El Parque Nacional Iguazú sumó un hito a su historia natural con la confirmación del primer avistamiento de un aguará guazú (Chrysocyon brachyurus), considerado el zorro más grande de América Latina. La especie, emblemática de los pastizales y bañados del continente, nunca antes había sido registrada en este emblemático parque del nordeste argentino.
El hallazgo se conoció a partir de la difusión de un video en el que se observa claramente al animal recorriendo un sector del área protegida. Posteriormente, fuentes de Parques Nacionales confirmaron la autenticidad de las imágenes y ratificaron que se trata del primer registro de esta especie dentro de los límites del Parque Nacional Iguazú, que custodia las Cataratas del Iguazú.
El aguará guazú es un cánido característico del Cono Sur, de largas patas y pelaje rojizo, que habita en regiones abiertas y húmedas, principalmente en la zona de sabanas y humedales del Gran Chaco y la región pampeana. Su presencia en la selva misionera resulta llamativa, dado que no se trata de su ambiente natural.
La confirmación oficial de Parques Nacionales destaca la importancia del hecho: “Es la primera vez que se registra en el Parque Nacional Iguazú, ya que no es el ambiente de esta especie”, indicaron.
De esta manera, el avistamiento no solo constituye un hecho inédito para la biodiversidad de Misiones, sino que también abre interrogantes sobre los desplazamientos y la adaptación de esta especie amenazada, cuya conservación es un desafío en toda la región.
Un estudio liderado por investigadores del CONICET en la provincia de Misiones confirmó el valor estratégico de los corredores de bosque nativo para la conservación de la biodiversidad. La investigación, publicada en la revista científica Forest Ecology and Management, fue impulsada por el Observatorio de Biodiversidad del Bosque Atlántico (OBBA) y contó con la participación de especialistas del Instituto de Biología Subtropical (IBS – CONICET – UNaM).
En un contexto de transformación extensiva de hábitats naturales en plantaciones forestales de monocultivo —principalmente pino y eucalipto—, el estudio abordó una de las preguntas más urgentes en ecología aplicada: ¿pueden los corredores de bosque nativo sostener poblaciones de especies sensibles en paisajes productivos?
Para responderla, el equipo diseñó un extenso monitoreo en un mosaico forestal heterogéneo del norte misionero, que incluyó bosques continuos, corredores, y plantaciones. Se utilizaron métodos tecnológicos de punta: más de 200 cámaras trampa y grabadores acústicos distribuidos en áreas estratégicas, lo que permitió recolectar datos de presencia y comportamiento de fauna de forma pasiva y a gran escala.
El análisis se centró en tres grupos taxonómicos clave: anfibios (anuros), aves y mamíferos. Los resultados fueron contundentes: los corredores forestales presentaron la mayor riqueza de especies en todos los grupos estudiados, incluso por encima de los bosques continuos en algunos casos, y significativamente más que las plantaciones de pino y eucalipto. Las plantaciones, en especial las de eucalipto, se mostraron pobres en biodiversidad y menos aptas como hábitat.
“Nos interesaba conocer el rol de los corredores como herramienta concreta para la conservación de la biodiversidad misionera. Si bien teníamos algunas hipótesis sobre los ambientes, nos sorprendió la efectividad de los corredores para sostener una gran diversidad de especies, incluso aquellas con requerimientos muy específicos de hábitat”, señaló Elena Gangenova, investigadora del CONICET en el IBS y autora principal del trabajo.
Un hallazgo clave fue que, en aves y mamíferos, el número de especies dependientes del bosque fue similar tanto en corredores como en bosques continuos, lo que sugiere que estos corredores no solo permiten el tránsito de fauna, sino que funcionan como verdaderos hábitats alternativos. En mamíferos y anfibios, las diferencias entre corredores y bosques fueron explicadas principalmente por el reemplazo de especies, mientras que en aves el cambio se debió más a una diferencia en la riqueza específica.
