Irán rechazó categóricamente la propuesta de Estados Unidos antes del plazo límite fijado para este martes por parte del presidente estadounidense Donald Trump, quien amenazó el domingo de Pascua “con volarlo todo” si el país no reabria el estrecho de Ormuz y no aceptaba el acuerdo, incluyendo la amenaza de atacar la infraestructura energética, el transporte y las plantas desalinizadoras del país persa si el régimen no aceptaba el acuerdo.
El gobierno iraní le dijo “no” a la propuesta estadounidense, la que le hizo llegar Pakistán y cual contempla una primera fase de alto al fuego de 45 días a cambio de la apertura del estrecho de Ormuz, así como la entrega por parte de Teherán de todo su uranio enriquecido; el compromiso de dejar de patrocinar a grupos armados chiitas —como los hutíes de Yemen y Hezbollah, y la limitación de su producción de misiles como parte de la segunda fase.
La agencia estatal de noticias iraní IRNA informó este lunes que Teherán rechazó la más reciente propuesta de alto el fuego con Israel y Estados Unidos, los dos países que iniciaron los ataques el pasado 28 de febrero.
“No aceptaremos simplemente un alto el fuego (…) Solo aceptamos el fin de la guerra con garantías de que no seremos atacados nuevamente”, declaró este lunes a la agencia de noticias AP Mojtaba Ferdousi Pour, jefe de la misión diplomática iraní en El Cairo.
La respuesta escrita de Teherán fue transmitida directamente a través de los mediadores. En ella, el país persa solicitó garantías para un alto el fuego permanente, el levantamiento de las sanciones, una indemnización por los daños causados en la guerra, así como un nuevo acuerdo para gobernar el estrecho de Ormuz, por donde el régimen iraní ya cobra sus peajes mientras bloquea la circulación de los buques de los “aliados del sionismo”.
El presidente Javier Milei expresó su respaldo a la acción de Estados Unidos e Israel en medio de la ofensiva militar contra el régimen teocrático de Irán y tras una semana de máxima tensión diplomática. “Apoyo total y absolutamente el accionar de Estados Unidos e Israel”, afirmó en una extensa entrevista concedida al diario español El Debate, realizada por el periodista Bieito Rubido y publicada en dos entregas, el domingo y el lunes.
Milei explicó que, en su visión, Israel “es un Estado que acepta convivir con otros estados. Irán no acepta convivir con Israel. Lo quiere exterminar”. Añadió: “A mí no me importa lo que diga la prensa internacional socialista y las aberraciones y mentiras que dicen acerca de Bibi Netanyahu”. El presidente definió a Israel como “el bastión de Occidente” y sostuvo que “Occidente es la filosofía griega, el derecho romano, la rectitud de los estoicos y la cultura judeocristiana. Israel es la base de la cultura judeocristiana”. Desde ese enfoque, vinculó el conflicto con una disputa de valores: “Si usted le pega a Israel, le está pegando a los valores judeocristianos y de ahí le pega al capitalismo”.
La declaración de apoyo de Milei se produce en un contexto de escalada en Medio Oriente y de recientes decisiones del Gobierno argentino frente al régimen iraní. La Justicia argentina atribuye a Irán el patrocinio de los dos atentados terroristas más graves ocurridos en el país: el ataque a la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y el atentado contra la AMIA en 1994. Ambas investigaciones avanzaron sobre la hipótesis de la participación de funcionarios iraníes y de la organización Hezbollah en la planificación de los ataques.
Durante los últimos días, la relación bilateral entre Buenos Aires y Teherán alcanzó su punto de mayor tensión. El Gobierno argentino declaró “organización terrorista” a la Guardia Revolucionaria iraní, decisión que generó una inmediata reacción del régimen islámico y derivó en un conflicto diplomático abierto. La crisis escaló con la expulsión del encargado de negocios de Irán en la Argentina, Mohsen Soltani Tehrani, luego de que la Cancillería argentina lo declarara persona non grata. La medida fue comunicada por el canciller Pablo Quirno y se concretó este fin de semana, en el momento de mayor tensión bilateral.
El Ministerio de Relaciones Exteriores iraní emitió comunicados de tono duro tras la decisión argentina de incluir a la Guardia Revolucionaria en el registro de organizaciones terroristas, advirtiendo sobre las posibles consecuencias. La respuesta del Gobierno argentino reforzó su posicionamiento frente al régimen de Teherán y mantuvo la línea adoptada en las últimas semanas.
