El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, aseguró este jueves en una rueda de prensa para la prensa extranjera en su oficina en Jerusalén que Irán, tras veinte días de campaña militar, «ya no tiene capacidades para enriquecer uranio ni misiles balísticos».
«Les atacamos desde el aire, bajo tierra y ahora también desde el mar», indicó mientras el Ejército israelí acaba de detectar la llegada de más misiles desde Irán contra el norte de Israel.
En su segunda rueda de prensa oficial desde el inicio del conflicto, Netanyahu aseguró que, tras 20 días de ofensiva, Israel está «ganando e Irán está siendo diezmado», señalando lo que describe como un daño significativo a las capacidades militares de Teherán
El mandatario aseguró que los arsenales de misiles y drones de Irán están siendo «degradados masivamente» y prometió que «serán destruidos».
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, interviene durante una rueda de prensa en Jerusalén. EFE/EPA/RONEN ZVULUN
Netanyahu evita fijar plazos para la ofensiva contra Irán
Sin embargo, el primer ministro israelí evitó establecer un calendario para el fin de la ofensiva contra el país persa y aseguró que su Gobierno «no está contando los días» para ponerle fin.
Además, cuestionó el liderazgo del país persa, afirmando no estar seguro «de quién está gobernando Irán en estos momentos». «¿Acaso le han visto la cara al nuevo líder?», preguntó a los periodistas presentes, en alusión a la falta de apariciones públicas del nuevo líder supremo, Mojtaba Jameneí, desde su nombramiento la semana pasada.
En este contexto, aseguró que Israel dispone de información de inteligencia que apunta a «grietas» en el Gobierno iraní, aunque evitó hacer especulaciones sobre el futuro del país en caso de una eventual revolución.
«No diré quién estará allí (en el hipotético caso de que el Régimen iraní fuera derrocado), pero creo que él (Reza Pahlaví) es una fuerza para el bien», afirmó el mandatario.
Tras 20 días de intensos ataques de Israel a lo largo de territorio iraní, impactando desde sedes militares a enclaves de inteligencia o infraestructura nuclear, el número de fallecidos en la nación persa asciende al menos a 1.230, aunque esta cifra no ha sido actualizada desde el pasado 5 de marzo.
En total, quince personas han muerto en territorio israelí por ataques iraníes desde el pasado 28 de febrero, mientras que cuatro lo han hecho en territorio palestino.
Los efectos prolongados de la guerra de Israel y EE.UU. contra Irán y el alza persistente del crudo, que ha llegado a aumentar un 50 % en el último mes, se van a traducir en una caída del crecimiento económico y un aumento de la inflación a nivel mundial, según cálculos del FMI.
«Ya vemos perturbaciones significativas», reconoció la directora de Comunicación del Fondo Monetario Internacional, Julie Kozack, en una rueda de prensa donde abordó la interrupción del flujo de crudo y gas por el estrecho de Ormuz, prácticamente bloqueado por Irán, y los daños a infraestructuras en el golfo Pérsico.
¿Cuánto podría subir la inflación por la guerra en Irán?
Según Kozack, al analizar los ‘shocks’ energéticos, por regla general «cada aumento del 10 % en el precio del petróleo, si este persistiera, digamos, durante el resto de este año, podría derivar en un incremento de 40 puntos básicos en la inflación general mundial y en una caída de la producción global de entre el 0,1 % y el 0,2 %».
Vista de una refinería en República Checa, el 18 de marzo de 2026. EFE/Martin Divisek
«Cabe reiterar que se trata, nuevamente, de una regla general, aplicable a un aumento persistente en el precio del petróleo» que, en el caso del crudo Brent, ya ha superado los 100 dólares por barril, matizó.
El impacto económico, insistió, «dependerá de la duración, el alcance y la intensidad de la crisis. Nuestra evaluación preliminar indica que se prevé un debilitamiento del crecimiento», añadió.
