HUELLA DE CARBONO

Presentaron datos de mitigación de la huella de Carbono de los productos de MACOMA

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En el marco de actividades trazadas por la Cámara Misionera de Empresas Constructoras (CAMECA) para el cálculo del Indicador de Cambio Climático de la Construcción (ICCC) se realizó una disertación sobre mitigación de la Huella de Carbono de los productos de MACOMA Environmental Technologies a cargo de Ezekiel y Olga Martín.

La empresa multinacional, socio afín de Cameca, fue creada con el compromiso de frenar el calentamiento global, proteger y sostener la salud humana, a través de sus sistemas fotocatalíticos y bioingeniería médica.

Sobre los productos Macoma, su fundador Ezekiel Martin, explicó: “Nuestro producto de techos fríos se utiliza para reducir el dióxido de carbono, porque 100m2 compensa 28 toneladas de dióxido de carbono al año. Es como si tuviéramos una hectárea de árboles con 10 años de edad”.

El evento estuvo dirigido a los socios de Cameca y contó con la participación del presidente del Instituto Provincial de Desarrollo Habitacional de la Provincia de Misiones, Juan Carlos Pereira, el presidente de Ademi, Milton Astroza y el presidente de la Cameca, Julio Resek y una decena de socios de la Cámara.

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Maíz argentino sostenible: tiene la huella de carbono más baja entre los mayores países competidores

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Así se extrae de una comparación basada en un estudio realizado por el INTA y el INTI con datos de la campaña 2021/2022. El resultado fue mejor también que el de los otros grandes productores de maíz del mundo, como Estados Unidos, Brasil, Ucrania y Rusia. Los investigadores esperan realizar más estudios para poder determinar una tendencia. El trabajo fue presentado por dos de sus autores, Leticia Tuninetti, especialista en Análisis de Ciclo de Vida del INTI, y Rodolfo Bongiovanni, investigador del INTA Manfredi. Fue en el panel “¿Tenemos el maíz con el mejor balance de carbono del mundo?”, moderado por Pedro Vigneau, presidente de Maizar, y Fernando Vilella, presidente del Congreso Maizar 2023.

Un estudio elaborado en conjunto por el INTA y el INTI y solicitado a ambos organismos por Maizar, determinó que en la campaña 2021-2022 el maíz generó 1.246 kilos de dióxido de carbono equivalente por héctarea, es decir, de 0,178 kilos de dióxido de carbono equivalente por kilo de maíz cosechado. Es el promedio ponderado entre maíz temprano y tardío, con tendencias muy similares en ambos casos.
El estudio determinó que lo que produce mayor impacto son las emisiones de la fertilización y de la producción de fertilizante: entre las dos, suman más de un 50%. También hay una alta emisión de los residuos de cosecha, la producción de herbicidas y de los combustibles.
La siembra directa tuvo en la campaña estudiada un nivel de adhesión del 91%. Si se hubiera hecho el 100% bajo este sistema, la huella habría bajado de 0,178 a 0,177 por kilo de maíz, y si se hubiera trabajado solo el sistema convencional, habría habido una suba de la huella del 4%, de 0,178 a 0,185.
Por otra parte, si se tiene en cuenta el transporte hasta el puerto (se consideraron unos 200 km), el impacto aumenta un 13%, de 0,178 a 0,204. Así lo informó Leticia Tuninetti, especialista en Análisis de Ciclo de Vida del INTI y una de las autoras del trabajo.
Rodolfo Bongiovanni, investigador del INTA Manfredi y coautor del estudio, indicó que, si se toma como fuente las bases de datos de otros países, la Argentina tiene una huella muy inferior. En el caso de Brasil, la huella es de 0,264 si se considera la base de datos Ecoinvent, y de 0,324 si se considera la de Agrifootprint. Esta última consultora también midió la huella de China, de 0,411; de Estados Unidos, de 0,277; de India, 0,614; de Rusia, 0,545; de Ucrania, 0,328; y de Vietnam, 0,528. La huella promedio del mundo, para Ecoinvent, es de 0,526.
La huella argentina también se comparó con una investigación publicada en la revista científica Journal of Cleaner Production, de un equipo encabezado por Tomas Nemecek, según el cual la huella para el mundo fue de 0,451 por kilo. En este sentido, la huella de la Argentina es 61% inferior a la mundial.
Otro hallazgo fue que la actual huella de carbono del maíz argentino fue un 22% inferior a la que resultó de un estudio realizado en el país hace diez años bajo la misma metodología, que había determinado un valor de 0,229, aunque cabe aclarar que esto supone la comparación de dos fotos que pueden estar influidas por los diferentes rendimientos de cada campaña.
Según explicó Tuninetti, la metodología utilizada para el trabajo fue el análisis del ciclo de vida, que implica cuantificar los impactos ambientales potenciales a lo largo de todo el proceso relacionado con el producto, desde la extracción de materias primas, la producción y uso de energía, hasta la disposición final. Es decir, no solo la etapa de la hectárea o de la industria, sino todos los insumos, todos los transportes, todos los tipos de energía utilizados.
 