Críticas a España y definiciones sobre valores culturales
La entrevista en El Debate, realizada en la Casa Rosada durante más de una hora y media, abordó también la política europea, con especial foco en España. Milei profundizó sus críticas al jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, y afirmó: “Si España no estuviera en la Unión Europea, Sánchez la habría destruido”. El presidente argentino trazó un paralelismo con la experiencia nacional y sostuvo que el esquema institucional europeo actúa como un límite a decisiones más radicales del Ejecutivo español.
Según Milei, España atraviesa un proceso que reproduce dinámicas ya vistas en la Argentina en años anteriores. En su análisis, la pertenencia a la Unión Europea funciona como un factor de contención que impide un deterioro más acelerado. El mandatario mencionó el regreso de argentinos que habían emigrado a España como un indicador de ese cambio de escenario.
El reportaje incluyó un capítulo dedicado a cuestiones culturales y morales. Milei volvió a expresar su rechazo al aborto y a la eutanasia, acompañando su postura de argumentos filosóficos. “Yo no adhiero al aborto. Para mí es un asesinato agravado por el vínculo”, afirmó. Agregó: “La vida es un valor supremo y no puede estar sujeta a la decisión de terceros”. Respecto a la eutanasia, el presidente mantuvo la misma línea argumental: “Yo no adhiero al suicidio. La vida es algo maravilloso”, señaló, rechazando la posibilidad de que el Estado habilite mecanismos para su interrupción deliberada.
Estas definiciones se integran en el marco conceptual que atraviesa la entrevista, donde Milei combina posiciones económicas, geopolíticas y culturales en una misma argumentación. El reportaje publicado por El Debate, dividido en dos entregas, condensó estos ejes en una conversación de más de noventa minutos, difundida en un contexto de alta exposición internacional para la Argentina, atravesado por el conflicto en Medio Oriente y la crisis diplomática con Irán.
En medio de negociaciones por un alto el fuego, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fijó un plazo hasta este martes para que Irán acepte un acuerdo y reabra el estrecho de Ormuz, bajo amenaza de “volarlo todo por los aires”. El mensaje, difundido en vísperas de Pascua, incluyó advertencias explícitas sobre ataques a infraestructura energética, plantas desalinizadoras y redes de transporte.
El dato no es solo retórico. Llega en un momento donde el petróleo alcanzó los US$ 114 por barril y por donde circula una quinta parte del comercio global de crudo. La tensión es evidente: ¿la presión de Washington busca forzar una negociación o empuja a una escalada que incluso divide al propio oficialismo?
Entre la diplomacia y la coerción: el marco de una negociación inestable
El ultimátum se produce mientras Estados Unidos, Irán y mediadores regionales discuten un posible alto el fuego de 45 días, con un esquema en dos fases que podría derivar en un acuerdo más amplio. Sin embargo, Teherán ya rechazó condiciones inmediatas como la reapertura del estrecho y cuestionó la lógica de negociar bajo amenazas.
El trasfondo es más complejo. Desde el 28 de febrero, el conflicto escaló con ataques coordinados junto a Israel, incluso mientras existían canales de diálogo abiertos sobre el programa nuclear iraní. Esa superposición entre negociación y acción militar erosiona la credibilidad del proceso.
En paralelo, el señalamiento de Irán sobre posibles crímenes de guerra por amenazas a infraestructura civil introduce un componente jurídico que condiciona la diplomacia. No es solo una disputa militar: es también una batalla por legitimidad internacional.
Golpes económicos y presión sobre el régimen iraní
La ofensiva no se limita al plano discursivo. Israel confirmó ataques sobre instalaciones clave como South Pars, responsable de cerca del 50% de la producción petroquímica iraní, y que junto a otras plantas concentra hasta el 85% de las exportaciones del sector. Según esa evaluación, el impacto económico asciende a decenas de miles de millones de dólares.
En paralelo, la muerte de altos mandos iraníes en ataques recientes refuerza una estrategia orientada a debilitar la estructura de poder del régimen. El mensaje es claro: el frente militar busca condicionar la negociación desde el daño económico y operativo.
Pero esa lógica también tiene costos. La interrupción en la producción energética y el bloqueo del estrecho de Ormuz amplifican la volatilidad global y colocan a los mercados como un actor indirecto en el conflicto.
La presión interna sobre Trump
Si el frente externo está tensionado, el interno no es menos complejo. Las declaraciones de Trump generaron una reacción inusual dentro del Partido Republicano. Referentes de su propio espacio cuestionaron la amenaza de atacar infraestructura civil y el giro hacia un conflicto abierto.
