LAGARDE

¿Ya se enamoraron todos de Lagarde?

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Dado que el equipo económico está muy a pleno y no publica su ‪#Balance2018, vamos a ayudarlos por acá con algunos datos de su gestión.
El ministro Nicolás Dujovne terminó 2017 y empezó 2018 diciendo que la economía argentina iba a crecer 3,5% y tener una inflación en torno al 10%. Los últimos datos muestran que el PBI cayó 3,5% en el 3er trimestre (interanual) y la inflación está arriba del 45%.
El desempleo oscila en torno al 9%. Podríamos pensar “no es tan grave” si solo miramos el dato aislado. PERO, el cuentapropismo, los monotributristes y el empleo precario en todas sus formas son las estrellas del mercado laboral. Sobre finas hierbas de caída del salario: los salarios reales están cerrando el año con caídas de arriba de 17 puntos porcentuales. Es como si cobraras 10 meses en vez de los 12 que trabajaste. Jubilaciones y AUH están perdiendo más del 20%.
El equipo económico de la “pobreza cero” generó un 20% más de pobres en el último año. Más de un tercio de la población es pobre. Más de la mitad de les niñes menores de 15 años vive en un hogar pobre.
Los muchachos de economía siguen “cortos de mujeres” y también cortos de políticas de género: ellas ganan en promedio 26% menos, 1 de cada 5 jóvenes menores de 29 años está desempleada y 7 de 10 de las personas más pobres del país son mujeres
La Unión Industrial Argentina (UIA) estima una caída del sector en torno al -9% desde que asumió @mauriciomacri. Solo en 2018, la caída fue de 2,8% y la expectativa para 2019 es que la baja se mantenga. ¿De dónde va a salir el empleo con industrias en caída y pymes en retirada?
En el #Balance2018 del equipo económico hay también devaluación loca de la moneda, entrada en escena del FMI, tasas de interés mata-Pymes y mata-créditos, y endeudamiento eterno.
¿Ya se enamoraron todos de @Lagarde?
 
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La baja de la inflación ¿ayuda o perjudica a las cuentas fiscales?