En enero, el FMI elevó dos décimas su previsión de crecimiento de la economía mundial para 2026, hasta el 3,3 %, pero advirtió entonces de que está expuesta a riesgos a la baja, como un aumento de las tensiones comerciales y geopolíticas o una caída de la inversión en tecnología.
El FMI actualizará sus previsiones con el impacto del conflicto
Kozack adelantó que el próximo abril el organismo internacional actualizará sus estimaciones con la publicación de un nuevo informe de Perspectivas Económicas Globales, que recogerá los efectos del conflicto entre EE.UU., Israel e Irán, extendido a otros países de la región con serias amenazas a la economía mundial.
La directora de Comunicación del FMI recordó que los precios de las materias primas también han aumentado, lo cual unido a la interrupción de los envíos de fertilizantes y la perturbación del transporte marítimo, eleva el riesgo de que se produzcan subidas en los precios de los alimentos.
«Estos aumentos podrían ser sustanciales, en función de la duración y la intensidad de la situación», agregó, al tiempo que se refirió al incremento de la volatilidad financiera en varios países, incluidas tanto economías avanzadas como Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea (UE), como los países emergentes y en desarrollo.
La guerra abierta tras los ataques ordenados el 28 de febrero por Donald Trump y Benjamin Netanyahu contra Irán, y la posterior respuesta de Teherán con el bloqueo del estrecho de Ormuz, provocó una de las mayores sacudidas del mercado energético mundial en décadas. En apenas días, el precio del barril saltó de US$60 a casi US$120, antes de estabilizarse cerca de US$90, en medio de la jornada más volátil registrada en la historia del mercado petrolero.
La magnitud del movimiento reavivó una comparación inevitable: la crisis petrolera de 1973, cuando el embargo de los países árabes tras la guerra del Yom Kippur cuadruplicó los precios del crudo y alteró el equilibrio económico mundial. Hoy el detonante vuelve a ser geopolítico, pero el alcance potencial del shock podría ser incluso mayor si se prolonga el bloqueo de la principal arteria energética del planeta.
La incertidumbre política amplificó la tensión financiera. El propio Trump intentó calmar a los mercados con declaraciones contradictorias, afirmando primero que la guerra está “prácticamente terminada” y luego que la decisión final sobre el conflicto “está en su mente”. Mientras tanto, el G7 comenzó a discutir medidas extraordinarias, entre ellas la posible liberación de 300 millones de barriles de reservas estratégicas para frenar la escalada de precios.
El interrogante que domina los mercados es claro: ¿se trata de un episodio de volatilidad temporal o del inicio del mayor shock petrolero de la historia moderna?
El estrecho de Ormuz, el punto crítico del sistema energético mundial
El núcleo de la crisis no está únicamente en el enfrentamiento militar, sino en la interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz, considerado el principal cuello de botella energético global.
Por ese paso marítimo circula aproximadamente: Una quinta parte del consumo mundial de petróleo. 25% del crudo transportado por mar. 30% del comercio global de gas natural licuado (GNL)
Hasta el 27 de febrero transitaban 37 petroleros diarios por la zona. Tras el inicio del conflicto, el número cayó prácticamente a cero.
La interrupción tiene efectos directos sobre el sistema energético mundial. Si el bloqueo se prolonga, varios productores del Golfo podrían verse obligados a cerrar temporalmente pozos petroleros porque los buques cargados no pueden salir y el almacenamiento se satura.
Ese escenario tiene riesgos técnicos. A diferencia de un grifo doméstico, cerrar un pozo petrolero puede afectar la presión del yacimiento, lo que dificultaría recuperar su producción original.
La Guardia Revolucionaria iraní anunció que no permitirá el paso de petróleo mientras continúen los ataques contra su territorio. Desde Washington, Trump respondió con amenazas de represalias si se interrumpe el flujo energético.
La combinación de presión militar y control del comercio energético convirtió el estrecho en el centro de gravedad de la crisis.