Las críticas no se limitan a la estrategia militar. Apuntan a una contradicción central: el alejamiento de la promesa de campaña de evitar nuevas guerras. La renuncia de un asesor clave en materia antiterrorista y las objeciones públicas de figuras del propio espacio exponen una fisura que atraviesa al oficialismo.
En paralelo, la oposición en el Congreso ya activó pedidos de investigación sobre decisiones vinculadas al conflicto, lo que suma presión institucional en un momento donde la conducción política intenta sostener coherencia en medio de una escalada.
Entre la negociación y el punto de no retorno
El plazo fijado por Trump introduce un reloj político y militar que condiciona las próximas horas. Si Irán mantiene su rechazo, la amenaza de nuevos ataques podría materializarse. Si cede, la negociación avanzaría bajo una lógica de presión que deja heridas abiertas.
Habrá que observar tres variables clave: la evolución del precio del petróleo, la capacidad de los mediadores para sostener el canal diplomático y la respuesta interna dentro del propio oficialismo estadounidense.
Por ahora, la escena muestra un equilibrio inestable. La negociación sigue en pie, pero cada movimiento parece acercar más a las partes a un punto donde la política deja de ordenar la guerra y empieza a correr detrás de ella.
El grupo hutí de Yemen confirmó este sábado un ataque con drones y un misil balístico contra el aeropuerto Ben Gurión, al sur de Tel Aviv, en una operación coordinada con Irán y Hezbollah. La acción, anunciada públicamente por el vocero militar Yahya Sarea a través de la televisión Al-Masirah, marca un salto cualitativo en la dinámica del conflicto: no solo amplía el radio de operaciones, sino que explicita una articulación militar entre actores que hasta ahora operaban en distintos frentes. La pregunta que se abre es inevitable: ¿se trata de un hecho puntual o del inicio de una fase más integrada del enfrentamiento regional?
El dato no es menor. Según el propio comunicado, el ataque incluyó el uso de una ojiva de racimo y varios drones, en una ofensiva que —según los hutíes— “logró con éxito sus objetivos”. La declaración llega en un contexto de escalada iniciado el 28 de marzo, cuando el grupo comenzó a lanzar ataques en apoyo a sus aliados en la región.
Coordinación militar y señal política
El episodio se inscribe en una lógica de alianzas que ya no se limita a respaldos discursivos. La participación del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica, del ejército iraní y de Hezbollah en Líbano introduce un elemento de coordinación operativa que eleva la tensión regional.
Los hutíes, que controlan Saná y gran parte del norte de Yemen desde 2014, ya habían mostrado alineamiento con Irán en conflictos anteriores, incluido el enfrentamiento de doce días del año pasado con Estados Unidos e Israel. Sin embargo, la explicitación de una acción conjunta sobre un objetivo estratégico como el aeropuerto Ben Gurión desplaza el conflicto hacia un plano más visible y potencialmente más riesgoso.
En términos políticos, la operación también funciona como mensaje. No solo hacia Israel, sino hacia el entramado de alianzas que lo respalda. La ofensiva apunta a demostrar capacidad de coordinación y alcance, en un momento donde las tensiones en Medio Oriente se encuentran en una fase de acumulación.
Impacto en la correlación de fuerzas
El ataque introduce una variable nueva en la ecuación regional: la posibilidad de acciones sincronizadas entre actores estatales y no estatales. Esto podría alterar la forma en que se diseñan las respuestas militares y diplomáticas en el corto plazo.
Para los aliados de los hutíes, la operación exhibe capacidad de proyección conjunta. Para sus adversarios, en cambio, implica la necesidad de recalibrar estrategias frente a un escenario donde los frentes ya no están fragmentados. La articulación entre Yemen, Irán y Hezbollah refuerza una lógica de bloque que podría condicionar futuras decisiones en materia de seguridad.
Al mismo tiempo, el uso de drones y misiles vuelve a poner en el centro del debate la evolución tecnológica del conflicto y su impacto sobre infraestructuras críticas. La elección del aeropuerto Ben Gurión como objetivo no es casual: se trata de un nodo clave tanto en términos logísticos como simbólicos.
Un conflicto que entra en fase de definición
Lo ocurrido este sábado no parece un episodio aislado. La continuidad de los ataques desde el 28 de marzo sugiere una estrategia en desarrollo, más que una reacción puntual. En ese marco, la coordinación anunciada podría ser el anticipo de nuevas acciones conjuntas.
