JUAN RUBEN MARTINEZ

Pasión por la verdad y compromiso por el bien común

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 14o durante el año [04 de julio de 2021]

El próximo viernes 9 de julio será un día especialmente significativo para los argentinos, ya que en esta fecha recordamos la Independencia Nacional. También celebramos a Nuestra Señora de Itatí, patrona de nuestra Diócesis y de nuestra región del Nordeste Argentino (NEA). Esta advocación a la madre de Jesús, «Nuestra Señora de Itatí», es una devoción antigua y querida por el pueblo de Dios en nuestra región y en toda nuestra Patria

En realidad María siempre acompañó a la Iglesia. Desde su mismo nacimiento, en la mañana de Pentecostés ella estuvo junto a los Apóstoles: «Todos ellos, íntimamente unidos se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus parientes» (Hch 1,14). Desde los primeros siglos, los cristianos veneran a María con diversas advocaciones ligadas a los lugares donde la Iglesia evangelizaba. En América Latina, desde que la fe cristiana llegó a nuestras tierras, María, nuestra madre, siempre estuvo presente: en México bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe, Caacupé en Paraguay, Luján en Argentina, y en nuestro nordeste, la de Itatí.

A Ella, a María de Itatí que siempre nos acompaña, queremos pedirle en este 9 de julio que interceda ante nuestro Padre Dios, por nuestra Patria y por nuestra Provincia de Misiones. Hoy debemos comprender que toda vocación pero especialmente la de los laicos, pasa por la responsabilidad ciudadana, e implica la transformación de las realidades temporales.

Nos decimos cristianos o católicos, pero lamentablemente hay muchas rupturas entre la fe que profesamos y nuestras opciones. La responsabilidad del cristiano como ciudadano debe ayudar a que podamos madurar nuestro sistema democrático para que se fundamente en una real convivencia social. En la Argentina de hoy se hace necesario el respeto a lo distinto, y evitar la uniformidad que siempre impide construir una sociedad sobre el diálogo, la diversidad y los consensos, y fundamentalmente el respeto al talento creativo y constructivo que siempre cualifica nuestras instituciones.

Considero que pueden servir algunos textos del documento «Navega mar adentro» de la Conferencia Episcopal Argentina, que se refieren al servicio que los cristianos podemos brindar para que nuestra sociedad sea un poco más responsable y justa: La Nueva Evangelización «nos exige responder con todos los esfuerzos que sean necesarios para lograr la inculturación del Evangelio, que propone una verdad sobre el hombre, la cual implica un estilo de vida ciudadano comprometido en la construcción del bien común.

En esta perspectiva se concreta la cosmovisión cristiana del hombre y del mundo. Aparece en toda su riqueza el humanismo cristiano que permite generar la “civilización del amor”, fundada sobre valores universales de paz, verdad, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización. Una conversión es incompleta si falta la conciencia de las exigencias de la vida cristiana y no se pone el esfuerzo de llevarlas a cabo.

Esto implica una formación permanente de los cristianos, en virtud de su propia vocación, para que puedan adherir a este estilo de vida y emprender intensamente sus compromisos en el mundo, desarrollando las actitudes propias de ciudadanos responsables. Para lograr este servicio educativo a nuestra sociedad hemos de centrarnos en dos instituciones: la familia y la escuela-universidad. Además,destacamos la Doctrina Social de la Iglesia, como el mejor medio para encarar los principios evangélicos en la compleja realidad cultural, política, social, ecológica y económica» (Navega mar adentro 95-97).

El próximo viernes a las 19 horas en la Catedral de Posadas celebraremos la Santa Misa en el día de nuestra patrona la Virgen de Itatí y nos uniremos en acción de gracias por el don de la Patria cantando el «Te Deum» y también queriendo hacer compromiso de trabajar por «ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la Verdad y el compromiso por el bien común».

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Todos estamos en la misma barca

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 12o durante el año [20 de junio de 2021]

El texto del Evangelio del domingo (Mc 4,35-41), nos sigue presentando el ministerio público del Señor en Galilea. Nos muestra a Jesucristo en una barca, la tempestad, el miedo y la falta de fe a pesar de que el Señor estaba con ellos. Y Él les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?» (Mc 4,40). El Evangelio nos puede ayudar a reflexionar sobre la necesidad que tiene nuestro tiempo de cristianos que sean testigos creíbles, alegres, sobre todo que practiquen la dimensión profética, fruto de la vocación bautismal.

