Guerra en Medio Oriente

Las crisis mundiales sitúan la geoeconomía en el centro del escenario 

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Escribe Umar Manzoor Shah / IPS Noticias – En el Foro de Geoeconomía organizado por Foreign Policy, en paralelo a las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial -del lunes 13 al sábado 18 de abril-, los ponentes señalaron repetidamente un mundo marcado por las crisis, en el que las cadenas de suministro, los flujos energéticos y la tecnología se han convertido en herramientas de poder.

«La geoeconomía ya no es un telón de fondo de la política mundial. Es el elemento clave y fundamental», afirmó el director ejecutivo de Foreign Policy, Andrew Sollinger, en su discurso de apertura el miércoles 15 de abril.

La urgencia de ese cambio está estrechamente ligada al conflicto en curso en el Golfo, que ha perturbado los mercados energéticos y puesto de manifiesto las vulnerabilidades de los sistemas comerciales mundiales, y que vive una tregua de 10 días desde el jueves 16.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y Líbano ha hecho comprender al mundo la rapidez con la que las crisis regionales pueden derivar en inestabilidad económica mundial, afectando a todo, desde los precios del combustible hasta la producción industrial.

Los participantes en el foro describieron un orden mundial transformado en el que los gobiernos utilizan cada vez más herramientas económicas que antes se consideraban neutrales o técnicas.

La política comercial, los flujos de capital y las cadenas de suministro sirven ahora a objetivos estratégicos.

Los minerales críticos, esenciales para los semiconductores y los sistemas de inteligencia artificial, se han convertido en puntos de influencia geopolítica.

Adicionalmente, las rutas energéticas, como el estrecho de Ormuz, se han transformado en posibles puntos de estrangulamiento con consecuencias globales, en lugar de ser meros corredores de tránsito.

«La geopolítica y la economía siempre han estado vinculadas. Estamos volviendo a una corriente de pensamiento que las considera inseparables», afirmó durante su participación Jacob Helberg, subsecretario de Asuntos Económicos de Estados Unidos.

Helberg señaló la creciente competencia por los minerales de tierras raras, donde China domina el procesamiento y ha comenzado a utilizar los controles de exportación como herramienta estratégica. Al mismo tiempo, los corredores logísticos y los centros de fabricación han surgido como puntos de presión adicionales en el sistema global.

«Todo está totalmente interrelacionado», afirmó, refiriéndose a la cadena que va desde las materias primas hasta la tecnología acabada. «Hay puntos de estrangulamiento en cada nivel», confirmó.

El foro volvió repetidamente a un tema central: la fragmentación.

Los países se están adaptando a un mundo «propenso a las crisis», marcado por los conflictos, las pandemias y la inestabilidad financiera. Esto ha llevado a un alejamiento de la integración global hacia bloques económicos más regionales y estratégicos.

Las potencias medias, en particular, se enfrentan a decisiones difíciles. A medida que se intensifica la competencia entre Estados Unidos y China, muchas naciones están sopesando cómo alinear su futuro económico y tecnológico.

Pedro Abramovay, vicepresidente de Programas de Open Society Foundations, argumentó que el momento actual ofrece tanto riesgos como oportunidades para estos países.

«Debemos asegurarnos de que las potencias medias actúen como potencias medias y no solo como intermediarios», afirmó, subrayando que la democracia puede moldear su papel en un orden cambiante.

Abramovay señaló que el momento actual ha puesto de manifiesto desequilibrios de larga data en el sistema global.

«Pone al descubierto la realidad que existía antes», dijo, refiriéndose a acuerdos mundiales anteriores que a menudo no servían a los intereses del Sur global.

Señaló que la presión política interna está redefiniendo ahora la forma en que los países interactúan a nivel mundial. Los líderes ya no pueden alinearse externamente sin responder a sus electores internos.

«Esa presión interna puede empoderar a esas potencias medias para que hagan valer su soberanía y negocien de manera efectiva», afirmó Abramovay.

El foro puso de relieve los crecientes llamamientos a un orden internacional reformulado, basado en la soberanía y el interés público, en lugar de en el mero beneficio económico.

«Necesitamos tener una agenda muy clara. Necesitamos el compromiso de aquellos líderes que expresen que están ahí, no representando a grandes corporaciones o, de nuevo, a intereses y organizaciones que hablan por sí mismas, sino hablando exactamente en nombre y representando a la mayoría del mundo», destacó Abramovay.