El índice de integridad de comunidad arrojó una similitud de entre el 68% y el 83% entre los corredores y los bosques continuos, según el grupo taxonómico. “Estos datos demuestran que los corredores no son meros parches de vegetación residual, sino estructuras funcionales que mantienen procesos ecológicos esenciales en paisajes intervenidos”, explicó Diego Varela, coautor del estudio y coordinador del OBBA.
Si bien Misiones posee uno de los sistemas de áreas protegidas más extensos del país, el avance de las actividades productivas hace que la conservación de su biodiversidad dependa cada vez más del manejo sustentable del entorno. En ese sentido, los corredores forestales emergen como una herramienta poderosa y rentable para articular producción y conservación, ofreciendo conectividad, refugio y hábitat para especies amenazadas o sensibles.
“Los próximos pasos incluyen evaluar cómo incide el ancho de los corredores en su efectividad y estudiar el rol de los macizos de bosque nativo en manos privadas. Esa información será clave para diseñar políticas de ordenamiento territorial que incluyan activamente a la biodiversidad”, anticipó Varela.
Este trabajo no solo refuerza el valor ecológico de los corredores, sino que aporta evidencia sólida para mejorar las estrategias de manejo forestal en Misiones y otras regiones con paisajes productivos similares. Proteger y restaurar corredores de bosque nativo, más que una recomendación, se consolida como una necesidad urgente para garantizar el equilibrio entre desarrollo y naturaleza.
En una casa del interior, una vecina muestra con orgullo un pequeño mono tití que “rescató” después de que su madre fuera atropellada. Lo alimenta con una mamadera, frutas, le tejió un abrigo, le pone pañales y hasta le dio un nombre. La señora asegura, con mucho amor, que lo está cuidando y que lo salvó. Y aunque sus intenciones parecen nobles y sinceras, la realidad es otra: ese monito, como tantos otros animales silvestres que viven en hogares humanos, está siendo alejado de su verdadero mundo, de los de su especie, de su naturaleza.
La tenencia de animales silvestres como mascotas es un fenómeno extendido en todo el mundo, muchas veces impulsado por la desinformación o la empatía mal dirigida. Desde pichones de aves, como los loros, hasta pequeños felinos, coatíes, tortugas o monos, la lista de animales nativos que terminan en jaulas o peceras en casas particulares es extensa. Sin embargo, detrás de cada caso hay una historia de desequilibrio ecológico, sufrimiento animal y, a veces, riesgo para las personas.
Lo que para algunas personas puede parecer un gesto de cuidado, muchas veces representa un daño que luego es difícil de reparar. Un animal silvestre criado en cautiverio pierde habilidades fundamentales para sobrevivir en su ambiente natural: para encontrar alimento, para evitar a sus depredadores naturales, para interactuar con los de su especie, cambios radicales en su dieta natural, entre muchos otros. En otras palabras, se vuelve prisionero en un entorno que no le pertenece, que no les es natural.
A su vez, muchos de los animales silvestres pueden transmitir enfermedades, volverse agresivos al crecer o simplemente vivir en un estado constante de estrés. No están hechos para convivir con humanos en sus casas. Su bienestar depende de un entorno específico: el monte, la selva, el río, el cielo abierto.
Es verdad que ciertas veces los animales silvestres pueden necesitar ayuda de las personas: pueden estar lastimados, desorientados, sin su madre. Pero el paso correcto o indicado no es llevarlos a casa. Existen centros de rescate, profesionales especializados y protocolos que permiten evaluar si pueden ser o no reinsertados en la naturaleza. En cambio, cuando los adoptamos como mascota, le negamos esa posibilidad.
