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EE.UU. avanza sobre el petróleo venezolano y asegura acceso a 65.000 millones de barriles

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Estados Unidos avanzó sobre una porción estratégica de las reservas petroleras de Venezuela mediante un acuerdo que combina inversión privada, participación directa del gobierno estadounidense y derechos preferenciales sobre la producción. El esquema, anunciado por la Casa Blanca el 31 de agosto, contempla el desarrollo de 17 campos con reservas probadas de aproximadamente 65.000 millones de barriles y concesiones por 100 años para North American Blue Energy Partners (NABEP).

La magnitud del acuerdo explica por qué Washington lo presenta como una pieza central de su estrategia energética. Los campos involucrados representan cerca de una quinta parte de las reservas probadas venezolanas y, según los términos difundidos por la Casa Blanca, el gobierno estadounidense tendrá una participación del 35% en la compañía matriz de NABEP a través de la Oficina de Capital Estratégico del Pentágono. Además, Estados Unidos contará con acceso preferencial a parte del crudo producido.

El diseño del pacto no se limita a garantizar petróleo. Washington tendrá poder de veto sobre la designación de integrantes de la junta directiva de NABEP y la mayoría de ese órgano deberá estar integrada por ciudadanos estadounidenses. El Departamento de Estado también tendrá derecho de primera opción para comprar el 80% restante de la producción, después del 20% que Estados Unidos podrá adquirir a precio de costo.

La estructura convierte a NABEP en el vehículo empresarial de una nueva arquitectura energética entre ambos países. La compañía, controlada por el empresario venezolano Alejandro Betancourt, recibió nuevos contratos para operar campos que anteriormente estaban vinculados con compañías de China y Rusia. De acuerdo con funcionarios estadounidenses citados por Reuters, cinco de los proyectos habían sido operados por empresas chinas y uno por una firma rusa.

El desplazamiento tiene una lectura geopolítica evidente. Venezuela había construido durante las últimas décadas una relación energética particularmente estrecha con Beijing y Moscú. El nuevo esquema permite a Washington recuperar posiciones en una industria estratégica y, al mismo tiempo, reducir el espacio de influencia de sus principales competidores globales en América Latina.

La apuesta económica también es de gran escala. NABEP proyecta inversiones cercanas a US$100.000 millones para reconstruir infraestructura y ampliar la producción petrolera venezolana. La empresa plantea llevar su extracción por encima del millón de barriles diarios y desarrollar proyectos tanto en el lago de Maracaibo como en la Faja del Orinoco.

Para Venezuela, la promesa es recuperar una industria que perdió capacidad productiva después de años de falta de inversión, deterioro de infraestructura y restricciones financieras. La compañía asegura que ya elevó su producción desde unos 18.000 barriles diarios hasta más de 200.000 mediante inversiones propias y que actualmente emplea directamente a más de 5.000 personas y sostiene otros 10.000 puestos entre contratistas.

El Estado venezolano también espera una importante fuente de ingresos fiscales. La Casa Blanca estima que NABEP pagará unos US$200.000 millones en regalías e impuestos durante los primeros 25 años. Esa proyección constituye uno de los argumentos centrales para presentar el acuerdo como una vía de reconstrucción económica, aunque su concreción dependerá de que las inversiones se ejecuten, la producción aumente y el esquema contractual permanezca vigente durante las próximas décadas.

Ahí aparece una de las principales zonas de incertidumbre. Washington describe las concesiones como acuerdos de 100 años, mientras que desde Caracas se ha señalado una vigencia de 25 años para el acuerdo. La diferencia no es menor: modifica la lectura sobre el horizonte de explotación, el control de los activos y la distribución intertemporal de los beneficios.

La cuestión de la soberanía también queda en el centro del debate. El gobierno venezolano sostiene que el país conserva el control sobre sus recursos y que el nuevo esquema permitirá modernizar la industria sin renunciar a sus derechos sobre los hidrocarburos. Sin embargo, el alcance de la participación estadounidense —35% del vehículo empresarial, capacidad de veto y derechos preferenciales sobre la producción— plantea interrogantes sobre cuánto poder efectivo tendrá Washington en las decisiones estratégicas del negocio.

El acuerdo además enfrenta una discusión sobre su sostenibilidad política. La inversión petrolera requiere horizontes largos y previsibilidad jurídica, mientras que Venezuela atraviesa una etapa de transición institucional. Analistas y exasesores estadounidenses citados en los reportes sobre el pacto advirtieron que futuras administraciones de cualquiera de los dos países podrían cuestionar sus términos, lo que agrega riesgo a proyectos cuyo retorno requiere varios años.

El impacto sobre el mercado petrolero tampoco será inmediato. El propio presidente Donald Trump reconoció que podría pasar tiempo antes de que el aumento de la producción venezolana tenga efectos visibles sobre los precios de los combustibles en Estados Unidos. La recuperación de yacimientos deteriorados exige infraestructura, equipos, capital y capacidad logística antes de transformar reservas bajo tierra en barriles efectivamente disponibles.

La dimensión estratégica excede, por lo tanto, el precio del barril. Si NABEP logra concretar las inversiones previstas y elevar sustancialmente la producción, Estados Unidos podría asegurarse durante décadas una fuente adicional de crudo en su propio hemisferio, mientras Venezuela recuperaría capacidad exportadora e ingresos fiscales. Al mismo tiempo, China y Rusia perderían posiciones en una de las mayores reservas petroleras del planeta.