Frank McCourt, fundador de Proyecto Libertad, advirtió contra la idea de plantear el futuro como una elección binaria entre el dominio del sector privado estadounidense y los modelos estatales chinos.

«Se trata de una falsa dicotomía», afirmó, abogando por una tercera vía que alinee la tecnología con los valores democráticos.

Destacó la creciente inquietud entre los países que se sienten atrapados entre sistemas rivales, señalando que muchos están explorando marcos alternativos para la gobernanza digital y la cooperación económica.

El impacto humano detrás de la estrategia

Aunque gran parte del debate se centró en la estrategia de alto nivel, los ponentes reconocieron las consecuencias humanas de los cambios geoeconómicos.

Las crisis energéticas se traducen en mayores costes para los hogares. Las interrupciones en la cadena de suministro afectan al empleo y al acceso a los bienes. Las decisiones tomadas en las salas de juntas y los ministerios tienen repercusiones en comunidades de todo el mundo.

«Los planes mejor trazados pueden verse interrumpidos por circunstancias imprevistas. Hay que dar un giro, adaptarse y construir mejor», afirmó Sollinger.

Ese mensaje resonó a lo largo de todas las participaciones en el foro.

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Irán volvió a atacar a Israel y el petróleo sube: la guerra desordena la apuesta diplomática de Trump

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Irán lanzó este martes una nueva serie de misiles contra Israel, un día después de que Donald Trump hablara de conversaciones “muy buenas y productivas” para encauzar una salida al conflicto. La ofensiva, reportada mientras Estados Unidos mantenía ataques sobre objetivos militares iraníes, volvió a correr el eje desde la diplomacia hacia la guerra abierta y reactivó el impacto inmediato sobre los mercados: el Brent subió hasta US$101,77 por barril, con el estrecho de Ormuz todavía bajo fuerte disrupción. En esa secuencia, el dato político ya no es solo la escalada militar, sino la fragilidad del relato de desescalada que intentaba instalar Washington.

La relevancia del episodio excede el frente bélico. Lo que quedó expuesto es una tensión de poder más profunda: mientras Trump busca mostrar margen de negociación, Irán niega que exista una vía real de diálogo y responde con misiles. Esa contradicción no solo complica cualquier intento de alto el fuego, también refuerza la percepción de que la guerra entró en una fase donde las señales políticas pesan menos que los hechos militares sobre el terreno.

La ofensiva iraní desmiente el clima de tregua

Según reportó Reuters, Irán lanzó oleadas de misiles sobre Israel apenas un día después de que Trump hablara públicamente de avances diplomáticos. Al mismo tiempo, el Mando Central de Estados Unidos dejó en claro que sus fuerzas seguían atacando “agresivamente” objetivos militares iraníes con munición de precisión, con una pausa limitada solo a ciertos blancos energéticos. La secuencia dibuja un cuadro nítido: no hubo cese de hostilidades, ni siquiera una moderación operativa que permitiera hablar de tregua en ciernes.

En ese marco, la ofensiva iraní funcionó también como mensaje político. No solo respondió a los ataques de Estados Unidos e Israel, sino que desacreditó la narrativa de una negociación inminente. Reuters consignó que Irán rechazó la versión de conversaciones con Washington y calificó esas referencias como falsas. Esa desmentida no es menor: cuando una parte niega el canal de diálogo y al mismo tiempo sostiene la presión militar, el margen de mediación se achica y el conflicto gana autonomía propia.

Ormuz, el cuello de botella que ya golpea a la economía global

La otra dimensión del conflicto se juega en la energía. El estrecho de Ormuz sigue severamente afectado y eso mantiene bajo presión a los mercados internacionales. Reuters informó que alrededor del 20% de los embarques globales de petróleo y gas natural licuado a través de ese corredor continúan perturbados, una cifra suficiente para convertir cada declaración cruzada en un shock de precios. El Brent escaló este martes hasta US$101,77, después de haber retrocedido el día anterior ante la expectativa de una distensión que no se concretó.