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El cumplimiento de la meta de equilibrio primario será la condición central que permita o impida al gobierno recibir los fondos acordados con el FMI. Sin embargo, la principal preocupación en el corto plazo parece ser contener la escalada de precios. A pesar de la necesidad para la mejora del “humor social” de cortar la aceleración inflacionaria, estos objetivos -alcanzar el equilibrio de las cuentas públicas y disminuir bruscamente la inflación- no necesariamente van por el mismo camino. Los efectos de una desaceleración abrupta de la inflación sobre el resultado fiscal no son lineales, e incluso podrían deteriorarlo. En este sentido, un ritmo mayor de aumentos podría ayudar a alcanzar el déficit cero, dependiendo de cuáles sean los drivers que lo impulsen.
Para entender por qué, y los distintos escenarios posibles, realizaremos un pequeño ejercicio. En él, compararemos dos proyecciones: nuestro escenario más probable y uno alternativo en que la inflación promedio anual es 10 p.p. mayor, pasando de 40% a 50%. Realizamos la proyección con los precios promedio en lugar usar la variación i.a. que compara ambos diciembres, porque los ingresos y gastos se acumulan durante todo el año.
Los ingresos del sector público tienen una relación estrecha con la inflación: un tercio de la recaudación corresponde al cobro de IVA, que es un porcentaje sobre la facturación final de los bienes y servicios. Lo mismo ocurre con muchos otros impuestos, cuya percepción aumenta con incrementos nominales de la base imponible. Para el año próximo, estimamos que los ingresos totales alcancen 20,2% del PBI, de no introducirse nuevos tributos. Con un salto de la inflación de 10 p.p. en 2019, ascenderían 0,6 p.p. extra, hasta 20,8% del PBI.
Pero las erogaciones del Estado también dependen de la nominalidad de la economía. Las prestaciones sociales (jubilaciones, asignaciones sociales, pensiones, etc.) están indexadas por la Ley de Reforma Previsional al Índice de Movilidad Jubilatoria. Estas partidas representan más del 50% del gasto primario y se actualizan automáticamente con la inflación y los aumentos salariales pasados. El rezago temporal entre el aumento de estos y su reflejo en los beneficios sociales es de tres trimestres. Por esto, cuando la inflación se acelera, las jubilaciones y asignaciones pierden poder adquisitivo y el gasto en prestaciones sociales cede lugar como porcentaje del PBI. Por el contrario, cuando la inflación cae, estas partidas crecen en términos reales. Estimamos que el gasto primario alcanzaría 20,8% del PBI en nuestro escenario base -siguiendo la metodología utilizada por el FMI, incluimos los Programas de Inversión Prioritaria-, y que salte solamente 0,2 p.p. en caso de haber una mayor inflación (lo cual se explica tanto por las prestaciones sociales como por la adquisición de bienes y servicios).
Tal como explicamos, de aumentar considerablemente la inflación, el rojo fiscal primario se contraería en 0,4 p.p., logrando quedar contenido en la salvaguarda por gasto social del stand-by -en caso de aplicarse, permite un rojo primario de hasta 0,2% del PBI-. Así, una mayor inflación podría ayudar al gobierno en sus objetivos. A pesar de esto, la clave estará en cuál sea el motor de la inflación. El resultado obtenido no es el mismo dependiendo del origen del shock que impacte los costos e impulse los precios.
Si una inflación más alta se desatara por una nueva escalada del dólar, nos encontraríamos ante una situación adversa. En este caso habría, además de movimientos nominales más amplios, un golpe a la actividad económica. La profundización y prolongación de la crisis haría caer los ingresos tributarios del Estado, no sólo vía impuestos, sino también a través de una menor recaudación por aportes y contribuciones a la seguridad social (de aumentar el desempleo y/o deteriorarse los salarios formales). Por el diseño del nuevo esquema de derechos a las exportaciones, una depreciación tampoco incrementaría significativamente estos ingresos, que están definidos como un monto fijo de pesos por dólar exportado.
Un escenario diferente sería aquel en que la inflación sea traccionada por aumentos de tarifas. Si lo que pagan los consumidores por los servicios públicos subiera por encima de nuestras estimaciones, el efecto sería ambiguo: los subsidios a la generación, transporte y distribución de energía caerían, reduciendo el gasto, pero la caída de la actividad haría caer también a los ingresos. Sin embargo, descartamos esta posibilidad, que tiene poca dosis de realidad en un año electoral, dado que sería contraproducente para los objetivos políticos del gobierno.
Un último escenario sería que la inflación sea dinamizada por un aumento de salarios (privados) que dé un impulso adicional a los costos. De ocurrir, los ingresos fiscales subirían por mayores aportes y contribuciones a la seguridad social, mayores impuestos directos y, en general, una recuperación más rápida y sostenida del nivel de actividad. Este sería el caso ‘positivo’: el gasto crecería apenas ligeramente, por el rezago en la indexación de las prestaciones sociales, y los ingresos treparían tanto por los factores nominales explicados al inicio de esta nota como por las variaciones que ocurrirían en la economía real si subieran los salarios.
De cara al 2019, y frente a todas las posibilidades mencionadas, la última parece ser la más favorable. Aumentos salariales mayores, a pesar de postergar la lucha contra la inflación, contribuirían a descomprimir una economía real estancada y, al mismo tiempo, obtener mejores resultados fiscales. En este sentido, el objetivo presupuestario del gobierno podría complementarse con el político.

 
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G-20: Dar un impulso al crecimiento inclusivo

