperar a octubre o noviembre. Los tiempos podrían adelantarse por la posible extensión de la “paz” cambiaria que conllevan estas novedades, junto con la continuidad de la desinflación, ya que al 3,1 % de variación del IPC de mayo podría seguir un 2,5 % para junio. Pero todavía hay que aguardar el impacto electoral de las
fórmulas que aspiran a quebrar la polarización.

Mientras tanto, los interrogantes sobre la gobernabilidad se reflejan, entre otros indicadores, en la elevada tasa de riesgo país, aunque ésta haya descendido un par de escalones. Faltan mensajes explícitos de algunas de las fórmulas presidenciales en competencia, pero no hay que suponer que, con meras declaraciones, el problema se puede arreglar. También importa la percepción de la “capacidad de pago” que la Argentina habrá de tener en el futuro, y para eso la variable crecimiento es clave.

Aunque algunas campañas refieran a la deuda pública como “impagable”, los datos no convalidan el eslogan. Como se apuntara en febrero (“En economía, hay vida después de las elecciones”), los pasivos exigibles que enfrenta el Tesoro con acreedores privados son manejables. Por su calificación crediticia, despejadas las incertidumbres y con un programa de reformas en marcha, la Argentina podría emitir el año próximo bonos a 10 años a una tasa de entre 7,5 y 8,0 % anual en dólares, dada la reciente colocación de Ecuador a ese plazo, con un rinde de 9,05 % anual.

Si bien el peso de la deuda pública sobre el PIB es significativo, la Argentina está a tiempo de desactivar amenazas: 1) el contexto internacional, con tasas de interés en Estados Unidos que convergen al 2 % anual es inédito y amigable respecto de los escenarios que tocó vivir en las crisis de principios de los ´80 y de 2001/02; 2) el grueso de la deuda tiene como acreedor al propio sector público (40 % del total), a organismos como el FMI, BID y demás (23 %), mientras que el 37 % restante es la que tiene como contrapartida a privados.

El FMI proyecta para 2023 que la deuda pública de la Argentina se ubique en 60,7 % del PIB, y esto es factible. Sólo que el estado tiene que ahorrar y la economía crecer… En el corto plazo, hay un desfiladero a atravesar, por los vencimientos de deuda local (Lebacs, Letes) que promedian 3,9 mil millones de dólares/mes entre junio y octubre. Pero éste no es un tema de solvencia de largo plazo, sino de la voluntad de pago que expresen los candidatos con chances. Las reservas del Banco Central en 64 mil millones de dólares permiten “bancar” grados intermedios de dolarización y de refinanciación (entre 40 % y 50 %) de los vencimientos de Letes y Lebacs.

Sin políticas disruptivas, las reservas del Central podrían superar los 50 mil millones de dólares hacia el 10 de diciembre. En ese caso, no sería tan “cuesta arriba” la tarea de cubrir las necesidades de financiamiento de 2020, que suman algo más de 30 mil millones de dólares, incluyendo intereses y vencimientos de capital.

Bajar el riesgo país de aquí a fin de año es una condición necesaria para volver a crecer, pero no suficiente. La Argentina reclama reformas que permitan que sus sectores productivos pasen a ser eslabones confiables de las cadenas de valor globales, como única opción para lograr que las inversiones y el empleo se recuperen.

Ese es el camino adoptado por el grueso de los países de la región, y la Argentina, al igual que Brasil, todavía está a tiempo de plegarse.

Nada mejor que nuevos pactos federales para atacar el “Riesgo-competitividad (falta de)”, y este es un ítem que debería escalar varias posiciones dentro de la agenda electoral.

 

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Luego de un 2018 adverso, ¿los cerdos tendrán revancha?