El problema se agrava cuando no logramos distinguir entre una mascota —un animal domesticado como un perro o un gato— y un animal silvestre. Esta confusión lleva a justificar la tenencia con argumentos como “pero lo trato bien”, “está mejor acá que en el monte” o “lo salvé”. Sin embargo, y pese a que los argumentos muchas veces nacen de personas bienintencionadas, los animales silvestres no necesitan ese tipo de cariño humano: necesitan la selva, su libertad y a otros de su especie. Si esto último no fuera posible, se le deben brindar condiciones apropiadas para su conservación fuera de la naturaleza, conocida como conservación “ex situ” y pueden ser parte de programas de educación ambiental o de aportes de material genético para programas de reintroducción, en caso de ser necesarios.
La buena noticia es que cada vez más personas y comunidades están reflexionando sobre esta problemática y es positivo que así sea. Se preocupan y reaccionan al toparse o escuchar sobre casos de tenencia de animales nativos como mascotas. Por ello, hay una necesidad seguir impulsando acciones para que esto no siga ocurriendo.
La educación es, con seguridad, una de las claves para que cada vez más personas puedan diferenciar claramente a los animales domésticos de los silvestres, y promover una relación basada en la observación respetuosa y la coexistencia, y no en la tenencia. Entender que no todo animal necesita ser rescatado —al menos no por cualquier persona— es un paso importante hacia una cultura de mayor respeto y responsabilidad ambiental.
El desafío actual es cambiar la forma en que miramos a los animales silvestre. No como objetos de ternura ni como trofeos exóticos, sino como parte esencial de un ecosistema que también nos sostiene a nosotros. Y reconocer que, a veces, la mejor forma de cuidar es no intervenir.
Presentación de La Casa Redonda, un libro para repensar paradigmas y cuidar el mundo
El próximo miércoles 16 de abril, el Instituto Superior Multiversidad Popular presentará La Casa Redonda, Tomo I, un libro del pensador y agroecologista Raúl Aramendy que invita a repensarnos y repensar las prácticas productivas, sociales, culturales y comunicacionales – educativas para afianzar el camino hacia un mundo más humanizado y sustentable.
La presentación será a las 18: 00 horas en la Multiversidad Popular, sede Posadas, ubicada en avenida Blas Parera 5160.
Junto al autor, estarán Carlos Bauer, doctor en Filosofía, profesor en Historia, licenciado en Antropología y vicedirector de la Carrera de Filosofía en la Universidad Federal de Integración Latinoamericana en la República Federativa del Brasil (UNILA); Mercedes Escalada, Maestra, Licenciada en Trabajo Social, Universidad Nacional del Nordeste (UNNE); Maestría en Trabajo Social en la Universidad Pública de Honduras; Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana de México; Profesora Emérita en la Universidad Nacional de Luján. También, el rector y el representante legal de la Multiversidad Popular, profesor Darío Esteche y licenciado en Trabajo Social, Pablo González, respectivamente, además de profesores, estudiantes, promotores de la agroecología, la permacultura, la medicina holística y la comunicación popular, y público en general.
Raúl Aramendy, pensador humanista, impulsor de la agroecología y militante de los Derechos Humanos, es licenciado en Ciencias de la Educación; miembro el Servicio de Paz y Justicia, fundado por Adolfo Pérez Esquivel; miembro del Comité Directivo del Consejo de Educación de Adultos de América Latina, fundado por Paulo Freire; promotor de la ONG Cemep – Adis y del Instituto Superior Multiversidad Popular, donde ejerce como rector emérito; miembro de la CTA Misiones; integrante e impulsor de organizaciones agrarias y ambientales, como el Movimiento Agrario de Misiones, el Frente Ciudadano Ambiental Kaapuera, la Mesa Provincial por el No a las Represas, entre muchas otras; autor de libros como Ceremonia de las Almas; Glosario de la Agroecología, diversos artículos y trabajos vinculados con las temáticas enumeradas.
El calentamiento global podría acelerarse, si no se hace algo concreto para paliar la crisis de los sumideros de carbono.