Además, se tuvieron en cuenta tanto las emisiones como las remociones de carbono. Para ello, se basaron en la serie de normas ISO 14.040, que abarca la propia 14.040 “Análisis de ciclo de vida: Principios y Marco de Referencia” y la ISO 14.044 “Análisis de ciclo de vida: Requisitos y Directrices”, así como la ISO 14.067 “Norma para el cálculo de Huella de Carbono de Productos y su Comunicación”.
Además, los investigadores del INTA y el INTI complementaron esas normas con las guías del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de 2019, que son utilizadas por todos los países que reportan sus inventarios nacionales y de donde se extrajeron las ecuaciones, algunos factores y la forma de cálculo.
Para el trabajo, se contabilizó la emisión de distintos gases de efecto invernadero (GEI) a lo largo del ciclo de vida del maíz. De los muchos GEI, los emitidos en mayor proporción en este tipo de procesos son el dióxido de carbono (que es el gas tomado como referencia); el metano y el óxido nitroso, entre otros. El metano tiene un poder de calentamiento 28,9 veces más nocivo que el dióxido de carbono, y el óxido nitroso es 273 veces más nocivo que el dióxido de carbono. Para medir, se lleva a un indicador único: el dióxido de carbono equivalente (es decir, se computa no solo el dióxido de carbono, sino también los demás GEI).
Para el estudio de la huella, se utilizaron datos proporcionados por la Bolsa de Cereales para el ciclo agrícola 2021/2022. “Es una foto de la campaña 2021/22; el objetivo es medir algunas campañas más para poder medir la tendencia de la huella de carbono del maíz en la Argentina”, explicó la investigadora. La superficie sembrada de maíz ese ciclo fue de 7,44 millones de hectáreas, y se tuvo en cuenta tanto el maíz temprano como el tardío. Y se contempló el porcentaje de participación de los productores de alta, mediana y baja tecnología para cada región geográfica. Se evaluaron 48 huellas de carbono tomando cada nivel tecnológico en cada región, para luego tener la de cada región y, finalmente, con las 16 regiones, establecer la huella de carbono de la Argentina.
En todos los casos se ponderó de acuerdo con la superficie sembrada, porque las regiones no aportan la misma proporción. Asimismo, se tuvo en cuenta el stock de carbono inicial y el régimen de lluvias que impacta en las emisiones indirectas.
Para el análisis, se armó un inventario ambiental teniendo en cuenta todo lo que se hace en la hectárea para obtener finalmente el maíz cosechado. En siembra, se evaluó la proporción de directa y convencional, la cantidad de combustible diésel, la cantidad de semillas sembradas por hectárea y la fertilización. Esta última es considerada la parte del inventario más importante, porque la fertilización nitrogenada genera emisión de nitrógeno que, transformado en óxido nitroso, tiene un efecto invernadero muy poderoso. Además, se relevaron los herbicidas, fungicidas e insecticidas, y las labores (como pulverización o la propia cosecha).
Cada elemento del inventario se multiplicó por un factor para determinar cuánta emisión generó. Además, se tuvo en cuenta tanto la emisión que vino ya con el insumo, como la generada por él en el proceso.

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La carrera por la Inteligencia Artificial y su huella de carbono

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Los investigadores de Google sostienen que el 10 y el 15% del consumo energético en su empresa, tuvo que ver con la IA:

La nueva carrera tecnológica está orientada hoy a la inteligencia artificial, que se espera transforme sectores que manejan miles de millones de dólares, desde la venta al por menor hasta la salud. Pero, la elaboración de cada nuevo chatbot y generador de imagen necesita mucha energía eléctrica, lo que acarrea que la tecnología podría ser la causante de una enorme y cada vez mayor cantidad de emisiones de carbono que calientan la Tierra.