Una estrategia de guerra asimétrica con impacto económico global
Más allá del frente militar, analistas interpretan el bloqueo como una forma de coerción económica estratégica.
Irán no puede competir con Estados Unidos e Israel en capacidad militar convencional, pero sí puede alterar el sistema energético mundial. Al atacar infraestructuras y cerrar rutas marítimas, eleva los costos económicos del conflicto para las potencias y para los principales consumidores globales.
La lógica es clara: convertir una desventaja militar en poder de negociación.
Esta estrategia busca presionar a actores externos —desde los países del Golfo hasta grandes importadores asiáticos— para que impulsen un alto el fuego o limiten la escalada del conflicto.
Sin embargo, el movimiento también tiene riesgos. Golpear la infraestructura energética regional podría reforzar la alineación de los países del Golfo con Washington, generando efectos geopolíticos contrarios a los intereses de Teherán.
Sectores económicos bajo presión: transporte, industria y alimentos
El impacto del shock energético se extiende rápidamente a múltiples sectores de la economía global.
El primero en sentir el golpe es el transporte, especialmente la aviación. El combustible para aviones en Singapur subió 72%, alcanzando niveles récord. Desde finales de febrero se registraron 37.000 vuelos cancelados.
Pero el efecto no se limita a los combustibles.
Gran parte de las cadenas industriales dependen directa o indirectamente del petróleo: La petroquímica utiliza derivados del crudo para plásticos, fertilizantes y fibras sintéticas. La industria pesada consume grandes cantidades de energía en procesos como acero, cemento o aluminio. La agroindustria depende de fertilizantes y transporte intensivo en energía.
Por eso los analistas describen el fenómeno como una onda expansiva económica: comienza en la energía, pasa por la logística y termina afectando los precios al consumidor.
Las economías más expuestas al shock
La crisis no golpea a todos por igual. Los efectos se distribuyen según el perfil energético de cada economía.
Entre los más vulnerables aparecen: Países productores del Golfo, que dependen del comercio marítimo para exportar. Grandes importadores asiáticos, como China, India, Japón y Corea del Sur. Europa, cada vez más dependiente del gas natural licuado desde la guerra en Ucrania. Economías emergentes importadoras de combustible, con monedas más débiles.
Irak representa un caso extremo: su producción cayó cerca de 70%, pasando de 4,3 millones a 1,3 millones de barriles diarios.
Arabia Saudita intenta desviar parte del crudo por un oleoducto hacia el puerto de Yanbu en el mar Rojo, pero esa ruta alternativa no alcanza para absorber toda la producción.
El impacto político: inflación, elecciones y presión social
El precio del petróleo tiene una dimensión política inmediata. Afecta el costo del transporte, los alimentos y la energía doméstica, por lo que suele convertirse en un indicador directo del costo de vida.
En Estados Unidos, el aumento de los combustibles puede complicar el panorama político de Trump. El país celebrará elecciones de medio mandato en noviembre, y el control de la inflación es uno de los pilares del discurso económico del gobierno.
La experiencia histórica muestra que los shocks petroleros tienden a reducir las probabilidades electorales de los oficialismos, especialmente si se prolongan durante meses.
La crisis energética, por lo tanto, podría trasladarse desde los mercados a la arena electoral.
América Latina entre oportunidades y riesgos
Para América Latina, el efecto del aumento del petróleo es desigual.
Los exportadores de crudo podrían beneficiarse de precios más altos. Entre ellos aparecen: Brasil, Guyana, Argentina y Colombia.
En el caso argentino, la mejora del saldo energético externo se vincula con el desarrollo de Vaca Muerta, que amplió la producción hidrocarburífera.
Otros países enfrentan escenarios más complejos. México importa grandes volúmenes de combustibles refinados, lo que diluye el beneficio de ser productor. Economías importadoras como Chile, Perú o varios países del Caribe podrían sufrir presiones inflacionarias.