En las próximas semanas, la atención estará puesta en la respuesta de los actores involucrados y en la capacidad de contención de la escalada. También en si esta articulación se sostiene en el tiempo o si responde a una coyuntura específica.
El tablero regional, mientras tanto, se mueve en múltiples direcciones. Y cada movimiento, lejos de cerrar el escenario, parece abrir nuevas incógnitas.
El Gobierno de Javier Milei decidió escalar el conflicto con Irán y ordenó la expulsión del encargado de negocios de su embajada en Buenos Aires, Mohsen Soltani Tehrani, quien deberá abandonar el país en un plazo de 48 horas. La medida fue oficializada el 2 de abril a través de Cancillería bajo la figura de “persona non grata”, prevista en la Convención de Viena de 1961. El dato es político antes que protocolar: en menos de dos días, la Argentina pasó de una decisión administrativa —declarar terrorista a la Guardia Revolucionaria— a una ruptura operativa en la relación bilateral. La pregunta que se abre es si se trata de un gesto de política exterior alineada o del inicio de un conflicto de mayor escala.
El marco institucional: de la Convención de Viena al conflicto político
La herramienta utilizada por el Gobierno no es menor. El artículo 9 de la Convención de Viena permite a un Estado expulsar a un diplomático sin necesidad de justificar formalmente la decisión. Sin embargo, el contexto le da un peso político específico.
La expulsión se produce como respuesta directa a un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, que había acusado al Gobierno argentino de actuar de manera “ilegal e injustificada” tras incluir a la Guardia Revolucionaria en el registro de organizaciones terroristas. Ese documento, además, introdujo un elemento de presión diplomática: advirtió sobre una eventual “responsabilidad internacional” para la Argentina.
— Cancillería Argentina 🇦🇷 (@Cancilleria_Ar) April 2, 2026
La reacción de Cancillería no se limitó a rechazar esas acusaciones. En su argumentación, el Gobierno sostuvo que las declaraciones iraníes constituyen una “injerencia en los asuntos internos” y una “tergiversación deliberada” de decisiones adoptadas bajo el derecho internacional. Pero el punto más sensible aparece en el vínculo con la causa AMIA: el comunicado oficial remarca la “persistente negativa” de Irán a cooperar con la Justicia argentina y su incumplimiento de órdenes internacionales de detención y extradición.
En términos políticos, el Gobierno reordena el conflicto en tres niveles: defensa jurídica de sus decisiones, reafirmación de la agenda de justicia interna y confrontación diplomática abierta.
Alineamientos y costos de la escalada
La decisión fortalece una línea clara de política exterior. La Argentina consolida su posicionamiento en un bloque internacional que cuestiona al régimen iraní, en un contexto global atravesado por la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Teherán.
Ese alineamiento tiene efectos concretos. Por un lado, refuerza la coherencia del Gobierno en materia de seguridad internacional y lucha contra el terrorismo, un eje que aparece reiterado en los comunicados oficiales. Por otro, eleva el nivel de exposición del país en un conflicto geopolítico que excede lo bilateral.
Del lado iraní, la respuesta previa ya había marcado el tono: acusaciones directas contra las autoridades argentinas, cuestionamientos al derecho internacional y una narrativa que vincula la decisión local con presiones externas. La expulsión del diplomático transforma ese intercambio discursivo en un hecho concreto de ruptura.
En términos de gobernabilidad interna, la medida también reordena el tablero político. La política exterior deja de ser un terreno secundario y pasa a ocupar un lugar central en la agenda, con implicancias que pueden proyectarse sobre alianzas internacionales, relaciones comerciales y posicionamiento estratégico.
Entre la señal política y la escalada
El movimiento del Gobierno puede leerse como una decisión táctica con alto contenido simbólico, pero también como un punto de inflexión. La secuencia —declaración de organización terrorista, respuesta iraní, expulsión diplomática— muestra una aceleración que difícilmente se detenga en este punto.
En las próximas semanas, habrá que observar si la tensión se traduce en nuevas medidas diplomáticas, si se amplía el conflicto a otros ámbitos o si se estabiliza en un nivel de confrontación controlada. También será clave el comportamiento del contexto internacional, donde la guerra en Medio Oriente actúa como factor amplificador.
Por ahora, la Argentina dejó de moverse en el terreno de las definiciones abstractas y pasó a ejecutar decisiones concretas. El impacto real de esa estrategia todavía está en construcción.