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Al tiempo que los líderes del G-20 se reúnen en Argentina, la economía mundial atraviesa una encrucijada. Hemos tenido una buena racha de sólido crecimiento según niveles históricos, pero ahora enfrentamos un período en el que se están materializando riesgos significativos y aparecen oscuros nubarrones en el horizonte.
Aunque los últimos datos económicos han sido decepcionantes, no debemos titubear. Antes bien, debemos plantearnos metas de gran alcance, como por ejemplo la implementación de un conjunto de múltiples reformas, que podrían sumar otro 4% al PIB de los países del G-20.
El éxito ahora depende de que actuemos con rapidez, y de forma conjunta.
Señales de moderación del crecimiento
En el informe Perspectivas de la economía mundial (informe WEO, por sus siglas en inglés) publicado en octubre por el FMI se pronosticó un crecimiento mundial de 3,7% para 2018 y 2019. Estas estimaciones representaron una rebaja de 0,2 puntos porcentuales respecto de las formuladas en julio, que obedeció en gran medida a las crecientes presiones externas y financieras sobre los mercados emergentes y a un tangible incremento de las tensiones comerciales.
Los datos recientes indican que esos vientos en contra pueden haber moderado la dinámica de crecimiento aún más de lo que habíamos previsto. Por ejemplo, en el tercer trimestre el crecimiento ha sido sorprendentemente bajo en economías de mercados emergentes, como China, y en la zona del euro. Una falta de acuerdo sobre el brexit podría mellar aún más la confianza.
En el mediano plazo, particularmente en las economías avanzadas, prevemos una moderación del crecimiento debido a factores demográficos adversos y a una lenta productividad. Esta perspectiva incluye a Estados Unidos, una vez que llegue a su fin el reciente proceso de estímulo fiscal.
Además, demasiados países registran un excesivo nivel de desigualdad que perjudica a numerosas personas y que podría también socavar el apoyo público a las reformas orientadas a fomentar la productividad.
¿Qué se puede hacer para abordar estos retos? Permítanme destacar tres prioridades.
Primero, reforzar nuestras defensas
Las autoridades pueden comenzar por crear más espacio de maniobra fiscal, para disponer de los recursos necesarios para dar más respaldo a la economía si el crecimiento se debilitara considerablemente. Ello implica emprender ya una consolidación fiscal significativa, especialmente en los países altamente endeudados, como Italia y varias economías emergentes.
En términos de política monetaria, el proceso de normalización de las tasas de interés que está en curso en muchas economías avanzadas debería seguir avanzando por un sendero gradual, debidamente comunicado y basado en datos. Esto no solo favorecería los intereses propios de esas economías sino que también contribuiría a evitar una innecesaria turbulencia en las demás economías.
Lo bueno es que la normalización de la política monetaria es una señal de un crecimiento relativamente fuerte en las economías avanzadas. En los últimos meses, sin embargo, el endurecimiento monetario —sumado a un incremento de las tensiones comerciales— ha intensificado las presiones externas para algunas economías emergentes (véase el gráfico). ¿Cómo pueden estas responder ante tal situación?

Los países con metas de inflación adecuadamente ancladas deberían recurrir a la flexibilidad del tipo de cambio para mitigar las presiones externas. Cuando dichas presiones amenacen con generar perturbaciones, también podrían aplicarse medidas de gestión de los flujos de capital como parte de un programa más amplio de políticas.
Segundo, trabajar en equipo para ganar
Sabemos que las crecientes barreras al comercio terminan siendo contraproducentes para todos los involucrados. Por lo tanto, es imprescindible que todos los países eviten imponer nuevas barreras comerciales, y que además revoquen los aranceles recientemente impuestos.
Tenemos una oportunidad excepcional para mejorar el sistema de comercio mundial. Los estudios realizados por el FMI indican que la liberalización del comercio de servicios podría sumar alrededor de ½%, o USD 350.000 millones, al PIB del G-20 en el largo plazo.
Asimismo, la adopción de acciones concertadas por parte de los diversos países puede fortalecer sus propias economías, reducir los desequilibrios mundiales y estimular la economía mundial. Alemania, por ejemplo, podría utilizar el espacio fiscal disponible para fortalecer su potencial de crecimiento, aumentando la inversión e incentivando la participación en la fuerza laboral; Estados Unidos podría ayudar reduciendo su déficit fiscal, y China podría contribuir siguiendo adelante con su reequilibramiento económico.
Tras una década de condiciones financieras relativamente favorables, muchos países también deben hacer frente a niveles de endeudamiento sin precedentes: en total, USD 182 billones a nivel mundial según estimaciones del FMI. Además, es imprescindible hacer más transparente la información sobre la magnitud y las condiciones del endeudamiento, especialmente en los países de bajo ingreso.
En términos más generales, los riesgos del sector financiero exigen actuar, entre otras formas, evitando un retroceso de los avances logrados tras la crisis en materia de regulación del sector financiero.
Tercero, acelerar el ritmo
El tema de la presidencia argentina del G-20 — Construyendo consenso para un desarrollo equitativo y sostenible— es una prioridad crucial. Pero hoy por hoy el avance es demasiado lento. ¿Cómo se lo puede acelerar?
La mayoría de las economías avanzadas del G-20 podrían beneficiarse si relajaran las restricciones del mercado de productos para estimular la innovación y reducir los precios. Facilitar el acceso a los servicios profesionales sería especialmente importante, por ejemplo, en Japón y en muchos países de la zona del euro. Dar mayor respaldo a la investigación sería vital en Alemania, Canadá y el Reino Unido, entre otras economías.
La mayoría de los países emergentes del G-20 también se beneficiarían mediante reformas de sus mercados de productos y de trabajo. A economías como Brasil, China, India y Rusia les sería conveniente dejar de aplicar impuestos distorsivos.
Y virtualmente en todas partes una mayor participación de las mujeres en la fuerza laboral no soloimpulsaría el crecimiento , sino que también contribuiría a forjar sociedades más equitativas e inclusivas.
Estas son solo algunas de las medidas que, de ser implementadas en forma conjunta, podrían, según nuestros cálculos, aumentar el PIB del G-20 en un 4% .
Conclusión
En los diez años transcurridos desde la primera Cumbre de los Líderes del G-20, los esfuerzos realizados por el grupo han sido cruciales para contribuir a la recuperación de la economía mundial.
Sin embargo, están reapareciendo ahora oscuros nubarrones en el horizonte.
Encarar este desafío supone implementar políticas que tengan sentido tanto a nivel nacional como internacional. También supone fortalecer la red mundial de protección financiera, con un FMI debidamente dotado de instrumentos y recursos para garantizar que la institución cumpla su función de ayudar a los países a prevenir y abordar crisis futuras.
Hagamos de la reunión del G-20 en Buenos Aires una ocasión para actuar sin demora y de forma conjunta.