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Escriben Juan Manuel Garzón y Valentina Rossetti, fundación Mediterránea. La ecuación económica de las granjas de producción intensiva de porcinos mostró un deterioro importante en el 2018.
La actividad se enfrentó a un contexto económico poco favorable, un menor nivel de actividad (recesión) y una moneda debilitada (fuerte salto devaluatorio), factores que impactaron ambos negativamente sobre los márgenes del negocio.
Debe recordarse que para las granjas (y la cadena en su conjunto), el mercado interno es, por ahora y en el futuro cercano, todo o casi todo; más del 95% de la carne que se produjo el año pasado se colocó y consumió fronteras adentro.
Si bien los alimentos, por su naturaleza, resisten mejor los procesos de ajuste que otros productos, en un año recesivo, la comercialización se hace inexorablemente más pesada, los plazos de pago se alargan, la posibilidad de negociar precios con el comercio se reduce, etc. Además, en la cadena porcina se suma otro dato clave, la producción viene creciendo muy rápido desde hace varios años, por maduración de inversiones importantes realizadas en el pasado y por mejoras de productividad sostenidas; en el 2018 la producción se expandió al 10% anual, lo que requiere de un mercado interno en expansión capaz de absorber volúmenes adicionales sin exigir grandes sacrificios de precios.
Por su parte, la devaluación no benefició a las granjas, al menos no en forma directa ni en la coyuntura. La devaluación llegó rápido y con intensidad a los costos mientras que pasó mucho más desapercibida en los ingresos. Muchos insumos, que ponderan alto en los costos totales, se encuentran plenamente dolarizados (granos, harinas) o siguen a la moneda extranjera muy de cerca (suplementos, medicamentos, combustibles).
Sí se pueden rescatar algunos efectos positivos de la devaluación sobre el mercado de las carnes, que en definitiva deberían llegar también a las granjas, aunque menos potentes y más difíciles de precisar; se pueden señalar aquí el encarecimiento de las importaciones de carne porcina proveniente de Brasil (tema que generó mucha preocupación y discusión en la cadena en el primer semestre del año pasado) y el boom de exportaciones de la carne bovina, al que contribuyó seguro el mayor tipo de cambio. Respecto a esto último, debe notarse que el gran competidor de la carne de cerdo en el mercado interno es justamente la carne bovina, por lo que una mayor exportación de esta última libera espacio de consumo que pueden luego llenar las otras carnes.
El IERAL monitorea desde hace algunos años márgenes económicos en granjas teóricas o de referencia1 , establecimientos de producción intensiva de capones, de 250 y 500 madres, que operan con tecnología estándar en la actividad, con diferentes niveles de productividad (alto o bajo, 3.536 kilos/madre/año y 2.563 kilos/madre/año, respectivamente),2 y que se emplazan en Córdoba (sureste).
De acuerdo a las últimas estimaciones, las dos granjas de menor productividad tuvieron en promedio márgenes negativos durante el 2018 (-$3,9 y -$2,1 por kilo de capón producido y comercializado durante el año pasado, 250 y 500 madres respectivamente, a precios constantes de diciembre 2018), es decir, no tuvieron un excedente económico que compense el riesgo de la actividad ni el costo de oportunidad de los fondos invertidos3 . Nótese que estas granjas de productividad baja habían tenido resultados positivos en los dos años previos (2016 y 2017).

Por su parte, las dos granjas de alta productividad que se monitorean pudieron sostener sus márgenes en terreno positivo ($2,5 y $3,8, promedio kilo año, 250 y 500 madres), aunque con una fuerte caída respecto de aquellos logrados en los dos años previos. En efecto, si se compara contra 2017, el ajuste de márgenes fue de un 74% y de un 65% interanual respectivamente.
Analizando lo sucedido a medida que fue transcurriendo el año, los meses más críticos para las granjas habrían sido los del invierno, julio, agosto y setiembre. Durante ese período, se encuentran márgenes negativos incluso en las granjas más eficientes. Con la llegada y durante el transcurso de la primavera, los números de la actividad mejoran, observándose un cambio de tendencia que genera seguramente expectativas en el sector de lograr este año un resultado económico más satisfactorio.

El deterioro de los márgenes y su recuperación hacia fines de año resultaron consecuencia de dinámicas divergentes en ingresos y costos, que en la revisión de lo sucedido trimestre a trimestre aparecen claramente.
En el primer trimestre del 2018 los costos totales crecieron 21%, de la mano básicamente de una fuerte expansión de los costos de alimentación (maíz y harinas creciendo por encima del 30%); en ese mismo período, los ingresos por ventas sólo subieron un 4,1%
El desequilibrio entre ingresos y costos se profundizaría en el segundo trimestre del 2018, con los primeros estabilizados y los segundos creciendo un 18,5%, nuevamente impulsados por las erogaciones vinculadas a la alimentación de los animales.
En el tercer trimestre del 2018, el deterioro de márgenes no se profundiza, pero tampoco se corrige, con ingresos y egresos creciendo casi al mismo ritmo (29,7% y 27,8%); nótese que en estos meses empieza recién a moverse (en serio) el precio de los capones en el mercado interno.
Finalmente, el cuarto trimestre 2018 trae buenas noticias, con ingresos creciendo claramente por encima de los costos (17,4% vs 3,3%).