La dinámica del crudo muestra algo más que nerviosismo financiero. Expone que el mercado dejó de leer la crisis como un episodio puntual y empezó a incorporarla como una amenaza persistente sobre la oferta. Reuters también reportó que ejecutivos del sector y gobiernos energéticos advierten por daños de largo plazo en la cadena global de suministro, mientras distintas potencias intentan amortiguar la crisis con liberación de reservas estratégicas. Hasta ahora, ese colchón no alcanza para disipar el riesgo.

La correlación de fuerzas se endurece y la diplomacia pierde centralidad

En términos de poder, la nueva ofensiva de Irán endurece a todos los actores. Israel mantiene su línea de continuidad operativa y Estados Unidos no retiró la presión militar, aun cuando la Casa Blanca busca sostener una ventana política para negociar. Del otro lado, la respuesta iraní y la negativa a reconocer conversaciones con Washington refuerzan a los sectores que apuestan a resistir antes que conceder. El resultado es un escenario donde ningún jugador parece en condiciones de retroceder sin pagar un costo interno.

La escalada también reordena prioridades fuera de la región. La crisis en Ormuz reintroduce el factor energético en el centro de la agenda global y aumenta la presión sobre economías dependientes del petróleo y del GNL. No es un dato lateral: cuando el conflicto empieza a trasladarse al precio de la energía, deja de ser solo una guerra regional y pasa a tener consecuencias directas sobre inflación, logística y crecimiento.

Un conflicto sin tregua visible y con impacto abierto

Lo que habrá que seguir en los próximos días es si aparece algún canal diplomático verificable o si la política seguirá corriendo detrás de la dinámica militar. También será clave observar qué ocurre con el estrecho de Ormuz: mientras esa vía continúe bajo disrupción, el petróleo seguirá funcionando como termómetro de la guerra y amplificador de sus efectos económicos. Reuters advirtió incluso que, si la interrupción persiste, el Brent podría escalar mucho más allá de los niveles actuales.

Por ahora, la secuencia es menos ambigua de lo que sugieren los discursos. Hubo anuncios de diálogo, pero también nuevos ataques. Hubo gestos de pausa parcial, pero no un freno real a las operaciones. Y hubo una reacción inmediata del mercado, que volvió a leer el conflicto no como una crisis contenida, sino como una inestabilidad que todavía está lejos de encontrar un cauce claro.

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Trump endurece la guerra con Irán y presiona a la OTAN por el estrecho de Ormuz

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Donald Trump sumó este viernes una nueva presión sobre el tablero internacional: mientras descartó la búsqueda de un alto al fuego con Irán y aseguró que Estados Unidos ya “ha ganado” la guerra, también cargó contra aliados de la OTAN por no aportar de inmediato los recursos necesarios para asegurar el estrecho de Ormuz, una vía estratégica que sigue prácticamente cerrada y que ya impacta sobre los precios globales del petróleo, la gasolina en Estados Unidos y los mercados financieros. El dato no es menor. En medio de una ofensiva militar que la Casa Blanca presenta como decisiva, Trump abrió otro frente de disputa: el del reparto de costos, riesgos y responsabilidades con sus socios. La pregunta ya no pasa sólo por la evolución del conflicto con Irán, sino por si esta escalada consolida el liderazgo de Washington o expone una coalición bajo presión.

El movimiento combina guerra, energía y poder. Por un lado, Trump rechazó la lógica de una tregua. “No buscamos eso”, dijo al minimizar la posibilidad de un alto al fuego. Por otro, reconoció que Estados Unidos necesitará ayuda para una operación que hasta ahora había sugerido poder resolver sin asistencia externa. La reapertura del estrecho de Ormuz dejó así de ser un asunto meramente militar para convertirse en una prueba política sobre la capacidad de Estados Unidos de alinear aliados en una crisis que amenaza con desbordar el plano regional.

Ormuz se vuelve el centro de gravedad del conflicto

El estrecho de Ormuz concentra una parte decisiva de la tensión actual porque articula seguridad, comercio energético y credibilidad estratégica. Trump lo definió como una “maniobra militar simple”, aunque admitió que requiere “mucha ayuda”, con barcos y volumen operativo. Esa frase marcó un giro. Después de semanas de insistir en que Estados Unidos no necesitaba respaldo externo para asegurar la navegación, la Casa Blanca empezó a admitir que la apertura efectiva del paso exige una arquitectura multilateral.