En realidad todos estamos llamados a ser profetas desde el bautismo. En la unción post-bautismal se dice: «Él te unge ahora con el crisma de la salvación para que permaneciendo unido a Cristo sacerdote, profeta y rey, vivas eternamente». Sabemos que no es fácil para los cristianos ejercitar esta dimensión profética en el mundo que nos toca vivir. Seguramente los cristianos de cada época de la historia se habrán sentido como nosotros. Por eso tanto en el pasado, como en nuestro tiempo la dimensión profética nos exige poner en práctica la Palabra de Dios. Dar testimonio de nuestra fe en lo que nos toca a cada uno, construyendo nuestra vida familiar y social sobre la verdad.

Lamentablemente el contexto de nuestro tiempo descarta el valor de la verdad y por eso nuestra gente en general está desengañada y experimenta una crisis de credibilidad. Lo cierto es que abunda el consumismo, todo se oferta y se demanda, incluso las personas que pasan a ser meros objetos de consumo. Esta inconsistencia y falta de valoración de la verdad se puede dar en la publicidad para colocar un producto, pero también en una campaña política o hasta en proselitismos religiosos.

Debemos reconocer que nosotros mismos podemos caer en consumir programas de televisión o de radio, sin ningún sentido crítico, aun cuando lo que se nos ofrece es mero sensacionalismo, rating sin ética, o cualquier tipo de propuestas donde corremos el riesgo de no ejercitar nuestra condición de personas, el don y el ejercicio de la libertad y de practicar lo que creemos. La dimensión profética hoy está ligada a la autenticidad, a la búsqueda de la verdad y a hacer experiencia profunda de la fraternidad.

Es importante recuperar esta vocación profética que nos permitirá sobreponernos a las graves dificultades que atravesamos por la pandemia que nos aflige. El Papa Francisco, en un momento extraordinario de oración por la pandemia, comentando este mismo texto evangélico nos decía que «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos”, también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos». (Papa Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia, 27 de marzo de 2020.)

Que el Señor nos ayude a fortalecernos en la esperanza y a vivir más proféticamente, teniendo en cuenta que muchos hombres y mujeres antes y ahora son testigos alegres, testigos del Evangelio hasta el martirio.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Con María, servidores de la esperanza

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Carta de Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 5° domingo durante el año 9 de febrero de 2020

Estamos empezando el año. Y en febrero todo se empieza a activar. Vemos cómo se va normalizando la vuelta al trabajo y a los estudios. Con eso, empiezan a volver las preocupaciones. Por eso es bueno que iniciemos nuestras actividades con mucha esperanza. En este año, desde la diócesis de Posadas y en toda la Argentina, estamos preparándonos para participar en el «IV Congreso Mariano Nacional» que se desarrollará entre el 23 y el 26 de abril en Catamarca. El tema del Congreso será «María, Madre del pueblo, esperanza nuestra» y el lema que nos acompañará será «Con María, servidores de la Esperanza». Se realizará en Catamarca en el contexto de la celebración de los 400 años de Nuestra Señora del Valle y del hallazgo de la imagen de la Virgen en la gruta de Choya. Como diócesis nos unimos gozosamente a esta celebración, y por eso, hemos iniciado también un año diocesano dedicado a la Virgen María, en nuestro Santuario de Loreto.

Durante todo el año buscaremos resaltar las principales fiestas de la Virgen y las diversas advocaciones que de ella se veneran en nuestras parroquias. También la imagen de la Virgen de Loreto, patrona de las Misiones, recorrerá las comunidades e instituciones. Además, durante este año seguiremos trabajando aquello a lo que nos comprometimos en junio pasado en la Asamblea diocesana, con la búsqueda de caminos pastorales ante el desafío de la evangelización de los jóvenes, revisando en parroquias, escuelas y universidades, grupos y movimientos, cómo acompañar a nuestros jóvenes.

Son muchos los motivos para iniciar con esperanza. Y la esperanza es creer que las cosas pueden mejorar, porque la vida triunfa sobre la muerte. La esperanza debe llevarnos a participar, a comprometernos, a testimoniar, a anunciar, a denunciar, pero no mentir hablando de solidaridad y escondiendo los más bajos intereses.

Hace algunos años los obispos argentinos señalábamos qué tipo de liderazgos necesitamos: «Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y la sociedad. No habrá cambios profundos si no se reconoce, en todos los ambientes y sectores una mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo separa la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias».