Bolivia, por ejemplo, mantiene subsidios a los combustibles que se vuelven más costosos cuando sube el precio internacional del crudo.
El G7 prepara una respuesta coordinada
Ante la volatilidad del mercado, los países del G7 anunciaron que están listos para actuar “de forma urgente” para estabilizar los precios.
Entre las opciones en discusión figura la liberación de reservas estratégicas de petróleo y otras medidas de coordinación energética internacional.
Las decisiones dependerán de la evolución del conflicto y de datos más precisos sobre el impacto real en el suministro global.
La prioridad declarada es evitar una escalada sostenida del precio del crudo, que podría empujar a la economía mundial hacia una nueva ola inflacionaria.
Un sistema energético bajo presión geopolítica
Más de medio siglo después de los shocks petroleros de los años 70, la economía global vuelve a enfrentarse a una crisis energética impulsada por un conflicto en Medio Oriente.
El peso relativo del petróleo en la economía mundial es menor que entonces, pero sigue siendo una pieza central del sistema productivo.
Si el bloqueo del estrecho de Ormuz se prolonga, el impacto podría ir mucho más allá de los mercados financieros: inflación, tensiones industriales, conflictos políticos internos y realineamientos geopolíticos.
Por ahora, el sistema energético global permanece en una fase de incertidumbre. Los mercados reaccionan a cada declaración política, cada movimiento militar y cada señal sobre el tráfico marítimo en el Golfo.
El verdadero alcance del shock todavía está en disputa.
La guerra en Irán abrió un nuevo frente de incertidumbre para China, una potencia económica global cuya estabilidad depende en gran medida del comercio internacional y del acceso seguro a la energía. Aunque el impacto inmediato sobre su economía aún es limitado —el país cuenta con reservas de petróleo suficientes para varios meses—, el conflicto en Medio Oriente ya obliga a Pekín a recalcular su estrategia global en un momento particularmente sensible de su política económica.
La crisis se produce mientras miles de delegados del Partido Comunista chino debatían en Pekín la hoja de ruta económica del país, en un contexto marcado por bajo consumo interno, crisis inmobiliaria prolongada y elevados niveles de deuda local. En ese escenario, el gobierno chino tomó una decisión que refleja el cambio de clima económico: por primera vez desde 1991 redujo sus expectativas de crecimiento.
El estallido del conflicto en Medio Oriente añade una nueva variable. Si la guerra se prolonga y el tránsito marítimo a través del estrecho de Ormuz se ve afectado, las rutas energéticas y comerciales que sostienen la economía china podrían sufrir interrupciones con efectos globales.
La pregunta que atraviesa ahora los cálculos estratégicos de Pekín es doble: cuánto puede durar la crisis y qué impacto tendrá sobre sus intereses internacionales.
Dependencia energética y vulnerabilidad de las rutas comerciales
China mantiene una fuerte dependencia del petróleo importado y Irán ocupa un lugar relevante dentro de esa ecuación energética. Según datos del Centro de Política Energética Global, el país asiático importó 1,38 millones de barriles de crudo diarios desde Irán en 2025, lo que representa aproximadamente el 12% de sus importaciones totales de petróleo.
Ese flujo energético se sostiene a través de una red comercial compleja. Analistas señalan que parte del petróleo iraní llega al mercado chino reetiquetado como crudo de otros orígenes, una práctica que permite sortear restricciones comerciales.
Al mismo tiempo, existen más de 46 millones de barriles de petróleo iraní almacenados en buques en Asia, además de reservas adicionales en depósitos ubicados en los puertos chinos de Dalian y Zhoushan, donde la Compañía Nacional de Petróleo de Irán alquila tanques de almacenamiento.
Ese colchón energético ofrece a Pekín cierto margen de maniobra en el corto plazo. Sin embargo, la preocupación principal no radica en el suministro inmediato sino en la estabilidad de largo plazo de las rutas marítimas.
Una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz afectaría no sólo el abastecimiento energético, sino también el tránsito comercial que conecta Asia con Europa y África.