Las grandes empresas Microsoft, Google y OpenAI, creador de ChatGPT, utilizan sistemas de computación en la nube que emplean miles de chips alojados en servidores de gigantescos en centros de datos distribuidos por todo el mundo para adiestrar algoritmos de inteligencia artificial llamados modelos, que analizan información con el fin de facilitarles el “aprendizaje” de tareas. Gracias al éxito de ChatGPT, otras compañías se precipitan a sacar al mercado sus propios sistemas de inteligencia artificial y chatbots rivales, o a desarrollar nuevos productos que usen extensos modelos de inteligencia artificial para ofrecer funcionalidades a todo el mundo.

La inteligencia artificial utiliza más energía que otros tipos de herramientas, y el proceso de entrenamiento de un solo modelo puede requerir más energía eléctrica de la que emplean 100 familias estadounidenses durante un año. El desarrollo del sector es tan acelerado y la transparencia tan escasa que no se conoce con precisión el consumo total de energía eléctrica y la cantidad de emisiones de carbono que pueden atribuírsele.

Además, las emisiones también podrían diferir considerablemente en función de la electricidad que utilicen: por ejemplo, un centro de datos alimentado por una central de carbón o gas natural generará muchas más emisiones de carbón que uno que funcione con energía solar o eólica.

Aunque los especialistas han inventariado las emisiones derivadas de la elaboración de un solo modelo y ciertas compañías han facilitado información sobre su consumo energético, no disponen de estimaciones globales sobre el volumen energético total que utiliza esta tecnología.

La investigadora Sasha Luccioni, de la empresa de IA Hugging Face Inc, elaboró un documento en el que calculaba el impacto en las emisiones de carbono de BLOOM, el competidor de GPT-3 creado por OpenAI. Asimismo, ha tratado de calcular lo mismo para el éxito viral de OpenAI, ChatGPT, partiendo de un volumen limitado de datos a disposición del público. “Estamos hablando de ChatGPT y no sabemos nada al respecto”, dijo.

Transparencia de las herramientas de IA

Investigadores como Luccioni dicen que necesitamos transparencia sobre el uso de energía y las emisiones para los modelos de IA. Con esa información, los gobiernos y las empresas pueden decidir si usar GPT-3 u otros modelos grandes para investigar curas contra el cáncer o preservar las lenguas indígenas, valen la pena por el costo la electricidad y las emisiones.

Una mayor transparencia también podría traer más consciencia; la industria cripto podría proporcionar una historia de advertencia. Bitcoin ha sido criticado por su enorme consumo de energía, utilizando tanto anualmente como Argentina, según el Índice de Consumo de Electricidad de Cambridge Bitcoin. Ese apetito voraz por la electricidad llevó a China a prohibir la minería y a Nueva York a aprobar una moratoria de dos años sobre nuevos permisos para criptominería impulsada por combustibles fósiles.

El entrenamiento de GPT-3, que es un único programa de inteligencia artificial de propósito general que puede generar lenguaje y tiene muchos usos diferentes, tomó 1.287 gigavatios hora, según un artículo de investigación publicado en 2021, o casi tanta electricidad como consumirían 120 hogares estadounidenses en un año. Ese entrenamiento generó 502 toneladas de emisiones de carbono, según el mismo documento, o aproximadamente lo que emiten 110 automóviles estadounidenses en un año. Eso es solo para un programa o “modelo”.

El entrenamiento de un modelo tiene un enorme costo inicial de energía, pero a pesar de ello los investigadores encontraron, en algunos casos, que es solo alrededor del 40% de la energía consumida por el uso real del modelo, con miles de millones de solicitudes de programas populares. Además, los modelos son cada vez más grandes.

GPT-3 de OpenAI utiliza 175.000 millones de parámetros, o variables, que el sistema de IA ha aprendido a través de su entrenamiento y reentrenamiento. Su predecesor usó solo 1.500 millones. OpenAI ya está trabajando en GPT-4, además, los modelos deben volver a capacitarse regularmente para mantenerse al tanto de los eventos actuales.

Otro dato relativo proviene de Google, donde los investigadores encontraron que la inteligencia artificial representó del 10 al 15% del consumo total de electricidad de la empresa, que fue de 18,3 teravatios hora en 2021. Eso significaría que la IA de Google quema alrededor de 2,3 teravatios hora al año, casi la misma cantidad electricidad cada año que todos los hogares en una ciudad del tamaño de Atlanta.