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Un presupuesto de ajuste que (además) amplía las brechas de género

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La Argentina firmó un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que plantea un escenario recesivo para la economía.  Tal como el mismo organismo internacional advierte en sus primeras páginas, el estado actual de la economía argentina es peor que el “escenario adverso“ que habían delineado como peor pesadilla en la primera versión del acuerdo hace apenas 5 meses. Por aquel entonces, se pensaba que, en el peor de los casos, la Argentina cerraría el 2018 con una caída del 1,3% en 2018 y un crecimiento nulo en 2019.  Hoy se plantea una caída del 2,8% para este año y de 1,7% para el próximo. Es decir, en tan solo 5 meses, el equipo económico de Cambiemos logró aumentar más de 3% de caída y se aseguró una larga y profunda recesión.
El acuerdo con el FMI se expresa en el Presupuesto 2019 que ya tiene media sanción en Diputados y que espera ser aprobado en el Senado. Este Presupuesto, a la medida de los acreedores externos, significa un ajuste que el propio dream team de Christine Lagarde cataloga de “ambicioso“ y que se ubica en el 5% de ajustes más estrictos que atravesó algún país de los que tomaron estos fondos Stand-by. Además, el plan puede fallar, las posibilidades son varias y se listan en el mismo documento: desde expectativas inflacionarias que dinamiten el nuevo esquema monetario a la sed de mal de los mercados internacionales, los altísimos niveles de endeudamiento, tormentas, huracanes, monstruos marinos y, agrego, la clásica inoperancia que viene demostrando el equipo económico en los asuntos productivos. El escenario más optimista que muestran las proyecciones económicas, en lo que a los y las trabajadores respecta, es tan solo crisis y desolación por varios años: aumento de los niveles de desempleo, precarización laboral, la pobreza que acompaña estas situaciones junto a una marcada redistribución de los ingresos (hacia los de arriba). También se observa un deterioro del poder adquisitivo de los ingresos como consecuencia de los altos niveles de inflación. Las promesas en este plano siguen, como desde el primer día de Sturzenneger: sin cumplirse. Ahora vaticinan llegar a UN dígito en 2021… ¿Qué más podemos decir?
Más allá del diagnóstico, el problema central en el que coinciden los y las economistas críticos, es en la falta de estrategias que apunten a que la economía vuelva a crecer, a un estímulo a la producción. En la actualidad, el Banco Central sostiene tasas de interés que dejan fuera de toda posibilidad de financiamiento a las microempresas, que son más del 80% de la estructura empresarial del país. La presión tributaria será récord en 2019. ¿De qué manera o quiénes podrían encabezar un desarrollo productivo?
Lo simpático de todo este esquema es que en la carta de intensiones de Dujovne se meciona que “aun en estas difíciles circunstancias, mantenemos nuestro compromiso de equilibrar las condiciones entre hombres y mujeres, de manera de asegurar que las mujeres y niñas accedan a las oportunidades económicas a las que tienen derecho.” En principio, en un contexto de desigualdad estructural, sin medidas específicas y profundas, es difícil revertir el conjunto de obstáculos de acceso y permanencia en el mercado trabajo que enfrentan las mujeres: ellas ganan en promedio un 28% menos que sus pares varones, 1 de cada 5 jóvenes menores de 29 años no consigue empleo, el 36% de las trabajadoras está precarizada y además realizan el 74% de las tareas domésticas y de cuidados no remunerados, que para muchas se convierten en una segunda jornada laboral. Además, 7 de cada 10 personas con menores ingresos en la Argentina son mujeres.
Ante esta situación, el Presupuesto de Dujovne y su amiga Lagarde solo prevé un aumento del 12% en guarderías y jardines de infantes públicos mientras recortan el financiamiento del Instituto Nacional de las Mujeres, que pierde 18% frente a la inflación. Plantean tratar la extensión de licencias de paternidad, que pasen de 2 a 15 días, como si esto fuera a transformar la distribución de los cuidados. Y hasta se animan a exigir un registro de “equidad de género“ en directorios y puestos gerenciales. Lo hacen sin tener ellos mismos ni de cerca una participación paritaria de mujeres en ministerios o grupos de trabajo. Incluso María Eugenia Vidal gobierna con un gabinete de todos varones.
Este presupuesto se viene tratando en medio de movilizaciones y represión. Tal como sucedió el año pasado con la reforma previsional, que también significó un retroceso para las mujeres en edad de jubilarseque amplía –otra vez- las brechas de género.
Está claro que el acuerdo con el FMI y su Presupuesto 2019 no traerán soluciones ni mejoras para los y las trabajadoras, pero vale insistir en que las consecuencias más demoledoras de las políticas de ajuste (o de austeridad, como le dicen en otros países) recaen asimétricamente sobre las mujeres por su condición económica estructural. Por eso también es que decimos que el feminismo tiene que plantarse frente a esta medida. Por eso es que el feminismo rechaza este plan de ajuste y miseria.
 