Según fuentes citadas en el texto base, los aliados de Estados Unidos participan en discusiones activas para reunir los recursos necesarios en un esfuerzo “multicapa”. En esa planificación entran inteligencia, vigilancia y reconocimiento aéreo, barrido de minas, escoltas, capacidad antidrón y buques de guerra con misiles interceptores. No aparece todavía un pedido específico a países concretos, pero sí una constatación central: ningún país tiene por sí solo todos los recursos necesarios para garantizar una reapertura segura y sostenida.

Ese punto tiene una lectura política nítida. Trump cuestiona a los aliados por no actuar con rapidez, pero al mismo tiempo la propia operación confirma que Washington no puede ordenar unilateralmente un corredor seguro sin una coordinación amplia. La tensión entre discurso de autosuficiencia y necesidad de cooperación quedó expuesta en tiempo real.

El Reino Unido se mueve, pero la coalición sigue en construcción

Hasta ahora, el primer paso concreto informado llegó desde el Reino Unido, que anunció que permitirá a Estados Unidos utilizar sus bases militares para atacar sitios de misiles iraníes que amenazan a los barcos en el estrecho. Es una señal relevante, aunque todavía insuficiente para resolver el problema central: asegurar un paso libre y estable para la navegación comercial.

El texto deja claro que no existe un disparador automático para la entrada colectiva de los aliados. Las fuentes esperan que esa participación se active en un momento de “alguna cesación” de los combates que permita abrir la vía y proteger la navegación. Ese detalle importa porque introduce una limitación operativa y política. Aunque Trump acelera el tono y exige respuestas, los socios no parecen dispuestos a comprometer recursos plenos en medio del máximo nivel de hostilidad.

Ahí aparece una diferencia de tempos. La Casa Blanca busca exhibir control y capacidad de imponer condiciones. Los aliados, en cambio, miden riesgos, tiempos y costos. Esa brecha no supone una ruptura inmediata, pero sí muestra que la coalición que acompaña a Estados Unidos en Medio Oriente no actúa bajo automatismo político.

Sin alto al fuego y con retórica de victoria

Trump reforzó además la línea más dura de la administración al descartar públicamente un alto al fuego. Dijo que no busca una pausa en una guerra en la que, según su propia descripción, Estados Unidos está “aniquilando” al otro lado. En ese marco, afirmó que Irán ya no tiene marina, fuerza aérea, observadores, antiaéreos ni radar, y remató con otra definición de alto impacto: “Creo que hemos ganado”.

Esa narrativa busca instalar una idea de superioridad irreversible. También intenta justificar que la guerra entre en una fase más amplia sin necesidad de abrir una discusión sobre salida negociada. Sin embargo, el mismo texto muestra una tensión de fondo: si la victoria fuera políticamente consolidada y militarmente cerrada, la obstrucción del estrecho de Ormuz no seguiría condicionando precios, logística y despliegue internacional.

De hecho, miles de marines y marineros estadounidenses se dirigen hacia Medio Oriente, una señal de que la administración Trump no se prepara para un desenlace inmediato, sino para un conflicto prolongado. La distancia entre la retórica de victoria y la preparación para una guerra extendida es uno de los datos más sensibles del escenario.

Petróleo, inflación y mercados: el costo económico de la escalada

La guerra ya produce efectos concretos sobre la economía global. Los ataques dañaron infraestructura energética en Medio Oriente, el estrecho permanece prácticamente cerrado y el precio del crudo Brent subió 3,26% el viernes hasta cerrar en US$ 112,19 por barril, el nivel más alto desde julio de 2022. En Estados Unidos, los precios de la gasolina también profundizaron la suba.

La reacción de los mercados fue inmediata. El Russell 2000 cayó 2,7% y se encamina a cerrar en corrección, con una baja superior al 10% desde su máximo de enero. El Dow Jones perdió 447 puntos, equivalente a 0,97%. El S&P 500 retrocedió 1,51% y el Nasdaq cayó 2,01%. A la vez, los rendimientos de los bonos del Tesoro subieron, con la tasa a 10 años en 4,39%, su nivel más alto desde julio.

No se trata sólo de volatilidad financiera. La suba de la energía vuelve a encender preocupaciones sobre inflación y complica las perspectivas de los bancos centrales. En ese punto, la guerra deja de ser una cuestión geopolítica acotada y pasa a intervenir de lleno en la agenda económica. Para Trump, eso implica una doble presión: sostener la ofensiva sin permitir que el costo energético erosione el frente interno.