La Asamblea Nacional venezolana respaldó el acuerdo el 1 de septiembre, un paso que fortalece su viabilidad institucional inmediata. En paralelo, Estados Unidos profundiza su regreso al sector petrolero venezolano: Chevron prepara una ampliación de sus operaciones y otras compañías internacionales evalúan nuevos proyectos.

El resultado será una de las mayores reconfiguraciones del mapa energético latinoamericano de los últimos años. Venezuela aporta el recurso y la posibilidad de reactivar una industria deteriorada; Estados Unidos aporta capital, tecnología, mercado y, en este caso, una participación directa en la estructura de control. El punto decisivo será si esa combinación consigue transformar reservas gigantescas en producción sostenible, empleo e ingresos para Venezuela sin convertir la recuperación energética en una nueva dependencia estratégica.

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YPF retoma la exploración de Palermo Aike y Santa Cruz apuesta a convertirla en un nuevo polo energético

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YPF volverá a perforar en Palermo Aike entre noviembre y diciembre, en una nueva etapa de exploración sobre la formación no convencional de Santa Cruz que concentra expectativas por su potencial para ampliar la producción hidrocarburífera provincial. Conocida como la “hermana menor de Vaca Muerta”, la formación todavía debe atravesar una etapa decisiva: demostrar mediante nuevos pozos que su potencial geológico puede convertirse en producción económicamente viable.

El reinicio de los trabajos fue comunicado después de una reunión mantenida en Buenos Aires entre el secretario general del Sindicato del Petróleo, Gas Privado y Energías Renovables de Santa Cruz (SIPGER), Rafael Güenchenen, y el vicepresidente de Asuntos Públicos de YPF, Lisandro Deleonardis. El encuentro permitió avanzar sobre las condiciones laborales y operativas necesarias para poner en marcha la próxima campaña.

El acuerdo incorpora una dimensión productiva que excede la perforación. Desde el sindicato señalaron que vienen trabajando junto con trabajadores y empresas de servicios para mejorar la productividad de los equipos y resolver dificultades operativas que condicionaron etapas anteriores. La discusión también incluyó un reclamo para que trabajadores, proveedores y compañías de servicios santacruceñas tengan participación en las nuevas tareas.

La cuestión resulta estratégica para Santa Cruz porque el verdadero impacto de Palermo Aike no se medirá únicamente por la cantidad de barriles que eventualmente pueda producir. Si la formación confirma su potencial, el desafío será construir alrededor de la actividad una cadena de valor capaz de retener parte de la renta dentro de la provincia, mediante empleo, proveedores, servicios especializados e inversiones.

Palermo Aike está ubicada en el sur santacruceño y forma parte de las áreas donde YPF busca aplicar conocimientos y técnicas desarrolladas en Vaca Muerta. El objetivo inmediato de la exploración es obtener información más precisa sobre las características de la formación y reducir la incertidumbre geológica que todavía existe sobre su capacidad productiva.

Ese punto es determinante. En los desarrollos no convencionales, contar con recursos geológicos no garantiza por sí mismo una explotación comercial rentable. La productividad de los pozos, los costos de perforación y completación, la infraestructura disponible y la capacidad de sostener una operación a escala son variables que deben probarse en el terreno.

Por eso, los próximos pozos tendrán un valor que excederá la producción inicial que puedan aportar. Cada perforación permitirá acumular información sobre el comportamiento de la formación y establecer parámetros para determinar si Palermo Aike puede pasar de una fase exploratoria a un desarrollo de mayor escala.

Para Santa Cruz, una confirmación positiva podría modificar el mapa energético provincial. Una expansión de la actividad tendría potencial para atraer nuevas compañías interesadas en el no convencional, ampliar la demanda de servicios y generar inversiones vinculadas con infraestructura y logística.

En ese escenario aparece Río Gallegos como uno de los posibles beneficiarios indirectos. La capital provincial reúne infraestructura, aeropuerto, capacidad hotelera, empresas de servicios, pymes y trabajadores con experiencia vinculada a la industria hidrocarburífera, condiciones que podrían permitirle funcionar como una base logística y de servicios para una eventual expansión de Palermo Aike.

El impacto potencial, por lo tanto, podría extenderse mucho más allá de los yacimientos. Transporte, alojamiento, gastronomía, talleres, alquileres, comercio y servicios especializados forman parte del entramado que acompaña a los proyectos energéticos cuando alcanzan una escala significativa.

Para que ese derrame ocurra, sin embargo, será necesario que la provincia pueda desarrollar proveedores competitivos y garantizar que una proporción creciente de la demanda sea atendida localmente. La participación de empresas santacruceñas que reclama el sindicato apunta precisamente a esa dimensión del desarrollo.

El desafío combina entonces geología, productividad y política económica. Primero habrá que demostrar que Palermo Aike puede producir de manera competitiva; después, generar las condiciones para que esa producción se traduzca en inversiones, empleo y actividad económica dentro de Santa Cruz.

La expectativa encuentra un antecedente inmediato en Vaca Muerta, donde la combinación de conocimiento técnico, inversión, infraestructura y escala permitió transformar una formación no convencional en uno de los principales motores energéticos de la Argentina. Replicar ese proceso en Santa Cruz requerirá, sin embargo, resolver sus propias restricciones de costos, infraestructura y logística.

Por ahora, Palermo Aike sigue siendo una promesa en etapa exploratoria. La campaña que YPF prevé retomar hacia fin de año será una prueba concreta para determinar cuánto de esa promesa puede convertirse en producción. Para Santa Cruz, la oportunidad no pasa solamente por encontrar hidrocarburos, sino por construir alrededor de ellos un nuevo circuito productivo capaz de generar valor en la provincia.

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