En el 2018 se observó entonces, punta a punta, una suba del 58% en los ingresos de las granjas, pero de un 89% en sus costos; esta asimetría es la que explica en definitiva el deterioro de los márgenes. Los costos de alimentación, que representan el 70% de los costos directos, subieron 114% en el año, mientras que los de energía (electricidad y gas natural) un 79%, ambas partidas muy vinculadas a la evolución del tipo de cambio.
Dos partidas que complicaron aún más los números de las granjas el año pasado, no incorporadas en las estimaciones anteriores, son los saldos técnicos de IVA y el costo financiero asociado al capital de terceros que se utiliza para financiar inversiones y/o costos operativos del negocio.
Respecto a los saldos de IVA, el IERAL ha escrito sobre ellos en varias oportunidades.4 Los saldos técnicos constituyeron un problema financiero adicional para las granjas en el 2018, pero también un problema económico, considerando que son fondos que quedan depositados en AFIP a favor de los productores, disponibles sólo para pagos futuros de IVA, pero que pierden valor en un contexto inflacionario (no son actualizados).
De acuerdo a las estimaciones, estos saldos habrían sido superiores en granjas de menor productividad y que compran todo el alimento en el mercado, es decir que no tienen producción propia de granos, ni instalaciones para procesar soja. En los meses de invierno estos saldos de IVA fueron más importantes, medidos en relación a los costos totales. Por ejemplo, la granja de 250 madres de baja productividad llegó a tener un saldo a favor de $2 por cada kilo vendido en setiembre de 2018, un monto equivalente al 5% de su costo de producción. Con la recuperación de los márgenes, la incidencia los saldos técnicos fue cediendo, aunque estos siguieron siendo relevantes en algunas tipologías de granjas.
Finalmente, respecto al costo financiero, en los establecimientos de referencia que se monitorean se supone capital propio, un supuesto que simplifica el análisis dado que no se requiere relevar todos los meses el precio del capital de terceros (que a su vez dependerá de quienes provean este capital, si bancos, proveedores, etc.). Pero lo anterior no implica desconocer que en la realidad la mayoría de las granjas combina capital propio con deuda para financiar sus activos (fijo y circulante) y que el año pasado las granjas debieron enfrentar una fuerte suba en el costo del financiamiento, que puede haber sido hasta tan intensa como la suba enfrentada en rubros como alimentos o energía. Como referencia, la tasa de interés cobrada por los bancos en adelantos en cuenta corriente a empresas medianas / grandes promedió el 64% anual en el segundo semestre de 2018,5 mientras que había sido del 28% en el mismo período del año 2017, es decir se más que duplicó el costo financiero entre esos períodos.

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La economía en un año con elecciones presidenciales