Alianzas bajo estrés y gobernabilidad externa

La ofensiva verbal contra aliados de la OTAN agrega otra capa de complejidad. Trump no sólo reclama ayuda. También expone una visión transaccional de las alianzas: Estados Unidos protege, pero espera retribución, compromiso y respaldo operativo cuando lo necesita. Esa lógica, que ya formaba parte de su discurso político, ahora aparece aplicada en un contexto bélico de alta sensibilidad.

El efecto es ambiguo. Puede empujar a algunos socios a involucrarse más para evitar una ruptura con Washington. Pero también puede endurecer cautelas en gobiernos que no quieren quedar arrastrados por una guerra cuyo horizonte sigue abierto. La referencia a los aliados como “cobardes” no fortalece por sí sola una coalición; en todo caso, subraya que la relación entre liderazgo militar y obediencia política está lejos de ser lineal.

En ese marco, los sectores que aparecen más condicionados son los aliados que dependen del paraguas estratégico de Estados Unidos pero todavía no definieron hasta dónde acompañarán la operación en Ormuz. Al mismo tiempo, Trump intenta mostrar que Estados Unidos e Israel quieren “más o menos cosas similares”, un mensaje orientado a exhibir alineamiento en el núcleo duro de la guerra aunque la periferia aliada muestre reservas.

Una operación militar y un test político

La reapertura del estrecho de Ormuz ya opera como algo más que una misión táctica. Es un test sobre la capacidad de Estados Unidos para convertir supremacía militar en coordinación efectiva. También es una prueba para medir hasta dónde llega la obediencia de los aliados cuando la guerra exige recursos concretos y no sólo respaldo diplomático.

En las próximas semanas habrá que observar tres variables. Primero, si aparece una “alguna cesación” de los combates que permita activar el esquema multilateral de seguridad. Segundo, si los aliados pasan de las discusiones a compromisos materiales verificables. Tercero, si el alza del petróleo y la presión sobre los mercados obliga a recalibrar el discurso de victoria rápida.

Por ahora, Trump intenta administrar dos frentes a la vez: sostener una guerra que presenta como resuelta y construir una coalición que todavía no termina de ordenarse detrás de su estrategia. La fuerza militar parece fuera de discusión en su relato. Lo que sigue en disputa es otra cosa: la capacidad de transformar esa fuerza en control estable sobre una crisis que, por ahora, sigue expandiendo sus costos.

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Israel bombardea Irán en pleno Nowruz y la guerra entra en una fase que ya impacta en energía, comercio y poder regional

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Israel lanzó este viernes nuevos ataques contra “objetivos” iraníes en la zona de Nur, al este de Teherán, mientras Irán respondió con misiles hacia el sur y el centro del territorio israelí. La secuencia ocurre en medio del Nowruz, el Año Nuevo persa, una fecha de fuerte carga simbólica en Irán, y confirma que la guerra dejó de ser un choque acotado para convertirse en un conflicto con efectos directos sobre la estructura del poder iraní, la seguridad del Golfo y la estabilidad energética global.

El dato político no está solo en el bombardeo. También está en el momento elegido y en el tipo de blancos que vienen quedando bajo presión desde el inicio de la ofensiva. La campaña militar ya no golpea únicamente infraestructura o posiciones tácticas: afecta mandos, desorganiza cadenas de decisión y expone una pregunta que empieza a volverse central en la región y fuera de ella. ¿Israel busca solamente degradar capacidades militares o está forzando una reconfiguración más profunda del Estado iraní?

Una ofensiva que combina presión militar, desgaste institucional y señal política

Las Fuerzas de Defensa de Israel informaron que comenzaron a atacar objetivos iraníes en la zona de Nur. Del lado iraní, además de la respuesta con misiles sobre Israel, surgieron reportes sobre el incendio de 16 embarcaciones civiles y comerciales tras ataques contra el puerto de Bandar Lengeh, en la provincia de Hormozgan. A eso se suma la información sobre nuevos daños en infraestructura naval y la muerte del general de brigada Ali Mohamad Naini, director adjunto y portavoz de la Oficina de Relaciones Públicas de la Guardia Revolucionaria.