Emisiones GPU: “Una locura”

La mayoría de los centros de datos usan unidades de procesamiento de gráficos (GPU) para entrenar modelos de IA y esos componentes se encuentran entre los que más consumen energía en la industria de chips. Los modelos grandes requieren decenas de miles de GPU, y el programa de capacitación dura de semanas a meses, según un informe publicado por analistas de Morgan Stanley a principios de este mes.

Según Luccioni, uno de los misterios de las IA son las emisiones totales de carbono asociadas con las GPU. Nvidia, el mayor fabricante de GPU, dijo que cuando se trata de tareas de IA, pueden completar la tarea más rápidamente, haciéndolas más eficientes en general.

“El uso de GPU para acelerar la IA es mucho más rápido y eficiente que los CPU: por lo general, 20 veces más eficiente energéticamente para ciertas cargas de trabajo de IA y hasta 300 veces más eficiente para los modelos de lenguaje grande que son esenciales para la IA generativa”, sostuvo la empresa.

Si bien Nvidia ha revelado sus emisiones directas e indirectas relacionadas con la energía, no ha revelado todas las emisiones a las que responde indirectamente, dijo Luccioni, quien solicitó esos datos para su investigación.

Cuando Nvidia comparta esa información, Luccioni cree que las GPU quemarán tanto como las emisiones totales de un país pequeño. Ella dijo: “Va a ser una locura”

Compromisos netos cero

Las empresas de IA también trabajan constantemente en mejoras que los hagan funcionar de manera más eficiente. Microsoft, Google y Amazon, las compañías de nube más grandes de EE.UU., tienen compromisos de carbono negativo o neutral. 

Google afirmó en un comunicado que está buscando emisiones netas cero en todas sus operaciones para 2030, con el objetivo de operar su oficina y centros de datos completamente con energía libre de carbono. La compañía también ha utilizado IA para mejorar la eficiencia energética en sus centros de datos, con la tecnología controlando directamente el enfriamiento en las instalaciones.

OpenAI citó el trabajo que ha realizado para hacer que la interfaz de programación de aplicaciones para ChatGPT sea más eficiente, reduciendo el uso de electricidad y los precios para los clientes. “Nos tomamos muy en serio nuestra responsabilidad de detener y revertir el cambio climático, y pensamos mucho en cómo hacer el mejor uso de nuestra potencia informática”, dijo un portavoz de OpenAI.

Y continuó, “OpenAI se ejecuta en Azure y trabajamos en estrecha colaboración con el equipo de Microsoft para mejorar la eficiencia y nuestra huella para ejecutar modelos de lenguaje grandes”.

Microsoft señaló que está comprando energía renovable y tomando otras medidas para cumplir con su objetivo previamente anunciado de ser carbono negativo para 2030. “Como parte de nuestro compromiso de crear un futuro más sostenible, Microsoft está invirtiendo en investigación para medir el uso de energía y el impacto del carbono de la inteligencia artificial mientras trabaja en formas de hacer que los sistemas grandes sean más eficientes, tanto en capacitación como en aplicación”, sostuvieron de la empresa.

“Obviamente, a estas empresas no les gusta revelar qué modelo están usando y cuánto carbono emite”, dijo Roy Schwartz, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien se asoció con un grupo de Microsoft para medir la huella de carbono de una gran modelo de IA.

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Cómo reducir la huella de carbono en una cultura de trabajo híbrido

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El teletrabajo reduce las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) causadas por la movilidad, el consumo de energía y los residuos de las oficinas. Sin embargo, la huella de carbono generada en los hogares también tiene impacto en el ambiente. ¿Cómo pueden las PyMEs medir y mitigar este impacto de sus operaciones?

Si algo positivo nos dejó la pandemia fue la nueva flexibilidad y digitalización de los entornos laborales. Lo que comenzó como una norma, terminó convirtiéndose en una nueva cultura, que cambió para siempre la forma de ver el trabajo tanto para las personas como para las empresas. En la Argentina, se estima que el 46% de las compañías se volcó a un modelo de trabajo híbrido -es decir, que combinan la presencialidad con el trabajo remoto- y un 14% se mantuvo en la modalidad puramente remota, de acuerdo a un informe de Computrabajo.