Una relación estratégica con Irán basada en intereses
Durante años, el vínculo entre China e Irán fue interpretado por muchos analistas internacionales como una alianza política dentro del tablero geopolítico global. Sin embargo, la relación parece responder más a intereses estratégicos que a afinidades ideológicas.
En 2021, ambos países firmaron un acuerdo de asociación estratégica por 25 años que incluía el compromiso chino de invertir US$400.000 millones en infraestructura y desarrollo en Irán, a cambio de garantizar el suministro de petróleo.
No obstante, distintos análisis indican que sólo una fracción de esas inversiones se materializó, mientras el flujo energético continuó.
El antecedente de la relación bilateral se remonta a décadas anteriores. En 2016, el presidente Xi Jinping visitó Teherán y profundizó la cooperación económica. Sin embargo, esa asociación nunca implicó compromisos militares formales ni acuerdos de defensa mutua.
La política exterior china se caracteriza precisamente por evitar ese tipo de alianzas. Pekín prefiere mantener vínculos económicos amplios con múltiples actores sin asumir obligaciones de seguridad.
Ese enfoque explica por qué China suele mantenerse al margen de conflictos armados, incluso cuando involucran a países con los que mantiene relaciones estratégicas.
Un equilibrio diplomático cuidadoso
Frente a la escalada del conflicto, la reacción oficial china fue moderada. Pekín condenó los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y pidió un alto el fuego, pero evitó escalar el tono diplomático.
El ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, calificó como “inaceptable” que se lancen ataques contra un país soberano y expresó preocupación por la escalada militar.
Al mismo tiempo, China busca preservar margen de maniobra diplomático. Wang Yi mantuvo conversaciones con sus homólogos de Omán y Francia, y Pekín anunció que enviará un enviado especial a Medio Oriente.
La estrategia apunta a posicionar al país como un actor moderador dentro del conflicto, reforzando la imagen de potencia responsable que China intenta proyectar en la escena internacional.
Ese posicionamiento también responde a un cálculo geopolítico: intervenir activamente en el conflicto podría arrastrar a Pekín a una dinámica militar que históricamente ha intentado evitar.
Xi con Jamenei en Teherán en 2016.
Intereses globales más allá de Medio Oriente
La preocupación china no se limita al suministro energético. El país construyó en las últimas décadas una red de inversiones y comercio que se extiende desde Asia hasta África y América Latina.
Un conflicto prolongado en Medio Oriente podría afectar indirectamente esos intereses. Según analistas, las economías africanas —donde China mantiene importantes inversiones— dependen en gran medida del capital proveniente del Golfo.
Si ese flujo de inversiones se reduce debido a la guerra, el impacto podría traducirse en inestabilidad económica en regiones donde China mantiene proyectos estratégicos.
En otras palabras, el riesgo para Pekín no se limita al petróleo: se trata de la estabilidad de un entramado global de comercio, infraestructura y financiamiento.
La variable estadounidense en el cálculo chino
El conflicto también se desarrolla en un momento delicado para las relaciones entre China y Estados Unidos, que atraviesan una prolongada guerra comercial.
En las próximas semanas está prevista una visita de Donald Trump a Pekín, lo que añade una dimensión diplomática adicional al escenario.
China ha evitado dirigir críticas directas al presidente estadounidense, lo que sugiere que el gobierno chino busca preservar condiciones favorables para ese encuentro.
Al mismo tiempo, la crisis podría convertirse en una oportunidad para observar la estrategia de Washington en conflictos internacionales y evaluar cómo podría actuar en otros escenarios sensibles para Pekín, como Taiwán.
La guerra también ofrece a sectores del discurso político chino la posibilidad de presentar a Estados Unidos como un actor belicista en la política internacional.
Una crisis que redefine equilibrios
A pesar de su creciente peso económico, China enfrenta una limitación estructural: no posee una red de alianzas militares comparable con la de Estados Unidos ni la capacidad de intervenir en conflictos globales con la misma rapidez.