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El informe de la Fundación Mediterránea realizado por Marcelo Capello y Franco Vico muestra que la política resultará determinante para la economía en 2019, y la actual administración debería tomar todos los recaudos al respecto,
• En la abstracción analítica de considerar a 2019 como si no fuera año electoral, el exceso de oferta de dólares que se aprecia en el arranque del año podría prevalecer en el resto de los trimestres. Al mismo tiempo, el consumo podría recuperarse gradualmente con negociaciones que permitan que los salarios superen en dos o tres puntos porcentuales a la inflación del período
• Sin embargo, la historia reciente de la Argentina muestra que existe impacto en las variables económicas en cada año de elecciones presidenciales, y que este fenómeno se canaliza a través de la fuga de capitales
• Existen diversas combinaciones a través de las cuales el escenario político podría no constituir un lastre para la marcha de la economía, particularmente si se avanzara hacia acuerdos de gobernabilidad. Mientras tanto, la actual administración podría fortalecer instrumentos destinados a moderar la volatilidad en este año electoral
La economía argentina comenzó el año 2019 con algunos hechos positivos, en buena medida derivados de la perspectiva de que dejen de subir las tasas de interés en USA, la que repercutió en una importante baja del riesgo país (desde 829 puntos el 27-12-18 hasta 670 puntos ayer). Esta situación, sumado a mejores números en la balanza comercial en los últimos meses, consolidó la calma en el mercado de cambios, con un exceso de oferta de dólares que tiende, de no ser por las compras de divisas que dispuso el BCRA, a apreciar nominalmente la moneda local.
Dicha compra de divisas y concomitante emisión de pesos por parte del BCRA, que no deben ser totalmente esterilizados vía Leliqs (en estas circunstancias la Base Monetaria puede subir hasta un 2%), coadyuvó a que se produzca una (leve) baja en la tasa de interés, que pasó de 59,39% anual el 27-12-2018 a 56,87% ayer.
¿Lo anterior implica que la economía ya se encuentra en una senda que lleva inexorablemente a la recuperación de la actividad económica? No se lo puede asegurar, por cuanto el actual es un año con elecciones presidenciales, y eso muchas veces suele traer algunas consecuencias para la economía local.
La economía “como si” no hubiera elecciones en 2019
En la abstracción analítica que 2019 no fuese un año electoral, el exceso de oferta de dólares que se visualiza al inicio del año podría prevalecer todo el año, ante un tipo de cambio real relativamente depreciado, con tasas de interés inicialmente altas, que  paulatinamente irían bajando en la medida que ocurriesen las intervenciones compradoras del BCRA en el mercado de cambios (con el límite mencionado). Habría que agregar el efecto de una mayor cosecha, las crecientes exportaciones en el tiempo en la medida que se vayan recuperando o conquistando nuevos mercados, además del efecto de un mejor Brasil, y finalmente un consumo masivo que dejaría de caer, y hasta podría tener alguna recuperación en la medida que se vayan cerrando nuevos acuerdos salariales, que se supone este año al menos empatarán contra la inflación.
A este respecto, para el gobierno el mejor escenario sería uno en que los salarios superen levemente a la inflación en 2019 (2 o 3 puntos porcentuales), para que exista alguna recuperación en el consumo, pero en que dicho repunte resulte leve o intermedio, de  modo que se consolide una baja en la tasa de inflación, y se mantengan salarios competitivos cuando se los mide en dólares, para acelerar el ímpetu exportador en el sector industrial y de servicios.
Para la negociación salarial en ciernes, ante una perspectiva de inflación decreciente, pero que podría resultar no del todo creíble para los trabajadores y sus representantes (pues venimos de un año con inflación del 47,6%), podría resultar de utilidad que en 2019 se recurra a cláusulas gatillo o cláusulas gatillo “mejoradas”, es decir, que se garantice que los salarios suban, por ejemplo, como la inflación más 2 puntos porcentuales, en todo el año.
Una regla tal ayudaría a ordenar la discusión salarial y permitiría alguna recuperación del consumo masivo, con inflación menor a la de 2019, a la vez que consolidaría bases más sólidas en materia de competitividad de costos.
La economía en un año con elecciones presidenciales 
Pero en 2019 hay elecciones presidenciales, y ese evento siempre trae algunas noticias para la economía, a partir de la incertidumbre sobre el resultado electoral, y de cuál será la política económica del ganador. Esta situación se produce por la cobertura en dólares que suele existir por parte de los agentes económicos antes de las elecciones, que puede agravarse en función de las decisiones que puedan tomarse luego de las elecciones, ya sea si el oficialismo permanece o no en el poder, pero especialmente en el segundo caso.  Cuando la fuga de capitales resulta muy fuerte, y conduce a una suba excesiva del tipo de cambio, en parte se transmite a la inflación, disminuye el salario real y con ello el consumo masivo.
Adicionalmente, la mayor incertidumbre y suba de tasas afectan el crédito y así el consumo de durables y la inversión. Al respecto, revisemos lo que ocurrió con la “fuga de capitales” (Formación de Activos Externos del Sector Privado No Financiero) entre 2006 y 2017, especialmente en períodos con elecciones presidenciales. En el Gráfico 1 puede observarse que en años con elecciones  presidenciales (2007, 2011 y 2015), la fuga de capitales resultó mayor, en promedio, que en los años sin elecciones presidenciales (U$S 12.900 millones versus U$S 9.900 millones).
Adicionalmente, se concluye que las mayores diferencias se producen en el tercero y cuarto trimestre del año (en ambos trimestres, en promedio, la fuga de capitales superó en cerca de U$S 4.000 millones en los años con elecciones, respecto a los que no se vota para
presidenciales).