La ofensiva, así planteada, no solo castiga activos materiales. También erosiona capacidad de comando, visibilidad institucional y margen de reacción. En esa misma línea aparece otro dato relevante: Irán no anunció reemplazos públicos para gran parte de los altos funcionarios muertos desde que comenzó el conflicto el 28 de febrero. Según el recuento difundido, no fueron designados sucesores para más de una docena de cargos de alto nivel. Entre ellos figuran posiciones sensibles del aparato de seguridad y defensa, como la jefatura del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el jefe del Consejo de Seguridad Nacional, el secretario del Consejo de Defensa, el ministro de Inteligencia y el jefe de los Basij.

Ese vacío puede leerse de dos maneras, y ambas tienen peso político. Por un lado, podría responder a una estrategia deliberada para evitar exponer nuevos nombres en un contexto de alta vulnerabilidad. Por otro, podría reflejar que el circuito de decisiones quedó más condicionado de lo que el régimen está dispuesto a admitir. En cualquier caso, el dato muestra que la guerra ya perforó el nivel táctico y se metió de lleno en la mecánica interna del poder iraní.

El liderazgo iraní queda bajo tensión en medio de una guerra que también busca desordenar la gobernabilidad

Los nombramientos de seguridad anunciados a comienzos de marzo habían mostrado una reacción inicial del régimen ante la caída de funcionarios clave. Ahmad Vahidi fue designado al frente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica el 1 de marzo y al día siguiente se informó la designación de un ministro de Defensa interino. El 8 de marzo se anunció la elección de un nuevo líder supremo. Pero después de esa secuencia, el ritmo de reposición se frenó.

Ese freno adquiere otra dimensión si se considera que buena parte de esos cargos requieren aprobación del líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, o son directamente designados por él. La dificultad para comunicar reemplazos, o incluso para cerrar internamente esas decisiones, sugiere que la guerra está elevando los costos de exposición del mando político y militar. El conflicto no solo destruye infraestructura: obliga al régimen a administrar opacidad como mecanismo de supervivencia.

En esa lógica, el Nowruz funciona como un telón especialmente significativo. Lo que en condiciones normales sería una celebración de renovación familiar y comienzo de ciclo aparece ahora atravesado por bombardeos, sirenas y represalias. El calendario cultural quedó absorbido por el calendario bélico. Y ese corrimiento, más allá del impacto simbólico, también afecta la percepción de control del Estado sobre su propia normalidad.

El frente energético deja de ser daño colateral y pasa a ocupar el centro de la disputa

La guerra, además, se trasladó con fuerza al corazón económico de la región: la energía. El petróleo Brent subió hasta los US$ 110,2 por barril y el WTI avanzó hasta los US$ 95,9, en un escenario marcado por daños a infraestructura clave y por el cierre casi total del estrecho de Ormuz, un corredor decisivo para el comercio global de hidrocarburos. Reuters informó que los ataques ya provocaron una pérdida de oferta y una tensión que el mercado todavía procesa con enorme volatilidad.

El punto de inflexión más delicado fue el cruce entre el ataque israelí contra South Pars y la represalia iraní sobre Ras Laffan, en Qatar. Según QatarEnergy, los daños redujeron en 17% la capacidad exportadora de gas natural licuado del país y las reparaciones podrían demorar entre tres y cinco años. La empresa incluso advirtió que deberá declarar fuerza mayor en contratos de largo plazo, con impacto sobre mercados de Europa y Asia.

Eso cambia la escala del conflicto. Ya no se trata solo de un intercambio militar entre Israel e Irán, sino de una guerra que amenaza cadenas globales de suministro, precios de combustibles, costos industriales y seguridad energética de terceros países. Cuando una ofensiva daña activos que representan casi una quinta parte del suministro mundial de GNL, la disputa deja de ser estrictamente regional.

La correlación de fuerzas se redefine más allá del campo de batalla

En términos de poder, Israel muestra capacidad para sostener la iniciativa militar y para trasladar el costo del conflicto al funcionamiento interno del aparato iraní. Irán, a su vez, conserva capacidad de represalia y demuestra que puede ampliar el radio del daño hacia instalaciones energéticas y corredores comerciales críticos. Ninguno de los dos aparece inmovilizado. Pero el tipo de daño que cada uno logra infligir es distinto y eso reordena la correlación de fuerzas.