Creo oportuno subrayar que para el cristiano es fundamental pedir a Dios ser sostenidos por la virtud y don de la esperanza. La esperanza es tener desde la fe la certeza que Cristo resucitó. Es esperar el encuentro definitivo con nuestro Padre Dios, esperar su abrazo. Comprender que hay un encuentro con Dios que trasciende la historia. Pero esta esperanza, lejos de proponernos una espera pasiva, reclama un compromiso activo en la realidad que nos toca vivir.

Ese don de la esperanza nos compromete a ser protagonistas y, con el camino y la palabra, nos reclama transformar el mundo. El Evangelio de este domingo (Mt 5,13-16), nos dice: «Ustedes son la sal de la tierra…Ustedes son la luz del mundo…», y el profeta Isaías en la primera lectura que se lee (Is 58,7-10), nos señala qué ayuno agrada a Dios: «Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo; si cubres al que veas desnudo y no te preocupas por tu propia carne, entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar».

«Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas». Estos textos nos proponen una reflexión que revela que la esperanza cristiana implica un estilo de vida y un compromiso en el día a día de la vida. La esperanza nos compromete a evangelizar y humanizar el vasto y complejo mundo de las políticas de la realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes. La mediocridad egoísta y mercantil, daña la esperanza. Pero la esperanza y la vida siempre triunfan sobre las desesperanzas.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo Domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas.

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La Fe encarnada en la vida

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 25 durante el año [22 de septiembre de 2019]

En estos días hemos tenido especialmente presente a nuestros maestros y profesores. El 17 de este mes celebramos y recordamos especialmente a los profesores. Esta fecha fue elegida haciendo memoria de un gran hombre de nuestra historia: José Manuel Estrada, que falleció el 17 de septiembre de 1894. «Estrada fue profesor, historiador puntilloso y católico practicante. Escritor, periodista y político, todo lo cual lo transformó en uno de los más fieles exponentes del pensamiento argentino en los inicios de la modernidad de nuestra Nación». Muchas veces reflexionamos sobre el rol del laico y la necesidad del compromiso entre fe y vida, criterios y cultura.

En Estrada y otros tantos hombres y mujeres de ayer y de hoy, podemos encontrar testimonios que nos indican que fundamentalmente desde el compromiso de la gente podemos tener esperanza.

Pero también es cierto, y debemos señalarlo, que en este inicio del siglo XXI nos encontramos con la necesidad de superar las causas que provocan tantas rupturas entre la fe y la piedad de los cristianos por una lado, y el compromiso de vida y los criterios cotidianos, por otro.

Lamentablemente esto trae serios problemas a la acción evangelizadora de la Iglesia. Algunas de esas causas las encontramos en planteos erróneos de espiritualidad. No son pocos los cristianos que encierran la dimensión religiosa en la sola práctica de actos de piedad y en la vida diaria se sienten liberados a obrar de cualquier manera, sin ningún criterio ético. Desde ya que esto es una visión errónea e incluso ritualista y pagana de la religiosidad.

Los cristianos debemos saber que la espiritualidad necesita de la piedad, de la oración personal, comunitaria y de la vida sacramental, pero todo esto debe llevarnos a captar cuál es la voluntad de Dios y ponerla en práctica en nuestro obrar cotidiano.

Nos puede ayudar el texto del Profeta Amós que leemos este domingo [Am 8,4-7]. El profeta enumera un listado de infidelidades e injusticias que el pueblo elegido cometía, violando la Alianza hecha con Dios: «Ustedes dicen ¿Cuándo pasará el novilunio para que podamos vender el grano, y el sábado, para dar salida al trigo? Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio, falsearemos las balanzas para defraudar, compraremos a los débiles con dinero y al indigente por un par de sandalias, y venderemos hasta los deshechos del trigo”. El Señor lo ha jurado por el orgullo de Jacob: Jamás olvidaré ninguna de sus acciones» [Am 8,5-7].

La espiritualidad cristiana necesita que la fe esté encarnada en la vida como nos dice Santiago en su carta: «Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos» [Sant 1,22]. Si bien la espiritualidad nos implica a todos los bautizados, en nuestros días es fundamental la comprensión de este desafío por parte del laicado que es la gran mayoría del pueblo de Dios. Evangelizar la cultura implicará poner en práctica la voluntad de Dios en la familia, en el trabajo, en la política, en la escuela y en los medios de comunicación.