Esa diferencia se vuelve visible en crisis como la actual. Pekín puede ejercer influencia económica y diplomática, pero su margen de acción militar sigue siendo más limitado.
El desafío para la dirigencia china consiste en equilibrar tres objetivos simultáneos: proteger sus intereses energéticos, preservar la estabilidad del comercio global y evitar quedar atrapada en una confrontación geopolítica directa.
Por ahora, la respuesta de Pekín apunta a la cautela.
La guerra en Irán no ha alterado todavía la posición estructural de China en el sistema internacional. Pero sí expone los dilemas de una potencia que depende profundamente de la estabilidad global para sostener su crecimiento.
En ese contexto, el conflicto en Medio Oriente funciona como una prueba para la estrategia china: medir hasta qué punto su modelo de poder económico puede navegar en un mundo cada vez más atravesado por tensiones geopolíticas.
El precio del barril de brent para entrega en mayo subió este lunes un 6,76 % en una sesión muy volátil para el mercado marcada por el contexto de la escalada bélica en Oriente Medio, pero finalizó por debajo de los 100 dólares al cierre de la sesión en el mercado de futuros de Londres.
El crudo del mar del Norte, de referencia en Europa, que llegó a alcanzar más de 118 dólares a lo largo de la sesión en el Intercontinental Exchange (ICE) londinense, con niveles no vistos desde 2022, tras la invasión rusa y el inicio de la guerra en Ucrania, fue perdiendo impulso hasta negociarse en los 98,96 dólares en el momento de la liquidación de la sesión.
Brusca caída
Sin embargo, después de finalizar la jornada de negociación, el brent experimentó una brusca caída, hasta los 84,50 dólares en su punto más bajo y posteriormente estabilizado en la cota de los 90 dólares, como reacción a las palabras del presidente estadounidense, Donald Trump, que dijo hoy que la guerra con Irán está «prácticamente terminada», que han dado un cierto respiro a los inversores.
Conflicto iraní
El oro negro inició este lunes con un extraordinario repunte de cerca del 28 % con respecto al cierre de la sesión del pasado viernes, cuando terminó en 92,69 dólares, ante el creciente temor del mercado sobre la interrupción continuada de suministro en Oriente Medio, afectada por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y la escalada a otros países de la región.
En especial, el punto crítico es el estrecho de Ormuz, un paso estratégico entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán por el que pasa una quinta parte del tráfico marítimo de hidrocarburos a nivel global, y que está impactando directamente en el precio del oro negro al estar cerrado de facto por Irán, lo que ha interrumpido el tránsito prácticamente en su totalidad desde comienzos de mes.
Medidas del G7
Sin embargo, el brent adquirió una trayectoria de descenso y perdió la barrera de los 100 dólares poco antes de las 16:00 GMT, después de que los ministros de los países del G7 se mostrasen dispuestos a adoptar «todas las medidas necesarias», incluso recurrir a las reservas estratégicas, para estabilizar el mercado de los hidrocarburos.
El propio Trump ha llegado a decir en una entrevista con CBS que está planeando «tomar el control» del estrecho de Ormuz, horas después de que el presidente francés, Emmanuel Macron anunciase que está en marcha una misión internacional de carácter «defensivo» para abrir progresivamente el paso estratégico.
Todo depende de la duración del cierre de Ormuz
En esta línea, el jefe de análisis geopolítico de Rystad Energy, Jorge León, afirmó a EFE que el devenir del crudo a corto plazo dependerá, precisamente, de la duración del cierre de Ormuz.
«Si se prolonga durante varios meses, los precios podrían seguir subiendo y acercarse a niveles vistos durante la guerra de Rusia y Ucrania, cuando tocaron los 140 dólares por barril. Esa es la variable clave: cuándo se reabrirá el estrecho, porque eso determinará cómo reaccionan los mercados», comentó.