Israel exhibe superioridad en la selectividad de los golpes y en la presión sobre nodos sensibles del régimen. Irán, en cambio, responde con una estrategia de expansión del costo regional: golpea infraestructura, altera mercados y fuerza a que terceros actores midan las consecuencias de la escalada. Esa combinación empuja a otros gobiernos a intervenir, aunque sea diplomáticamente, porque el conflicto ya afecta abastecimiento, precios y comercio.

También se abre una tensión dentro de la propia coalición occidental. Mientras Benjamin Netanyahu dijo que acataría el pedido de Donald Trump de no repetir ataques contra instalaciones energéticas clave de Irán, el daño ya producido cambió el tablero. Reuters consignó que el propio Trump buscó frenar nuevos ataques sobre objetivos energéticos ante el impacto sobre precios y abastecimiento. Esa secuencia revela un límite: aun cuando exista coordinación política, no necesariamente hay coincidencia plena sobre hasta dónde escalar.

Un conflicto que se mete en la economía global y vuelve más incierta la salida política

La suba de la gasolina en Estados Unidos hasta un promedio de US$ 3,88 por galón, con proyecciones de superar los US$ 4, muestra que la crisis ya se filtra en variables domésticas de otros países. El encarecimiento del gas y del petróleo añade presión inflacionaria y puede alterar agendas económicas que parecían estabilizadas. Esa dimensión no es secundaria: cuando una guerra empieza a impactar en surtidores, tarifas e industrias, la discusión deja de estar reservada a cancillerías y ministerios de Defensa.

Además, el casi bloqueo del estrecho de Ormuz refuerza el carácter sistémico del episodio. Allí pasa una porción decisiva del comercio energético mundial. Si la interrupción se prolonga, la crisis podría extenderse más allá del precio del crudo y alcanzar fertilizantes, transporte marítimo, generación eléctrica y manufacturas vinculadas a insumos petroquímicos. Reuters advirtió que la dislocación física del mercado petrolero ya supera con creces lo que reflejan algunos futuros, una señal de que el estrés real del sistema puede ser mayor que el que todavía capturan las pantallas financieras.

Lo que viene: reemplazos, energía y margen político para seguir escalando

En las próximas semanas habrá tres variables a seguir de cerca. La primera es institucional: si Irán empieza a nombrar reemplazos para los cargos vacantes o si persiste en administrar el vacío y la opacidad. Ese movimiento dirá mucho sobre el nivel real de cohesión del régimen y sobre su capacidad para reconstruir mando bajo fuego.

La segunda es energética. Si continúan los ataques sobre infraestructura o no se normaliza el tránsito por Ormuz, el conflicto puede pasar de shock de precios a crisis prolongada de abastecimiento. Allí ya no estará en juego solo la estrategia militar de los beligerantes, sino la resistencia política y económica de terceros países afectados por la escalada.

La tercera es diplomática. El pedido de frenar nuevos ataques sobre instalaciones energéticas sugiere que incluso entre aliados hay conciencia de que la guerra ya cruzó un umbral riesgoso. La cuestión es si esa cautela alcanza para contener una dinámica que, por ahora, parece moverse más por represalias encadenadas que por una hoja de ruta de desescalada.

En medio del Nowruz, la guerra convirtió una fecha asociada a la renovación en una escena de vulnerabilidad estatal y conmoción regional. Lo que está en discusión ya no es solo quién golpea más fuerte, sino quién puede sostener su estructura de poder mientras el conflicto desborda fronteras y empieza a reescribir el mapa energético del mundo.

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Netanyahu reconfigura el relato de guerra sin caída del gobierno de Irán y abre un frente político interno

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El gobierno de Israel activó en los últimos días un giro discursivo clave sobre la guerra con Irán. Sin confirmar un cambio de régimen en Teherán —objetivo que sobrevoló durante meses—, el primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo el 12 de marzo de 2026 que la ofensiva ya “cambió el equilibrio de poder en Medio Oriente”. El dato no es menor: la declaración, realizada en su primera rueda de prensa desde el inicio del conflicto, marca un desplazamiento político en pleno desarrollo de la guerra. La pregunta queda abierta: ¿se trata de una consolidación estratégica o del inicio de un repliegue narrativo frente a límites militares y presiones externas?