 
PD: No se puede conseguir igualdad en un mundo de opresión, porque no hay igualdad en un mundo de pobreza, porque no hay igualdad en un mundo de explotación.

 
 
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La Deuda Pública en su nivel más alto en trece años

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El ministerio de Hacienda encabezado por Nicolás Dujovne dio a conocer el viernes la evolución de la deuda pública al cierre del primer semestre de 2018. Tal como lo preveían análisis de diferentes consultoras, el aumento en términos del producto bruto interno fue muy considerable, aun cuando en términos absolutos el aumento de la deuda en seis meses fue de tan solo 6.232 millones de dólares. Inclusive, un dato que sorprende todavía más es que si comparamos los datos trimestrales, (2do vs 1ero de 2018) la deuda baja en 4.315 millones de dólares.
Veamos, al cierre de 2017 la deuda pública alcanzaba un 57,1% del PBI con 320.935 millones de dólares, sin embargo al 30 de junio de este año con 327.167 millones de dólares, la deuda en términos del producto alcanza un 77,4%. Si se suma el Cupón PBI por 13.415 millones de dólares, instrumento que paga renta solo cuando la actividad del año anterior crece más de 3%, la deuda pública total suma 340.582 millones de dólares, con lo que amplía el monto de los pasivos a 80% del PBI. Para ver estos niveles de ratio de Deuda/PBI deberíamos volver 13 años en el tiempo cuando durante el canje de deuda de 2005 el ratio era de 80,5% aun con solamente 154.270 millones de dólares.
En cuanto a la deuda contraída con organismos internacionales, por ejemplo el FMI, incluyendo la deuda que aún queda por reestructurar y los acreedores privados, es decir sin contabilizar los bonos soberanos en poder de organismos estatales, alcanzó los 191.181 millones de dólares y representa el 45,9% del PBI, que sumado al Cupón PBI, llega a 49,1%..

Ahora bien, ¿Por qué si la deuda aumentó tan poco en términos absolutos en los últimos seis meses e inclusive bajó en el último trimestre, resulta que aumentó considerablemente el ratio Deuda/PBI?
Sin dudas la recesión liderada por la sequía y devaluación sufrida durante este año se lleva todas las fichas, pero vayamos un poco más allá. Tengamos en cuenta que durante el mismo período, es decir el segundo trimestre, la actividad se desplomó 4,2% anual y esto explica que el PBI en valores absolutos haya caído mucho más fuerte que el nivel de la deuda. Si el PBI que es el denominador del ratio, cae muy fuerte y la deuda que es el numerador aumenta o se mantiene en los mismos niveles, el ratio crece.
En este caso, el crecimiento es alto y con un tercer trimestre en similares condiciones en términos de actividad, podemos esperar que este ratio aumente todavía más en el los próximas publicaciones de deuda, sobre todo con los 7.100 millones de dólares extra que recibiremos del FMI.

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