Es importante recordar un texto de las conclusiones del documento de Aparecida, en donde se señalaba respecto de los laicos: «Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio.

El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los mass media, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento. Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta» [DA 210]. En este contexto y en la necesidad de evangelizar la cultura, adquieren especial relieve figuras ejemplares como la de José Manuel Estrada. No dudamos en que nuestra Patria se fue construyendo con hombres y mujeres con ideales. La mediocridad del pragmatismo que siempre es materialista, es una de las causas de la crisis en la que estamos.

El Evangelio de este domingo [Lc 16,1-13], nos dice que «ningún servidor puede servir a dos señores. No se puede servir a Dios y al dinero». Los cristianos debemos tener a Dios en nuestro corazón y también sus enseñanzas, asumiendo la vida cotidiana, como lo hacemos, pero evitando servir a ídolos.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Pedimos por nuestra Patria

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 19 durante el año [11 de agosto de 2019]

En cada misa que celebraremos en nuestra Patria rezaremos en este domingo 11 de agosto por nuestra democracia en la Argentina y por el momento fundamental que estamos viviendo en estas elecciones que denominamos PASO. Pediremos para que cuando votemos lo hagamos con responsabilidad y total conciencia que aquello que decidamos será fundamental para el futuro de nuestra Patria. También para que en lo que queda del camino eleccionario sigamos profundizando nuestro discernimiento y pidiendo en este tiempo que los que buscan diversos cargos tengan en cuenta a la gente y al bien común.

El 7 de agosto hemos celebrado a San Cayetano. En la Argentina es la oportunidad que tiene el pueblo para pedir su intercesión a Dios, por un tema central en la vida de cada persona y familia, que es el trabajo.

También en nuestra Diócesis, en distintas comunidades hubo celebraciones. Debo señalar que siempre quedo impresionado por la religiosidad y a la vez por la claridad del mensaje que nos da nuestra gente sobre la importancia que tiene el trabajo en la vida de una sociedad. Estos mensajes profundos son enviados desde el sentido común y sensatez que tiene la sabiduría del pueblo. Lamentablemente a veces se toman aspectos superficiales de las movilizaciones masivas que genera la devoción a San Cayetano y no se hace una lectura profunda de la fe de nuestro pueblo, ni se tiene en cuenta que pueden ser indicadores, quizás las mejores encuestas, para evaluar, corregir y encaminar el rumbo de toda proyección económica, social, cultural.

No es casual que en nuestra América Latina se da por un lado un cierto crecimiento económico y por otro siga acentuándose la inequidad social. En esto la multiplicación del asistencialismo dañó la cultura del trabajo. Es importante recordar el documento «Laborem exercens» del Papa san Juan Pablo II, en donde se subraya la enseñanza que habitualmente nos da la doctrina social de la Iglesia, acentuando la prioridad del trabajo sobre el capital. En sí debemos afirmar la importancia del capital para el crecimiento, pero dicho crecimiento es genuino, consistente y justo, cuando está ligado al trabajo.

Será una clave en nuestra Patria y Provincia profundizar en el eje de la cultura del trabajo, que tanto tiene que ver con nuestra identidad heredada de nuestros antepasados que por generaciones consideraron su trabajo como clave para crecer. Aunque nuestra realidad va cambiando y la globalización y la tecnología generan nuevos escenarios, deberemos tener en claro que si nos sometemos solo a lo virtual seguiremos generando rupturas con la realidad en donde el proceso de concentración y exclusión seguirán profundizándose.

En el Documento de Aparecida cuando se refiere al trabajo señala: «Alabamos a Dios porque en la belleza de la creación, que es obra de sus manos resplandece el sentido del trabajo como participación de su tarea creadora y como servicio a los hermanos y hermanas. Jesús, el carpintero (Mc. 6,3), dignificó el trabajo y al trabajador y recuerda que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra, por la cual el hombre y la mujer se realizan a sí mismos como seres humanos. El trabajo, garantiza la dignidad y la libertad del hombre, es probablemente la clave esencial de toda la cuestión social» (DA 120).

El pasado 7 de agosto, hemos pedido y manifestado a San Cayetano que en cada hogar de los argentinos y misioneros haya «pan y trabajo». Pedimos a nuestro padre Dios por la intercesión de San Cayetano, para que podamos revalorizar la cultura del trabajo en todos los ámbitos, con la certeza que esto nos hace más dignos, porque nos ayuda a plenificar el haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios. ¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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