Un objetivo que se redefine sobre la marcha

La ofensiva contra Irán se presentó desde el inicio como una instancia decisiva. La construcción política fue clara: una “guerra existencial”, enmarcada dentro de lo que el propio Netanyahu denomina la “Guerra de la Redención”, iniciada tras los ataques del 7 de octubre de 2023. En ese esquema, el cambio de régimen en Irán funcionaba como horizonte máximo.

Sin embargo, la evolución del conflicto introdujo matices. Tras el ataque que eliminó al líder supremo iraní y los llamados públicos a una insurrección interna, el escenario no derivó en una caída del régimen. En paralelo, Estados Unidos —actor central en la operación militar— comenzó a dar señales de cierre del frente, en un contexto de presión económica global por el alza del petróleo.

En ese marco, el Gobierno israelí ajusta el encuadre: ya no se trata necesariamente de reemplazar al régimen iraní, sino de debilitarlo estructuralmente. Las propias fuentes militares sostienen que los daños infligidos a las capacidades armamentísticas —instalaciones, mandos, arsenales— tendrían efectos “permanentes y semipermanentes”. La traducción política es directa: transformar una victoria total en una ventaja estratégica prolongada.

Entre la narrativa de victoria y los límites operativos

El nuevo enfoque no elimina tensiones. Durante meses, la legitimidad interna de la guerra se apoyó en la promesa de neutralizar definitivamente la amenaza iraní y su red de aliados regionales. Ese objetivo incluía, implícitamente, a actores como Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza.

Hoy, ese esquema aparece más complejo. Persisten frentes activos: Hezbolá intensificó su accionar tras la muerte del líder iraní, mientras que en Gaza el control territorial sigue fragmentado. A su vez, Israel volvió a enfrentarse a Irán apenas ocho meses después de haber declarado una “victoria histórica” en 2025, lo que introduce un interrogante sobre la durabilidad de los logros militares.

En términos institucionales, esto reconfigura la lógica de seguridad: de guerras concluyentes a conflictos recurrentes. La idea de “guerras preventivas” comienza a instalarse como doctrina operativa, lo que implica una redefinición de la política de defensa con impacto directo en la estabilidad regional.

Presión externa y cálculo político interno

El tablero internacional también condiciona las decisiones. La posibilidad de un cierre anticipado del conflicto impulsado por Washington —en un contexto de tensión económica global— limita el margen de acción israelí. La coordinación militar con Estados Unidos fue central en la ofensiva, pero también establece un techo político.

En el plano interno, Netanyahu enfrenta un equilibrio delicado. Por un lado, la guerra mantiene un respaldo significativo en la opinión pública, incluso tras más de dos años de conflicto continuo. Por otro, el capital político del primer ministro está atado a los resultados.

El riesgo es evidente: si la guerra concluye sin una transformación estructural del régimen iraní, las promesas de “victoria total” pueden convertirse en un punto de vulnerabilidad. Más aún cuando persisten amenazas activas en múltiples frentes y cuando los conflictos previos —con Hamás y Hezbolá— siguen sin resolución definitiva.

En ese contexto, la posibilidad de adelantar elecciones aparece como una variable política latente. Capitalizar el momento antes de que se diluya el impacto de la ofensiva podría formar parte de la estrategia.

Un conflicto que no termina de cerrarse

El escenario que se abre es menos lineal que el planteado al inicio de la guerra. Israel podría optar por consolidar su ventaja militar y dejar que las tensiones internas en Irán evolucionen por sí solas. Sin embargo, esa decisión implica aceptar que el régimen continúe, al menos en el corto plazo.

Al mismo tiempo, la continuidad de operaciones en Líbano y Gaza introduce una dimensión adicional: la dificultad histórica de cerrar conflictos sin acuerdos políticos de fondo. La superioridad militar, por sí sola, no garantiza estabilidad.

Las próximas semanas serán clave para observar si el Gobierno israelí avanza hacia un cierre ordenado del frente iraní o si el conflicto deriva en una nueva fase de presión sostenida. También será determinante el rol de Estados Unidos y su disposición a sostener o limitar la escalada.

En ese cruce entre estrategia militar, narrativa política y condicionamientos externos, Netanyahu redefine su margen de acción. El resultado final todavía no está escrito.

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