Pero, ¿es esta nueva cultura de trabajo híbrida mejor para el ambiente? ¡Sí! y no tanto. Sí, porque se estima que la mayor parte de la huella de carbono de una persona trabajadora proviene de sus desplazamientos al trabajo y eso implicaría la reducción de emisiones de la movilidad. No tanto, porque existen otras variables que impactan en la huella de carbono, que se “trasladan” de la oficina al hogar de las personas. Principalmente, las generadas por el consumo de energía que se vuelve intensivo; no sólo para alimentar a los dispositivos de tecnología, sino a los servidores de los que depende la conectividad, y la requerida para la climatización del ambiente. Y este impacto debe ser considerado como parte de la huella de carbono de las empresas, no de las personas. 

“Con el formato híbrido o remoto, no se eliminan las emisiones de Gases de Efecto Invernadero de una compañía: la huella de carbono se desplaza a las personas. Por eso, vimos que era necesario generar una herramienta para que las empresas, de todo tipo y tamaño, puedan medir la huella del teletrabajo de sus equipos, de manera sencilla y accesible, y tomar acción al respecto”, explica Federico Falcón, Director de The Carbon Sink, la primera plataforma de medición y compensación de huella online de Latinoamérica, creada por emprendedores argentinos. 

La plataforma incorporó recientemente a su calculadora gratuita de huella de carbono la posibilidad de medir la generación de emisiones del teletrabajo de los equipos, lo que permite conocer de manera transparente y extensiva el impacto en el ambiente de una compañía. Con esta información, pueden establecer una estrategia de reducción o mitigación de emisiones, y un plan para alcanzar la neutralidad de carbono, alineándose a la agenda ambiental internacional. 

“La huella de carbono es un indicador de sostenibilidad estratégico. Permite cuantificar el impacto ambiental de nuestro negocio y entender en qué parte de la cadena de valor se produce, lo que incluye a las personas cuando están trabajando de manera remota. Para hacerlo más fácil y que las pequeñas y medianas empresas también puedan realizarlo, escalamos nuestra calculadora de huella online e incorporamos la medición del teletrabajo”, agregó Falcón.

La compañía basó la estimación del impacto en la metodología desarrollada por la organización Ecoact, que considera los promedios de energía consumida por dispositivos electrónicos, y equipos de calefacción y refrigeración del ambiente.

Consejos para reducir las emisiones de GEI en la modalidad híbrida

Algunas prácticas que las PyMEs pueden compartir con sus equipos para reducir la huella de carbono de su empresa, cuando las personas trabajan en modalidad híbrida:

–       Desconectar los dispositivos electrónicos cuando no están en uso, inclusive los cargadores. – Priorizar espacios con luz natural y evitar el uso innecesario de luminarias.

–       Seleccionar artefactos con bajo consumo de energía (AAA+) y lámparas bajo consumo. – Usar modo “ahorro de energía” o “ecológico” en los dispositivos que lo ofrezcan.

–       En verano, mantener el aire acondicionado en 24 grados, con ventanas bien cerradas. – Separar los residuos con valor de reciclable, guardalos limpios y secos y acercalos a un punto verde (papel, cartón, PET).

–       ¡Cocinar! Intentar evitar el delivery o usar envases reutilizables/retornables para las compras. Limitar la compra de productos con envases plásticos de un solo uso o descartables.

Para que esto sea efectivo, es recomendable sensibilizar al equipo sobre la urgencia de la crisis climática y compartir de manera transparente el impacto de la organización, así como el compromiso de reducción y los esfuerzos que van a hacer para lograrlo. 

“Todas las empresas, más allá de su tamaño, pueden contribuir de manera positiva a la acción por el clima y alinearse a la agenda internacional. Hoy, es muy sencillo medir la huella de carbono de nuestras empresas y existen múltiples opciones para llevarlas a cero y convertirnos en carbono neutrales. Por ejemplo, invirtiendo en el desarrollo de proyectos certificados que buscan conservar los ecosistemas más ricos de la región. Por eso, decimos que nuestro propósito es democratizar la neutralidad de carbono en Latinoamérica”, concluye Falcón.

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¿Por qué existe un creciente interés para que los videojuegos sean más ecológicos?

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El mundo de los videojuegos también enfrenta un desafío por delante disminuir el impacto ambiental, que, si bien no es muy discutido, sí es creciente.

GamesCom 2019, la mayor feria electrónica interactiva de Europa, en especial donde se reúnen a compartir videojuegos.

 Muy poca gente toma noción del impacto ambiental que traen consigo las nuevas tecnologías. Es más, pocos consideran la huella de carbono que deja un smartphone. Un iPhone, por ejemplo, genera aproximadamente 61 kg de carbono durante su vida útil, que equivale a un solo viaje de unos 224,18 km. Pero si se multiplica esa cifra a los 237 millones de iPhone que Apple envió en 2021, las emisiones ascenderán a 15 millones de toneladas métricas.