No obstante, si atendemos a casos particulares, puede percibirse en los gráficos que siguen que la fuga de capitales ocurrida en años con elecciones presidenciales resultó sustancialmente mayor en 2011 (U$S 21.500 millones, es decir, U$S 11.500 millones superior a  lo que suele ocurrir en promedio en años sin elecciones) que en 2007 (sin cepo) y 2015 (con cepo). En 2011, además, la fuga resultó mayor al promedio en todos los trimestres, no sólo en el segundo semestre del año. Como se recordará, dicho drenaje se amortiguó al final de dicho año, con la implementación del cepo cambiario (control de capitales).
En 2018, si bien no hubo elecciones presidenciales, y por causas externas e internas suficientemente conocidas, la fuga de capitales excedió en alrededor de U$S 17.000 millones a lo que suele ocurrir, en promedio, en años sin elecciones presidenciales.

Si bien la fuga de capitales ha aminorado notablemente desde noviembre del año pasado (ese mes resultó equivalente a un 9% que el máximo de mayo de ese año), y las aguas siguen calmas en lo que va de 2019, el gobierno debiera estar preparado para escenarios de mayor salida de capitales en los meses previos a las elecciones, esto es, previo a las PASO del 11 de agosto, y de las elecciones generales del 27 de octubre (y probable posterior Ballotage). Aunque el proceso podría eventualmente adelantarse, si se tiene en cuenta las elecciones anticipadas en provincias (desde febrero), y la proliferación de encuestas en la medida que se acercan las fechas eleccionarias. Ayuda el hecho que este año se contaría con superávit comercial (aproximadamente U$S 7.000 millones) y que el gobierno contaría con un excedente de dólares de la asistencia proveniente del FMI, respecto a sus necesidades de pagos en esa moneda, con lo cual podría realizar ventas de dólares en el mercado (por aprox. U$S 10.000 millones), ampliando la oferta en ese sentido

¿Qué posibilidades tendría el gobierno para ampliar sus instrumentos y previsiones que le permitan intervenir, si se revirtiera la actual tendencia en el mercado cambiario? Serían principalmente las siguientes: a) Acordar previamente con el FMI la posibilidad de vender más que U$S 150 millones diarios en caso que el tipo de cambio supere el límite superior (actualmente en 48,78 pesos)), de manera de evitar subas excesivas en el tipo de cambio, que podrían generar contagio y posteriores subas aún mayores; b) Negociar fondos con organismos o gobiernos de otros países para tener disponibles en 2020, en caso de ser necesarios para pagar la deuda, cuando la asistencia del FMI ya no alcance para cubrir el saldo de vencimientos de ese año (y si no se tiene acceso fluido a los mercados).
Para dar mayor viabilidad al primer instrumento, puede ayudar la actual acumulación de reservas que lleva a cabo el BCRA con sus compras diarias de divisas, dado que estas podrían usarse luego, en caso de ser necesario, para vender divisas en el mercado, y evitar subas abruptas.
Así las cosas, este año la economía estará íntimamente ligada a la política, y por ende debe analizarse el contexto también en base a los incentivos económicos y políticos que tendría cada agrupación que compita con posibilidades en las próximas elecciones. Y aquí se tienen básicamente tres posibilidades: Oficialismo nacional actual (OA); Oposición con una visión anti-sistema en materia económica (O1); Oposición moderada, económicamente más racional (O2).
¿Quiénes tendrían más incentivos para actuar o pronunciarse más racionalmente en un año electoral, en lo que respecta a los aspectos económicos?:
• O1: Su base electoral, al menos para la primera vuelta, avala principalmente un discurso anti – sistema económico, que podría incluir ruptura con el FMI, desconocimiento de la nueva deuda, controles de cambios, etc. Si bien podría tener incentivos para moderar el discurso para la segunda vuelta, apuntando al votante mediano, y por la posibilidad de acceder efectivamente al poder (“teorema de Baglini”), difícilmente resultaría creíble para los mercados (no confundir al votante mediano con el inversor mediano), y además podría apuntar a beneficiarse electoralmente con el impacto negativo sobre la economía, antes de las elecciones, que sus propias posiciones podrían ocasionar.
• O2: Tendría incentivos para posicionarse como la alternativa racional al actual oficialismo, y por ende avalar el acuerdo con el FMI y la necesidad de cumplir con los acreedores, e instalar sus críticas sobre otros aspectos de la política económica. No obstante, con este tipo de posturas, correría el riesgo de la polarización y no acceder a la segunda vuelta.
• OA: Claramente tiene todos los incentivos para plantear posturas racionales que aseguren los pagos de la deuda en 2019, e inclusive también en 2020, aun cuando en este caso pueda beneficiar a un eventual gobierno de otro signo político. Ocurre que la incertidumbre respecto a lo que ocurra en 2020 afectará negativamente las posibilidades de OA de lograr su continuidad. Para los mercados, si la actual administración obtuviese el compromiso de asistencia financiera de organismos y/o países para 2020, que garanticen los pagos de ese año, disminuiría la incertidumbre para este período aún si la opción O1 fuera finalmente elegida, por cuanto resultaría inverosímil que ésta no utilizara los recursos para pagar la deuda, si estuviesen disponibles.
Por supuesto, la mejor alternativa para la economía sería algún tipo de acuerdo de gobernabilidad, sobre aspectos económicos básicos, entre las opciones OA y O2, antes o después de las PASO, antes o después de las elecciones de octubre. Mientras más rápido se encontrasen esos acuerdos básicos sobre la economía, más favorable y menos disruptivo resultaría su tránsito durante 2019.
 