Los bosques, los océanos y los suelos de nuestro planeta actúan como enormes esponjas, absorbiendo el exceso de dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera. Conocidos como sumideros de carbono, estos ecosistemas han sido nuestros aliados en la lucha contra el cambio climático, amortiguando los efectos del calentamiento global causado por las actividades humanas. Sin embargo, esta capacidad vital está en peligro.
Dos estudios recientes, realizados por científicos del Reino Unido, China, Alemania y Francia, advierten que la capacidad de los sumideros de carbono se está viendo comprometida a un ritmo alarmante. El aumento de las temperaturas globales, la deforestación, la degradación de los suelos y la acidificación de los océanos son algunos de los factores que están debilitando estos ecosistemas cruciales.
El primer reporte preliminar implica un llamado de atención para el futuro porque temen que los procesos cruciales de los sumideros de carbono se desmoronen.
El año pasado, fue uno de los años récord en registros de calor y el estudio señaló que la cantidad de carbono absorbida por la Tierra se desplomó temporalmente. Las conclusiones del mismo destacan que los bosques, las plantas y el suelo prácticamente no absorbieron carbono. También este fenómeno ocurrió en los mares.
Las capas de hielo del Ártico y los glaciares de Groenlandia se derritieron más rápido de lo previsto, un cambio que altera la corriente oceánica del Golfo y desacelera la absorción de carbono por los océanos. Además, el zooplancton, que se alimenta de algas, queda expuesto a una mayor luz solar por el deshielo, y eso podría afectar también el almacenamiento de carbono en el fondo oceánico.
En julio pasado, otra investigación había revelado que los ecosistemas de bosques han absorbido constantemente dióxido de carbono durante las últimas tres décadas, incluso mientras las perturbaciones erosionan su capacidad.
Este estudio fue co-liderado por Yude Pan, científica de la Estación de Investigación del Norte del Servicio Forestal del USDA de los Estados Unidos, y por Richard Birdsey, del Centro de Investigación Climática Woodwell, e incluye a 15 coautores adicionales de 11 países, publicado en la revista Nature.
Para la recolección de datos utilizó mediciones terrestres a largo plazo combinadas con datos de teledetección. La misma determinó que los bosques absorben un promedio de más de 3,5 mil millones de toneladas métricas de carbono por año, lo que representa casi la mitad de las emisiones de dióxido de carbono de la quema de combustibles fósiles entre 1990 y 2019. Además, arrojó otros datos preocupantes:
Los bosques boreales en el hemisferio norte, que abarcan regiones como Alaska, Canadá y Rusia, han experimentado un descenso significativo en su capacidad de sumidero de carbono, con una caída del 36%. Esa disminución se atribuyó a factores que incluyen incrementos en disturbios por incendios forestales, brotes de insectos y calentamiento del suelo.
Los bosques tropicales también han visto una disminución, con la deforestación, causando un descenso del 31% en su capacidad para absorber carbono.
También se obtuvo algunos datos positivos: un crecimiento en tierras agrícolas previamente abandonadas y áreas taladas que compensó parcialmente las pérdidas y mantuvieron el flujo neto de carbono en los trópicos cerca de neutral.
Por otro lado, los bosques templados han mostrado un aumento del 30% en su capacidad de sumidero de carbono. Este aumento se debe en gran medida a extensos esfuerzos de reforestación, particularmente en China, según el estudio.
Qué indican ambos estudios
Bosques en llamas: Los incendios forestales, cada vez más frecuentes e intensos, destruyen vastas extensiones de bosque, liberando grandes cantidades de CO2 almacenado en la biomasa y el suelo.
Océanos asfixiados: La absorción de CO2 por los océanos está acidificando las aguas, afectando a la vida marina y reduciendo su capacidad para absorber carbono.
Suelos degradados: La pérdida de materia orgánica en los suelos, debido a prácticas agrícolas insostenibles y la erosión, disminuye su capacidad para almacenar carbono.