Como todo lo que se refiere al impacto climático, la diferencia entre un coste insignificante y una huella climática notable,  se encuentra en la escala de consumo.

En este sentido, la industria de los videojuegos, también tiene una escala que es poco discutida, pero que crece. El consumo de electricidad de un solo jugador es pequeño, pero actualmente el 40% -aproximadamente- de la población mundial, más de 3000 millones de personas juega videojuegos de algún tipo, muchos durante varias horas al día.

El aumento de los hardware para videojuegos, depende cada vez más de materiales escasos y complejas cadenas de suministros, así como la energía necesaria para alimentar a este pasatiempo cada vez más popular, por ello el interés de los expertos en clima. Con un mundo que va camino de sumar 600 millones de jugadores para el 2027, abordar estos retos podría ser un paso importante en la búsqueda de una industria más ecológica.

Las emisiones por hora de juego no son tantas, pero colectivamente sí”, afirma Mike Hazas, profesor especializado en sostenibilidad y tecnología digital de la universidad de Uppsala (Suecia).

La huella climática de los videojuegos empieza con las decenas de millones de consolas, cartuchos y discos que se fabrican cada año y se envían a todo el mundo. Muchas consolas, al igual que otros dispositivos electrónicos, hacen un amplio uso del plástico, el silicio y materiales extraídos como el coltán y el níquel.

La consola de la PlayStation 4 de Sony, una de las más populares del mundo, que ha vendido más de 117 millones de unidades, desde el 2014, según la Universidad de Cambridge, fabricar una PS4, enviarla de China al Reino Unido, emite 89 kg de dióxido de carbono. Cifra que incluye desde la extracción de metales hasta la fabricación y el transporte marítimo. Esta es similar a las emisiones de la producción de un barril de crudo.

El carbono presente en la PS4. Fuente del estudio Bloomberg

Una vez que la consola llega a destino, el juego en sí puede consumir mucha energía, aunque calcular las emisiones depende de acuerdo a la consola, el juego, la configuración del sistema.

En un estudio realizado en EE.UU., sobre el coste climático de los videojuegos, que fue revisado en 2019, estimó que los jugadores estadounidenses colectivamente utilizan hasta 34 teravatios de energía, por hora, al año. Eso es mucho más de lo que produce una de las mayores centrales nucleares en la estación de Palo Verde, de Estados Unidos.

Este mismo estudio revela que el consumo energético de los juegos de azar de EE.UU, provoca 24 megatoneladas de emisiones de dióxido de carbono al año, equivalente a añadir más de 5 millones de coches al consumo. En cuánto a la vida útil, de los 53 millones de toneladas de residuos electrónicos en todo el mundo en 2019, el 10% estaba formado por dispositivos pequeños, incluidas las videoconsolas.

El estudio de la Universidad de Cambridge, estimó el coste ambiental de la producción de una PS4.

Ante este panorama, las grandes empresas están empezando a interesarse en revertir este impacto. Microsoft anunció en marzo que había convertido el modo “Ahorro de Energía”, en una opción por defecto de todas las nuevas consolas Xbox, eliminando una configuración de espera que consumía unas 20 veces más, energía. Microsoft también está estudiando formas de mejorar la eficiencia energética mediante actualizaciones de software, afirmó la ejecutiva de Xbox, Trista Patterson.

El conglomerado japonés de Nintendo, dice que la demanda de energía de su actual consola Switch es la mitad del modelo lanzado en 2017. Sony Interactive Entertainment aseguró que su PlayStation 5 consume un 17% menos energía que la PS4.

Microsoft se esfuerza por obtener una actualización de sus dispositivos Xbox, para lograr los objetivos climáticos.

El desafío para estas empresas son las próximas generaciones de juegos, a medida que apuesten por gráficos mejorados, los juegos interactivos, cada vez más inmersivos, van a requerir una mayor potencia y cálculo, además de provocar una mayor demanda de energía.

La posibilidad de migrar los juegos a la nube, elimina el costo por equipos de juegos, además de permitir jugar a través de servidores remotos en centros de datos, lo que puede ser un problema a resolver. Algunos expertos sostienen que esto mejorará la eficiencia energética, mientras que otros sostienen que la energía utilizada en la construcción y el funcionamiento de esos centros es contraria a los objetivos climáticos.

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