 

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El transporte fue lo que más aumentó en el 2018 con un incremento del 66,8%

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Un informe de la Fundación Mediterranea a cargo de Guadalupe Gonzalez muestra la gran disparidad entre rubros y porque el  Indice de Precios al Consumidor aumentó un 47,6% en 2018
• En Diciembre, la variación mensual de los precios al consumidor fue de 2,6% para la cobertura nacional, desacelerando su trayectoria respecto de los últimos meses 
• En 2018, la inflación acumuló una suba de 47,6% anual, con variaciones de precios que van del 66,8% para el rubro de Transporte en un extremo y Bebidas alcohólicas y tabaco con 28,3%, en el otro
• La inflación núcleo fue de 2,7% y el promedio móvil de tres meses anualizado arroja un guarismo de 51,6%, que compara con una tasa de interés de política monetaria de 59,35% 
En Diciembre, el Índice de Precios al Consumidor registró una variación de 2,6% mensual, según los datos relevados por el INDEC para el promedio nacional. Si bien la inflación de Diciembre es todavía elevada, los últimos meses marcan una desaceleración  respecto del pico de Septiembre (6,5% mensual).

Los rubros que más subieron en 2018 fueron: transporte (66,8%), comunicaciones (55,3%), bienes y servicios varios (53,2%) y alimentos y bebidas no alcohólicas (51,2%). En el otro extremo, los rubros que aumentaron sus precios por debajo del promedio general fueron: bebidas alcohólicas y tabaco (28,3%), Educación (32,1%), Prendas de vestir y calzado (33,1%), Restaurants y hoteles (39%), Recreación y Cultura (43,4%) y Vivienda, agua, electricidad y otros combustibles (45,7%).

Al interior del país se observan comportamientos dispares si se toma en cuenta la variación general de precios por región. Mientras que en la región Patagónica los precios aumentaron en promedio un 50,6% anual en 2018, en GBA lo hicieron un 47,1%. Otras regiones como la Pampeana, NOA y NEA incrementaron sus precios en línea con lo ocurrido a nivel nacional (47,6% en región Pampeana, 47,8% en NOA y NEA).

La inflación núcleo, aquella que no tiene en cuenta lo que ocurre con los bienes y servicios estacionales y/o regulados, marcó una variación mensual de 2,7% en Diciembre y el promedio móvil de los últimos tres meses anualizado arroja un guarismo de 51,6%. Esta cifra compara con la tasa de política monetaria promedio del mes, de 59,4%, marcando una diferencia de 7,76 puntos porcentuales.

 

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La década diferenciada de América Latina

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Los años ´80 pasaron a la historia como la “década perdida de América latina”, por la falta de crecimiento de la mayoría de los países de la región, una crisis detonada a partir de la abrupta suba de las tasas de interés de los Estados Unidos. Más acá en el tiempo, el 2011 marcó otro punto de inflexión, porque luego de tocar valores records, los precios de las commodities comenzaron a bajar, para estacionarse en un andarivel intermedio. A diferencia de lo sucedido en los ’80, esta vez hay contrastes entre los distintos países de la región, por la forma en que transitan el nuevo escenario. Focalizando en Argentina y Brasil por un lado, y Chile y Perú por el otro, se observa una bifurcación de caminos que tiene que ver tanto con el modo con el que los gobiernos se apropiaron de los beneficios del boom que llegó hasta 2011, como con el tipo de políticas económicas con las que se enfrentó la etapa posterior, de precios internacionales más moderados. Este conjunto de factores explica por qué entre 2011 y 2018, Brasil y la Argentina tuvieron crecimiento cero, mientras el PIB de Perú se expandía un 31,6 % y el de Chile lo hacía un 21,9 %.
Los años ´80 pasaron a la historia como la “década perdida de América latina”, por la falta de crecimiento de la mayoría de los países de la región, una crisis detonada a partir de la abrupta suba de las tasas de interés de los Estados Unidos. Más acá en el tiempo, el 2011 marcó otro punto de inflexión, porque luego de tocar valores records, los precios de las commodities comenzaron a bajar, para estacionarse en un andarivel intermedio. A diferencia de lo sucedido en los ’80, esta vez hay contrastes entre los distintos países de la región, por la forma en que transitan el nuevo escenario. Focalizando en Argentina y Brasil por un lado, y Chile y Perú por el otro, se observa una bifurcación de caminos que tiene que ver tanto con el modo con el que los gobiernos se apropiaron de los beneficios del boom que llegó hasta 2011, como con el tipo de políticas económicas con las que se enfrentó la etapa posterior, de precios internacionales más moderados. Este conjunto de factores explica por qué entre 2011 y 2018, Brasil y la Argentina tuvieron crecimiento cero, mientras el PIB de Perú se expandía un 31,6 % y el de Chile lo hacía un 21,9 %.

No se puede entender el ciclo de stop and go que se inicia en 2011, que origina el estancamiento de los últimos siete años, sin considerar el contexto. La historia arranca con la suba sostenida de los precios de las materias primas a partir de 2003 en adelante, hasta llegar a niveles records, que provocó un beneficio inédito en la región, pero un aprovechamiento cortoplacista en la Argentina y otros países, caso de Brasil, que terminó dañando los cimientos de estas economías, haciendo mucho más difícil la etapa posterior.

Con pocos datos se ilustra este punto: las exportaciones de la Argentina, que en 2003 capturaban 0,43 dólar de cada 100 dólares de las exportaciones mundiales, pasaron en 2011 a 0,46 dólar de cada 100, un magro incremento de 6,9%, pese al boom de la soja y demás productos. Esto compara con un aumento de 35,2 % obtenido por Brasil (de 1,05 a 1,42 dólares cada 100) en igual período, el 45,0 % de Chile (de 0,31 a 0,45) y el 100 % de Perú (de 0,13 a 0,26). La escasez de dólares genuinos en el presente de la Argentina no se explica sin repasar esta parte cercana de la historia.

Ahora bien, cuando el precio internacional de las materias primas comienza a hacer su recorrido inverso, para quedar en un nivel intermedio, Brasil y la Argentina ensayan políticas económicas que, en lugar de recortar la brecha con Chile y Perú, la profundizan.
El común denominador que se observa para Argentina y Brasil a partir de 2011, es el intento de compensar la merma del impulso externo con políticas contracíclicas, activando el gasto público y los subsidios (a las tarifas en nuestro país, a los créditos, en el vecino). Más allá del mayor gasto público, debe tenerse en cuenta la calidad del mismo. Por ejemplo, un informe publicado por el Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad Belgrano sostiene que entre los años 2003 y 2015 las escuelas públicas primarias perdieron 12% de alumnos pero los cargos docentes aumentaron 19%. En el mismo período, las escuelas privadas ganaron 27% de alumnos y subieron los docentes en un 23%.
Pero esa reacción agravó los desequilibrios fiscales sin conseguir éxito en términos de nivel de actividad (se entró en el ciclo del stop and go), al costo de daños adicionales en la competitividad y deterioro incremental del sector externo. El “cepo cambiario” fue, de todos modos, una peculiaridad de la Argentina, acentuando el sesgo antiexportador. Y, dado que el sector externo es un espejo de los desequilibrios internos, en este punto debe subrayarse otra excentricidad argentina: el gasto consolidado del sector público, que en 2003 se ubicaba en 22,7 % del PIB, ya había trepado a 34,9 % en 2011, para coronar un 41,4 % en 2015. En tanto, de 2003 a 2015 el gasto público en Chile pasó de 22,5 % a 24,9 % del PIB y en Perú de 20,0% a 22,4 %.

La política fiscal desaprensiva provocó un efecto negativo de “segunda ronda” sobre el sector externo, potenciando el primer impacto de los menores precios internacionales, ya que alimentó la “inflación en dólares” al interior de las economías, más intensa todavía en el caso de la Argentina. Así, entre Noviembre 2010 y Noviembre 2015, el peso argentino se apreció en términos reales un 41,8% contra el peso chileno, quitando competitividad cuando más se la necesitaba.

Hubo, además, un impacto de “tercera ronda”, ya que la inversión privada fue desplazada por la pública, mucho más cara y menos productiva, como muestran el “Lava Jato” y los “Cuadernos” en Brasil y la Argentina.
Está claro que, a partir de 2011, había que adaptarse al escenario internacional dando prioridad a las políticas del lado de la oferta, con desregulación, recorte de impuestos distorsivos, menos burocracia, precios relativos locales alineados con los internacionales, mejor logística e infraestructura. Sin embargo, aun cuando los gobiernos de la Argentina y de Brasil hubieran tenido el diagnóstico correcto (que no lo tuvieron) había una pesada inercia que complicaba ese giro, por la falta de acuerdos comerciales con el resto del mundo, con impuestos (incluido el inflacionario) cubriendo un gasto público fuera de escala, con un sector productivo debilitado por la falta de estímulos y la pérdida de transparencia de esos años, como lo ilustra el recorrido de YPF en el período.
Hay una conclusión, y es que se necesita avanzar hacia un modelo de crecimiento apoyado en exportaciones e inversión, agotada la vía del gasto público y los subsidios.
Brasil y la Argentina enfrentan el mismo tipo de problemas, pero Brasil sufrió una brutal recesión entre 2015 y 2016, fenómeno que fue determinante para ordenar su agenda, a 180° de lo que había sido la política económica del gobierno de Dilma.
En cambio, la nitidez de esa agenda es menor en la Argentina. Si bien nuestro país comparte con Brasil el estigma del crecimiento cero entre 2011 y 2018, las causas del estancamiento enfrentan mayor controversia de este lado de la frontera. Sin embargo, si la dirigencia política reparara en los factores que explican la diferencia entre nuestro país y la performance de Chile y Perú en los últimos años, la discusión podría focalizarse en los hechos relevantes.

Obsérvese que, de acuerdo a las notas de competitividad del World Economic Forum, la puntuación de Argentina (4,0) es la menor de los cuatro países bajo análisis. Para Brasil esa puntuación es de 4,10, para Perú de 4,20 y para Chile de 4,70.
El ranking de las diferencias entre la puntuación de Chile y Argentina es encabezado por el ítem “estabilidad macroeconómica”, en el que nuestro país debería pasar de 3,40 a 5,40 para igualar la medición correspondiente al país trasandino.
Pero para lograr crecimiento sostenido, ese salto en la nota de estabilidad macroeconómica es sólo una condición necesaria, no suficiente. Obsérvese que los ítems vinculados a la forma en que se asignan los recursos en cada país también muestran una brecha considerable. Las notas de Chile en la eficiencia con la que funcionan el mercado de bienes y de trabajo, las asignadas a infraestructura e instituciones, son referencias claras respecto de las reformas que aún necesita encarar la Argentina en función de la recuperación de la capacidad de crecer, única forma en que los ratios vinculados a la sustentabilidad de la deuda pública puedan converger a niveles manejables.

De este modo, lo ocurrido entre 2016 y principios de 2019 puede verse como una transición, costosa pero transición al fin, en la construcción de los cimientos para encarar los desafíos señalados. Por caso, la tarea de estabilizar la economía necesitaba previamente alinear el set de precios relativos del mercado local con los internacionales, un requisito que estará cerca de ser cumplido hacia fin de 2019. Esta forma de reorganizar la economía es la única consistente con el florecimiento de incentivos para la inversión y el empleo productivo. En cambio, la estabilidad basada en la represión de precios claves, tipo de cambio, tarifas y demás, es la receta indicada para prolongar el escenario de estancamiento.
 

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